Centenarios:

Agosto / septiembre 2020.

Entre estos dos meses se conmemoran siete centenarios de significativos personajes en la autoría literaria mundial, además de sus biografías, en este artículo os ofrecemos: un fragmento de Cubridle el rostro de P.D. James, un poema de Aurelia Castillo, un cuento de Ray Bradbury, otro poema de Mario Benedetti, uno más de Dan Andersson y tres frases de Émile Augier.

Un trabajo de…

3 de agosto de 1920, nace P. D. James, escritora británica.

Phyllis Dorothy James White, baronesa James de Holland Park, nacida el 3 de agosto de 1920 en Oxford, Oxfordshire, Inglaterra, y fallecida el 27 de noviembre de 2014 en la misma ciudad, fue una novelista británica de misterio, mundialmente conocida por su detective de ficción Adam Dalgliesh de Scotland Yard.

Hija de un funcionario de grado medio, James creció en la ciudad universitaria de Cambridge. Sin embargo, su educación fue autodidacta ya que, debido a los problemas económicos de la familia, dejó de estudiar a los 16 años. En 1941 se casó con Ernest CB White, un estudiante de medicina, con quien tuvo dos hijos y el cual regresó de la Segunda Guerra mundial mentalmente trastornado, pasando gran parte del resto de su vida en hospitales psiquiátricos. Para mantener a su familia, James trabajó en la administración de un hospital y, tras la muerte de su esposo en 1964, se convirtió en funcionaria en la sección penal del Departamento del Interior. 

Su primera novela de misterio, Cubridle el rostro, fue publicada en 1962 y en ella aparecía, por primera vez, el detective Dalgliesh. A ella le siguieron seis novelas más antes de que se retirara del servicio gubernamental en 1979 para dedicarse a la escritura a tiempo completo.

Dalgliesh, el detective principal de James que asciende de inspector jefe en la primera novela, a superintendente en jefe y luego a comandante, es una persona seria e introspectiva, moralista, pero realista. Las novelas en las que aparece están pobladas por personajes completos, civilizados, gentiles y motivados. La resonancia pública de estad novelas las llevaron a ser filmadas para televisión. Por todo ello, James se ganó el apodo de "Reina del crimen", escribiendo un total de 14 novelas de Dalgliesh, siendo la última, Muerte en la clínica privada, que apareció en 2008.

James también escribió No apto para mujeres (1972) y La calavera bajo la piel (1982), que se centra en Cordelia Gray, una joven detective privada. La primera de estas novelas fue la base tanto para una película para televisión como para una serie de corta duración. James se expandió más allá del género de misterio en Hijos de hombres (1992; película 2006), que explora un mundo distópico en el que la raza humana se ha vuelto infértil. Su trabajo final, La muerte llega a Pemberley (2011) —una secuela de Orgullo y prejuicio (1813) —amplifica las tensiones de clase y relación entre los personajes de Jane Austen situándolos en medio de una investigación de asesinato. Las obras de no ficción de James incluyen La octava víctima (The Maul and the Pear Tree) de 1971, un relato de los asesinatos de Ratcliffe Highway en 1811 escrito con el historiador TA Critchley, y el perspicaz Todo lo que sé sobre novela negra (2009). Sus memorias, Time to Be in Earnest, se publicaron en 2000.

CUBRIDLE EL ROSTRO

P.D. James

Fragmento del Capítulo 1:

 

Exactamente tres meses antes del crimen de Martingale, la señora Maxie celebró una cena. Años más tarde, cuando el juicio era un escándalo ya casi olvidado y los titulares de los periódicos amarilleaban en los cajones de los armarios, Eleanor Maxie recordaba aquella noche de primavera como la obertura de la tragedia. La memoria, selectiva y perversa, investía a aquella cena absolutamente normal con un aura de presagios sombríos e intranquilidad. Mirándola en retrospectiva, se convertía en un encuentro ritual de la víctima y los sospechosos bajo un mismo techo, un ensayo previo al asesinato. En realidad, no todos los sospechosos estaban presentes. Felix Hearne, por ejemplo, no se encontraba en Martingale aquel fin de semana; pero en la memoria de la señora Maxie también él se hallaba sentado a la mesa, mirando con ojos divertidos y sarcásticos las bufonadas preliminares de los participantes.

En aquel momento, como es lógico, la fiesta les había parecido vulgar y bastante aburrida. Tres de los invitados —el doctor Epps, el pastor y la señorita Liddell, directora del Refugio St. Mary para jovencitas— habían cenado juntos demasiado a menudo como para encontrar alguna novedad o estímulo en su mutua compañía. Catherine Bowers estaba extrañamente silenciosa y Stephen Maxie y su hermana, Deborah Riscoe, se esforzaban por disimular su fastidio porque el primer fin de semana que Stephen no trabajaba en el hospital en más de un mes coincidiera con una fiesta. La señora Maxie acababa de contratar como criada a una de las madres solteras de la señorita Liddell y la joven serviría la mesa por primera vez. Pero la atmósfera de incomodidad que rodeaba la mesa no podía achacarse a la presencia circunstancial de Sally Jupp, que, tras dejar las fuentes frente a la señora Maxie, recogía los platos mientras la señorita Liddell la observaba con complacida aprobación.

