Centenarios:

Noviembre y octubre 2021.

El pasado nos limita, pero el futuro nos atemoriza. El único lugar seguro es el presente (Isaac López)

 

Pintura de István Sándorfi

Cien años de los nacimientos de Ilse Aichinger, Gert Ledig, Lars Gyllensten, Kim Soo-Young y France Balantic; otros cien del fallecimiento de Pavol Orszagh Hviezdoslav; doscientos del nacimiento de Fyodor Dostoyevsky, y ocho siglos del nacimientos de Alfonso X el Sabio. Estos son los centenarios literarios para este mes de noviembre de 2021

Ilse Aichinger fue una escritora austriaca nacida el 1 de noviembre de 1921 en Viena, hace ahora cien años.

Ilse vivió toda su infancia en Lenz. Durante la Segunda Guerra Mundial su familia sufrió persecución a causa de la ascendencia judía de su madre. Su abuela materna fue enviada a un campo de concentración del que nunca regresó y su hermana gemela, Helga, marchó a Inglaterra, pero ella permaneció en Austria junto a su madre, quien tuvo que dejar de ejercer como médica y fue obligada a trabajar en una fábrica. Después de la guerra, Ilse estudió medicina en la Universidad de Viena, aunque finalmente decidió dedicarse a la escritura. La mayor parte de su obra, compuesta de novelas, relatos y ensayos, gira alrededor de sus experiencias vividas durante la época de dominio nazi y la guerra, como ya dejó patente en su primera novela, La esperanza más grande, publicada en 1948, así como en su primer relato, escrito tres años antes, La cuarta puerta. Formó parte del Grupo Cuarenta y Siete, un conjunto de escritores al que también pertenecían Günther Grass o Heinrich Böll, aunque siempre se abstuvo de participar las actividades políticas del mismo. Aichinger se casó con el poeta y dramaturgo alemán Günter Eich en 1953, con quien tuvo dos hijos. Tras la muerte de su esposo, Ilse estableció su residencia en un pequeño pueblo cercano a la frontera entre Austria y Baviera donde vivió apartada del mundo hasta poco antes de su muerte ocurrida el 11 de noviembre de 2016. Aunque el libro más aclamado por la crítica de Ilse es El hombre atado y otras historias, ella fue autora de una amplia obra compuesta por novelas, donde destaca Los hijos de Herodes, relatos, poesía, guiones radiofónicos y ensayos críticos. Por todo ello recibió una buena cantidad de premios.

 

EL CARTEL
Ilse Aichinger


—¡No he de morir! —dijo el hombre que estaba pegando los carteles, y su voz lo asustó, como si bajo el vibrante calor se le hubiera aparecido su propio fantasma. Disimuladamente volvió la cabeza a la izquierda y a la derecha, pero no había nadie que lo pudiera creer loco, nadie debajo de la escalera. El metro acababa de salir, y otra vez había abandonado las vías a su brillo. Frente a él en la estación, una mujer sostenía a una niña de la mano. La niña cantaba a media voz. Eso era todo. La quietud del mediodía descansaba sobre la estación como una mano pesada, y la luz parecía abrumarse con su propia exuberancia. El cielo era azul y violento encima de los techos protectores, no sabía si cuidarlos o derrumbarse sobre ellos; y hacía mucho que los cables telegráficos habían dejado de zumbar. La lejanía devoraba lo cercano, y lo cercano la lejanía. No era para sorprender que muy pocas personas tomaran el metro a esas horas; quizá tuvieran miedo de convertirse en fantasmas y espantarse a sí mismos.

 

—¡No he de morir! —repitió el hombre, amargado, y escupió desde la escalera. Una mancha de sangre se dibujó sobre las losas claras. El cielo pareció paralizarse del susto repentino. Era casi como si alguien le hubiera advertido: nunca anochecerás; como si arriba de la estación el propio cielo se hubiera convertido en un cartel llamativo y grande como un anuncio en la playa. El hombre arrojó la brocha a la cubeta y bajó de la escalera. Recargó la espalda en el muro, pero el mareo le pasó rápidamente. Se colgó la escalera al hombro y se fue.

 

El muchacho del cartel se reía horrorizado, enseñando los dientes blancos y con la mirada fija hacia el frente. Quería seguir al hombre con la vista, pero no podía bajar los ojos. Los tenía muy abiertos. Semidesnudo, con los brazos en alto, se le había congelado en el cartel mientras corría, como si hubiera sido castigado por pecados de los que ni tenía memoria; lo rodeaba la espuma blanca, sobre él estaba el cielo demasiado azul y a sus espaldas la playa demasiado amarilla. El muchacho reía con desesperación hacia el otro andén, donde la niña cantaba a media voz y la mujer lo contemplaba con mirada vaga y anhelante. Le hubiera gustado explicar a la mujer que todo era un engaño, que no tenía delante de sí al mar, tal como quería hacerlo creer el cartel, sino sólo el polvo y el silencio de la estación y la placa que decía: ¡PROHIBIDO PISAR LAS VÍAS!, igual que ella. Se hubiera quejado de su propia risa, tan desesperante como la espuma que salpicaba a su alrededor sin refrescarlo.

 

El muchacho del cartel no debía concebir semejantes ideas. Ni a la joven de la izquierda, que apretaba contra su pecho un ramo de flores de una determinada tienda, ni al señor de la derecha, que se apeaba de un coche reluciente, se les hacía rara su situación. No se les ocurría rebelarse. La muchacha no deseaba soltar el ramo, que sus brazos rosados apenas podían sostener, y las flores no querían agua. El señor del coche parecía pensar que tal postura inclinada era la única posible, pues sonreía contento y no soñaba con incorporarse, ponerle el seguro al coche y seguir un poco a aquellas nubes claras. Es más, las nubes claras se mantenían inmóviles, enmarcadas con líneas plateadas, como cadenas que no las dejaban vagar. El muchacho entre la espuma era el único que escondía la rebelión tras una risa petrificada, así como la tierra transparente quedaba oculta detrás de la costa amarilla.

 

La culpa era del hombre de la escalera, que había dicho: “¡No he de morir!” El muchacho no tenía idea de lo que significaba “morir”. ¿Cómo iba a saberlo? Sobre su cabeza unas letras claras, proyectadas en ángulo sobre el cielo, como una nube olvidada de humo, deletreaban la palabra JUVENTUD, y a sus pies, sobre la engañosa franja de mar verde cardenillo, se leía: ¡ACOMPÁÑANOS! Era uno de los muchos anuncios para un campamento de verano.

 

El hombre de la escalera había llegado, mientras tanto, hasta arriba. Apoyó la escalera en el muro sucio de la estación, intercambió unas palabras sobre el calor con un mendigo inválido, y atravesó la calzada para comprarse un vaso de cerveza en el puesto del puente. Ahí volvió a intercambiar unas palabras sobre el calor y ninguna sobre la muerte, y regresó por la escalera. Todo estaba cubierto con un velo de polvo, en el que inútilmente trataba de envolverse la luz. El hombre recogió la escalera, la cubeta y el rollo de los carteles y volvió a bajar al otro lado de la parada del metro. El siguiente convoy aún no llegaba. A esas horas a veces pasaba tanto tiempo entre uno y otro que era como si confundiesen el mediodía con la medianoche.

 

El muchacho del cartel, que no podía hacer más que fijar la mirada hacia el frente y reírse, observó cómo el hombre colocaba la escalera en un punto exactamente opuesto a él para otra vez empezar a pasar la brocha sobre los muros, donde inmóviles esperaban unas mujeres ataviadas con espléndidos vestidos y el pérfido deseo de conservar lo que no podía conservarse. El deseo de no llegar hasta el fin de la noche se les había cumplido. Tanto miedo le habían tenido al amanecer que ya no podían hacer más que publicidad para la sala de espejos de un salón de baile, ligeramente recostadas y rígidas en los brazos de los señores. El hombre de la escalera sacudió la brocha. Ya les tocaba ser tapadas. El muchacho lo vio claramente. Y observó cómo, amables e indefensas, dejaban que se les hiciera lo terrible.

 

Quiso lanzar un grito, pero no gritó. Quiso estirar los brazos para ayudarles, pero tenía los brazos alzados. Era joven, hermoso y radiante. Tenía el juego ganado, pero se le exigía el precio. Estaba congelado a la mitad del día, así como los bailarines de enfrente a la mitad de la noche. Como ellos, tendría que dejarse hacer todo, indefenso; él tampoco podría tirar al hombre de la escalera. Tal vez todo se relacionara con no poder morir.

