Centenarios:

Abril, mayo y junio 2021.

Cinco minutos bastan para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo. (Mario Benedetti).

Seis son los centenarios que se conmemoran en este mes de junio, tres de fallecimientos: el comediógrafo francés George Feydeau, el escritor y político uruguayo Eduardo Acevedo Díaz y el escritor mexicano Ramón López Velarde; y tres nacimientos: el poeta ruso Apolón Nikolâyevich Máikov, el literato austriaco Hans Carl Artmann y el escritor alemán Helmut Haissenbüttel. Conozcamos un poco de sus biografías.

El 4 de junio de 1821 nació Apolón Nikoláyevich Máikov en Moscú, dentro de una familia en la que no eran ajenas las inquietudes artísticas, pues su padre; Nikolái, fue un importante pintor y académico. Apolón estudiaría Derecho en la Universidad de San Petersburgo y, aunque en un principio se inclinó hacia la pintura, no tardaría en dedicarse por entero a la poesía, apareciendo sus primeras publicaciones en El Almanaque de Odesa durante el año 1840. Tras la edición de su primero poemario, el zar Nicolás I le concedió una asignación que le permitió viajar por buena parte de Europa. A su regreso, sobre 1944, comenzó a trabajar como bibliotecario y a frecuentar ciertos círculos literarios, lo que le permitió entablar relaciones con otros escritores como Visarión Belinski o Iván Turguéniev. Su poesía está inspirada en los paisajes rusos, en su naturaleza y, con frecuencia, en su historia, aunque también son habituales las referencias a la antigüedad clásica de Grecia o Roma. Algunos de sus poemas inspiraron a grandes compositores como Rimski-Kórsakov, Chaikovski o Miaskovski y también colaboró en Judit, una ópera de Aleksandr Serov. Así mismo, es bastante importante su trabajo como traductor, tanto de obras europeas al ruso, como al contrario. Sin embargo, su obra en prosa no tuvo el mismo reconocimiento.

El 5 de junio de 1921 murió Georges Feydeau, cuyo nombre completo era Georges-Léon-Jules-Marie Feydeau, en la ciudad de París, donde también había llegado al mundo un 8 de diciembre de 1862. Su padre, Ernest Feydeau era novelista y de él le vino su afición por la literatura, sin embargo Georges se dedicó al teatro, tanto de dramaturgo (escribió más de sesenta obras entre 1881 y 1916), como de actor y director. Feydeau llevó la farsa francesa hasta nuevas cotas a las que jamás habían llegado sus antecesores, sin necesidad de emplear un tono excesivamente crítico con la sociedad de su tiempo, de la que, sin embargo, sabía emplear sus defectos para sacar el mayor provecho en sus obras.

El 12 de junio de 1921 nació Hans Carl Artmann en la ciudad de Viena, donde moriría setenta y nueve años más tarde. Hijo de una familia de zapateros, Hans trabajó en una oficina tras acabar los estudios. Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial  fue llamado a filas por el ejército alemán, siendo enviado al frente del Este, desertó y fue castigado a doce años de prisión, siendo destinado a un batallón de castigo de donde volvió a desertar cuando luchaban en el frente de Alsacia en 1944, regresando a Viena y permaneciendo escondido hasta el armisticio. Al concluir la guerra, fue capturado por el ejército aliado. Sus primera publicaciones aparecieron en 1847 en la revista Neue Wege. Desde 1952 colaboró en el llamado Wiener Gruppe con Gerhard Rühm, Konrad Bayer, Friedrich Achleitner y Oscar Wiener, distanciándose de ellos en el año 1958, año de su primer gran éxito. Cuatro años antes había comenzado Hans a viajar por toda Europa. En 1972 se casó con la también escritora Rosa Pock, trasladándose a vivir a Salzburgo hasta 1995. Hans también escribió libros de teoría literaria y llevó a cabo un buen trabajo como traductor, cosechando a lo largo de su vida multitud de premios por su obra.

El 18 de junio de 1921, muere Eduardo Acevedo Díaz, en Buenos Aires, Argentina, país en el que también había nacido el 20 de abril de 1851. Su padre era un político uruguayo y Eduardo siguió sus pasos implicándose en todos los movimientos mediante los que Uruguay se definió como estado independiente. Ya en su época universitaria abandonó sus estudios de Derecho para tomar parte en la Revolución de las Lanzas, de cuya contienda sacaría bastantes vivencias que se verían plasmadas en muchas páginas de sus obras posteriores, como en el cuento El primer suplicio. Así mismo, de su indagación en la conciencia nacional germinada de las sucesivas guerras contra España, Brasil y las civiles surgiría la tetralogía de las novelas: Ismael (1888), Nativa (1890) y Lanza y sable (1814). Además de las novelas, también destacan sus colecciones de cuentos y sus ensayos.

Seguidamente podremos leer El combate de la tapera, uno de sus mejores relatos cortos:

El combate de la tapera

un relato de Eduardo Acevedo Díaz

I

Era después del desastre del Catalán, más de setenta años hace.

Un tenue resplandor en el horizonte quedaba apenas de la luz del día.

La marcha había sido dura, sin descanso.

Por las narices de los caballos sudorosos escapaban haces de vapores, y se hundían y dilataban alternativamente sus ijares como si fuera poco todo el aire para calmar el ansia de los pulmones.

Algunos de estos generosos brutos presentaban heridas anchas en los cuellos y pechos, que eran desgarraduras hechas por la lanza o el sable.

En los colgajos de piel había salpicado el lodo de los arroyos y pantanos, estancando la sangre.

Parecían jamelgos de lidia, embestidos y maltratados por los toros. Dos o tres cargaban con un hombre a grupas, además de los jinetes, enseñando en los cuartos uno que otro surco rojizo, especie de líneas trazadas por un látigo de acero, que eran huellas recientes de las balas recibidas en la fuga.

Otros tantos, parecían ya desplomarse bajo el peso de su carga, e ibanse quedando a retaguardia con las cabezas gachas, insensibles a la espuela»

Viendo esto el sargento Sanabria gritó con voz pujante:

— ¡Alto!

El destacamento se paró.

Se componía de quince hombres y dos mujeres; hombres fornidos» cabelludos, taciturnos y bravíos; mujeres-dragones de vincha, sable corvo y pie desnudo.

Dos grandes mastines con las colas barrosas y las lenguas colgantes, hipaban bajo el vientre de los caballos, puestos los ojos en el paisaje oscuro y siniestro del fondo de donde venían, cual si sintiesen todavía el calor de la pólvora y el clamoreo de guerra.

Allí cerca, al frente, percibíase una tapera entre las sombras. Dos paredes de barro batido sobre tacuaras horizontales, agujereadas y en parte derruidas; las testeras, como el techo, habían desaparecido.

Por lo demás, varios montones de escombros sobre los cuales crecían viciosas las hierbas; y a los costados, formando un cuadro incompleto, zanjas semi-cegadas, de cuyo fondo surgían saúcos y cicutas en flexibles bastones ornados de racimos negros y flores blancas.

 — A formar en la tapera — dijo el sargento con ademán de imperio — . Los caballos de retaguardia con las mujeres, a que pellizquen... Cabo Mauricio! haga echar cinco tiradores vientre a tierra, atrás del cicutal . . . Los otros adentro de la tapera, a cargar tercerolas y trabucos. Pie a tierra dragones, y listo, canejo!

La voz del sargento resonaba bronca y enérgica en la soledad del sitio.

Ninguno replicó.

Todos traspusieron la zanja y desmontaron, reuniéndose poco a poco.

Las órdenes se cumplieron. Los caballos fueron maneados detrás de una de las paredes de lodo seco, y junto a ellos se echaron los mastines resollantes. Los tiradores se arrojaron al suelo a espaldas de la hondonada cubierta de malezas, mordiendo el cartucho; el resto de la extraña tropa distribuyose en el interior de las ruinas que ofrecían buen número de troneras por donde asestar las armas de fuego; y las mujeres, en vez de hacer compañía a las transidas cabalgaduras, pusiéronse a desatar los sacos de munición o pañuelos llenos de cartuchos deshechos, que los dragones llevaban atados a la cintura en defecto de cananas.