Es probable que al menos uno de los invitados se sintiera realmente feliz. Bernard Hinks, el pastor de Chadfleet, era un solterón, y cualquier variación con respecto a las comidas nutritivas pero desabridas que cocinaba su hermana y ama de llaves —que nunca caía en la tentación de comer fuera de la vicaría— constituía un alivio que dejaba poco lugar a las formalidades de la vida social. Era un hombre agradable y de expresión tierna que aparentaba más de cincuenta y cuatro años y que tenía reputación de ser indeciso y tímido excepto en cuestiones de fe. La teología era su mayor interés intelectual, tal vez el único, y aunque sus feligreses no siempre eran capaces de entender sus sermones, aceptaban este hecho como muestra clara de la erudición del pastor. Sin embargo, en el pueblo se daba por sentado que uno podía obtener asesoramiento y ayuda del pastor y que, aun cuando lo primero resultara algo confuso, por lo general se podía confiar en lo segundo.

Para el doctor Charles Epps la fiesta significaba una comida de primera, un par de encantadoras mujeres con quienes charlar y un tranquilo interludio en medio de las trivialidades de su consulta rural. Era un viudo que llevaba treinta años en Chadfleet y conocía a casi todos sus pacientes tan bien como para predecir con exactitud si vivirían o no. Pensaba que un médico podía hacer muy poco para alterar este destino, que era de sabios reconocer el momento de morir causando las mínimas molestias posibles a los demás y el menor sufrimiento a uno mismo y que los progresos de la medicina solo servían para prolongar la vida durante unos pocos meses de dolor para única gloria del médico. A causa de ello, era menos estúpido y…

7 de agosto de 1920, muere Aurelia Castillo de González, escritora cubana.

Aurelia Castillo de González nacida en Camagüey, el 27 de enero de 1842, y fallecida en la misma ciudad el 6 de agosto de 1920, fue la mujer más destacada de las letras cubanas del siglo XIX. Expulsada de su país por orden de Valeriano Weyler, a su vuelta fundó la Academia Nacional de Artes y Letras de Cuba.

Hija de Ana Castillo y Don Pedro Castillo Betancourt, desde muy temprano demostró una gran afición por las letras, llegando a ser conocida como una de las periodistas más destacadas del siglo XIX. Estudió bajo la dirección de Don Fernando Betancourt, quien orientó sus primeros pasos hacia la literatura, sin embargo, tras la salida de la isla de su profesor a causa de motivos políticos, la niña se vio obligada a ser prácticamente autodidacta.

En 1874 contrajo matrimonio con Francisco González del Hoyo, teniente coronel del ejército español que simpatizaba con la causa mambisa. Al año de casada, González protesta contra el fusilamiento de los cubanos Antonio Luaces Iraola (doctor) y Miguel Acosta y es expulsado de Cuba, parte hacia España y Aurelia lo acompaña.

En España colaboró en las revistas: Cádiz, Crónica Meridional y El Eco de Asturias. Visitaron diversos países de Europa y América, viajes que ella aprovechó para escribir diversas crónicas de viaje, las cuales fueron muy celebradas por los lectores de la época.

En 1887, ya de nuevo en Cuba, comenzó a colaborar con la Revista Cubana, aunque pronto volvería a España, donde pasó una larga enfermedad. En 1895, enviudó y poco después tuvo que volver a salir de la Isla, en esa ocasión expulsada por el Capitán General español Valeriano Weyler, acusada de simpatizar con la causa del separatismo, residiendo en Barcelona hasta el final de la guerra cubana. A su vuelta fundó el asilo Huérfanas de la Patria.

Su obra abarca varios géneros y temas: poesías, fábulas, leyendas, crítica literaria, libros de viajes; realizó tareas de corresponsalía periodística, tradujo a grandes autores, participó de polémicas filosóficas y fue una insaciable escritora de cartas. Toda su obra fue reunida en seis volúmenes que aparecieron con el título de Escritos de Aurelia Castillo, entre 1913 y 1918.

Aurelia fue una defensora de los derechos de la mujer, abordando en sus escritos, por primera vez, la situación de la mujer negra y mulata.

VICTORIOSA

Aurelia Castillo

 

¡La bandera en el Morro! ¿No es un sueño?

¡La bandera en Palacio! ¿No es delirio?

¿Ceso del corazón el cruel martirio?

¿Realízose por fin el arduo empeño?

 

¡Muestra tu rostro juvenil, risueño,

enciende, ¡oh Cuba! de tu Pascua el cirio,

que surge tu bandera como un lirio,

único en los colores y el diseño!

 

Sus anchos pliegues el espacio libran

Los mástiles que altivos se levantan,

Los niños la conocen la adoran.

 

¡Y al solo verla nuestros cuerpos vibran!

¡Y solo al verla nuestros labios cantan!

¡Y solo al verla nuestros ojos lloran!

22 de agosto de 1920, nace Ray Bradbury, narrador de ciencia ficción norteamericano.

