Libros

Tracy Chevalier explora la América pionera del XIX en su nuevo libro (Sun, 24 Sep 2017)
«Los árboles se mueven igual que las personas», afirma Tracy Chevalier. La conclusión nació de la lectura de «La botánica del deseo», manual sobre la plantación de manzanos en Ohio que inspiró «La voz de los árboles» (Duomo). Los pioneros ingleses se trajeron ramas de manzanos para injertarlas y crear nuevas variedades. Las manzanas americanas son sinónimo de fruta y alcohol: «Las dulces servían para comer, las ácidas para la sidra que aliviara la dolorosa existencia de los colonos», apunta la autora. John Chapman, protagonista de la novela, existió en la vida real. Conocido como Johnny Appleseed y mito del folclore popular, se le considera el primer ecologista americano. Descalzo, y vestido con un saco, repartía semillas y aconsejaba el consumo de manzanas... El amor a la naturaleza de Chapman/Appleseed era un pretexto para acaparar tierras mediante la plantación de viveros para luego revenderlas a buen precio... Y como las especies que plantaba eran de manzanas ácidas, lo que salía de allí no era fruta saludable sino licor de alta graduación. Mecenas de una secta religiosa, el patriarca de los manzanos conoció una posteridad acicalada que Chevalier desmiente en su novela: «Mi Chapman se ajusta a la realidad histórica, sin idealizaciones». Las manzanas no son ajenas a esta escritora amante de la jardinería: «El primer manzano que planté murió pero acabo de plantar una palmera y espero tener piñas el año próximo». La familia protagonista de «La voz de los árboles» se mueve entre los manzanos y las secuoyas de California, con la fiebre del oro de motor económico. El joven pionero llegará hasta el Bosque de las Calaveras, templo natural de esos árboles que superan los cien metros de altura: «La secuoya simboliza el sueño americano, la esperanza de un mundo mejor», asegura Chevalier. Nacida en Washington y residente en Gran Bretaña, confiesa haber vivido su doble nacionalidad de forma dramática: «Voté por mantenerme en la UE y por Hillary Clinton... Sentí como si me abofetearan dos veces seguidas. Trump solo lleva ocho meses en la presidencia y le quedan cuarenta, aunque no creo que acabe el mandato. Y en el caso de que lo acabe serán cuatro años, mientras que el Brexit será para siempre». Chevalier aplica el símil botánico a la política americana: «Las secuoyas llevan plantadas cientos de años y han visto de todo. Me consuelo pensando que Trump pasará y ellas seguirán allí».
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El matrimonio de los Fitzgerald, una condena inevitable (Sun, 24 Sep 2017)
Francis Scott Fitzgerald y Zelda Sayre encajaron su relación con la armonía con que lo hacen un candado y su llave. Él, verso libre desde su adolescencia y fracasado por autoimposición desde que escribiese su primera línea, era el candado. Ella, la chica más popular y cortejada de Alabama, era la llave que abría la puerta al sendero del éxito. Si no conseguía que lo admirasen por su literatura, que al menos lo envidiasen por su consorte. Es ésta una relación que perfectamente podría ser novelesca, aliñada como está por la adicción al alcohol de uno y la esquizofrenia de otra. Quizá por resarcirse, el italiano Pietro Citati ha escrito «La muerte de la mariposa» (Gatopardo), un libro que acaba de aparecer en España y en el que documenta los altos y bajos -nunca hubo punto intermedio- del romance. Aficionada a escribir como era Zelda, dejó constancia de su sentir en el primer contacto con su marido en ciernes: «Estar junto a él, con la cara entre su oreja y el rígido cuello del uniforme, era como ser introducido en los almacenes subterráneos de una tienda de preciosas telas, que destilan la delicadeza de los percales y los linos, y de los lujos envueltos en sacos». Fue en un baile en Montgomery en julio de 1918. Zelda tenía dieciocho años. Fitzgerald, a punto de cumplir veintidós, era primer teniente de infantería. La buena impresión de la mujer no escondía ni mucho menos una fascinación torrencial. Él la agasajó: primero con un pijama y, tras él, un anillo de compromiso que pertenecía a su madre, un abanico de plumas, un suéter y un reloj de platino y diamante. Ella no le correspondía: se sabía su mejor regalo. El alcoholismo de Fitzgerald comenzó a bullir como paliativo contra el dolor que le producía que su querida flirtease con otros hombres. También contra su reticencia a casarse. Con todo, Zelda se sabía prendada: él le permitía ver y palpar el mundo más allá de la frivolidad de su coqueta fachada. Se casan el 3 de abril de 1920 y tienen una hija a la que llaman Scottie. Se afanan entonces en regar con ginebra y ron innumerables noches de despilfarro en sociedad hasta que la curda ejercía efecto y disfrazaba un vínculo forzado de pasión. Zelda era también indispensable para el buen hacer literario del escritor. Se conoce que Fitzgerald copiaba las cartas y los diarios de ella para incorporarlos a sus libros. Y cuando no encontraba a los personajes de «El Gran Gatsby», ella los dibujaba hasta que le dolían los dedos. Punto de inflexión El punto de inflexíón llega en el verano de 1924, durante una estancia en la Costa Azul. Allí Zelda conoce a un joven oficial aviador de la armada francesa que le hace replantearse su matrimonio. La ira de su esposo anestesia los brotes de aquel nuevo amor, pero el golpe terminaría evidenciando los primeros retazos de inestabilidad en Zelda: es muy probable que intentase suicidarse. Fitzgerald, que estaba al tanto de todo, publica el 10 de abril de 1925 «El Gran Gatsby». Ella había logrado reconducir su vida a través del baile, con el que se obsesiona de tal manera –llega a dormir con los pies atados forzosamente para moldearlos– que termina favoreciendo que la esquizofrenia emerja hasta la superficie. El 23 de abril de 1930 ingresa por primera vez en una clínica psiquiátrica. Sólo 20 días después, se produce su segunda tentativa de suicidio. Esta doble furia que auspiciaron el alcohol y la esquizofrenia precipitó escenas como que Zelda acusase a su marido de mantener un romance con Hemingway. Turbado, Fitzgerald trató de probarse a sí mismo su virilidad con una prostituta, cosa que no llegó a producirse porque su mujer se enteró a tiempo. También intercedió a tiempo cuando él se enamoró de una actriz de diecisiete años: lo solucionó arrojando por la ventanilla del tren el reloj que su marido le había regalado en los albores de la relación. Llegado este punto, él, que decía que mientras estuviera con Zelda estaba abocado a beber sin descanso, era más una madre que un amante para ella. Fitzgerald, que sabía que «las cosas resultan más dulces una vez que las has perdido», nunca se planteó abandonar a su esposa. Como le escribió a Scottie, «los enfermos mentales son simples invitados en la tierra, eternos extranjeros que llevan consigo decálogos rotos que no saben leer». Sabía que su propósito era estar allí para leérselos. Se los resumió: «Deja de buscar alivio: no lo hay, y si lo hubiera, la vida sería cosa de niños». El 21 de diciembre de 1940, Fitzgerald muere a los 44 años de un ataque al corazón. Dejó escritas 44.000 palabras de «El último magnate», la única obra en la que pudo volcar toda su adicción por la literatura tras superar su dipsomanía. Su llave, Zelda, le acompañó el 10 de marzo de 1948. Murió carbonizada tras un incendio en la clínica en la que se recuperaba de su enfermedad. Y se unieron por última y definitiva vez en el sepulcro de la iglesia de Saint Mary. Allí, Scottie, conocedora de que su padre consiguió entender en los libros lo que no se explicaba en su vida, ordenó grabar la frase que cierra el más celebrado: «Y así, seguimos remando, botes contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado».
