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La ciencia ficción regresa al espacio con un «Juego de tronos» lunar (Mon, 09 Dec 2019)
Ian McDonald (Mánchester, 1960) nunca necesitó de nadie que le susurrase al oído aquello de «Fly Me To The Moon» («let me play among the stars») para que su imaginación saliese disparada una y otra vez de órbita rumbo a la Luna. La pasión, asegura, le venía ya de serie, acoplada a su espinazo como un reactor nuclear. «Desde niño siempre me gustaron las historias de bases lunares. Me atraía mucho posibilidad de llegar a ver gente viviendo ahí arriba; salir de casa una noche clara, mirar al cielo y ver lucecitas en la Luna», explica. De ahí que, cuando en 2012 empezó a dar forma a «Luna nueva», primera entrega de una trilogía que completan «Luna de lobos» y «Luna ascendente» (todas ellas publicadas por Nova) el autor británico no pensó en la pesada herencia de Asimov o en las diferentes oleadas de ciencia ficción. Nada de eso. Simplemente, apunta, creía que «había llegado el momento de volver». Volver a la Luna y también volver a escribir de ella. ¿La razón? Fácil: «Vuelve a ser un sitio al que queremos ir». «Al final, la carrera espacial de los sesenta fue como una guerra de prestigio entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y ahora mismo volvemos a ver una suerte de carrera espacial entre países desarrollados como China, países en desarrollo como India y multimillonarios con demasiado dinero como Elon Musk», detalla. Un embrollo a múltiples bandas que se prestaba a una historia de poder, ambiciones desmedidas y supervivencia lunar como la que McDonald empezó a pergeñar en «Luna Nueva». A saber: cinco familias de nacionalidades variadas y variopintas (hay chinos, rusos, ghaneses, australianos y brasileños) que controlan el satélite y compiten fieramente por sus recursos. «En un principio yo presenté la trilogía como “Dallas” en la Luna. Luego los editores lo cambiaron a “Juego de tronos” en la Luna, cosa que les agradezco mucho», explica un autor que, crecido e instalado en Belfast, gusta de llevar al límite a sus personajes. «En pocos lugares las limitaciones son más salvajes que en la Luna, donde hay que pagar por respirar. En los libros se avanza muy despacio de un sistema ultraneoliberal gobernado por la ley mercantil a una sociedad lunar con sus propios valores y moral», relata. En el universo de McDonald conviven la manipulación política, la explotación de los recursos y unas desigualdades sociales cada vez más pronunciadas. «Me interesaba mucho la idea de que los personajes estén atrapados en un sitio del que nadie puede salir. En “El padrino”, por ejemplo, están las familias mafiosas, sí, pero uno puede darles la espalda y marcharse. Aquí no te puedes ir. Es imposible. Ya no se trata de ganar o morir, sino de jugar o morir», explica. La experiencia norirlandesa y la proximidad de la violencia, añade, también han jugado un papel vital a la hora de perfilar el paisaje de la trilogía. «Ahora mismo en la Luna hay 1.7 millones de habitantes, que es la misma población de Irlanda del Norte. No es casual, claro. Fue muy consciente. Conocía perfectamente el nivel de violencia que puede sustentar una sociedad de esta tamaño», ilustra. Viendo la facilidad con la que McDonald, autor con «River of Gods» de una de las primeras novelas futuristas ambientadas en la India, salta de la ficción a la realidad y conecta todos su planos, no extraña que celebre la existencia de la ciencia ficción como «literatura del cambio». «Habla de cómo nos adaptamos a los cambios. Así que cualquier novela que hable del cambio está haciendo ciencia ficción. Por eso creo que hay muchas novelas que prefieren mirar al pasado, porque miran con cierta nostalgia épocas en las que era más fácil enfrentarse al cambio. La ciencia ficción, sin embargo, lo abraza», explica. La puntería del escritor lento La ciencia ficción, reconoce McDonald, tiene sus ciclos, por lo que a nadie debería extrañar que, después de una época en la que la distopía se ha llevado casi todos los aplausos, escritores y cineastas hayan vuelto a alzar sus cabezas para imaginar lo que ocurre por encima de ellas. «Sí que es verdad que hay muchos libros y películas del espacio, pero cuando yo presenté la idea en 2012 fui el primero», apunta el británico. Se refiere McDonald a películas como «Gravity», «Interstellar» y«Marte», cintas que, junto a los libros de Neal Stephenson y Kim Stanley Robinson parecen haber reavivado el interés por las escapadas lunares. Con todo, a favor de McDonald no sólo juega el hecho de haber sido el primero; también, por paradójico que parezca, haber sido uno de los más lentos. La parsimonia creativa, explica, resultó ser una bendición, ya que el retraso de casi un año a la hora de terminar «Luna ascendente», tercer volumen de la saga, hizo que su publicación coincidiera con el 50 aniversario de la llegada del hombre a la Luna. «El departamento de prensa y marketing quedó muy satisfecho», bromea.
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El universo de Handke, los relatos familiares y las letanías eslavas (Sun, 08 Dec 2019)
El Premio Nobel de Literatura Peter Handke recordó este sábado, en su lectura de aceptación del galardón, la influencia en su carrera tanto del arte como de las pequeñas narraciones que su madre le contaba de niño. El discurso Nobel transcurrió sin incidentes ni polémicas, después de la rueda de prensa celebrada el viernes, en la que se encaró con un periodista que le preguntaba por sus posturas durante la guerra de Bosnia y le pedía reconocimiento de la matanza de Srebrenica. Handke (Karnten, Austria, 1942) indicó que aquellos «pequeños acontecimientos» familiares que le relataba su madre le dieron «el ímpetu» a su carrera, iniciada en 1966 con la obra de teatro «Insultos al público» y la novela «Los avispones». Las obras de arte, por su parte, le proporcionaron «las formas esenciales, los ritmos o, para decirlo más modestamente, las oscilaciones y el impulso que permitieron que ese ímpetu encontrara expresión». Libros, «pinturas, películas -sobre todo las del oeste de John Ford e 'Easters' de Yasujiro Ozu- y canciones -eventualmente, por ejemplo, las de Johnny Cash y Leonard Cohen-». Aunque las primeras oscilaciones e impulsos que le conmovieron de niño no llegaron de las artes -recordó- sino «de las letanías religiosas esloveno-eslavas», escuchadas bajo los arcos románicos de una iglesia, y de las que incluso recitó un fragmento. El narrador que es Handke trasladó al auditorio hasta las imágenes y sonidos de su niñez cuando su madre le hablaba «una y otra vez» de la gente de su pueblo -Stara Vas en esloveno, Altes Dof en alemán- y de sus familiares. No era historias -explicó- sino narraciones cortas que en sus oídos infantiles sonaban como «acontecimientos singulares», señaló parafraseando a Goethe, escritor del que la Academia Sueca le considera heredero. Unos acontecimientos que, si bien era posible que contara a sus hijos juntos, él se recuerda como única audiencia de su madre, de cuya dura y amarga vida, hasta llegar al suicidio, dio cuenta en «Desgracia impeorable» (1974). Handke quiso compartir tres de aquellos «acontecimientos únicos», en especial dos relacionados con los hermanos de su madre que son -dijo- «episodios breves, pero decisivos para mi vida como escritor». En el primero, el hermano menor, Hans, guiado por la morriña escapa de niño del seminario para regresar una madrugada a la casa familiar, donde barre sin descanso el patio hasta el amanecer porque es sábado. Ya nunca regresaría al colegio. Un «acontecimiento» que, habiendo sufrido «una transformación natural aparece espontáneamente, por así decirlo, una y otra vez, desde el principio en mis libros -mis excursiones narrativas, mis expediciones unipersonales-». El segundo, narra un permiso de su tío mayor durante la Segunda Guerra Mundial, cuando esconde a la familia la muerte del hijo menor en el frente, donde él mismo caería días después. El prolífico Handke cultiva el teatro, la narración, la poesía, pero también la dirección («La mujer zurda»-«The Left-Handed Woman») y el guion cinematográfico («El cielo sobre Berlín»-«Wings of Desire») y es un enamorado de España, donde ha pasado periodos y que está presente en varios libros. Su lectura de aceptación del Nobel de Literatura comenzó con un pasaje de su largo poema dramático «Por los pueblos» (1986) -que volvería citar ampliamente en el discurso-, libro en el que trata temas como la familia, las raíces, el peso de la infancia y el regreso al hogar. Este año hubo dos Nobel de Literatura aceptando la distinción: Handke y la polaca Olga Tokarczuk, (correspondiente a 2018, cuando el premio no se falló por la crisis que vivía la Academia Sueca), al que no tuvo acceso la prensa, que podía seguirlo por «streaming».
