Centenarios:

Octubre 2020.

Octubre de 2020, annus horribilis, es el mes de seis nacimientos centenarios de otros tantos autores de fama mundial: con tres siglos tenemos a Johann Peter Uz, y con uno a Frank Herbert, Mario Puzo, Miguel Delibes, Gianni Rodari y Dick Francis. Al menos tendremos algo que celebrar…

Un trabajo de…

JOHANN PETER UZ (1720 – 1796), poeta alemán, nacido el 3 de octubre de 1720 en Ansbach. Estudió Derecho en la Universidad de Halle, donde trabó amistad con los poetas Jahann Ludwing Gleim y Johann Nikolajus Gbtz, con quien tradujo las odas de Anacreonte. Fue nombrado secretario no remunerado del Colegio de Justicia, cargo que ocupó durante doce años, llegando a desempeñar un cargo de asesor de la Corte Imperial de Justicia de Nuremberg, ingresando en el servicio judicial prusiano tras la anexión de Ansbach a Prusia, muriendo poco después de este nombramiento (el 12 de mayo de 1796).

 

Uz fue el representante típico del periodo rococó en la poesía alemana. En 1749 publicó, de forma anónima, su primera colección de poemas anacreónticos y patrióticos, aunque anteriormente había editado El maestro Duns (1746), una recopilación de sátiras donde criticaba la moral burguesa de su época, a la que siguió La victoria del dios del amor (1753). Así mismo escribió odas y poemas didácticos de carácter moral y teológico. Su última obra, y la más leída en su época, fue Ensayo sobre el arte de estar siempre alegre (1760).

FRANK HERBERT, escritor estadounidense de ciencia ficción nacido el 8 de octubre de 1920 en Tacoma, Washington, y fallecido el 11 de febrero de 1986 en Madison, Wisconsin. Hasta 1972 realizó varios trabajos al mismo tiempo que escribía, en sus ratos libres, historias de ciencia ficción socialmente comprometidas. En 1965 publicó Dune, una de las colecciones de libros de ciencia ficción más vendidos de la historia que fue la base para una serie televisiva mítica, la cual explora temas como la ecología, la evolución humana, las consecuencias de la manipulación genética y las posibilidades místicas y psíquicas. La serie Las crónicas de Dune consta de seis títulos: Dune (1965), El mesías de Dune (1969), Hijos de Dune (1976), Dios emperador de Dune (1981), Herejes de Dune (1984) y Casa Capitular Dune (1985). Además de esta serie, Herbert escribió más de dos docenas de otras novelas.

DUNE (LAS CRÓNICAS DE DUNE 1)

Frank Herbert

Fragmento

 

Es en el momento de empezar cuando hay que cuidar atentamente que los equilibrios queden establecidos de la manera más exacta. Y esto lo sabe bien cada hermana Bene Gésserit. Así, para emprender este estudio acerca de la vida de Muad’Dib, primero hay que situarlo exactamente en su tiempo: nacido en el 57º año del Emperador Padishah, Shaddam IV. Y hay que situar muy especialmente a Muad’Diben su lugar: el planeta Arrakis. Y no hay que dejarse engañar por el hecho de que nació en Caladan y vivió allí los primeros quince años de su vida. Arrakis, el planeta conocido como Dune, será siempre su lugar.

Del «Manual de Muad’Dib», por la Princesa Iruian.

En la semana que precedió a la partida hacia Arrakis, cuando el frenesí de los últimos preparativos había alcanzado un nivel casi insoportable, una vieja mujer acudió a visitar a la madre del muchacho, Paul.

Era una suave noche en Castel Caladan, y las antiguas piedras que habían sido el hogar de los Atreides durante veintisiete generaciones estaban impregnadas de aquel húmedo frescor que presagiaba un cambio de tiempo.

La vieja mujer fue introducida por una puerta secreta y conducida a través del abovedado pasadizo hasta la habitación de Paul, donde pudo observarlo un instante mientras yacía en su lecho.

A la débil luz de una lámpara a suspensor que flotaba cerca del suelo, Paul, medio dormido, distinguía apenas la voluminosa silueta inmóvil en el umbral, y la de su madre, un paso más atrás. La vieja mujer era como la sombra de una bruja... con sus cabellos como tela de araña enmarañados alrededor de sus oscuras facciones y sus ojos brillando como piedras preciosas.

—¿No es un poco pequeño para su edad, Jessica? —preguntó la vieja mujer. Su voz silbaba y vibraba como la de un baliset mal afinado.

La madre de Paul respondió con su suave voz de contralto:

—Es bien sabido que entre los Atreides el crecimiento es algo tardío, Vuestra Reverencia.

—Se dice, se dice —siseó la vieja mujer—. Pero ya tiene quince años.

—Sí, Vuestra Reverencia.

—Está despierto y nos está escuchando —dijo la vieja mujer—. Astuto pillo —se rió—. Pero la nobleza necesita de la astucia. Y si es realmente el Kwisatz Haderach... bien...

En las sombras de su lecho, Paul entrecerró los ojos hasta reducirlos a dos líneas. Dos óvalos brillantes como los de un pájaro, los ojos de la vieja mujer, parecieron dilatarse y llamear mientras se clavaban en los suyos.

—Duerme bien, astuto pillo —murmuró la vieja mujer—. Mañana necesitarás de todas tus facultades para afrontar mi gom jabbar.

Y desapareció, arrastrando afuera a su madre y cerrando la puerta con un ruido sordo.

Paul permaneció desvelado, preguntándose: ¿Qué será un jabbar?

Entre toda la confusión de aquel período de cambio, la vieja mujer era lo más extraño que había podido ver.

Vuestra Reverencia.

Y ella se había dirigido a su madre Jessica como a una sirvienta en lugar de como lo que ella era: una Dama Gésserit, la concubina de un duque y la madre del heredero ducal.

¿Es un gom jabbar algo de Arrakis que debo conocer antes de que vayamos allí?, se preguntó.

Silabeó aquellas extrañas palabras: Gom jabbar... Kwisatz Haderach.

Eran tantas cosas que aprender. Arrakis era un lugar tan distinto a Caladan que la mente de Paul se perdía ante su solo pensamiento. Arrakis... Dune... el Planeta del Desierto.

Thufir Hawat, el Maestro de Asesinos de su padre, le había explicado: sus mortales enemigos, los Harkonnen, habían residido en Arrakis durante ochenta años, gobernando el planeta en un cuasifeudo bajo un contrato con la Compañía CHOAM para la extracción de la especia geriátrica, la melange. Ahora, los Harkonnen iban a ser reemplazados por la Casa de los Atreides en plenofeudo... una aparente victoria para el Duque Leto. Pero, había dicho Hawat, esta apariencia contenía un peligro mortal, ya que el Duque Leto era popular entre las Grandes Casas del Landsraad.

—Un hombre demasiado popular provoca los celos de los poderosos —había dicho Hawat.

Arrakis... Dune... el Planeta del Desierto.