Empezaban afanosas a rehacerlos, en cuclillas, apoyadas en las piernas de los hombres, cuando caía ya la noche.

— Nadie pite, — dijo el sargento —. Carguen con poco ruido de baqueta y reserven los naranjeros hasta que yo ordene... Cabo Mauricio! vea que esos mandrias no se duerman si no quieren que les chamusquee las cerdas. . . ¡Mucho ojo y la oreja parada!

— Descuide, sargento — contestó el cabo con gran ronquera —; no hace falta la advertencia, que aquí hay más corazón que garganta de sapo.

Transcurrieron breves instantes de silencio.

Uno de los dragones, que tenía el oído en el suelo, levantó la cabeza y murmuró bajo:

— Se me hace tropel... Ha de ser caballería que avanza.

Un rumor sordo de muchos cascos sobre la alfombra de hierbas cortas, empezaba en realidad a percibirse distintamente.

— Armen cazoleta y aguaiten, que ahí vienen los portugos. ¡Va el pellejo, barajo! Y es preciso ganar tiempo a que resuellen los mancarrones. Cinaca, ¿te queda caña en la mimosa?

— Está a mitad — respondió la aludida, que era una criolla maciza vestida a lo hombre, con las greñas recogidas hacia arriba y ocultas bajo un chambergo incoloro de barboquejo de lonja sobada —. Mirá, gúeno es darles un trago a los hombres...

— Dales chinaza a los de avanzada, sin pijotearles.

Ciriaca se encaminó a saltos, evitando las "rosetas", agachose y fue pasando el "chifle" de boca en boca.

Mientras esto hacía, el dragón de un flanco le acariciaba las piernas y el otro le hacía cosquillas en el seno, cuando ya no era que le pellizcaba alguna forma más mórbida, diciendo: “¡luna llena!".

— ¡Te ha de alumbrar muerto, zafao— contestaba ella riendo al uno; y al otro: — ¡largá lo ajeno, indino! — y al de más allá —. — ¡a ver si aflojás el chisme, mamón!

Y repartía cachetes.

— ¡Poca vara alta quiero yo! — gritó el sargento con acento estentóreo —. Estamos para clavar el pico, y andan a los requiebros, golosos. Apártate Ciriaca, que aurita no más chiflan las redondas!

En ese momento acrecentose el rumor sordo, y sonó una descarga entre voceríos salvajes.

El pelotón contestó con brío.

La tapera quedó envuelta en una densa humareda sembrada de tacos ardiendo; atmósfera que se disipó bien pronto, para volverse a formar entre nuevos fogonazos y broncos clamoreos.

II

En los intervalos de las descargas y disparos, oíase el furioso ladrido de los mastines haciendo coro a los ternos y crudos juramentos.

Un semicírculo de fogonazos indicaba bien a las claras que el enemigo había avanzado en forma de media luna para dominar la tapera con su fuego graneado.

En medio de aquel tiroteo, Ciriaca se lanzó fuera con un atado de cartuchos, en busca de Mauricio.

Cruzó el corto espacio que separaba a éste de la tapera, en cuatro manos, entre silbidos siniestros.

Los tiradores se revolvían en los pastos como culebras, en constante ejercicio de baquetas.

Uno estaba inmóvil, boca abajo.

La china le tiró de la melena, y notola inundada de un líquido caliente.

— ¡Mira! — exclamó —, le ha dao en el testuz.

— Ya no traga saliva, — añadió el cabo —. ¿Trujiste pólvora?

— Aquí hay, y balas que hacer tragar a los portugos. Lástima que estea oscuro... ¡Cómo tiran esos mandrias!

Mauricio descargó su carabina.

Mientras extraía otro cartucho del saquillo, dijo, mordiéndolo:

— Antes que éste, ya quisieran ellos otro calor. ¡Ah, si te agarran, Ciriaca! A la fija que te castigan como a Fermina.

— Que vengan por carne! — barbotó la china.

Y esto diciendo, echó mano a la tercerola del muerto, que se puso a baquetear con gran destreza.

 — Fuego! — rugía la voz del sargento —. Al que afloje lo degüello con el mellao.

III

Las balas que penetraban en la tapera, habían dado ya en tierra con tres hombres. Algunas, perforando el débil muro de lodo hirieron y derribaron varios de los transidos matalotes.

La segunda de las criollas, compañera de Sanabria, de nombre Catalina, cuando más recio era el fuego que salía del interior por las troneras improvisadas, escurriose a manera de tigra por el cicutal, empuñando la carabina de uno de los muertos.

Era Cata — como la llamaban — una mujer fornida y hermosa, color de cobre, ojos muy negros velados por espesas pestañas, labios hinchados y rojos, abundosa cabellera, cuerpo de un vigor extraordinario, entraña dura y acción sobria y rápida. Vestía blusa y chiripá y llevaba el sable a la bandolera.

La noche estaba muy oscura, llena de nubes tempestuosas; pero los rojos culebrones de las alturas o grandes "refucilos" en lenguaje campesino, alcanzaban a iluminar el radio que el fuego de las descargas dejaba en las tinieblas.

Al fulgor del relampagueo, Cata pudo observar que la tropa enemiga había echado pie a tierra y que los soldados hacían sus disparos de "mampuesta" sobre el lomo de los caballos, no dejando más blanco que sus cabezas.

Algunos cuerpos yacían tendidos aquí y allá. Un caballo moribundo con los cascos para arriba se agitaba en convulsiones sobre su jinete muerto.

De vez en cuando un trompa de órdenes lanzaba sones precipitados de atención y toques de guerrilla, ora cerca, ya lejos, según la posición que ocupara su jefe.

Una de esas veces, la corneta resonó muy próxima. A Cata le pareció por el eco que el resuello del trompa no era mucho, y que tenía miedo.

Un relámpago vivísimo bañó en ese instante el matorral y la loma, y permitiole ver a pocos metros al jefe del destacamento portugués que dirigía en persona un despliegue sobre el flanco, montado en un caballo tordillo.

Cata, que estaba encogida entre los saúcos, lo reconoció al momento.

Era el mismo; el capitán Heitor, con su morrión de penacho azul, su casaquilla de alamares, botas largas de cuero de lobo, cartera negra y pistoleras de piel de gato.

 Alto, membrudo, con el sable corvo en la diestra, sobresalía con exceso de la montura, y hacía caracolear su tordillo de un lado a otro, empujando con los encuentros a los soldados para hacerlos entrar en fila.

Parecía iracundo, hostigaba con el sable y prorrumpía en denuestos.

Sus hombres, sin largar los cabestros y sufriendo los arranques y sacudidas de los reyunos alborotados, redoblaban el esfuerzo, unos rodilla en tierra, otros escudándose en las cabalgaduras.

Chispeaba el pedernal en las cazoletas en toda la línea, y no pocas balas caían sin fuerza a corta distancia, junto al taco ardiendo.

Una de ellas dio en la cabeza de Cata, sin herirla, pero derribándola de costado.

En esa posición, sin lanzar un grito, empezó a arrastrarse en medio de las malezas hacía lo intrincado del matorral, sobre el que apoyaba su ala Heitor.

Una hondonada cubierta de breñas favorecía sus movimientos.

En su avance de felino, Cata llegó a colocarse a retaguardia de la tropa, casi encima de su jefe.

Oía distintamente las voces de mando, los lamentos de los heridos, y las frases coléricas de los soldados, proferidas ante una resistencia inesperada, tan firme como briosa.

Veía ella en el fondo de las tinieblas la mancha más oscura aún que formaba la tapera, de la que surgían chisporroteos continuos y lúgubres silbidos que se prolongaban en el espacio, pasando con el plomo mortífero por encima del matorral; a la vez que percibía a su alcance la masa de asaltantes al resplandor de sus propios fogonazos, moviéndose en orden, avanzando o retrocediendo, según las voces imperativas.