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Emilio Gutiérrez Caba: «En el teatro siempre hubo mujeres que eran más importantes y ganaban más que los hombres» (Sun, 08 Dec 2019)
Emilio Gutiérrez Caba (Valladolid, 1942) es, además de un magnífico actor, el historiador de su familia que, como todo el mundo sabe, no es una familia cualquiera;es una de las más ilustres sagas de nuestro teatro. La primera piedra la puso Pascual Alba (1843-1895), bisabuelo del actor, y la seguirían sus hijas, Leocadia Alba (1866-1952) e Irene Alba (1867-1930). El árbol genealógico continuó con Irene Caba Alba (1899-1957) y Julia Caba Alba (1902-1988); y con tres de los hijos de la primera:Irene Gutiérrez Caba (1930-1995), Julia Gutiérrez Caba (1932) y el propio Emilio. La última cadena del eslabón, por el momento, Irene Escolar (1988), nieta de Irene Gutiérrez Caba e hija del productor cinematográfico José Luis Escolar. Hay en la relación mayoría abrumadora de mujeres, y a ellas ha querido dedicar Emilio su libro «El tiempo heredado» (Aguilar), testimonio imprescindible de más de siglo y medio de la historia de nuestro teatro. Imagino que ha sido un trabajo de años... Hace cuarenta años que empecé a «coleccionar» todos los datos familaires que pude, y a tratar de rellenar los huecos que había en la historia de la familia. Fuí a bibliotecas, a hemerotecas, a buscar programas y periódicos, que son la fuente fundamental. Y eso lo incluí en una base de datos bastante exhaustiva. A raíz de la emisión del programa «Imprescindibles», de TVE, sobre mi familia, me llamó el académico Francisco Rico y me dijo que tenía que escribir un libro. Y que lo tenía que hacer ya. Me puso en contacto con una agente literaria, Silvia Bastos, que encontró a la editorial Aguilar, que ha publicado, y muy bien, el libro. Al principio solo sabía que tenía que orquestarlo en tres partes, que eran las tres generaciones de mujeres, pero no sabía muy bien cómo. Y finalmente lo hice por cronologia de estrenos. Colocar después los datos no ha sido tan difícil;lo difícil ha sido enfrentarme a cosas como la muerte de mi hermana Irene... Yo esos días había escrito lo que pasaba, no ha habido ahora un engaño de la memoria, pero transcribirlo ha sido muy duro. Otra cosa ha sido lo de mi madre;yo tenía catorce años, y puede haber una tergiversación mínima de hechos o fechas. Pero en lo referente a estrenos y giras los datos están comprobados al cien por cien. En este país no tenemos mucho aprecio por el trabajo de documentación... No, no lo tenemos. Aunque hay excepciones; recuerdo que me causó una gratísima impresión encontrar que en el Ayuntamiento de Pamplona tienen, según me dijo el bibliotecario, una colección de programas de teatro, circo, variedades y toros desde 1880. Y la tienen completa;si hubiera tenido cuarenta ayuntamientos así... Pero llegaba a un lugar y había primero que enterarse si la biblioteca era de la Diputación, del Ayuntamiento, si había hemeroteca... Pero eso me ha servido para estar entretenido durante las giras. «Yo le pedí una vez de rodillas a José María Rodero que contara su historia y su experiencia vital y la grabara en un magnetofón; se negó, me dijo que eso no le interesaba a nadie» ¿Qué aportan labores así, solo el recuerdo de otra época? No, yo creo que aportan datos que completan y corrigen errores. Los de este libro están contrastados en tres fuentes. Y en este caso, por ejemplo, si se sigue la historia de mi tía Leocadia, se sigue también la del Teatro Lara; si se sigue la de mi abuela se ve la del Teatro de la Comedia. Y la vida de mi familia es también la del Teatro Infanta Isabel y otros lugares;la incursión española en Latinoamérica. Se llenan huecos que no estaban cubiertos porque, como usted decía, no nos ha interesado la documentación... O no hemos tenido posibilidades de hacerlo. o no lo hemos creído necesario. Yo le pedí una vez de rodillas a José María Rodero que contara su historia y su experiencia vital y la grabara en un magnetofón; se negó, me dijo que eso no le interesaba a nadie. Cuando uno escribe un libro y echa necesariamente la vista atrás, ¿qué sentimientos se despiertan? ¿Nostalgia, melancolía? En este libro, la época anterior a mi nacimiento no me produce melancolía, porque hablar de mi bisabuelo o de mi abuela, a los que no conocí, no me causa problema. Empieza a ser más complicado cuando «nace» uno. Quizás no hay melancolía, pero el recorrido, por ejemplo, de la casa familiar de la Calle Mayor –que ahora la tiene mi sobrino–, sí es sentimental: de tu infancia, de tu habitación con juguetes, del pasillo en el que jugabas... Pero tampoco podía entrar en esa parte sentimental, porque este libro se centra en las mujeres de mi familia. La editorial me pedía que participara más y metiera más datos de mi vida, y yo dije que no. Tenía claro que quería hablar de las mujeres... Son las que han sostenido realmente a la familia, tanto artística como económicamente. «Las mujeres son las que han sostenido realmente a la familia, tanto artística como económicamente» En tiempos de reivindicación feminista, son todo un ejemplo... En el teatro ha habido durante décadas figuras femeninas que han tenido mucha más importancia que los hombres y que mantuvieron a sus familias porque ganaban más dinero que ellos. Antes de mis abuelos está el caso de Matilde Díez, Rita Luna, La Tirana... Eran mujeres que trabajaban y que ganaban igual, si no más, que los hombres. ¿Y las actrices tenían la misma consideración social o estaban mal vistas? Depende de quiénes fueran. Algunas estaban muy bien consideradas, como Matilde Díez. María Guerrero o María Álvarez Tubau. Seguramente otras no tanto, pero eso dependía también de su vida personal, de su vida íntima. Pero si una mujer quería, en los años treinta o cuarenta del siglo XX, dedicarse al teatro, ¿se llevaban sus madres las manos a la cabeza? Bueno, se las siguen llevando ahora. Ésta es una profesión insegura, desconocida en el fondo. Es una profesión de sentimientos;la sociedad no entiende que te puedas dar un beso apasionado con otro actor cuando no sientes nada por él, o que te acuestes en una cama desnuda con un señor. Y eso les crea un problema de entendimiento. Esto es un juego, no participan los sentimientos en él, pero eso es muy difícil de explicar, hay que sentirlo. Y eso hace que haya un rechazo social a determinadas formas de hacer;yo trato de entederlo. «Ésta es una profesión admirada porque ves que salen a escena o en la pantalla, que hacen otras vidas, que les aplauden, que les elogian, y eso siempre llama la atención» Pero al tiempo es una profesión admiradísima. Sí, es un contrasentido. Albert Camus decía que como consecuencia de la desesperación nace el héroe cinematográfico. Es una profesión admirada porque ves que salen a escena o en la pantalla, que hacen otras vidas, que les aplauden, que les elogian, y eso siempre llama la atención. Más que saber lo que cuesta ensayar, las vicisitudes económicas... No se ve la cara oculta de la luna. Usted confiesa al principio del libro que en una ocasión quiso desaparecer la víspera de un estreno. Sí, sí –ríe–... Es una historia curiosa. No sé lo que pasaba entonces por mi cabeza, quizás un ansia de libertad... No sé bien, ese ansia de no estar sujeto... No podría definirlo. ¿Tal vez que se dio cuenta de que usted estaba abocado a ser actor? No sé, yo llevaba ya mucho tiempo, fue en el año setenta... No, fue una actitud quizás de responsabilidad; era la primera vez que trabajaba con mi hermana Julia. Seguramente fue eso, no lo sé bien. Nunca lo he pensado del todo, tendría que retrotraerme a lo que pasó antes de la cena de ese día para saber por qué cogí el coche y me eché a la carretera para huir. ¿Echa de menos algo en su profesión? Las gentes de mi edad, de mi generación, echamos de menos muchas cosas. Primero una estructura clara de la profesión que ahora no hay; antes había unas jerarquías, yo no digo que fueran acertadas o equivocadas, que marcaban el camino, tampoco digo si acertado o no, al actor. Y ahora te encuentras a ciegas. El otro día, en Bilbao, hablábamos Carlos Hipólito, Malena Gutiérrez y yo, y comentábamos que ahora en las giras solo hay representaciones los fin de semana. Se pierde contacto, la complicidad que había antes en las compañías. Ahora entre función y función te vas a hacer una película, una serie... Se crea una atmósfera de contacto superficial;la gente se despide rápidamente o no se despide, incluso. Cuando yo empecé en el teatro había otro tempo, otra tranquilidad que se reflejaba en cómo se comportaba la gente. Eso sí lo echo de menos. «Las actrices y los actores de la época en que yo empezaba, y también los directores de escena, consideraban que la base de la profesión era el teatro» ¿Había también más relación entre los actores? Las actrices y los actores de aquella época, en general, y también los directores de escena, consideraban que la base de la profesión era el teatro. Allí es donde nacía y moría todo. A partir de ahí podías hacer cine o televisión. Pero hasta en el cine se cuestionaba la valía de los intérpretes; Rex Harrison decía que él era un actor de teatro que hacía cine. Los actores de teatro hacemos después cine o televisión, pero no al revés. Ese orden «jerárquico» de la profesión también se ha perdido hoy en día. En aquella época nos conocíamos todos;conocíamos las compañías, incluso a algunos de los que se dedicaban de manera amateur al teatro... Hoy en día hay muchísima gente joven a la que no conozco; que triunfan en series o en el cine, y con los que no he tenido ninguna contacto. Hace años eso era impensable. Pertenecer a una familia como la suya, ¿qué le aporta de más? ¿Existe el ADN de actor? Existe un ADN de una manera distinta de ver las cosas;el ADN es seguramente la sensibilidad ante una perspectiva general del mundo. Ese es el único ADN posible en los artistas, ya sean pintores, músicos o actores:una sensibilidad o una toma de postura ante las cosas que otras profesiones no tienen. ¿En algún momento ser algo distinto o siempre quiso ser actor? Yo trabajé en un laboratorio de cine, Madrid Film; estuve dos años y medio. A mí el teatro me atraía relativamente. Pero cuando entre en el Instituto de San Isidro conocí a Antonio Ayora, que era un personaje muy carismático y entusiasta a la hora de hacer teatro con gente joven, y eso me cambió. Yo había conocido el teatro a través de Catalina Bárcena y de la compañía del Infanta Isabel, y de pronto Ayora me descubrió a los clásicos:Calderón, Cervantes, Lope, Shakespeare. Pero representados, no estudiados en un libro. Y eso me hizo ver que el teatro tenía muchísimas posibilidades, que era otra cosa, otro mundo. Yque si lo hacíamos en un Instituto, en un gran escenario sería mágico. Resulta curioso que, viniendo de una familia con tanta tradición, tuviera que descubrir su vocación fuera. Sí... Lo que pasa es que Antonio Ayora había hecho mucho teatro con la compañía del Teatro Lara, era muy amigo de Fernando Fernán-Gómez... Había sido actor, y tenía una complicidad con el teatro que no era la del mero docente. Era un hombre de teatro. «Es vivificante saber que Irene Escolar va a seguir manteniendo esto en pie. Luego continuará la saga o no, porque esto es artesanal» Que la saga continúe con Irene Escolar, su sobrina-nieta, le producirá satisfacción... Claro. Le dedico poco a Irene en el libro porque digo que tiene muchos años por delante; pero es vivificante saber que ella va a seguir manteniendo esto en pie. Luego continuará la saga o no, porque esto es artesanal y, por la parcelación que hay hoy en día de cine, teatro y televisión, se está perdiendo. Esa palabra, artesanal, me interesa. Está claro que se aprende a ser actor, ¿pero se hace más en las escuelas o en el escenario? Se han perdido ya costumbres como el meritoriaje, o lo de empezar con un «papel con lanza»... Esa costumbre se ha perdido porque los montajes son hoy completamente distintos. Antes había grandes repartos y podía permitirse ese tipo de papeles. Pero esa formación, esa toma de contacto con el público, es lo que en muchos casos falta hoy en día;les faltan representaciones en un escenario, salir, saber cómo se arregla una equivocación... Toda esa «carpintería» teatral les está faltando a muchos jóvenes. Se «hacen» en series donde todo va muy rápido, todo vale, se repite y repite. Y eso falta hoy en día. El teatro es un oficio que empieza, contrariamente a lo que algunos dicen, el día del estreno, que es cuando nos enfrentamos al elemento que nos falta que es el público, sin el que no existe el hecho del teatro. No son unos actores ensayando. Como decía Bergman, la línea en el teatro de texto –luego hay otras formas igual de respetables– son el autor, los actores y el público.