 

¡Acompáñanos… acompáñanos… acompáñanos! Lo único que debía tener en la cabeza eran las palabras a sus pies, el estribillo de una canción. Eso cantaban los jóvenes cuando se iban de vacaciones, eso cantaban cuando el aire les agitaba el cabello. Eso seguían cantando aunque el tren se detuviera en el camino, eso cantaban aunque el cabello se les congelara en el aire. ¡Acompáñanos… acompáñanos… acompáñanos! Y nadie sabía cómo continuaba la canción.

 

Detrás de la frente del muchacho se inició una actividad frenética. Blancos veleros entraban sin ser vistos a la bahía invisible. El estribillo cambió: ¡No he de morir… no he de morir… no he de morir! Era como una advertencia. El no tenía idea de lo que significaba: “morir”, tal vez significase lanzar una pelota y extender los brazos; “morir” tal vez fuese sumergirse en el agua o formular una pregunta; “morir” era saltar fuera del cartel; había que morir —ahora lo entendía— había que morir para que no lo taparan.

 

Ya hacía mucho tiempo que el hombre de la escalera se había olvidado de sus palabras. Si a una mosca sobre el dorso de su mano se le hubiera ocurrido repetírselas, las hubiera negado. Las había dicho en un arrebato de amargura, de una amargura que había ido en aumento desde que se dedicaba a pegar carteles. Odiaba esos rostros tersos y jóvenes, porque él tenía la cicatriz de una quemadura en la mejilla. Además, tenía que, cuidarse para que la tos no lo tirara de la escalera. Al fin al cabo, pegar los carteles le daba para vivir. El calor se le había subido a la cabeza, nada más; tal vez había hablado entre sueños. Basta.

 

La mujer se acercó a la escalera con la niña. Tres muchachas de vestidos claros bajaron a la estación haciendo sonar los tacones. Finalmente, todas rodearon su escalera para verlo trabajar. Eso lo halagó y no le quedó más que iniciar por tercera vez una conversación acerca del calor. Todas le hicieron coro ansiosamente, como si por fin hubieran dado con la razón de sus alegrías y sus tristezas.

 

La niña se había soltado de la mano de su madre y andaba girando sobre sí misma. Quería marearse. Pero antes de marearse descubrió el cartel de enfrente.

 

El muchacho reía, suplicante. –¡Mira! –exclamó la niña y lo señaló con la mano, como si le gustaran la espuma blanca y el mar demasiado verde.
 

Él no podía moverla cabeza, no podía decir: “No, ¡eso no es!” Pero tras su frente la agitación se había vuelto insoportable: ¡Morir… morir… morir! ¿“Morir” sería cuando el mar por fin mojara? ¿“Morir” sería cuando el viento por fin soplara? ¿Qué era eso: “morir”?

 

Enfrente, la niña frunció el entrecejo. El no sabía a ciencia cierta si ella reconocía la desesperación contenida por su risa o si sólo quería jugar a hacer gestos. Pero él no podía fruncir el entrecejo, ni para darle gusto a la niña. “Morir—pensó—, ¡morir para ya no tener que reír!” ¿“Morir” sería cuando uno pudiera fruncir el entrecejo? ¿Sería eso “morir”?, se preguntó sin palabras.

La niña estiró un poco el pie, como queriendo bailar. Echó una mirada atrás. Los adultos estaban sumidos en su conversación y no reparaban en ella. Hablaban todos al mismo tiempo para ofrecer resistencia al silencio de la estación. La niña se acercó a la orilla del andén, contempló las vías y les sonrió sin medir la profundidad.

 

Estiró el pie un poco sobre el vacío y lo escogió otra vez. Entonces volvió a sonreírle al muchacho, para facilitarle el juego.

 

“¿Qué quieres decirme?”, preguntó a su vez la risa de él. La niña levantó un poco el delantal. Quería bailar con él. Pero ¿cómo iba a bailar si no sabía morir, cuando siempre tenía que permanecer así, joven y bello, con los brazos alzados, semidesnudo entre la espuma blanca? ¿Cómo, si no podía lanzarse al mar para nadar bajo el agua hasta la otra arena amarilla, si la palabra “juventud” pendía siempre sobre su cabeza, como una espada que no quería caer? ¿Cómo iba a bailar con la niña si estaba prohibido cruzar las vías?

 

De lejos se escuchaba el acercamiento del siguiente convoy. Más bien no se escuchaba. Era sólo como si se hubiera intensificado el silencio, como si la luz, en su punto más claro, se hubiera transformado en una bandada de pájaros oscuros que se acercaban impetuosos.

 

La niña sujetó el dobladillo del vestido con ambas manos. —Así… —cantó— y así… —y saltó como un pájaro sobre la orilla del andén. Pero el muchacho no se movió. La niña sonrió impaciente. De nuevo estiró un pie sobre el borde, el uno… el otro… el uno… el otro… pero el muchacho no sabía bailar.

 

—¡Ven! —exclamó la niña. Nadie la escuchó —¡Así! —y sonrió otra vez. El convoy doblaba la curva a toda velocidad. Junto a la escalera, la mujer se percató de su mano libre. El vacío de la mano la conminó a voltear. Trató de sujetar el dobladillo de un vestidito, y era como tratar de sujetar el cielo. —¡Así! —exclamó la niña, enfadada, y saltó a las vías antes de que el tren ocultara el retrato del muchacho. Nadie pudo detenerla. Quería bailar.

 

En ese instante el mar empezó a humedecer los pies de él. Una prodigiosa frescura invadió todo su cuerpo. Los guijarros puntiagudos le lastimaron las plantas de los pies. El dolor le cubrió las mejillas con una sensación de éxtasis. Al mismo tiempo se dio cuenta del cansancio de sus brazos, los estiró y bajó. Los pensamientos que le llenaron la mente lo hicieron fruncir el entrecejo y cerrar la boca. El viento empezó a soplar y le llenó los ojos de arena y de agua. El color verde del mar se intensificó y se hizo opaco. La siguiente ráfaga de aire borró la palabra JUVENTUD del cielo azul, desvaneciéndola como humo. El muchacho levantó la mirada, pero no vio que el hombre saltaba de la escalera, como si alguien lo hubiera empujado. Se llevó las manos a las orejas para escuchar mejor, pero no oía los gritos de las personas ni la sirena estridente de la ambulancia. El mar empezaba a subir.

 

“Me estoy muriendo —pensó el muchacho—, ¡puedo morir!” Respiró profundamente, por primera vez. Un puñado de arena cayó sobre su cabeza y le tiñó el pelo de blanco. Estiró y encogió los dedos y trató de dar un paso hacia adelante, tal como la niña se lo había enseñado. Volvió la cabeza y reflexionó sobre si debía ir por su ropa. Cerró los ojos, los abrió otra vez y se topó con el letrero de enfrente: ¡PROHIBIDO PISAR LAS VÍAS! De golpe lo asaltó el temor de que fueran a congelarlo otra vez, con su risa de dientes níveos y el resplandeciente destello blanco en cada ojo; que fueran a sacudirle otra vez la arena del pelo y a arrancarle el aliento de la boca; que otra vez fueran a hacer del mar una engañosa franja debajo de sus pies, incapaz de ahogar a nadie, y de la tierra una mancha clara a sus espaldas, en la que nadie podía apoyar los pies. No, no iría por su ropa, ¿no era cierto que el mar tenía que convertirse en mar, para que la tierra pudiera ser tierra? ¿Cómo había dicho la niña? ¡Así! Trató de saltar. Empujó contra el muro para desprenderse de él, rebotó y volvió a tomar impulso. Justamente cuando se hubo convencido de que nunca lo lograría, una ráfaga de viento sopló desde el puente. El mar se desbordó sobre las vías y arrastró al muchacho, que saltó y jaló la costa.

 

—Me muero —gritó—, ¡me muero! ¿Quién quiere bailar conmigo?
 

Nadie hizo caso de que uno de los carteles estaba mal pegado; nadie se dio cuenta cuando se soltó, cayó a las vías y fue destrozado por el tren que entraba en sentido inverso al anterior. Al cabo de media hora la estación quedó vacía y silenciosa otra vez. Enfrente y un poco hacia un lado había una mancha clara de arena entre las vías, como si el aire la hubiera traído desde el mar. El hombre de la escalera había desaparecido. No se veía a nadie.

 

La culpa de la desgracia la tenía el metro, que a esas horas pasaba tan de vez en cuando que parecía confundir el mediodía con la medianoche. Hacía perder la paciencia a los niños. Entonces la tarde descendió sobre la estación como una sombra ligera.

Gert Ledig fue un escritor alemán nacido el 4 de noviembre de 1921en Leipzig, hace ahora cien años.