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Jeanette Winterson: «El artista tiene poder, no puede ser neutral ni quedarse al margen» (Sat, 23 Sep 2017)
La literatura es un refugio para los lectores, pero también para los escritores. Así lo entiende Jeanette Winterson (Mánchester, 1959), que ha hecho de la escritura ese lugar seguro donde su vida transcurre según sus deseos. Escogió ser feliz, y para ello tuvo que enfrentarse a la normalidad. Lo hizo desde el momento en que abandonó su familia de adopción, a los 16 años. Aquella comunidad de cristianos evangélicos no entendía su modo de ser, y mucho menos lo aceptaba. Huyó de la existencia que habían elegido para ella y construyó la suya propia. Tras pasar por los más diversos trabajos, entró en la Universidad de Oxford y en 1985 publicó su primer libro, «Fruta prohibida» (Lumen). Hoy, casi cuarenta años después, Winterson es una de las escritoras anglosajonas más importantes, y conocidas. Pero, aunque ya no está enfadada -dejó de estarlo gracias a la literatura-, su lucha no ha terminado. Lo hará el día en que la excepcionalidad deje de ser perseguida. A su paso por España para participar en el Hay Festival de Segovia (hoy) y ofrecer una charla en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid (el lunes 25), la autora británica mantuvo una larga charla con ABC. ¿Qué diferencia hay entre la vida vivida y la vida transformada en literatura? Todo el mundo usa su propia experiencia, no importa lo mucho que se disfrace. Los escritores siempre estamos observando. Está eso, por un lado, y luego está lo que a uno le ha ocurrido, el dolor, los traumas vividos… Todo eso nos convierte en lo que somos y escribimos a partir de ello. Es una especie de diálogo o de danza inspiradora que tenemos con la vida. La gente no quiere realismo o naturalismo; la gente quiere que se le presente algo transformado. Lo que hace que mi historia conecte con tu historia es esa transformación. Por eso podemos leer libros que no tienen nada que ver con nuestras vidas: nos hablan a nuestra imaginación, ahí es donde conectamos. Más de 30 años después de haber escrito «Fruta prohibida»… ¿Hace tanto tiempo? Ya lo creo… Si echa la vista atrás, ¿qué es lo que descubrió de sí misma a través de la literatura, a través de ese libro? Ahí fue cuando descubrí que uno puede interpretarse como hechos y como ficción. Es decir, uno no acaba en los hechos de su vida. Fue un momento liberador porque me di cuenta de que hay muchas cosas que realmente se producen en nuestra mente. La realidad es muy a menudo lo que creemos. La conclusión a la que llegué fue: me lo estoy inventando todo, soy yo quien lo crea todo. «El dolor nos convierte en lo que somos y escribimos a partir de ello. Es una especie de diálogo o de danza inspiradora que tenemos con la vida» ¿Así que se lo inventó todo? No, no. Evidentemente hay una interacción, pero soy libre para contar esa historia como quiera. Es libre de usar su imaginación. ¡Sí! A mi modo. Claro, por algo es escritora. Sí, así es. Esa experiencia es la vida como yo la viví, pero también es lo que uno se imagina. Y esa es una forma muy potente de trabajar. Poco importa si leemos algo que ocurrió hace 400 años. Nadie va a Shakespeare para ver cómo era la vida en la época de Isabel I. Queremos encontrar algo sobre nosotros mismos ahora. Eso es lo curioso del arte: viaja a lo largo del tiempo. En cierto modo, somos los mismos. En ese sentido, usted entiende el arte como algo completamente indisoluble de la vida, están entrelazados. Bueno, no siempre es lo mismo. A veces, el arte está ahí para romper todo en la sociedad, fomentar la rebelión, ser bohemio, vanguardista… Pero, a veces, el arte está ahí para unir a la gente, para encontrar lo que nos une y nos conecta. Pero, ¿debe el artista tomar partido en la vida política, en la vida social, ser un activista? Sí. ¿Siempre? Siempre. ¿No importa lo que le pase, lo que esa implicación le cueste? Porque está claro que afecta. Sí, siempre. No puedes mantenerte al margen de la vida. Si tienes poder, y está claro que los artistas y los escritores tienen poder, no puedes ser neutral. Si dices «no me interesa la política» o «soy apolítica», sigue siendo una declaración muy potente. Pero, ¿cómo puede uno decir eso en este mundo? «Cambiar el mundo es importante y puedo hacerlo a través de mis libros, pero también posicionándome a favor de aquello en lo que creo» Es imposible. Sí, yo creo que es imposible. Debemos implicarnos, todos y cada uno de nosotros. Las empresas quieren que la gente sienta que no puede hacer nada, que no puede cambiar nada, que nos sintamos impotentes, y es importante luchar contra eso. Yo hablo mucho y abiertamente de cuestiones sociales, hago periodismo, participo en manifestaciones, en debates políticos… Cambiar el mundo es importante y puedo hacerlo a través de mi escritura, de mis libros, pero también posicionándome a favor de aquello en lo que creo. Usted votó por Thatcher en 1979. ¡Por supuesto que lo hice! ¿Qué le atraía de la Dama de Hierro? Oh, muy sencillo. Era la primera vez que yo votaba. Además, era una mujer. ¡Y qué mujer! Sí, ¡qué mujer! Ella sabía lo que costaba una barra de pan. Decía que uno puede educarse a sí mismo y cambiar sus circunstancias. «Cuando voté por Thatcher en 1979 no sabía que iba a desmantelar toda la sociedad, cosa que se puso de manifiesto tras su primer mandato» Como usted hizo. ¡Sí! Yo fui a la Universidad de Oxford, estudié allí. De hecho, entró ese año, en 1979. Sí, en ese año. Oxford es una de las universidades más elitistas de Inglaterra y allí sólo vi gente con mucho dinero, no era entonces como es ahora. En aquel entonces, Margaret Thatcher parecía ofrecer un nuevo orden mundial donde el capitalismo podría funcionar a favor de la gente para subir o bajar en la escala social. En mi entorno, nadie había ido a la universidad, todos creían que todo iba a mantenerse como estaba. Y, de repente, apareció alguien que decía que no, que no tenía por qué ser así, y que se conseguía a través de la educación. Era una mujer con un mensaje nuevo. Yo no sabía entonces, nadie lo sabía, que iba a desmantelar toda la sociedad, cosa que se puso de manifiesto muy claramente después de su primer mandato. En Inglaterra, el Partido Laborista y los sindicatos eran muy sexistas, las mujeres no participaban y no había interés en que lo hicieran, así que Thatcher me pareció una buena opción. No lamento haber votado por ella, porque realmente veías lo que tenías. Es un poco lo que sucede con Donald Trump, lo ves venir y dices: «Oh, cielos, qué horror». Ya que estamos en su país, ¿qué piensa del Brexit? El Brexit es un desastre. ¿Cree que llegará a materializarse? No estoy segura. Quizás, una vez que el acuerdo esté sobre la mesa, sea tan malo que nos veamos obligados a volver a votar. Porque está claro que va a ser un mal acuerdo. Me gustaría pensar que hay alguna forma de revertir la situación. Ni siquiera creo que los políticos quieran el Brexit. En la noche en que se votó, el ministro de finanzas, George Osborne, invitó a mucha gente para celebrar que nos quedábamos y a las once de la noche tuvo que cancelar la fiesta; hasta ese punto confiaban. No se imaginaban, en absoluto, que iban a perder el referéndum. «Si eres un hombre que escribes ficción, tienes muchas más probabilidades de recibir buenas críticas, aunque no vendas libros» Es muy parecido a lo que sucedió con Trump: todo el mundo nos acostamos convencidos de que ganaría Hillary y cuando nos despertamos no lo podíamos creer. ¡Sí, absolutamente! Yo no lo podía creer. Son shocks muy grandes. Sí, pero la realidad se impone. Y de una forma terrible, además. Hemos hablado de Thatcher, que fue una mujer muy ambiciosa. Ya lo creo que lo fue. Yo soy una mujer ambiciosa en mi trabajo, y considero que usted también lo es. Sí, así es. La pregunta es: ¿por qué el término ambición tiene siempre un cariz negativo cuando se asocia con una mujer? Los hombres pueden ser ambiciosos, y se considera algo bueno, pero una mujer ambiciosa es peligrosa. Sí, es ridículo. Es producto del patriarcado [ríe]. Hay gente que cree profundamente que los hombres y las mujeres son diferentes. «Naipaul no es más que un idiota que sigue abriendo su antiquísima boca para decir que las mujeres no pueden escribir» Pero no lo somos. ¡Lo sé! Los datos científicos que tienen son malos. Obligar a que las mujeres se mantengan en el que se supone que es su lugar sigue siendo una tendencia muy potente. Pero cada mujer que se niega facilita la vida a la siguiente generación de mujeres. No podemos olvidar lo mucho que hemos conseguido en cien años. Si tenemos en cuenta todos los siglos de historia en los que las mujeres no podían hacer nada, en este breve periodo de tiempo, y sobre todo desde los 70, hemos avanzado muchísimo como mujeres. A veces tenemos que hacer balance y darnos cuenta de que, efectivamente, sigue habiendo muchos problemas pero no podemos olvidar todo lo logrado. Así que… ¡no desespere! Pero sé que es muy molesto. En ese sentido, ¿por qué cuando Paul Auster o Milan Kundera escriben sobre su propia vida se denomina metaficción y cuando usted lo hace lo llaman autobiografía? Lo sé, pero fíjese en Karl Ove Knausgård. ¿Qué hace él, si no escribir sobre sí mismo? Y es un héroe… ¡Lo es! Y es un héroe sólo por una razón: es un hombre [ríe]. Todos escribimos sobre nuestra vida y sabemos que los hombres no leen ficción escrita por mujeres. ¿En serio, eso cree? No, no lo hacen. Sólo un 11% de los hombres lee ficción escrita por mujeres. O sea que si eres un hombre que escribes ficción, tienes muchas más probabilidades de recibir buenas críticas, aunque no vendas libros [ríe]. V. S. Naipaul sigue diciendo que las mujeres no pueden escribir, sigue abriendo su antiquísima boca para decir eso. «Las mujeres siguen estando amenazadas, sobre todo físicamente. Cuando un hombre no está de acuerdo con otro hombre, no le amenaza con violarle» Y se le permite decir eso. ¡Se le permite, sí! La gente se ríe de él, pero sigue manteniendo como verdad que las mujeres hemos sido reprimidas porque somos el demonio. Sigue creyendo que es un guerrero que lucha en una guerra. Pero no lo es. ¡No es más que un idiota! Y lo puede escribir, si quiere [ríe]. Eso voy a hacer. ¡Bien! [reímos]. Imagine que alguien dice que los negros o los judíos no pueden escribir... No hay ninguna diferencia. Sí la hay: en ese caso, ese alguien sería condenado por la opinión pública. Sí, pero a Naipaul se le permite que diga eso y no pasa nada. Acabamos de lograr una gran victoria en Inglaterra porque Jane Austen aparece por fin en los billetes de diez libras [ríe]. ¿Por qué defiende que la feminidad es un constructo? Porque lo es. Sí, pero ¿por qué? Podríamos estar hablando de eso para siempre. Sabemos que las mujeres son producto de su educación, la cual hasta hace muy poco ha sido dirigida por los hombres, producto de miles de años de mujeres a quienes se les ha dicho en qué consiste ser mujer. Las mujeres siempre nos hemos considerado una minoría, salvo en el mundo de la publicidad, donde nuestros cuerpos se exhiben por todas partes. Y nada de esto es una ley como la gravedad. Y, por tanto, puede cambiarse. Por supuesto, y lo estamos cambiando. Estamos sentadas aquí hoy cambiándolo, es algo maravilloso. ¿Y qué me dice del feminismo? ¿En qué sentido? «Las mujeres son producto de una educación que hasta hace muy poco ha sido dirigida por los hombres» Bueno, no es un constructo, pero la gente tiende a pensar que lo es. No, no lo es. Todas las mujeres con sentido común deberían ser feministas, porque queda tanto por hacer… Las mujeres siguen estando amenazadas, sobre todo físicamente. Cuando un hombre no está de acuerdo con otro hombre, no le amenaza con violarle. Los hombres siguen ganando más que las mujeres. Sí, lo sé. Lo sabe, ¿verdad? La BBC acaba de hacer público quiénes son sus empleados mejor pagados, y los hombres cobran un tercio más que las mujeres. Ha habido un gran escándalo, pero es algo que ocurre y ocurre en la BBC, que tiene un cartel que dice: «Igualdad de oportunidades». Usted cree que en esta vida uno tiene que ser su propio héroe. Sí, lo creo. ¿Cómo se siente siendo la heroína de toda una generación de mujeres? Es maravilloso y, al mismo tiempo, has de ser humilde. Quiero usar todo el poder, los instrumentos y las plataformas que tenga para hacer que cambien las cosas. Realmente creo en la siguiente generación, confío plenamente en los jóvenes, aprendo mucho de vosotros y me encanta el diálogo e intercambio entre distintas generaciones. Se ha hecho mucho, pero queda mucho por hacer. Una de las conclusiones que saqué tras leer «¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?» es que la normalidad es una construcción social. ¿Por qué molesta tanto lo que se sale de la norma? Hay buenas razones para querer que las cosas sean estables y conocidas. Todos nos sentimos cómodos y relajados cuando sabemos lo que va a pasar. Los seres humanos necesitan estabilidad. Uno de los problemas de la tecnología es que está todo el tiempo alterando el entorno. Pero a usted le gusta la tecnología. Sí, me gusta, pero la forma en que altera la vida de la gente no es muy buena porque no hay forma de estar tranquilo. Debe haber un balance entre el cambio y la estabilidad. Eso es algo que todo ser humano siente de forma natural. Hay mucha gente a la que no le conviene cuestionar los prejuicios que tiene porque entonces tendría que cuestionarse su propia vida. Es normal tener miedo de las cosas nuevas, pero hay que ser valiente para afrontarlo. No siempre somos honestos respecto al miedo que tenemos al cambio. Piense, por ejemplo, en la inmigración; a lo mejor la gente teme la inmigración, pero no desde un punto de vista racista y hay que poder hablar de ello. No se trata siempre de prejuicios. Entre ser feliz y ser normal… Oh, Dios, normal… «Hay mucha gente a la que no le conviene cuestionar los prejuicios que tiene porque entonces tendría que cuestionarse su propia vida» Bueno, o lo que se supone que es normal. En Holanda tienen un dicho que es: «Sé normal». Todo el mundo lo dice y es bastante agradable, porque lo que quiere decir realmente es que no salgas tarde del trabajo, ve a tu familia, ama a tus amigos… Vive tu vida. ¡Sí! Fundamentalmente, vive y deja vivir. Así que hay una normalidad que está muy bien, que es positiva. Pero, claro, cuando mi madre me dijo eso [el título de su autobiografía: «¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?»] se refería a llevar una falda, casarse, no hacer nada que ella no quisiera que hiciera y, sobre todo, que no la causara problemas. Eso era normal para ella y la felicidad personal no le importaba. Es curioso porque, si me permite decirlo, la batalla entre usted y su madre adoptiva era la batalla entre la felicidad y la infidelidad. Sí, así fue. Era una mujer profundamente infeliz. No la culpo, porque su vida no podía cambiar. Pertenecía a una generación de mujeres que tuvo libertad durante la guerra, pero la década de los 50 fue horrible para ellas. Tristemente para ella, me adoptó y yo soy una persona alegre, lo siento, no puedo evitarlo [ríe]. Siempre me he preguntado dónde acaba su vida y dónde empiezan las historias sobre usted… ¿Qué hay de verdad en todo lo dicho y leído? No lo sé, y a lo mejor no es necesario que se sepa.
