Libros

Éric Vuillard: «Como en 1789, todos nuestros problemas nacen del paro y la deuda» (Wed, 20 Feb 2019)
La toma de la Bastilla es el icono de la Revolución Francesa. Un episodio tan difundido que parecería ocioso volverlo a evocar. Todo reside en el punto de vista. Hasta ahora, el relato canónico abrevaba en Jules Michelet. «Es el primer historiador en sentido moderno; en mi juventud lo admiré y me brindó pautas, pero atribuye todo más mérito a un hombre, el diputado Thuriot, que a todo al pueblo de París», advierte Éric Vuillard. En «14 de julio» (Tusquets/Edicions 62), el autor de «El orden del día» (premio Goncourt, 2018), baja de las almenas del poder para recrear las vivencias de los de abajo. Su receta: «Hay que escribir lo que se ignora. En puridad, se desconoce lo que ocurrió el 14 de julio. Los relatos que poseemos son encorsetados o descabalados. Hay que plantearse las cosas a partir de la multitud sin nombre. Y debe relatarse lo que no está escrito. Debemos deducirlo del número, de lo que sabemos de la tasca y de la calle, del fondo de los bolsillos…» Todos los personajes de «14 de julio» existieron: limpiabotas, vinateros, cocheros, pordioseros, fruteros, caldereros. En los archivos se contabiliza un millar. Cada uno con su nombre, apellido, dirección... Algunos, incluso, narraron la experiencia de aquel día. Es el caso de Claude Cholat, pequeño vinatero de la rue de Noyers. Otros reaparecieron en cartas en las que pedían al gobierno una pensión para paliar su miseria, o compensar invalideces y mutilaciones. A los historiadores, explica Vuillard, les incomodaba incorporar el testimonio del vinatero analfabeto: «Lo juzgaban poco fiable, pero ellos no estuvieron en la Bastilla y Cholat sí». Con su relato se rompe con la ‘historia sagrada’ de una Revolución de matriz burguesa. Vuillard se adentra en las catacumbas con los cadáveres de la matanza del 28 de abril de 1789, represión de la revuelta de Rèveillon. Los comisarios, que cumplían la función de juez y policía, levantaron acta. Raídos chalecos de basto algodón, botones desparejados y, siempre, los bolsillos vacíos. La portada de «14 de julio» rinde homenaje a ese detalle. En lugar de destacar, como siempre se ha hecho, a la mujer con la bandera tricolor y los senos descubiertos de “La libertad guiando al pueblo”, Vuillard fija la atención en un joven de la parte baja del óleo de Délacroix: «Es el revolucionario anónimo, con la rabia marcada en el rostro». «14 de julio», como «El orden del día», supera la estanqueidad de los géneros. «La relación entre literatura y realidad es cada vez más estrecha. Prefiero la verdad sobre el pasado que la ficción sobre el presente», subraya el escritor al reivindicar el documentalismo de Zola en «Germinal». ¿Enseñanzas para la Francia de 2019? «La crisis de 2008 ahondó en las desigualdades. Nuestros problemas nacen del paro y la deuda, tanto en aquel 14 de julio con el banquero especulador Necker como ahora. Los chalecos amarillos revelan tensiones que estaban dormidas», concluye.
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Emilio Lledó: «La política, por lo general, está en manos de ignorantes» (Wed, 20 Feb 2019)
Ha querido el destino que ayer coincidiesen dos estrenos literarios: lo último de Pedro Sánchez y lo último de Emilio Lledó. No tienen mucho que ver, salvo que sus protagonistas, separados por un buen tramo de edad y tantas otras cosas, ilustran con su rostro las portadas. Pero el libro del filósofo –«Palabras en el tiempo. Abecedario filosófico de Emilio Lledó»– lo firma su discípulo Cipriano Játiva, mientras que el presidente ha rubricado en solitario, y en rojo, su «Manual de resistencia» (Península), una decisión que ha dado bastante que hablar, sobre todo a Irene Lozano . «La política, por lo general, está en manos de ignorantes (...) Y el político, dice Aristóteles, tiene que ser decente. Y si no es decente destroza la ciudad, todo lo que tiene a mano», alertaba ayer Lledó durante la presentación de la obra. Lo suyo fue, como tantas otras veces, un canto al valor de la palabra, que tanto escasea en estos tiempos de verborrea oral y editorial. «Tienes que decir algo que tenga sentido. Me llama la atención esta obsesión por la libertad de expresión. La libertad de expresión no tiene la menor importancia si no hay libertad de pensamiento. Claro que es maravillosa… Pero si solo dices majaderías, ¿para qué sirve? Lo importante es la libertad de una mente que fluye como ese río de Heráclito», sentenciaba. El valor del lenguaje El intelectual estaba contento y agradecido, porque se ha visto a sí mismo de una forma nueva y original gracias al trabajo de recopilación y edición que ha hecho Játiva. «Palabras en el tiempo» es una laboriosa selección de las ideas de Lledó, una puerta abierta a ese río que lleva dentro, y en el que flotan los grandes conceptos de lo humano: amistad, amor, cultura, memoria, diálogo… «Él es un maestro de la palabra en el sentido más profundo, filológico y filosófico», subrayó Játiva. Y como maestro, Lledó no se olvidó de reivindicar la necesidad de una educación de calidad, independiente de las ideologías (por elevación, claro). «La igualdad de todos los ciudadanos ante la educación es uno de los principios esenciales de la política. Por eso hay que luchar por esa enseñanza pública, donde no sea el dinero lo que determine la diferencia. Y yo lo he vivido en Alemania. No estoy diciendo ninguna utopía», recordaba. Quizás sea ese el verdadero manual de resistencia. Pero contra la ignorancia. «Palabras en el tiempo. Abecedario filosófico de Emilio Lledó» Cipriano Jávita. Fundación José Manuel Lara y Centro de Estudios Andaluces. 320 páginas. 18 euros
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Un libro para despertar a los amantes del latín, esa lengua inmortal (Tue, 19 Feb 2019)
En 2012, cuando el latín ya era una rara avis, el filólogo y diputado nacional por el PP de La Rioja Emilio del Río comenzó a desgranar la influencia de esa lengua en nuestro día a día en Radio Nacional de España. Lo hacía (lo hace) semanalmente en el programa «No es un día cualquiera», en una sección que lleva por nombre «Verva volant», literalmente, «las palabras vuelan». Y tanto. Aquello congregó a una audiencia considerable y curiosa, y muchos profesores de instituto comenzaron a usar su voz para atraer a los alumnos al estudio del latín. Ahora, varios años después del inicio de aquella aventura, Emilio del Río recupera ese afán divulgador en «Latín Lovers. La lengua que hablamos (aunque no nos demos cuenta)» (Espasa), un libro que parte del humor y del anecdotario histórico y lingüístico para acercar el latín a todo el mundo. «Es un libro provocador. Lo que pretendo es hacer ver hasta qué punto tenemos presente la cultura clásica y el latín en nuestras vidas. Y de forma amena, claro», explica el autor. El objetivo es luchar un poco contra esa corriente generalizada que trata de enterrar a esta lengua que ni mucho menos está muerta. «Es una lengua inmortal», sentencia Del Río. «No hay nada más moderno que la cultura clásica. Tenemos que copiar lo que hace mejor a los grandes países», asevera. En Alemania, por ejemplo, todos los alumnos salen de la educación obligatoria con, al menos, dos años de latín. «Y en Francia el ministro de Macron ha puesto en marcha una reforma para que haya más latín en el sistema educativo... Si Europa es Europa, es gracias a nuestro pasado clásico», subraya. El libro contiene 53 capítulos, que sacan sus títulos de películas, música pop y rock o alguna expresión cotidiana. En realidad, son excusas para atrapar al lector y responden a preguntas tan rocambolescas como interesantes. ¿Sabías que cerdo y seda son la misma palabra? Ambas vienen de saeta, que en latín significaba «pelo áspero, pelo fuerte, grueso». «Un derivado nos lo metemos en el cuerpo (el cerdo) y otro nos lo ponemos por fuera (la seda)», escribe Del Río. Y otra curiosidad: nuestros mapas vienen de los pañuelos, que en latín se llamaban mappas. «Es que el latín es divertido. Muy divertido –reconoce–. Y lo necesitamos para conocernos mejor, para interpretar mejor el mundo, para relacionarnos mejor... Nos forma como mejores ciudadanos». Y para ilustrar esta idea, claro, recurre al cine. «Hay una escena memorable en esa obra maestra de los Monty Python que es “La vida de Brian”, en la que se preguntaban: “¿Qué han hecho los romanos por nosotros?” Pues todo. La lengua, el derecho, la noción de ciudadano...», remata Del Río.
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Amas de cría, pioneras del feminismo en la España rural (Mon, 18 Feb 2019)
El 19 de julio de 1848, apareció publicado en el «Diario de Santander» el siguiente anuncio: «Se necesita una nodriza ó ama de leche que no pase de un año que haya parido, que sea amable, aseada, leal, y trabajadora. Las personas que han dejado este encargo, en la Agencia é Imprenta del Diario, manifestaron además que preferían á una pasiega de iguales circunstancias». Aunque, a ojos del lector actual, a veces un tanto miopes, por falta de perspectiva, la solicitud puede llamar la atención, si nos situamos en aquel lugar y en ese momento, era una práctica muy habitual. Las demandantes eran, en su mayoría, familias de la alta burguesía de Madrid, Barcelona, Bilbao, Sevilla o Granada. Durante dos siglos, los que van desde mediados del XVIII al año 1946, aproximadamente, cientos de mujeres, en su mayoría procedentes de los valles pasiegos, en Cantabria, dejaron atrás a su familia, para poder sacarla adelante. Esta supuesta contradicción encierra un sacrificio tan doloroso que marcó, para siempre, las vidas de todos los que, de alguna forma, se vieron involucrados. Una de esas vidas pudo haber sido la de Vega Abascal, la protagonista de «Te di mi palabra» (Plaza & Janés), segunda novela de la escritora Concepción Revuelta. Oriunda de Cantabria, como casi todas las amas de cría -tanto es así que, en los diccionarios de la época, ama de cría terminó siendo sinónimo de pasiega- la autora quiso rescatar a estas mujeres del olvido de nuestra Historia más reciente para «darles el valor que tienen». En el caso de su personaje, tras enviudar y recién parida su segunda hija, se instala en la casa de una acaudalada familia madrileña para criar a la hija del matrimonio, que hace aguas. La inminente Guerra Civil no hará sino complicar, aún más, el destino de Vera, luchadora hasta el final, y con todas sus consecuencias. «La gente joven debe conocer el pasado. Ahora tenemos muchas más facilidades y, aunque seguimos luchando por la igualdad, por romper ese famoso techo de cristal, la lucha empezó hace muchísimos años, y de una manera penosa. Quería ensalzar su trabajo, su esfuerzo y el sacrificio que tuvieron que hacer». Luchadoras, llenas de tesón y de fuerza, las amas de cría tuvieron que sobrevivir a la ruptura entre dos mundos opuestos: el campo, al que pertenecían, y la ciudad, de la que nunca llegaron a sentirse parte. «Fue una decisión muy dura, noches en vela pensando en lo que iba a dejar. Nunca había visto el jabón de olor, ni tanta agua de colonia. Parecía una jaula, pero agradecía los paseos por esas calles tan grandes. Al principio, me quedaba como las vacas mirando al tren: con la boca abierta». Es uno de los testimonios que se cobijan en el Museo de Las Amas de Cría Pasiegas, en Selaya (Cantabria). Los rostros de quienes hicieron Historia, pero han sido ignoradas por ella -la autora considera que el «olvido» se debe a la «vergüenza social» de que exsitieran-, cubren las paredes de la Casa de la Beata, situada junto al Santuario de Nuestra Señora de Valvanuz. Entre ellos sobresalen los de María Gómez, natural de Vega de Pas, y Maximina Pedraza, oriunda de Heras, nodrizas, respectivamente, de los Reyes Alfonso XII y y Alfonso XIII. Ellas tuvieron más suerte que el resto de amas de cría: además del sueldo que percibían (unas tres mil pesetas anuales, muy alto para la época), la Casa del Rey pagaba una pensión vitalicia. Eso sí, las condiciones de «contratación» eran las mismas para todas, e incluían requisitos físicos y morales: haber tenido ya dos hijos, «temperamento sanguíneo», «carnes consistentes», «incisivos y caninos completos», «transpiración sin olor repugnante», «pechos bien conformados pero no muy abultados», «carencia completa de erupciones cutáneas y de cicatrices en cualquier región del cuerpo», «color moreno claro», «carácter dulce dulce y apacible», «buen sentido común» o «tranquilidad habitual del ánimo», entre muchas otras, y muy diversas, exigencias. El encargado de atestiguarlo era, siempre, el médico de la zona de origen de la nodriza. Incomprensión Una vez completado su trabajo, al regresar a su casa, las aún jóvenes pasiegas no siempre contaban con la comprensión de sus vecinos. Ni siquiera de sus familias. No eran pocos los que las miraban con recelo y hasta levantaban bulos, siempre inspirados en las supuestas pasiones amorosas que habían despertado -y hasta protagonizado, según los peores cotilleos- en la ciudad. Ellas callaban, y seguían sacando a su familia adelante. «Sin saber lo que era aquello, porque lo desconocían, al vivir en un entorno rural muy cerrado, eran feministas -argumenta Revuelta-. A medida que vas escribiendo, tú misma te sorprendes de lo que vas viendo. Aprendes a valorar, todavía más, la lealtad, el compromiso. Cada mujer, en un momento determinado de su vida, por desgracia, tiene que enfrentarse a cosas para las que demuestra un valor increíble. Siempre somos el punto de apoyo, siempre somos las más fuertes». El problema, como sostiene Revuelta, «es que el mundo está gobernado por los hombres, y eso es muy difícil de cambiar». Valgan novelas como esta para seguir obrando el milagro.