Ray Douglas Bradbury nació el 22 de agosto de 1920 en Waukegan, Illinois, y falleció el 5 de junio de 2012 en Los Ángeles, California. Es mundialmente conocido por sus cuentos y novelas de fantasía y ciencia ficción que mezclan, con un estilo lírico, la nostalgia por la infancia, la crítica social y cierta conciencia de los peligros a los que nos puede abocar la tecnología desbocada.

Cuando era niño, Bradbury amaba las películas de misterio y los libros de L. Frank Baum y Edgar Rice Burroughs, además de ser un gran aficionado a la primera revista de ciencia ficción, Amazing Stories. Bradbury solía hablar de un encuentro que tuvo con un mago en un circo, Mr. Electrico, en 1932, el cual le influyó bastante, según decía. Envuelto en electricidad estática, el Sr. Electrico tocó al joven Bradbury en la nariz y dijo: "¡Viva para siempre!" Al día siguiente, Bradbury regresó para pedirle consejo sobre un truco de magia y el Sr. Electrico le aseguró a Bradbury que era una reencarnación de su mejor amigo muerto en la Primera Guerra Mundial, y Bradbury afirmaba que: “unos días después comencé a escribir, a tiempo completo. He escrito todos los días de mi vida desde ese día ".

La familia de Bradbury se mudó a Los Ángeles en 1934, ciudad en la que tres años más tarde se uniría a la Liga de Ciencia Ficción, donde recibió el aliento de otros escritores como Henry Kuttner, Edmond Hamilton, Robert Heinlein o Leigh Brackett, quienes se reunían semanalmente con él. Bradbury publicó su primer cuento, "El dilema de Hollerbochen" (1938), en el "fanzine" de la liga, ¡Imaginación! Editó su propia revista, Futura Fantasia, en 1939. Muchas de las primeras historias de Bradbury, con sus elementos de fantasía y horror, se publicaron en Weird Tales. La mayoría de estas historias fueron recopiladas en su primer libro de cuentos, Carnaval negro (1947). El estilo de Bradbury, con su rico uso de metáforas y símiles, se destacó del trabajo más utilitario que dominaba la escritura de revistas pulp.

En 1950 publicó una recopilación de cuentos titulada Crónicas marcianas y, un año más tarde, a colección de cuentos El hombre ilustrado. La siguiente novela de Bradbury, Fahrenheit 451 (1953), está considerada como su mejor obra, la cual sería llevada al cine en 1966.

En 1953 publicó la colección de relatos Las doradas manzanas del sol. En 1954 Bradbury pasó seis meses en Irlanda con el director John Huston trabajando en el guion de la película Moby Dick (1956), una experiencia que más tarde plasmaría en su novela Sombras verdes, ballena blanca (1992). Después del lanzamiento de Moby Dick, Bradbury fue solicitado como guionista en Hollywood y escribió guiones para Playhouse 90Alfred Hitchcock Presents y The Twilight Zone.

Uno de los trabajos más personales de Bradbury, El vino del estío (1957), es una novela autobiográfica sobre un verano mágico, pero demasiado breve, de un niño de 12 años en Green Town, Illinois (una versión ficticia de la casa de su infancia en Waukegan). Su siguiente colección fue Remedio para los melancólico (1959). En su haber se cuentan centenares de relatos cortos recogidos en casi cuarenta recopilaciones, diez novelas, dos libros de poemas, dos obras de teatro, tres libros de ensayo y varios guiones cinematográficos y de televisión.

CALEIDOSCOPIO

Ray Bradbury

 

El primer impacto rajó la nave como si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes. Se diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos, proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.

-Barkley, Barkley, ¿dónde estás?

Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.

-¡Woode, Woode!

-¡Capitán!

-Hollis, Hollis, aquí Stone.

-Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?

-¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo… Estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!

Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados. Se diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez de hombres eran sólo voces.

Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de terror y resignación.

-Nos alejamos unos de otros.

Era cierto. Hollis, rodando sobre sí mismo, sabía que lo era y, de alguna forma, lo aceptó. Se alejaban para recorrer distintos caminos y nada podría reunirles de nuevo. Vestían sus trajes espaciales, herméticamente cerrados, sus pálidos rostros ocultos tras las placas faciales. No habían tenido tiempo de acoplarse las unidades energéticas. Con ellas, habrían sido pequeños botes salvavidas flotando en el espacio. Se habrían salvado, habrían salvado a otros, habrían encontrado a todos hasta unirse para formar una isla de hombres y pensar en alguna salida. Pero ahora, sin las unidades energéticas acopladas a sus hombros, eran meteoritos alocados encaminándose hacia destinos diversos e inevitables.

Pasaron diez minutos. El terror inicial se apagó, dando paso a una calma metálica. Sus voces extrañas empezaron a entrelazarse en el espacio, un telar inmenso y oscuro, cruzándose y volviéndose a cruzar hasta formar el tejido final.

-Stone a Hollis. ¿Cuánto tiempo podremos hablar por radio?

-Depende de tu velocidad y la mía.

-Una hora, supongo.

-Algo así -dijo Hollis, pensativo y tranquilo.

-¿Qué sucedió? -preguntó Hollis al cabo de un minuto.

-El cohete estalló, eso es todo. Los cohetes estallan, ¿sabes?

-¿Hacia dónde caes?

-Creo que me estrellaré en el Sol.