Tras concluir su educación elemental, so formó como electricista mientras estudiaba artes escénicas, pero en 1939 se alistó voluntario en el ejército alemán, participando en varios frentes durante la Segunda Guerra Mundial, siendo ascendido a suboficial durante la campaña francesa y castigado por comportamiento indebido en el frente oriental, lo que le supuso ser enviado a Leningrado, donde fue herido. Al finalizar la guerra entró en el Partido Comunista de Alemania, pero su vida personal y laboral fue una verdadera odisea y sus intentos de crear una empresa propia fueron todo fracasos, finalmente trabajó dos años como traductor para el ejército norteamericano de ocupación y, al concluir ese periodo, se dedicó a la escritura. Su primera novela, El órgano de Stalin, tuvo una buena acogida por el público. Rechazó formar parte del Grupo Cuarenta y siete a causa de su inseguridad como escritor asegurando que no se merecía estar sentado al lado de escritores como Ilse Aichinger. Su segunda novela, Represalia, llamó la atención del poeta Günter Eich, quien decidió apoyarle. Pero la crudeza de su literatura no era del agrado de aquellas personas que se acomodaron en el olvido y la conciliación, por lo que Ledig decidió dejar la escritura y en 1963 se puso al frente de su despacho de ingeniería. Ledig fallecería el 1 de junio de 1999 en Landsberg am Lech, Alemania.

 

REPRESALIA

(Fragmento del inicio)

Gert Ledig

 

                                                                         13.01, hora de Centroeuropa

 

  Dejad que los niños se acerquen a mí.

 

Cuando explotó la primera bomba, la onda expansiva arro­jó a los niños muertos contra el muro. Se habían asfixiado el día anterior en un sótano. Habían depositado sus cuerpos en el cemen­terio porque sus padres combatían en el frente y había que bus­car primero a las madres. Solo hallaron a una, pero yacía aplastada bajo los escombros. Así era la represalia.

 

  La bomba, al explotar, lanzó un zapatito por los aires. Pero eso carecía de importancia. Ya estaba destrozado. Cuando la tie­rra proyectada hacia arriba volvió a caer con un repiqueteo, las sirenas empezaron a aullar. Daba la impresión de que se había desatado un huracán. Cien mil personas notaron como latían sus corazones. La ciudad llevaba tres días ardiendo y desde entonces las sirenas aullaban siempre demasiado tarde. Parecía hecho adre­de, porque entre la destrucción provocada por los bombardeos se necesitaba tiempo para vivir.

 

  Así comenzó todo.

 

  Al otro lado del muro del cementerio dos mujeres soltaron el cochecito y cruzaron corriendo la calle. Pensaban que el muro del cementerio era seguro, pero se equivocaban.

 

  De repente, los motores atronaron el aire. Una lluvia de bengalas de magnesio se clavó, siseando, en el asfalto. Al instan­te siguiente estallaron. Las llamas crepitaban en lo que momen­tos antes era asfalto. La onda expansiva volcó el cochecito. La barra salió proyectada hacia el cielo y un bebé cayó rodando de una manta. La madre, situada junto al muro, no gritó. No le dio tiem­po. Aquello no era un parque infantil.

 

  Junto a la madre chillaba una mujer que ardía como una tea. La madre la miró sin saber qué hacer antes de ser ella misma pasto de las llamas, que empezaron por los pies y subieron por las pan­torrillas hasta el vientre. Se dio cuenta justo antes de encogerse. Una bomba explotó a lo largo de la tapia del cementerio, y en ese ins­tante ardió también la calle. Y el asfalto, y las piedras, y el aire.

 

  Eso sucedió junto al cementerio.

 

  En el interior era diferente. Dos días antes las bombas habían desenterrado los cuerpos. El día anterior los habían ente­rrado. Lo que fuera a suceder ese día aun estaba por ver. Hasta los soldados que se pudrían en sus tumbas lo ignoraban. Y ellos hu­bieran debido saberlo. Sobre sus cruces se leía: «No habéis caído en vano.»

 

  A lo mejor hoy quedaban reducidos a cenizas...

Pavol Országh Hviezdoslav fue un poeta, dramaturgo y traductor eslovaco que murió el 8 de noviembre de 1921, por lo que se cumplen ahora cien años de ello.

 

Nacido como Pavel Országh en Vysny Kubín, Reino de Hungría, en el antiguo Imperio Austrohúngaro, se convirtió en un patriota nacionalista eslovaco y escribió sus poemas en su lengua natal hasta la década de 1860. De origen noble, estudió en Miskolc (Késmárk), Budapest y Preslov (Esperjes). En 1875 utilizó el seudónimo de Hviezdoslav, un nombre eslavo que significa “esclavo de las estrellas”. Desde 1871 participó en el Almanaque Napred, que marcó el comienzo de una nueva generación literaria en Eslovenia, lo que le causó algunos problemas a causa de sus poemas radicales, por lo que fue ignorado en la vida literaria del país sin poder publicar su obra hasta la década de 1880, debiéndose dedicar durante este tiempo a sus estudios de Derecho, aunque nunca abandonó la creación literaria. Ejerció como abogado entre 1875 y 1899 en Námesztó y después en Dolny Kubín. Entre 1918 y 1920 participó en la Asamblea Nacional Revolucionaria. En 1919 fue elegido líder de la Matica, el instituto cultural eslovaco.

 

Su obra literaria siempre estuvo relacionada con la poesía y sus pensamientos nacionalistas. Introdujo el verso silábico en la poesía eslovaca y se convirtió en el principal representante del realismo literario de su país. Su estilo se caracteriza por el uso extensivo de palabras y expresiones propias, lo que dificulta la traducción de sus obras a otros idiomas. Su obra, que podemos clasificar en poesía reflexiva, composiciones épicas, poesía bíblica y dramas, está constituida por doce volúmenes de poesía original y tres volúmenes de traducciones de autores clásicos.

Fiodor Dostoievski fue un escritor ruso nacido el 11 de noviembre de 1821 en Moscú, hace ahora doscientos años.

 

Como su padre era médico, Fiodor y su familia vivían cerca del hospital, en un barrio de las más marginales de la ciudad, lo que marcaría al futuro novelista, estimulando su compasión por los pobres y oprimidos de su país. A los diecisiete años perdió a su madre, a causa de enfermedad, y a su padre, asesinado, por lo que Dostoievski fue enviado a un internado en San Petersburgo. Tras graduarse en la universidad como ingeniero militar, recibió una comisión con el grado de teniente, permaneciendo en el ejército durante tres años. Como sus ingresos resultaban escasos y, además, era aficionado al juego, decidió perfeccionar sus habilidades de escritura con la esperanza de mejorar sus finanzas. En 1846 se publicó su primera novela, Pobres gentes, que fue muy bien recibida tanto por el público como por la crítica. Sin embargo, su segunda historia, El doble (1846), no fue demasiado bien. En 1849, Dostoievski fue condenado a ser ejecutado ante un pelotón de fusilamiento por actividades contra el gobierno zarista, pero la sentencia fue conmutada en el último minuto por un periodo de cuatro años en un campo de trabajos penitenciarios, una experiencia que cambiaría sus creencias políticas y religiosas, pues ahora experimentaba en sí mismo las crueldades que el hombre es capaz de infligir a sus semejantes. Como resultado, sus ideas se volvieron más conservadoras. Ya libre, volvió a caer en el vicio del juego y a ser acosado de nuevo por los acreedores, así que regresó, esta vez con furia, a la escritura como remedio a sus problemas, publicando. Como resultado fueron las sucesivas novelas editadas que lo alzaron otra vez a los puestos más altos de la literatura rusa: Humillados y ofendidos (1861), Recuerdos de la casa de los muertos (1861 – 62), Memorias del subsuelo (1864) y una de sus mejores obras, Crimen y castigo (1866). Dostoievski se había casado con la viuda María Isaev en 1857, pero ella murió siete años más tarde, lo que le hundió en una gran depresión. Pero, en 1867, volvió a casarse con una joven taquígrafa, Anna Grigorevna, veinticuatro años más joven que el autor y quien estabilizó la vida de Fiodor y con quien tendría tres hijos. Ese mismo año escribió El jugador como resultado de un profundo análisis sobre su propio problema. Dostoievski ya era famoso y novela que publicaba, novela que se vendía con éxito, así fueron apareciendo: El idiota (1868 – 69), El eterno marido (1870), Los demonios 1871 – 72), El adolescente (1875) y su gran obra: Los hermanos Karamazov (1879 – 1880). Su salud estaba ya bastante debilitada a causa de los ataques epilépticos, y el 9 de febrero de 1881, Dostoievski falleció en San Petersburgo.