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La sensualidad entre fogones del XVIII en «La cocinera de Castamar» (Mon, 18 Feb 2019)
«Trajeron después ánades asadas, que vinieron decoradas sobre panes de trigo tostados con manteca y rociadas con salsa de membrillos. Se mantuvo a la expectativa, pensando que sería difícil superar lo probado. Sin embargo, experimentó un deleite intenso, dulce y provocador, que le hizo emitir un pequeño suspiro. ¡Cómo podía aquella carne desprender una esencia tan exquisita!» Estas líneas llenas de sabor, de aromas de fogones, casi previendo la «petite mort» del comensal, están extraídas de la primera novela del cineasta y escritor Fernando J. Múñez (Madrid, 1972). Una novela de época más que histórica, que nos llevará a un siglo XVIII en el Madrid de esa recién llegada dinastía de los Borbones, donde las conjuras y las intrigas hacen de forillo de un relato lleno de referentes. Pese a que el propio autor indica que intentó que «la ambientación no se comiera el libro», es difícil no verse envuelto por el talco de las pelucas, el frufrú de las faldas panier, y los acordes de un clavecín, para meternos de lleno en una historia que inevitablemente nos trae memoria de «Las relaciones peligrosas» de Chordelos de Laclos. Aquí nos cuentan una historia clásica de un amor imposible entre clases, entre el duque Diego de Castamar y la cocinera Clara Belmonte, rodeados ambos de un elenco de personajes fascinantes que pululan por el palacio señorial que da nombre al libro «La cocinera de Castamar» (Planeta). Emociones En un mundo tan piramidal y estratificado como Múñez nos plantea, la clave que halla para dar rienda a la pasión la va a definir dentro de las cuatro paredes de la cocina donde la protagonista está casi recluida (y si quieren saber el porqué me temo que no van a tener más remedio que leer la novela), pues como el autor señala, «la gastronomía puede producir emociones». Emociones repletas de sensualidad y de fogosidad, pues la combinación entre comida y erotismo aparece establecida como una forma de diálogo secreto entre los protagonistas. La principal, Clara Belmonte, recrea con los platillos que van apareciendo humeantes por las páginas de «La cocinera de Castamar» una suerte de metalenguaje que al lector le subyugará como si estuviera leyendo en 3D, de manera que los jugos gástricos andarán a la par de las emociones que la historia transmite. Fernando J. Múñez quiere engancharnos con los olores que traspasan del papel al mundo del lector, para andar sorprendiéndonos a medida que vamos leyendo, tanto como él lo iba estando cuando lo iba escribiendo. Si él mismo no se sorprendía (pues como autor de brújula se define), sabía que nadie lo haría cuando nos internáramos por ese doble mundo del «arriba y abajo» que la literatura inglesa tan genialmente siempre nos ha mostrado. La mujer de la época Porque este cineasta atrapado en lo que podríamos considerar también como una novela decimonónica clásica, quiere reflejar lo que era el mundo de la mujer en esa época, y lo que él abiertamente denomina «opresión» a la que estaba sometida independientemente de si era de alta o baja cuna. No obstante, esta novela no pretende ser reivindicativa aunque finalmente lo sea de manera inevitable. También es importante señalar la labor del autor con el cuidado que pone para que no quede personaje representativo de ese olvidado siglo XVIII a lo largo de estas más de 750 páginas, que se leen con deleite, y se terminan con las ganas de servirse un vino oloroso como postre a un punto final de un libro lleno de acción, lances de espada, secretos perturbadores, lujuria irrefrenada, y goces que emanan de una sensualidad entre fogones.
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Balmis: la primera expedición humanitaria global de la historia fue española (Sun, 17 Feb 2019)
Estos ángeles fueron los 22 huérfanos que teniendo poco más que perder que la vida en el viaje llevó la salvación de la mortal Viruela en sus propios brazos a los territorios de ultramar a principios del siglo XIX. Dirigidos por experiencia de dos médicos españoles, el alicantino Francisco Javier Balmis y el catalán José Salvany y la entrega incondicional de una gallega llamada Isabel de Zendal se hizo posible esta gran hazaña. La idea para escribir una novela sobre esta gesta tanto tiempo olvidada me la dio en el 2003, el ya fallecido, erudito historiador y buen amigo Gonzalo Anes. Por aquel entonces además la entonces Ministra de Sanidad, Ana Pastor, quería celebrar por todo lo alto el segundo siglo de historia de este inigualable hito tan desconocido para muchos. Quise involucrarme a mi manera en ese común afán para poner de una vez por todas a Francisco Javier Balmis, a José Salvany, a Isabel de Zendal y a los huérfanos que sirvieron de probeta salvadora en esta filantropía a la altura de otros expedicionarios de la talla de Humbolt, Vancouver o Malaespina. Poco tiempo después publiqué mi libro «Angeles custodios». En él Isabel es la protagonista que vive entregada al cuidado de los niños y como suele pasar, al saber de ella otros tantos escritores, también se decidieron a posteriori a contar esta historia con su propio estilo. Asimismo, el cine por fin se hizo eco de aquella odisea y se rodó un largometraje basado en mi novela titulado «22 angeles» dando todo ello la proyección que ansiábamos para que nunca más los héroes de esta historia fuesen vilipendiados o lo que es peor, olvidados. Procuré que no faltase un ingrediente para hacer de ella una historia cuajada de pasión, amor, viajes y aventuras y anclé sus pilares en la realidad que los ensayos escritos al respecto describían de estos etéreos héroes que hasta el momento parecían diluidos en el ostracismo de los tiempos. La vacuna en cuerpos Cuando a Balmis se le ocurrió la idea, hacía cinco años que el Doctor Jenner había escrito un ensayo explicando cómo había descubierto el porqué de que las mujeres que ordeñaban vacas eran inmunes a la mortal viruela y la manera de inmunizar a todos de una forma parecida. Los médicos habían llevado en cristales sellados la salvación a América del norte, pero por algún motivo que se desconocía en climas más cálidos como el ecuador la linfa llegaba degradada a su destino. Fue precisamente entonces cuando a Balmis se le ocurrió resolver esta adversidad dirigiendo el mismo una expedición que llevaría a los virreinatos la salvación en una cadena de cuerpos que según los tiempos de desarrollo de la enfermedad irían utilizando en orden. Al no encontrar voluntarios dispuestos a prestarse para semejante experimento tuvo que recurrir a esos huérfanos que a nadie le importaban excepto a la rectora del hospicio de la Coruña de donde los sacó. Como médico personal de la familia real, recibió el encargo del Rey Carlos IV, de extender la vacuna a todos los territorios españoles de Ultramar. En aquella época, la viruela causaba estragos entre la población, con una tasa de mortalidad del 30 por ciento. La Real Expedición Filantrópica de Balmis, que en un principio llegaría hasta Filipinas, acabó dando la vuelta al mundo. Desde el puerto de la Coruña, inmunizó a las poblaciones de Canarias, América, Filipinas, Macao, Cantón y la Isla Santa Elena. Con medios tan precarios como un barco de vela, cuatro médicos y seis enfermeros, convirtiendo su expedición probablemente en la primera acción humanitaria de ámbito universal. La labor realizada sin duda constituyó una de las actuaciones de salud pública y educación sanitaria más importantes de todos los tiempos en general y de la Ilustración en particular. La avanzada mentalidad científica de Balmis, al crear las Juntas Sanitarias y Casas de Vacunaciones Públicas por los lugares que pasó fue encomiable. Aquella era una enfermedad tan atroz que al que solía vencerla le quedaba tatuada en forma de profundas cicatrices por toda su piel para recordárselo. Documentándome leí por aquella época todos los ensayos que se publicaron al respecto y me di cuenta de que faltaba un libro, en el que la que el protagonista no fuesen Balmis, Salvany o los niños que ya tenían su propio libro titulado «En el nombre de los Niños: La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna de Emilio Balaguer Perigüell y Rosa Ballester Añón»; la protagonista para mi debía de ser Isabel de Zendal, la mujer que cuidó de aquellos pequeños para que sobreviviesen al viaje y pudiesen servir a la causa. Tuve que vestirme de Balmis. Un médico ilustrado, osco, tímido y solitario. Consciente de los tejemanejes y devaneos de una corte a punto de desmoronarse y amante de la filantropía, ante todo. De Isabel de Zendal, Cendal o Cendalla, según el documento que la mentase. Una mujer curtida por una vida de entrega y pérdidas irreparables que la convierten en una mujer temerosa de vincular sus querencias a nada que le pueda volver a hacer sufrir. Una mujer que aquí tiene una calle, pero en México tienen una importante escuela de enfermeras con su nombre. Tuve que rastrear todo sobre Salvany y escudriñar a la tripulación y a aquellos hombres de mar, curtidos por el salitre, el desarraigo y las experiencias brindadas en los mil puertos que tocaron. Intenté reflejar aquel largo viaje repleto de aventuras, logros y sinsabores procurando no caer en la monotonía de una larga travesía. Pero… ¿Qué fue de los héroes de esta expedición? ¿Por qué estuvo tanto tiempo sumida en el olvido? Al poco de regresar Balmis, España fue invadida por los franceses y el Rey dejó su expedición a su suerte. Vuelta a Nueva España El insigne doctor, al no haber querido admitir a José Bonaparte sufrió el saqueo de su casa en Madrid. Es posible que en ese momento se perdiera para siempre el cuaderno de bitácora de la expedición por lo que los historiadores y novelistas posteriores hemos tenido que recurrir a otras fuentes. Balmis, como tantos otros, salió despavorido de Madrid para refugiarse de la invasión Napoleónica primero en Sevilla y posteriormente en la ciudad de Cadiz. El único bastión que resistió su azote. Pese a la ocupación y la situación tan convulsa que se estaba viviendo en España, el 30 de noviembre de 1809 la Junta Central en Cadiz le autorizó a volver a Nueva España para revisar las estructuras organizativas creadas durante la expedición filantrópica. En febrero se hizo a la mar de nuevo. El virreinato al que retornaba Balmis difería en mucho del que había dejado en 1805. El que había sido su enemigo, el Virrey Iturrigaray, había sido destituido y los primeros gritos de independencia sonaban en las calles. Balmis volvió a España convencido de que las redes de vacunación que con tanto sacrificio había creado sufrirían en esta guerra un gran menoscabo. Y para terminar con esta hazaña nada más digno que parafrasear al Doctor Marañón. «El verdadero sentido de la gesta de Balmis no radicó en su proeza sino en una representación arquetípica del espíritu típico del siglo XVIII». En el «hombre sensible», en «la ilustración» y en «la filantropía»
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Victoria Camps: «La democracia representativa está en crisis» (Sun, 17 Feb 2019)
Los acontecimientos que, cada día, se precipitan sin control demuestran el acierto de la pensadora británica Sarah Bakewell (Bournemouth, Reino Unido, 1963) al plantear la urgente necesidad de una «política montaigneana». En momentos tan turbulentos como los que estamos viviendo, bien nos vendrían «su sentido de la moderación» y «la sutil comprensión de los mecanismos psicológicos implicados en el enfrentamiento y el conflicto». Y, precisamente, al pensador francés, uno de los clásicos más modernos, vuelve Victoria Camps (Barcelona, 1941) en su último libro, «La búsqueda de la felicidad» (Arpa). A él y a Aristóteles, Spinoza, Schopenhauer, Nietzsche, Hume, Wittgenstein y tantos otros que nos enseñaron a pensar, aunque a veces se nos olvide (cómo) hacerlo. En todos ellos se apoya la filósofa española para defender que la búsqueda de la felicidad es un derecho que deben garantizar los Estados, a través de la política. Casi una utopía, teniendo en cuenta cómo está el patio. Ha pasado, al menos en su obra, de elogiar la duda a intentar marcar el camino para buscar la felicidad. No hay un modelo de vida que nos procure más felicidad que otro. Cada cual puede buscarla como quiera, lo cual indica dos cosas: que para ello se supone una cierta sabiduría, no solo individual, sino como sociedad, y que esa búsqueda no es posible si no hay garantías de igualdad. Es lo que refleja Declaración de Independencia de Estados Unidos, que dice que la búsqueda de la felicidad es un derecho, y a mí me parece una forma de expresarlo muy bonita. ¿Cómo y quién debe garantizar ese derecho? Los Estados. Si entendemos que garantizar la búsqueda de la felicidad pasa por establecer, asegurar unas condiciones mínimas de oportunidades, de educación, de salud, de seguridad social, eso no lo puede hacer ningún individuo solo, lo tiene que garantizar un poder político. Lo vemos hoy cuando un individuo necesita subirse a una patera y arriesgar su vida para intentar darle un mínimo de sentido y encontrar la felicidad. Por lo tanto, los Estados europeos no están cumpliendo con su deber. Ni los europeos ni los de origen. Se supone que los de origen no son democracias, y los europeos sí. ¿Cree que el Estado liberal garantiza la libertad, a la que todos tenemos derecho, para elegir cómo vivir? Pues es evidente que no: mientras haya grandes