IV

De la tapera seguían saliendo chorros de fuego entre una humareda espesa que impregnaba el aire de fuerte olor a pólvora.

En el drama del combate nocturno, con sus episodios y detalles heroicos, como en las tragedias antiguas, había un coro extraño, lleno de ecos profundos, de ésos que sólo parten de la entraña herida. Al unísono con los estampidos, oíanse gritos de muerte, alaridos de hombre y de mujer unidos por la misma cólera, sordas ronqueras de caballos espantados, furioso ladrar de perros; y cuando la radiación eléctrica esparcía su intensa claridad sobre el cuadro, tiñéndolo de un vivo color amarillento, mostraba el ojo del atacante, en medio de nutrido boscaje, dos picachos negros de los que brotaba el plomo, y deformes bultos que se agitaban sin cesar como en una lucha de cuerpo a cuerpo. Los relámpagos sin serie de retumbos, a manera de gigantescas cabelleras de fuego desplegando sus hebras en el espacio lóbrego, contrastaban por el silencio con las rojizas bocanadas de las armas seguidas de recias detonaciones. El trueno no acompañaba al coro, ni el rayo como ira del cielo la cólera de los hombres. En cambio, algunas gruesas gotas de lluvia caliente golpeaban a intervalos en los rostros sudorosos sin atenuar por eso la fiebre de la pelea.

El continuo choque de proyectiles había concluido por desmoronar uno de los tabiques de barro seco, ya débil y vacilante a causa de los ludimientos de hombres y de bestias, abriendo ancha brecha por la que entraban las balas en fuego oblicuo.

La pequeña fuerza no tenía más que seis soldados en condiciones de pelea. Los demás habían caído uno en pos del otro, o rodado heridos en la zanja del fondo, sin fueras ya para el manejo del arma.

Pocos cartuchos quedaban en los saquillos.

El sargento Sanabria empuñando un trabuco, mandó cesar el fuego, ordenando a sus hombres que se echaran de vientre para aprovechar sus últimos tiros cuando el enemigo avanzase.

— Ansí que se quemen ésos — añadió — monte a caballo el que pueda, y a rumbear por el lao de la cuchilla... Pero antes, naide se mueva si no quiere encontrarse con la boca de mi trabuco. . . ¿Y qué se han hecho las mujeres? No veo a Cata. . .

— Aquí hay una — contestó una voz enronquecida —. Tiene rompida la cabeza, y ya se ha puesto medio dura...

— Ha de ser Ciriaca.

— Por lo motosa es la mesma, a la fija.

— ¡Cállense! — dijo el sargento.

El enemigo había apagado también sus fuegos, suponiendo una fuga, y avanzaba hacia la "tapera".

Sentíase muy cercano ruido de caballos, choque de sables y crujido de cazoletas.

— No vienen de a pie, — dijo Sanabria —. ¡Menudeen bala!

Volvieron a estallar las descargas.

Pero, los que avanzaban eran muchos, y la resistencia no podía prolongarse.

Era necesario morir o buscar la salvación en las sombras y en la fuga.

El sargento Sanabria descargó con un bramido su trabuco.

Multitud de balas silbaron al frente; las carabinas portuguesas asomaron casi encima de la zanja sus bocas a manera de colosales tucos, y una humaza densa circundó la "tapera" cubierta de tacos inflamados.

De pronto, las descargas cesaron,

Al recio tiroteo se siguió un movimiento confuso en la tropa asaltante, choques, voces, tumultos, chasquidos de látigos en las tinieblas, cual si un pánico repentino la hubiese acometido; y tras de esa confusión pavorosa algunos tiros de pistola y frenéticas carreras, como de quienes se lanzan a escape acosados por el vértigo.

Después un silencio profundo...

Sólo el rumor cada vez más lejano de la fuga, se alcanzaba a percibir en aquellos lugares desiertos, y minutos antes animados por el estruendo. Y hombres y caballerías, parecían arrastrados por una tromba invisible que los estrujara con cien rechinamientos entre sus poderosos anillos.

V

Asomaba una aurora gris-cenicienta, pues el sol era impotente para romper la densa valla de nubes tormentosas, cuando una mujer salía arrastrándose sobre manos y rodillas del matorral vecino; y ya en su borde, que trepó con esfuerzo, se detenía sin duda a cobrar alientos, arrojando una mirada escudriñadora por aquellos sitios desolados.

Jinetes y cabalgaduras entre charcos de sangre, tercerolas, sables y morriones caídos acá y acullá, tacos todavía humeantes, Ianzones mal encajados en el suelo blando de la hondonada con sus banderolas hechas flecos, algunos heridos revolviéndose en las hierbas, lívidos, exangües, sin alientos para alzar la voz: tal era el cuadro en el campo que ocupó el enemigo.

El capitán Heitor, yacía boca abajo junto a un abrojal ramoso.

Una bala certera disparada por Cata lo había derribado de los lomos en mitad del asalto, produciendo el tiro y la caída la confusión y la derrota de sus tropas, que en la oscuridad se creyeron acometidas por la espalda.

Al huir aturdidos, presos de un terror súbito, descargaron los que pudieron sus grandes pistolas sobre Tas breñas, alcanzando a Cata un proyectil en medio del pecho.

De ahí le manaba un grueso hilo de sangre negra.

El capitán aún se movía. Por instantes se crispaba violento, afeándose sobre los codos, para volver a quedarse rígido. La bala le había atravesado el cuello, que tenía todo enrojecido y cubierto de cuajarones.

Revolcado con las ropas en desorden y las espuelas enredadas en la maleza, era el blanco del ojo bravío y siniestro de Cata, que a él se aproximaba en felino arrastre con un cuchillo de mango de asta en la diestra.

Hacia el frente, veíase la tapera hecha terrones; la zanja con el cicutal aplastado por el peso de los cuerpos muertos; y allá en el fondo, donde se manearon los caballos, un montón deforme en que sólo se descubrían cabezas, brazos y piernas de hombres y matalotes en lúgubre entrevero.

El llano estaba solitario. Dos o tres de los caballos que habían escapado a la matarla, mustios, con los ijares hundidos y los aperos revueltos, pugnaban por triscar los pastos a pesar del freno. Salíales junto a las coscojas un borbollón de espuma sanguinolenta.

Al otro flanco, se alzaba un monte de talas cubierto en su base de arbustos espinosos.

En su orilla, como atisbando la presa, con los hocicos al viento y las narices muy abiertas, ávidas de olfateo, media docena de perros cimarrones iban y venían inquietos lanzando de vez en cuando sordos gruñidos.

Catalina, que había apurado su avance, llegó junto a Heitor, callada, jadeante, con la melena suelta como un marco sombrío a su faz bronceada: reincorporándose sobre sus rodillas, dando un ronco resuello, y buscó con los dedos de su izquierda el cuello del oficial portugués, aparcando el líquido coagulado de los labios de la herida.

Si hubiese visto aquellos ojos negros y fijos; aquella cabeza crinuda inclinada hacia él, aquella mano armada de cuchillo, y sentido aquella respiración entrecortada en cuyos hálitos silbaba el instinto como un reptil quemado a hierro, el brioso soldado hubiérase estremecido de pavura.

Al sentir la presión de aquellos dedos duros como garras, el capitán se sacudió, arrojando una especie de bramido que hubo de ser grito de cólera; pero ella, muda e implacable, introdujo allí el cuchillo, lo revolvió con un gesto de espantosa saña, y luego cortó con todas sus fuerzas, sujetando bajo sus rodillas la mano de la víctima, que tentó alzarse convulsa.

— ¡Al ñudo ha de ser! — rugió el dragón-hembra con ira reconcentrada.

Tejidos y venas abriéronse bajo el acerado filo hasta la tráquea, la cabeza se alzó besando dos veces el suelo, y de la ancha desgarradura saltó en espeso chorro toda la sangre entre ronquidos.