 

En la obra de Fiodor Dostoievski nos enfrentamos a una profunda exploración de la naturaleza humana y de la experiencia religiosa, bajo una visión ambivalente que raya un pesimismo cínico cargada con los demonios de la debilidad humana. Sin embargo, sus novelas están estructuradas, tanto en sus caracterizaciones como en sus argumentos creando una textura poética sobre los valores que resultan verdaderos convincentemente. Para Dostoievski la vida y el arte tienen sentido, pero eso conlleva muchos peligros que necesariamente debemos llegar a comprender.

 

UN ÁRBOL DE NAVIDAD Y UNA BODA

Fiodor Dostoyevski

 

Hace un par de días asistí yo a una boda… Pero no… Antes he de contarles algo relativo a una fiesta de Navidad. Una boda es, ya de por sí, cosa hermosa, y aquella de marras me gustó mucho… Pero el otro acontecimiento me impresionó más todavía. Al asistir a aquella boda, hube de acordarme de la fiesta de Navidad. Pero voy a contarles lo que allí sucedió.

 

Hará unos cinco años, cierto día entre Navidad y Año Nuevo, recibí una invitación para un baile infantil que había de celebrarse en casa de una respetable familia amiga mía. El dueño de la casa era un personaje influyente que estaba muy bien relacionado; tenía un gran círculo de amistades, desempeñaba un gran papel en sociedad y solía urdir todos los enredos posibles; de suerte que podía suponerse, desde luego, que aquel baile de niños sólo era un pretexto para que las personas mayores, especialmente los señores papás, pudieran reunirse de un modo completamente inocente en mayor número que de costumbre y aprovechar aquella ocasión para hablar, como casualmente, de toda clase de acontecimientos y cosas notables. Pero como a mí las referidas cosas y acontecimientos no me interesaban lo más mínimo, y como entre los presentes apenas si tenía algún conocido, me pasé toda la velada entre la gente, sin que nadie me molestara, abandonado por completo a mí mismo.

 

Otro tanto hubo de sucederle a otro caballero, que, según me pareció, no se distinguía ni por su posición social, ni por su apellido, y, a semejanza mía, sólo por pura casualidad se encontraba en aquel baile infantil… Inmediatamente hubo de llamarme la atención. Su aspecto exterior impresionaba bien: era de gran estatura, delgado, sumamente serio e iba muy bien vestido. Se advertía de inmediato que no era amigo de distracciones ni de pláticas frívolas. Al instalarse en un rinconcito tranquilo, su semblante, cuyas negras cejas se fruncieron, asumió una expresión dura, casi sombría. Saltaba a la vista que, quitando al dueño de la casa, no conocía a ninguno de los presentes. Y tampoco era difícil adivinar que aquella fiestecita lo aburría hasta la náusea, aunque, a pesar de ello, mostró hasta el final el aspecto de un hombre feliz que pasa agradablemente el tiempo. Después supe que procedía de la provincia y sólo por una temporada había venido a Petersburgo, donde debía de fallarse al día siguiente un pleito, enrevesado, del que dependía todo su porvenir. Se le había presentado con una carta de recomendación a nuestro amigo el dueño de la casa, por lo que aquél cortésmente lo había invitado a la velada, pero, según parecía, no contaba lo más mínimo con que el dueño de la casa se tomase por él la más ligera molestia. Y como allí no se jugaba a las cartas y nadie le ofrecía un cigarro ni se dignaba dirigirle la palabra -probablemente conocían ya de lejos al pájaro por la pluma-, se vio obligado nuestro hombre, para dar algún entretenimiento a sus manos, a estar toda la noche mesándose las patillas. Tenía, verdaderamente, unas patillas muy hermosas; pero, así y todo, se las acariciaba demasiado, dando a entender que primero habían sido creadas aquellas patillas, y luego le habían añadido el hombre, con el solo objeto de que les prodigase sus caricias.

 

Además de aquel caballero que no se preocupaba lo más mínimo por aquella fiesta de los cinco chicos pequeñines y regordetes del anfitrión, hubo de chocarme también otro individuo. Pero éste mostraba un porte totalmente distinto: ¡era todo un personaje!

 

Se llamaba Yulián Mastakóvich. A la primera mirada se comprendía que era un huésped de honor y se hallaba, respecto al dueño de la casa, en la misma relación, aproximadamente, en que respecto a éste se encontraba el forastero desconocido. El dueño de la casa y su señora se desvivían por decirle palabras lisonjeras, le hacían lo que se dice la corte, lo presentaban a todos sus invitados, pero sin presentárselo a ninguno. Según pude observar, el dueño de la casa mostró en sus ojos el brillo de una lagrimita de emoción cuando Yulián Mastakóvich, elogiando la fiesta, le aseguró que rara vez había pasado un rato tan agradable. Yo, por lo general, suelo sentir un malestar extraño en presencia de hombres tan importantes; así que, luego de recrear suficientemente mis ojos en la contemplación de los niños, me retiré a un pequeño boudoir, en el que, por casualidad, no había nadie, y allí me instalé en el florido parterre de la dueña de la casa, que cogía casi todo el aposento.

 

Los niños eran todos increíblemente simpáticos e ingenuos y verdaderamente infantiles, y en modo alguno pretendían dárselas de mayores, pese a todas las exhortaciones de ayas y madres. Habían literalmente saqueado todo el árbol de Navidad hasta la última rama, y también tuvieron tiempo de romper la mitad de los juguetes, aun antes de haber puesto en claro para quién estaba destinado cada uno. Un chiquillo de aquellos, de negros ojos y rizos negros, hubo de llamarme la atención de un modo particular: estaba empeñado en dispararme un tiro, pues le había tocado una pistola de madera. Pero la que más llamaba la atención de los huéspedes era su hermanita. Tendría ésta unos once años, era delicada y pálida, con unos ojazos grandes y pensativos. Los demás niños debían de haberla ofendido por algún concepto, pues se vino al cuarto donde yo me encontraba, se sentó en un rincón y se puso a jugar con su muñeca. Los convidados se señalaban unos a otros con mucho respeto a un opulento comerciante, el padre de la niña, y no faltó quién en voz baja hiciese observar que ya tenía apartados para la dote de la pequeña sus buenos trescientos mil rublos en dinero contante y sonante. Yo, involuntariamente, dirigí la vista hacia el grupo que tan interesante conversación sostenía, y mi mirada fue a dar en Yulián Mastakóvich, que, con las manos cruzadas a la espalda y un poco  ladeada la cabeza, parecía escuchar muy atentamente el insulso diálogo. Al mismo tiempo hube de admirar no poco la sabiduría del dueño de la casa, que había sabido acreditarla en la distribución de los regalos. A la muchacha que poseía ya trescientos mil rublos le había correspondido la muñeca más bonita y más cara. Y el valor de los demás regalos iba bajando gradualmente, según la categoría de los respectivos padres de los chicos. Al último niño, un chiquillo de unos diez años, delgadito, pelirrojo y con pecas, sólo le tocó un libro que contenía historias instructivas y trataba de la grandeza del mundo natural, de las lágrimas de la emoción y demás cosas por el estilo; un árido libraco, sin una estampa ni un adorno.

 

Era el hijo de una pobre viuda, que les daba clase a los niños del anfitrión, y a la que llamaban, por abreviar, el aya. Era el tal chico un niño tímido, pusilánime. Vestía una blusilla rusa de nanquín barato. Después de recoger su libro, anduvo largo rato huroneando en torno a los juguetes de los demás niños; se le notaban unas ganas terribles de jugar con ellos; pero no se atrevía; era claro que ya comprendía muy bien su posición social. Yo contemplaba complacido los juguetes de los niños. Me resultaba de un interés extraordinario la independencia con que se manifestaban en la vida. Me chocaba que aquel pobre chico de que hablé se sintiera tan atraído por los valiosos juguetes de los otros nenes, sobre todo por un teatrillo de marionetas en el que seguramente habría deseado desempeñar algún papel, hasta el extremo de decidirse a una lisonja. Se sonrió y trató de hacerse simpático a los demás: le dio su manzana a una nena mofletuda, que ya tenía todo un bolso de golosinas, y llegó hasta el punto de decidirse a llevar a uno de los chicos a cuestas, todo con tal de que no lo excluyesen del teatro. Pero en el mismo instante surgió un adulto, que en cierto modo hacía allí de inspector, y lo echó a empujones y codazos. El chico no se atrevió a llorar. En seguida apareció también el aya, su madre, y le dijo que no molestase a los demás. Entonces se vino el chico al cuarto donde estaba la nena. Ella lo recibió con cariño, y ambos se pusieron, con mucha aplicación, a vestir a la muñeca.