desigualdades y pobreza, y no haya calidad de vida para todos, incluso en los Estados de derecho, es evidente que no. Pero es curioso que esos Estados sean, precisamente, el motor de la economía mundial Unos más que otros. En China hay menos garantías de igualdad de oportunidades que en Europa o en Estados Unidos y, por lo tanto, en ese sentido sí son el motor. Teniendo en cuenta que la igualdad es una condición necesaria en ese camino hacia la felicidad, no deja de llamarme la atención que las mujeres tengan que seguir manifestándose para reclamar, precisamente, esa igualdad y para denunciar el machismo Sí, porque es evidente que no está conseguido. La lucha de hoy de las mujeres en las sociedades más desarrolladas no es una lucha jurídica por la igualdad, sino una lucha por el reconocimiento. Ese reconocimiento, en el ámbito social, familiar y laboral, no se ha conseguido. Además, el reconocimiento jurídico se plasma en unas leyes que no se acaban de aplicar en la forma que deberían aplicarse, y por eso hay violencia de género y desigualdad doméstica. La famosa conciliación, que siempre nos afecta nosotras. El cambio de actitud no se consigue solo a través de las leyes, sino a través de la educación, de mucha pedagogía, de crítica, de manifestaciones, de quejas, de manifestar que la igualdad no es completa ni es satisfactoria. La verdad es que provoca tristeza ver cómo, en los últimos meses, se ha roto el consenso político con respecto a la violencia de género. Sí, pero es evidente que si no se ha conseguido una igualdad más real es porque la sociedad todavía tiene actitudes muy machistas, que no acaban de entender lo que es la mujer, lo que la hace distinta al varón. Y los partidos políticos más reaccionarios se aprovechan de esas actitudes. ¿La actual clase dirigente está compuesta de personas con comportamientos ejemplares? Yo diría que ni la clase dirigente ni la sociedad en general. Yo no creo que haya que exigir ejemplaridad, lo que hay que exigir es que las cosas se hagan de la forma más correcta posible. Lo evidente es que, a través del ejemplo, se enseña cómo vivir bien desde un punto de vista ético: aprendemos de los que son virtuosos, no de una enseñanza teórica. El riesgo es que, en esta sociedad, tan competitiva, la autoestima, que usted también considera necesaria para lograr la felicidad, termine convirtiéndose en egolatría. Sí, la sociedad consumista y capitalista lleva a un individualismo egoísta y, por lo tanto, competitivo, lo cual es absolutamente contrario a valores como el respeto a los demás, y no fomenta la solidaridad, ni la tolerancia, ni ninguno de los valores éticos. Hay que luchar contra esto, hay que formar en valores éticos, en virtudes, porque la sociedad por sí sola no lo hace. Pero, ¿a quién parecerse hoy, a quién admirar? Hay tal ausencia de referentes... No sé si es algo exclusivo de nuestra época o ha sido siempre así. Aristóteles cuando empieza a escribir la «Ética», dice que la felicidad no está en buscar el oro, el éxito o la riqueza… Si dice esto en el siglo IV a.C. es porque la gente ya estaba desquiciada, y eso quiere decir que es necesario educar éticamente. Pero, precisamente, las humanidades cada vez están más arrinconadas en España. Sí, porque lo que se valora más es aquello que rinde económicamente. No es solo que se eliminen las materias de humanidades de los currículums, es que no hay demanda tampoco. El mensaje que se lanza es que si estudias historia o filosofía, sólo servirás para dar clases. Y eso no incentiva a los jóvenes a ir hacia un tipo de estudios con los que piensan que no van a hacer nada. Pero son estudios socialmente rentables, no solo económicamente. En el libro asegura que la amistad, la empatía o el amor son básicos para lograr la felicidad, pero parece que ahora prima el enfrentamiento. Es cierto que la gente está muy crispada, pero ese enfrentamiento no es contradictorio con la necesidad de afecto. La crispación es, sobre todo, política en estos momentos. Pero esa crispación política se ve reflejada en la sociedad, afecta. Yo vivo en Cataluña y es evidente que hay una crispación, una cierta quiebra de la amistad, de las relaciones entre las personas, por culpa de la fractura política. A veces se exagera un poco y se dice que también hay fractura social; no creo que la haya tanto como política. Política la hay, y evidente. ¿Están siendo irresponsables nuestros políticos? Yo diría que sí, porque el objetivo de la política no es enfrentar a las personas. El objetivo de la política es buscar formas mejores de convivencia, y de ayudar a los que están viviendo peor, y de preocuparse de los más vulnerables, pero con el consenso de todos. Eso no quiere decir que no tenga que haber ideologías distintas, que no son más que ideas sobre cómo conseguir esos fines. Podemos decir que el fin de la política es garantizar que todos puedan buscar la felicidad. Se lo pregunto porque asusta ver el respaldo que tienen ciertos líderes políticos, aquí y en el extranjero, que poco o nada tienen que ver con la esencia misma de la palabra política, en su origen. La esencia del término político se ha perdido. Los griegos creían que el fin del hombre libre era la política, dedicarse al servicio público, servir a los demás. Yo no digo que no haya políticos que no tengan ese objetivo de servicio público, pero lo que trasciende es el enfrentamiento. Y la corrupción. La corrupción es de los fenómenos que más daño han hecho a la política y a los políticos. La ciudadanía percibe que aquello que tenía que invertirse en el bien de todos beneficia sólo a los que están más cerca del dinero, del poder, y se aprovechan. Eso también ha sido aprovechado por el populismo, el desencanto de la gente con la política ha sido su mejor caldo de cultivo. El populismo tiene muchas causas, pero una de ellas es el desafecto, el desencanto hacia una política que parece que no se está preocupando de la gente, que vive de una forma endogámica, metida en sus intereses internos, en descalificar al adversario, pero no se vuelca en las necesidades de la gente. Usted fue senadora entre 1993 y 1996. Desde entonces, ¿ha cambiado mucho la política en este país? Bueno, yo cogí una legislatura malísima, dura, con muchos casos de corrupción, la última de Felipe González. Era una legislatura en la que se trabajaba muy mal, los casos de corrupción lo invadían todo, por lo que no era muy distinto. Pero sí que se ha agravado: lo que en aquel momento era sorpresivo, hoy ya no nos sorprende, se habla de una corrupción sistémica. La brecha entre representantes y representados parece insalvable. Sí. La democracia representativa está en crisis. Es sobre lo que deberíamos reflexionar: cómo hay que entender hoy la democracia representativa. Porque la alternativa del populismo es darle la voz al pueblo, pero el pueblo desorganizado no es la solución. La democracia representativa está para organizar al pueblo para encontrar una voluntad que piense en el bien común. Si la política se atomiza y cada partido busca su propio bien, no el bien común, el pueblo piensa que no necesitamos a los representantes, porque se están representado a sí mismos. Pero sí que los necesitamos. Pues es que yo no veo otra forma de organizar la democracia más que a través de la representación política. Y la monarquía parlamentaria. No creo que haya que defender sólo por principio monarquía o república. Tenemos que enfocar este problema desde el punto de vista de las consecuencias: qué nos conviene más. Hasta ahora, hemos visto que la monarquía ha funcionado y, como la república es una incógnita, pues vale la pena aprovecharla. El problema es que el Parlamento está en crisis. El Parlamento está muy expuesto al público y, además, los medios de comunicación ponen el foco en aquello más escandaloso. Bueno, en los últimos meses nos lo han puesto fácil... Sí, sí, es evidente que convierten lo que debería ser un debate, que casi nunca lo es, en un espectáculo y en un teatro. Entonces, claro, es fácil que se desacredite. Pero yo insisto: sobre todo lo que ha desacreditado al Parlamento es esa democracia tan partidista que tenemos. ¿Hacia qué concepto de nación vamos y hacia qué concepto deberíamos ir? Vivimos en un mundo cada vez más global y eso puede ser aprovechado positivamente para acabar con un modelo que ya no es el de nuestra época, que es el de los Estados-nación, que son Estados que miran sólo hacia dentro. Hoy se habla de que el futuro puede estar en las ciudades. Quizá la ciudad es un elemento que podría trascender ese egoísmo de las naciones y las identidades, porque en una ciudad convive mucha gente, y no hay identidad lingüística, ni religiosa, ni de ningún tipo. Pero está sucediendo justo lo contrario: los nacionalismos han estallado. El miedo a la globalización, a las desigualdades, a la vulnerabilidad, a los movimientos migratorios lleva a un repliegue identitario, que es lo que deberíamos ser capaces de superar. No conviene un mundo que se enquiste en esos nacionalismos. Debe haber voluntad política de abandonar poder, de ceder poder, de cooperar más, una organización más federal. Iría en ese sentido: una Europa federal, una España federal. ¿Sigue confiando en el federalismo para solucionar el problema de Cataluña? No, porque veo que no hay voluntad. El cambio a un Estado federal es más de cultura que de leyes. Si no cambia la cultura y no decidimos que lo que tiene que ver con las autonomías, con los problemas territoriales, se resuelve en el Senado y no de otra forma, no cambiará nada. Lo hemos visto en el intento de diálogo Cataluña-España: es un asunto bilateral, las autonomías no cuentan. ¿Y deberían contar? En un Estado federal tienen que contar. En muy poco tiempo, desde que en 2016 publicó «¿Qué es el federalismo?», hemos visto cosas que nadie esperaba: de la proclamación fugaz de una República catalana a la entrada en prisión de políticos por vulnerar la ley. No sé si ha sido poco tiempo o si ha sido más tiempo y nos hemos dado cuenta al final. ¿Demasiado tarde? Demasiado tarde. Hay cosas que se debían haber hecho de otra manera. Se sitúa el principio del movimiento secesionista catalán en la sentencia del «estatut», pero no fue sólo eso. El sistema de financiación de las autonomías debía haberse reformado hace mucho tiempo. Hay cosas que se han ido abandonando, y luego la evolución no se controla. Eso es lo que ha pasado. Y así hemos llegado hasta la celebración del llamado juicio del «procés». ¿Usted qué les diría a quienes cuestionan sus garantías legales? No les diría nada, porque están obcecados, dan por sentado que si no hay absolución el juicio no será justo, lo cual es una deducción que no tiene ninguna base lógica. Es una hipótesis falsa. Tenemos un Estado de derecho y el juicio es un juicio con todas las garantías. Es que hay quien ha llegado a cuestionar la separación de poderes en este país. Sí, sí, sí. Pero el que cuestiona la separación de poderes le pide al Gobierno que influya en el juicio, lo cual es una contradicción en sí misma. ¿Cómo vamos a salir de todo esto? Solución no hay. El llamado «problema catalán» lleva cientos de años arrastrándose y todos los conflictos parecidos -Quebec en Canadá, Escocia en Inglaterra, los flamencos y los valones- son problemas que van resurgiendo, pero hay que conseguir un modus vivendi que nos permita seguir haciendo lo que se debe hacer en una democracia. En Cataluña no se gobierna desde que empezó el «procés». Yo no combato la ideología independentista, que cada cual defienda lo que quiera, pero que lo defienda dentro del orden jurídico, del orden constitucional, y sin dejar de atender a los asuntos cotidianos. Volviendo al libro, me gusta mucho cómo trata el tema de la muerte. Es que no se puede escribir nada sobre la felicidad sin abordar lo que tampoco tiene solución, que es la muerte: la condición humana tiene un límite, que es la mayor causa, yo diría, de infortunio, de infelicidad, que es ver cómo nos deterioramos y cómo morimos, o cómo mueren los seres queridos, y eso hay que abordarlo. Y ahí los estoicos nos dicen una cosa muy evidente y muy clara: tenemos que preocuparnos sobre todo por aquello que depende de nosotros, lo que no depende de nosotros, como la muerte, debemos aceptarlo y aprender a vivir. Cicerón decía que hay que aprender a morir. Habla, también, de la felicidad por la cultura. Claro. Esa es la mejor autoayuda. Pero la cultura cada vez está más denostada. No le damos valor a lo que realmente tiene valor, porque además cuesta un esfuerzo. ¿Por qué se lee poco? Porque es mucho más fácil ponerse delante de una pantalla, pero, claro, ese esfuerzo que representa la lectura es un esfuerzo más rentable a la larga. Termino citándola: «La búsqueda de la felicidad consiste en el equilibrio adecuado entre deseos y libertad. Pero, ojo, ser libre no es una fiesta». Es que no lo es. Hay que equilibrar los deseos, aprender a dominar algunos. Y eso no es una fiesta, es un esfuerzo, cuesta. A mí me llevó a pensar en la libertad de expresión. Me volví a preguntar: ¿debe tener límites? La libertad de expresión tiene que tener límites, pero debemos aprender a ponerlos nosotros mismos, porque cualquier límite que venga de fuera será visto como censura y será mal aplicado. Por lo tanto, debería ser una expresión de la madurez de la persona, una persona ilustrada no dice tonterías, no utiliza la libertad de expresión sólo para decir estupideces, que es lo que tantas veces pasa.