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Mendoza: «La lectura de novelas espantosamente malas le enseña muchísimo a los que quieren escribir» (Sat, 07 Dec 2019)
Ganador del premio Planeta y del Cervantes, entre muchos otros galardones, el escritor Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) es, en palabras, del director del Instituto Cervantes de Londres, Ignacio Peyró, «un gran escritor con mucha obra detrás y con muchos lectores». Y así se evidenció ayer en la capital británica, donde sus fanáticos se dieron cita en el segundo encuentro de la serie de diálogos Blanco-White, que según Peyró, acercan al público «a grandes personajes relacionados con la cultura española y estrecha las relaciones entre Gran Bretaña y España en un ambiente distendido y relajado, de complicidad, propenso a las confidencias». Fue justamente en este formato que se produjo la conversación con Mendoza, que hizo gala de su sencillez, su intelecto y su gran sentido del humor en cada una de sus intervenciones. «Gracias por sacarnos esa sonrisa plácida que da la lectura», dijo Peyró, y todos los presentes coincidieron: una de las virtudes de Mendoza es, sin duda, la de hacer sonreír. Y él mismo valora que los reconocimientos que le han hecho supongan «un premio a la literatura de humor que había quedado un poco marginada». Mendoza no es además solo escritor, sino un gran lector. Y aunque asegura que lee «de todo: ensayo, historia, novelas policíacas, de espionaje y leo a mis contemporáneos», y que hay lecturas a las que vuelve continuamente, como a La Biblia o la obra de los historiadores griegos y latinos como Tito Livio, confiesa que «empiezo muchos libros y termino muy pocos. Hay quien lo considera un crimen, pero cuando pienso que hay tantos libros que me quedan por leer y estoy encallado en una cosa que no me interesa nada, que me aburre y que además me parece mala, seguir sí me parece un crimen, contra el tiempo y contra la buena literatura». Y aprovechó para dar un consejo a quienes quieren escribir: «La lectura de novelas espantosamente malas es muy útil, enseña muchísimo». «Faltan libros en TV» En conversación con ABC tras el evento, Mendoza valoró la buena producción literaria de España. «La literatura en todas partes está en perpetua crisis, pero en España está bien, van saliendo cosas interesantes continuamente, siempre hay libros buenos e incluso se atropellan unos a otros, porque hay ambiente entre los lectores». Sin embargo, cree que aunque la producción es muy buena, es un tema pendiente en los medios. «Lo que más se echa en falta en España es la presencia de la literatura en los periódicos, en la televisión. Aunque hay buenos suplementos literarios, queda como en un gueto. Así como los demás temas están en la prensa diaria, la literatura está un poco reservada al día que toca suplemento», aseguró. El también abogado, sociólogo y traductor, que explicó que «escribir es mi manera de estar en el mundo, y lo que recibo del mundo lo transformo en material literario»; manifestó su preocupación por la situación con Cataluña: «Me parece un momento difícil, serio y con muy mala solución por ahora». Radicado en Londres desde hace años, aunque muy ligado a España, y sobre todo a su Barcelona natal, señaló que «me gusta vivir en otro sitio, me gusta ser extranjero» y se quitó importancia a sí mismo diciendo, entre risas, que aunque se siente muy satisfecho de haber podido «vivir de lo que me gusta en la vida con un régimen de libertad», escribir 17 o 18 libros en 50 años «es un rendimiento mínimo». Diálogos Blanco-White Este ciclo de conversaciones ha sido bautizado así en lo que supone un homenaje a José María Blanco-White, (Sevilla, 1775 - Liverpool, 1841); escritor, teólogo, periodista, crítico literario, sacerdote católico secularizado y uno de los tres grandes heterodoxos españoles conversos al protestantismo del siglo XIX, junto a Luis de Usoz y Río y Juan Calderón. Blanco-White se caracterizó, según lo describen fuentes del Instituto Cervantes, «por sus ideas progresistas, por su postura crítica ante la esclavitud y la desigualdad social y por su apoyo gradual a la independencia de las colonias de España en América». Más de un siglo después de su muerte, el escritor Juan Goytisolo, Premio Cervantes 2014, volvió a darle voz al escribir ampliamente sobre su vida y obra. El ciclo se inauguró con la bailarina Tamara Rojo y en los próximos meses también contará con la presencia del chef Jose Pizarro y el periodista, escritor y empresario Juan Luis Cebrián, entre otros. «Queremos ofrecer a nuestra comunidad la oportunidad de conocer a personas muy relevantes del mundo hispanohablante», dijo Peyró a ABC y destacó que la respuesta de la gente ha sido «muy entusiasta».
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Salen a la luz veintitrés manuscritos originales de Camilo José Cela (Fri, 06 Dec 2019)
La Cátedra de Estudios Hispánicos de la Universidad Camilo José Cela hace públicos veintitrés cuadernos manuscritos originales de los artículos de «El Color de la Mañana» escritos a mano por el último Premio Nobel de la Literatura Española y publicados en ABC. La recopilación de manuscritos, que ha sido adquirida por la Universidad Camilo José Cela, se presentará el próximo martes 10 de diciembre, coincidiendo con el trigésimo aniversario del Premio Nobel de Literatura a Camilo José Cela. Cela fue escribiendo estos manuscritos en veintitrés cuadernos escolares de 21 por 14 centímetros, que contienen la tabla de multiplicar en su cubierta trasera y que constan aproximadamente de setenta páginas. Los documentos han sido adquiridos y custodiados por la Universidad Camilo José Cela, de la que es su Rector Honorario y Vitalicio desde que el 16 de octubre de 1999 colocó personalmente su primera piedra junto a Felipe Segovia, primer rector y alma mater de la UCJC. Camilo José Cela colaboró durante largos años con nuestro periódico. Su última serie de artículos se publicó bajo el epígrafe «El color de la mañana»; el último vio la luz cuatro días antes de su muerte, el domingo 13 de enero de 2002, y se tituló: «Chiflidos espirituales».
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Milan Kundera recupera la nacionalidad checa después de 40 años (Wed, 04 Dec 2019)
Milan Kundera, el autor de «La insoportable levedad del ser» al que las autoridades comunistas de la antigua Checoslovaquia retiraron la nacionalidad en 1979, ha recuperado la ciudadanía checa después de 40 años. El embajador de República Checa en Francia, Petr Drulak, declaró este martes a la radio pública checa que entregó a Kundera el certificado que le acredita como ciudadano el pasado 28 de noviembre en su piso de París. Kundera, que tiene 90 años, se exilió en 1975 en Francia, país del que obtuvo la nacionalidad en 1981 y cuya lengua adoptó desde 1994 para escribir. El diplomático aseguró que se trató de «un gesto simbólico muy importante» para reparar la injusticia que el anterior régimen comunista cometió con «el mejor escritor checo». Drulak hizo entrega del documento en una sencilla ceremonia civil, sin banderas ni himnos, el pasado jueves en el apartamento del escritor, y le presentó las disculpas en nombre de la República Checa por «los ataques que sufrió durante años». Según el diplomático, además de ellos, a la ceremonia solo asistió Vera, la mujer del novelista, y fue un acto sencillo y cordial. «Estaba de buen humor, tomó el documento y dijo: gracias», resumió el embajador. La recuperación de la nacionalidad se produce después de que el primer ministro checo, Andrej Babis, se reuniera con Kundera en noviembre de 2018 en París y le ofreciera obtener la ciudadanía de su país natal. Autor casi invisible Pese a ser el novelista checo más popular desde Franz Kafka, Kundera ha tenido una difícil relación con su país, incluso después de la caída del régimen comunista y la llegada de la democracia, hasta el punto de adoptar el francés como lengua literaria y negarse a revisar las traducciones al checo de sus obras. Kundera se ha convertido en los pasados 30 años en un autor casi invisible, nunca concede entrevistas y apenas se deja ver en público. Durante el proceso aperturista de la «Primavera de Praga» fue uno de los representantes de la oposición al régimen prosoviético checoslovaco, lo que pagó más tarde con su expulsión del Partido Comunista y la prohibición de publicar. La sátira del comunismo estalinista que retrató en la novela «La broma» le valió el reconocimiento literario en su país, pero con el fin del aperturismo y la reinstauración de un Gobierno fiel a la Unión Soviética se le vetó como escritor. Kundera se exilió en Francia en 1975 y publicó en checo -en una editorial de Toronto- sus obras más conocidas («El libro de la risa y el olvido», «La insoportable levedad del ser» y «La inmortalidad»). «La insoportable levedad del ser», una novela sobre un triángulo amoroso que ha marcado a varias generaciones con sus reflexiones sobre el eterno retorno y el sentido de la vida, ha sido su mayor éxito comercial, pero solo se publicó en 2006 en República Checa. Kundera declinó varias la invitación para viajar a la República Checa, país que no visita desde hace unos 25 años, y tampoco asistió a la entrega del premio Nacional de Literatura en 2007, lo que algunos consideraron un desplante. Pese a su voluntad de alejarse de su país, su pasado checo le ha perseguido. En 2008, el Instituto checo para el Estudio de los Regímenes Totalitarios (USTRCR) le acusó de delatar en 1950, cuando tenía poco más de 20 años, a un espía que acabó 14 años en prisión. El escritor rompió entonces su habitual silenció -por medio de un comunicado- para calificar esas acusaciones de «puras mentiras». El acta que probaría su trabajo como delator no contaba con su firma.
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El Buscón de Quevedo renace a todo color en la América colonial de la mano de Guarnido y Ayroles (Wed, 04 Dec 2019)
En un principio, relata entre risas el guionista Alain Ayroles (Lot, 1968) mientras el dibujante Juanjo Guarnido (Granada, 1967) niega repetidamente con la cabeza, la chispa original, la idea que debía ponerlo todo en marcha y patas arriba, pasaba por recuperar a Don Quijote y enviarlo al Nuevo Mundo, con nuestro hidalgo favorito perdiéndose por la selva amazónica o batiéndose en duelo con un ejército de llamas andinas. «La respuesta de Juanjo fue un gran no. Un no tajante», revela Ayroles, responsable de títulos como «De capa y colmillos». «Precisamente, con la idea de que desaprensivos de nuestra calaña no hicieran lo que ya habían hecho otros, como aquel tal Avellaneda, Cervantes lo dejó todo cerrado con la muerte de Don Quijote», destaca Guarnido, uno de los dibujantes españoles más cotizados por su trabajo en la serie «Blacksad». Así que, una vez desechadas la aventuras selváticas de Sancho Panza pero con la brújula señalando insistentemente el Siglo de Oro y la riqueza narrativa de la picaresca, Guarnido cayó en la cuenta de que a ese portentoso ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños que fue don Pablos de Segovia, El Buscón para amigos y saludados, Francisco de Quevedo le prometió un desenlace que nunca llegó a culminar. Cubierta de «El Buscón en las Indias» - ABC Una segunda parte supuestamente ambientada en los vastos territorios de la Nueva España y resumida de un plumazo en la última frase de la primera («Y fueme peor, como v.m. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres», avanza en 1626 el truhán sobre su exilio forzoso) y a la que Guarnido y Ayroles se agarran para completar la historia cuatro siglos después y, presentar las aventuras y embustes de «El Buscón en las Indias» (Norma) en un cómic de trazo asombroso y acusada fidelidad con el original. Un ambicioso proyecto con el que guionista y dibujante se sumergen en la peripecia americana de Pablos, Pablicos, y celebran la novela picaresca como firme asidero de la cultura popular. « Es una literatura amena y accesible. La picaresca es el relato de un villano arrepentido, y aunque no sea exactamente el caso de Pablicos, también tiene su aspecto moralizante», señala Guardino. Ayroles, por su parte, reconoce que antes de embarcarse en este proyecto no había leído la obra original de Quevedo, pero sí que conocía el género. «Había leído “El Lazarillo de Tormes”, así que cuando tuve que asociar picaresca y América, lo primero que me vino a la cabeza fue “El bueno, el feo y el malo”», explica. La del cineasta Sergio Leone, de hecho, es sólo una de las influencias de un cómic que, de Cuzco a Potosí y de Segovia a la corte de Felipe IV, explora los desmanes de tan camaleónico rufián por la América colonial y su infatigable búsqueda de El Dorado. «Su superpoder es hacerse pasar por otra gente. Es un usurpador profesional de personalidad», asegura Guarnido sobre un personaje que, destacan dibujante y guionista, han intentado mantener lo más cerca posible de los dominios de Quevedo. «Hay una voluntad de continuidad y fidelidad. Para quien conoce la obra, hay muchos guiños», explica Ayroles. Además, añade Guarnido, el cómi c está repleto de «flashbacks» en los que se recuperan escenas del original. «El padre barbero, el rosario de muelas.... Todo está ahí», remata.