Paul se durmió de nuevo y soñó en una caverna arrakena, con seres silenciosos irguiéndose a su alrededor a la pálida claridad de los globos. Todo era solemne, como en el interior de una catedral, y oía un débil sonido, el dripdripdrip del agua. Aún soñando, Paul sabía sin embargo que al despertar lo recordaría todo. Siempre recordaba sus sueños premonitorios.

El sueño se desvaneció.

Paul se despertó en el tibio lecho y pensó... pensó. Aquel mundo de Castel Caladan, donde no tenía juegos ni compañeros de su edad, quizá no mereciera la menor tristeza. El doctor Yueh, su preceptor, le había dado a entender de forma ocasional que el sistema de castas de los faufreluches no era tan rígido en Arrakis. En el planeta había gente que vivía al borde del desierto sin un caid o un bashar que la gobernase: los llamados Fremen, elusivos como el viento del desierto, que ni siquiera figuraban en los censos de los Registros Imperiales.

Arrakis... Dune... el Planeta del Desierto.

Paul sintió sus propias tensiones y decidió practicar uno de los ejercicios corporalesmentales que le había enseñado su madre. Tres rápidas inspiraciones desencadenaron las respuestas: entró en estado de percepción flotante... ajustó su conciencia... dilatación aórtica... alejamiento de todo mecanismo no focalizado... concienciación deliberada... enriquecimiento de la sangre e irrigación de las regiones sobrecargadas... nadie obtiene alimento-seguridad-libertad sólo con el instinto... La consciencia animal no se extiende más allá de un momento dado, como tampoco admite la posibilidad de la extinción de sus víctimas... el animal destruye y no produce... los placeres animales permanecen encerrados en el nivel de las sensaciones sin alcanzar la percepción... el ser humano necesita una escala graduada a través de la cual poder ver el universo... una consciencia selectivamente focalizada, esto forma su escala... La integridad del cuerpo depende del flujo nervioso-sanguíneo, sensible a las necesidades de cada una de las células... todos los seres/células/cosas son no permanentes... todo lucha para mantener el flujo de la permanencia...

La lección pasó y pasó a través de la flotante consciencia de Paul.

Cuando el alba tocó la ventana con su luz amarillenta, Paul la sintió a través de sus cerrados párpados; los abrió, oyendo los ecos de la actividad del castillo, y los fijó en el dibujo del artesonado del techo.

La puerta del vestíbulo se abrió y apareció su madre, con sus cabellos color bronce oscuro sujeto, formando como una corona mediante una cinta negra, su rostro ovalado impasible y sus ojos verdes con una expresión solemne.

—Estás despierto —dijo—. ¿Has dormido bien?

—Sí.

La observó, estudiándola, y notó la tensión en el movimiento de sus hombros mientras escogía su ropa de las perchas en el armario. Cualquier otro no se hubiera dado cuenta de aquella tensión, pero él había sido educado a la Manera Bene Gésserit... a través de la más minuciosa observación. Su madre se volvió, presentándole una casaca de semiceremonia con el halcón rojo, emblema de los Atreides, bordado en el bolsillo.

—Apresúrate y vístete —dijo—. La Reverenda Madre está esperando.

—Una vez soñé con ella —dijo Paul—. ¿Quién es?

—Fue mi preceptora en la escuela Bene Gésserit. Hoy es la Decidora de Verdad del Emperador. Y, Paul... —vaciló—. Tienes que hablarle de tus sueños.

—Lo haré. ¿Es ella la razón de que nos hayan dado Arrakis?

—No nos han dado Arrakis —Jessica sacudió un par de pantalones y los colocó junto a la casaca, al lado del lecho—. No debes hacer esperar a la Reverenda Madre.

Paul se sentó y pasó los brazos alrededor de sus rodillas.

—¿Qué es un gom jabbar?

El adiestramiento que había recibido le hizo percibir de nuevo la invisible excitación de su madre, una motivación nerviosa que reconoció como miedo.

Jessica se acercó a la ventana, corriólas cortinas y durante un instante contempló, al otro lado del río, el monte Syubi.

—Pronto sabrás lo que es el gom jabbar... demasiado pronto —dijo.

Una vez más notó el miedo en su voz, y se sintió intrigado.

Jessica habló sin volverse:

—La Reverenda Madre está esperando en mis salones. Por favor, apresúrate.

La Reverenda Madre Gaius Helen Mohiam estaba sentada en una silla tapizada, observando acercarse a madre e hijo. A uno y otro lado, las ventanas se abrían sobre la curva del río que corría hacia el sur y las tierras de cultivo de los Atreides, pero la Reverenda Madre ignoraba el paisaje. Aquella mañana le pesaban los años, lastrando sus hombros. Hacía responsable de ello a aquel viaje a través del espacio, asociado con aquella abominable Cofradía Espacial y sus oscuros designios. Pero aquella era una misión que requería la atención personal de una Bene Gésserit con la Mirada. Y ni siquiera la propia Decidora de Verdad del Emperador Padishah podía declinar tal responsabilidad cuando el deber la llamaba.

¡Condenada Jessica!, exclamó para sí la Reverenda Madre.

¡Si al menos nos hubiera engendrado una chica como se le había ordenado!

Jessica se detuvo a tres pasos de la silla y esbozó una pequeña reverencia, con un ligero movimiento de su mano izquierda pellizcando apenas su falda. Paul se dobló en una breve inclinación, como le había enseñado su maestro de danza que debía hacerse... para usarlo en las ocasiones «en que no hay ninguna duda acerca del rango de la otra persona».

Los matices de la actitud de Paul no pasaron inadvertidos para la Reverenda Madre.

—Es prudente, Jessica —dijo.

La mano de Jessica apretó el hombro de Paul. Por un latido de corazón, el miedo pulsó a través de su palma. Pero recuperó rápidamente el control.

—Así ha sido educado, Vuestra Reverencia.

¿Qué es lo que teme?, se preguntó Paul.

La vieja mujer estudió a Paul, cada detalle de él, en una sola mirada: el rostro ovalado como el de Jessica, aunque más decidido... Cabellos: muy negros como los del Duque pero con la línea de la frente del abuelo materno, aquel que no puede ser nombrado, así como su nariz, fina y desdeñosa; y los ojos verdes y penetrantes del viejo Duque, su abuelo paterno ya muerto.

Aquél sí que era un hombre que apreciaba el poder de la bravura... incluso en la muerte, pensó la Reverenda Madre.

—La educación es una cosa —dijo—, los ingredientes de base otra. Ya veremos —sus viejos ojos fulminaron a Jessica con una dura mirada—. Déjanos. Te ordeno que practiques la meditación de paz.

Jessica retiró su mano del hombro de Paul.

—Vuestra Reverencia, yo...

—Jessica, sabes que hay que hacerlo.

Paul alzó sus ojos hacia su madre, perplejo.

Jessica se envaró.

—Sí... por supuesto.

Paul volvió a mirar a la Reverenda Madre.

La cortesía, y el obvio poder de la vieja mujer sobre su madre, aconsejaban prudencia. Sin embargo, sintió crecer una rabiosa aprensión ante el miedo que irradiaba de su madre.