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El viaje que cambió la vida de Goytisolo (Fri, 15 Feb 2019)
Para estimular la afición y la alfabetización como llave trascendental de futuro de país, los colegios marroquíes llevan a su enjambre de niños a ver libros, y estos corretean y gritan y disfrutan alrededor de los numerosos stands infantiles, solo superados en cantidad por los de estudios del Corán. El magnífico puesto de Gallimard se encuentra en la entrada, marcando territorio. Pero el pabellón de España, en el centro del recinto tejado con conchas gigantes, brilla y protagoniza esta vigésimoquinta feria del libro y la edición de Casablanca (Marruecos). Somos el país invitado de honor en SIEL. En nuestro cortijo, además de libros expuestos de Ida Vitale (última ganadora del Cervantes), Sara Mesa, Javier Marias, cómics de Carlos Giménez o de cocina de Martín Berasategui, entre muchos otros, se pueden ver unas sugerentes fotografías de Juan Goytisolo y del campo almeriense en un viaje trascendental para el futuro del escritor disidente, el de «molesto, luego existo». Almería, sus paisajes, los de Níjar o La Chanca, marcaron al transgresor novelista catalán hasta tal punto de cambiar su residencia... pero a Marruecos, en una especie de prolongación de la esencia y experiencia almeriense. Eso sería ya en los 80, tras vivir en Estados Unidos. Pero volvamos a mitad de los 50, cuando Goytisolo y su amigo el cineasta Vicente Aranda bajan al sur. Por allí también pasaran brevemente Simone de Beauvoir y el escritor norteamericano Nelson Algren. Pero el foco de Aranda está puesto en el autor de «Juan sin tierra», que en su contacto con estos escenarios de humildad y esplendor se le revuelve por dentro una suerte de paradoja comprensiva en donde «ve lo propio como ajeno y lo ajeno como única forma verdadera de conocer lo propio». En 1960, el escritor lo publicó. «Campos de Níjar», el relato de sus viajes por la desnudez de la tierra almeriense pero también por la desnudez material de sus habitantes, que habitan en la carestía y la inmaterialidad de lo desconocido para él y Aranda, supondría el punto de partida de su interés por los países árabes y que le acabarían llevando a instalarse en Marrakech, donde falleció en 2017. En esta exposición, llamada como el libro y organizada por el ministerio de Cultura y Acción Cultural Española, la literatura heterodoxa de uno de nuestros grandes plumillas españoles se vuelve piel pero descarnada con las fotografías de Aranda a los niños o a los jóvenes envejecidos que retrata, o las cruces de lápidas en lo alto de un secarral... Y también al escritor fumando descamisado junto a los lugareños y clavando sereno la mirada en el objetivo del cineasta con la determinación del que ha descubierto su destino. Como curiosidad, estas fotos se las dio el propio Goytisolo hace años al actual ministro José Guirao, que a su vez las donó al Centro Andaluz de la Fotografía y que ahora se muestran aquí con él al frente del cotarro en una especie de historia circular iniciada por por el escritor que, a su vez, realizaba su propio viaje iniciático. Pero que no empezó aquí, como dijo en la película de su amigo Frederic Amat, también participante de SIEL: «Yo no soy hijo de mi madre sino de la Guerra Civil. Esta circunstancia nos llevó a mí y a mi hermano a hacernos escritores por la necesidad de entender el mundo». España, invitado de honor en SIEL España es el país invitado de honor en la vigésimo quinta edición del Salón Internacional de la Edición y del Libro (SIEL) que se está celebrando del 7 al 17 de febrero en Casablanca. El pabellón de España, de 280 metros cuadrados, hay expuestos más de 700 títulos includa una pequeña representación de obras traducidas al árabe de autores españoles. Dentro del programa, destaca el encuentro «Reivindicando al conde don Julián. Homenaje a Juan Goytisolo», con Frederic Amat y Aline Schulman, que recordaron al gran escritor, Premio Cervantes 2014, que eligió Marruecos y su cultura como ámbito donde vivir. Y no podemos dejar de mencionar el encuentro entre Antonio Gamoneda, uno de nuestros más grandes poetas, que conversó con su traductor al árabe Khalid Raissouni. Además de la expo fotográfica de Aranda y Goytisolo, también se puede visitar en nuestro pabellón «Manuscritos andalusíes en las bibliotecas españolas», una memoria imprescindible de uno de los pilares fundamentales de la identidad española y su puente con el islam.
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Juan del Val, premio Primavera de Novela 2019 por «Candela» (Fri, 15 Feb 2019)
El guionista Juan del Val ha ganado el Premio Primavera de Novela 2019, convocado por Espasa y Ámbito Cultural de El Corte Inglés y dotado con 100.000 euros, por «Candela», una obra literaria escrita «desde la voz de una mujer que no sabe quién es y ve la vida con humor", según ha señalado su propio autor. El jurado, presidido por Carme Riera, ha destacado que se trata de «una novela contemporánea maravillosamente dibujada con la que todas las mujeres se van a identificar en algún momento». Además, ha destacado de esta crónica urbana en clave de tragicomedia, su sentido del humor, su frescura narrativa y su friso de personajes pegados a la realidad, lleno de renuncias y anhelos. Candela es una mujer de cuarenta y pocos años con una vida normal, acostumbrada a la soledad, enormemente observadora y con un ácido sentido del humor. Sus días transcurren sin grandes sobresaltos mientras trabaja de camarera en el bar que regenta junto a su abuela y a su madre tuerta. Un bar de barrio por el que, a través de sus clientes, pasa la vida entera. Esta edición ha contado con 1125 obras presentadas. España, que aporta 522 novelas, encabeza la lista de participantes. Madrid, encabeza la lista de Comunidades Autónomas con 116 originales, seguida de Andalucía, con 76, y Cataluña, con 75.
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Morir para contarla (Fri, 15 Feb 2019)
Hay muchos ríos de tinta que salen de esa mar que es el morir. La historia se repite en distintas pieles: se pierde a un ser querido, nacen impresiones sueltas que se anotan compulsivamente, pasa el tiempo, y la mente va ordenando las palabras, las ideas, hasta alumbrar una obra. El dolor se convierte en literatura y se aleja del olvido. Ha pasado siempre, pero en los últimos años aflora en España con más frecuencia eso que podría llamarse literatura del duelo. ¿Sus protagonistas recientes? Muchos: Manuel Vilas, Sergio del Molino, Milena Busquets, Jacobo Bergareche, Miguel Ángel Hernández, Gabriela Ybarra… La lista podría extenderse hasta engarzarse con una tradición que pasa por iconos como Umbral o Delibes o Lorca y, mucho antes, por Jorge Manrique, que dedicó a su padre muerto una de las obras fundacionales de la lírica en español. «La muerte de un ser querido te coloca delante de una historia muy poderosa. Y un escritor lo que hace es contar historias… Vas de cabeza», explica Vilas, que comenzó a escribir «Ordesa» apenas unos días después de la pérdida de su madre. La orfandad total –su padre también había fallecido, pero años antes– le llevó a alumbrar una obra intimista que terminó siendo uno de los títulos propios de 2018. Fue, también, una suerte de desahogo literario, de procesar los golpes de la vida. «Es el efecto que desde los griegos llamamos catarsis, que está en el origen de la literatura. Le damos nombre a aquello que nos causa terror, que no tiene nombre. Y una vez que consigues nombrarlo, ya estás en condiciones de poder entenderlo», continúa. Gabriela Ybarra también entró en la novela después de que su madre muriese de cáncer. A partir de ahí fue indagando y escarbando en su historia familiar hasta llegar al asesinato de su abuelo en 1977, que llevaba la firma de ETA. Quería explicarse esas tragedias. «Ha sido terapéutico, porque he conseguido darle un sentido a la historia de mi familia, pero no ha sido un proceso nada placentero (...) Hay que hacer visible la muerte para quitarle importancia. No pasa nada por hablar de ella», sentenciaba la autora en una entrevista con ABC. El resultado de ese proceso fue «El comensal», un debut literario nacido del duelo que se coló entre los finalistas del prestigioso Man Booker International en 2018. El mexicano Jorge Volpi llevó esta práctica al extremo y convirtió su luto en literatura. Perdió a su padre en agosto de 2014, y decidió que durante 2015 le rendiría homenaje escribiendo, que era lo que sabía hacer. Cada mes cerró un capítulo y, así, juntó las diez partes que componen «Examen de mi padre», su libro más íntimo. «Me ayudó muchísimo, porque me permitió estar un año entero pensando en él, en su relación conmigo, en su profesión, en el México de entonces, en el de ahora… Yo no creo en la trascendencia, pero sabemos que todas las personas habitan en nuestro cerebro. Y mientras las pensamos son reales, siguen estando presentes. Muy presentes, a veces más que las vivas», asevera. Nacer de la tragedia Quizás por eso hay plumas que nacen de la tragedia. A veces, el dolor extremo despierta la palabra durmiente que llevamos dentro, y se transforma en un asidero con el que aguantar la sacudida. Fue el caso de Jacobo Bergareche, que se puso a escribir después de que asesinaran a su hermano Roque en Angola. De aquello salió «Estaciones de regreso», una obra para coser una vida rota que no eliminó la herida. Porque eso no se va. «La herida no se te va nunca. Es como el volcán Etna: de repente tiene erupciones», contaba en estas páginas hace unas semanas. Algo parecido le ocurrió a Néstor García, que vio cómo Iván Fandiño, su Iván, derramaba su sangre en la arena después de una cornada fatal. Con el corazón desgarrado escribió «Mañana seré libre», un heroico monumento a su amigo que es, también, uno de los libros taurinos más vendidos de los últimos tiempos. «Sin duda, el libro y mi hijo fueron los salvavidas a los que me agarré para intentar sobrellevar el dolor. Durante los meses en los que la escritura me secuestró, me ayudó. Tenía la sensación de seguir con él. Pero cuando terminé el libro, fue como si perdiera el suelo sobre el que caminaba y caí al vacío. Fue peor el después que el antes», recuerda ahora. Porque el papel no borra el dolor. Fernando Savater, que acaba de terminar sus memorias de amor, dedicadas a su difunta esposa, confesaba en una entrevista con ABC que seguía sufriendo, que la literatura no había mitigado el peso de la pérdida. Es más: decía que el hecho de cerrar esa obra lo abría al vacío. «Para mí era doloroso, un esfuerzo grande, un sacrificio en ocasiones; pero por otra parte tenía miedo. Porque claro, ¿y después qué?», se preguntaba entonces. Javier Gomá, que llevó a escena su lamento por su padre con «Inconsolable», también se muestra escéptico con esa función sanadora de las palabras. En ese monólogo dramático ironizaba contra la literatura terapéutica. «Hay que venir aquí llorados (...) No os usaré, amigos, de paño de lágrimas. Ni de confidentes», decía el protagonista al público. «Es que utilizar a los espectadores para exorcizar demonios o liberarse de traumas infantiles es literatura maleducada», sentencia el filósofo. «Lo que yo buscaba era hacer una meditación convincente, no artificiosa, acerca de la muerte del padre. Es una ocasión como ninguna otra para acceder a los temas centrales de la condición humana», zanja. Literatura autobiográfica Aunque cada escritor plantea la muerte desde diferentes perspectivas y géneros, todos bailan entre la realidad y la ficción, en ese lugar donde tenemos la memoria. «Estos libros se sitúan en un espacio intermedio. Se basan en la memoria, que es maleable, sesgada, tramposa. Todo tiene que ver con la imaginación», aclara Volpi. Y aquí, apunta, está la clave del fenómeno de la literatura del duelo. «En español no teníamos una gran tradición de escritura autobiográfica, al contrario que en la anglosajona. Quizá porque estaba ahí ese pudor católico, esa necesidad de resguardar las penurias y los sentimientos para uno mismo. Antes la confesión era privada, no como en el mundo protestante. Pero eso está cambiando. Ahora hay muchísima escritura autobiográfica, sobre la propia vida», argumenta. Y en la propia vida, claro, hay muerte. Ya saben: «¡También se muere el mar!», que escribía el poeta en su «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías». En la misma línea opina Vilas. «El duelo y la autobiografía son dos géneros que van de la mano. Podemos decir que la literatura del duelo es un subgénero de la literatura autobiográfica. Y creo que su auge tiene que ver con sociedades democráticas avanzadas, en las que uno ya no tiene miedo a exponer su propia vida. Es un ejercicio de libertad personal… El realismo tiene que ver con la democracia», razona. Y va más allá. Esta nueva falta de pudor, dice, se nota también en los estilos. Umbral en «Mortal y rosa» era muy «abstracto», y Delibes se «parapetó» detrás de un pintor ficticio para expresar su llanto por su mujer en «Señora de rojo sobre fondo gris». «Había una necesidad en ellos de esconderse», aventura. «Yo he trabajado desde el realismo puro. Me interesaba que se viera que estaba hablando de personas reales», añade. Es algo que ahora es cada vez más común, porque no hay temor de contar las horas de hospital, las lágrimas propias en cualquier esquina, las vergüenzas de la miseria. Aunque con esto, afirma Savater, hay que ser cautos. Es un material potente, pero peligroso. «Yo constantemente evitaba deslizarme a ese tipo de exhibicionismo. De mermelada dolorosa. Es uno de los peligros cuando escribes estas cosas... El buen escritor, creo, es el que transmite las cosas sin echarte chorretones de pintura rosa encima», reconoce. Estilos aparte, la muerte es un tema literario de primer orden, que supera las modas y los siglos y que se ha filtrado en las páginas de todas las épocas. ¿Pero por qué nos interesa? ¿Es que nos gusta sufrir? Bueno, más bien es que, de hecho, sufrimos. Nos guste o no. «Da igual que yo hable de mi familia. Esta literatura funciona porque trata un tema universal –asevera Vilas–. Cuando el lector lee “Ordesa” coloca ahí a su padre y a su madre». Coloca, en fin, a sus muertos, que también son universales.
