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Cuentos populares de la India (1).

La India es un inmenso subcontinente localizado al sur de Asia que está poblada por muchísimos millones de personas de diversas razas y culturas, por ello, no es de extrañar que se le considere el país de las historias.

Desde la más remota antigüedad las personas se han ido pasando, de generación en generación, sus leyendas donde se contenían las experiencias y las enseñanzas que deseaban mostrar a los más jóvenes.

 

Y esas historias se extendieron hacia otras tierras remotas, como el resto de Asia y Europa, hasta llegarnos a nosotros y han supuesto la base para nuestros cuentos y narraciones.

 

Pero muchos relatos que nos llegaron de la India no fueron inventados por ellos, sino que también le llegaron de otras culturas con las que convivían, como China o Japón, y al llegar hasta el pueblo indio, las hizo suyas y las popularizaron formando parte de su cultura.

 

Desde la India, estos cuentos pasaron a los árabes, quienes las extendieron por el Próximo Orientes, el Norte de África y el sur de Europa durante sus expansiones en la Época Medieval. Y así, también ahora forman parte de nuestra cultura.

 

Los objetivos de estas leyendas eran variados: difundir enseñanzas espirituales, conocimientos sagrados, enseñanzas prácticas, enseñar a protegerse de los peligros o proteger contra los tópicos, tabúes y supersticiones.

 

Pero lo más importante de ellas es que nos enseñan mientras nos entretienen y divierten.

 

Aquí os dejo una pequeña representación de los miles de historias de ese mágico país que es la India, comprobad que en cada uno de ellos siempre se esconde alguna enseñanza:

Las Tres Truchas

Se cuenta que en un enorme lago de frías y cristalinas aguas vivían tres jóvenes truchas que debían ser hermanas, pues eran completamente idénticas en tamaño, color y textura de sus escamas, sine embargo, eran muy diferentes en carácter:

Una era Previsora, que destacaba por ser muy prudente, seria, sensata y responsable, siempre estaba alerta ante los posibles peligros que pudieran aparecer a su alrededor. Otra se llamaba Pensadora y era más alegre y positiva, aunque un poquito alocada, algo que se podía permitir gracias a su gran capacidad para reflexionar sobre las cosas hasta encontrar la solución correcta. Y la tercera era Perezosa, vaga, aburrida y simplona, sin interés por nada y siempre huraña con el resto de sus compañeras, su único afán era vagar de un lado para otro sin aportar nada al resto.

Cuenta que, en un magnífico día de un caluroso verano, mientras las truchas nadaban tan felices, apareció entre ellas un ser gigantesco con cara de mal humor que, habiendo depositado una cesta de mimbre en la orilla, se disponía a desplegar una enorme red sobre donde ellas retozaban. ¡Era un pescador!

- Esto no me gusta – dijo Previsora. - ¡Yo me largo!

Y sin pensárselo dos veces, escapó de allí a toda velocidad.

Por su parte, Pensadora se quedó observando un momento y reflexionando sobre lo que veía.

- Esto debe ser lo que las truchas más viejas nos contaban sobre seres que venían a cogernos para comernos – y puso en marcha su cerebro, hasta que: - ¡Ya tengo la solución!

Y en vez de huir optó por hacerse la muerta colocándose con la panza hacia arriba y con las aletas inmóviles, flotando a la deriva. De esta forma, cuando el pescador se disponía a lanzar sobre ella su red, se detuvo y exclamó:

- ¡Una trucha muerta! Esta parte del lago debe estar contaminada, será mejor que eche la red hacia el otro lado.

Y así lo hizo, con tan mala suerte que por allí iba vagando Perezosa sin imaginarse el peligro que se le venía encima.

De esta forma el pescador capturó una buena trucha para su almuerzo.

FIN

Las Fantasías del Perro

 

Kutta era un perro abandonado que vagaba por las calles de una ciudad olfateando por todas partes en busca de comida.

Como su vida era tan solitaria, recurría a su imaginación para crearse un mundo a su medida. Todo lo veía de una forma distorsionada, por ejemplo, si una mujer echaba a la calle las sobras de su comida, Kutta pensaba:

- ¡Qué mujer tan generosa! Como me ha visto tan hambriento, me ha tirado su comida para que me la coma.

O si un niño lanzaba un palo al aire, Kutta sacaba la siguiente conclusión:

- ¡Qué chico tan simpático! Me lanza el palo para jugar conmigo. Si lo hago bien, igual me lleva a vivir a su casa.

Y es que Kutta veía la vida desde un punto muy positivo.

Un día Kutta estaba pasando por delante de la verja de un hermoso jardín por donde pasaba casi a diario, pero en esta ocasión la puerta estaba abierta. La tentación de entrar en él fue irresistible, así que, sin pensárselo, comenzó a pasearse por sus senderos, orinando los troncos de los enormes árboles y olisqueando las flores exóticas que allí se hallaban, como si fuera el dueño de todo. De pronto, apareció ante él un estanque donde nadaban cientos de pececitos azules, y Kutta comenzó a fantasear:

- ¡Esto es maravilloso! Esto debe ser el paraíso. Seguramente aquí viva algún príncipe amable que me invitará a cenar.