—Paul... —Jessica inspiró profundamente—... esta prueba a la que vas a ser sometido... es importante para mí.

—¿Prueba? —la miró.

—Recuerda que eres el hijo de un Duque —dijo Jessica. Dio media vuelta y abandonó el salón a largos pasos, con un seco roce de su vestido. La puerta se cerró sólidamente a sus espaldas.

Paul hizo frente a la vieja mujer, dominando su irritación.

—¿Desde cuándo se echa a Dama Jessica como si fuese una

sirvienta?

Por un instante se dibujó una sonrisa en los ángulos de aquella vieja boca.

—Dama Jessica fue mi sirvienta, muchacho, durante catorce años, en la escuela —inclinó la cabeza—. Y una buena sirvienta, debo reconocerlo. ¡Y ahora, tú, acércate!

La orden fue como un latigazo. Paul se dio cuenta de que había obedecido incluso antes de haber pensado en ello. Ha usado la voz contra mí, se dijo. Ella lo detuvo con un gesto, cerca de sus rodillas.

—¿Ves esto? —preguntó. Sacó de entre los pliegues de su ropa un cubo de metal verde que tenía alrededor de quince centímetros de lado. Lo hizo girar, y Paul vio que uno de sus lados estaba abierto... negro y extrañamente aterrador. Ninguna luz penetraba en su abierta oscuridad.

—Mete tu mano derecha en esta caja —dijo ella.

El miedo se apoderó de Paul. Retrocedió, pero la vieja mujer dijo:

—¿Es así como obedeces a tu madre?

Afrontó la mirada de sus brillantes ojos de pájaro.

Lentamente, consciente de las compulsiones que surgían de su interior y no podía rechazar, Paul metió su mano dentro de la caja. Al principio experimentó una sensación de frío a medida que la oscuridad se acercaba en torno a su mano, después sintió el contacto del liso metal en sus dedos y un hormigueo, como si su mano se adormeciera.

Una mirada de rapaz apareció en el rostro de la vieja mujer. Apartó su mano derecha de la caja y la puso, cerrada, al lado de la nuca de Paul. Este vio un destello metálico y quiso volver la cabeza.

—¡Quieto! —dijo ella secamente.

¡Está usando de nuevo la Voz! Ella observó de nuevo fijamente su rostro.

—Tengo sujeto el gom jabbar cerca de tu cuello —dijo—. El gom jabbar, el peor enemigo. Es una aguja con una gota de veneno en la punta. ¡Quieto! No te muevas, o el veneno te morderá.

Paul intentó deglutir, pero su garganta estaba seca. No conseguía apartar su atención de aquel viejo rostro arrugado, aquellos ojos brillantes, aquellas encías pálidas, aquellos dientes de metal plateado que brillaban a cada palabra.

—El hijo de un Duque debe saber acerca de venenos —dijo—. Es algo de nuestro tiempo, ¿no? El Musky, para envenenar tu bebida. El Aumas, para envenenar tu comida. Los venenos rápidos, los venenos lentos y los intermedios. Este es uno nuevo para ti: el gom jabbar. Sólo mata a los animales.

El orgullo dominó el miedo de Paul.

—¿Pretendéis insinuar que el hijo de un Duque es un animal? —preguntó.

—Digamos que sugiero que puedes ser humano —dijo—. ¡No te muevas! Te lo advierto, no intentes escapar de mi lado. Soy vieja, pero mi mano puede clavar esta aguja en tu cuello antes de que consigas alejarte lo suficiente.

—¿Quién sois? —siseó Paul—. ¿Cómo habéis hecho para engañar a mi madre y conseguir que me dejara a solas con vos? ¿Habéis sido enviada por los Harkonnen?

—¿Los Harkonnen? ¡Cielos, no! Ahora, cállate —un seco dedo tocó su nuca, y tuvo que refrenar su involuntaria urgencia de escapar de allí.

—Muy bien —dijo ella—. Has pasado la primera prueba. Ahora, esto es lo que falta: si retiras tu mano de la caja, morirás. Esta es la única regla. Deja tu mano en la caja, y vivirás. Quítala, y morirás.

Paul inspiró profundamente para evitar un estremecimiento.

—Si llamo, en un momento esto estará lleno de sirvientes que caerán sobre vos, y seréis vos quien morirá.

—Los sirvientes no irán más allá de donde está tu madre, custodiando esta puerta. Puedes estar seguro. Tu madre sobrevivió a esta prueba. Ahora ha llegado tu turno. Siéntete honrado. Es raro que sometamos a los chicos a ella.

La curiosidad redujo el miedo de Paul hasta un nivel controlable. Había detectado la verdad en las palabras de la vieja mujer, no podía negarlo. Si su madre estaba allá fuera de guardia... si realmente se trataba de una prueba... Y fuera como fuese, sabía que no podía sustraerse a ella, atrapado por aquella mano cerca de su nuca: el gom jabbar. Trajo a su mente las palabras de la Letanía contra el Miedo del ritual Bene Gésserit, tal como su madre se las había enseñado:

No conoceréis al miedo. El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Sólo estaré yo.

Sintió que la calma volvía a él y dijo:

—Terminemos ya con esto, vieja mujer.

—¡Vieja mujer! —gritó ella—. Tienes valor, no puede negarse. Bien, vamos a ver esto, señor mío —se inclinó hacia él y su voz se convirtió en un susurro—. Vas a sentir dolor en la mano, y mi gom jabbar tocará tu cuello... y la muerte será tan rápida como el hacha del verdugo. Retira la mano, y el gom jabbar te matará. ¿Has comprendido?

—¿Qué hay en la caja?

—Dolor.

El escozor se hizo más intenso en su mano. Apretó los labios. ¿Cómo es posible que esto sea una prueba?, se preguntó. El escozor se convirtió en comezón.

—¿Has oído hablar de los animales que se devoran una pata para escapar de una trampa? —dijo la vieja mujer—. Esa es la astucia a la que recurriría un animal. Un humano permanecerá cogido en la trampa, soportará el dolor y fingirá estar muerto para coger por sorpresa al cazador y matarlo, y eliminar así un peligro para su especie.

La comezón aumentó en intensidad, hasta llegar a quemar.

—¿Por qué me hacéis esto? —preguntó.

—Para determinar si eres humano. Ahora, silencio.

Paul cerró fuertemente su mano izquierda, mientras la sensación de quemadura aumentaba en la otra mano. Crecía lentamente: calor y más calor... y más calor. Sintió que las uñas de su manó izquierda se clavaban en su palma. Intentó sostener los dedos de su mano que ardía, pero no consiguió moverlos.

—Se está quemando —siseó.

—¡Silencio!

El dolor ascendió por su brazo. El sudor perló su frente. Cada fibra de su cuerpo le gritaba que retirara su mano de aquel pozo ardiendo... pero... el gom jabbar. Sin volver la cabeza, intentó mover sus ojos para ver aquella terrible aguja envenenada acechando a su cuello. Se dio cuenta de que jadeaba e intentó dominarse sin conseguirlo.