 

Yo llevaba ya sentado media horita en el parterre, y casi me había adormilado, arrullado inconscientemente por el parloteo infantil del chico pelirrojo y la futura belleza con dote de trescientos mil rublos, cuando de repente hizo irrupción en la estancia Yulián Mastakóvich. Aprovechó la ocasión de haberse suscitado una gran disputa entre los niños del salón para desaparecer de allí sin ser notado. Hacía unos minutos nada más lo había visto yo al lado del opulento comerciante, padre de la pequeña, en vivo coloquio, y, por alguna que otra palabra suelta que cogiera al vuelo, adiviné que estaba ensalzando las ventajas de un empleo con relación a otro. Ahora estaba pensativo, en pie, junto al parterre, sin verme a mí, y parecía meditar algo.

 

“Trescientos…, trescientos… -murmuraba-. Once…. doce…, trece…, dieciséis… ¡Cinco años! Supongamos al cuatro por ciento… Doce por cinco… Sesenta. Bueno; pongamos, en total, al cabo de cinco años… Cuatrocientos. Eso es… Pero él no se ha de contentar con el cuatro por ciento, el muy perro. Lo menos querrá un ocho y hasta un diez. ¡Bah! Pongamos… quinientos mil… ¡Hum! Medio millón de rublos. Esto es ya mejor… Bueno…; y luego, encima, los impuestos… ¡Hum!”

 

Su resolución era firme. Se escombró, y se disponía ya a salir de la habitación, cuando, de pronto, hubo de reparar en la pequeña. que estaba con su muñeca en un rincón, junto al niñito pobre, y se quedó parado. A mí no me vio, escondido, como estaba, detrás del denso follaje. Según me pareció, estaba muy excitado. Difícil sería, no obstante, precisar si su emoción era debida a la cuenta que acababa de echar o a alguna otra causa, pues se frotó sonriendo las manos, y parecía como si no pudiese estarse quieto. Su excitación fue creciendo hasta un extremo incomprensible al dirigir una segunda y resuelta mirada a la rica heredera. Quiso avanzar un paso, pero volvió a detenerse y miró con mucho cuidado en torno suyo. Luego se aproximó de puntillas, como consciente de una culpa, lentamente y sin hacer ruido, a la pequeña. Como ésta se hallaba detrás del chico, se inclinó el hombre y le dio un beso en su cabecita. La pequeña lanzó un grito, asustada, pues no había advertido hasta entonces su presencia.

 

-¿Qué haces aquí, hija mía? -le preguntó por lo bajo, miró en torno suyo y le dio luego una palmadita en las mejillas.

 

-Estamos jugando…

 

-¡Ah! ¿Con éste? -y Yulián Mastakóvich lanzó una mirada al pequeño-. Mira, niño, mejor estarías en la sala -le dijo.

 

El chico no replicó y se le quedó mirando fijo. Yulián Mastakóvich volvió a echar una rápida ojeada en torno suyo y de nuevo se inclinó hacia la pequeña.

 

-¿Qué es esto, niña? ¿Una muñeca? -le preguntó.

 

-Sí, una muñequita… -repuso la nena algo forzada y frunció levemente el ceño.

 

-Una muñeca… Pero ¿sabes tú, hija mía, de qué se hacen las muñecas?

 

-No… -respondió la niña en un murmullo y volvió a bajar la cabeza.

 

-Bueno, pues mira, las hacen de trapos viejos, corazón. Pero tú estarías mejor en la sala, con los demás niños -y Yulián Mastakóvich, al decir esto, dirigió una severa mirada al pequeño. Pero éste y la niña fruncieron la frente y se apretaron más el uno contra el otro. Por lo visto, no querían separarse.

 

-¿Y sabes tú también para qué te han regalado esta muñeca? -tornó a preguntar Yulián Mastakóvich, que cada vez ponía en su voz más mimo.

 

-No.

 

-Pues para que seas buena y cariñosa.

 

Al decir esto, tornó Yulián Mastakóvich a mirar hacia la puerta, y luego le preguntó a la niña con voz apenas perceptible, trémula de emoción e impaciencia:

 

-Pero ¿me querrás tú también a mí si les hago una visita a tus padres? Al hablar así, intentó Yulián Mastakóvich darle otro beso a la pequeña, pero al ver el niño que su amiguita estaba ya a punto de romper en llanto, se apretujó contra su cuerpecito, lleno de súbita congoja y, por pura compasión y cariño, rompió a llorar alto con ella. Yulián Mastakóvich se puso furioso.

 

-¡Largo de aquí! ¡Largo de aquí -le dijo con muy mal genio al chico-. ¡Vete a la sala! ¡Anda a reunirte con los demás niños!

 

-¡No, no, no! ¡No quiero que se vaya! ¿Por qué tiene que irse? ¡Usted es quien debe irse! -clamó la nena-. ¡Él se quedará aquí! ¡Déjele usted estar! -añadió casi llorando.

 

En aquel instante sonaron voces altas junto a la puerta y Yulián Mastakóvich irguió el busto imponente. Pero el niño se asustó todavía más que Yulián Mastakóvich; soltó a la amiguita y se escurrió, sin ser visto, a lo largo de las paredes, en el comedor. También al comedor se trasladó Yulián Mastakóvich, cual si nada hubiera pasado. Tenía el rostro como la grana y, como al pasar ante un espejo, se mirase en él, pareció asombrarse él mismo de su aspecto. Quizá lo contrariase haberse excitado tanto y hablado de manera tan destemplada. Por lo visto, sus cálculos lo habían absorbido y entusiasmado de tal modo que, a pesar de toda su dignidad y astucia, procedió como un verdadero chiquillo, y en seguida, sin pararse a reflexionar, empezaba a atacar su objetivo. Yo lo seguí al otro cuarto…, y en verdad que fue un raro espectáculo el que allí presencié. Pues vi nada menos que a Yulián Mastakóvich, el digno y respetable Yulián Mastakóvich, hostigar al pequeño, que cada vez retrocedía más ante él y, de puro asustado, no sabía ya dónde meterse.

 

-¡Vamos, largo de aquí! ¿Qué haces aquí, holgazán? ¡Anda, vete! Has venido aquí a robar fruta, ¿verdad? Habrás robado alguna, ¿eh? ¡Pues lárgate enseguidita, que ya verás, si no, cómo te arreglo yo a ti!

 

El muchacho, azorado, se resolvió, finalmente, a adoptar un medio desesperado de salvación: se metió debajo de la mesa. Pero al ver aquello se puso todavía más furioso su perseguidor. Lleno de ira, tiró del largo mantel de batista que cubría la mesa, con objeto de sacar de allí al chico. Pero éste se estuvo quietecito, muertecito de miedo, y no se movió. Debo hacer notar que Yulián Mastakóvich era algo corpulento. Era lo que se dice un tipo gordo, con los mofletes colorados, una ligera tripa, rechoncho y con las pantorrillas gordas…; en una palabra: un tipo forzudo, que todo lo tenía redondito como la nuez. Gotas de sudor le corrían ya por la frente; respiraba jadeando y casi con estertor. La sangre, de estar agachado, se le subía, roja y caliente, a la cabeza. Estaba rabioso, de puro grande que eran su enojo o, ¿quién sabe?, sus celos. Yo me eché a reír alto. Yulián Mastakóvich se volvió como un relámpago hacia mí y, no obstante su alta posición social, su influencia y sus años, se quedó enteramente confuso. En aquel instante entró por la puerta frontera el dueño de la casa. El chico se salió de debajo de la mesa y se sacudió el polvo de las rodillas y los codos. Yulián Mastakóvich recobró la serenidad, se llevó rápidamente el mantel, que aún tenía cogido de un pico, a la nariz, y se sonó.

 

El dueño de la casa nos miró a los tres sorprendido, pero, a fuer de hombre listo que toma la vida en serio, supo aprovechar la ocasión de poder hablar a solas con su huésped.

 

-¡Ah! Mire usted: éste es el muchacho en cuyo favor tuve la honra de interesarle… -empezó, señalando al pequeño.

 

-¡Ah! -replicó Yulián Mastakóvich, que seguía sin ponerse a la altura de la situación.

 

-Es el hijo del aya de mis hijos -continuó explicando el dueño de la casa, y en tono comprometedor-, una pobre mujer. Es viuda de un honorable funcionario. ¿No habría medio, Yulián Mastakóvich…?