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Las Conversaciones Literarias de Formentor celebran su décimo aniversario (Fri, 22 Sep 2017)
El Hotel Formentor Royal Hideaway de Mallorca acogerá este fin de semana la décima edición de las Conversaciones Literarias de Formentor, organizadas por la Fundación Santillana y patrocinadas por el propio establecimiento hotelero. Un total de 80 personas, entre escritores, editores, agentes literarios, filósofos, académicos o periodistas, compartirán sus reflexiones con el público asistente. En esta ocasión, los participantes en esta ya imprescindible cita literaria disertarán sobre «Bohemios, magos y vagabundos». Las Conversaciones se iniciarán este viernes, con la entrega del Premio Formentor de las Letras 2017 al escritor argentino-canadiense Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948). La familia Barceló, actual propietaria del hotel, y la familia Buadas son los mecenas de este galardón, dotado con 50.000 euros. El premio le fue otorgado a Manguel el pasado mes de mayo, en reconocimiento al conjunto de su obra. Los componentes del jurado, Inger Enkvist, Lila Azam Zanganeh, Daniel Fernández, Francisco Jarauta y Basilio Baltasar, recalcaron entonces que la labor intelectual de Manguel constituye «una de las más lúcidas indagaciones en la historia orgánica de la biblioteca universal». Manguel ha sido y es no sólo escritor, sino también traductor, crítico literario, profesor y editor, publicando tanto en castellano como en inglés. Por otra parte, es bien conocida la especial relación personal e intelectual que tuvo con Jorge Luis Borges. Ambos se conocieron en la librería Pigmalión de Buenos Aires. Entre 1964 y 1968, Manguel le leyó libros a Borges en su propia casa, debido a los graves problemas de visión que ya entonces tenía el autor de «El Aleph». Entre los títulos más destacados de Manguel pueden citarse «The dictionary of imaginary places», que es una guía coescrita con Gianni Guadalupi, la novela «News from a foreign country came» o el libro «Conversaciones con un amigo», que recoge una serie de charlas con el editor francés Claude Rouquet. En la actualidad, Manguel es el director de la Biblioteca Nacional de la República Argentina y además es miembro de la Academia de su país natal. Cabe recordar que el origen de las actuales Conversaciones se sitúa en mayo de 1959, cuando tuvieron lugar en Mallorca las «Conversaciones poéticas de Formentor», promovidas por Camilo José Cela, y el primer «Coloquio internacional sobre novela», impulsado por Carlos Barral. En aquellas «Conversaciones poéticas» participaron autores como Vicente Aleixandre, Carles Riba, Dámaso Alonso, Dionisio Ridruejo, José Luis Cano, José Hierro, Luis Rosales o José Agustín Goytisolo. En el «Coloquio internacional» estuvieron presentes, entre otros, narradores como Italo Calvino, Miguel Delibes, Alberto Moravia, Robert Graves, Carmen Laforet o Marguerite Duras. A raíz de ambos eventos, se crearían en los años sesenta los prestigiosos premios internacionales Formentor, que se concedieron entre 1961 y 1967. Dichos galardones constaban de dos modalidades. Por una parte, estaba el Premio Internacional, que reconocía obras concretas de autores de resonancia mundial. Por otra, se encontraba el Premio Formentor, que se otorgaba a una novela presentada por alguno de los editores convocantes. En aquella época fueron premiados, entre otros, Jorge Luis Borges, Samuel Beckett, Saul Bellow, Juan García Hortelano o Jorge Semprún. La segunda etapa de las Conversaciones se inició en 2008 y el Premio Formentor se volvió a conceder a partir de 2011, bajo una nueva fórmula. Desde entonces, han recibido dicho reconocimiento Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Javier Marías, Enrique Vila-Matas, Ricardo Piglia y Roberto Calasso. A todos ellos se sumará ahora, con todo merecimiento, Alberto Manguel.
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La revista «Babar» y el proyecto solidario «Aula de Cultura», premio nacional al Fomento de la Lectura (Thu, 21 Sep 2017)
La revista «Babar» y el proyecto «Aula de Cultura» han sido galardonados con el premio nacional al Fomento de la Lectura correspondiente al año 2017. Este galardónl, que concede el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, tiene por objeto reconocer el inestimable papel que diferentes personas y entidades pueden desempeñar en el fomento del hábito lector. Es de carácter honorífico y, en consecuencia, carece de dotación económica. Según el acta del jurado, la revista «Babar» ha obtenido el galardón por «ser un proyecto altruista, con más de veintiocho años, ayer en papel y hoy en otros soportes, siendo un referente imprescindible de información y promoción de la literatura y la lectura infantil y juvenil». Por su parte, el proyecto solidario «Aula de Cultura» ha sido premiado por «su extraordinaria labor en la difusión de la lectura entre la población reclusa y su capacidad para hacer del libro una herramienta para la reinserción». «Aula de cultura» Desde hace 30 años la organización Solidarios para el Desarrollo realiza actividades de fomento de la lectura en diversos centros penitenciarios españoles a través del proyecto «Aula de Cultura». El objetivo principal es fomentar la lectura y también la escritura. Más de 4.000 internos han podido disfrutar de esta iniciativa en la que han colaborado escritores como Rosa Montero, Juan José Millás, Juan Madrid o José Ángel Mañas. Más de 2.500 invitados han participado en las diversas actividades en estas tres décadas y son unos 70 voluntarios los que logran que estas actividades se mantengan vivas todas las semanas. Revista «Babar» Publicación sin ánimo de lucro que desde el año 1989 aporta reflexión y recomendación en torno a la literatura infantil y juvenil. «Babar» es originariamente una revista impresa que nació como una experiencia de animación a la lectura en el CEIP Federico García Lorca de Arganda del Rey (Madrid) de mano la de Antonio Ventura y su grupo de alumnos. Con el paso del tiempo, la revista se fue profesionalizando cada vez más, y lo que en un principio no era sino una actividad extraescolar fue difundiéndose y ampliándose hasta llegar a convertirse en lo que es hoy, un portal especializado en literatura infantil y juvenil con difusión internacional.
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«El imperialismo se volvió contra Europa en la Primera Guerra Mundial» (Thu, 21 Sep 2017)
Para el profesor Richard J. Evans, de la Universidad de Cambridge, la historia de la Europa de los siglos XVIII y XIX es la de una potencia que pasó del todo a la nada. De tener la hegemonía en el mundo, a convertirse en un mero actor secundario que se destruyó a sí mismo en la Primera Guerra Mundial. «Lo que unifica el periodo que va desde 1815, año en que acabaron las guerras napoleónicas, hasta 1914, es el dominio europeo sobre el resto del mundo. Después, el imperialismo comenzó a desmoronarse», explica a ABC. Con todo, cree que es necesario analizar los diversos factores que rodearon al Viejo Continente y, posteriormente, juntarlos en una madeja como si fueran hilos para comprender este proceso de ascenso y decadencia. Y eso es, precisamente, lo que ha hecho en su último libro: «La lucha por el poder» (Crítica). Factores sociales, políticos, económicos... Todos influyeron para que Europa se convirtiera en la Estados Unidos de la época. Un camino que se inició, según Evans, de la mano de los ingleses. «Cuando acabó con el Imperio francés, Gran Bretaña se convirtió en el motor de la hegemonía», apunta. En sus palabras, la «Royal Navy» pudo importar y exportar todo tipo de mercancías a su antojo tras la capitulación de la flota gala. «Los ingleses controlaban los mares de todo el mundo», señala. Auge y caída A la zaga de Gran Bretaña, las naciones continentales iniciaron una expansión colonial que llenó de riquezas sus arcas. «Fue un siglo en el que Europa tuvo un dominio del mundo que jamás había logrado antes, y que no volvería a conseguir después», completa Evans. El potencial fue tal que terminó generando un sentimiento de superioridad excesivo en los europeos. «Al final del siglo llegaron a creer que los africanos y los asiáticos eran inferiores a ellos y que jamás podrían ponerse a su altura», indica. Evans analiza todos esos factores para que el lector entienda por qué el Viejo Continente se alzó sobre el resto del mundo. Al menos, hasta la llegada del siglo XX. «En la Primera Guerra Mundial estas ideas se volvieron contra la propia Europa», explica. Y es que, «como ya no quedaban colonias que conquistar», las diferentes regiones tornaron sus ojos hacia sus vecinos más próximos. «Los franceses tenían sed de venganza después de haber sido vencidos por Prusia en 1871, los alemanes deseaban controlar el Viejo Mundo y Rusia, derrotada por los japoneses en 1904, entendía que solo podía expandirse a través del continente», destaca el experto. «Al inicio de cada capitulo narro la vida de un individuo normal que guarda relación con el proceso histórico que se explica después»Sobre esta base, Evans da forma a un relato que se eleva sobre dos pilares: datos históricos escrupulosamente contrastados y vivencias de personajes curiosos. Es capaz de hablar de la revolución que sacudió los cimientos de Europa en 1848 (en la que se obligó a algunos monarcas a ceder sus poderes), mientras cuenta el devenir de Giovanni Battista Belzoni (un forzudo que dejó de trabajar en el circo para convertirse en egiptólogo). «Al inicio de cada capitulo narro la vida de un individuo normal y corriente que guarda relación con el proceso histórico que se explica después», determina. Así desgrana casi un siglo de cambios y explica desde la lucha contra el cólera y el tifus, hasta la importancia de la adquisición de derechos por parte de las mujeres.