-Yo en la Tierra. De vuelta a la madre Tierra a quince mil kilómetros por hora, arderé como una cerilla.

Hollis pensó en ello con una sorprendente serenidad. Le parecía estar separado de su cuerpo, viéndolo caer y caer en el espacio, con la misma tranquilidad con la que había visto caer los primeros copos de nieve de un invierno muy lejano.

Los otros guardaban silencio. Pensaban en el destino que les había llevado a esto, a caer y caer sin poder hacer nada para evitarlo. Hasta el capitán callaba, porque no había orden o plan que pudiera arreglarlo todo.

-¡Oh, esto es interminable! ¡Interminable, interminable! -exclamó una voz. ¡No quiero morir, no quiero morir! ¡Esto es interminable!

-¿Quién habla?

-No lo sé.

-Creo que es Stimson. Stimson, ¿eres tú?

-Esto es interminable y no me gusta. ¡Dios mío, no me gusta nada!

-Stimson, aquí Hollis. Stimson, ¿me oyes?

Una pausa. Seguían separándose unos de otros.

-¿Stimson?

-Sí -replicó por fin.

-Stimson, tranquilízate. Todos tenemos el mismo problema.

-No quiero estar aquí. Me gustaría estar en cualquier otro sitio.

-Hay una posibilidad de que nos encuentren.

-Si, sí, seguro -dijo Stimson-. No creo en esto, no creo que esté sucediendo realmente.

-Es una pesadilla -dijo alguien.

-¡Cállate! -ordenó Hollis.

-Ven y hazme callar -contestó la voz. Era Applegate. Se reía con toda tranquilidad, sin histeria-. Ven y hazme callar.

Por primera vez, Hollis sintió su impotencia. La cólera se adueñó de él porque en aquel momento deseaba, más que ninguna otra cosa, herir a Applegate. Había esperado muchos años para poder hacerlo…, y ahora era demasiado tarde. Applegate era únicamente una voz radiofónica.

¡Y seguían cayendo y cayendo!

Dos de los hombres se pusieron a gritar, de repente, como si acabaran de descubrir el horror de su situación. Hollis vio a uno de ellos, en una pesadilla, flotando muy cerca de él, chillando y chillando.

-¡Basta!

El hombre estaba casi al alcance de su mano. Gritaba enloquecido. Nunca se callaría. Seguiría chillando durante un millón de kilómetros, mientras se encontrara en el campo de acción de la radio. Fastidiaría a todos los demás e impediría que hablaran entre sí.

Hollis alargó la mano. Era mejor así. Hizo un último esfuerzo y tocó al hombre. Se agarró a su tobillo y fue desplazando la mano hasta llegar a la cabeza. El hombre chilló y se retorció como si estuviera ahogándose. Sus gritos llenaron el universo.

“Da lo mismo -pensó Hollis-. El Sol, la Tierra o los meteoros lo matarán igualmente. ¿Por qué no ahora?”

Hollis aplastó la placa facial del hombre con su puño metálico. Los gritos cesaron. Se apartó del cadáver y lo dejó alejarse siguiendo su propio curso, cayendo y cayendo.

Hollis y los demás seguían cayendo sin cesar en el espacio, en el interminable remolino de un terror silencioso.

-Hollis, ¿sigues ahí?

Hollis no contestó. Una oleada de calor inundó su rostro.

-Aquí Applegate otra vez.

-¿Qué hay, Applegate?

-Hablemos. No podemos hacer otra cosa.

El capitán intervino.

-Ya es suficiente. Tenemos que encontrar una solución.

-Capitán, ¿por qué no se calla?

-¿Qué?

-Ya me ha oído, capitán. No pretenda imponerme su rango, porque nos separan quince mil kilómetros y no tenemos que engañarnos. Tal como dijo Stimson, la caída es interminable.

-¡Compórtese, Applegate!

-No quiero. Esto es un motín de uno solo. No tengo una maldita cosa que perder. Su nave era mala, usted un mal capitán, y espero que se ase cuando llegue al Sol.

-¡Le ordeno que se calle!

-Adelante, vuelva a ordenarlo. -Applegate sonrió a quince mil kilómetros de distancia. El capitán no dijo nada más-. ¿Dónde estábamos, Hollis? Ah, sí, ya recuerdo. También te odio a ti. Pero tú ya lo sabes. Hace mucho tiempo que lo sabes.

Hollis, desesperado, cerró los puños.

-Quiero confesarte algo -prosiguió Applegate-. Algo que te hará feliz. Fui uno de los que votaron contra ti en la Rocket Company, hace cinco años.

Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre, que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el nudo, hasta convertirlo en un torniquete.

Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de su mujer de Marte, de su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus borracheras, su afición al juego, su felicidad… Hablaba y hablaba, mientras todos caían. Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.

¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres.

-¿Estás enfadado, Hollis?

-No.

Y no lo estaba. Había recuperado la serenidad. Era una masa insensible, cayendo para siempre hacia ninguna parte.

-Durante toda tu vida quisiste llegar a la cumbre, Hollis. Y yo lo impedí. Siempre quisiste saber lo que había ocurrido. Bien, voté contra ti antes de que me despidieran a mí también.

-No tiene importancia.