 

-¡Ah! Lo había olvidado. ¡No, no! -lo interrumpió éste presuroso-. No me lo tome usted a mal, mi querido Filipp Aleksiéyevich; pero es de todo punto imposible. Me he informado bien; no hay, actualmente, ninguna vacante, y aun cuando la hubiese, siempre tendría éste por delante diez candidatos con mayor derecho… Lo siento mucho, créame; pero…

 

-¡Lástima! -dijo pensativo el dueño de la casa-. Es un chico muy juicioso y modesto…

 

-Pues a mí, por lo que he podido ver, me parece un tunante -observó Yulián Mastakóvich con forzada sonrisa-. ¡Anda! ¿Qué haces aquí? ¡Vete con tus compañeros! -le dijo al muchacho, encarándose con él.

 

Luego no pudo, por lo visto, resistir la tentación de lanzarme a mí también una mirada terrible. Pero yo, lejos de intimidarme, me reí claramente en su cara. Yulián Mastakóvich la volvió inmediatamente a otro lado y le preguntó de un modo muy perceptible al dueño de la casa quién era aquel joven tan raro. Ambos se pusieron a cuchichear y salieron del aposento. Yo pude ver aún, por el resquicio de la puerta, cómo Yulián Mastakóvich, que escuchaba con mucha atención al dueño de la casa, movía la cabeza admirado y receloso.

 

Después de haberme reído lo bastante, yo también me trasladé al salón. Allí estaba ahora el personaje influyente, rodeado de padres y madres de familia y de los dueños de la casa, y hablaba en tono muy animado con una señora que acababan de presentarle. La señora tenía cogida de la mano a la pequeña que Yulián Mastakóvich besara hacía diez minutos. Ponderaba el hombre a. la niña, poniéndola en el séptimo cielo: ensalzaba su hermosura, su gracia, su buena educación, y la madre lo oía casi con lágrimas en los ojos. Los labios del padre sonreían. El dueño de la casa participaba con visible complacencia en el júbilo general. Los demás invitados también daban muestras de grata emoción, e incluso habían interrumpido los juegos de los niños para que éstos no molestasen con su algarabía. Todo el aire estaba lleno de exaltación. Luego pude oír yo cómo la madre de la niña, profundamente conmovida, con rebuscadas frases de cortesía, rogaba a Yulián Mastakóvich que le hiciese el honor especial de visitar su casa, y pude oír también cómo Yulián Mastakóvich, sinceramente encantado, prometía corresponder sin falta a la amable invitación, y cómo los circunstantes, al dispersarse por todos lados, según lo pedía el uso social, se deshacían en conmovidos elogios, poniendo por las nubes al comerciante, su mujer y su nena, pero sobre todo a Yulián Mastakóvich.

 

-¿Es casado ese señor? -pregunté yo alto a un amigo mío, que estaba al lado de Yulián Mastakóvich.

 

Yulián Mastakóvich me lanzó una mirada colérica, que reflejaba exactamente sus sentimientos.

 

-No -me respondió mi amigo, visiblemente contrariado por mi intempestiva pregunta, que yo, con toda intención, le hiciera en voz alta.

 

***

Hace un par de días hube de pasar por delante de la iglesia de ***. La muchedumbre que se apiñaba en el balcón, y sus ricos atavíos, hubieron de llamarme la atención. La gente hablaba de una boda. Era un nublado día de otoño, y empezaba a helar. Yo entré en la iglesia, confundido entre el gentío, y miré a ver quién fuese el novio. Era un tío bajo y rechoncho, con tripa y muchas condecoraciones en el pecho. Andaba muy ocupado, de acá para allá, dando órdenes, y parecía muy excitado. Por último, se produjo en la puerta un gran revuelo; acababa de llegar la novia. Yo me abrí paso entre la multitud y pude ver una beldad maravillosa, para la que apenas despuntara aún la primera primavera. Pero estaba pálida y triste. Sus ojos miraban distraídos. Hasta me pareció que las lágrimas vertidas habían ribeteado aquellos ojos. La severa hermosura de sus facciones prestaba a toda su figura cierta dignidad y solemnidad altivas. Y, no obstante, a través de esa seriedad y dignidad y de esa melancolía, resplandecía el alma inocente, inmaculada, de la infancia, y se delataba en ella algo indeciblemente inexperto, inconsciente, infantil, que, según parecía, sin decir palabra, tácitamente, imploraba piedad.

 

Se decía entre la gente que la novia apenas si tendría dieciséis años. Yo miré con más atención al novio, y de pronto reconocí al propio Yulián Mastakóvich, al que hacía cinco años que no volviera a ver. Y miré también a la novia. ¡Santo Dios! Me abrí paso entre el gentío en dirección a la salida, con el deseo de verme cuanto antes lejos de allí. Entre la gente se decía que la novia era rica en dinero contante y sonante y que poseía medio millón de rublos, más una renta por valor de tanto y cuanto…

 

“¡Le salió bien la cuenta”, pensé yo, y me salí a la calle.

Lars Gyllensten fue un intelectual, profesor, poeta y novelista sueco nacido el 12 de noviembre de 1921 Estocolmo.

Estudió medicina en el Instituto Karolinska en 1953, donde más tarde trabajaría como profesor de histología. En 1966 sería elegido miembro de la Academia Sueca, la organización encargada de otorgar el Premio Nobel de Literatura, de cuyo comité, formaría parte desde 1977, siendo nombrado secretario permanente de la Academia. Sin embargo, en 1989, renunció a ser miembro activo al no permitirle la Academia protestar contra la llamada del ayatolá Khomeini a la muerte del escritor Salman Rushdie por el contenido de sus Versos satánicos. El tema recurrente de Gyllensten en sus trabajos es la naturaleza de la percepción de la verdad por parte del ser humano, que él considera subjetiva y relativa, por lo que concluye que es necesario enfrentarse a la vida con un escepticismo absoluto y basarse en experiencia y en el conocimiento. De todas las obras de Gyllensten destacan: Libro para niños (1952) y su secuela Senilia (1956), la novela histórica La muerte de Sócrates (1960); en relación con lo religioso y lo espiritual: Lotus en el Hades (1966), Diario espiritual (1968) o La cueva en el desierto (1973); una exploración ideológica de la realidad social encontramos en: Una mujer moderna (1949) o El testamento de Caín (1967). Gyllensten murió en Solna el 25 de mayo de 2006.

Alfonso X el Sabio fue un rey de Castilla, intelectual y escritor nacido el 23 de noviembre de 1221 en Toledo.

Alfonso era el mayor de catorce hermanos, por lo tanto, el heredero de un Reino de Castilla y León que su abuelo, Alfonso VIII, vencedor de la decisiva batalla de las Navas de Tolosa (1212), y posteriormente su padre, Fernando III, quien conquistó las importantes ciudades de Córdoba (1236), Jaén (1246) y Sevilla (1248), convirtieron en el más pujante de la Península Ibérica. El príncipe Alfonso pasó su infancia en Galicia a cargo de unos tutores, recibiendo una educación del más alto nivel y un severo entrenamiento militar. Hasta los treinta y un años estuvo bajo la sombra de su padre, sin embargo, no le faltaron ocasiones para demostrar su valía como militar (asedio de Sevilla) y como político (negociación el sometimiento a tributario al reino musulmán de Murcia). Casado con Violante de Aragón (1242), tuvo con ella cinco hijos (entre ellos el futuro rey Sancho IV de Castilla  y cinco hijas), sin contar los ilegítimos entre las que se encuentra Beatriz, quien llegaría a ser reina de Portugal. Desde su coronación en 1252, Alfonso tuvo la ambición de convertirse en emperador de toda España (que en aquellos tiempos era un concepto geográfico, no político ni cultural, que se correspondía con la totalidad de la Península Ibérica), además de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, que le correspondía por parte de su madre, Beatriz de Suabia, para lo que gastó enormes sumas del tesoro de la Corona que le supondría un desastre económico para el reino, pues no consiguió ninguna de las dos aspiraciones. A lo largo de su reinado fue acosado por diversas revueltas: el levantamiento musulmán de 1252, el levantamiento de la nobleza de 1254, la invasión marroquí en ayuda de Granada y Murcia de 1264. En todas estas salió victorioso, anexionando el reino de Murcia a Castilla y reduciendo el reino de Granada al reducto que más tarde conquistarían los Reyes Católicos. En 1275 llegó una nueva invasión desde el norte de África, donde su hijo mayor, Fernando, perdería la vida durante los combates, mientras su segundo hijo, Sancho, se convertía en héroe al derrotar a los invasores y en heredero a un trono conflictivo y comprometido por diversos pactos, lo que les llevaría, más tarde, a padre e hijo, a un enfrentamiento irreconciliable: Sancho se reveló contra Alfonso consiguiendo un enorme respaldo tanto dentro como fuera de Castilla. Alfonso X huyó a Sevilla, donde murió el 4 de abril de 1284.