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Un miembro del comité del Nobel de Literatura dimite por la entrega del premio a Peter Handke (Mon, 02 Dec 2019)
Dos asesores externos del comité que concede cada año el premio Nobel de Literatura han anunciado este lunes su dimisión después de criticar a la Academia Sueca, afectada por un escándalo que obligó incluso a aplazar la concesión del galardón correspondiente a 2018. La inclusión de miembros externos fue, de hecho, una de las reformas impulsadas en esta institución para sanearse tras las acusaciones de acoso vertidas contra el marido de una de las integrantes y las dudas sobre la filtraciones de anteriores ganadores del Nobel. «Dejo mi puesto en el Comité del Nobel porque no tengo ni la paciencia ni el tiempo para esperar a que cambie el resultado del trabajo iniciado», ha asegurado el escritor Kristoffer Leandoer en un artículo publicado en «Svenska Dagbladet». «La Academia y yo tenemos una perspectiva diferente sobre el tiempo, un año es demasiado largo en mi vida y demasiado corto en la vida de la Academia», ha alegado. Leandoer ha aclarado que su renuncia no guarda relación con la decisión de premiar en 2019 al controvertido escritor austriaco Peter Handke , por la que la Academia ha sido criticada tanto dentro del país nórdico como internacionalmente. Sin embargo, otra de las asesoras, Gun-Britt Sundström, que también ha anunciado su salida, ha asegurado en un comunicado publicado en «Dagens Nyheter» que la elección de Handke se había interpretado como si la literatura estuviera por encima de la política y que ella no compartía esa visión. Handke ha sido criticado por su retrato de Serbia como víctima durante las guerras de los Balcanes y por asistir al funeral del expresidente yugoslavo Slobodan Milosevic. Milosevic murió en 2006 en La Haya, donde estaba a punto de ser juzgado por crímenes de guerra. La Academia confirmó en un comunicado que Leandoer y Gun-Britt Sundström habían dejado el comité del Nobel, que hasta este lunes estaba compuesto por cuatro miembros de la Academia sueca y cinco miembros externos. «Estamos agradecidos por el esfuerzo significativo que hicieron durante el año y ahora estamos revisando cómo se organizará el trabajo del Comité del Nobel para el premio de Literatura de 2020», ha dicho el secretario permanente de la Academia Sueca, Mats Malm, en un comunicado.
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Pintan un grafiti con la cara de Unamuno en el portal de su casa natal en Bilbao (Mon, 02 Dec 2019)
No se sabe quién o quiénes ni cuándo. Lo cierto es que la puerta de la vivienda donde nació Miguel de Unamuno el 29 de septiembre de 1864 en Bilbao ha aparecido grafiteada con la cara del escritor. La obra ha merecido el aplauso de vecinos de la zona y turistas. «Un grafitero salva la honra de los bilbaínos y limpia la imagen de la villa repintando su cara sobre las pintarrajeadas que ensuciaban el portal de la casa donde nació el bilbaíno más universal, en el número 16 de la calle Ronda», ha destacado Marino Montero, uno de los personajes más populares de la capital vizcaína. «El Ayuntamiento decía que no podía limpiarla por ser propiedad privada, pero ha quedado demostrado que no era así, y han podido las ganas de los artistas por recuperar este inmueble», ha añadido. «El grafiti supone algo así como combatir el fuego con el fuego y quién sabe si crear una obra de arte que pueda servir hasta de reclamo turístico», han subrayado residentes del Casco Viejo de Bilbao. Vecinos de la calle Ronda bilbaína e intelectuales denunciaron a principios del pasado octubre el «penoso estado y abandono» del inmueble. Las protestas coincidieron con el 155 aniversario del nacimiento en la plaza que lleva el nombre de Unamuno. Entonces, el Ayuntamiento de Bilbao tributó un sentido homenaje a «uno de los bilbaínos más universales e ilustrados». Con el alcalde, Juan Mari Aburto, a la cabeza, el Consistorio realizó una ofrenda floral junto al busto del escritor. Sin embargo, el acto, al que asistieron dos de las nietas del escritor –Teresa y Salomé– , lejos de apaciguar los ánimos, soliviantó aún más los ánimos vecinales. Exigieron al Consistorio que «limpiara» la entrada de la vivienda y advirtieron que era «insultante» que estuviera llena de «suciedad». [Sigue leyendo la noticia en El Correo]
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La música que puso a bailar a los planetas y viajó hasta Casablanca (Sun, 01 Dec 2019)
Hasta que Stanley Kubrick decidió poner a los planetas a bailar a ritmo de vals, nadie era capaz de imaginar que «El Danubio Azul», un obra del siglo XIX, podía funcionar como banda sonora de una película futurista como «2001: Una odisea del espacio». Pero los golpes de genio son así, y hoy no hay película espacial en la que no suenen las composiciones de Johann Strauss. De cómo las artes del cine y la música se multiplican cuando se encuentran en un equilibrio perfecto escribe Andrés Amorós en «Tócala otra vez, Sam» (Fórcola), un profundo, didáctico y ameno análisis que recorre hasta 500 referencias de cineastas, compositores, géneros y películas. «No es un estudio para profesionales, es para un lector que, como yo, ama el cine y la música, y que cuando ve una gran película se enamora», reflexiona el escritor, crítico taurino de ABC. Pero no es que hayan sonado las trompetas del cambio de tercio para el cronista. Amorós ya publicó en 2018 «La vuelta al mundo en 80 músicas» (La esfera de los libros). «Soy un modesto profesor y escritor, lo que pasa es que me gustan muchas cosas: el teatro, la novela, el cine, los toros... Pienso que la vida tiene cosas duras, desagradables, y hay que procurar disfrutar de las cosas buenas, y eso es el arte. Y si nos ayuda a olvidar la actual política española, pues mejor», indica. Enamorado de las anécdotas, Amorós recoge un buen puñado de breves historias que harán las delicias de los cinéfilos. Como esa de John Ford, un director que aborrecía la música porque no entendía que a un vaquero solo en el desierto, cubierto de polvo y con la ropa hecha jirones lo acompañara la orquesta de Filadelfia. «Tócala otra vez, Sam» está estructurado en tres partes y un personalísimo preludio en forma de prólogo. En la primera, Amorós se extiende en el estudio de diez grandes directores –de Ford a Eisenstein, de Wilder a Welles...– con textos de hasta 50 páginas. «Lo lógico hubiera sido estudiar los capítulos por compositores, como Max Steiner, Dimitri Tiomkin o Nico Fidenco, pero si digo “la música de las películas de Fellini, de Orson Welles...”, la gente lo entiende más fácil. Además, estos grandes directores tienen una sensibilidad especial», explica el autor. «Matrimonios perfectos» Y aquí se detiene para hablar de lo que llama «matrimonios perfectos». «Hay dos casos clarísimos de estas parejas perfectas: Nino Rota con Federico Fellini y Ennio Morricone con Sergio Leone. Se entendían perfectamente. A veces Rota improvisaba la melodía solo con saber la historia, y Morricone hacía la música antes de rodar la escena para que Leone les pusiera la música a los actores y entraran en faena», desgrana. En la segunda parte del ensayo se adentra en veinte títulos del Oeste, y en la tercera recorre 25 grandes historias de amor. «Quería tratar los grandes temas del cine», sentencia Amorós, que detiene el repaso en 2015 con «La juventud», de Sorrentino. El título anterior en la lista del libro es «Los puentes de Madison», de 1995. Ese «hueco» de 20 años lo despacha el autor en su defensa de los clásicos. «Ahora hay grandes músicos en el cine, pero yo me he centrado en los clásicos. Si ponen por la tele “Casablanca” y alguien no la ha visto, muy burro tiene que ser para que no le guste, aunque no se diga la famosa frase que da título al libro. El cine de hoy está muy bien, pero abusa de los efectos especiales y pierde la humanidad de los personajes. Por eso me gusta Clint Eastwood, el último clásico». Entre anécdotas y clases magistrales, Amorós elige «Barry Lyndon», de Kubrick, como el filme en el que música e imagen mejor encajan. Una verdadera odisea para el obsesivo cineasta, que se escuchó toda la música grabada del siglo XVIII antes de rodar
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Ivan Krastev: «El comunismo no fue derrotado por el liberalismo, se suicidó» (Sun, 01 Dec 2019)
Con el final de la Guerra Fría, Occidente se frotó las manos y, quizás, pecó de soberbia. Asistió al hundimiento del comunismo, su mayor enemigo, y dio por sentado que aquel modelo que le había llevado hasta allí, la democracia liberal, podía ser impuesto, sin más, a todos los países del Este que, hasta entonces, habían estado al abrigo glacial de la Unión Soviética. Con lo que no contaba el liberalismo era con que esa imitación, la occidentalización forzosa que siguió a a la caída del Muro de Berlín, terminaría siendo la fuente principal de la violencia y el populismo reaccionario que, a día de hoy, vivimos en todo el mundo. ¿Por qué? Muy sencillo: cuanto más imitas a alguien, más empiezas a temer que estás perdiendo tu propia identidad, por lo que te rebelas. Esa es la tesis que el politólogo búlgaro Ivan Krastev y el estadounidense Stephen Holmes, profesor Walter E. Meyer de Derecho en la Universidad de Nueva York, despliegan en «La luz que se apaga. Cómo Occidente ganó la Guerra Fría pero perdió la paz» (Debate), un libro apasionante, que se lee como un tratado de cordura, y que el primero presentó hace unos días en el Instituto Aspen, en Madrid. Si, como Kipling, usted hubiera tenido la posibilidad de darle a este libro dos finales diferentes, ¿con cuál se quedaría, con el feliz o con el trágico? La idea de llevar a Kipling al título surgió para evitar esa pregunta, precisamente (ríe). Uno de los efectos más paradójicos de 1989 fue que pasó algo inesperado, que fue el colapso del comunismo, su hundimiento. Como consecuencia, nos creímos capaces de predecir el futuro. Pero yo no creo que el futuro esté escrito en ninguna parte. Pretender que sabemos cómo va a ser el futuro fue una de las ilusiones que hubo en 1989. ¿Y uno de los errores, también? También, porque pierdes curiosidad. Cuando crees saber cómo va a ser el futuro, puedes malinterpretar algunas cosas, porque empiezas a pensar que la historia va a ir siempre en la misma dirección. El futuro es la invención de lo desconocido. Yo no creo que el futuro pertenezca a los antiliberales autoritarios, pero tampoco podemos decir que el liberalismo va a volver siempre de la misma forma; ambas afirmaciones tienen un grado de determinismo que no funciona. Entonces, la aspiración hegemónica del liberalismo después de la Guerra Fría, ¿era realista? No era realista, pero era inevitable, porque se vio derrotado al enemigo principal. Pero ese enemigo no fue derrotado por el liberalismo, sino por la historia. El comunismo no fue asesinado, el comunismo se suicidó por desesperación. Por eso la percepción de que el futuro estaba claro fue un error, pero fue un error inevitable. Otra de las ilusiones de 1989 fue pensar que el contexto internacional iba a cambiar, pero Occidente se mantendría igual. Treinta años después, somos conscientes de hasta qué punto el modelo occidental liberal estaba condicionado por la Guerra Fría. A día de hoy, ¿se puede decir que el orden liberal ha perdido su dominio mundial? Países como Rusia o China están adoptando el orden liberal, pero lo están pasando por su propio filtro. El argumento y ataque principal de ambos es que, en realidad, el liberalismo nunca fue dominante, era sólo una tapadera de la hegemonía estadounidense. Hoy asistimos a una crisis institucional. En 1948, cuando se redactó la Declaración de Derechos