¡Dolor!

Su mundo se vació por completo excepto su mano derecha inmersa en aquella agonía y aquel rostro surcado de arrugas que lo miraba fijamente a pocos centímetros del suyo.

Sus labios estaban tan secos que le costó separarlos.

¡Quema! ¡Quema!

Le pareció que la piel de aquella mano agonizante se arrugaba y ennegrecía, se agrietaba, caía, dejando tan sólo huesos carbonizados.

¡Y luego todo cesó!

Como un interruptor que hubiera cortado el flujo de la corriente, el dolor cesó.

Paul sintió que su brazo derecho temblaba, el sudor seguía chorreando por todo su cuerpo.

—Ya basta —murmuró la vieja mujer—. ¡Kull wahad! Ningún hijo de mujer había tenido que soportar nunca tanto. Es como si hubiera querido que fracasaras —se retiró, apartando el gom jabbar de su cuello—. Retira tu mano de la caja, joven, y míratela.

MARIO PUZO, nacido el 15 de octubre de 1920 en Nueva York y fallecido en Bay Shore el 2 de julio de 1999, fue un novelista y guionista norteamericano que escribió la crónica de la familia mafiosa ficticia más conocida del planeta, los Corleone, convirtiéndose su novela, El Padrino (1969), en uno de los libros más populares de la historia, vendiendo más de veinte millones de copias en todo el mundo, generando tres películas de enorme éxito taquillero y colocando a sus personajes en lo alto de la mitología cultural estadounidense. Puzo abandonó el colegio muy joven para trabajar como empleado de los ferrocarriles tras haber abandonado su padre a la familia, sin embargo, tras realizar el servicio militar en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, estudió en la Universidad de Columbia, mientras trabajaba como funcionario público, y comenzó a escribir historias pulp para revistas masculinas. En 1955 apareció su primera novela, La arena sucia, a la que siguió, nueve años más tarde, La Mamma y, poco tiempo después, su gran éxito, El Padrino, colaborando con el director Francis Ford Coppola en el guion de las tres películas, consiguiendo las dos primeras nueve premios Oscar. A partir de ese momento su contribución como guionista en el cine y la televisión fue constante: Terremoto, Superman, Superman II, Cotton Club, El siciliano, El siciliano II… Y también continuaron sus éxitos literarios: Los tontos mueren, El siciliano, La cuarta K, El último Don, Omertà y Los Borgia.

EL PADRINO

Mario Puzo

Fragmento

 

Amerigo Bonasera estaba sentado en la Sala 3 de lo Criminal de la Corte de Nueva York. Esperaba justicia. Quería que los hombres que tan cruelmente habían herido a su hija, y que, además, habían tratado de deshonrarla, pagaran sus culpas.

El juez, un hombre de formidable aspecto físico, se recogió las mangas de la toga, como si se dispusiera a castigar físicamente a los dos jóvenes que permanecían de pie delante del tribunal. Su expresión era fría y majestuosa. Sin embargo, Amerigo Bonasera tenía la sensación de que en todo aquello había algo de falso, aunque no podía precisar el qué.

—Actuaron ustedes como unos completos degenerados —dijo el juez, severamente.

Eso, eso, pensó Amerigo Bonasera. Animales. Animales. Los dos jóvenes, con el cabello bien cortado y peinado, y el rostro claro y limpio, eran la viva imagen de la contrición. Al oír las palabras del juez, bajaron humildemente la cabeza.

—Actuaron ustedes como bestias salvajes —prosiguió el juez—; y menos mal que no agredieron sexualmente a aquella pobre chica, pues ello les hubiera costado una pena de veinte años.

El representante de la justicia hizo una pausa. Sus ojos, enmarcados por unas cejas sumamente pobladas, miraron disimuladamente al pálido Amerigo Bonasera, para luego detenerse en un montón de documentos relacionados con el caso que tenía delante. Frunció el ceño, como si lo que iba a decir a continuación estuviera en desacuerdo con su punto de vista.

—Pero teniendo en cuenta su edad, su limpio historial, la buena reputación de sus familias... y porque la ley, en su majestad, no busca venganzas de tipo alguno, les condeno a tres años de prisión. La sentencia queda en suspenso.

Gracias a que llevaba cuarenta años en contacto más o menos directo con el dolor, pues era propietario de una funeraria, el rostro de Amerigo Bonasera no dejó traslucir en absoluto la decepción y el inmenso odio que le embargaban. Su joven y bella hija estaba todavía en el hospital, reponiéndose de su mandíbula rota, ¿y aquellos dos bestias iban a quedar en libertad? ¡Todo había sido una farsa! Miró a los felices padres, que en ese momento rodeaban a sus queridos hijos, y pensó que eran plenamente dichosos; no cabía la menor duda, sus sonrisas así lo indicaban.

Por la garganta de Bonasera subió una hiel negra y amarga, que le llegó a los labios a través de los dientes fuertemente apretados. Se limpió la boca con el blanco pañuelo que llevaba en el bolsillo. En aquel preciso instante los dos jóvenes pasaron junto a él, sonrientes y confiados, sin dignarse a dirigirle una mirada. Bonasera no dijo nada; se limitó a apretar el pañuelo contra sus labios.

Los padres de los bestias iban detrás. Tanto ellos como ellas tenían más o menos su edad; pero vestían de forma más americana. Le miraron a hurtadillas. La vergüenza se reflejaba en sus caras, aunque en sus ojos brillaba una luz triunfante. Entonces Bonasera perdió el control.

—¡Os prometo que lloraréis como yo he llorado! —gritó amargamente—. ¡Os haré llorar como vuestros hijos me hacen llorar a mí! —Había llevado el pañuelo hasta sus ojos.

Los abogados defensores, con la mano en el brazo de sus defendidos, indicaron a éstos que siguieran pasillo adelante, pues los dos jóvenes habían retrocedido unos pasos, como si quisieran proteger a sus padres, aunque ya un gigantesco alguacil corría para cerrar el paso a Bonasera. Pese a todo, no era necesario.

Durante los años que llevaba en América, Amerigo Bonasera había confiado en la ley, y no había tenido problemas. En ese momento, a pesar de que en su cerebro hervía el odio, a pesar de sus inmensos deseos de comprar un arma y matar a los dos jóvenes, Bonasera se volvió hacia su mujer, que todavía no se había dado cuenta de la farsa que se había desarrollado ante sus ojos.

—Nos han puesto en ridículo —le dijo. Guardó silencio y luego, con voz firme, sin temor alguno al precio que pudieran exigirle, añadió—: Si queremos justicia, deberemos arrodillarnos ante Don Corleone.

En la profusamente decorada suite de un hotel de Los Ángeles, Johnny Fontane estaba tan borracho como pudiera estarlo cualquier marido celoso. Tendido sobre una cama de color rojo, bebía whisky directamente de la botella que tenía en la mano, y luego, para eliminar el mal sabor, sorbía un poco un vaso lleno de agua y cubitos de hielo. Eran las cuatro de la madrugada; su mente ebria elaboraba fantásticos planes para asesinar a su infiel mujer tan pronto como ésta volviera a casa.