Esa lluvia caliente y humeante bañó el seno de Cata, corriendo hasta el suelo.

Soportola inmóvil, resollante, hoscosa, fiera; y al fin, cuando el fornido cuerpo del capitán cesó de sacudirse quedándose encogido, crispado, con las uñas clavadas en tierra, en tanto el rostro vuelto hacia arriba enseñaba con la boca abierta y los ojos saltados de las órbitas, el ceño iracundo de la última hora, ella se pasó el puño cerrado por el seno de arriba a abajo con expresión de asco, hasta hacer salpicar los coágulos lejos, y exclamó con indecible rabia:

— ¡Que la lamban los perros!

Luego se echó de bruces, y siguió arrastrándose hasta la tapera.

Entonces, los cimarrones coronaron la loma dispersos, a paso de fiera, alargando cuanto podían sus pescuezos de erizados pelos como para aspirar, mejor el fuerte vaho de los declives.

VI

Algunos cuervos enormes, muy negros, de cabeza pelada y pico ganchudo, extendidas y casi inmóviles las alas empezaban a poca altura sus gires en el espacio, lanzando su graznido de ansia lúbrica como una nota funeral.

Cerca de la zanja, veíase un perro cimarrón con el hocico y el pecho ensangrentados. Tenía propiamente botas rojas, pues parecía haber hundido los remos delanteros en el vientre de un cadáver.

Cata alargó el brazo, y lo amenazó con el cuchillo.

El perro gruñó, enseñó el colmillo, el pelaje se le erizó en el lomo y bajando la cabeza preparose a acometer, viendo sin duda cuán sin fuerzas se arrastraba su enemigo.

— ¡Vení, Canelón! — gritó Cata colérica, como si llamara a un viejo amigo —. ¡A él, Canelón!...

Y se tendió, desfallecida…

Allí, a poca distancia, entre un montón de cuerpos acribillados de heridas, polvorientos, inmóviles con la profunda quietud de la muerte, estaba echado un mastín de piel leonada como haciendo la guardia a su amo.

Un proyectil le había atravesado las paletas en su parte superior, y parecía postrado y dolorido.

Más lo estaba su amo. Era éste el sargento Sanabria, acostado de espaldas con los brazos sobre el pecho, y en cuyas pupilas dilatadas vagaba todavía una lumbre de vida.

Su aspecto era terrible.

La barba castaña recia y dura, que sus soldados comparaban con el borlón de un toro, aparecía teñida de rojinegro.

Tenía una mandíbula rota, y los dos fragmentos del hueso saltado hacia afuera entre carnes trituradas.

En el pecho, otra herida. Al pasarle el plomo el tronco, habíale destrozado una vértebra dorsal.

Agonizaba tieso, aquel organismo poderoso.

AI grito de Cata, el mastín que junto a él estaba, pareció salir de su sopor; fuese levantando trémulo, como entumecido, dio algunos pasos inseguros fuera del cicutal y asomó la cabeza...

El cimarrón bajó la cola y se alejó relamiéndose los bigotes, a paso lento, importándole más el, festín que la lucha, Merodeador de las breñas, compañero del cuervo, venía a hozar en las entrañas frescas, no a medirse en la pelea.

Volviose a su sitio el mastín, y Cata llegó a cruzar la zanja y dominar el lúgubre paisaje.

Detuvo en Sanabria, tendido delante, sobre lecho de cicutas, sus ojos negros, febriles, relucientes, con una expresión intensa de amor y de dolor.

Y arrastrándose siempre llegose a él, se acostó a su lado, tomó alientos, volviose a incorporar con un quejido, lo besó ruidosamente, apartole las manos del pecho, cubriole con las dos suyas la herida y quedose contemplándole con fijeza, cual si observara cómo se le escapaba a él la vida y a ella también.

Nublábansele las pupilas al sargento, y Cata; sentía que dentro de ella aumentaba el estrago en las entrañas.

Giró en derredor la vista quebrada ya, casi exangüe, y pudo distinguir a pocos pasos una cabeza desgreñada que tenía los sesos volcados sobre los párpados a manera de horrible cabellera. El cuerpo estaba hundido entre las breñas.

— ¡Ah!... Ciriaca! — exclamó con un hipo violento.

En seguida extendió los brazos, y cayó a plomo sobre Sanabria.

El cuerpo de este se estremeció; y apagose de súbito el pálido brillo de sus ojos.

Quedaron formando cruz, acostados sobre la misma charca, que Canelón olfateaba de vez en cuando entre hondos lamentos.

El 19 de junio de 1921, muere en la Ciudad de México, Ramón López Velarde, el poeta “nacional” mexicano por excelencia. Nacido en la localidad de Jerez, estado de Zacatecas, en 1888. Realizó sus primeros estudios en los seminarios de Zacatecas y Aguascalientes, matriculándose, posteriormente, en la Universidad de San Luis de Potosí, donde cursó la carrera de leyes. En 1911 se presentó a las elecciones para el congreso por su ciudad natal dentro del Partido Católico. En 1914 marchó a Ciudad de México, donde trabajó durante un tiempo de abogado, más tarde como funcionario de Gobernación y Relaciones Exteriores y, finalmente, como profesor de literatura. Publicó sus crónicas políticas en varios periódicos: El Regional de Guadalajara (1909), La Nación (1912), El Eco de San Luis (1913), El Nacional Bisemanal (1915-1916), Revista de Revistas (1915-1917), Vida Moderna (1916) y Pegaso (1917). Su primer libro de poesía, La sangre devota, apareció en 1916, y en él ya están patentes los temas recurrentes de toda su obra: el amor, el dolor y la preocupación por el destino de la patria. En 1919, apareció Zozobra, su segunda obra poética, en la que aborda dramática y sinceramente los problemas del erotismo, la religión y la muerte. En 1921, al celebrarse el primer centenario de la Independencia, escribió Suave patria, en cuyos versos épicos y líricos exalta los sentimientos nacionalistas. Su estilo posmodernista destaca por su lírica con arraigo en lo tradicional. También escribió narrativa con cierto éxito.

Leamos seguidamente un soneto de Ramón López Velarde titulado:

 

A la traición de una hermosa:

 

Tú que prendiste ayer los aurorales
fulgores del amor en mi ventana;
tú, bella infiel, adoración lejana,
madona de eucologios y misales;

tú, que ostentas reflejos siderales
en el pecho enjoyado, grave hermana,
y en tus ojos, con lumbre sobrehumana,
brillan las tres virtudes teologales:

no pienses que tal vez te guardo encono
por tus nupcias de hoy. Que te bendiga
mi señor Jesucristo. Yo perdono

tu flaqueza, y esclavo de tu hechizo,
de tu primer hijuelo, dulce amiga,
celebraré en mis versos el bautizo.

Nacido el 21 de junio de 1921 en Wilhelmshaven, Alemania, el poeta vanguardista Helmut Heissenbüttel es considerado como uno de los fundadores de la poesía concreta, utilizando el lenguaje como material de arte más que como instrumento, pues consideraba que las formas tradicionales de la poesía no eran adecuadas para lo que él quería expresar, por lo que propone usar otras formas no convencionales para lograrlo. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, en la que participó activamente y donde sufrió diversas heridas, Helmut estudió Arquitectura, Historia y Filología en diversas universidades: Dresde, Leipzig y Hamburgo. En 1955 comenzó a trabajar para la editorial Claasen como lector y, posteriormente, colaboró con una emisora de radio. Además de poesía, publicó ensayos sobre literatura. Antes de su muerte, ocurrida el 19 de septiembre de 1996, recibió varios premios por su trabajo, tanto en Alemania como en Austria.