Humanos, las sociedades de todo el mundo eran mucho menos liberales que ahora, pero todos los Gobiernos votaron a favor; si esa declaración se sometiera ahora a votación…. Me temo que sólo votarían a favor unos cuantos países. Exactamente. Antes, el orden liberal era un horizonte normativo y ahora esa hegemonía está siendo cuestionada. Hoy, las sociedades son más liberales, pero el liberalismo está siendo cuestionado mucho más a nivel de las relaciones intergubernamentales. Según el politólogo estadounidense Ken Jowitt, al que citan en el libro, «la principal característica de la historia internacional es que tiende a la diversidad cultural, institucional e ideológica». Y, sin embargo, hoy estamos viviendo, en todo el mundo, un repliegue nacionalista y localista. ¿Por qué? En 1989, las democracias occidentales liberales eran sinónimo de modernidad, y lo que vemos ahora es que hay movimientos populistas que van contra esa modernidad. El mismo Jowitt, cuando escribió «El nuevo desorden mundial», dijo que Francis Fukuyama tenía razón: ninguna gran ideología va a oponerse a la democracia liberal como el comunismo lo hizo, pero va a haber movimientos de rabia y enfado, violencia. Y Jowitt lo dijo antes del 11-S, en 1991. Lo cierto es que hemos perdido la capacidad de pensar en el mundo como algo que compartimos, esa idea de una humanidad común se ha destruido. ¿Es el precio a pagar tras el final de la Guerra Fría? Sí lo es, pero yo añadiría, además, la globalización. Antes, el mundo estaba más fragmentado, pero teníamos esa idea de una humanidad común. Más que una idea, era un ideal. Exacto, era un ideal. Ahora, vivimos en esa humanidad común, pero ya no creemos en ella. El filósofo al que nos referimos siempre que hablamos de cosmopolitismo es Kant, ¡famoso porque no salió de su pequeña ciudad! Y esa humanidad común era un constructo intelectual de Kant. Se puede decir que existen dos visiones distintas de futuro apocalíptico: durante la Guerra Fría, era el desastre nuclear, según el cual todos íbamos a morir al mismo tiempo, cuando los soviéticos o los estadounidenses le dieran al botón; ahora, esa catástrofe es el cambio climático, y vamos a morir todos también, pero no al mismo tiempo (ríe). Eso destruye la idea de humanidad común universal. El momento álgido de la universalidad occidental tuvo lugar cuando Occidente era el más poderoso, pero el verdadero reto es seguir siendo universal cuando se pierde poder, como ahora. ¿Y cómo conseguirlo? No lo sé. Hoy la gente está muy dispuesta a saltar al vacío dando respuestas. Yo creo que lo principal es hacernos las preguntas adecuadas, y eso ya es un avance. En lo que respecta a la UE, yo me planteo preguntas más prácticas: ¿cómo debe hablar Europa en un mundo en el que todos los demás actores hablan desde sus intereses nacionales? Europa no puede hablar sólo de intereses nacionales, porque no somos un Estado. La metáfora que uso es que la UE debe dejar de ser un misionero y convertirse en un monasterio. ¿Por qué? En las últimas décadas, la UE se ha visto a sí misma como el laboratorio del futuro, hemos sido nuestro propio conejillo de indias, hemos experimentado con nosotros mismos: soberanía compartida, interdependencia económica… Y hemos supuesto que otros querían ser como nosotros, imitarnos. Bueno, eso es lo que nosotros pensábamos. Sí, y en cierto modo era así. Por eso se amplía la UE. Entendíamos el mundo basado en la capacidad transformadora de la UE. Es algo muy parecido a lo que usted llama la Era de la Imitación, que se inició después de la Guerra Fría. Sí, exactamente. Pero ahora estamos entrando en otra fase, y estamos empezando a entender que muchas cosas que creíamos universales en realidad son excepcionales. Y no se trata ni de autoritarismo ni de democracia. El nacionalismo es tan fuerte en la India democrática como en la China autoritaria. En el libro sostienen que estamos ante el comienzo de la Era de la Imitación Antiliberal, donde dirigentes autoritarios, como Bolsonaro en Brasil, imitan a Trump y se sienten legitimados por él. Bolsonaro imita a Trump para demostrar que puede ser igual, que no hay limitaciones a su conducta. La Imitación Antiliberal va a generar más divergencia en el mundo. Trump dijo: «Ha llegado el momento de los patriotas y los nacionalistas». Genial, pero el problema es que los intereses de los patriotas norteamericanos y los de los patriotas brasileños son muy distintos. Cuando la hegemonía liberal existía, podían estar unidos contra un objetivo común, porque compartían la idea de un bien común. Pero los nacionalistas no, los nacionalistas creen en el juego de todo o nada. ¿Confía en que puedan surgir líderes que se opongan, que planten cara a ese tipo de comportamientos populistas? En la política tiene que haber líderes carismáticos. Había una ilusión, particularmente europea liberal, de que los políticos no importaban, que las instituciones eran tan sofisticadas que cualquier persona mediocre podía hacer que el sistema funcionara. Pero a medida que la política es más psicológica y emocional, esta utopía tecnocrática de una política sin líderes no funciona, ni a nivel de las élites ni a nivel de los antisistema. Los líderes políticos sólidos y buenos son necesarios. Los líderes liberales no tienen que imitar el comportamiento de los antiliberales, pero de vez en cuando el presidente Macron suena como el presidente Trump. El poder para movilizar la imaginación de la gente es básico en política, y esto es fundamental tanto para el liberalismo como para el antiliberalismo. Pero hay una diferencia, y es que el mensaje de Trump es la mentira, esa es la esencia de su antiliberalismo. ¿Es posible recuperar la verdad, que la gente sea capaz de distinguirla de lo manifiestamente falso? El argumento fundamental de Trump es que no hay diferencia entre las mentiras que él cuenta y las verdades de los demócratas, porque los dos lo hacen por la misma razón. Por el poder. Exacto. A él le funciona y a ellos también. Estamos hablando de una instrumentalización total de la verdad. La verdad en sí misma no tiene valor. Si la gente muriera por las mentiras de los líderes, sería menos tolerante. La política se ha metido en una realidad virtual en la que nadie responde de sus actos, la gente cree que todo el mundo miente, existe una especie de cinismo generalizado, y esto hace que Trump funcione y que la gente le vote independientemente de lo que diga. Eso no funcionaría si tuviera que responder por no haber hecho honor a la verdad. En la crisis ucraniana que llevó al «impeachment» no se levantaron contra Trump los demócratas, sino profesionales del Pentágono y del Departamento de Estado que dijeron que no podían seguir mintiendo, que había un límite, porque, si no, el país lo pagará. El problema es lo que usted sostiene, y es que ha surgido un nuevo ciudadano, el ciudadano paranoico. Estoy de acuerdo. Se nos está privando de estos proyectos ideológicos universales. Y el problema es que las teorías de la conspiración empiezan a desempeñar el papel que antes tenía la ideología. Porque, francamente, toda ideología, en sí misma, es una teoría de la conspiración, pero tiene una proyección normativa de cara al futuro; ahora, esa proyección normativa se ha eliminado. De hecho, ahora no hay espacio para la crítica. Antes, uno podía creer en una ideología, pero ser crítico con el partido que la representaba. Sí, totalmente. Y esto es muy importante. La mayor parte de disidentes europeos en los 70 y los 80, que eran muy importantes, eran excomunistas o venían de las familias comunistas. Atacaban a los partidos dirigentes en nombre de una ideología, decían que ellos eran los marxistas reales y que el Gobierno había traicionado esas ideas. Creo que en ese punto los medios de comunicación, la cultura y los intelectuales deben desempeñar, también, un papel crucial, y la verdad es que no sé si estamos a la altura. No, no lo estamos, pero además hemos perdido nuestro poder. Porque los intelectuales, con mayúscula, básicamente hablan en nombre de la ideología o de la verdad. Y cuando ni la ideología ni la verdad se toman en serio, entonces los intelectuales hablan como cualquiera de nosotros, basándose en su propia experiencia. La figura clásica del intelectual es la figura de alguien ilustrado, y la ilustración está en crisis, como también está en crisis la existencia de una verdad común y de unos valores universales. En ese escenario, nos enfrentamos a retos mayúsculos, como el cambio climático al que usted ha hecho referencia antes, pero también la inmigración masiva. El problema es que las políticas antiinmigración que, por ejemplo, ejerce Trump tienen un alto contenido emocional, y eso es muy peligroso. El liberalismo y la democracia chocaron cuando se toparon con las fronteras nacionales. Para que funcione la utopía liberal clásica, hay dos opciones: o se abren las fronteras y la gente puede moverse, lo cual significa que hay una comunidad política sólida, o bien todos los Estados del mundo van a ser unos lugares tan fantásticos que nadie va a querer salir de su país. El derecho más importante en toda democracia es el derecho a excluir, a decidir quién no puede ser miembro de tu comunidad. La decisión más importante que toda comunidad política tiene que tomar es quién es de los nuestros y quién no lo es. Uno de los efectos de la globalización es que ahora todo el mundo sabe cómo vive el otro, y es más fácil para alguien quedarse en África si no tiene la más remota idea de cómo viven los españoles, pero ahora lo sabe y, en consecuencia, va a desplazarse. No hay ninguna fuerza política en Europa que insista en abrir las fronteras, pero tampoco hay nadie con sentido común que piense que se pueden cerrar. ¿Y qué podemos hacer? El problema es a quién vamos a dejar entrar y en qué condiciones. A ese respecto, hay dos posturas. En Europa occidental, donde predomina el proyecto liberal, la idea es la siguiente: necesitamos a los inmigrantes para poder mantener nuestro nivel de vida, a gente joven, con una buena educación, así que a ellos vamos a darles la ciudadanía, van a hablar nuestro idioma y van a asumir una serie de valores. Y esto no es fácil, porque ahora es más difícil integrarse, porque en este entorno abierto la gente culturalmente puede vivir en la comunidad de la que procede independientemente de dónde viva. Por otro lado, el proyecto antiliberal dice: vamos a abrir las fronteras, pero dando prioridad a quienes tengan una cultura cercana a la nuestra, aunque no les vamos a dar la ciudadanía, vamos a tratarles como trabajadores residentes con la esperanza de que en algún momento se vayan. Esta fue la política de Alemania en los 70. Los españoles lo experimentamos, sí. Sí, sí. Estas dos políticas van a dar lugar a problemas distintos. Para el proyecto liberal, el problema es hasta qué punto se puede aplicar esa política sin generar una alteración grande en la cultura mayoritaria del país, porque nuestra economía necesita más inmigrantes de lo que nuestra política puede tolerar. En el modelo antiliberal, el conflicto va a ser generacional, porque se puede dar la situación paradójica en la que la mayoría de votantes sean jubilados y la mayoría de los trabajadores no tengan derecho a voto. ¿Cómo se gestiona eso? Para mí, ese es el mayor problema. Por último, no sé si conoce la situación actual de la política española. No tanto como para poder opinar. A mí me fastidia mucho que vengan extranjeros a mi país a hacer declaraciones sobre una situación que desconocen, y por eso yo procuro no hacerlo. Hay países en los que puedes tener una idea general de lo que ocurre, pero España se ha convertido en un país muy complicado, así que… silencio (ríe).