Pero las sorpresas todavía no se habían acabado y, al seguir un poco más adelante, apareció ante él un enorme palacio recubierto de mármol blanco y coronado con cúpulas doradas.

- ¡Guuuuaaaauuuu! – aulló de sorpresa. - ¡Qué magnífico e inteligente debe ser el dueño de todo esto! ¡Cuánto dinero debe tener! – Y continuó con sus fantasías: - Seguro que el señor de todo esto debe tener almohadones mullidos donde dormitar y manjares exquisitos que llevarme a la boca cuando me apetezca. ¡Qué bien voy a estar aquí!

Y divagando de esta forma, sus patitas flacuchas le fueron acercando hasta la escalinata de la casa. Miró en todas las direcciones, olfateó todos los vientos, pero no detectó presencia alguna.

- Poseyendo todo esto se debe ser muy feliz. Aquí las desdichas y las penalidades deben huir despavoridas.

Una vez arriba de las escaleras, vio que la puerta principal, de madera preciosa maravillosamente labrada y adornada, también estaba abierta. Esto le sorprendió, así que aguzó las orejas para captar todos los sonidos que pudieran delatarle algún peligro, aunque solo se escuchaba el canto de los pájaros y roce del viento sobre las hojas de los árboles. Así que, vencido una vez más por la curiosidad, cruzó la puerta a toda velocidad. Aunque pronto se frenó, pues lo que vieron sus ojos le llenó de pavor: Kutta estaba en medio de un inmenso salón, cuyas paredes estaban recubiertas de espejos, miles de espejos de todas formas y tamaños, desde el suelo hasta el techo, y todos reflejaban si imagen y sus movimientos desde diferentes perspectivas. El pobre Kutta no había visto nunca un espejo y mucho menos su capacidad de reflejar todo lo que tenían delante, así que de pronto, se encontró rodeado de varios centenares de perros similares entres ellos, aunque de diferentes tamaños y posiciones. ¡Y todos le miraban a él!

Kutta mostró sus colmillos para infundirles respeto, sin embargo, los perros hicieron lo mismo y a él no le quedó otra opción que salir corriendo, pero cuanto más corría, ellos hacían lo mismo. Kutta comenzó a ladrar a los otros para que le dejaran tranquilo, pero el eco, algo que él tampoco conocía, le devolvió su propio ladrido mil veces multiplicado. El terror se apoderó de su cuerpo. Allá donde mirase, solo veía fieras y terribles fauces dispuestas a despedazarle.

Volvió su hacia la puerta y se dio cuenta de que estaba muy cerca. Su única solución era huir por ella. Así, que en medio del pánico que sentía, encontró algo de fuerzas y se lanzó a la más veloz carrera que jamás hubiera corrido. Sin mirar hacia atrás ni una sola vez, llegó has la escalinata y la bajó rodando hasta caer sobre la grava del jardín, donde un rayo de sol que se colaba entre las ramas le dio en todo el morro. Respiró profundamente todavía espatarrado en medio del sendero y levantó la mirada para ver la distancia que le separaba de la jauría perseguidora, pero entonces se dio cuenta de que estaba completamente solo.

- ¡Qué extraño!... ¡Cientos de perros persiguiéndome y ahora ya no están!... ¿Dónde se habrán metido? – Respiró profundamente, se incorporó sobre sus cuatro patas todavía temblorosas y, rápidamente, le volvió su capacidad de fantasear: - ¡Los he acobardado! ¡Vaya pandilla de cobardes que no se han atrevido a salir a la calle fuera de la protección de sus dueños! Pues que les vaya bien, no los necesito.

Y Kutta, ya más tranquilo y recuperado, irguió orgulloso su cabeza y salió del jardín convencido de su valentía.

FIN

Los Colores de los Pájaros

 

Dicen que, al principio, todos los pájaros eran de color marrón. Podían ser grandes o pequeñas, gordas o menudas, cazar conejos, zamparse gusanos o picotear las frutas, lanzar armoniosos trinos o desagradables graznidos, pero todas las aves del mundo se vestían con el mismo plumaje de color marrón soso y aburrido.

A algunos eso les traía sin cuidado, pero a la inmensa mayoría no les daba igual. Cuando llegaba la primavera, la envidia de ver la variedad de colores de las flores, o el brillo metálico de las escamas multicolor de los peces, o los diferentes pelajes de los mamíferos, y no digamos ya nada de las mariposas… Esto les enfadaba bastante y se consideraban discriminados.

Por todo ello, un día se convocó una asamblea a la que cada especie pajaril envió a su representante más inteligente y locuaz y allí se acordó que, sin tardanza, debían pedir ayuda a la Madre Naturaleza. Así mismo, por unanimidad, se eligió enviar al águila, por su valentía y audacia, como delegada del resto para pedir una audiencia.