Al contrario como monarca, como intelectual Alfonso tuvo grandes logros, pues gracias a su patrocinio, e incluso participación personal en algunas ocasiones, consiguiendo crear una gran cantidad de obras creativas en traducciones, códigos de leyes, obras de ficción, poesía, astronomía, educación, crónicas y juegos. Por ejemplo: un año antes de su coronación supervisó la publicación de Calial y Dimna, que consistía en una traducción de cuentos árabes. Las tablas astronómicas alfonsinas fueron publicadas durante la primera década de su reinado. Su compilación de derecho romano, Espéculo, apareció en 1260. Alfonso X participó directamente en las Cántigas de Santa María (1279), que aparecieron primero en gallego, la lengua propia de la poesía lírica de aquellos tiempos, es una compleja obra  que le llevó veinticinco años en su composición y donde se fusionan la poesía, la música y la danza. Aunque la obra más monumental fue su código de derecho, Las Siete Partidas, basado en el derecho romano y que iba más allá de las concepciones feudales de la monarquía al representar al monarca como el agente no solo de Dios sino también de sus súbditos. Tras su muerte, este código sería proclamado ley de toda Castilla y León y sigue influyendo en la jurisprudencia actual. Así mismo, fue responsable de la primera historia de España, que fue concluida por su hijo Sancho, en la Crónica general, y de una historia más general que comenzaba con la Creación. Y en sus libros sobre juegos destacan sus estudios sobre el ajedrez.

Alfonso X promocionó el castellano como lengua cultural y de estado gracias a todas las publicaciones en prosa que él dirigió, llevadas a cabo por su grupo de traductores con la misión de sintetizar el conocimiento procedente de diversas fuentes: clásica, hebrea, cristiana e islámica, además de su decisión de emitir sus decretos reales en castellano en lugar del latín habitual de la Europa medieval. Y aunque su faceta política y militar estuvo ensombrecida a causa de su irregularidad entre logros y fracasos, la cultural fue todo un triunfo que le proporcionaría el sobrenombre de “Sabio”.

Cantiga nº 10.

Esta é de loor de Santa María, com’ é fremosa e bôa e á gran poder

Alfonso X El Sabio

 

Rosa das rosas e Fror das frores,

Dona das donas, Sennor das sennores.

Rosa de beldad’ e de parecer

e Fror d’alegria e de prazer,

Dona en mui piadosa seer,

Sennor en toller coitas e doores.

 

 Rosa das rosas e Fror das frores,

Dona das donas, Sennor das sennores.

A tal Sennor dev’ ome muit’ amar,

que de todo mal o pode guardar;

e pode-ll’ os peccados perdôar,

que faz no mundo per maos sabores.

 

Rosa das rosas e Fror das frores,

Dona das donas, Sennor das sennores.

Devemo-la muit’ amar e servir,

ca punna de nos guardar de falir;

des i dos erros nos faz repentir,

que nos fazemos come pecadores.

 

Rosa de las rosas, flor de las flores,

dueña de las dueñas, señora de las señoras.

Rosa de beldad y de belleza,

y flor de alegría y de placer,

dueña, en muy piadosa ser;

Señora en quitar cuitas y dolores.

 

Rosa de las rosas, flor de las flores,

dueña de las dueñas, señora de las señoras.

Tal señora debe el hombre amar,

porque de todo mal puede guardarlo,

y puede perdonarle los pecados

que hace en el mundo por apetitos malos.

 

Rosa de las rosas, flor de las flores,

dueña de las dueñas, señora de las señoras.

Debemos amarla mucho y servirla,

porque pugna por guardarnos

de errar y de los yerros que, como pecadores,

cometemos hace que nos arrepintamos. 

Kim Soo-Young fue un poeta y traductor coreano nacido el 27 de noviembre de 1921 en Seúl.

 

Después de graduarse en la escuela secundaria comercial de Sunrin, Kim partió hacia Japón para estudiar en la Universidad de Comercio de Tokio. Regresó a Corea en 1943 para evitar el reclutamiento de estudiantes como soldado del ejército de japonés. Un año más tarde, se trasladó a Jilin, Manchuria, con su familia y enseñó en la escuela secundaria de aquella localidad. Fue durante ese periodo cuando comenzó a interesarse por el teatro. Tras la independencia de Corea en 1945, Kim regresó a Seúl para trabajar como intérprete y finalmente se trasladó al Departamento de Inglés de la Universidad de Yonhui en su último año, aunque finalmente rechazó este puesto. Fue reclutado por el ejército de Corea del Norte y fue hecho prisionero durante la guerra, siendo liberado en la isla de Geojedo en 1952, donde trabajó como intérprete para el 8º Ejército de los Estados Unidos. Posteriormente sería profesor de inglés en Sunrin Commercial High School y colaboraría con diferentes revistas literarias. En 1954 abandonó su trabajó para dedicarse a la escritura, la traducción y la crítica literaria. Kim se empeñó en redirigir la poesía coreana lejos del tradicionalismo y el lirismo de la década de 1950 al confrontar las preocupaciones sociales mediante el uso del lenguaje de una manera nueva. Entre las innovaciones se encuentran el uso del surrealismo, la abstracción, la prosa, le jerga y la blasfemia en los poemas de Kim. Los primeros poemas de Kim eran de estilo modernista, aunque más tarde cambió de dirección y utilizó el lenguaje cotidiano para abordar los problemas sociales. Kim falleció el 16 de junio de 1968.

 

HIERBA

Kim Soo-Young

 

La hierba está plana.

Ondeando al viento del Este

que trae la lluvia en su estela,

la hierba para establecer planos

y al final se echó a llorar.

A medida que creció el día más nublado,

se echó a llorar aún más

y todo fue completamente nuevo.

 

La hierba está plana.

Queda plana más rápido que el viento.

Llora más rápido que el viento.

Se eleva más rápido que el viento.

 

El día está nublado, la hierba está plana.

Se encuentra bajo los tobillos

como los pies.

A pesar de que quede plana,

a poco que tarde el viento

se eleva más rápidamente que el viento

y aunque llora más rápido que el viento,

se ríe más rápido que el viento.

 

El día está nublado,

las raíces de la hierba plana

están mintiendo.

France Balantič fue un poeta esloveno nacido el 29 de noviembre de 1921en Kamnik, Eslovenia.

 

Hijo de una familia de clase trabajadora y estudió lingüística eslava en la Universidad de Ljubijana, donde simpatizó con el socialismo cristiano y el sindicalismo, sin embargo, en 1941 se apartó del activismo político convencido de que la solución de la humanidad estaba en la fe religiosa. En los primeros meses de la invasión italiana de Yugoslavia, se unió al Frente de Liberación del Pueblo Esloveno, que no tardaría en abandonar al descubrir que esta organización tenía tendencias procomunistas. Al poco tiempo fue detenido por las autoridades fascistas, aunque el obispo de la diócesis de Ljubijna intercedió por él y fue liberado, enrolándose en la milicia anticomunista. Tras el armisticio formó parte de la Guardia Nacional eslovena, colaboradora de los nazis, con la que luchó contra los partisanos eslovenos. Destinado en el pueblo de Grahovo, Balantic murió en un ataque partisano a su destacamento, el 24 de noviembre de 1943, a la edad de 21 años. En su corta obra, se descubre que Balantic fue un poema intimista que escribió poemas místicos y apasionados mediante formas clásicas, especialmente los sonetos.

Centenarios:

Octubre 2021.

Los que aman profundamente nunca envejecen, pueden morir de vejez pero mueren jóvenes (Arthur Wing Pinero)

 

Pintura de István Sándorfi

Trescientos años de la muerte de Abraham Alewijn, cuatrocientos de la muerte de Antoine de Montchrestien, cien del nacimiento de Jaime Sáenz, cien del nacimiento de Tadeusz Rózewicz, cien del nacimiento de Julio Aumente y doscientos años del nacimiento de Karel Havlicek Borovsky. Estos son los centenarios literarios para este mes de octubre de 2021.

Abraham Alewijn, poeta y dramaturgo holandés fallecido el 4 de octubre de 1721, hace ahora trescientos años.

 

Fallecido en Batavia, situada en la actual Yakarta de Indonesia, capital de las Indias Orientales Holandesas, a la edad de 56 años, había nacido en Amsterdam, la capital de los Países Bajos, el 16 de octubre de 1664.

 

Estudió Derecho en las universidades de Leiden y Utrecht, doctorándose en 1685. En 1704 se casó con Sophia Beukers, domiciliándose durante un tiempo en la localidad rural de Graveland, aunque tres años más tarde marcharían a las Indias Orientales Holandesas, concretamente a Batavia, donde comenzó como comerciante, fue nombrado concejal y posteriormente trabajaría de abogado.