Para finalizar, leamos un pequeño poema de Helmut Heissenbüttel, titulado:

"Meditaciones gramaticales simples. a [Tautologías]"

 

la sombra que proyecto es la sombra que proyecto

la situación en que me hallo es la situación en que me hallo

la situación en que me hallo es sí y no

situación mi situación mi particular situación

grupos de grupos se mueven sobre superficies abiertas

grupos de grupos se mueven sobre colores puros

grupos de grupos se mueven sobre la sombra que proyecto

la sombra que proyecto es la sombra que proyecto

grupos de grupos se mueven sobre la sombra que proyecto y desaparecen

Centenarios:

Abril, mayo... 2021.

Los que aman profundamente nunca envejecen, pueden morir de vejez pero mueren jóvenes (Arthur Wing Pinero)

Este mayo parece bastante prolífico en lo referente a los centenarios de personajes importantes dentro de la literatura mundial, en total se conmemoran ocho (seis nacimientos y dos muertes): el poeta y ensayista austriaco Erich Fried, la poetisa estadounidense Mona Van Duyn, el escritor alemán SebastianBrant, el escritor y naturalista canadienseFarleyMowat, el literato francés Jean Aicard, el escritor alemán Wolfgang Borchert, el escritor estadounidense James Blish y el escritor alemán Hainz Günter Konsalik. Menos SebastianBrant, cuyo centenario es de quinientos años, el resto solo cumplen su primer siglo.

El poeta Erich Fried nació el 6 de mayo de 1921 en Viena, la capital de Austria, en una familia de origen judío, por lo que diecisiete años después tendría que huir a Londres con su madre tras la muerte de su padre en un interrogatorio de la Gestapo, suceso ocurrido en mayo de 1938. Durante la guerra se las arregló con trabajos ocasionales como bibliotecario, en una fábrica de productos lácteos y en numerosas revistas, hasta que, desde 1952 hasta 1968, trabajó como comentarista político para el Servicio Alemán de la BBC. Su simpatía por el comunismo le llevó a afiliarse a diversas asociaciones juveniles de esta tendencia política, sin embargo, con la llegada de Stalin al poder soviético, se fue haciendo mucho más crítico sin dejar la izquierda. Contrajo matrimonio con María Marburg en 1944 y al poco tiempo tuvo su primer hijo, justo el mismo año en que le editaron su primer libro de poesía. Este primer matrimonio sólo duró dos años, pero volvió a casarse en dos ocasiones más, teniendo dos hijos en el segundo y tres en el tercero. Tras dejar la BBC se dedicó por entero a la literatura y a la política. Así mismo tomó parte activa en el movimiento revolucionario de 1868. Muy respetado como poeta, sobre todo desde su posición como catedrático de la Universidad de Giessen desde 1977, sin embargo, su figura era muy controvertida a causa de sus ideales políticos, entrando en muchas ocasiones en conflicto con la opinión pública, aunque eso no le frenó para opinar con total franqueza sobre temas políticos de su país. Su gran éxito literario, en cambio, le llegó en 1979 con su poemario Liebesgedichte (Poemas de amor) al que siguieron diversos volúmenes en los que poetizaba sobre los sentimientos, la vida, la esperanza o la muerte, como Es ist was es ist (Es lo que es). En 1982 recuperó la nacionalidad austriaca sin abandonar la británica. La muerte le llegó el 22 de noviembre de 1988 en la ciudad alemana de Baden-Baden, pero fue enterrado en cementerio londinense de Kensal Green.

Seguidamente pueden leer su poema “La calma”, incluido en el libro Es lo que es, en una traducción de José Luis Reina Palazón:

 

La calma

         un poema de Erich Fried

 

La calma es un piar
de pájaros que no están
La calma es pleamar y bajamar
del mar seco

La calma es el brillar
de mis ojos en lo oscuro
La calma es el tamborileo
de los bailarines en mi oído

La calma es el color
a humo y a niebla
en las ruinas
en una mañana de invierno en la guerra

La calma es lo que
estaba entre Nan y yo
junto a su ataúd
la calma no es lo que es

La calma es el eco
de las charlas y de las promesas
La calma es
el sedimento de todas las palabras

La calma es lo
que queda de los gritos
La calma es la calma
La calma es mi futuro

Mona Jane Van Duyn, más conocida como Mona Van Duyn, nació el 9 de mayo de 1921 en la población de Waterloo, estado de Iowa, Estados Unidos. Cursó sus estudios en Iowa State Teachers College y, posteriormente, en la Universidad de Iowa, donde enseñaría, además de otras instituciones, escritura creativa. Entre 1947 y 1967 coeditó, junto con su marido Jarvis Thurston, la Perspective: A Quarterly of Literature and the Arts. Su primer volumen de poesía, Valentines to the Wide World, se publicó en 1959. Aunque no llegaría el reconocimiento hasta la publicación de To See, To Take (1970), recibiendo el Premio Bollingen (1970) y el Premio Nacional del Libro (1971). Sus otras obras incluyen: A Time of Bees (1964), Merciful Disguises (1973) y Near Changes (1990), por la que recibió el premio Pulitzer de poesía de 1991, Firefall y If It Be Not I: Collected Poems 1959-1982 se publicaron en 1993. De 1992 a 1993, Van Duyn ocupó el cargo de poeta laureado consultor en poesía de los Estados Unidos, la primera mujer en ocupar este puesto. Van Duyn utilizó el humor irónico, la perspicacia, la ironía y la habilidad técnica para posibilitar la comprensión de un mundo despiadado, y encontró en el amor y en el arte la posibilidad de la redención. La obra de Van Duyn está llena de referencias literarias y el uso del verso formal rimado la distingue de muchos de sus contemporáneos. Mona falleció el 2 de diciembre de 2004 en Missouri.

Seguidamente pueden leer su poema “Deberes escolares”, en una traducción de Cristina Gómez:

 

Deberes escolares

                   un poema de Mona Von Duyn

 

No se agosten las pálidas mejillas
Antes de que un ojo guardián bañe su palidez,
arranco del mundo pedregoso alguna que no pida
aferrarse a una piedra, las llevo a casa otra vez,

 

casa transparente para bendecirlas. Asfixiando a las Elbertas,
si es que no a las Albertinas con la hirviente y abundante
dulzura de mi cariño, añado un poco de malicia, alguna escena
picaresca y revuelvo y cierro la tapa del jarro del amor acezante.

 

Allí se quedan congelados, allí pueden quedarse hasta
que, en el hambre por algo nuevo del corazón de jade,
del mundo caprichoso, queden consumidos. Pero, oh: basta,
lo sé, yo sé que, grande o humilde, son las artes

 

las que en su impotencia no pueden salvar sino un par de egos
con esos disfraces del tiempo y sus garras implacables,
y aun así, como un Proust transpirado estos duraznos en vinagre
guardo en el mueble de la despensa, aunque le pese al tiempo.

Sebastian Brant nació en 1457 en el Estrasburgo perteneciente al antiguo Sacro Imperio Romano Germánico. No se sabe nada sobre su infancia y juventud, salvo que era hijo de un posadero y concejal de la ciudad, y sólo cuando comenzó sus clases en la Universidad de Basilea, y en 1475, comienzan a aparecer datos sobre su vida. Se graduó en Lenguas clásicas y derecho en 1484. Un año después se casó con una mujer llamada Elisabeth Burgis, con quien tuvo siete hijos, y  recibió su doctorado en derecho en 1489, asegurándose un trabajo como profesor. Tres años más tarde, Brant fue nombrado decano de la facultad de derecho de la Universidad de Basilea. Entre 1480 y 1500, Sebastian Brant jugó un papel clave en el comercio del libro en Basilea. Dado que su situación financiera no era exactamente buena, trabajó como escritor, editor y corrector de pruebas. Brant escribió tanto textos legales como contribuciones religiosas e ideológicas, aunque prefería escribir poemas y textos sobre eventos naturales, tanto en latín como en alemán. En 1494 escribió su obra más famosa El barco de los tontos. Cuando Basilea abandonó el Imperio Alemán en 1499 y se unió a la Confederación Suiza, Brant abandonó la enseñanza, pues era partidario de la unidad imperial y del emperador Maximiliano I, por lo que regresó a Estrasburgo después de que Basilea abandonara el Imperio alemán. El 14 de enero de 1501 aceptó un puesto de abogado. En 1503 Sebastian Brant fue nombrado secretario municipal, y unos años más tarde, el emperador Maximiliano I nombró a Brant consejero imperial y asesor en la corte de Speyer. Brant casi no publicó ninguna de sus propias obras durante este tiempo. En 1520, un año antes de su muerte, Brant viajó a Gante. Allí se sometió al nuevo emperador Carlos V. Sebastián Brant murió el 10 de mayo de 1521, se desconoce la causa exacta de la muerte.