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19 de septiembre (Thu, 21 Sep 2017)
7:19 de la mañana de un 19 de septiembre. Una vibración me despierta. Vivo solo y pareciera que alguien movió mi cama. Es un temblor. Habito en el primer piso de un edificio de departamentos en Coyoacán. Unos años antes otro temblor había derrumbado la universidad donde estudiaba. Sé que no deben tomarse a la ligera. Tomo mi cartera, mi pasaporte y mis llaves y unos zapatos y en piyama salgo a la calle. El temblor me dificulta caminar. Los cinco edificios del conjunto se bambolean de atrás hacia delante. Solo yo y una mujer que hincada reza a gritos, hemos salido. Cuido de no colocarme debajo de cables de luz. El piso oscila durante un minuto y de pronto empieza a trepidar. Los automóviles saltan de arriba abajo. Se escucha un tremor. La tierra cruje. Después de un minuto y cincuenta y siete segundos, por fin para. Reviso el edificio donde vivo. No hay cuarteaduras. Nada que indique un daño estructural. Entro a mi departamento. Las lámparas aún se balancean. Ese día de 1985 fui a mi trabajo en la misma universidad que años antes se había desplomado. En el camino descubro decenas de casas y edificios derrumbados. Un desastre. La sociedad civil se dio a la tarea de ayudar. Desde llevar alimentos hasta levantar escombros e intentar rescatar a quienes quedaron atrapados. Lo mejor de México en acción. Treinta y dos años después, la misma fecha: 19 de septiembre. Me encuentro leyendo sobre una cama en el estudio dentro de mi casa un libro que debo presentar. Vivo ahora en una de las montañas circundantes al Valle de México. Aquí arriba se sienten los temblores pero no con la intensidad del Valle. Siento un jalón. Es un temblor trepidatorio. Con rapidez cobra fuerza. Los libros empiezan a caer de los estantes. Los adornos. La casa se mueve como si fuera un barco en altamar. Las paredes crujen. Se escucha la furia provenir de las entrañas de la tierra. Salgo a gritarle a mi familia. Mi perro King ladra dando vueltas en círculo. Me topo con la empleada doméstica y me dice que solo estamos los tres. La casa no deja de moverse. Las paredes son anchas y la construcción es sólida. Sigue navegando en ese mar de tierra. Los sartenes que cuelgan en la cocina golpean unos con otros. Más cosas caen al piso. King se pega a mi pierna, asustado. Salimos los tres de la casa hasta que por fin el temblor cesa. De inmediato mando un mensaje al chat familiar que incluye padres, mujer, hijos, hermanos, cuñadas, sobrinos. No hay señal. Pienso en mis hijos. Trabajan en la colonia Roma, en la zona más vulnerable. Después de mucho esfuerzo e ilusión han montado una casa productora. Imposible comunicarme. No hay luz. No hay internet. Sé por la intensidad telúrica que la cosa es grave. Muy grave. Por fin a la hora y media llega la luz y entra una llamada. Mi mujer alarmada por mi falta de comunicación. Está muy asustada. Todos están bien. No sabemos de mi hermano menor que vive a hora y media de la ciudad (apareció cinco horas después, había ido a ayudar al pueblo más cercano). Mis hijos llegaron a su oficina cuando empezó a temblar. Descendieron del auto y vieron como se desplomaba por completo la fachada del edificio contiguo al suyo. Los cables truenan. Justo en frente, el edificio donde vive su socio y un amigo muy querido, queda partido, a punto de derrumbarse. Huele a gas. Se escuchan explosiones. Los policías les indican que salgan, que hay alto riesgo de más explosiones. Tratan de salir en carro. Imposible. Lo estacionan y caminan cuatro horas hasta que llegan al sur de la ciudad. En su camino contemplan el desastre. Con los pies ampollados y dolidos por lo que han visto, llegan a la casa a las nueve de la noche. Hoy desde temprano Mariana y Santiago, mis hijos, han regresado a la zona de desastre a ayudar como voluntarios. Sacar escombro, rescatar a los atrapados. Manos a la obra. Mi mujer y sus amigas se reúnen a preparar sándwiches y comida para los voluntarios. Yo iré al relevo de mis hijos más tarde. Si algo impresiona en esta ciudad (y diría, en este país), en ambos 19 de septiembre es la voluntad de ayuda, solidaridad y generosidad de sus habitantes. La capacidad de organizarse rápidamente para levantar escombros, cortar muros y salvar vidas es excepcional. La sociedad civil no esperó en ninguno de los dos casos, actuó con prontitud aun a riesgo de su propia vida. En un país donde campea la corrupción y la impunidad, donde incluso hubo quienes aprovecharon esta tragedia para robar y saquear (y aquí aclaro que fueron casos aislados), la mayoría demostramos que somos un país de gente solidaria, con una fuerza interna a prueba de los peores desastres. Miles han salido a las calles a ayudar. La ciudad se convirtió en un hormiguero de seres generosos. México brilla en sus momentos más oscuros y ese es el camino más certero hacia la esperanza.
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Vargas Llosa: «Si la literatura desaparece corremos el riesgo de llegar a un mundo de monos» (Thu, 21 Sep 2017)
En 2015, Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) ofreció un curso sobre literatura y política en la Universidad de Princeton (Nueva Jersey). Una «clase magistral» que duró todo un semestre y a la que asistió un reducido grupo de alumnos. La materia de estudio era el propio premio Nobel. Para ser exactos, cinco de sus novelas -las más políticas-: «Conversación en la catedral», «Historia de Mayta», «¿Quién mató a Palomino Molero?», «El pez en el agua» y «La fiesta del chivo». En pocos autores se hermanan tánto vida y escritura, por lo que la experiencia resultó «interesantísima» para los estudiantes, y para el profesor. Una vivencia que, gracias a la editora Pilar Reyes, se ha materializado en lectura. «Conversación en Princeton» (Alfaguara) es un libro hermoso, un prisma casi total de Vargas Llosa que nos acerca al escritor, al intelectual, al lector y, sobre todo, a la persona. «Fue realmente sorprendente ver cómo los alumnos resucitaban los procesos de escritura en sus intervenciones. Sus preguntas y comentarios eran sumamente instructivos», evocó ayer el Nobel, durante la presentación de la obra en la Casa de América en Madrid. Le acompañaba Rubén Gallo, catedrático de literatura hispanoamericana en Princeton y principal artífice de que Vargas Llosa regresara a la universidad que, desde los años 90, alberga sus archivos. «La idea que tuvimos fue establecer las relaciones entre la historia y la ficción, para ver el testimonio que da la literatura cuando se ocupa de temas históricos: ¿hasta qué punto la imaginación puede intervenir?, ¿debe tomarse las libertades de la novela?». A su juicio, «la Historia y la literatura tienen lazos, pero hay independencia de la literatura frente a lo vivido, prevalece lo inventado, lo creado». Por ello, Vargas Llosa recuerda como «una de las mejores tardes» de aquel semestre la que pasaron charlando sobre Tolstói y su «Guerra y paz». «Él creía ajustarse a la verdad histórica, pero se la salta alegrísimamente empujado por la creatividad. Sin embargo, su testimonio prevalece sobre todos los estudios históricos por la fuerza persuasiva que tiene “Guerra y paz”. Eso demuestra que un escritor puede cambiar la historia retroactivamente si tiene el talento necesario». Talento Un talento que él, en su juventud, detectó en Faulkner, que se convirtió en su primer y más adorado maestro. De él aprendió la técnica literaria y, aunque reconoce que su influencia fue «gigantesca» en sus primeras novelas, ahora asegura ir por otros derroteros literarios. «Borges decía que cuando uno empieza a escribir le interesa la complejidad y cuando va pasando el tiempo vas descubriendo que lo importante es la claridad. Hay mucho de cierto en eso. En las novelas que he escrito últimamente me interesa la claridad, tienen más transparencia, el lenguaje es menos barroco. De joven, a veces tienes la idea, completamente falsa, de que la oscuridad es profundidad... ¡Mentira!». Fue la primera vez que el Nobel se rio, con esa carcajada suya tan vivaracha, en toda su intervención. Era día de semblante serio y circunspecto, aunque tocara hablar de literatura. «Un escritor puede cambiar la historia retroactivamente si tiene el talento necesario» Ese arte, en absoluto menor, en el que Vargas Llosa sigue confiando como garante de la democracia: «Sigo creyendo que la literatura es fundamental para la formación de una sociedad libre y democrática. Una sociedad con lectores es más libre, más crítica, más difícil de manipular, más culta». Otra vez de vuelta a su juventud, el escritor de entonces, aún bregando con sus luchas familiares e intestinas, se entregó al decir de Sartre. «Las palabras son actos», sostenía el existencialista, y Vargas Llosa hizo suyo aquel mantra. Hoy, confiesa creer «menos» en su «efecto instantáneo, pero sí cree que «la literatura tiene un efecto en la vida». Jóvenes escritores Por eso, quizás, se extrañe ante el desafecto político de las nuevas generaciones de escritores latinoamericanos. «Mi generación estuvo muy comprometida con la acción política. Entonces, las democracias eran la excepción a la regla y eso empujaba a los escritores a algún tipo de militancia política en lo que escribían». En las décadas de los 60 y los 70, años en los que empezaba a articularse aquello que después haría «boom» (y en Barcelona, nada menos), era difícil concebir que un intelectual mirara para otro lado, pero aquella excepción es hoy la regla. «Hoy en América Latina asistimos a una desmovilización política del escritor» «Ahora tenemos democracias imperfectas, pero sólo Cuba y Venezuela son dictaduras. Cuando yo era joven, la democracia no era popular, lo que tenía arraigo era el socialismo, la revolución. Hoy en América Latina asistimos a una desmovilización política del escritor. Los escritores han vuelto a ocuparse de la literatura como un campo que no debe envilecerse con la política, y eso es algo que yo no comparto. Nosotros nos creíamos que teníamos la obligación moral de participar en el quehacer político». Esos mismos jóvenes que huyen del compromiso político se sienten enormemente cómodos en un campo que no es del agrado del Nobel: las redes sociales. Lo cierto es que Vargas Llosa no las ve mucho -aunque hayan usurpado su personalidad en Twitter en más de una ocasión- pero, cuando se acerca a ellas, se queda «horrorizado al ver en lo que se ha convertido el lenguaje». «Eso tics -en referencia a los tuits-... Si la literatura desaparece y es reemplazada por esa especie de caricatura del lenguaje que vemos en las redes sociales, corremos el riesgo de llegar a un mundo de monos. Espero que la literatura al final sobreviva, y si no la sociedad futura va a ser una sociedad nada envidiable, ni ejemplar, invivible». Con esa esperanza, él sigue escribiendo y acaba de terminar «un ensayo que es una autobiografía intelectual y política a través de pensadores que me han influido mucho» y que llegará a las librerías en el primer trimestre del próximo año.