La Madre Naturaleza accedió a recibirles y les convocó en un bosque para parlamentar. Cuando llegó a él, el alboroto era enorme, todos querían hacer oír su voz, pero a una orden de la Madre Naturaleza, todos guardaron silencio y ella, entonces, habló:

- Se me ha convocado porque parece ser que estáis descontentos con el color de vuestro plumaje, aunque a mí, la verdad, ese discreto color madera me parece muy bonito y útil, pero si vosotros no estáis contentos, vamos a solucionarlo y para ello os iré llamando de uno en uno y me diréis vuestras preferencias. Qué venga la urraca.

La urraca se acercó presta y haciendo reverencias.

- Mi Señora, nosotras hemos pensado que nos gustaría cambiar el marrón de nuestras plumas por un negro brillante salpicado con unas cuantas plumas blancas en el pecho.

- Me parece una idea acertada – aseguró Madre Naturaleza. – Que sea así.

Y Madre Naturaleza escogió los pinceles adecuados y mojándolos en su paleta, pintó el plumaje de la urraca tal y como ella lo había pedido. Esta no cabía de gozo y, extendiendo las alas, se paseó dando vueltas sobre sí misma entre todas las demás aves que aplaudían sin cesar.

El siguiente fue un pequeño periquito que tenía fama de espabilado.

- ¡Ahora yo, ahora yo!

- Ja, ja, ja, ja… - rio Madre Naturaleza. - Cálmate, pequeño. Te escucho.

- Pues… pues… pues yo… - comenzó atropelladamente el periquito. - ¡Quiero un plumaje tan azul como el cielo! – se quedó meditando unos segundos. - ¡Ah, sí! ¡Y la cabeza y el cuello blanco como las nubes!

- ¡Fantástico! – afirmó Madre Naturaleza. Y sin más, en un periquete pintó el cuerpecito del pequeño pajarillo tal como se lo había pedido.

El periquito se encontró fantástico y se paseos de un lado a otro entre el público alado que no cesaba de vitorearle.

Tras el periquito le llegó el turno al pavo real.

- Yo tengo un problema, Señora, y es que me gustan todos los colores.

- Pues no se hable más – dijo Madre Naturaleza.

Y ante el asombro de toda la concurrencia, comenzó a trabajar en el plumaje del pavo. Cuando concluyó, todos se quedaron con los picos abiertos por el resultado tan magnífico y reconocieron que el pavo real se había convertido en un ejemplo de elegancia y buen gusto.

Cuando llegó el canario, le dijo a Madre Naturaleza que no tenía muy claro el color, pero sí que fuera vistoso para ser bien visto desde la distancia.

- Creo que lo mejor para ti y que se relaciona muy bien con tu alegría es el amarillo – aseguró ella tras pensarlo un momento.

Y así lo pintó del color de los limones maduros. Y todos, incluido el canario, estuvieron de acuerdo en que era un color precioso.

De esta forma fueron pasando todas las aves ante Madre Naturaleza, quien a todas dejó contentas.

- Menos mal que ya hemos acabado – dijo ella satisfecha, - pues ya no me quedan más colores en mi paleta. – Miró uno a uno a todos los pájaros y aseguró con una sonrisa: - Teníais razón, así estáis más bellos.

Miles de pájaros vitorearon y aplaudieron a la Madre Naturaleza mientras ella se iba despidiendo de todos. Pero en aquel momento, apareció un pequeño y regordete gorrión que llegaba dando rápidos saltitos y bastante sofocado.

- ¡Señora, Señora no se vaya todavía! ¡Falto yo!

Madre Naturaleza lo miró con tristeza.

- ¡Oh, cuanto lo siento, chiquitín! Ya no puedo hacer nada, ha acabado mi paleta de colores.

El gorrión comenzó a llorar desconsolado y Madre Naturaleza se sintió muy triste pues, después de haber ayudado a todos lo pájaros del mundo, no podía dejar al gorrión sin hacer nada. ¿Qué podía hacer?

El silencio en el bosque era inmenso. Solo se escuchaba el piar afligido del gorrión. Pero, de pronto, Madre Naturaleza sonrió. Cogió una gotita amarilla que había quedado en su paleta y, acariciando la cabecita del gorrión, dijo con voz dulce:

- Solo me queda esta gotita amarilla, ¿dónde quieres que te la ponga?

El gorrión, enjugándose los ojitos llenos de lágrimas, dijo emocionado:

- ¡Aquí, Señora, en el pico!

Y así lo hizo. Entonces el gorrión salió volando hasta una charca cercana y miró su reflejo en ella, volviéndose loco de contento. Y todo el bosque estalló en aplausos porque ya no volvería nunca a ser lo mismo, pues también su cielo se había llenado de colores.

FIN

Gracias por leernos...

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