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«Nada», de Carmen Laforet, será una serie de televisión (Thu, 28 Nov 2019)
Mediacrest Entertainment adaptará para televisión la novela de Carmen Laforet «Nada», una de las más importantes de la literatura española del siglo XX, ganadora del premio Nadal en 1944, según ha anunciado la productora audiovisual. La serie de televisión será dirigida por Paula Ortiz («La novia», 2015) y el equipo de ficción de Mediacrest, encabezado por Pablo Barrera, ya trabaja en la adaptación de la novela. «Es un reto por la importancia de la novela, porque pese a ser de hace más de sesenta años es muy actual, porque hay un sinfín de matices que hay que cuidar y hacer presentes. Como guionista es un regalo, un desafío difícil, pero una historia que cualquiera que se dedique a este oficio querría contar», ha afirmado Barrera. La productora ha destacado que «será la primera vez que la historia de Andrea se cuente en una serie, después de las adaptaciones cinematográficas llevadas a cabo por Edgar Neville en 1947 y Leopoldo Torre Nilsson en 1956». Asimismo, ha señalado que la novela lleva 53 ediciones en español y ha sido traducida a 29 idiomas (inglés, chino, lituano, macedonio, portugués, hebreo, ruso o coreano, entre otros). En 1948, Carmen Laforet recibió por esta obra el premio Fastenrath, concedido por la Real Academia Española de la Lengua.
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Sale a la luz la última carta que escribió Antonio Machado (Thu, 28 Nov 2019)
El 15 de febrero de 1939, Antonio Machado recibió en Colliure (Francia) una carta de Luis Álvarez Santullano, gestor de la Institución Libre de Enseñanza. El poeta, aquejado de un fuerte catarro, no se vio con fuerzas de responder a su amigo de inmediato. Pero, un día o dos después, encontró el ánimo y, sobre todo, las palabras, esas en las que, pese a todo, siempre halló refugio. Fueron las últimas que escribiría. A las tres de la tarde del Miércoles de Ceniza de aquel año, el poeta murió, dejando tras de sí el amargo rastro del exilio. El destino, casi siempre a tiempo, ha querido que ochenta años después de aquel desgarro salga a la luz esa última misiva. Y su contenido es tan revelador que estremece. Conservada en un doble folio en el que se advierte el trazo estirado, pero perfectamente legible de don Antonio, en tinta azul, en ella muestra su intención de quedarse, de momento, en Colliure, pues el resto de posibles destinos son todavía inciertos. «Querido Santullano: No he podido contestar antes a su interesante carta del 15 porque a mis ya viejos achaques ha venido a sumarse un funesto catarro bronquial, que –aunque mejorado– me tiene bastante fastidiado», comienza diciendo. A continuación, explica que cree «que el asunto de la U.R.SS. (único país que se mostró, entonces, dispuesto a acogerlo) de momento quizás debe ser aplazado y sobre todo, si se puede resistir aquí el tiempo que tarde en levantarse un poco el velo del porvenir». Tras comentar las recientes visitas de «Mr Lermont» y Cándido Bolívar, concluye que «lo que hay que hacer es esperar aquí a tener noticias de ese generoso Mecenas. A ello me ayudará el que tampoco podría moverme de aquí en estos días que me dure el catarro». Y se despide:«Sus cartas levantan mi espíritu y me hacen mucho bien. Gracias». El borrador de la carta, hasta ahora inédita y de excepcional importancia para la historia cultural de nuestro país, fue dado a conocer en Madrid. ¿El motivo? La inauguración de la exposición «Los Machado» en el Instituto Cervantes, que reúne casi 150 documentos originales, manuscritos autógrafos, fotografías, libros, cartas y otros objetos de Antonio y Manuel Machado procedentes de los fondos de la Colección Fundación Unicaja. La misiva es la principal novedad –y joya– de la muestra, que ya pudo verse en Sevilla y ahora llega a Madrid en un intento por repetir ese peregrinar entre las dos ciudades que marcó la vida de los dos hermanos. Pero la última carta de Antonio Machado (convive en la exposición con el primer texto que escribió: una misiva, a los 17 años, a su padre) no es la única primicia que podrá verse, hasta el 9 de febrero del año próximo, en la sede del Cervantes. Los «machadianos» tienen ante sí un verdadero tesoro, del que es más que posible extraer pistas sobre el aciago final del poeta. Así, en las vitrinas se exhibe su documento de evacuación, fechado en Valencia el 14 de abril de 1937, o una cartera de piel de cocodrilo con las iniciales A. M. También puede verse su carnet de afiliación a Izquierda Republicana, del 30 de marzo de 1937. Destaca su pasaporte, que fue expedido por el Consulado español en Perpiñán el 31 de enero de 1939, por lo que puede inferirse que estuvo en aquella ciudad francesa, a no ser que acudiera en su lugar su hermano José. Igualmente importante es la primera página manuscrita del borrador de su discurso de ingreso en la Real Academia Española (RAE). Merece la pena recordar que Antonio Machado fue elegido académico de la RAE el 24 de marzo de 1927 y, aunque trabajó en varios momentos de su vida en la elaboración del discurso, no llegó a tomar posesión. Y, entre las nuevas cartas inéditas, en este caso recibidas, destaca la de J.B. Trend, fechada el 20 de febrero de 1939, y, sobre todo, la de José Bergamín, datada en París el 7 de febrero de 1939 y que, hasta ahora, se creía perdida, aunque de ella había dado cuenta el historiador Ian Gibson. Homenaje La muestra madrileña presenta, además, un apartado con otro hermano, Francisco Machado, como protagonista. De él se exponen un par de cuadernos, un poema con dedicatoria a Concepción Arenal y dos sonetos dedicados a su hermano Manuel, entre otras cosas. Y, como colofón, un homenaje al autor de «Campos de Castilla», en este caso de diferentes artistas, el más famoso Picasso, que le retrató en 1955. Coincidiendo con la inauguración de la muestra, el Cervantes estrenó, en la Caja de las Letras, el «Buzón Los Machado», donde aquel que quiera puede dejar mensajes para los Machado. En él se depositó una urna con tierra de Sevilla (de la calle Dueñas), Colliure (del cementero donde está enterrado Antonio) y de Madrid (del cementerio civil y de la antigua Biblioteca Municipal, donde trabajó Manuel).
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António Lobo Antunes: «Un buen libro es un delirio estructurado» (Wed, 27 Nov 2019)
Llegará un día (o no; cualquiera se fía a estas alturas de la Academia Sueca) en que António Lobo Antunes (Lisboa, 1942) no tenga más remedio que calzarse el esmoquin para darle el relevo a Saramago y acudir a la cita con Mr. Nobel, pero hasta entonces el escritor portugués puede seguir a lo suyo, filtrando sus recuerdos en novelas cada vez más laberínticas y escribiendo libros que, sostiene, no son otra cosa que locuras trazadas con tiralíneas. «Un buen libro es un delirio estructurado», defiende el eterno candidato al Nobel mientras, de paso por Barcelona para participar en las Conversaciones de La Pedrera, intenta recordar de qué iba «De la naturaleza de los dioses» (Literatura Random House), novela que se acaba de publicar en castellano y catalán. «No me acuerdo muy bien de ese libro, pero quería hablar de lo que pasaba donde vivían los multimillonarios», relativiza un autor que, con cerca de treinta títulos publicados, parece hacer borrón y cuenta nueva cada vez que termina una novela. «Escribir es muy difícil, muy problemático. Empecé hace dos meses un libro y todo lo que tengo son trece episodios breves; aún no estoy contento», ilustra. Unas palabras que cobrarán aún más fuerza cuando asegure que «los libros deben ser un desafío». Y escribir, añade, «una lucha constante contra las palabras y contra la imposibilidad de escribir». «Escribir debe ser una una lucha constante contra las palabras y contra la imposibilidad de escribir», Contra las palabras y, según se mire, a favor de esos recuerdos que le transportan a su niñez; a esos días de vino y rosas en los que descubrió que en el Portugal de su infancia las diferencias sociales «estaban muy marcadas». «Era todo muy raro, porque salía a la calle y eran todos muy pobres», recuerda. Tan raro era todo que para él, heredero de los títulos de su abuelo e instalado junto a su familia en una gran casa del siglo XVIII, la vida era un sinfín de reverencias y atenciones. «Cuando yo era pequeño y entraba en casa de mi abuela, se levantaban todos; cuando entraba en misa, se levantaba el cura. Era algo que no podía entender», insiste. Quizá por eso busca ahora respuestas en «De la naturaleza de los dioses», en cuyas páginas cruza los caminos de una modesta librera de Cascais y una anciana que vive sola en una gran mansión. En el guion, ecos de glorias pasadas y aristócratas con un código «muy difícil de entender». «Yo nací en una familia más o menos así, por lo que quería hablar de ellos sin ofender, de una manera muy sutil», apunta. «Solo hay dos cosas que valen la pena: el amor y la amistad. El resto es una mierda», Una prevención que desparece cuando de lo que se trata es de elogiar a amigos como Juan Marsé, Ana María Moix o Carmen Balcells, «una mujer tan mujer que no tenía miedo de ser un hombre». Y es que con la edad, parece decir, las cosas se vuelven cada vez más sencillas. «Solo hay dos cosas que valen la pena: el amor y la amistad. El resto es una mierda», sostiene este firme defensor del arte como elemento humanizador. «Es lo que hace que dejemos de caminar a cuatro patas y nos pone de pie», asegura. En el extremo opuesto, el del horror, también encontró algunas enseñanzas y de la guerra colonial en Angola, donde pasó tres años reclutado como médico militar, sustrajo Lobo Antunes valioso material literario. A costa, eso sí, de dejarse tras las trincheras parte de su propia identidad. «Volví diferente», asegura el autor de «Cartas de la guerra» mientras espanta a manotazos cualquier asomo de heroísmo. «Tenía miedo, no quería ir, pero si huía temía no poder volver nunca a Portugal. Además, no quería hacer la revolución desde un café de París; la revolución se hace desde el interior», explica justo antes de deslizar en la conversación la situación política de Cataluña y la espantada de expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont. «No conozco el tema lo suficiente como para opinar, pero me crea confusión que el presidente esté en Bélgica o donde sea», apunta. .