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Yolanda Pantin, premio Casa de América de poesía (Wed, 20 Sep 2017)
La venezolana Yolanda Pantin (Caracas, 1954) ha resultado ganadora de la decimoséptima edición del premio Casa de América de poesía americana por su obra «Lo que hace el tiempo». De la misma destacó el jurado –compuesto por Luis García Montero, Jesús García Sánchez, Juan Malpartida, Jorge Galán, Santiago Miralles y Anna María Rodríguez Arias– que se trata «de un poemario íntimo que activa al mismo tiempo las regiones de la meditación y el pensamiento». El premio, que persigue estimular la escritura poética en el ámbito americano y que está dotado con cinco mil euros, incluye la publicación de la obra con la edición de la Editorial Visor. Recoge la poeta venezolana el testigo de Jorge Galán, ganador en la edición de 2016 por «Medianoche del mundo». Pantin destaca por ser poeta, pero también se desenvuelve en el ensayo, la edición y la escritura de libros para público infantil. Debutó en 1981 con «Casa o lobo» y publicó «21 caballos» en 2011 antes de meterse de lleno en la obra que le acaba de valer el reconocimiento que otorga la Casa de América, con el premio Fundarte de Poesía de Caracas como estación intermedia. En 2004, recibió la beca Guggenheim. Habitual conferenciante en festivales literarios de Europa y América, la traducción de sus obras al inglés, francés, alemán, holandés y portugues la acreditan como una escritora de calado internacional. Es fundadora del Fondo Editorial Pequeña Venecia y la revista El Puente, pensar en Venezuela; fue directora adjunta de la Fundación Casa de la Poesía Juan Antonio Pérez Bonalde, y también del departamento de museología del museo de arte contemporáneo Alejandro Otero de Caracas.
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Vargas Llosa, sobre Cataluña: «Espero que el Gobierno impida que este golpe de Estado tenga lugar» (Wed, 20 Sep 2017)
Tocaba hablar de literatura, pero la realidad se ha impuesto a los deseos de Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936). El escritor, premio Nobel de Literatura, presentaba su último libro en Madrid, «Conversación en Princeton» (Alfaguara), mientras en Barcelona la actualidad política saltaba por los aires ante el desafío independentista. «Tendríamos que concentrarnos en el libro, pero no quiero eludir esa respuesta», ha asegurado, con firmeza, el autor peruano al ser preguntado sobre la situación que vive Cataluña. «Yo quiero mucho a Cataluña y no reconozco a la Barcelona de nuestros días. La Barcelona que yo viví en los 70 era la capital cultural de España en esos años, un puente de encuentro entre escritores españoles y latinoamericanos que se habían dado la espalda durante cuarenta años; allí se reconstruyó un poco esa relación», ha dicho. En aquellos años, como ha recordado Vargas Llosa, «el nacionalismo estaba completamente marginado, viví cinco años allá y no conocí a ningún nacionalista. El nacionalismo era algo anticuado, anacrónico, cosa que yo creo todavía. Era esa la Barcelona que yo conocí, y son dos Barcelonas diferentes». En relación al referéndum que los independentistas pretenden celebrar el 1 de octubre, el premio Nobel tiene claro que «no va a tener lugar» porque «es un disparate absurdo, un anacronismo que está por el desvanecimiento de nacionalidades». En opinión de Vargas Llosa, «el independentismo es una enfermedad que ha crecido de manera lamentable» y espera «que el Gobierno tenga la energía suficiente para impedir que un golpe de Estado tenga lugar y reciba la sanción correspondiente».
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Los cien libros que hay que leer, según Amazon (Tue, 19 Sep 2017)

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Austral, premio nacional a la Mejor Labor Editorial (Tue, 19 Sep 2017)
La editorial Austral ha obtenido el premio nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural correspondiente a 2017 por «una labor divulgativa con la que se identifican varias generaciones de españoles que empezaron a leer, y a pensar, con sus libros de bolsillo, por la amplitud de un fondo editorial que reúne con acierto clásicos de la literatura universal y títulos contemporáneos imprescindibles». Además, el jurado ha tenido en cuenta «su afán de renovación» y «la apuesta por ofrecer a los jóvenes lectores los títulos de siempre con un formato novedoso y atractivo». El premio, que concede el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, tiene por objeto distinguir el conjunto de la labor editorial de una persona física o jurídica que haya destacado por su aportación sobresaliente e innovadora a la vida cultural española. Tiene carácter honorífico y, por ello, carece de dotación económica. El sello editorial Austral, del Grupo Planeta, ofrece un amplio catálogo en formato «de bolsillo» con voluntad de acercar al lector contemporáneo todos los clásicos de la literatura y del pensamiento universal. El catálogo está dividido en cinco colecciones. Una de ellas reúne a los autores anteriores a 1927; en otra tienen cabida todos aquellos autores posteriores a 1927 considerados clásicos contemporáneos; una tercera reúne las obras recomendadas en los programas de estudio de secundaria con complementos didácticos; una cuarta presenta los textos más relevantes en una edición básica y de pequeño formato. Y finalmente, una última colección que reúne las obras más emblemáticas de la literatura universal en edición de tapa dura.
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David Lagercrantz: «Respeto a quienes escriben veinte libros sobre el mismo tema, pero no lo soporto» (Tue, 19 Sep 2017)
Qué mejor sitio que la antigua cárcel de Segovia, reconvertida en centro de creación cultural, para presentar la nueva entrega de la serie «Millennium», la segunda que escribe el autor sueco David Lagercrantz. Dos años después de afrontar, con bastante respeto y no pocos reparos, el encargo del padre y el hermano pequeño de Stieg Larsson, albaceas de su obra, de que continuara la saga creada por éste, Lagercrantz se muestra más seguro de sí mismo y de sus personajes. El miedo que antes sentía hacia Lisbeth Salander se ha convertido en amor incondicional, y la distancia que le separaba de Mikael Blomkvist ha sido salvada, hasta el punto de trasladar rasgos de sí mismo a la personalidad del intrépido periodista. Como consecuencia, en «El hombre que perseguía su sombra» (Destino) Blomkvist es algo menos promiscuo, ha dejado de fumar y prefiere el buen vino a la cerveza. Si en su debut como sucesor de Larsson ABC acompañó a Lagercrantz en Estocolmo (Suecia), en esta ocasión hemos compartido con él viaje a la capital segoviana y charla antes de acabar «entre rejas». Recién llegado de Venecia, apenas pasará 24 horas en España: hoy se traslada a París y la semana que viene estará en Estados Unidos. «¿Y mi colada? ¡Tengo un montón de colada!», se queja el escritor a su agente, víctima de una agenda infernal. Son los pros y los contras de haber vendido seis millones de ejemplares (según cifras de su editorial) en todo el mundo: eres una estrella literaria, sin ropa limpia en la maleta. ¿Por qué nos empezamos hablando de cómo ha cambiado su vida en estos dos últimos años? Ha cambiado de muchas maneras. Ahora esta es mi vida: hablar con los periodistas. Espero ser la misma persona, pero la fama y el éxito te cambian porque la gente te ve de manera diferente e, inconscientemente, empiezas a actuar de forma diferente. Pero espero que eso me haya hecho ser mejor persona. Si no hubiera tenido éxito con la primera entrega, ahora estaría ansioso por tenerlo… Ahora que lo pienso, espero no estar demasiado obsesionado por hablar todo el tiempo de mí [ríe]... ¿Pero está obsesionado? No, intento no estarlo. Por eso la he preguntado cómo la ha ido en este tiempo, desde que nos vimos en Estocolmo, Intento interesarme por la gente, porque todo el mundo quiere que hable de mí. He visto a muchas personas, aunque no diré nombres, que se comportan de manera horrible después de un gran éxito. Hablando de hacer preguntas y responderlas, ¿echa de menos el periodismo? Lo echo de menos, sí, pero no creo que lo haya perdido, porque lo uso. Cuando escribes buen periodismo, debes usar técnicas literarias y cuando escribes buena ficción debes usar investigación periodística. Y aún trabajo como un periodista. Me apasiona el periodismo. Ahora el periodismo es más importante que nunca: hay mentiras, desinformación, un presidente de EE.UU. que nos dice que los periodistas son los enemigos del pueblo... ¡Es terrible! El lema de Trump era: «Hagamos América grande de nuevo». Y yo digo: «¡Hagamos grande al periodismo otra vez, convirtamos a los periodistas en héroes de nuevo, porque son vitales para la democracia!». Sólo hay un problema: la falta de dinero. Es cierto: los medios de comunicación se desangran. Por eso voy a financiar una asociación, dentro del Fondo para el Periodismo de Investigación, para premiar y apoyar a periodistas que quieran profundizar e investigar. Porque en el periodismo tenemos que ser rápidos, pero también lentos, como Mikael Blomkvist. No sólo importa el cuándo, también el qué. El contenido es fundamental. El contenido es absolutamente importante. Hay que ser crítico con las fuentes. Ha mencionado a Blomkvist. Me pregunto qué le ha aportado a usted un personaje así. Bueno, creo que... me veo reflejado en él de muchas maneras. ¿De qué maneras? Lo veo como un ejemplo muy importante, porque no solo excava más profundo, sino que tiene una pasión moral por la injusticia, por la gente que es débil y que es una víctima. ¿Y qué me dice de Lisbeth Salander? Es una chica a la que la sociedad intenta aplastar, pero en vez de debilitarse, se ha fortalecido. Nos enseña que nos podemos hacer más fuertes, incluso si lo estamos pasando muy mal. Además, es un muy buen ejemplo para las chicas jóvenes que intentan agradar a los chicos todo el tiempo. También es un modelo peligroso. Bueno, la gente perfecta no es interesante. Especialmente en la literatura. Exacto. Digamos que Lisbeth Salander es una «mujer cowboy», pero con mejores valores. Háblame de su obsesión por el dragón que ella lleva tatuado. Mi misión es responder a las preguntas que Stieg Larsson no tuvo tiempo de hacerse. Lo más importante es el dragón, me obsesionaba. Le di vueltas a cómo sobrevivió Lisbeth Salander cuando la encerraron en un hospital psiquiátrico. Pensé en el dragón y que un día el dragón se levantaría y se vengaría. ¿Qué ha cambiado en este libro? He sido más valiente, porque estaba muy asustado en la primera novela. Tengo dos complejos con Stieg Larsson: de calidad y de cantidad. Además, quería escribir con un estilo diferente, más duro. Como escritor, intento conquistar nuevas formas de escribir. Eso, al menos, lo ha conseguido: el estilo es completamente diferente. Creo que sí. No sé si soy buen escritor o no, otras personas lo tienen que decir. Pero sé que tengo la capacidad de escribir de maneras diferentes. Mi hermana es una actriz muy famosa en Suecia y siempre la he envidiado porque siempre he querido ser actor. Si algo ha hecho la saga Millennium ha sido poner el foco sobre cierta delincuencia que permanecía soterrada. Estos libros son una advertencia. Cuando Stieg Larsson empezó a escribir, los hackers eran unos tipos que estaban sentados en un sótano haciendo cosas estrambóticas. Ahora, los peores ataques informáticos los hacen los Estados. Sabemos que los hackers rusos influyeron en las elecciones estadounidenses y pusieron a un loco en la presidencia. Lo que necesitamos, sin duda, son hackers del otro bando. Necesitamos tener a buenas personas luchando porque ahora Rusia sabe que la guerra digital es posible. Vivimos una especie guerra. Escribir un libro es una misión y yo quería enseñar algo. Es que, de lo contrario, escribir no vale la pena. Exacto, no vale la pena. Vivimos el periodo más peligroso que he visto en toda mi vida: las fuerzas antidemocráticas, la intolerancia, la guerra de los hackers, la crisis de los medios de comunicación y las mentiras. ¿Qué cree que pensaría Stieg Larsson de sus libros? Eso no lo sé. Es muy difícil hablar de un muerto. Creo que, en primer lugar, le sorprendería el éxito, porque no se lo creería. En su época, algunas personas pensaban que era un lunático que luchaba contra los nazis y contra la extrema derecha. Pero vio lo que se avecinaba, lo vio venir antes que nadie. Escribirá un último libro de la serie y «finito». Sí, uno más y se acabó. Para mí es importante hacer otra cosa para poder evolucionar como escritor. Respeto a los escritores que escriben veinte libros sobre el mismo tema, pero no lo soporto. Necesito nuevos retos. Con la literatura debes sentir lo mismo que con el amor: si hay pasión, ve a por ello. [Lee el primer capítulo de «El hombre que perseguía su sombra»] Claire Foy, caracterizada como Isabel II en «The Crown»- ABC Claire Foy: de Isabel II a Lisbeth Salander La actriz británica Claire Foy interpretará a Lisbeth Salander en «Lo que no mata te hace más fuerte», película basada en el primer libro de la saga «Millennium» que escribió David Lagercrantz cuyo estreno está previsto para el 19 de octubre de 2018. Foy, famosa por su papel de la reina Isabel II en la serie «The Crown», se encargará del carismático personaje que en anteriores filmes interpretaron Noomi Rapace y Rooney Mara. El uruguayo Fede Álvarez, uno de los nombres emergentes en Hollywood gracias a «No respires» (2016), dirigirá la película y firmará el guión, junto con Steven Knight y Jay Basu.