Farley Mowat comenzó a escribir en su adolescencia, aunque comenzó hacerlo en versos, luego publicó una columna regular en The Star-Phoenix basada en sus observaciones de aves. 

Estudió en la Universidad de Toronto, donde, durante un viaje de estudios de bilogía, volvió muy indignado ante los problemas de los inuit, todo lo cual atribuyó a la incomprensión y la explotación de los blancos. Estas observaciones le llevaron a escribir su primer libro, People of the Deer (1952), lo que lo convirtió en una celebridad instantánea, aunque controvertida. Mowat es considerado un narrador natural, pero también es un estilista brillante. No importa cuál sea el contexto, sus narraciones y anécdotas son rápidas y convincentes, su tono es elegante, personal y conversacional. Los compromisos con los ideales inspiran fuegos artificiales verbales, mientras que su entusiasmo evoca descripciones poéticas e imágenes vívidas. Sin embargo, las antipatías que Mowat produce, le hacen ser víctima de burlas, pasquines y, a veces, condenas evangélicas. Sus obras incluyen temas variados: recuerdos cómicos de su juventud, experiencias vividas en la Segunda Guerra Mundial, sus ocho años residiendo en Burgeo,  Terranova, o para reírse de las razones por las que fue incluido en el "libro de búsqueda" estadounidense de indeseables y se le negó la entrada a los Estados Unidos en 1985. Es muy conocido por sus novelas para lectores jóvenes, como El perro que no sería (1957) y Los búhos en la familia (1961), son clásicos de la literatura infantil canadiense. Lost in the Barrens (1956) ganó el Premio del Gobernador General y es una obra maestra que incorpora muchos de los temas centrales de sus obras para adultos. Farley Mowar falleció el 6 de mayo de 2014 en Cobourg, Ontario, Canadá.

El 13 de mayo de 1921 fallecía en Toulon el poeta, novelista y dramaturgo francés Jean Aicard, quien había nacido en la misma ciudad el 4 de febrero de 1848. Hijo del famoso periodista del mismo nombre, comenzó bastante joven en el mundo de la escritura, aunque en un principio usaba el seudónimo de Jean Dracia, Profundamente marcado por su infancia sureña, se convirtió con sus versos en el cantor de Provenza. Inspirado por Lamartine, a quien frecuentaba en su adolescencia, le dedicó una oda que fue coronada por la Academia Francesa. Autor de obras de teatro como: Pygmalion, Othello o el More of Venice, Le Père Lebonnard, también escribió novelas, siendo la más famosa de ellas, Maurin des Maures (1908). En 1894 se convirtió en presidente de la Société des gens de lettres y llegó a ser alcalde de Sollies-ville, en Var. En 1909 fue elegido miembro de la Academia Francesa.

Seguidamente pueden leer el poema, Cuando era niño de Jean Aicard, publicado en su libro de 1874 Los poemas de Provenza:

 

Cuando era niño, lo hice más de una vez,

como todos mis iguales, faltándome a la escuela.

El maestro me estaba esperando: estaba en el río,

o junto al estanque, o en el pequeño bosque.

 

¿Tiempo perdido ? No, ganó, porque estaba aprendiendo cosas

que el sabio profesor nunca me dijo,

cuando escuché, furtivamente, el susurro del viento

y el ligero estremecimiento de los abejorros sobre las rosas.

 

Del suspiro del trigo maduro, del canto del nido,

del sonido del agua goteando sobre la rama húmeda,

de todos los sentidos confusos que perturban las hojas,

aprendí el arte divino, el ritmo y el infinito.

 

Hoy, el colegial de los pájaros, las cigarras

y los juncos apoyados en el borde de las verdes marismas,

imita su lenguaje y, según el arte de los versos,

describe el campo y las estaciones iguales.

 

Repitiendo sus mejores lecciones secretas

y el fuerte espectáculo de la naturaleza en savia,

el humilde soñador, feliz de seguir siendo su alumno,

te trae de vuelta al colegio en medio de los arbustos.

 

A esta hora en que todos hablan del fin que se acerca,

donde la mayoría, quejumbrosa, muere de largo aburrimiento,

el poeta, entristecido por las almas de hoy,

cuenta la virtud paciente de la encina.

 

En este momento que al mundo le parece el último,

donde ya se dice que la conciencia está muerta,

no va cantando de desesperación: lleva,

Como muestra de vida, una rama de olivo.

 

Porque entiende que un verbo habita en la barca,

adivina en todo el ejemplo o consejo;

sabe que una gran esperanza brilla sobre nosotros en el sol

y que un amor sin fin hace la cadena de fuerzas.

 

¡Ah! con solo cruzar, cuando abril triunfa,

el prado y el bosque donde todo acaba de renacer,

el hombre, a quien nadie le ha dicho el espíritu oculto del ser,

siente bien que un dios le atraviesa el corazón!

 

Ahora los prados y los bosques, los manantiales que canto,

son los del mismísimo país donde fui colegial,

ni dulce rincón de tierra, amable y familiar,

donde el mar baña el cerro inclinado.

 

Tengo allí, en mi Provenza, donde los laureles son hermosos,

mi hogar, mi arpeo de la tierra de la patria,

y siento en este nombre mis tiernos pensamientos,

porque allí tengo amigos y allí tengo tumbas. .

Wolfgang Borchert nació el 20 de mayo de 1921, hijo único de un maestro y escritor en Hamburgo. A los diecisiete años publicó sus primeros poemas en la Hamburger Anzeiger. Dejó los estudios tras graduarse en secundaria y comenzó un aprendizaje como librero en 1939, aunque siguió.tomando lecciones privadas de actuación con Helmuth Gmelin. En 1941 pasó el examen de actor ante la Cámara de Teatro del Reich. Fue reclutado para el servicio militar en junio de 1941. Regresó del Frente Oriental con heridas y gravemente enfermo. También fue arrestado y condenado dos veces por hacer declaraciones hostiles al estado. Durante su último despliegue de primera línea en el oeste, fue capturado por los franceses en 1945. Logró escapar y recorrer los seiscientos kilómetros a pie hasta Hamburgo. Después de un corto período de trabajo en cabarets y teatros, la ictericia y otras dolencias lo obligaron a guardar reposo y, aunque no se recuperó, este periodo fue muy productivo como escritor. Hasta ahora había escrito poesía casi exclusivamente, a partir de este momento aparecieron muchos relatos, entre los que destaca "La flor del perro". Borchert dio así voz a una "generación traicionada". Se convirtió en uno de los representantes más importantes de la llamada literatura de escombros. La amargura y la tristeza también encontraron su expresión en la obra de teatro de los retornados de guerra, como "Afuera frente a la puerta", que, inicialmente retransmitida como una obra de teatro de radio, se estrenó el día después de su muerte de Borchert en el Hamburger Kammerspiele. Borchert murió el 20 de noviembre de 1947 en Basilea a la edad de solo 26 años.