Si es que volvía. Era demasiado tarde para llamar a su primera esposa y preguntarle por los niños; tampoco serviría de nada telefonear a alguno de sus amigos, ahora que su carrera estaba prácticamente destrozada. Hubo un tiempo en que muchos se hubieran sentido halagados de recibir su llamada; ahora ya no. No pudo contener una leve sonrisa al pensar cómo, tiempo atrás, los problemas de Johnny Fontane habían quitado el sueño a algunas de las más rutilantes estrellas de América.

Finalmente, mientras sorbía el enésimo trago, oyó que abrían la puerta. Siguió bebiendo hasta que su mujer se plantó ante él. Le pareció hermosísima, con su cara angelical, sus espirituales ojos color violeta y su cuerpo, frágil pero perfectamente formado. En la pantalla, su belleza destacaba todavía más. Cien millones de hombres de todo el mundo estaban enamorados del rostro de Margot Ashton, y pagaban por verlo en la pantalla.

—¿Dónde diablos has estado? —preguntó Johnny Fontane.

—Por ahí... —fue la respuesta.

Evidentemente, Margot había juzgado erróneamente la borrachera de su marido. Vio que derribaba la mesita de cóctel y sintió que sus dedos le atenazaban la garganta. Johnny estaba furioso, pero al ver tan de cerca el mágico rostro de su mujer, con aquellos fascinantes ojos violeta, su ira desapareció y volvió a sentirse inerme. Entonces ella cometió el error de sonreír burlonamente. El cerró los puños y su brazo derecho tomó impulso.

—¡En la cara no, Johnny! ¡Estoy haciendo una película! —gritó Margot.

La golpeó en el estómago. Ella cayó al suelo, y Johnny se le echó encima. Podía oler su aliento fragante, mientras ella luchaba por respirar. Golpeó a su esposa en los brazos y en los bronceados muslos. La golpeó como años atrás lo había hecho con los chicos del barrio. Era un castigo doloroso, pero que no provocaría ninguna desfiguración duradera, ni la pérdida de dientes, o la deformación de la nariz.

Sin embargo, sus puñetazos no tenían fuerza suficiente. No podía pegarle, algo se lo impedía. Y ella se mofó abiertamente. Tendida en el suelo, con el vestido subido hasta los muslos, Margot gritó, riendo:

—¡Vamos, Johnny, sigue golpeando si ello te divierte!

Johnny Fontane se levantó. La odiaba, pero nada podía contra su mágica belleza. Con una ágil pirueta de bailarina, Margot se levantó. Quedó frente a su marido y se puso a bailar a su alrededor, al tiempo que cantaba: «Johnny no me hace daño, Johnny no me hace daño.»

—¡Pobre hombre! —añadió con voz triste—. Se entretiene dándome azotes, como si yo fuera una niña. Siempre serás un chiquillo romántico y estúpido; incluso haciendo el amor eres infantil. Te imaginas que ha de ser algo tan suave y aletargado como las canciones que cantabas. —Meneó la cabeza y añadió—: Pobre Johnny. Adiós, Johnny.

Luego se dirigió a su dormitorio y él oyó que cerraba la puerta con llave.

Johnny estaba sentado en el suelo, con el rostro entre las manos. La humillación y el desespero lo abrumaban. Poco después, sin embargo, la dureza que le había ayudado a sobrevivir en la jungla de Hollywood le hizo buscar el teléfono y pedir un automóvil que le trasladara al aeropuerto. Había una persona que podía salvarlo. Regresaría a Nueva York y acudiría al hombre que tenía el poder y la sabiduría que él necesitaba, al hombre que le apreciaba sinceramente, al único hombre en quien todavía confiaba. Su padrino Corleone.

El panadero Nazorine, un hombre regordete y tosco como sus enormes panes italianos, cubierto por una capa de harina, miró ceñudamente a su mujer, a su hija casadera, Katherine, y a su ayudante en la tahona, Enzo. Este último llevaba el uniforme de prisionero de guerra, con una inscripción en letras verdes sobre la manga, y el mero pensamiento de que la escena que iba a seguir podía hacerle llegar tarde a la oficina del gobernador de la Isla, donde tenía que presentarse periódicamente, le aterrorizaba. Era uno de los miles de prisioneros del Ejército italiano que tenían permiso para trabajar en América, y vivía bajo el constante temor de que dicho permiso le fuera revocado. Por ello, la pequeña comedia de Nazorine era, para él, un asunto muy serio.

—¡Has deshonrado a mi familia! ¿Querías darle a mi hija un regalito para celebrar el final de la guerra? ¿Sabes que van a enviarte a tu polvorienta aldea de Sicilia de una patada en el trasero?

Enzo, muchacho de corta estatura pero fuerte constitución, se puso la diestra en el corazón.

—Patrón —dijo casi llorando—, juro por la Santísima Virgen que nunca he abusado de su bondad. Amo sinceramente a su hija, y con todo respeto le pido su mano. Sé que no tengo derecho, pero si me mandan a Italia, ya nunca podré regresar a América. Nunca podré casarme con Katherine.

—Basta ya de esta locura —intervino Filomena, la esposa de Nazorine—. Sabes perfectamente lo que tienes que hacer. Nuestros primos de Long Island ocultarán a Enzo.

Katherine estaba llorando. No tenía buen tipo ni su cara era muy agraciada. Además, la sombra de un bigote afeaba su rostro. Nunca encontraría a otro hombre tan elegante como Enzo, nunca otro hombre sabría quererla con tanto amor y respeto.

—Me iré a vivir a Italia. Si haces algo contra Enzo, me marcharé de casa —gritó repentinamente.

Nazorine la miró pensativo. La jovencita era dura de pelar. La había visto apretar las nalgas contra los muslos de Enzo cuando éste, para sacar los panes del horno, tenía que pasar por detrás de ella. Si no tomaba las medidas apropiadas, el duro y caliente «pan» del granuja de su ayudante no tardaría en estar dentro del «horno» de Katherine, pensó Nazorine lascivamente. Enzo debía permanecer en América y convertirse en un ciudadano estadounidense, resolvió el panadero. Pero el asunto era difícil; tanto, que sólo un hombre podía solucionarlo: Don Corleone, el Padrino.

Todas estas personas y muchas más recibieron invitaciones para la boda de la señorita Constanzia Corleone, que debía celebrarse el último sábado del mes de agosto de 1945. El padre de la novia, Don Vito Corleone, nunca se había olvidado de sus antiguos amigos y vecinos, a pesar de que ahora vivía en una enorme y suntuosa casa de Long Island. La recepción se celebraría allí y la fiesta duraría todo el día. Era indudable que sería todo un acontecimiento. La guerra con Japón acababa de terminar, de modo que nadie estaría angustiado por la suerte de un hijo o familiar en el campo de batalla. El momento era propicio.