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Teresa Wilms Montt, la poeta aristócrata que encandiló a Valle-Inclán (Mon, 18 Sep 2017)
Nació en Viña del Mar (Chile), el 8 de septiembre de 1893. De sangre aristocrática y descendiente de cuatro presidentes de la república, era la segunda de siete hermanas. Se llamaba Teresa Wilms Montt y su vida fue tan intensa que bien podría haber sido objeto de novela e invención. Pero, ya se sabe, la realidad siempre supera a la ficción. Escritora, poeta, feminista, rebelde, burguesa... «Druidesa», «duendesa» y «anticristesa», a ojos de Ramón María del Valle-Inclán… Su obra, y los avatares de su existencia, han pasado casi desapercibidos a este lado del charco... hasta ahora. La señora Dalloway, una pequeña editorial, acaba de publicar en España sus «Diarios íntimos». Ella misma los definió como «el espejo» de sus sentimientos. Y así se nos presentan. Cuatro capítulos en los que la chilena da cuenta de su corta vida, desde su precipitado matrimonio, a los 17 años y en contra de la voluntad de sus padres, hasta su suicidio en París, el día de Nochebuena de 1921. Entre medias, su encierro en un convento de clausura de Santiago de Chile por adulterio, su paso por Buenos Aires, Nueva York, Madrid, Londres, Córdoba, Granada, Sevilla, hasta pisar, finalmente, tierras francesas en busca de sus hijas, a las que había abandonado, siendo unas niñas, cuando dejó su país. «Transgredió los códigos sociales de su época y su clase», asegura la escritora y periodista chilena Alejandra Costamagna, autora del prólogo de la obra. De los cuatro diarios que Wilms Montt escribió, el primero corresponde a su infancia y adolescencia; el segundo –y más extenso–, a su reclusión en el Convento de la Preciosa Sangre; el tercero, a sus viajes por el ancho mundo y el último, a sus experimentos con las drogas. «En ellos fue registrando, desde muy temprano, sus experiencias vitales y los primeros balbuceos con la poesía. En sus páginas podemos ver a una mujer con carácter, insumisa, desfasada de su época, incomprendida por el medio, que se enfrenta a una sociedad patriarcal, en extremo conservadora. Era prisionera de un sistema sexista, que la castiga una y otra vez», argumenta Costamagna. Se había casado, a los 17 años, con Gustavo Balmaceda, muchacho con el que compartía noble procedencia y una visión romántica de la existencia. Pero poco les duró el cuento de hadas, montado en contra de la familia de ella. Dos años después de darse el «sí quiero», Gustavo descubrió que Teresa le engañaba con su primo Vicente y decidió encerrarla en un convento de clausura. De nada sirvieron los gritos, desconsolados, de sus hijas, Elisa, de cinco años, y Sylvia, de tres. Tampoco que el adulterio, en este caso, fuera cosa de dos: cornudo era él, pero también ella, pues no fueron pocas las aventuras que, según parece, coleccionó. Teresa entró en el convento el 18 de octubre de 1915. En Nueva York, las autoridades la confundieron con una espía alemana y no la dejaron desembarcar «Sufro, palomo mío, cuando miro las estrellas. Quisiera hacerte de ellas una corona luminosa, con rayos de luna y piruetas de sol. Por lecho quisiera darte todos los senos de mujeres hermosas que hay sobre la tierra», escribe, estando presa. Es siempre él, Vicente, al que llamaba «Vicho», el destinatario de sus desvelos. Él, pese a sus hijas: «¡Cuántas noches no he despertado sobresaltada por el remordimiento de no haber dedicado en el día un solo pensamiento a mis criaturas doradas!». La idea del suicidio «se enseñorea» en su cerebro y el 29 de marzo de 1916 intentó suicidarse. Huida Apenas un mes después, decidida a huir («Estoy resuelta a ganarme la vida como mujer, sin mancharme, y a conquistar un nombre, ya que dejaré el mío»), encontró un aliado que andaba medio enamorado de ella desde la niñez: Vicente Huidobro. El poeta la ayudó a escapar del Convento de la Preciosa Sangre, oculta tras un velo, y juntos marcharon a Buenos Aires. Allí anduvieron de la mano poco tiempo. En las calles bonaerenses, en sus cafés y sus tertulias, Teresa coqueteó con unos y con otros, con todos tal vez, hasta que acabó en los brazos de un joven aristócrata. Para ella, un amante más. Para él, el amor de su vida. Tanto fue así que, incapaz de afrontar su rechazo, el muchacho se cortó las venas delante de ella. Sumida en la pena, le dedicó «Anuarí», un hermoso libro de poemas que Ramón María del Valle-Inclán tuvo el deseo de prologar al poco de conocerla en Madrid y que la editorial Torremozas publicó en España en 2008: «Amo la Nada, porque la Nada es Todo, y el Todo soy yo cuando pienso y amo». Versos que presagiaban el destino poético que su autora estaba resuelta a construir. Huyendo del fantasma del no amado, Teresa embarcó hacia Nueva York con intención de trabajar como enfermera de la Cruz Roja en plena Gran Guerra. Pero el barco se convirtió en prisión, una vez más. Al llegar al puerto, la confundieron con una espía alemana y no la dejaron pisar tierra estadounidense. Así lo relata en los diarios: «No me dejaron desembarcar y me encerraron con llave en el camarote por graves sospechas de espionaje al servicio alemán». «Sin filosofía» y «sin ilusiones», decidió viajar hasta España, «huyendo de una pena negra y tan negra, como que emana de una fosa recién abierta en cuyo fondo ha desgarrado mi corazón». Fue retratada por Julio Romero de Torres y hasta el Rey Alfonso XIII le regaló una joya en forma de cruz Cuando pisó Madrid, en 1918, el corazón de Teresa seguía latiendo, y haciendo estragos. Comenzó a alternar con la bohemia de la época, que halló en su belleza el consuelo ante la pacatería de las mujeres de entonces. Doña Emilia y doña Concha eran muy «doñas», pero poco dadas a expresar en público los afectos que la poeta chilena irradiaba casi sin pretenderlo. En el mítico café Pombo de la calle Carretas, Teresa conoció a Valle-Inclán, que al momento quedó rendido y encandilado. El autor de «Luces de bohemia» escribió el ya mencionado prólogo y se convirtió en su sombra. Pero poco más. No hay registros, ni en los diarios de Teresa ni en las habladurías de la época, de que entre ambos hubiera más nada que una estrecha amistad. Al quite estaban, al cabo, Rafael Cansinos Assens, Joaquín Edwards Bello, César González Ruano o Juan Ramón Jiménez. Hasta Julio Romero de Torres la retrató (con esa imagen ilustramos el reportaje) e, incluso, el mismísimo Rey Alfonso XIII le regaló una joya en forma de cruz (ella solía firmar sus artículos «españoles» como «Teresa de la Cruz»). Sin rumbo Desde Madrid, Teresa se movió con frecuencia. Visitó Granada, Córdoba, Sevilla... Y hasta estuvo en Londres, quién sabe si atraída por las voces sufragistas de Emmeline Pankhurst y compañía. Aunque aquel ir y venir, el vagar sin rumbo, a la deriva, que trasladó a sus diarios («Tengo veinticinco años de mi vida tormentosa, que envejece moral y físicamente. No hay entusiasmo en mi corazón, el pobre sólo sabe querer con fierezas de león sin garras...»), se detuvo cuando se enteró de que sus suegros tenían pensado pasar una temporada en París con sus hijas. Hacía cinco años que no las veía, desde que su marido la encerró en el convento, y resurgió en ella un sentimiento maternal que permanecía agazapado en su interior. Se trasladó a la capital francesa e hizo todo cuanto pudo por ver a las chiquillas, que por entonces apenas si recordaban que tenían madre o la habían tenido. El reencuentro, feliz, se produjo, y durante un año estuvieron viéndose, a escondidas de su familia política. Pero sus suegros decidieron regresar a Chile, y se llevaron con ellos a las pequeñas. Teresa, desgarrada, dejó de luchar. Esto escribió, en la última entrada de su diario:«Quiero reposar en la tierra solamente envuelta en una sábana o si es posible en un pedazo de tierra de la fosa común... Dejo a mis hijas Elisa y Sylvia todas mis buenas intenciones; es lo único que poseo y mi único tesoro (...). Nada tengo, nada dejo, nada pido. Desnuda como nací me voy, tan ignorante de lo que en el mundo había. Sufrí y es el único bagaje que admite la barca que lleva al olvido». El 24 de diciembre de 1921 tomó una dosis mortal de Veronal.