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Fusi: «Es tan totalitaria la revolución comunista como la de extrema derecha» (Tue, 26 Nov 2019)
El historiador trabaja con los hechos que moldearon las vidas de nuestros antepasados. La biografía es por tanto una unidad, un perfecto instrumento para mostrar la complejidad y la medida de cada momento histórico. Juan Pablo Fusi (San Sebastián, 1945) acaba de publicar «Ideas y poder» (Turner), una colección de 30 biografías que reflejan el siglo XX. Desde Freud a Hanna Arendt, pasando por Lawrence de Arabia, Azaña, Ortega, Kennedy, Zapata, Luther King, Mao, Hitler, Stalin, el Che... Son los políticos e intelectuales que definieron una época sangrienta y prodigiosa del mundo. «La dimensión individual permite comprender que todo puede acontecer o no, como en la historia. La vida es ante todo complejidad», dice Fusi. —Pero nuestra época tiene alergia a la complejidad. —Sin embargo es excepcionalmente compleja esta época. Y tenemos una información oceánica. Cuando mataron a Lincoln, la noticia tardó en llegar a Europa nueve días. El asesinato de Kennedy lo vieron en directo en todo el mundo. Ahora la tecnología lo amplifica. Hay acontecimientos que vivimos con gran intensidad, como si fueran determinantes, pero serán efímeros. Por tanto, quien no piense que la vida es complejidad es un simple absoluto. Ortega dice que el que llega a la conclusión de que la vida es complejidad ya ha llegado a la cima de la inteligencia. —Intensidad es emoción. Asusta un poco el carácter emocional que damos a las visiones de nuestra historia. —Los franceses han estudiado la historia de las pasiones. La racionalidad no es la única guía de la historia. Lo que ocurre responde a probabilidad, a lógica, y a la pasión. El libro empieza con Freud y no es casual, fue una percepción de la irracionalidad que amplió la idea de condición humana. —Emocionante o no, vemos un uso político de la historia en España hoy. —Los historiadores tenemos la ilusión de que el nuestro es un pensamiento crítico que sustituye mitos y emociones por conocimiento. Pero también somos prisioneros de visiones simplificadas, vinculación apasionada con personajes o momentos. Y hay sucesos cuya interpretación nos divide. No tanto los hechos como la interpretación. El factor emocional también interviene ahí. La obligación del historiador es enfriar eso. —¿Qué sucesos? —Los nacionalismos, el terrorismo, la guerra y la violencia. Tantas cosas que conmueven. El historiador es parte de esa conmoción. —Pero no hablamos de eso. —Se refiere al uso de la historia politizado. Me gustaría que la historia fuera asumida como Cromwell pedía que le hicieran el retrato: con verrugas y todo. Aquí el problema es la Guerra Civil, la dictadura de Franco… Recaredo ganó, pero supongo que en algún momento… —Y últimamente la Transición. —La Transición se critica y se divide, pero no nos divide tanto como la Guerra y el franquismo. La crítica a la Transición responde a una intención política y no histórica. Es un revisionismo que responde a intereses de grupos políticos nuevos que quieren legitimarse sobre la descalificación de lo anterior. —¿Le parece que fue olvido? —Habíamos asimilado la guerra, las atrocidades, la represión, y estábamos en otra etapa. Fue muy importante. No hubo olvido de la guerra, se demuestra empíricamente con la cantidad de libros publicados, programas de televisión, páginas en los medios. La Transición había encauzado perfectamente ese tema. —¿Los jóvenes son más sensibles a la manipulación sobre su vigencia? —Supongo que los nacidos en los ochenta y noventa no ven tan esencial el problema de la democracia en España, porque han nacido en ella. Y cualquier elemento favorable a esas críticas a la realidad en la que nacieron lleva a criticar el sistema político. La memoria histórica debería ir a finales del XVIII. —¿Por qué? —España ha tenido problemas de subdesarrollo y de democracia. Dictaduras, guerras civiles, pronunciamientos, problemas territoriales y de forma de Estado. Daban la imagen de España como nación fallida. La Transición fue la solución a una crisis histórica de doscientos años. —¿Hemos olvidado el precio de la revolución? —Absolutamente. La china se estima en 60 o 70 millones de muertos, según cifras casi oficiales de Dikötter. La cubana, la soviética, son también de mortandades millonarias. Y las dictaduras y guerras mundiales otro tanto. —El Parlamento Europeo iguala fascismo y comunismo. En España da la impresión de que este último vuelve a tener un prestigio. —La revolución soviética nació con el ethos de la igualdad y eso ha impregnado la valoración general de la izquierda porque parecería responder a un proyecto moral de justicia e igualdad. Mientras que el fascismo nace por exigencias de autoridad en crisis o una ideología de exaltación racial como el nacionalsocialismo, que nos repugnan. En el libro sale Hannah Arendt, ella fue la primera que puso el estalinismo dentro del totalitarismo. Las revoluciones comunistas son tan totalitarias como las de la extrema derecha. No se puede engañar a nadie. El Che llegó a firmar «Stalin 2» —El Che, ese mito. —No hay mito romántico como él. Exigió ver la tumba de Stalin en pleno deshielo de Krushev, creando un conflicto diplomático y desconfianza a su aventurerismo. Es un hombre muy frío y duro que no tiene nada moralmente de su belleza exterior. Cree en la necesidad de la represión y la violencia como instrumento y la extiende personalmente. —Está en las camisetas. —Sus fotos son la de la camiseta, con la boina y bellísimo, y la de su cadáver que parece el Cristo de Mantegna. Hubo una cristificación de su imagen. —¿Qué opina de la exhumación de Franco? —No se construyó el Valle de los Caídos como un mausoleo y se había convertido en eso. No era el sitio para que Franco estuviera. Pero no estoy de acuerdo en cómo se ha hecho. Tenía que haber habido un acuerdo de Estado, en lugar de oportunismo, electoralismo. Pero no era el sitio para que estuviera una persona con la significación de Franco. —El libro se lee a la contra: estás con esta biografías de grandes personajes y levantas la cara del libro y miras el telediario y ves a los políticos de hoy... Asusta. —No es la intención del libro, pero es mi convicción. Ahora se favorece la imagen, la demagogia simplificada. La política como responsabilidad no existe, es una carrera abierta a la medianía, favorecida por la forma de selección de la personalidad de nuestras sociedades. Lo que peor llevo es la falta de sentido de la nación y sentido del Estado en buena parte del liderazgo político. —Nación es un concepto... —No hay sentido de qué es España, qué queremos hacer con ella. Muchísima gente lo tiene claro, pero no muchos que ostentan la responsabilidad. Y hay personas cuya formación es muy elemental y se pronuncian sobre si esto tiene que ser plurinacional. Son cosas de gran trascendencia que tienen unas consecuencias que pueden ser muy graves. Que administren bien la cosa pública, que es su trabajo. —Esta debilidad se ha visto antes. En el tufillo a los años treinta hay quienes quieren repetir el mismo camino. —La gran diferencia es que el sistema de la Transición y la Constitución del 78 sí fue muy conscientemente pensado como respuesta a todas las crisis políticas y territoriales de España a lo largo del XIX y XX. Que se pueda dilapidar lo que se construyó con tanta dificultad, esfuerzo y conciencia de lo que se hacía sería mucho más grave que lo ocurrido en otros momentos. Si es por problemas de liderazgo o pésima formación política o escaso conocimiento de la historia será algo muy grave que llevarán siempre sobre sus hombros. —¿La sociedad española es menos exigente? —Vivo en la perplejidad. Vemos todo esto pero hay reivindicaciones contra la violencia, tres millones de personas a ver las luces navideñas a Vigo, gestos de generosidad como el banco de alimentos más grande de Europa. Junto con eso una indiferencia a la política. Hablen que hablando se entiende la gente. A veces hablar es claudicar, no tener ni el mínimo principio de lo que se quiere hacer en un país. —Una Biografía muy de actualidad ha sido la de Unamuno en la España polarizada. —Fue el despertador de una nación, por una individualidad e independencia insobornables. Es un acierto coger ese momento y si lo ha tratado bien. Unamuno tenía entidad para criticar muchas cosas de la República y luego darse cuenta que esa opción que iba a tomar de apoyar el alzamiento no era lo que pensaba y tuvo el valor físico de decirlo en público. No se pueden hacer juicios categóricos a nivel individual. Yo no suelo hacer muchos juicios sobre lo que hizo la gente en la guerra porque no sé qué habría hecho yo.
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El productor y guionista de «Patria» llevará a la pantalla la última novela de Luis Landero (Tue, 26 Nov 2019)
La novela «Lluvia fina», de Luis Landero, será adaptada a la pantalla, después de que el productor y guionista Aitor Gabilondo haya comprado los derechos del libro para llevar a cabo su adaptación audiovisual. Así lo ha indicado la editorial Tusquets, que publicó la novela de Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948) el pasado mes de marzo. «Lluvia fina» cuenta cómo Gabriel, tras mucho tiempo sin apenas tratarse con sus dos hermanas, decide llamarlas y reunir a toda la familia para celebrar el 80 cumpleaños de la madre e intentar así reparar los viejos rencores que los han distanciado durante tantos años. La novela transcurre en seis días de la vida de esta familia durante los que, a través de Aurora, la confidente de todos ellos, se irán conociendo sus vidas y los conflictos reprimidos agravados por este intento de reconciliación. Desde su publicación la novela de Landero ha acumulado nueve ediciones y suma 60.000 ejemplares vendidos. Aitor Gabilondo es el responsable de la producción y el guion de «Patria», la serie televisiva para HBO basada en la novela de Fernando Aramburu, también publicada por Tusquets, cuyo estreno está previsto para 2020. Productor de series como «El Príncipe» y «Allí Abajo», Gabilondo acaba de estrenar la serie «Vivir sin permiso» al tiempo que ultima «Madres», entre otros proyectos.