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Félix de Azúa: «La extrema derecha en España no es Vox, son los separatistas catalanes» (Thu, 14 Feb 2019)
En una conversación con ABC, el escritor y académico Félix de Azúa habla de algunos temas de actualidad. Entre ellos, de la memoria histórica, en el contexto de la caída de la calidad de la enseñanza en la Universidad española, con la que es muy crítico. Para él, esa caída «provoca la ruptura absoluta con el pasado, que tendrá graves consecuencias. Se habla de la memoria histórica pero solo ha servido para mantener viva la guerra civil. La memoria de verdad se ha destruido por completo. Nadie por debajo de 50 años conoce las cosas esenciales. Un alumno de la Universidad me preguntó que si las catedrales góticas era "lo de los cristianos" y me confesó que pensaba que Cristo nació en el siglo XIII. Esto me pasó hace quince años». [Lee aquí la entrevista completa] Félix de Azúa, acaba de publicar «Volver la Mirada» (Debate), aborda también la actualidad política. Afirma: «Soy tan viejo que tengo mayor perspectiva. En España ha habido un progreso material gigantesco. Cuando yo estudiaba, España ni siquiera llegaba al tercer mundo, pero intelectualmente era un país mucho más fuerte que ahora. La Universidad de Franco era un horror fascista, pero enseñaba algunas cosas. Me refiero a la de Letras, no a las técnicas. Había una vida intelectual». Por el contrario, opina que «ahora hay progreso material y una vida intelectual raquítica, sobre todo en las universidades. De ahí es de donde ha salido Podemos. Y tengo que decir que el periodismo no ha analizado bien que Podemos es peronista. Casi nadie sabe ya lo qué era el peronismo, pero mi generación sí: era fascismo». Sobre la alarma creada por la irrupción de Vox en las últimas elecciones andaluzas y sobre la reacción de la izquierda también es tajante: «Me hace reír cuando se dice que la izquierda es Podemos, el PSOE y el movimiento inclusivo. Están ustedes hablando de las derechas y las extremas derechas». ¿Y Vox?: «Extrema derecha es lo que hay en Holanda, en Dinamarca o Italia. Vox todavía no se ha descubierto a sí mismo. Sería horroso que acaben siendo como los de Europa, pero aún no lo son. La extrema derecha aquí no es Vox, son los separatistas catalanes y toda la purria que vive a su alrededor y de ellos», concluye.
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Trece poemas de amor imprescindibles (Thu, 14 Feb 2019)
Aprovechamos el día de San Valentín para recuperar estos versos de amor, que es el tema medular de la poesía de ayer y de hoy. No están todos, pero estos son imprescindibles. 1. Desmayarse, atreverse, estar furioso (Lope de Vega) Desmayarse, atreverse, estar furioso, áspero, tierno, liberal, esquivo, alentado, mortal, difunto, vivo, leal, traidor, cobarde y animoso; no hallar fuera del bien centro y reposo, mostrarse alegre, triste, humilde, altivo, enojado, valiente, fugitivo, satisfecho, ofendido, receloso; huir el rostro al claro desengaño, beber veneno por licor süave, olvidar el provecho, amar el daño; creer que un cielo en un infierno cabe, dar la vida y el alma a un desengaño; esto es amor, quien lo probó lo sabe. 2. Amor constante, más allá de la muerte (Francisco de Quevedo) Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra que me llevare el blanco día, y podrá desatar esta alma mía hora a su afán ansioso lisonjera; mas no, de esotra parte, en la ribera dejará la memoria, en donde ardía: nadar sabe mi llama el agua fría, y perder el respeto a ley severa. Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido, venas, que humor a tanto fuego han dado, medulas, que han gloriosamente ardido, su cuerpo dejará, no su cuidado; serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado. 3. Escrito está en mi alma vuestro gesto (Garcilaso de la Vega) Escrito está en mi alma vuestro gesto, y cuanto yo escribir de vos deseo; vos sola lo escribisteis, yo lo leo tan solo, que aun de vos me guardo en esto. En esto estoy y estaré siempre puesto; que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo, de tanto bien lo que no entiendo creo, tomando ya la fe por presupuesto. Yo no nací sino para quereros; mi alma os ha cortado a su medida; por hábito del alma mismo os quiero. Cuanto tengo confieso yo deberos; por vos nací, por vos tengo la vida, por vos he de morir, y por vos muero. 4. Te quiero (Luis Cernuda) Te lo he dicho con el viento, Jugueteando tal un animalito en la arena O iracundo como órgano tempestuoso; Te lo he dicho con el sol, Que dora desnudos cuerpos juveniles Y sonríe en todas las cosas inocentes; Te lo he dicho con las nubes, Frentes melancólicas que sostienen el cielo, Tristezas fugitivas; Te lo he dicho con las plantas, Leves criaturas transparentes Que se cubren de rubor repentino; Te lo he dicho con el agua, Vida luminosa que vela un fondo de sombra; Te lo he dicho con el miedo, Te lo he dicho con la alegría, Con el hastío, con las terribles palabras. Pero así no me basta: Más allá de la vida Quiero decírtelo con la muerte; Más allá del amor Quiero decírtelo con el olvido. 5. El poeta dice la verdad (Federico García Lorca) Quiero llorar mi pena y te lo digo para que tú me quieras y me llores en un anochecer de ruiseñores con un puñal, con besos y contigo. Quiero matar al único testigo para el asesinato de mis flores y convertir mi llanto y mis sudores en eterno montón de duro trigo. Que no se acabe nunca la madeja del te quiero me quieres, siempre ardida con decrépito sol y luna vieja. Que lo que no me des y no te pida será para la muerte, que no deja ni sombra por la carne estremecida. 6. Puedo escribir los versos más tristes esta noche (Pablo Neruda) Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.» El viento de la noche gira en el cielo y canta. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Yo la quise, y a veces ella también me quiso. En las noches como esta la tuve entre mis brazos. La besé tantas veces bajo el cielo infinito. Ella me quiso, a veces yo también la quería. Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella. Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. La noche esta estrellada y ella no está conmigo. Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. Mi alma no se contenta con haberla perdido. Como para acercarla mi mirada la busca. Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido. Aunque este sea el ultimo dolor que ella me causa, y estos sean los últimos versos que yo le escribo. 7. Dame la mano (Gabriela Mistral) Dame la mano y danzaremos; dame la mano y me amarás. Como una sola flor seremos, como una flor, y nada más... El mismo verso cantaremos, al mismo paso bailarás. Como una espiga ondularemos, como una espiga, y nada más. Te llamas Rosa y yo Esperanza; pero tu nombre olvidarás, porque seremos una danza en la colina, y nada más... 8. Después de las fiestas (Julio Cortázar) Y cuando todo el mundo se iba y nos quedábamos los dos entre vasos vacíos y ceniceros sucios, qué hermoso era saber que estabas ahí como un remanso, sola conmigo al borde de la noche, y que durabas, eras más que el tiempo, eras la que no se iba porque una misma almohada y una misma tibieza iba a llamarnos otra vez a despertar al nuevo día, juntos, riendo, despeinados. 9. Muerte en el olvido (Ángel González) Yo sé que existo porque tú me imaginas. Soy alto porque tú me crees alto, y limpio porque tú me miras con buenos ojos, con mirada limpia. Tu pensamiento me hace inteligente, y en tu sencilla ternura, yo soy también sencillo y bondadoso. Pero si tú me olvidas quedaré muerto sin que nadie lo sepa. Verán viva mi carne, pero será otro hombre —oscuro, torpe, malo— el que la habita... 10. Gloria Fuertes Es difícil corregir en vidrio, acuarela y amor. 11. El desayuno (Luis Alberto de Cuenca) Me gustas cuando dices tonterías, cuando metes la pata, cuando mientes, cuando te vas de compras con tu madre y llego tarde al cine por tu culpa. Me gustas más cuando es mi cumpleaños y me cubres de besos y de tartas, o cuando eres feliz y se te nota, o cuando eres genial con una frase que lo resume todo, o cuando ríes (tu risa es una ducha en el infierno), o cuando me perdonas un olvido. Pero aún me gustas más, tanto que casi no puedo resistir lo que me gustas, cuando, llena de vida, te despiertas y lo primero que haces es decirme: «Tengo un hambre feroz esta mañana. Voy a empezar contigo el desayuno». 12. Ya no será la paz (Ada Salas) Ya no será la paz. Han besado mis ojos tu terrible desnudo 13. Aunque tú no lo sepas (Luis García Montero) Como la luz de un sueño, que no raya en el mundo pero existe, así he vivido yo iluminado esa parte de ti que no conoces, la vida que has llevado junto a mis pensamientos... Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto cruzar la puerta sin decir que no, pedirme un cenicero, curiosear los libros, responder al deseo de mis labios con tus labios de whisky, seguir mis pasos hasta el dormitorio. También hemos hablado en la cama, sin prisa, muchas tardes esta cama de amor que no conoces, la misma que se queda fría cuanto te marchas. Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo, hicimos mil proyectos, paseamos por todas las ciudades que te gustan, recordamos canciones, elegimos renuncias, aprendiendo los dos a convivir entre la realidad y el pensamiento.