 

No sería hasta 1990, siendo bastante apreciado como poeta, sin embargo donde alcanzaría mayor fama sería con sus comedias, escritas en un estilo coloquial, directo y repleto de expresiones que rayaban lo grosero. Tampoco es desdeñable sus trabajos musicales como compositor.

Antoine de Montchrestien, soldado, dramaturgo y economista francés, fallecido el 7 de octubre de 1621, se cumplen en este mes cuatrocientos años.

 

Nacido en la localidad francesa de Falaise en 1575, falleció en la comuna francesa de Les Tourailles a la edad de 46 años. Hijo de un boticario, sus padres murieron cuando él era todavía un niño, quedando bajo la protección del barón de Tournebu y de Essarts como ayuda de cámara de sus hijos. En 1618 se casó con una hija de su protector, Suzanne, tras conseguir el cargo de gobernador de Châtillon-sur-Loire y el título barón. Implicado en varios duelos, tuvo que huir a Inglaterra al matar a uno de sus adversarios, aunque no tardaría en regresar gracias a la influencia del rey de Escocia, Inglaterra e Irlanda Jaime I. Tras el levantamiento de los hugonotes, Mnotchrestien se vio obligado a luchar contra su último protector, el príncipe de Condé, siendo asesinado en una posada de Les Tourailles cuando se dirigía a Normandía con la intención de sublevar más tropas. Su cuerpo fue torturado en la rueda y quemado por “lesa majestad”.

 

En 1595 publicaría su primera tragedia, Sophonisbe, basada en la vida de una aristócrata cartaginesa durante la Segunda Guerra Púnica.Escribía sus tragedias a la forma clásica: en cinco actos, en verso y con coro, en las que toda la acción, sobre todo los actos violentos e impresionantes, ocurría fuera del escenario, siendo informados de ello por medio de un mensajero. Sin embargo, su estilo detallista, sencillo y claro, se alejaba de las tradicionales grandilocuencias, la pedantería y la sintaxis complicada, aunque mantenía el gusto por las escenas de lamentos.

 

En 1915 publicó su Tratado de la Economía Política, basado en los trabajos del intelectual francés Jean Bodin, el cual supuso una nueva forma de plantear las relaciones entre la política y el resto de las actividades sociales, incluida la económica.

Jaime Sáenz, literato boliviano nacido el 8 de octubre de 1921, se cumplen ahora cien años.

 

Nació en La Paza, capital de Bolivia, donde también falleció el 16 de agosto de 1986, a la edad de 65 años. Hijo de un teniente coronel del ejército boliviano, tuvo una educación humanística y artística. Siendo todavía joven, viajó a Alemania, donde se introdujo en la obras de Hegel, Heidegger y Schopenhauer, al mismo tiempo que se familiarizaba con la música de Wagner, Bruckner y Strauss, sin olvidar las obras de literatos como: Thomas Mann, William Blake o Franz Kafka. Recibiendo una fuerte influencia del nazismo alemán y, sobre todo, de su líder, Adolf Hitler.

 

A su regreso a Bolivia en 1939, trabajó en varios ministerios y en la Embajada de los Estados Unidos. En 1943 contrajo matrimonio con su esposa Erika y cuatro años más tarde nacería su hija Jourtaine, pero ambas lo abandonaron, marchándose a Alemania, a causa de su alcoholismo, problema que le acompañó hasta la muerte.

 

En su faceta artística, Sáenz fue un hombre muy creativo y heterogéneo, tocando diversos géneros y artes, como la poesía, la novela, el periodismo, el ensayo, el teatro y la ilustración.En 1970 obtuvo la cátedra de Literatura Boliviana en  la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz. También fueron famosos sus Talleres Krupp, un espacio de intercambio cultural que se desarrollaron durante muchos años.

 

Visitante profundo (I)

Jaime Sáenz

 

Este visitante profundo habita en el vello y en las trompetas, decora una penumbra.
Vaga por los acordes y los perfiles diversos aquí, en la ventana y allá, en el monte de la suprema finura,
este viajero me contempla, inexplicable,
se esconde en el olor claro y denso de las luminarias
y en aquellos tejidos que dibujó el olvido
—su mirada de piedra lisa y lavada
no suele posarse en el don de la vida,
sus ojos y aires y su bastón profundo cantan vapores nocturnos a las esferas grises
y mueven desde abajo y desde lo alto los flujos y los contornos de una broza de los sueños
que nuestro paso aplasta rítmicamente.
Una llamarada se cierne en las pláticas y ensombrece la borra de vino,
y anuncia la llegada de un muerto a los quehaceres matinales
—miedoso de la luz, el muerto de orejas de oro y cacao
tiene el tórax grabado en la memoria,
lágrimas tan hermosas como las arañas
y las manos dispuestas en su sitio,
entre la quietud de los salmos.

Tadeusz Rózewicz, poeta, dramaturgo y escritor polaco, nacido el 9 de octubre de 1921, hace en el presente cien años.

 

Nacido en Radomsko, Polonia, falleció el 24 de abril de 2014 en Wroclaw.

 

Rózewicz utilizó sus experiencias como soldado del Ejército Polaco durante la Segunda Guerra Mundial para dos de sus primeros volúmenes de poemas: Rostros de ansiedad (1947) y El guante rojo (1948), obras que destacan por su falta de recursos poéticos tradicionales como la métrica, la estrofa y la rima, las cuales irían apareciendo en sus posteriores trabajos.

 

En la década de 1960 comenzó a escribir obras de teatro. Así mismo escribió novelas, cuentos y ensayos.

 

En 2007 recibió el Premio Europeo de Literatura.

 

Rózewicz  aborda en sus trabajos la soledad, el alejamiento y la situación existencial del ser humano, evolucionando gradualmente hacia valores cuyas implicaciones van más allá de lo contemporáneo a lo universal. En su simplicidad, la poesía es diferente a los dramas, que están llenos de un sentido de lo absurdo.

Julio Aumente, poeta español nacido el 29 de octubre de 1921, hace ahora cien años.

 

Nacido y fallecido, el 29 de julio de 2006, en Córdoba, Julio Aumente Martínez-Rücker fue el poeta más independiente del Grupo Cántico y tampoco estaba demasiado interesado en publicar sus creaciones, tanto en la poesía como en la pintura.

 

En 1955 aparece su primer poemario, El aire que no vuelve, donde habla de su ciudad y sus templos. Tres años más tarde editaría Los silencios, con claras influencias de Aleixandre y Cernuda, Ya tendremos que esperar hasta 1982 para ver publicado otro de sus libros, Por la pendiente oscura, aunque su composición está fechada entre 1947 a 1965 y que daría el pistoletazo de salida para la edición de su obra poética.

 

Al filo de las noches

Julio Aumente

 

Un cuerpo que se entrega no es difícil hallarlo.
Eso eras tú, un hermoso cuerpo divino y vivo.
Una breve cintura, un racimo dorado
en tus ojos brillando entre los ríos de Agosto.

 

Pero es fácil que un cuerpo fulja como una gema
si como amor se mira, con verdadero amor.
Amor y no esa débil pasión que muere a un tiempo
con el último goce de los cuerpos vencidos.

 

Para mí la palabra, para ti la caricia;
para mí la sonrisa y el arco de tus cejas,
para mí el fruncimiento de tu labio rosado,
superior, tibio, altivo, carnal, condescendiente.

 

Pero el amor no muere porque nunca ha nacido
en ti, que languideces al tocar de los dedos.
Tú buscas el secreto, la dulzura, el peligro
del momento robado al filo de las noches.

 

La amistad para ti, o el amor, eran sólo
nombres a que invocar en las horas perdidas.

Karel Havlicek Borovsky, periodista, poeta y ensayista checo, nacido el 31 de octubre de 1821, se cumplen ahora doscientos años.

 

Nacido en Borová, Bohemia, en la actual República Checa, en aquel momento perteneciente al Imperio Austrohúngaro, falleció el 29 de julio de 1856, con tan solo 31 años, en la ciudad de Praga.

 

Este autor checo y periodista político fue un maestro estilista de prosa y epigramista quien reaccionó contra el romanticismo y a través de sus escritos dio a la lengua checa un carácter más moderno.

 

Escribió numerosos artículos defendiendo la reforma constitucional y los derechos nacionales, por lo que fue arrestado en 1851, juzgado y desterrado a Brixen hasta 1855, exilio que utilizó para escribir sus brillantes poemas satíricos que solo pudieron ser publicados póstumamente.

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