James Blish, cuyo nombre completo era James BenjaminBlish , aunque también firmaba con el seudónimo de William Atheling, Jr., nació el 23 de mayo de 1921 en East Orange , Nueva Jersey , EE. UU., y falleció el 30 de julio de 1975, en Henley-on-Thames, Oxfordshire, Inglaterra. Este autor estadounidense fue mundialmente conocido por sus trabajos de ciencia ficción, sobre todo por la serie Cities in Flight (1950-1962) y la novela Un caso de conciencia (1958). Sus escritos a menudo examinaban ideas filosóficas y formaron parte de la ciencia ficción más sofisticada que surgió en la década de 1950. Ya desde su infancia había sido un fanático de la ciencia ficción y su primer cuento, Emergency Reabastecimiento, se publicó en Super Science Stories con tan solo 19 años de edad. Se licenció en zoología por la Universidad de Rutgers en 1942 y sirvió en el ejército de los EE. UU durante los dos años siguientes, tras este periodo trabajó escribiendo textos publicitarios hasta que, a partir de 1968, pudo dedicarse a la escritura de ficción a tiempo completo. A parte de los títulos ya comentados, sus principales novelas son: las englobadas en la serie Cities in Flight: Earthman, Come Home (1955), They Shall Have Stars (1956), A Lifefor the Stars (1962) y El triunfo del tiempo (1958)]. Un caso de conciencia ganó el Premio Hugo a la mejor novela en 1959, Doctor Mirabilis  (1964), y dos novelas que Blish consideró como una sola obra: Pascua negra o Faust Aleph-Null (1968) y El día después del juicio (1971). Blish también fue uno de los primeros críticos de la ciencia ficción juzgándola dentro de los estándares aplicados a  la literatura "seria". Gran parte de su crítica se publicó en "fanzines" en la década de 1950 bajo el seudónimo de William Atheling, Jr., y se recopiló en The Issue at Hand (1964) y More Issues at Hand (1970). Blish se mudó a Inglaterra en 1969. Gran parte del resto de su carrera se dedicó a escribir 12 colecciones de cuentos basados ​​en los episodios de la serie de televisión estadounidense Star Trek (1966-1969), que según Blish había ampliado enormemente la audiencia de la ciencia ficción.

Heinz Günther Konsalik, nacido en Colonia el 28 de mayo de 1921, fue el escritor alemán más leído de la posguerra y muchas de sus obras se han convertido en películas. Provenía de una antigua familia noble sajona que había renunciado a su título. Tras estudiar medicina, estudios teatrales e historia literaria en Colonia, Múnich y Viena, trabajó como corresponsal de guerra en Francia y en el Frente Oriental de Rusia durante la Segunda Guerra Mundial, donde fue herido y posteriormente destinado al apoyo de las tropas. Después de 1945 trabajó como dramaturgo, periodista y editor, hasta que en 1951 pudo dedicarse por completo a la literatura. Se consideraba un "escritor popular" y despreciaba a los críticos literarios. Era increíblemente trabajador, publicando hasta cuatro libros al año y siempre se mantuvo fiel a sí mismo contra todas las críticas. En la década de 1990 abordó cada vez más temas de actualidad, problemas y escándalos que se discutían en la prensa diaria, como la destrucción de la selva, los cárteles del petróleo, el escándalo del SIDA en el comercio de sangre contaminada con VHI, el contrabando de plutonio, los peligros del tráfico de emigrantes o del comercio de las drogas de moda.  Después de separarse de su esposa, la madre de sus dos hijas, en 1988, se mudó de Aegidienberg (distrito de Bad Honnef am Rhein) a Salzburgo, donde vivió con el chino Ke Gao de 44 años hasta su muerte. Su última gran obra, una trilogía rusa que abarca varios siglos y para la que había investigado durante más de 30 años, ya no pudo completarla. Heinz Günther Konsalik murió de un derrame cerebral el 2 de octubre de 1999 en Salzburgo. Sus obras más importantes son: El doctor de Stalingrado (1958), El señor del alma destruida (1997), La habitación de ámbar (1988), La trama de la selva tropical (1990), Batallón de mujeres (1981) y Noches de amor en la taiga (1966).

Centenarios:

Abril... 2021.

El tiempo es la cosa más valiosa que una persona puede gastar.

Theophrastus

Cuatro centenarios literarios se conmemoran en el mes de abril de 2021 y todos ellos de nacimiento: el del poeta francés Charles Baudelaire, que ya cumpliría doscientos añitos; el del escritor e ilustrador holandés Jan van Oort, el del poeta y novelista nigeriano Gabriel Okara y el de la escritora Iraní Simin Danashvar, todos ellos cumplirían sus primeros cien años.

El creador de Las flores del mal no necesita mucha presentación, aunque puede que no todo el mundo sepa de su vida turbulenta y de su mente torturada. Nacido el 9 de abril de 1821 en París, Charles Baudelaire fue mundialmente conocido como uno de los poetas precursores del simbolismo, aunque en el mundillo nocturno parisino su fama de dandi bohemio sería superior a la de sus versos. Tras la muerte de su padre, cuando él solo contaba seis años de edad, su madre se volvió a casar con un general del ejército francés, con el que Charles nunca se llevó demasiado bien a causa de su fuerte autoridad y su recia disciplina, virtudes ambas con las que Baudelaire estuvo siempre reñido. Despedido del instituto por indisciplinado al año de su ingreso, concluyó, sin embargo, el bachillerato tres años después. Pero lo que más le agradaba al joven Charles era frecuentar los establecimientos del Barrio Latino, algo que exasperaba a su familia y a causa de lo cual decidieron embarcarlo en un transatlántico con destino a la India, aunque no llegó nunca pues desembarcaría a mitad de camino, exactamente en la isla Mauricio impresionado por su colorido y exotismo, lo que le inspiraría para crear poemas como Perfume exótico o El albatros. De vuelta a París, conoció a Jeanne Duval, uno hermosa joven artista y bailarina mestiza, natural de Haiti, de la que se enamoró perdidamente, convirtiéndola en su amante y manteniendo una larga relación con ella llena de escándalos y no exenta de problemas; a esta mujer dedicaría varios poemas, entre ellos El cabello y Las joyas. No tardó en regresar a sus costumbres disolutas amenazando con dilapidar la herencia de su padre, así que su familia decidió ponerla bajo tutela judicial, no quedándole otro remedio que buscar un trabajo que, en esta ocasión, fue de periodista y crítico de arte. A los veintiséis años leyó por primera vez a Edgar Alan Poe con quien se sintió muy identificado al compartir una misma concepción del arte y una similar enfermiza atracción por el mal, ello le llevó a traducir parte de la obra del autor estadounidense al francés. En 1957 Baudelaire publicaría Las flores del mal, su obra más importante y en la que ya llevaba bastante tiempo trabajando. La aparición de este poemario suscitó reacciones enfrentadas e, incluso, fue condenada “por insultar la moral pública y las buenas costumbres”, costándole una elevada multa a su editor. Cuatro años después, tras suprimir seis poemas, pudo reeditarla, aunque su primera edición no sería rehabilitada por el Tribunal de Casación, hasta mayo de 1949, ochenta y dos años después de su muerte. Cargado de deudas, no le quedó más remedio que aceptar una serie de conferencias que le obligaban a viajar por Europa, siendo su primer destino Bélgica, donde estuvo dos años hasta que comenzó a tener graves problemas de salud como consecuencia de la sífilis, el alcohol y las drogas, por lo que regresó a París donde murió un mes más tarde, justo el 31 de agosto de 1867. Lo curioso es que siendo un artista muy poco reconocido durante su existencia y más bien criticado y vilipendiado, algo que le producía una profunda tristeza, y siendo una persona con una conducta moral totalmente opuesta a los cánones de su tiempo, una vez muerto llegase a ser calificado como “el más importante de los poetas” por Paul Velary, o “el primer surrealista” por André Breton o, incluso, “el Dios verdadero”, por Arthur Rimbaud, lo que demuestra que, en la vida, si hay justicia, suele llegar tarde.

Leamos un poema de Charles Baudelaire, el titulado: Himno a la belleza:

 

¿Vienes del cielo profundo o surges del abismo,
Oh, Belleza? Tu mirada infernal y divina,
Vuelca confusamente el beneficio y el crimen,
Y se puede, por eso, compararte con el vino.