Y no la tenía. Todo había terminado. Cuando la vida llega a su fin es como un intenso resplandor. Un instante en el que todos los prejuicios y pasiones se condensan e iluminan en el espacio, antes de que se pueda decir una sola palabra. Hubo un día feliz y otro desdichado, hubo un rostro perverso y otro bondadoso… El resplandor se apaga y se hace la oscuridad.

Hollis pensó en su pasado. Al borde de la muerte, una sola cosa le atormentaba y por ella, únicamente por ella, deseaba seguir viviendo. ¿Sentirían lo mismo sus compañeros de agonía? ¿Tendrían aquella sensación de no haber vivido nunca? ¿Pensarían, como él, que la vida surge y muere antes de poder respirar una vez? ¿Les parecería a todos tan abrupta e imposible, o sólo a él, aquí, ahora, con escasas horas para meditar?

Uno de los otros hombres estaba hablando.

-Bueno, yo viví bien. Tuve una esposa en Marte, otra en Venus y otra en Júpiter. Todas tenían dinero y se portaron muy bien conmigo. Fue maravilloso. Me emborrachaba, y hasta una vez gané veinte mil dólares en el juego.

“Pero ahora estás aquí -pensó Hollis-. Yo no tuve nada de eso. Tenía celos de ti, Lespere. En pleno trabajo envidiaba tus mujeres y tus juergas. Las mujeres me asustaban y huía al espacio, siempre deseándolas, siempre celoso de ti por tenerlas, por tu dinero, por toda la felicidad que podías conseguir con aquella vida alocada. Pero ahora se acabó todo, caemos. Ya no tengo celos de ti. Es mi final y el tuyo y todo parece no haber sucedido nunca.”

Hollis levantó el rostro y gritó por la radio:

-¡Todo ha terminado, Lespere!

Silencio.

-¡Como si nunca hubiese ocurrido, Lespere!

-¿Quién habla? -preguntó Lespere temblorosamente.

-Soy Hollis.

Se sintió miserable. Era la mezquindad, la absurda mezquindad de la muerte. Applegate le había herido y él, Hollis, quería herir a otro. Applegate y el espacio le habían herido.

-Ahora estás aquí, Lespere. Todo ha terminado, como si nunca hubiera sucedido, ¿no es cierto?

-No.

-Cuando llega el final, todo parece no haber ocurrido nunca. ¿Es mejor tu vida que la mía, ahora? Antes, sí, ¿y ahora? El presente es lo que cuenta. ¿Es mejor? ¿Lo es?

-¡Sí, es mejor!

-¿Por qué?

-Porque conservo mis pensamientos, ¡porque recuerdo! -gritó Lespere, muy lejos, indignado, apretando los recuerdos a su pecho con ambas manos.

Y estaba en lo cierto. Hollis lo comprendió mientras una sensación fría como el hielo fluía por todo su cuerpo. Existían diferencias entre los recuerdos y los sueños. A él sólo le quedaban los sueños de las cosas que había deseado hacer, pero Lespere recordaba cosas hechas, consumadas. Este pensamiento empezó a desgarrar a Hollis con una precisión lenta, temblorosa.

-¿Y para qué te sirve eso? -gritó a Lespere-. ¿De qué te sirve ahora? Lo que llega a su fin ya no sirve para nada. No estás mejor que yo.

-Estoy tranquilo -contestó Lespere-. Tuve mi oportunidad. Y ahora no me vuelvo perverso, como tú.

-¿Perverso?

Hollis meditó. Nunca, en toda su vida, había sido perverso. Nunca se había atrevido a serlo. Durante muchos años debió de haber estado guardando su perversidad para una ocasión como la actual. “Perverso”. La palabra martilleó en su mente. Se le saltaron las lágrimas y resbalaron por su cara.

-Cálmate, Hollis.

Alguien había escuchado su voz sofocada.

Era completamente ridículo. Tan sólo un momento antes, había estado aconsejando a otros, a Stimson… Había sentido coraje y creído que era auténtico. Pero, ahora lo comprendía, no se trataba más que de conmoción, y de la “serenidad”, que puede acompañarla. Y ahora trataba de condensar toda una vida de emociones reprimidas en un intervalo de minutos.

-Sé lo que sientes, Hollis -dijo Lespere, ya a treinta mil kilómetros de distancia, con una voz cada vez más apagada-. No me has ofendido.

“Pero, ¿no somos iguales? -se preguntó un aturdido Hollis-. ¿Lespere y yo? ¿Aquí, ahora? Si algo ha terminado, ya está hecho. ¿Qué tiene de bueno, entonces? Los dos moriremos, de una forma o de otra.”

Pero Hollis sabía que todo aquello era puro raciocinio. Era como intentar explicar la diferencia entre un hombre vivo y un cadáver: uno poseía una chispa, un aura, un elemento misterioso, y el otro no.

Y lo mismo ocurría con Lespere y él. Lespere había vivido enteramente, y ello le convertía ahora en un hombre diferente. Y él, Hollis, había estado muerto durante muchos años. Se acercaban a la muerte siguiendo distintos caminos y, con toda probabilidad, si existieran varios tipos de muertes, el de Lespere y el suyo serían tan diferentes como la noche y el día. La cualidad de la muerte, como la de la vida, debe ser de una variedad infinita. Y si uno ya ha muerto una vez, ¿por qué preocuparse de morir para siempre, tal como estaba muriendo él ahora?