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Félix de Azúa: «El Reina Sofía es una plataforma de Podemos y el Prado un museo dedicado al turismo» (Thu, 14 Feb 2019)
Félix de Azúa (Barcelona, 1944) acaba de publicar un libro en el que reúne sus ensayos sobre arte. «Volver la mirada» (Debate) nace con el buen criterio editorial de Andreu Jaume, que ha elegido conferencias, artículos y textos inéditos del autor que dibujan una historia del arte con -precisamente- una «mirada» muy singular. Parte de mucho antes de que el arte existiese y se adentra hasta nuestros días, en los que el arte como tal, según él lo entiende y explica, ha dejado de existir. Azúa reta al lector, en sus textos late una enorme originalidad, en la que bullen historias concretas que reflejan a la perfección las distintas épocas y la complejidad de los artistas de los que habla. Aquí todo se pone en relación. El arte es una excusa para provocarnos y la reflexión una necesidad urgente para nosotros, una oportunidad para sumar nuestra mirada a la tradición, porque «la sabiduría de los muertos nos hace mucha falta». Lo que hace falta es leer y escuchar a intelectuales como Félix de Azúa. ¿Por qué acotar el tiempo en el que el arte existió, acaso ahora nos dejamos llevar, olvidando el contexto? El libro abarca desde antes de la existencia del arte -las pinturas paelolíticas- hasta después de la existencia del arte. El arte tiene una dirección limitada y va desde el gótico hasta 1970. Todo lo anterior no forma parte del arte, sino que son artesanías. Y lo posterior, el arte actual, vuelven a ser artesanías. Esto no se enseña en los colegios ni en la universidad, porque la universidad hoy en España es un desastre ¿Artesanías? Que un señor se monte una instalación con hierros y cristales y fotografías, por grande que sea, es artesanía. Las basílicas eran artesanía. El arte cumple una función de casi mil años, pero ya la cumplió. No hay que empeñarse en prolongarlo. Durante esos mil años el arte era verdaderamente el retrato de nuestra sociedad occidental, pero ya no. ¿Y no cree que un arte convertido en inversión, en un mercado especulativo, retrata bien a nuestra sociedad? Si buscas ese retrato eso es lo que ves: el caos que es nuestra sociedad. Pero yo no le tengo miedo al mercado. Me parece bien que atienda a todo, incluso decide el desarrollo de la medicina y en cierto modo si tenemos que morirnos. Si decide eso puede decidir el arte. Y no estoy en contra. Pero es que del Renacimiento en adelante no hay una época en que el arte no haya dependido del mercado. Por eso sé que el mercado no ha contribuido a la muerte del arte, sino que sigue explotándolo porque esa es su función, explotar las cosas hasta que son un cadáver inservible. Todavía se le puede sacar un juguito. ¿El arte no ha muerto? Siempre habrá pintores. Cuando hablamos de la muerte del arte nos referimos a él como elemento teórico y social de primer orden que da sentido al mundo. Para entender los años cincuenta hay que ver a Picasso. ¿Y ahora, el museo ya no configura nuestra época? Para entender algo ahora no se puede ir al arte, ya no sirve. Tendrá que ir a los libros, al cine, a Youtube. ¿Y cómo evoluciona esto? Por haberse quedado el arte actual sin justificación teórica, sin discurso, se ha escorado hacia la política, pero solo hacia una política, que sigue llamándose de izquierdas aunque ya no tiene nada de izquierdas. El arte actual es una herramienta de propaganda de aquello que se considera popular o populista. ¿Y el museo de arte contemporáneo? Pues muchas exposiciones del Reina Sofía, que monta Manolo Borja [su director], se hacen de esa manera. Y no es una crítica. Soy muy amigo suyo. Buscar así su público es un poco loco. Pero es la única manera. Si conviertes el Reina Sofía, como es ahora, en algo como una plataforma de Podemos y de Izquierda Unida, te irá la gente. El Prado no lo puede hacer, porque no tiene materiales. Pero hace lo que puede, es un museo masificado, dedicado al turismo, al ocio. Y hace muy bien. Aquello está lleno de autobuses. ¿Qué remedio le queda? ¿Y qué le parece esto? Estoy absolutamente a favor tanto de lo que hace Borja con su plataforma de extrema izquierda como lo que hace el Prado con su turismo. ¿Tiene sentido que se preste el arte a ser un trampolín de ideología? Sentido comercial. ¿Quién iría al Reina Sofía si no fuera para hacer una labor «cristiana»? La izquierda es lo que ha sustituido al cristianismo y los que van al museo es como si fueran a misa. ¿Es un fenómeno solo español? En otros países más civilizados el Estado ayuda más. Francia, Italia... Y cuando no es el Estado son los ricos. Pero aquí no existe ni el Estado ni las fundaciones que hay en EE.UU. Ni ley de mecenazgo, que era una promesa de los tres últimos gobiernos. Exactamente. Qué remedio, los museos se tienen que vender. Y nosotros en la Real Academia Española no tenemos otra salida, vamos a tener que hacer «Le Cirque du Soleil» en la RAE. ¿Qué tal se presenta allí la nueva etapa, tras el cambio de director? La situación es realmente de ruina. Muñoz Machado es extremadamente inteligente, con un despacho de abogados muy fuerte que le permite conocer muy bien la situación. Él cree que puede resolver el problema. Si no fuera así, la sociedad española tendrá la vergüenza de ser la única sociedad europea que se queda sin diccionario o con una Academia reducida a un club. Es un ente con 500 millones de clientes potenciales. El Estado subvenciona millones de cosas, ¡el fútbol...! No puedo comprender que no se dé cuenta del potencial que tienen las academias. Volvamos al arte. Hay gente que no sabe comprender, por falta de rudimentos, cuadros importantes, religiosos o mitológicos. ¿Ha fracasado la educación? Eso provoca la ruptura absoluta con el pasado, que tendrá graves consecuencias. Se habla de la memoria histórica pero solo ha servido para mantener viva la guerra civil. La memoria de verdad se ha destruido por completo. Nadie por debajo de 50 años conoce las cosas esenciales. En el Prado hay cursos de simbología para entender las obras. Un alumno de la Universidad me preguntó que si las catedrales góticas era «lo de los cristianos» y me confesó que pensaba que Cristo nació en el siglo XIII. Esto me pasó hace quince años. Imagínate ahora. Sin memoria no hay espíritu crítico. Sin los rudimentos del conocimiento el pasado no existe y el individuo es manipulable con la memoria histórica. Los chavales no tienen herramientas de defensa. En Cataluña las mentiras históricas son gigantescas pero no hay un solo alumno que pueda luchar contra eso. Le lavan el cerebro. ¿El fracaso es total? Quedan unos pocos profesores al borde de la jubilación. No todo es corrección política. Cuando se vayan la Universidad habrá prescindido de ofrecer al alumnado las herramientas. En Cataluña es monstruoso, mienten desde el mapa del servicio meteorológico. Pero hay profesores que han detectado que en los últimos años, en varias universidades españolas, llegan alumnos con otro espíritu. Tal vez toda esta campaña de destrucción del conocimiento pueda volverse en contra de los timadores. ¿Qué aporta Andreu Jaume al libro? He tenido la suerte de que fue él quien tuvo la idea de unir textos míos para hacer una historia del arte. Pero con una parte importante de antes de la historia del arte y otra de después. De la parte de arte, arte, faltan pintores que me gustan mucho, Velázquez, Tiziano. Pero queríamos hacerlo con esa peculiaridad. Hay gente que cree que he renunciado al arte. Yo no quiero hablar del arte actual porque los montajes, performances, etcétera, son prácticas teóricas y tendría que hablar de filosofía. La parte material tiene una importancia relativamente nula. Lo importante es la teoría que hay alrededor. Por eso digo que ha ido derivando hacia la política. ¿Qué piensa del arte tras este libro? Estoy trabajando en el origen de la imagen en la tradición europea. Los iconos bizantinos, la iconoclastia. Se parece aquel momento al nuestro. Hay iconoclastia en el arte contemporáneo desde Duchamp. Sigue siendo apasionante desde el punto de vista del estudio, no del gozo. No veo que se pueda gozar nada en el arte actual. Los mismos artistas dicen que no hay que gozar. «La extrema derecha en España no es Vox, son los separatistas catalanes» -¿Por qué cree que abandonaron los gobiernos a la RAE? -A los gobiernos les importa un bledo la RAE. El actual para lo único que la quiere es para el lenguaje inclusivo. Oiga, es como si me hundiera en el fango y usted viniera a decirme que por qué no me peino un poco. -¿Cómo hemos llegado aquí? -Es difícil juzgar el momento que vives. Soy tan viejo que tengo mayor perspectiva. En España ha habido un progreso material gigantesco. Cuando yo estudiaba ni siquiera llegaba al tercer mundo, pero intelectualmente era un país mucho más fuerte que ahora. La Universidad de Franco era un horror fascista, pero enseñaba algunas cosas. Me refiero a la de Letras, no a las técnicas. Había una vida intelectual. Ahora hay progreso material y una vida intelectual raquítica, sobre todo en las universidades. De ahí ha salido Podemos. El periodismo no ha analizado bien que Podemos es peronista. Casi nadie sabe ya lo qué era el peronismo, pero mi generación sí: era fascismo. -¿Entonces no es de izquierda? -Me hace reír cuando se dice que la izquierda es Podemos, el PSOE y el movimiento inclusivo. Están ustedes hablando de las derechas y las extremas derechas. -¿Y cómo ve a Vox? -Extrema derecha es lo que hay en Holanda, en Dinamarca o Italia. Vox todavía no se ha descubierto a sí mismo. Sería horroso que acaben siendo como los de Europa pero aún no lo son. La extrema derecha aquí no es Vox, son los separatistas catalanes y toda la purria que vive a su alrededor y de ellos.
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La Biblioteca Nacional de España adquiere el archivo personal y la biblioteca del escritor Juan Benet (Tue, 12 Feb 2019)
Los fondos de la Biblioteca Nacional se incrementan con las colecciones personales del escritor Juan Benet, entre las que se encuentran manuscritos, ediciones originales mecanografiadas, borradores y un conjunto de archivos personales. La biblioteca conserva a partir de ahora la práctica totalidad de su legado, que estaba en posesión de su familia. La parte más significativa y que tiene mayor interés para el patrimonio bibliográfico español es el fondo personal de su creación literaria. En total, unos 600 textos originales, algunos poemas y obras de juventud inéditas. Entre todos ellos destacan los originales mecanografiados de sus novelas con anotaciones y correcciones manuscritas. También consta de una serie de borradores y versiones previas de gran valor para conocer las distintas fases del proceso de creación del autor. Completan el conjunto varias carpetas con artículos y ensayos de temas de opinión pública, algunos de ellos manuscritos, que fueron publicados en varios medios. Entre los fondos adquiridos también se encuentra el archivo de correspondencia personal y profesional del autor. Este conjunto resulta de enorme importancia para conocer las relaciones del autor con personalidades del mundo de la cultura como Vicente Aleixandre, Félix Azua, Josefina Aldecoa… así como facetas de su vida privada que tienen un gran valor para profundizar en su obra. Al mismo propósito sirve la colección fotográfica del autor, que también se incluye en el fondo adquirido por la Biblioteca. Completa la colección la donación de su biblioteca personal, en torno a unos 9000 libros reunidos por el autor y especializados en literatura española y universal. Destaca un fondo especializado sobre la Guerra Civil Española, en el que hay un fichero realizado por el autor donde anotó su opinión personal sobre las obras. La adquisición de estos fondos y su conservación en la Biblioteca pondrá al servicio de los investigadores un material de gran relevancia. El hecho de que se reúna en una misma institución toda la obra de Juan Benet en sus distintas fases de creación contribuye a generar un mayor conocimiento sobre este autor y, por lo tanto, facilita los estudios y trabajos de investigación que puedan hacerse sobre la literatura española. Biografía Juan Benet Goitia (Madrid, 7 de octubre de 1927 – 5 de enero de 1993) fue un escritor español, considerado por algunos como uno de los más influyentes de la segunda mitad del siglo XX en España. Ejerció su profesión de ingeniero de caminos y en literatura practicó diversos géneros: drama, ensayo, cuento y novela, destacando sobre todo en este último. A finales de 1967 publica su principal obra «Volverás a Región», novela que crea un territorio mítico, Región, en el que se desarrollarán buena parte de sus narraciones. Como tantos grandes escritores, Benet murió sin haber recibido ninguno de los grandes premios de las letras españolas del momento. Sus galardones literarios fueron sólo dos: el Biblioteca Breve 1969 y el Premio de la Crítica 1984 por el primer volumen de Herrumbrosas lanzas. En la actualidad es reconocido como uno de los más grandes escritores del siglo XX, The Times lo llegó a comparar con Marcel Proust en Francia, James Joyce en Irlanda y William Faulkner en Estados Unidos.