Así, durante toda la mañana del día señalado, la casa se llenó de amigos que deseaban honrar a Don Corleone. Todos traían unos paquetitos envueltos en papel color crema, que contenían dinero en efectivo. Nada de cheques ni objetos de regalo: billetes de banco y una tarjeta con el nombre de quien ofrecía el presente. La cantidad de dinero establecía el grado de respeto por el Padrino. Un respeto bien ganado.

Don Vito Corleone era un hombre a quien todos acudían en demanda de ayuda, y nadie salía defraudado. Nunca hacía promesas vagas ni se excusaba alegando que sus manos estaban atadas por fuerzas más poderosas que él mismo. No era necesario que uno fuera amigo suyo, como tampoco tenía importancia que uno no tuviera medios de devolverle el favor. Sólo existía una condición: que uno, uno mismo, proclamara su amistad hacia él. Y luego, por pobre que fuera el suplicante, Don Corleone asumía sus problemas y no se concedía descanso hasta haberlos solucionado. ¿Su premio? La amistad, el respetuoso título de «Don», a veces el más íntimo de «Padrino», y tal vez, sólo en prueba de agradecimiento y nunca con ánimo de lucro, algún que otro regalo, como una botella de vino casero o una canasta de taralles hechas especialmente para ser saboreadas en la mesa de Don Corleone el día de Navidad. Así pues, sólo se trataba de pruebas de amistad, una forma de reconocer que se estaba en deuda con él y que Don Vito, en cualquier momento, tenía el derecho de pedir, en pago, cualquier pequeño servicio que precisara.

En el gran día de la boda de su hija, Don Vito Corleone estaba de pie ante la puerta principal de su casa de Long Beach para recibir a los invitados, todos gente conocida, personas de confianza. Muchos debían su éxito al Don, y en una ocasión tan solemne se sentían con el derecho de llamarle «Padrino». Ese día incluso el personal de servicio estaba formado por amigos suyos. El encargado del bar era un viejo camarada cuyo regalo había consistido en la aportación de todos los licores para la fiesta, además de sus servicios como experto barman. Los camareros eran amigos de los hijos de Don Corleone. La comida dispuesta sobre las mesas del jardín había sido preparada por la esposa del Don y sus amigas, mientras que las amigas de la novia se habían encargado de la alegre decoración del jardín.

Don Corleone recibía a todos —ricos y pobres, poderosos y humildes— con iguales muestras de afecto. Era su carácter. Los invitados se maravillaban en voz alta de lo bien que le sentaba el esmoquin; tanto, decían, que cualquiera hubiera podido confundirlo con el novio.

En la puerta, de pie junto a él, se hallaban dos de sus tres hijos. El mayor, de nombre Santino pero al que todo el mundo llamaba Sonny —menos su padre— recibía la admiración de los italianos más jóvenes, aunque los maduros lo miraban con recelo. Sonny Corleone era alto, teniendo en cuenta que pertenecía a la primera generación americana de una familia oriunda de Italia. Medía un metro ochenta y su abundante cabellera ondulada le hacía parecer aún más alto. Su cara semejaba la de un Cupido gigantesco; sus facciones eran correctas, pero sus labios eran gruesos y sensuales, y su barbilla, con un hoyuelo en el centro, resultaba casi obscena. De aspecto fuerte como un toro, se decía que su esposa odiaba tanto el lecho matrimonial como en otros tiempos habían odiado la hoguera los infieles. Las malas lenguas habían llegado a afirmar que, de joven, cuando visitaba las casas de mala nota, las rameras más curtidas le pedían tarifa doble.

Durante la fiesta nupcial, algunas señoras jóvenes uniformemente entraditas en carnes miraban a Sonny Corleone con ojos lánguidos. Sin embargo, aquel día concretamente estaban perdiendo el tiempo. A pesar de la presencia de su esposa y de sus tres hijos de corta edad, Sonny Corleone tenía la vista puesta en Lucy Mancini, la dama de honor de su hermana. La muchacha, que conocía los planes de Sonny, estaba sentada junto a una de las mesas del jardín. Llevaba el traje de gala, con una tiara de flores encima de su lustroso pelo negro. Había flirteado con Sonny en el curso de la última semana, durante los ensayos de la ceremonia, y aquella mañana, ante el altar, había rozado su mano. Una joven soltera no podía hacer más.

A Lucy no le importaba que Sonny no fuera un gran hombre como su padre, ni tuviera probabilidades de serlo. Sonny Corleone era fuerte, tenía valor, se mostraba siempre generoso, y era del dominio público que tenía un corazón muy grande, noble y a menudo tierno. Por desgracia carecía de la humildad de su padre, y su genio, pronto y vivo, le hacía caer a menudo en errores de apreciación. Si bien se le consideraba un excelente colaborador en los negocios de su padre, muchos dudaban de que éste lo nombrara su heredero.

El segundo vástago de don Corleone, Frederico, conocido como Fred o Fredo, era el hijo con el que sueñan todos los padres italianos. Cumplidor, leal, siempre al servicio de su padre... Tenía treinta años y seguía viviendo con sus progenitores. Era más bajo y corpulento que su hermano, pero se le parecía: la misma cabeza de Cupido, el mismo pelo ondulado, idénticos labios gruesos. Pese a ello, los labios de Fred no eran sensuales, sino graníticos. Aunque de carácter más bien terco, nunca discutía con su padre ni le causaba disgusto alguno por causa de las mujeres. A despecho de tales virtudes, no poseía el magnetismo personal ni la fuerza animal tan necesaria para los conductores de hombres. Así pues, tampoco se le consideraba un heredero probable de los negocios familiares.

El tercero, Michael, no se encontraba junto a su padre y hermanos. Había ido a sentarse en el más apartado rincón del jardín, aunque ni allí logró escapar a las atenciones de los amigos de la familia.

MIGUEL DELIBES (1920 – 2010), fue un novelista, ensayista y periodista español nacido el 17 de octubre de 1920 en Valladolid y fallecido, en la misma ciudad, el 12 de marzo de 2010. Tercer hijo de una familia de ocho hermanos, desde la infancia desarrolló una enorme atracción hacia la naturaleza y las actividades al aire libre, por lo que el mundo rural sería una de sus constantes en sus novelas realistas en las que encontraremos un certero análisis crítico de la sociedad española del siglo XX. Al estallar la Guerra Civil, 1936, se alistó voluntario, con 17 años, en la armada del ejército sublevado. Concluida la contienda, estudió Comercio y Derecho en la Universidad de Valladolid. Gracias a su destreza para el dibujo, fue contratado como caricaturista por el diario de su ciudad, El Norte de Castilla, pero gracias al constante apoyo de la que sería su esposa, Ángeles de Castro, se decidió por el camino de la literatura, publicando su primera novela, La sombra del ciprés es alargada, en 1948, tras ganar con ella el Premio Nadal. A partir de la década de 1950, Delibes publica con cierta periodicidad: El camino (1950), Mi idolatrado hijo Sisí (1953), Diario de un cazador (1955, Premio Nacional de Literatura) o La hoja roja (1959, Premio Fundación Juan March) fueron los títulos más importantes de ese periodo. En 1958 se convirtió en director de El Norte de Castilla, cargo del que dimitiría cinco años después por no estar de acuerdo con la censura del gobierno dictatorial. Un año antes había publicado su novela Las ratas, con la que obtuvo el Premio de la Crítica a la que seguirían, entre otras muchas: Cinco horas con Mario (1966), Parábola de un náufrago (1969), El príncipe destronado (1973), Los santos inocentes (1981), Señora de rojo sobre fondo gris (1991), dedicada a su mujer tras cuya muerte Delibes sufrió una profunda depresión, o El hereje (1998, Premio Nacional de Literatura). Aparte de los muchos premios y honores recibidos durante su vida, son destacables el Príncipe de Asturias de las Letras 1982, el Nacional de las Letras Españolas 1991 y el Miguel de Cervantes 1993, así mismo, desde 1975 fue miembro de la Real Academia Española.