 

Tú contienes en tu mirada el ocaso y la aurora;
Tú esparces perfumes como una tarde tempestuosa;
Tus besos son un filtro y tu boca un ánfora
Que tornan al héroe flojo y al niño valiente.

 

¿Surges tú del abismo negro o desciendes de los astros?
El Destino encantado sigue tus faldas como un perro;
Tú siembras al azar la alegría y los desastres,
Y gobiernas todo y no respondes de nada,

 

Tú marchas sobre muertos, Belleza, de los que te burlas;
De tus joyas el Horror no es lo menos encantador,
Y la Muerte, entre tus más caros dijes,
Sobre tu vientre orgulloso danza amorosamente.

 

El efímero deslumbrado marcha hacia ti, candela,
Crepita, arde y dice: ¡Bendigamos esta antorcha!
El enamorado, jadeante, inclinado sobre su bella
Tiene el aspecto de un moribundo acariciando su tumba.

 

Que procedas del cielo o del infierno, qué importa,
¡Oh, Belleza! ¡monstruo enorme, horroroso, ingenuo!
Si tu mirada, tu sonrisa, tu pie me abren la puerta
De un infinito que amo y jamás he conocido?

 

De Satán o de Dios ¿qué importa? Ángel o Sirena,
¿Qué importa si, tornas -hada con ojos de terciopelo,
Ritmo, perfume, fulgor ¡oh, mi única reina!-
El universo menos horrible y los instantes menos pesados?

Cien años y cuatro días más tarde, es decir, un 13 de abril de 1921, nació en Amsterdam nuestro siguiente protagonista centenario, el escritor e ilustrador holandés, Jan van Oort (no confundir con el célebre astrónomo homónimo también holandés). Sin embargo, van Oort comenzó su carrera artística en la música, como violinista en la Royal Concertgebouw Orchestra de su ciudad natal, la cual, desgraciadamente, fue desmantelada a causa de la Segunda Guerra Mundial, lo que le dio la oportunidad para dedicarse a sus otras pasiones: el dibujo, los títeres y la escritura, comenzando a publicar unas tiras cómicas en el diario Het Vrije Volk, firmando sus trabajos bajo el seudónimo de Jean Dulieu para mantener su nombre como músico por separado confiando en una futura vuelta a aquella actividad, algo que nunca ocurrió. El éxito le llegó con la creación de su personaje Paulus, un simpático gnomo de madera que vive en el bosque, donde defendía la naturaleza y cuyo único vicio e fumar en pipa, alrededor del cual creó un pequeño universo que despertaría las fantasías infantiles, dividido en dos bandos, los amigos, entre quienes destacan el búho sabio y parlanchín, aunque no se le entiende nada porque utiliza un lenguaje arcaico, Oehoeboeroe, el también sabio cuervo Salomo, o el perezoso, torpe y algo codicioso tejón Gregorius; mientras que de la parte de los enemigos destacan la fea y malvada bruja Eucalypta, quien recibe la ayuda de un cuervo desplumado llamado Krakras y de un malvado zorro al que dicen Reintje. Esta serie de cuentos infantiles fue traducida a varios idiomas y vendida en diversos puntos del planeta, creándose sobre ella varias series de radio y televisión. Jan van Oort falleció, a la edad de 86 años, en la ciudad de Arnhem.

Seguidamente os mostramos una viñeta de Paulus:

Nuestro siguiente personaje centenario nos llega desde África, más concretamente del interior de Nigeria, donde nació tan solo once días después del anteriormente comentado. Su nombre es Gabriel Imomotimi Gbaingbain Okara, pero no os preocupéis, ya que podéis llamarlo Gabriel Okara, que es cómo se le conoce. Okara, como muchos otros muchachos y muchachas de su tierra, dejó pronto la escuela para trabajar, en su caso, de encuadernador, pero no por eso dejó de estudiar (más tarde cursaría periodismo en la Universidad Northwestern) aunque de todas formas se puede asegurar que fue un escritor autodidacta. Sus trabajos estaban basados en el folclore, las creencias y los pensamientos de su pueblo, reivindicándolos y dándolos a conocer por todo el mundo al escribir en inglés. Su carrera como poeta comenzó durante los nueve años de trabajo para una editorial del gobierno colonial, consiguiendo el premio del Festival de las Artes de Nigeria en 1953 con el poema “La llamada de la monja del río” y ganando el reconocimiento como escritor antes de la década de 1960. Su primera novela, La voz, fue editada en 1964, Así mismo, también escribió obras de teatro y artículos para la radio, trabajando como Oficial de Información, durante la Guerra Civil de Nigeria (1967-70) para el Gobierno del Este. Okara falleció a los 97 años en la localidad Yenagoa.

Leamos uno de sus poemas más reconocidos, Piano y tambores:

 

Cuando al amanecer en la orilla del río

Escucho los tambores de la jungla telegrafiando

el ritmo místico, urgente, crudo

como carne sangrante, hablando de

juventud primordial y el comienzo

Veo a la pantera lista para precipitarse

el leopardo gruñendo a punto de saltar

y los cazadores se agachan con las lanzas preparadas;

 

Y mi sangre se agita, se torna torrente,

derriba los años y de golpe estoy

mamando en el regazo de mi madre;

a la vez estoy caminando simples

caminos sin innovaciones,

robusto, formado con el desnudo

calor de pies apresurados y corazones a tientas

en hojas verdes y flores silvestres palpitando.

 

Entonces escucho un quejoso piano

hablando en solitario de formas complejas en

concierto surcado de lágrimas;

de tierras lejanas

y nuevos horizontes con

embaucador diminuendo, contrapunto,

crescendo. Pero perdido en el laberinto

de sus complejidades, termina en el medio

de una frase a punta de puñal.

 

Y me perdí en la niebla de la mañana

de una época en un torreón junto al río

vagando en el ritmo místico

de tambores selváticos y el concierto.

Y para concluir, desde la mítica Teherán, nos llega la escritora iraní, cuatro días más joven que el escritor africano anteriormente comentado, Simin Daneshvar. Educada en una escuela occidental con espíritu misionero, aprendió el inglés como su segunda lengua. Publicó su primer artículo con tan solo catorce años. Más tarde estudiaría periodismo en la Universidad, aunque se vería obligada a compaginarlo con un trabajo en Radio Teherán al morir su padre y ser ella la única fuente de ingresos de su familia. Pronto comenzaría a escribir relatos con los temas básicos: la vida, la muerte, el amor o el autosacrificio, destacando entre ellos El fuego apagado (1948). Dos años más tarde se casaría con el famoso escritor iraní Jalal Al Ahmad, del cual recibiría influencias muy positivas. Marchó durante un tiempo al Reino Unido con una beca Fulbright y durante ese tiempo siguió publicando cuentos. A su regreso a Teherán trabajó como profesora asociada en la Universidad de esa ciudad, cargo que ocuparía durante veinte años sin conseguir una cátedra, ya que estaba vetada por la policía secreta del Sha (SAVAK) a causa de su franqueza en los artículos que publicaba. Siguió publicando novelas y cuentos además de traducir autores occidentales, destacando de todo lo publicado de aquellos tiempos el relato Una ciudad como paraíso, donde registra las condiciones de las mujeres en la sociedad iraní. En 1969 apareció su primera novela y la primera escrita por una mujer iraní, Savushum, su obra maestra que le dio un reconocimiento mundial y la elevó por encima de su marido, quien había muerto meses antes, por lo que Daneshvar asumió un papel de liderazgo en la Asociación de Escritores, que Al Ahmad había ayudado a fundar, animando a los jóvenes en su trabajo o apoyando a los intelectuales y disidentes durante el régimen de Pahlavi, pero manteniéndose al margen de toda política. En 1979 se retiró de la Universidad y se dedicó por entero a la escritura. Murió en Teherán el 8 de marzo de 2012, no pudiendo ser enterrada junto con su marido, como ella quería, porque el gobierno del régimen islámico se lo prohibió.

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