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José C. Vales: «No tengo una agenda lo suficientemente importante para ser escritor en España» (Mon, 18 Sep 2017)
En 1965, le preguntaron a Paul McCartney si creía que la música que hacían los Beatles era cultura. El genio de Liverpool respondió, moviendo la cabeza de un lado a otro: «¿Cultura? No, no, por favor, nosotros hacemos música para divertirnos». Y eso es, precisamente, lo que José C. Vales (Zamora, 1965) querría hacer con sus libros. «¿Esto es literatura? No, no, por favor», asegura el escritor, con esa fina ironía, marca de la casa, que está también en sus novelas. La última de ellas, «Celeste 65» (Destino), es un divertido viaje a la Costa Azul de los sesenta, con epicentro en Niza. Vuelve a apostar por el humor y la ironía. ¿Son esas sus armas para enfrentarse a la actual literatura? En realidad, sí. La tendencia actual al elogio y a la apología del dolor, la tristeza y la amargura me parece un poco acartonada, un anzuelo para espíritus sensibles. Este emocionalismo no me interesa nada. A mí me cuesta mucho no divertirme escribiendo. Afortunadamente. Sí. Hay una herencia pop ineludible, y el pop es diversión. Además, la historia literaria española, y buena parte la extranjera, está vinculada al humor. Nuestra principal novela se pensó como una novela de risa, que es la parte más baja del humor. Y antes estaba «El lazarillo», y después «El buscón»… La historia de España es demasiado trágica como para que la literatura se entregue al humor, pero… Es un refugio. Claro. Y es un arma, también. A mí me gusta la ironía y el humor, pero los lectores saben que detrás de eso hay bofetadas a mansalva. «Si la cultura no influye en la sociedad, no es cultura. Hay mucha cultura elitista que no ha influido nada» Sí. De hecho, en la novela se desliza una crítica hacia el mundillo de la cultura elitista. En los años 60, igual que ocurrió en los 20, la gente es la que produce la cultura, no la academia; lo hacen cuatro chicos, casi sin estudios, de Liverpool, que se ponen a tocar en The Cavern. Ellos hacen cultura. Al final, es poner el foco en la sociedad, que es a quien se dirige la cultura y de donde parte. Es que si la cultura no influye en la sociedad, no es cultura. Hay mucha cultura elitista que no ha influido nada. Los Beatles, según algunas estimaciones, han vendido 500 millones de discos. Eso es influir. Por eso no se entiende el rechazo hacia la expresión «cultura popular». Lo que ocurre es que hay niveles. La cultura es relevante cuando la cultura subterránea, la popular, y la elitista se mezclan; cuando esos dos ríos se mezclan, funciona muy bien. Durante las vanguardias, la gente dejó de entender la poesía. «No sé si es interesante ir dando lecciones de quién puede escribir y quién no puede escribir» Hubo una desconexión entre la academia y la calle. Claro, y si la gente no tiene cultura, se la hace. Volviendo a la literatura, usted ha pasado de los locos años 20 de «Cabaret Biarritz», con la que logró el premio Nadal, a los dorados 60 de «Celeste 65». Del jazz a los Beatles. Hábleme de esa transición y de cómo la cultura pop influye en su obra. El pop, no sólo en la música, pero sobre todo en la música. Yo soy un producto de mi tiempo. Hay versos enteros de canciones que salen casi naturalmente a la hora de escribir. Y después está el cine… ¡En «Celeste 65» la gente va al cine a ver «My fair lady»! [reímos]. Yo soy un filólogo que escribe a veces novelas, no me considero novelista como concepto. Cuando dejo la morfosintaxis y la traducción, hago novelas para divertir al lector. El escritor José C. Vales, autor de «Celeste 65»- IGNACIO GIL Y para divertirse usted, entiendo. Sí, sí, sí. Yo reconozco que me lo paso muy bien y a veces tengo que cortar, porque paso del pop al punk con bastante facilidad. ¿Qué tiene de usted Linton Blink, el protagonista de «Celeste 65»? Es entomólogo y le interesan los insectos porque a él le han convertido en un insecto, se lo han hecho creer. En nuestra cultura, el insecto es lo más bajo, y a él se lo han hecho creer con una metodología muy sibilina que consiste en decirle a las personas: «Bah, eso es una bobada». Eso es muy cruel. Hay mucho de mí en el temor a los aviones, en el gusto por la astronomía, en la relación con las mujeres, esa especie de timidez reverencial… ¿Y se siente un poco un bicho raro en el mundo literario? Sí, sí. No tengo una agenda lo suficientemente importante para ser escritor en este país. Pero el negocio está así montado. Lo que me parece más duro de escribir es la exposición pública. «El miedo es esencial para los políticos. Cuando las personas no tienen miedo, empiezan a hablar, a pensar y a molestar» Es que es cierto, el escritor está muy expuesto, y no sólo a las críticas. A los que somos tímidos, nos puede divertir mucho escribir y lo podemos pasar muy bien, pero todo lo que viene después yo no estoy seguro de que me guste. Entonces, hay quien preguntará: ¿para qué escribe? Pues sí, pero yo también me lo pregunto a veces. Todavía no he conocido a alguien que sea coherente. Al final, Linton se ve envuelto en un mundo un tanto ingobernable. El caos es uno de los temas que más me divierte y siempre me remitiré a él. La realidad es inaprensible y esto es un caos. Y en un mundo así, en una realidad así, ¿cómo se agarra un novelista a la tierra, cómo logra mantener los pies en el suelo? Es que no hay ninguna necesidad de mantener los pies en el suelo, hay que soltarse. Estamos sometidos a los vaivenes del azar, pero es estupendo vivir. «Hay mucha gente que confunde la incorrección política con ser un perfecto gilipollas, y además se nota muchísimo» En la época en la que se ambienta la novela, mediados de los 60, el miedo parecía impregnarlo todo: al comunismo, a la guerra fría, a los nazis, a los extraterrestres… Ha pasado medio siglo, pero seguimos teniendo miedo. Sí, porque el miedo es esencial para los políticos. Cuando las personas no tienen miedo, empiezan a hablar, a pensar y a molestar. Es fundamental tener atemorizada a la población, eso es un clásico de la estrategia política. A mí me da miedo la dictadura de lo políticamente correcto. También es bastante problemático que haya personas que vivan de lo políticamente incorrecto. Es decir, lo políticamente incorrecto a veces se utiliza para ser maleducado. Hay mucha gente que confunde la incorrección política con ser un perfecto gilipollas, y además se nota muchísimo. Pero no vamos a decir nombres. El escritor José C. Vales, autor de «Celeste 65»- IGNACIO GIL Por cierto, hace apenas unos días, Javier Marías se quejaba de que nadie respeta los libros y, sin llamarlo intrusismo, manifestó su disgusto con el hecho de que hoy todo el mundo escribe novelas. No sé si es interesante ir dando lecciones de quién puede escribir y quién no puede escribir. Yo, como filólogo y estudioso de la historia literaria, decido cuando voy a una librería qué es lo me me interesa y lo que no. Y procuro no meterme con nadie con la esperanza de que a mí me dejen tranquilo. Tengo entendido que ha puesto cierta distancia con Twitter. Es que yo tengo tendencia a que la gente me caiga bien, y ya tengo hasta amigos que en Twitter empiezan a caerme mal. Le damos una importancia que es muy relativa. [Lee el primer capítulo de «Celeste 65»]
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El hispanista Stanley G. Paine, Premio Espasa 2017 (Fri, 15 Sep 2017)
La obra «En defensa de España: desmontando mitos y leyendas negras», del hispanista norteamericano Stanley G. Payne, ha obtenido el premio Espasa 2017, según el fallo del jurado hecho público hoy, que ha reconocido así un «texto provocador» en el que el autor cuestiona los mitos de la Historia de España. El jurado, presidido por Pedro García Barreno e integrado además por Nativel Preciado, Leopoldo Abadía, Fernando Trias de Bes, y Pilar Cortés, ha destacado que la obra ganadora del reconocido hispanista «cuestiona los mitos de la Historia de España desde un punto de vista heterodoxo y muy personal que reabre el debate histórico». En su libro, Stanley G. Payne ofrece un recorrido personal e innovador por la Historia de España analizando algunas de las cuestiones más controvertidas de su pasado. En el libro, G. Payne destaca cómo la Historia de España es de una inusual riqueza y considera que no hay otra que sea tan vívida en sus imágenes, o más abundante en los conceptos, mitos y leyendas que se han formado de ella. En opinión del hispanista, de todos los países occidentales, la Historia de España es la más exótica y también la más extensa, tanto cronológica como geográficamente. Tras conocer la concesión del galardón, Stanley G. Payne se ha mostrado muy agradecido al jurado por este prestigioso premio: «He trabajado como historiador más de sesenta años, principalmente en la Historia de España, y es motivo de gran satisfacción y de gratitud ver esta obra coronada» con este reconocimiento. El hispanista ha explicado que su libro, que será publicado el próximo 17 de octubre, intenta presentar «una interpretación de los aspectos más importantes de la historia del país, un grano de arena más en el gran mar que es la inmensa bibliografía sobre la historia de España». Stanley G. Payne es catedrático emérito de Historia en la Universidad de Wisconsin-Madison. Ha publicado una veintena de libros sobre la historia de España y Europa contemporánea. «¿Por qué la República perdió la guerra?», «Franco. Biografía personal y política» y «El camino al 18 de julio» son algunas de las obras más recientes de este hispanista que es miembro de la American Academy of Arts and Sciences y correspondiente de las RR. AA. de Historia y Ciencias Morales y Políticas de España. Ha recibido la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica y es Doctor Honoris Causa por la Universidad Rey Juan Carlos. A la XXXIV edición del Premio Espasa, dotado con 30.000 euros, se han presentado originales, además de España, de México, Argentina, Cuba, Colombia, Estados Unidos y Tailandia. Ángela Rodicio con «Las novias de la Yihad», fue la ganadora del pasado año, mientras que en ediciones anteriores han sido reconocidos con el Premio Espasa autores como Luis Rojas Marcos, Javier Tusell, Fernando Arrabal, Jon Juaristi o Manuel Cruz.