Un momento después descubrió que su pie derecho había desaparecido. Estuvo a punto de reír. El aire por segunda vez había escapado de su traje. Se inclinó rápidamente y vio salir la sangre. El meteorito había cortado la carne y el traje hasta el tobillo. Oh, la muerte en el espacio era humorística: te despedaza poco a poco, cual tétrico e invisible carnicero. Hollis apretó la válvula de la rodilla. Sentía dolor y mareo. Luchó por no perder la conciencia, apretó más la válvula y contuvo la sangre, conservando el aire que le quedaba. Se enderezó y prosiguió su caída. No podía hacer más.

-¿Hollis?

Hollis respondió cansinamente, harto de aguardar la muerte.

-Aquí Applegate de nuevo -dijo la voz.

-Sí.

-He estado pensando, y escuchándote. Esto no va bien. Nos convierte en perversos. Es una forma de morir muy mala, nos saca toda la maldad que llevamos dentro. Hollis, ¿me escuchas?

-Sí

-Te mentí. Hace un momento. Te mentí. No voté contra ti. No sé por qué lo dije. Creo que deseaba hacerte daño. Parecías el más indicado. Siempre nos hemos peleado, Hollis. Creo que me estoy haciendo viejo de repente, arrepintiéndome. Cuando oí que tú eras un perverso me avergoncé. Es igual, quiero que sepas que yo también fui un idiota. No hay ni pizca de verdad en todo lo que dije. Y vete al infierno.

Hollis sintió que su corazón volvía a latir. Había estado parado durante cinco minutos. Ahora, todos sus miembros recuperaron el calor. La conmoción había terminado, y los sucesivos ataques de cólera, terror y soledad iban disipándose. Era un hombre recién salido de una ducha fría matutina, listo para desayunar y enfrentarse a un nuevo día.

-Gracias, Applegate.

-No hay de qué. Y anímate, bobo.

-¿Dónde está Stimson? ¿Cómo se encuentra?

-¿Stimson?

Todos escuchaban atentamente:

-Debe de haber muerto.

-No lo creo. ¡Stimson!

Volvieron a escuchar.

Y oyeron una respiración dificultosa, lejana, lenta…

-Es él. Escuchad.

-¡Stimson!

Nadie respondió.

Sólo podían oír una respiración lenta y bronca.

-No contestará.

-Ha perdido el conocimiento. Dios lo ayude.

-Es él, escuchen.

Una respiración apenas audible, el silencio.

-Está encerrado como una almeja. Encerrado en sí mismo, haciendo una perla. Considérenlo así, todo tiene su poesía. Él es más feliz que nosotros.

Stimson flotaba en la lejanía. Todas lo escucharon.

-¡Eh! -dijo Stone.

-¿Qué?

Hollis había contestado con toda su fuerza. Stone, más que ningún otro, era un buen amigo.

-Estoy entre un enjambre de meteoritos, pequeños asteroides.

-¿Meteoritos?

-Creo que es el grupo de Mirmidón, que se desplaza entre Marte y la Tierra y tarda cien años en recorrer su órbita. Me encuentro justo en el medio. Es como un calidoscopio gigante. Hay colores, formas y tamaños de todos los tipos. ¡Dios mío, qué hermoso es todo esto!

Silencio.

-Me voy con ellos -prosiguió Stone-. Me llevan con ellos. Estoy condenado. -Y se rió de buena gana.

Hollis trató de ver algo, pero sin conseguirlo. Allí sólo había las grandes joyas del espacio, los diamantes, los zafiros, las nieblas de esmeraldas y las tintas de terciopelo del espacio, y la voz de Dios confundiéndose entre los resplandores cristalinos. Era algo increíble y maravilloso pensar en Stone acompañando al enjambre de meteoritos. Iría más allá de Marte y volvería a la Tierra cada cinco años. Entraría y saldría de las órbitas de los planetas durante las siguientes miles y miles de años. Stone y el enjambre de Mirmidón, eternos e infinitos, girarían y se modelarían como los colores del calidoscopio de un niño cuando éste levanta el tubo hacia el sol y lo va girando.

-Adiós, Hollis. -La voz de Stone, ya muy debilitada-. Adiós.

-Buena suerte -gritó Hollis, a cincuenta mil kilómetros de distancia.

-No te hagas el gracioso -dijo Stone.

Silencio. Las estrellas se unían más y más entre ellas.

Todas las voces iban apagándose. Todas y cada una seguían su propia ruta; unas hacia el Sol, otras hacia el espacio remoto. Como el mismo Hollis. Miró hacia abajo. Él, y sólo él, volvía solitario a la Tierra.

-Adiós.

-Tómatelo con calma.

-Adiós, Hollis -dijo Applegate.