LOS SANTOS INOCENTES

Miguel Delibes

Azarías.

LIBRO PRIMERO

 

A su hermana, la Régula, le contrariaba la actitud del Azarías, y le regañaba y él, entonces, regresaba a la Jara, donde el señorito, que a su hermana, la Régula, le contrariaba la actitud del Azarías porque ella aspiraba a que los muchachos se ilustrasen, cosa que a su hermano, se le antojaba un error, que, Luego no te sirven ni para finos ni para bastos, pontificaba con su tono de voz brumoso, levemente nasal, y por contra, en la Jara, donde el señorito, nadie se preocupaba de si éste o el otro sabían leer o escribir, de si eran letrados o iletrados, o de si el Azarías vagaba de un lado a otro, los remendados pantalones de pana por las corvas, la bragueta sin botones, rutando y con los pies descalzos e, incluso, si, repentinamente, marchaba donde su hermana y el señorito preguntaba por él y le respondían, anda donde su hermana, señorito, el señorito tan terne, no se alteraba, si es caso levantaba imperceptiblemente un hombro, el izquierdo, pero no indagaba más, ni comentaba la nueva, y, cuando regresaba, tal cual, el Azarías ya está de vuelta, señorito, y el señorito esbozaba una media sonrisa y en paz, que al señorito sólo le exasperaba que el Azarías afirmase que tenía un año más que el señorito, porque, en realidad, el Azarías ya era mozo cuando el señorito nació, pero el Azarías ni se recordaba de esto y si, en ocasiones, afirmaba que tenía un año más que el señorito era porque Dacio, el Porquero, se lo dijo así una Nochevieja que andaba un poco bebido y a él, al Azarías, se le quedó grabado en la sesera, y tantas veces le preguntaban, ¿qué tiempo te tienes tú, Azarías? otras tantas respondía, cabalmente un año más que el señorito, pero no era por mala voluntad, ni por el gusto de mentir sino por pura niñez que el señorito hacía mal en renegarse por eso y llamarle zascandil, ni era justo tampoco, ya que el Azarías, a cambio de andar por el cortijo todo el día de Dios rutando y como masticando la nada mirándose atentamente las uñas de la mano derecha, lustraba el automóvil del señorito con una bayeta amarilla, y desenroscaba los tapones de las válvulas a los automóviles de los amigos del señorito para que al señorito no le faltaran el día que las cosas vinieran mal dadas y escaseasen y, por si eso no fuera suficiente, el Azarías se cuidaba de los perros, del perdiguero y del setter, y de los tres zorreros y si, en la alta noche, aullaba en el encinar el mastín del pastor y los perros del cortijo se alborotaban, él, Azarías, los aplacaba con buenas palabras les rascaba insistentemente entre los ojos hasta que se apaciguaban y a dormir y, con la primera luz, salía al patio estirándose, abría el portón y soltaba a los pavos en el encinar, tras de las bardas, protegidos por la cerca de tela metálica y, luego, rascaba la gallinaza de los aseladeros y, al concluir, pues a regar los geranios y el sauce y a adecentar el tabuco del búho y a acariciarle entre las orejas y, conforme caía la noche, ya se sabía, Azarías, aculado en el tajuelo, junto a la lumbre, en el desolado zaguán, desplumaba las perdices, o las pitorras, o las tórtolas, o las gangas, cobradas por el señorito durante la jornada y, con frecuencia, si las piezas abundaban, el Azarías reservaba una para la milana, de forma que el búho, cada vez que le veía aparecer, le envolvía en su redonda mirada amarilla, y castañeteaba con el pico, como si retozara, todo por espontáneo afecto, que a los demás, el señorito incluido, les bufaba como un gato y les sacaba las uñas, mientras que a él, le distinguía, pues rara era la noche que no le obsequiaba, a falta de bocado mÁs exquisito, con una picaza, o una ratera, o media docena de gorriones atrapados con liga en la charca, donde las carpas, o vaya usted a saber, pero, en cualquier caso, Azarías le decía al Gran Duque, cada vez que se arrimaba a él, aterciopelando la voz, milana bonita, milana bonita, y le rascaba el entrecejo y le sonreía con las encías deshuesadas y, si era el caso de amarrarle en lo alto del cancho para que el señorito o la señorita o los amigos del señorito o las amigas de la señorita se entretuviesen, disparando a las águilas o a las cornejas por la tronera, ocultos en el tollo, Azarías le enrollaba en la pata derecha un pedazo de franela roja para que la cadena no le lastimase y, en tanto el señorito o la señorita o los amigos del señorito o las amigas de la señorita permanecían dentro del tollo, él aguardaba, acuclillado en la greñura, bajo la copa de la atalaya, vigilándolo, temblando como un tallo verde, y, aunque estaba un poco duro de oído, oía los estampidos secos de las detonaciones y; a cada una, se estremecía y cerraba los ojos y, al abrirlos de nuevo, miraba hacia el búho y al verle indemne, erguido y desafiante, haciendo el escudo, sobre la piedra, se sentía orgulloso de él y sc decía conmovido para entre si, milana bonita, y experimentaba unos vehementes deseos de rascarle entre las orejas y, así que el señorito o la señorita, o las amigas del señorito, o los amigos de la señorita, se cansaban de matar rateras y cornejas y salían del tollo estirándose y desentumeciéndose como si abandonaran la bocamina, él se aproximaba moviendo las mandíbulas arriba y abajo, como si masticase algo, al Gran Duque, y el búho, entonces, se implaba de satisfacción, se esponjaba como un pavo real y el Azarías le sonreía, no estuviste cobarde, milana, le decía, y le rascaba el entrecejo para premiarle y al cabo, recogía del suelo, una tras otra, las águilas abatidas, las prendía en la percha, desencadenaba al búho con cuidado, le introducía en la gran jaula de barrotes de madera, que se echaba al hombro, y pin, pianito, se encaminaba hacia el cortijo sin aguardar al señorito, ni a la señorita, ni a los amigos del señorito, ni a las amigas de la señorita que caminaban, lenta, cansinamente, por la vereda, tras él, charlando de sus cosas y riendo sin ton ni son y así que llegaba a la casa, el Azarías colgaba la percha de la gruesa viga del zaguán y tan pronto anochecía, acuclillado en los guijos del patio, a la blanca luz del aladino, desplumaba un ratonero y se llegaba con él a la ventana del tabuco, y uuuuuh, hacía, ahuecando la voz, buscando el registro más tenebroso, y al minuto, el búho se alzaba hasta la reja sin meter bulla, en un revuelo pausado y blando, como de algodón, y hacía a su vez, uuuuuh, como un eco del uuuuuh de Azarías, un eco de ultratumba, y acto seguido, prendía la ratera con sus enormes garras y la devoraba silenciosamente en un santiamén y el Azarías le miraba comer con su sonrisa babeante y musitaba, milana bonita, milana bonita, y una vez que el Gran Duque concluía su festín, el Azarías se encaminaba al cobertizo, donde las amigas del señorito y los amigos de la señorita estacionaban sus coches, y, pacientemente, iba desenroscando los tapones de las válvulas de las ruedas, mediante torpes movimientos de dedos y al terminar, los juntaba con los que guardaba en la caja de zapatos, en la cuadra, se sentaba en el suelo y se ponía a contarlos, uno, dos, tres, cuatro, cinco... y al llegar a once, decía invariablemente, cuarenta y tres, cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco..., luego salía al corral, ya oscurecido, y en un rincón se orinaba las manos para que no se le agrietasen y abanicaba un rato el aire para que se orearan y así un día y otro día, un mes y otro mes, un año y otro año, toda una vida, pero a pesar de este régimen metódico, algunas amanecidas, el Azarías se despertaba flojo y como desfibrado, como si durante la noche alguien le hubiera sacado el esqueleto, y esos días, no rascaba los aseladeros, ni disponía la comida para los perros, ni aseaba el tabuco del búho, sino que salía al campo y se acostaba a la abrigada de los zahurdones o entre la torvisca y si acaso picaba el sol, pues a la sombra del madroño, y cuando Dacio le preguntaba, ¿qué es lo que te pasa a ti, Azarías?