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Petrus Gonsalvus: Los monstruos eran otros (Tue, 12 Feb 2019)
Lo llamaron Guancancha (hijo de perro) y también Barbet, aludiendo a la raza de los sabuesos favoritos del rey, pero el tinerfeño Petrus Gonsalvus (o Pedro González) llegó a convertirse en gentilhombre de la corte de Enrique II de Francia y a recibir el honorable tratamiento de «don», pese a que un grueso vello le cubría todo el cuerpo dándole la apariencia de un hombre lobo. Imagina la novelista Emma Lira que a su madre «se le mudó el gesto, se le helaron los ojos y se le estancó en la garganta un grito de horror puro» cuando lo tuvo por primera vez en sus brazos. Y que solo el temor de los guanches al demonio Jucancha, que protegía a los perros, le salvó aquel día de 1537 de la muerte. Pero aquel niño nacido con hipertricosis universal congénita sobrevivió a esta y otras muchas adversidades y, contra todo pronóstico, protagonizó una historia de amor tan increíble que inspiraría a Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve el archifamoso cuento de «La Bella y la Bestia». ¿Se quisieron de verdad o su amor no es más que un mito? «Petrus existió, se casó y tuvo una descendencia nutrida (seis hijos) y su matrimonio duró 40 años», subraya la autora de «Ponte en mi piel» (Espasa, 2019), una novela que, aun siendo histórica más que romántica, narra ese «amor distinto, que crece y que se desarrolla pese a uno mismo». Era impensable que la joven Catherine fuera a enamorarse de Petrus a primera vista. Es más, era tal el pavor que le provocaba que pasarían años hasta que el matrimonio Gonsalvus fuera realmente una pareja. Y cuando al fin se encontraron, «a diferencia del cuento en el que el amor rompe el hechizo y la Bestia se convierte en un príncipe, Petrus siguió teniendo un aspecto monstruoso, con pelo en todo el cuerpo para el resto de sus días», constata Lira. De algo más, aparte de su monstruoso aspecto, debía de hacer gala Gonsalvus para que la joven y bella Catherine, dama del séquito de la reina Catalina de Medici, acabara viéndole con otros ojos. Según Lira, «tenía que destacar de alguna manera, tenía que haber algo, una inteligencia, una humanidad, una grandeza de espíritu, una fortaleza, una lealtad que pudieran hacerle especial para alguien y no solo para su esposa, sino para la gente que lo rodeó». Así se lo ha imaginado al menos esta novelista, como «una persona inteligente que es capaz de buscar lo mejor que hay en él, puesto que su aspecto físico de hombre lobo le condiciona a la hora de ser aceptado en un siglo XVI en el que se quemaban herejes». De su Tenerife natal, donde núcleos alzados de guanches aún combatían con los castellanos, iba a ser probablemente vendido por tratantes de esclavos cuando fue interceptado por corsarios y llevado hasta la corte francesa. Apenas tenía 10 años cuando fue presentado a Enrique II de Francia. Era el día de la coronación del monarca en Reims y entre los presentes de cortesanos y embajadores estaba este niño salvaje lleno de pelo que causó un gran impacto. «Curiosamente el niño sabía hablar castellano, que el rey también hablaba porque en su infancia fue prisionero de Carlos I por un tratado que firmó su padre, Francisco I», relata Lira. Aquel menor peludo le contó a Enrique II que nació en Canarias y que era un mencey, hijo de un rey. «Enrique II debió sentir una empatía inusual por este ser que para los demás era un monstruo -especula Lira-. Por empatía, por puro experimento -el mito del hombre salvaje estaba muy en boga entonces- o por curiosidad, el rey "apadrina" a este niño y decide ver qué pasa si a un ser aparentemente salvaje se le da una educación». Aunque no por ello dejaría de ser considerado una propiedad más de los monarcas, que lo exhibían como curiosidad. La boda roja De los pocos detalles documentados de la vida de Petrus Gonsalves, Lira ha tejido con imaginación una biografía del personaje que le lleva a vivir en primera persona los principales acontecimientos históricos de la época. En una Francia inmersa en un conflicto de religiones, en la que las grandes familias tratan de aprovecharse de la debilidad de la monarquía tras la muerte de Enrique II y toman partido por los católicos o los protestantes, una profecía de Nostradamus augura el final de la dinastía de los Valois y la llegada al trono de los Borbones. La reina Catalina de Médici se pasará el resto de su vida tratando de impedir que estas predicciones se cumplan, con todos los medios a su alcance. «Es una trama fascinante, con unos ingredientes como de Juego de Tronos», asegura la novelista mientras subraya que «episodios que ahora nos fascinan, como el de la boda roja, pasó hace 500 años y aquí al lado, en París, en el Museo del Louvre, que yo ya no puedo ver de la misma manera porque allí hombres, mujeres y niños fueron sacados de sus camas cuando eran los invitados de una boda real y fueron masacrados». La matanza de San Bartolomé «acabó con la vida de 3.000 personas solamente en París y de otras 20.000 en el resto de Francia», recuerda Lira. Petrus tuvo que vivir este episodio porque está documentado que se encontraba en la corte de Catalina de Médici, que fue quien lo orquestó, continúa Lira. También se sabe que viajó a Flandes para que lo vieran médicos y aunque puede que se trasladara únicamente por esa razón, la escritora utiliza estos datos históricos para involucrar al protagonista de «Ponte en mi piel» en ese convulso trasfondo histórico en el que vivió. «Imagino a ese hombre a sus 20 años, cuando ya ha muerto Enrique II, la persona que le protegía, y él se siente un poco huérfano otra vez y decide aferrarse a la gente que cree en él o que le necesita. Y le doto de una misión», indica. Una elección, de novela En las dos orillas del conflicto que separa a la corte y a Francia entera se encontrarán Petrus y Catherine, obligados a casarse contra su voluntad. Poco se sabe de la vida real de la bella joven que apoya su mano en el hombro de su marido peludo en uno de los retratos que se conservan de la familia Gonsalves. Emma Lira le otorga una trágica infancia durante una rebelión por el impuesto de la sal para explicar por qué una joven, a la que imagina sin familia, ni títulos, ni posesiones, no pudo negarse a este singular matrimonio concertado por Catalina de Médici. Y por qué, al haber conocido la monstruosidad de hombres de apariencia normal, fue capaz de mirar con otros ojos a Gonsalves. La pareja, que tuvo seis hijos (Madeleine, Enrique, Françoise, Antonietta, Horacio y Ercole), cuatro de ellos con el mismo «síndrome de Ambrás» que su padre, acabó sus días en Italia, en la corte de los Farnesio. «Hay historiadores que creen que a la muerte de Catalina de Médici, los regalan a los Farnesio, aunque yo quiero pensar que esa última decisión la toma él y decide irse de una Francia que se lo ha dado todo, pero que en los últimos acontecimientos a los que ha tenido que enfrentarse le ha roto el corazón, y a la que nunca más volverá», señala Lira, que deja claro al final del libro qué parte de su relato es histórica y cuál ficción. Aunque para ver los rostros de Petrus y su familia hay que acudir a otros libros, navegar por Internet o viajar a Innsbruck (Austria) para ver el antiguo gabinete de maravillas del castillo de Ambrás, o al castillo de Blois (Francia), donde la pequeña Antonietta, de unos 6 ó 7 años, sujeta un papel en las manos en el que dice que su padre fue regalado al rey de Francia. A Lira ya le había llamado la atención este personaje desde que recopiló información para su libro «Donde nacen los dragos», pero este lienzo de Lavinia Fontana fue el que le impulsó a escribir su última novela. «De alguna manera me llamaba desde el retrato diciéndome: cuenta la historia de mi padre que vivió estos mundos tan distintos y fue capaz de sobrevivir y tener una larga vida», comenta. Petrus Gonsalvus falleció en 1618 con unos 80 años, una rareza más en el siglo XVI.
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El dibujante tímido que retrató la era de la posverdad (Mon, 11 Feb 2019)
De todos los debates innecesarios que se dan en el mundo de la cultura, quizás el más estéril sea el que trata de enfrentar a la novela con el cómic, dos géneros cuyo fin es el mismo: contar historias, y hacerlo bien. Afortunadamente para los lectores, los creadores nunca sucumbieron al complejo de inferioridad que la crítica trató de insuflarles desde que el mundo literario es mundo. A la memoria se vienen algunos nombres, ya clásicos, como Will Eisner, Alan Moore o Robert Crumb. Pero también Joe Sacco, Chris Ware o Daniel Clowes. Sin olvidar a Charles Burns, Marjane Satrapi o el propio Neil Gaiman. Nómina de artistas a la que ya pertenece, por derecho propio, un jovencísimo dibujante (nació en 1989) de Chicago: Nick Drnaso. Tímido, sin más afán que vivir rodeado de esas viñetas que comenzaron a impactar al mundo del cómic con «Beverly» (Fulgencio Pimentel, 2016), el año pasado a punto estuvo de hacer historia con «Sabrina», primera novela gráfica nominada al prestigioso premio Booker. El libro, que Salamandra Graphic acaba de publicar en España, muestra, con la sutileza de los grandes novelistas, el estado de paranoia, fanatismo y ansiedad en el que está instalada, parece que sin remedio, nuestra sociedad. La literatura de Drnaso (porque sí, lo que hace es literatura) habita en la era de las «fake news», las teorías de la conspiración, las redes sociales, el ciberacoso y los «radiopredicadores», logrando poner al lector, sin ánimo condenatorio ni moralista, frente a un espejo cuyo reflejo asusta. Porque miedo es lo que se siente al leer la historia de Sabrina, cuya desaparición, de esas que vemos a diario en las noticias, sume en el caos y la desesperación a su familia y a su novio. Ese temor, que te invade desde las primeras páginas, lo experimentó el propio autor mientras las escribía. Hasta el punto de que llegó a cancelar la publicación del cómic. «Sigo teniendo algunos sentimientos encontrados con respecto al material», confiesa Drnaso, en conversación con ABC. Aquel estado venía de lejos. En realidad, desde su primera obra, la ya mencionada «Beverly». Cuando estaba a punto de terminarla, empezó a sufrir episodios de ansiedad. Tenía pesadillas frecuentes y estaba en un estado de paranoia preocupante. ¿El motivo? Le atormentaba que secuestraran a su novia de entonces. Y, claro, las investigaciones que llevó a cabo, basadas en hechos reales, mientras trabajaba en «Sabrina» no ayudaron. Finalmente, decidió cambiar algunas escenas –una, fundamentalmente– para aligerar la carga emocional que el lector tendría que soportar, y que él sigue llevando a cuestas, y la novela llegó a las librerías. El éxito de crítica y público fue algo completamente inesperado, y no hizo sino aumentar los sentimientos ya de por sí enfrentados que Drnaso sentía hacia la obra. «El mundo de los cómics es muy reducido, tiene pocos lectores, y pensaba que sería un libro que se publicaría para ese reducido grupo. Por tanto, que haya tenido tanta publicidad es algo muy inesperado». Realidad Inesperado para él claro, pero también para la gente que le rodea. El mundo de Drnaso es, también, el de sus historias. La veracidad, el realismo, son las bases de su trabajo, con el consabido riesgo de que la frontera entre ficción y realidad a veces se torna demasiado difusa, incluso para el propio autor. Calvin, uno de los personajes centrales de «Sarbina», guarda tanto parecido con uno de sus amigos de la infancia que temía su reacción. «Al acabar el libro, me di cuenta de que podía traicionar su confianza. Cuando vio “Sabrina”, me dijo que no fue capaz de leerla. Me sentí mal, pero sé que ahora está bien y no le molesta. Supongo que tengo que ser más cuidadoso con esas cosas». Para Drnaso, que empezó a interesarse por los cómics al acabar el instituto, gracias a un amigo, «cuando no tenía planes para el futuro e iba a ir un centro de formación profesional», «Sabrina» fue como una caja de Pandora y, al abrirla, las consecuencias fueron incontrolables. «Pensé que el proceso de trabajo sería una especie de terapia para mí, que acabaría con todas las ansiedades, las preocupaciones, los miedos. Pero, al final, por desgracia, fue totalmente lo contrario, me dejó más confuso y supongo que más desilusionado que cuando empecé la historia». No es extraño, dado el material con el que trabajaba. Quien más, quien menos, está familiarizado con el término «fake news» y, desgraciadamente, todos somos carne de las teorías de la conspiración que el mismísimo Trump alienta desde la Casa Blanca. «Es un fenómeno confuso. La única conclusión es que ordenan un mundo que no tiene ningún orden estructural. Cuanto más grandes son las catástrofes, las tragedias, más fuerte es el impulso de explicar por qué sucedió. Por ejemplo, en la cultura estadounidense, el 11-S se ha analizado mucho, y creo que es un intento de poner orden alrededor de algo caótico, algo que no debería haber pasado. Pero no soy sociólogo y me siento un poco estúpido hablando de ello». Presión Lo dice alguien que se define como «un tanto dado» a recluirse y «bastante tímido». «No suelo salir por ahí y cuando empecé en este mundo, ni me imaginaba que daría esta entrevista. Es un poco raro que consideren que tienes éxito por un libro que a veces has creído que era otro fracaso. Tiendo a convertir algo bueno en una fuente de estrés. Puedo darle la vuelta a toda esta buena publicidad y atención y decir que no creo que merezca que me publique mi editor favorito y que haya tantas expectativas con lo próximo que haga. ¿Cómo puedo estar a la altura? No puedo. Me meto mucha presión». El dibujante reconoce, al menos, que la nominación al Booker fue algo «halagador», aunque no gustara a todo el mundo. «Los cómics no son una versión rara y friqui de la literatura. Si en los premios estuviesen separados en categorías distintas, se evitarían muchas discusiones y conflictos como el de que los cómics sean una bofetada en la cara de la literatura». Y zanja: «Yo leo más prosa que cómics y, probablemente, es lo que hace la mayoría de la gente».
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Muere Enric Pons, el dibujante de Bruguera que estuvo a punto de ser desahuciado (Sat, 09 Feb 2019)
El ex dibujante de la editorial Bruguera Enric Pons ha fallecido en Barcelona a los 85 años, según han informado sus allegados en las redes sociales. Pons, que trabajó durante 30 años en Bruguera maquetando y coloreando los dibujos que otros diseñaban, se había convertido en los últimos meses en símbolo de la lucha contra la especulación inmobiliaria, al estar amenazado de desahucio y recibir ayuda de los okupas de la Casa de Cádiz de Barcelona, que se dedican a apoyar a personas sin hogar. Cuando se dio a conocer la precariedad en la que vivía el ex dibujante -cobraba una pensión de 600 euros y pagaba 530 de alquiler mensual- un donante anónimo le hizo llegar 10.000 euros desde Madrid, y él entregó 5.000 a los okupas de Casa de Cádiz para agradecerles la ayuda que le habían prestado en forma de comida, amistad y cobijo. La muerte de Pons ha sido anunciada en las redes sociales por el activista, portavoz de Casa de Cádiz e impulsor del proyecto Welcome Sin Techo, Lagarder Activista, quien ha escrito: «Cuando conocí a Enric el pasado 9 de noviembre, calentándose con las velas en su helado hogar, me indigné tanto que, desde entonces, estuve a su lado ofreciéndole todo el cariño y apoyo. Fue y será el gran dibujante de la Bruguera olvidado como muchos ancianos que mueren solos». A lo largo del día, los impulsores de Welcome Sin Techo han construido un altar improvisado a las puertas de la antigua Casa de Cádiz, donde han colocado una fotografía de Pons y algunas velas.