Adioses innumerables, despedidas breves. El gran cerebro, extraviado, se desintegraba. Los componentes de aquel cerebro, que habían trabajado con eficiencia y perfección dentro de la caja craneal de la nave espacial, cuando ésta aún surcaba el espacio, morían uno a uno. Todo el significado de sus vidas saltaba hecho añicos. Igual que el cuerpo muere cuando el cerebro deja de funcionar, el espíritu de la nave, todo el tiempo que habían pasado juntos, lo que los unos significaban para los otros, todo eso moría. Applegate ya no era más que un dedo arrancado del cuerpo paterno, ya nunca más sería motivo de desprecio o intrigas. El cerebro había estallado y sus fragmentos inútiles, faltos de misión que cumplir, se desperdigaban. Las voces desaparecieron y el espacio quedó en silencio. Hollis estaba solo, cayendo.

Todos estaban solos. Sus voces se habían desvanecido como los ecos de palabras divinas vibrando en el cielo estrellado. El capitán marchaba hacia el Sol. Stone se alejaba entre la nube de meteoritos, y Stimson, encerrado en sí mismo. Applegate iba hacia Plutón. Smith, Turner, Underwood… Los restos del calidoscopio, las piezas de lo que otrora fue algo coherente, se esparcían por el espacio.

“¿Y yo? -pensó Hollis-. ¿Qué puedo hacer? ¿Puedo hacer algo para compensar una vida terrible y vacía? Si pudiera hacer algo para reparar la mezquindad de todos estos años, el absurdo del que ni siquiera me daba cuenta… Pero no hay nadie aquí. Estoy solo. ¿Cómo hacer algo que valga la pena cuando se está solo? Es imposible. Mañana por la noche me estrellaré contra la atmósfera de la Tierra. Arderé, y mis cenizas se esparcirán por todos los continentes. Seré útil. Sólo un poco, pero las cenizas son cenizas y se mezclarán con la tierra.”

Caía rápidamente, como una bala, como un guijarro, como una pesa metálica. Sereno, ni triste ni feliz… Lo único que deseaba, cuando todos los demás se habían ido, era hacer algo válido, algo que sólo él sabría.

“Cuando entre en la atmósfera, arderé como un meteoro.”

-Me pregunto si alguien me verá -dijo en voz alta.

Desde un camino, un niño alzó la vista hacia el cielo.

-¡Mira, mamá! ¡Mira! -gritó-. ¡Una estrella fugaz!

La estrella blanca, resplandeciente, caía en el polvoriento cielo de Illinois.

-Pide un deseo -dijo la madre del niño-. Pide un deseo.

Fin

14 de septiembre de 1920, nace Mario Benedetti, escritor uruguayo.

El escritor uruguayo Mario Benedetti, nacido el 14 de septiembre de 1920 en Paso de los Toros, y fallecido el 17 de mayo de 2009 en Montevideo, es conocido especialmente por sus cuentos y sus poemas.

Hijo de una próspera familia de inmigrantes italianos, a los cuatro años comenzó su educación en Montevideo, ciudad que le marcó gracias a las experiencias vividas en ella. Comenzó su carrera literaria publicando poesía, pero pronto se volvió hacia el cuento y la novela, géneros en los que pintó un retrato realista y crítico de la ascendente clase media uruguaya a la que pertenecía. Sus historias más logradas aparecieron en la colección Montevideanos (1959), donde, como Joyce en Dublineses, Benedetti se convirtió en el cronista de la burguesía de la capital uruguaya y de la vida urbana, aunque, a diferencia del irlandés, Benedetti a menudo se mantuvo en un nivel descriptivo carente de profundidad. Pronto sus obras se convirtieron en éxitos de ventas en Uruguay y, en la década de 1960, su reputación se había extendido por toda América Latina. Su novela La tregua (1960) fue otro éxito, al igual que su novela alegórica El cumpleaños de Juan Angel (1971). Benedetti tuvo la desgracia de coincidir en tiempo como escritor con Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y otros que propiciaron lo que se conoce como el “boom de la novela latinoamericana” y con quienes no pudo competir.

En 1959 Benedetti se desplazó a Nueva York con una beca y durante la década de 1960 viajó mucho. A partir de finales de la década de 1960, pasó largos períodos en Cuba. Partidario del régimen de Castro, finalmente se instaló en la isla, donde sus obras tomaron un giro más político, particularmente después del golpe militar de 1973 en Uruguay. Algún tiempo después se mudó a Madrid. Posteriormente Benedetti publicó Errores y declaraciones sinceras (1989) y La borra del café (1992). Además de cuentos, novelas y poesía, Benedetti escribió obras de teatro y ensayos.

CORAZÓN CORAZA

Mario Benedetti

Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza

porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro

porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.

16 de septiembre de 1920, muere Dan Andersson, poeta sueco.

Daniel Andersson, nacido en Skattlösberg, Suecia, el 6 de abril de 1888, y fallecido en Estocolmo el 16 de septiembre de 1920 en Estocolmo, fue un poeta y prosista sueco y uno de los primeros practicantes de la literatura obrera de su país.