GIANNI RODARI, escritor y pedagogo italiano, nacido el 23 de octubre de 1920 en Omegna y fallecido en Roma en 1980. Tras trabajar durante algunos años como profesor, inició su carrera como periodista al acabar la Segunda Guerra Mundial, colaborando en numerosas publicaciones como L’Unità, Pioniere o Paese Sera. Durante la década de 1950 comenzó a publicar sus obras para niños que, de inmediato, alcanzaron una gran popularidad entre el público y la crítica, siendo traducidos sus libros a varios idiomas y recibiendo numerosos premios, entre los que destaca el Hans Christian Andersen de 1870. Asiduo participante en congresos y encuentros escolares, recogió sus anotaciones en La gramática de la fantasía (1973), que rápidamente se convirtió en un punto de referencia para los docentes. Entre sus obras más significativas destacaremos: Aventuras de Cipollino, Jelsomino en la tierra de los mentirosos, Canciones infantiles en el cielo y en la tierra, Cuentos telefónicos, El libro de los errores o Lamberto.

CUENTOS POR TELÉFONO

GIANNI RODARI

Juan el distraído

 

- Mamá, voy a dar un paseo.

 - Bueno, Juan, pero ve con cuidado cuando cruces la calle.

- Está bien, mamá. Adiós mamá.

- Eres tan distraído...

- Sí, mamá. Adiós, mamá.

Juanito se marcha muy contento y durante el primer tramo de calle pone mucha atención. De vez en cuando se para y se toca.

- ¿Estoy entero? Sí - y se ríe solo.

Está tan contento de su propia atención, que se pone a brincar como un pajarito, pero luego se queda mirando encantado los escaparates, los coches y las nubes, y, lógicamente, comienzan los infortunios. Un señor le regaña amablemente:

- ¡Pero qué despistado eres! ¿Lo ves? Ya has perdido una mano.

- ¡Anda, es cierto! ¡Pero que distraído soy!

Se pone a buscarse la mano, pero en cambio se encuentra un bote vacío y piensa: "¿Estará vacío de verdad? Veamos. ¿Y que había dentro antes de que estuviese vacío? No habrá estado vacío siempre, desde el primer día..." Juan se olvida de buscar su mano y luego se olvida también del bote, porque ha visto un perro cojo, y he aquí al intentar alcanzar al perro cojo antes de que doble la esquina, va y pierde un brazo entero. Pero ni siquiera se da cuenta de ello y sigue corriendo. Una buena mujer lo llama:

- ¡Juan, Juan!, ¡tu brazo!

Pero ¡quiá!, ni la oye.

- ¡Qué le vamos a hacer! - suspira la buena mujer -. Se lo llevaré a su mamá.

Y se dirige hacia la casa de la mamá de Juan.

- Señora, aquí le traigo el brazo de su hijito.

- ¡Oh, que distraído es! Ya no sé qué hacer ni qué decirle.

- Ya se sabe, todos los niños son iguales.

Al cabo de un rato llega otra buena mujer.

- Señora, me he encontrado un pie. ¿No será acaso de su hijo Juan?

- Sí, es el suyo, lo reconozco por el agujero del zapato. ¡Oh que hijo tan distraído tengo! Ya no sé qué hacer ni qué decirle.

- Ya se sabe, todos los niños son iguales.

Al cabo de otro rato llega una viejecita, luego el mozo del panadero, luego un tranviario, e incluso una maestra retirada, y todos traen algún pedacito de Juan: una pierna, una oreja, la nariz.

- ¿Es posible que haya un muchacho más distraído que el mío?

- Ah, señora, todos los niños son iguales.

Finalmente llega Juan, brincando sobre una pierna, ya sin orejas ni brazos, pero alegre como siempre, alegre como un pajarito, y su mamá menea la cabeza, se lo coloca todo en su sitio y le da un beso.

- ¿Me falta algo, mamá? ¿He estado atento, mamá?

- Sí, Juan, has estado muy atento.

DICK FRANCIS (Richard Stanley Francis), novelista británico nacido el 31 de octubre de 1920 en Tenby, Gales, y fallecido el 14 de febrero de 2010 en Gran Caimán, es conocido por sus novelas de misterio con tramas realistas centradas en el deporte de las carreras de caballos, ya que fue hijo de un jinete y él mismo comenzó a participar en carreras de obstáculos en 1946, convirtiéndose en profesional dos años después y llegando a ser campeón británico en la temporada 1953-54, aunque un accidente sufrido en 1957 interrumpiría su carrera deportiva, comenzando ese mismo año como corresponsal deportivo del Sunday Express de Londres. En 1962 apareció su primera novela, Verdad muerta, y a partir de ese momento le siguió un promedio de un libro al año, todos ambientados en el mundo de las carreras de caballos y en los que se presenta a un detective aficionado que utiliza el razonamiento deductivo para resolver el caso y, como villano, Francis utiliza a un snob pretencioso cuyo exterior enmascara sus vicios. A partir de la década de 1980 comienza a escribir novelas más introspectivas, siendo una de sus mejores Dinero caliente (1987), escrita en colaboración con su hijo Felix.

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