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Pedro González Moreno gana el premio Café Gijón con «La mujer de la escalera» (Thu, 14 Sep 2017)
Pedro González Moreno ha ganado la 67 edición del premio de novela Café Gijón con su obra «La mujer de la escalera», según ha anunciado este jueves 14 de septiembre el escritor José María Guelbenzu. Este certamen literario es uno de los más antiguos del panorama nacional y cuenta con una dotación económica de 20.000 euros. El galardón fue instituido en 1949 como réplica del prestigioso premio Nadal, que se convocaba en Barcelona. La ganadora del pasado año fue Isabel Bono con su obra «Una casa en Bleturge». La idea de la creación del premio salió del actor Fernando Fernán Gómez y un grupo de amigos con los que compartía tertulia en el café del Paseo de Recoletos, entre los que se encontraban Camilo José Cela, José García Nieto, Manuel Aleixandre, Eduardo Haro Tecglen. Desde 1989, el Ayuntamiento de Gijón es el encargado del patrocinio y la organización de este premio, que cuenta en su nómina de ganadores con autores de la talla de Carmen Martín Gaite, Eduardo Mendicutti, Luis Mateo Díez, Luis del Val, Fernando Quiñones, José Carlos Somoza, Lázaro Covadlo o Fernando Luis Chivite.
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Aparece una edición inédita de «Poesías de la guerra», de Pedro Garfias (Thu, 14 Sep 2017)
El pasado 9 de agosto se conmemoró el cincuenta aniversario de la muerte de Pedro Garfias, una de las figuras esenciales para entender el ultraísmo. Coincidiendo con esta efeméride, el profesor José María Barrera, investigador de la vanguardia hispánica, acaba de dar con un hallazgo literario muy relevante que constata la existencia de una versión inédita del poemario «Poesías de la guerra», publicada por Ediciones El Comisario y que se terminó de imprimir en Valencia el 7 febrero de 1937. Hasta ahora se conocían tres muestras de la poesía de guerra de Garfias: «Poesías de la guerra» (Valencia, Plaza de Nules 2,Subcomisariado de Propaganda del Comisariado General de la Guerra, 1937), que es con toda probabilidad posterior desde el punto de vista cronológico;«Héroes del Sur (Poesías de la guerra)» (Ed. Nuestro Pueblo, 1938) y «Poesías de la guerra española» (México, 1941). Pero no había constancia de la versión anterior deEdiciones El Comisario, que apareció como primer número de una serie. Barrera ha dado con dicho ejemplar inédito, que ha localizado en la Biblioteca Daniel Villegas Cossío de El Colegio de México y en el Legado de Miguel Hernández, depositado en el Instituto de Estudios Giennenses de la Diputación de Jaén. Esta edición de El Comisario no se halla en la Biblioteca Nacional de España (BNE), ni en ninguna otra biblioteca del país. El ejemplar que Barrera ha hallado en el Legado Miguel Hernández incluye también la dedicatoria personal que Pedro Garfias le hizo al poeta de Orihuela, al que le unía una gran amistad. La nueva versión de «Poesías de la guerra» tiene algunas diferencias con la que se conocía. Consta de 48 páginas, tomando la primera como portada y la última como contraportada.Sus dimensiones son más reducidas, ya que mide 10x13 ctms., frente a los 12x18 ctms. y las 16 páginas de la edición conocida de Plaza de Nules, 2.Además, en su interior se editan 16 poemas, cada uno con una pequeña ilustración en su frente de Arturo Souto. El pequeño volumen, «con sentido didáctico para los soldados en el frente, está dedicado a “Villafranca de Córdoba” y se subdivide en cuatro secciones», dice Barrera. «Los cambios más significativos de la edición de El Comisario con respecto a la ya conocida están en las “Poesías de anteguerra”, que desaparecerán en la segunda versión, y el poema “Miliciano de guardia”, que no figura en la primera de El Comisario y sí en la segunda edición», aclara este investigador, que añade que «lo más seguro es que la segunda edición de “Poesías de guerra” sea de junio o julio de 1937». Otros textos Este ex profesor universitario y catedrático de instituto, comenta a ABC que está preparando el libro «Epistolarios y otros textos», con textos de Garfias. Esta obra será editada por el Ayuntamiento de Osuna (Sevilla), que ha nombrado recientemente al poeta Hijo Adoptivo. La vinculación del poeta con la localidad ursaonense es muy estrecha, «porque éste nació en Salamanca, pero con cuatro años su familia se trasladó a Osuna. Tras hacer el bachillerato en Cabra y una estancia en Madrid, regresó a Osuna en 1923 y se casó allí con Margarita Fernández en 1929». De ahí pasó a la Carolina y Madrid. Al estallar la guerra, va a los frentes, es designado comisario político y cultural. Lo nombran también subcomisario de Propaganda de Valencia antes de exiliarse a México.
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La Feria del Libro de Guadalajara homenajeará al editor español Juan Casamayor (Wed, 13 Sep 2017)
La Feria Internacional del Libro (FIL) de la ciudad mexicana de Guadalajara rendirá homenaje este año al editor madrileño Juan Casamayor «por su militancia, empeño y especialización en torno al cuento», un género que él ha impulsado con «tenacidad y paciencia». El editor recibirá el homenaje al mérito editorial el 27 de noviembre próximo, en el marco de la trigésimoprimera FIL, que este año tiene a Madrid como invitada de honor, informa la Feria en un comunicado. Casamayor (Madrid, 1968), destaca la organización, es fundador de Páginas de Espuma, un «sello independiente desde el cual ha construido un catálogo donde conviven algunos de los más importantes cuentistas contemporáneos junto a clásicos de la literatura universal». Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Zaragoza, donde realizó su doctorado en literatura española del siglo XVIII, y en 1999 fundó, junto con Encarnación Molina, la editorial Páginas de Espuma. Con una veintena de novedades al año y presencia en España y América Latina, este sello «ha logrado vincular a escritores y lectores de las dos orillas del Atlántico», dice la FIL. Casamayor ha sido «editor de figuras indiscutibles del cuento reciente en español, como Guillermo Arriaga, Eduardo Berti, Marcos Giralt Torrente, Fernando Iwasaki, José María Merino, Guadalupe Nettel, Andrés Neuman, Clara Obligado, José Ovejero e Ignacio Padilla». Además de Enrique Serna, Edmundo Paz Soldán, Samanta Schweblin, Ana María Shua, Eloy Tizón, Jorge Volpi o Ángel Zapata, entre muchos otros autores. En el pasado, este reconocimiento ha sido concedido a figuras del mundo de la edición como Beatriz de Moura, Inge Fertinelli, Jorge Herralde, Neus Espresate, Adriana Hidalgo y Antoine Gallimard. Este homenaje nació en 1993, cuando la FIL reconoció la labor del argentino Arnaldo Orfila Reynal -quien fue director del Fondo de Cultura Económica y fundador de Siglo XXI Editores-, a fin de destacar la visión y el oficio de esta figura clave del mundo de los libros.
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La China de Mao, a través de los ojos de César M. Arconada (Wed, 13 Sep 2017)
Si teclean en Google la palabra Arconada, en apenas 0,57 segundos les saldrán unos 775.000 resultados. Un primer vistazo les remitirá a aquel portero, de nombre Luis Miguel, que no logró parar el disparo de Platini en la final de la Eurocopa de 1984. España perdió frente a Francia y el error marcó para siempre al futbolista. Pero esa es otra historia. La que hoy nos ocupa tiene que ver con un escritor, que compartió apellido con el portero y fue uno de los grandes prosistas de la Generación del 27: César M. Arconada (1898-1964). Su obra, injustamente olvidada tras su fallecimiento en el exilio en Moscú durante el franquismo, cobra hoy renovada vigencia gracias a la Colección Obra Fundamental de la Fundación Banco Santander, que acaba de publicar el inédito «Andanzas por la nueva China». Editado y prologado por Gonzalo Santonja, el principal estudioso y valedor de la obra de Arconada, el libro recoge el viaje que el autor español realizó en 1957 por el país asiático invitado por el Gobierno de Mao. Se trata de una crónica periodística, de incuestionable valor literario, en la que se entremezclan la sabiduría popular, lo legendario, los tipos humanos, la realidad y la vida en ciudades como Yenán, Shanghái, Pekín o Sian. En palabras de Santonja, «Arconada merecía una recuperación que le hiciera justicia y esta obra nos lo devuelve en toda su magnitud». Pero, ¿por qué ha permanecido inédita hasta la fecha? La respuesta está en la trayectoria vital del escritor. Nacido en Astudillo, un pequeño municipio de la provincia de Palencia, a finales de la década de los 20 se traslada a Madrid, donde se convierte en redactor jefe de «La Gaceta Literaria». De formación autodidacta, fue un intelectual brillante: ensayista, poeta, periodista, crítico, dramaturgo, narrador... Algunos de sus títulos, como «Vida de Greta Garbo» y «En torno a Debussy», fueron auténticos best seller de la época. Muy comprometido socialmente, se incorporó a las filas del Partido Comunista, donde estableció una relación fraternal con Rafael Alberti y María Teresa León. Arconada, con Alberti y Gimenez Siles tras salir del campo de concentracion- ABC La «Guerra Incivil», como la denomina Santonja, le sorprendió en Irún y la derrota de los republicanos le sumió en el desánimo, hasta el punto de que llegaron a publicarse artículos que lo acusaban de derrotista. Tras la Batalla del Ebro, huyó a Francia y terminó en un campo de concentración, de donde fue rescatado por Pablo Neruda y la filántropa Nancy Cunard. Finalmente, eligió Moscú como exilio voluntario, frente al destino mexicano de muchos de sus compatriotas y amigos. En Rusia, como recuerda Santonja, además de escribir, fue un gran divulgador y traductor de los grandes clásicos, pues «sus autores de referencia eran Cervantes y Lope, aunque también le interesaban mucho Unamuno, Machado y Blasco Ibáñez». Arconada y su traductora china- ABC A mediados de los 50, el Gobierno chino invitó a una serie de escritores a que recorrieran el país para difundir sus bondades en occidente. Entre ellos, Arconada y su mujer, María Cánovas. De aquel viaje, en el que contaron con un séquito de diez personas en el que no faltaron guías, secretarias o conductores, surgió «Andanzas por la nueva China». Un libro que, según Santonja, «nace de una extrañeza y es fruto de una contradicción». «Extrañeza» por verse Arconada en aquel lugar y en aquel tiempo, y «contradicción» porque le encargan una obra de propaganda y él escribe una crónica de autor, donde su mirada lo impregna todo. «Por eso es un libro moderno. Él busca la China eterna. A él le interesa ‘el color humano de la arcilla’, no la industrialización», aclara Santonja. Publicación Los chinos, claro, se negaron a publicarlo. Tampoco quisieron saber nada de él los soviéticos, pues era un texto apologético de China. Lo intentó entonces en Argentina, pero hacía relativamente poco que allí había salido el libro de Alberti y María Teresa León sobre su periplo en tierras de Mao y no cuadraba repetir mensaje. Así que, tras la muerte de Arconada, el libro quedó inédito y en el olvido... Hasta que dio con él Santonja: «Empecé a interesarme por Arconada cuando era estudiante. A través del Partido Comunista di con su hermano, que me puso en contacto con María Cánovas. Fue ella quien me facilitó una copia de este libro». Un justo homenaje a uno de los grandes de esa Generación que este año celebra un siglo. Una de las hojas del original de la obra, con las palabras chinas escritas por Arconada- ABC
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