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Soledad Puértolas: «Vengo de una generación de madres silenciosas» (Sat, 09 Feb 2019)
Dos años después de los relatos de «Chicos y chicas», Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947), retorna a la novela con «Música de ópera» (Anagrama): tres generaciones de una familia, desde la guerra civil a los años sesenta en una ciudad de provincias muy parecida a Zaragoza. Secretos, revelaciones, enamoramientos, desamores, suicidios… Un material propio de folletín decimonónico o de serial televisivo, que Puértolas tañe con ironía y una forma personal de revivir la contienda del 36: «Cuando me topaba con la guerra civil, no sabía cómo abordarla. Mi versión está hecha de murmullos, silencios y tabúes. Los acontecimientos se filtran en las vivencias de mis personajes». En esa información «incompleta» reside, a su parecer, la magia de la literatura: «Al rescatar tu visión, que es tu verdad, abonas la complejidad, frente al simplismo de las lecturas políticas». A su juicio, «hay que mirar al pasado sin consignas y, sobre todo, sin pretender demostrar nada, al reconocer que no lo sabemos todo evitamos las posiciones cainitas». Al situarse en una tradición literaria, la escritora y académica prefiere Baroja a Clarín. «Lo que no cuentas, has de dejarlo en la imaginación del lector, a diferencia de “La Regenta”, donde se cuenta absolutamente todo. Para mí, Baroja fue el más moderno de nuestros escritores… Era capaz de transmitir lo que no contaba de forma explícita», subraya. Doña Elvira, una viuda enriquecida e incapaz de conducir la empresa que le dejó su difunto marido, comparte con la autora la extrañeza ante la realidad. La sublevación franquista le sorprenderá en medio de un largo viaje por Europa con parada en la musical ciudad de Salzburgo donde escucha «Fidelio» bajo la batuta de Toscanini. Al retornar a su espaciosa casa burguesa, conocerá la soledad: un hijo se ha alistado en el bando nacional; el otro, tras una estancia en Barcelona, ha cruzado la frontera francesa. Acompañada por la «música de ópera» de la gramola y la melancolía pianística de Chopin, la vieja dama se desentendrá de los asuntos terrenales y escribirá cartas a una amiga muerta con la intención de preservar en esos manuscritos el mundo clausurado al que no quiere dejar de pertenecer. De esa Zaragoza que no se nombra, pero que se intuye en cada pasaje, Puértolas ha recobrado atmósferas que recogió en su díptico autobiográfico «Recuerdos de otra persona» y «Con mi madre». La Historia, en clave femenina: «Vengo de una generación de madres silenciosas», advierte.
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Emilia Pardo Bazán, contra la violencia machista (Sat, 09 Feb 2019)
Francisco Asenjo Barbieri, insigne compositor y precursor del teatro musical en nuestro país, tomó posesión de la silla H de la Real Academia Española (RAE) el 13 de marzo de 1892. Aquel día, con motivo de la recepción que se celebró en su honor, no cabía ni un alfiler en la sede de la Docta Casa. El exceso de aforo hizo que muchas de las mujeres allí presentes tuvieran que quedarse de pie, circunstancia que aprovechó Juan Valera para sugerirles, en un tono más provocador que cómplice: «Como no han venido algunos académicos y hay sillones vacíos, pueden ustedes ocuparlos para su mayor comodidad». Teniendo en cuenta que, apenas unos meses antes, el escritor había publicado el panfleto «Las mujeres y las Academias», en el que argumentaba que las mujeres no podían desempeñar un buen trabajo como académicas por la baja que debían coger durante el embarazo y la lactancia, es de imaginar la cara de las aludidas. Con lo que no contaba Valera, ni el propio Barbieri siquiera, era con la respuesta de Emilia Pardo Bazán, tan adecuada que casi parecía preparada. «Gracias, don Juan. Ya nos sentaremos en ellos algún día las mujeres por derecho propio», le dijo la escritora, quien no vivió para verlo –murió en 1921 y Carmen Conde entró en la RAE en 1987–, pero sí para creerlo. Aunque Pardo Bazán intentó ser académica en varias ocasiones –ella misma redactó su currículum y se sometió a todos los protocolos, pero Valera, principalmente, le dio con la puerta de la RAE en las narices–, no era pose, ni afán de protagonismo. La conciencia feminista llevaba tiempo prendida en su espíritu, influida, sobre todo, por la estrecha relación que siempre mantuvo con su padre, un hombre abierto y dialogante, y por la lectura, sorprendente por el lugar y la época, de «La esclavitud femenina», de John Stuart Mill. Con el referente de su paisana Concepción Arenal y gracias a sus recurrentes viajes a Francia, sin perder de vista el movimiento sufragista inglés, se declaró feminista militante y, durante toda su vida, reivindicó la equidad entre hombres y mujeres. Lo hizo pese a tener que aguantar descalificaciones de todo tipo, entre ellas que «escribía a lo hombre» o «se ponía los pantalones para escribir», destinadas a minusvalorar su talento por el mero hecho de pertenecer a un determinado género. Sus artículos en materia de igualdad, recogidos en la prensa de la época, siguen resonando en la conciencia social. Pero el compromiso de doña Emilia no se limitó a su producción periodística. Una parte de su obra bien puede considerarse literatura de denuncia, y en ese apartado se enmarca «El encaje roto» (Contraseña Editorial), primera antología que se publica con los cuentos que escribió para condenar la violencia machista. Editado y prologado por Cristina Patiño Eirín, profesora de la Universidad de Santiago de Compostela, el volumen recopila treinta y cinco cuentos, siete de los cuales aparecieron en la revista «Blanco y Negro», joya de la corona de ABC y con la que la escritora gallega mantuvo una estrecha relación profesional a lo largo de toda su vida. Fechados entre finales del siglo XIX y principios del XX, asusta comprobar la vigencia de unos escritos que huyen del tono moralizante y cuya calidad literaria es incuestionable. Origen Según explica Patiño Eirín, en conversación telefónica con ABC, «la oportunidad surgió hace dos años y medio, con un mensaje de Alfonso Castán, socio de la editorial Contraseña». El editor llevaba tiempo siguiendo el trabajo de la profesora, especializada en la figura de la escritora coruñesa, a la que descubrió siendo adolescente. «Me invitó a pensar en una posible selección de cuentos relacionados con esta temática, tristemente actual aún». Al principio, Patiño Eirín tuvo algún que otro reparo, consciente del peligro de que la antología fuese leída en términos de lección moral. Pero, finalmente, aceptó el reto, y la responsabilidad. «Había una parte de conciencia personal mía, en el hecho de observar una realidad que todos los días es trágica. Yo no concibo la literatura como lección, pero nos hace mella y penetra en nosotros de forma sutil. No es una antología hecha de manera oportunista, sino muy meditada. Sin perjuicio de que los cuentos tengan una temática predominante, quería que no se viese como un libro doctrinal». De hecho, Pardo Bazán nunca persiguió tal propósito y llegó a renegar de ese tipo de literatura. «Nunca tuvo la noción de lo literario como algo apologético. Intenta desmarcarse de esa tradición femenina de las novelas isabelinas y está convencida de que el fin del arte es la belleza». Una motivación que no lastró la conciencia que, como mujer, tenía de la injusticia y la subordinación de la condición femenina a los hombres. De ahí estos relatos, que constituyen «su obra narrativa más viva». «Sólo pretendía apostarse ante esa realidad con ánimo de recoger todo ese tremendo conjunto de hechos y realidades que afectaban a la subjetividad humana». Y que siguen afectando. De hecho, los cuentos parecen escritos ayer mismo. Conciencia «No es una escritora alejada de nosotros. Hay un latido absolutamente vivo. A las mujeres se las educaba en esa conciencia del novio que iba a hacerlas felices, y esa creencia aún sigue sumida en buena parte de la población femenina». Para Pardo Bazán, que no dudaba en hablar de «mujericidios» –hoy los hay que se atreven a cuestionar la terminología–, «las mujeres del pueblo son las cargadas de futuro, tiene una mirada sobre la pirámide social que discrimina muy bien». Así lo refleja en sus cuentos, algunos muy conocidos, como el que da título al volumen, «El encaje roto», objeto de estudio en universidades estadounidenses. Los hay rurales, vinculados a la Galicia profunda, muestra de ese naturalismo en el que algunos intentaron encasillarla. Pero también urbanos, trágicos, humorísticos y hasta con un pie en la literatura fantástica, como «Vampiro», en el que un viejales «ochentón» le chupa, literalmente, la juventud a la joven de quince con la que se casó, arreglo económico mediante. «Su escritura es variadísima y hemos querido que no sólo predominase la nota trágica. Explora el miedo de las mujeres con una capacidad de absoluto respeto. El juicio no lo hace el cuento, corresponde al lector, el camino lo va construyendo el lector, muchas veces de forma inconsciente, esa es la piedra de toque». Hay veces en las que los victimarios son presentados como «personajes que, por su manera de vivir, ajenos a la cultura y la educación, están abocados a ser salvajes». En otras historias, el lector se da de bruces contra una realidad en la que conviven múltiples reacciones ante la violencia machista, como el hombre que mató a golpes a otro en una posada porque le «llevaba el demonio» ver el trato que daba a su mujer: «Que la matase allá en su alcoba, malo será, pero nadie tie que meterse; para eso era su señora. En mi cara era cosa de avergonzarme. Estar un hombre presenciando que á una mujer la hacen tajás y dejarlo... vamos, que se le requema á uno la sangre», se justifica el condenado ante su abogado en «Sin pasión», publicado en «Blanco y Negro» el 27 de febrero de 1909. No exagera Patiño Eirín al asegurar que «hay cuentos que resuenan después, que nos dejan un eco». Y, teniendo en cuenta que Pardo Bazán «tenía previsto escribir un libro sobre la mujer», es posible que sea cosa de brujería. Ya saben: genio y figura...
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David Foenkinos: «Escribir es un adulterio, como llevar una doble vida» (Fri, 08 Feb 2019)
En «Coney Island», una de las canciones salidas de la luminosa cabeza de Ricardo Lezón e incluidas en el álbum de McEnroe «Rugen las flores» (Subterfuge, 2015), puede escucharse, sin necesidad de recurrir al estribillo: «Y saber que la tristeza tiene su parte de belleza». Y, si uno lo piensa, es cierto. Pero, claro, para eso hay que detenerse, y no están los tiempos para florituras mentales. Por eso son tan necesarias letras como las de Lezón y libros como «Hacia la belleza» (Alfaguara), la última novela del escritor David Foenkinos (París, 1974). Tras encandilar a millones de lectores con «La delicadeza» (2009), su mayor best seller hasta la fecha, o rescatar del olvido a un personaje como la pintora judía Charlotte Salomon, tan real que parecía obra de la ficción, el francés se encerró en sí mismo, en busca de la belleza. Y la encontró, en el arte. Sólo él, virtuoso de las pequeñas historias, es capaz de convertir en héroe de sí mismo a Antoine Duris, un prestigioso profesor que, de la noche a la mañana, deja su puesto en la Escuela de Bellas Artes de Lyon para trabajar como vigilante en el Museo de Orsay, en París. ¿Su objetivo? Contemplar, eternamente, si fuera posible, el retrato que Amedeo Modigliani hizo de Jeanne Hébuterne y, de paso, dejar atrás un episodio doloroso. En el fondo, la novela es una reflexión sobre «el arte como refugio», según explica Foenkinos mientras pasea por el Museo Thyssen en compañía de ABC. Es la primera vez que el escritor visita la pinacoteca madrileña y no puede evitar que se le escape un «¡Me encanta!» al contemplar una de las obras de Emil Nolde que alberga una de las salas. «A los 16 años, enfermé del corazón. Estuve muy grave, al borde de la muerte. Mi entorno familiar no era cultural, pero, en ese momento, los libros y el arte me salvaron». De ahí que el arte, como máxima expresión de la belleza, atraviese, de alguna forma, todos sus libros. «El arte no puede curarlo todo, pero sí la melancolía y, a veces, la dificultad de vivir. Para mí, el arte es un consuelo más. La belleza nos permite escapar de nosotros mismos para encontrar una forma de consuelo». Sabiendo –y eso es lo difícil, en una sociedad tan instantánea que se ha vuelto casi virtual– que, como cantaba Lezón y asevera Foenkinos, «en la tragedia hay belleza». «Ahora, es tan fácil huir… Siempre podemos estar en otro sitio, podemos pasarnos la vida sin vivir nuestra vida. El mundo se ha vuelto un lugar brutal, difícil. Por eso hay un retorno a la música clásica, a lo religioso, hay una necesidad de ir hacia las cosas reales, que no sea todo virtual. Necesitamos volver a lo concreto». Como buen escritor, cuya materia prima es la imaginación –a veces desbordada–, Foenkinos se muestra optimista y cree que «el mundo va a cambiar todavía más, se va a desconectar». Peligro El peligro, en esa progresiva vuelta a la realidad, es que la cultura se banalice y, como el amor, se termine rompiendo, de tanto usarlo. El ejemplo lo tenemos en los museos, abarrotados de turistas que, más que contemplar, extasiados, parecen interesados en consumir y hacer fotos. «Es magnífico que la gente abarrote las exposiciones de Modigliani, me encanta. Pero hemos perdido la capacidad para contemplar el arte. No entiendo cómo alguien puede ver un cuadro corriendo, de paso. Hace poco estuve en Viena y había que hacer cola de dos horas para contemplar “El beso”, de Klimt». De hecho, Foenkinos, que se negó a esperar para ver la obra, captó con su teléfono móvil la imagen, más propia del Primark de la Gran Vía madrileña un sábado por la tarde que del Palacio Belvedere. La cara de felicidad del escritor al contar cómo el pasado lunes, día en el que cierra el Orsay, le abrieron el museo para una visita privada lo dice todo. Claro que la publicidad que la novela ha hecho de la pinacoteca, comparable al favor que Dan Brown le hizo al Louvre con «El código Da Vinci», bien vale un detalle con el autor. Rodeados de belleza, no está de más preguntar, sin caer en la palabrería edulcorante, qué es, para Foenkinos, el «arte de amar». «Poner al otro por delante, que su corazón esté en nuestro corazón, que su felicidad sea más importante que la nuestra. Cuando uno ama, siente eso». ¿Y cuando escribe también? «No he estado enamorado muy a menudo, pero para mí la vida es mucho más importante. La escritura es un refugio, un adulterio, como llevar una doble vida. Pero lo más importante es la vida».
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