Nacido en una familia pobre encabezada por un padre devoto y religioso, Andersson fue leñador y carbonero antes de convertirse en profesor. Sus dos primeros volúmenes publicados, que se hicieron famosos fueron Historias del carbón y sus carboneros (1914) y Las canciones del carbonero (1915), además de dos novelas autobiográficas, De tre hemlösa (1918), le siguieron La llamada superstición (1916), Las baladas negras (1917), considerado uno de los libros de poemas más importantes de Suecia del siglo XX, y las novelas autobiográficas Tres hombres sin hogar (1918) y La herencia de David Ramm (1919), un año más tarde aparecería un libro de narraciones donde se recopilaban diversas experiencias vividas en sus viajes por Estados Unidos y Canadá, Chi-mo-ka-ma. Una parte considerable de sus versos y prosa se publicó después de su muerte en Poemas póstumos (1922).

Gran parte de los escritos de Andersson tratan de la relación humana con Dios. Su prosa se destaca por su naturalismo, su musicalidad poética y su inclinación hacia el misticismo y lo sobrenatural. Sin embargo, sus obras finales muestran una tendencia más inclinada hacia el antinaturalismo y la condensación poética.

YO SOY

Dan Andersson

 

Yo soy el animal del invierno cuyo
corazón late en un lento trance como las olas
que moran en el estanque del cielo. Quiero permanecer,
rugir, beber el agua de todos los valles y nadar
en la verde primavera y tallar la corteza floral
con mis dientes y absorber el aroma del suelo
descongelado. Soy un hombre que ha seducido
a una doncella en el murmullo del crepúsculo, que
se desvanece como la cicatriz herida de la memoria,
porque era pobre, sin hogar. Yo soy padre y mi hijo
se meció y durmió mientras caía la noche, y mi corazón
se siente solo y desea grabar los recuerdos.

17 de septiembre de 1820, nace Émile Augier, poeta y dramaturgo francés.

Guillaume-Victor-Émile Augier, nacido el 17 de septiembre de 1820 en Valence, Francia, y muerto el 25 de octubre de 1889 en Croissy-sur-Seine, fue un popular dramaturgo que escribió comedias donde se ensalzaban las virtudes de la clase media del Segundo Imperio.

Augier fue un moralista inflexible, y todas sus obras son, hasta cierto punto, didácticas en su propósito. Su obra en verso Gabrielle (1849) ataca la creencia romántica en el derecho divino de la pasión, mientras que Las bodas de Olimpia (1855) se opone a la idea de la rehabilitación de una prostituta por amor, como se expresa en La Dama de las Camelias de Dumas. Defensor de la institución del matrimonio, Augier satirizó el adulterio en Las leonas pobres (1858) y vio en la codicia y en el dinero mismo la raíz de todo mal. Su obra más conocida, El yerno de Monsieur Poirier (1854), escrito en colaboración con Jules Sandeau, defendía la fusión de la nueva clase media próspera con la nobleza empobrecida.

TRES FRASES DE

Émile Augier

 

Admirar las obras de los otros es, sin duda, mucho más fácil y más cómodo que trabajar.

La conciencia es la voz del dios del alma.

La misma deshonra cabe a las mujeres sin pudor que a los hombres sin valor.

30 de septiembre de 1920, nace Eileen Chang, escritora china.

Chang Ai-ling , también llamada Eileen Chang , fue una escritora china nacida el 9 de septiembre de 1920 en Shanghai, y encontrada muerta el 8 de septiembre de 1995, en Los Ángeles, California.

Zhang, descendiente del famoso estadista Qing Li Hongzhang, asistió a una escuela privada tradicional en su primera infancia. Su madre le organizó una educación al estilo occidental a partir de los nueve años donde aprendió inglés, pintura al óleo y tocar el piano. Se familiarizó con las novelas tradicionales chinas como Sueño de la cámara rojaUna biografía de la flor del mar, lo que le hizo probar suerte con la escritura.

En 1939, Zhang se matriculó en la Universidad de Hong Kong. Sin embargo, cuando su educación allí se detuvo dos años después por la invasión japonesa, regresó a Shanghai. Siguió su carrera como escritora, comenzando con guiones de películas y obras románticas. En 1943 saltó a la fama con la publicación en revistas de la novela Jinsuoji y las historias Chenxiangxie — diyilu xiang. Su novela Amor en una ciudad caída fue llevada al cine en 1984, así como también la titulada Rosa roja, rosa blanca, en 1994. Sus colecciones de cuentos La leyenda (1944) y El chisme (1944) fueron dos grandes éxitos en ventas. Sin embargo, cuando terminó la guerra chino-japonesa en 1945, la reputación de Zhang se vio dañada porque era la escritora más conocida de Shanghai durante la ocupación japonesa y su marido, Hu Lanchen, había colaborado con los japoneses. No obstante, su novela Dieciocho primaveras (1950) resultó bastante popular siendo adaptada a una serie televisiva.

Zhang se mudó a Hong Kong en 1952 y a los Estados Unidos tres años después. Durante ese período se publicaron dos de sus novelas más conocidas: Yangge (1954) y Tierra desnuda (1954), ambas bastante críticas con la sociedad comunista. Zhang se casó con Ferdinand Reyher, un escritor estadounidense, en 1956 y se convirtió en ciudadana estadounidense en 1960. Aunque Zhang ocupó puestos de visita en varias universidades estadounidenses a lo largo de los años, se volvió cada vez más solitaria, revisó sus. Escribió una novela, El rojo del norte (1966), que fue adaptada como película en 1988.

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