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Cristóbal Serra, el sabio heterodoxo que se refugiaba en Mallorca (Tue, 26 Nov 2019)
Hay tesoros en los márgenes, esos parajes no tan transitados pero existentes, donde se instalan los raros, los malditos y los que no caben (o no quieren caber) en las escuelas y movimientos que ordenan el mundo cultural. Cristóbal Serra (1922-2012), escritor y erudito, se instaló ahí porque estaba haciendo lo suyo, pues nunca tuvo la intención de dejarse llevar por las modas, y mucho menos la de interpretar el «grotesco papelón de literato», por decirlo con Ferlosio. Así, en la comodidad de Palma de Mallorca, concibió una obra inspiradora y ecléctica, para nada encajonada en ningún género, y que ha terminado por convertirlo en un autor de culto que, ahora, «revive» gracias a la publicación de «El aire de los libros», un inédito desconocido que ha editado la Fundación Banco Santander en su Colección Obra Fundamental. «El aire de los libros» es un compendio de lecturas varias y variadas, de escolios, que Serra dejó preparado y guardado en un baúl antes de morir. Ahí vertió sus personalísimas opiniones de titanes como Dickens o Rimbaud, pero también de ilustres extraños como Hermes Trimegisto o Jakob Bohme. «Estas lecturas tocan sus grandes temas: la imaginación como estrategia de conocimiento, la espiritualidad antidogmática, el cruce entre la sabiduría taoísta y la sensibilidad cristiana, la naturaleza mediterránea y la desconfianza hacia el progreso», explica Josep María Nadal Suau, que firma el prólogo del libro y que ha dedicado su tesis doctoral a este autor. El volumen, además de recoger estas reseñas personalísimas, que podrían ser cuentos, páginas de un diario o breves ensayos, contiene varios «regalos» más. Por un lado, un «tríptico» sobre su admirado Ramón Llull. Por el otro, tres ensayos inéditos, que versan sobre la melancolía, el ocultismo y el humor, respectivamente. Y para concluir, el discurso de recogida del premio Doctor Honoris Causa por la Universidad de Baleares en 2006, que tituló «En torno a la autoexpresión o elogio de la sencillez». Todo ello refleja bien quién era Cristóbal Serra, ese «sabio heterodoxo que vivía en Mallorca», tal y como lo define Javier Sierra, que participó ayer en la presentación del libro. «La tentación es clasificarlo como el eremita de las letras mallorquinas, pero sobre todo fue un profeta, no en el sentido de hoy, que pronostica algo, sino en el bíblico: el que denuncia los males de su tiempo, el que ve dónde está el error de la sociedad que le ha tocado vivir y lo denuncia. Era un observador ácido de su tiempo, pero con una perspectiva no racional», explica el novelista a ABC. Para Nadal Suau, resulta curioso que hoy hayamos llegado a lugares parecidos a los de Serra, pero por otros caminos. Él, por ejemplo, ya dedicó muchas líneas a la necesidad volver a la naturaleza, y era muy escéptico con el progreso y el materialismo consumista. «Quizás él pueda representar, frente a la lógica científica, la alternativa de la imaginación como gran mecanismo de conocimiento. En él encontramos un escepticismo frente a exceso de tecnología, y ese escepticismo con el mundo moderno no lo hemos abandonado, de hecho somos más escépticos hoy que en los años setenta y ochenta», comenta. Y promete: «“El aire de los libros” es el arranque de una recuperación de la obra de Cristóbal. Creo que hay un público lector dispuesto a acercarse a él».
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Secretos, mentiras e imposturas en la Barcelona de posguerra (Sat, 23 Nov 2019)
La historia, ya se sabe, la escriben los ganadores, por lo que a los demás no les queda otra que poner pies en polvorosa o agachar la cabeza. Agachar la cabeza y tragar. Lo sabe bien Dora, una mujer «trágica pero libre» que se descubre de pronto con la nariz pegada a una máquina de escribir en el Gobierno Civil y fichando en la iglesia con su mantilla, ella que siempre había sido atea convencida. Y lo saben también Bonaventura, exprofesor de botánica devenido en eficiente bedel de la Universidad de Barcelona, y Miquel, miliciano comunista que malvive clandestinamente en la Barcelona de 1949. Ellos son «Los impostores» a los que Pilar Romera (Riba-roja d’Ebre, 1968) dedica su cuarta novela; aquellos que se quedaron y a los que, ya saben, no les quedó más remedio que tragar. «Hay muchos libros de la posguerra y mucho mito del exilio y del héroe antifascista, pero yo quería explicar la historia de aquella gente que, sin ser extremadamente política, tuvo que vivir en un sociedad con olor a naftalina y a rancio», explica la autora sobre una novela que, publicada en catalán el pasado mes de septiembre en Columna, aparece ahora en castellano de la mano de Destino. Completa esta galería de ilustres farsantes el comisario Fuentes, guardia de asalto de la Segunda República al servicio ahora de la temible Brigada Político-Social. «No se engañan por gusto. La primera impostura es con ellos mismos», destaca Romera mientras recoge el guante que le lanzó el también escritor (y sin embargo amigo) Carlos Zanón al decir que, en realidad, «Los impostores» no es otra cosa que una historia de cobardes. «Es verdad. Son cobardes que esperan que los salven, pero que no salvan a nadie. Hacen lo que pueden», sostiene. Identidades y atentados Nada mejor, pues, que una trama salpicada de robos de identidad, intentos de atentado y conjuras en los bajos fondos para soportar el peso de una novela construida «a base de triángulos» y en la que los personajes son lo más poliédricos posible. Nada de buenos y malos perfectamente definidos. «Prefiero la ambigüedad. En la vida hay gente buena y mala, sí, pero la mayoría nos movemos en un marasmo de grises», apunta. Gris es también el color con el que identifica las páginas de una obra que, sin ser novela negra, se sirve de un atentado fallido contra Franco orquestado por el anarquista Domènec Ibars para bordear el thriller y coquetear con el género. «Sé que lo que yo hago no es estrictamente novela negra, pero sí que es verdad que todos los personajes se relacionan con violencia. Violencia verbal, psicológica y a veces física. La trama se vertebra a través de esa violencia, aunque no necesariamente ha de morir alguien», relata. Tampoco el año, ese 1949 que Romera únicamente abandona para viajar al campo de refugiados de Argelès-sur-Mer a finales de 1939, es fruto de la casualidad. «Han pasado ya diez años desde que acabó la guerra y parte de quienes apoyaron el alzamiento, entre ellos miembros de la burguesía catalana, empiezan a darse cuenta de que no será algo corto, como la dictadura de Primo de Rivera. Al contrario: será una dictadura larga y, valga la redundancia, dura», explica. También ahí, cabe añadir, anidaban no pocos impostores. Memoria y escritura A vueltas con la memoria y las heridas abiertas del pasado, desvela la autora de «Li deien Lola» que antes de embarcarse en la escritura de «Los impostores» más de un editor le recomendó que aparcase la idea de escribir sobre la posguerra y se centrase en temas más amables y provechosos. «Me decían que lo que tenía que hacer una novela intimista sobre una mujer de mi edad con problemas, un poco en la línea de la autoficción…», recuerda. La actualidad, sin embargo, no ha hecho más que convencerla de lo pertinente de seguir revisitando los años más convulsos de España del siglo XX. «A la gente de nuestra generación ya no nos la cuelan, pero a la generación de mi hija, que tiene 18 años, les sale Javier Ortega Smith de Vox diciendo que las Trece Rosas violaban y mataban, e igual cuela. O sale una ministra socialista diciendo que la división Leclerc entró a liberar París enviada por el Gobierno de España, cuando en esos momentos el Gobierno a quien enviaba era a la DivisiónAzul, y quizá también cuela. Así que sí, es necesario escribir sobre la guerra y la posguerra para que la gente no olvide. A la vista está que la historia es cíclica y que no aprendemos», zanja.
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Xaime Martínez: «No poder ganar Premios Nacionales en asturiano señala que somos un cero a la izquierda» (Sat, 23 Nov 2019)
El trajín silencioso de su cerebro, la pausa que dedica a pensar algunas respuestas, resalta la velocidad punta que alcanza Xaime Martínez, último premio Nacional de Poesía Joven, con su articulado discurso. La condecoración la ha logrado con su poemario en castellano «Cuerpos perdidos en las morgues» (editorial Ultramarinos), que él ha definido como «un libro raro». El poeta de 26 años también tiene una banda, Le Bande, es coeditor de la revista literaria «Ocultalit» y se ocupa de investigar la literatura del s.XVIII en la Universidad de Oviedo, «un siglo en el que nacen muchos de los conceptos con los cuales entendemos el mundo ahora mismo». Y ha tomado una decisión: solo ya va a escribir libros en asturiano. ¿Por qué es «un libro raro»? Quería decir que es un libro que a mí me costó escribir y me resultó raro de escribir porque venía de otras poéticas. O sea, que me costó concebir. Y entiendo que también es extraño para el lector porque requiere unos códigos de lectura y una disposición por su parte. Formas parte del grupo patarrealista, ¿cómo vais? El grupo está en un estado póstumo, como siempre. El jurado te llama tradicionalista pues premia tu «apuesta por la tradición de la ruptura». Pero si hay una tradición en el romper, ¿cómo se puede romper la tradición? Ante todo, decir que sí soy tradicionalista. Me interesa mucho la tradición como idea y como campo de estudio. No tengo problema con ese concepto. Incluso ancestralista, como alguna vez me llamaron con mala intención. No tengo problema con esas cuestiones, me interesan. Y no es lo mismo ser tradicionalista que conservador. De hecho, hay un libro muy interesante de Fruela Fernández, que se llama «Una tradición rebelde», y que lo que estudia es esa capacidad de la tradición precisamente para vertebrar discursos contra el poder y el sistema, y para repensar la realidad desde un punto de vista cercano a ciertas lógicas populares. En ese sentido, la tradición de la ruptura por ahí es una tradición, digamos, de los márgenes. Una tradición sometida. Así que cuando dices: ¿cómo romper la tradición de la ruptura? Es una pregunta un poco compleja, porque creo que hay, de fondo, una idea un poco adanista en esta cuestión de la ruptura. Precisamente, hablar de tradición de la ruptura, que tiene que ver con una formulación aparentemente paradójica, en el fondo de lo que te habla es de la necesidad de una genealogía también en la contestación. Creo que la cuestión va por ahí, en la necesidad de encontrar una genealogía de los márgenes. Ya no vas a poder ganar un premio Nacional porque vas a publicar solo en asturiano (lengua no oficial). Ahora mismo escribo en lengua asturiana y, en principio, en el futuro también. No sé si es tan tajante como: ¡este es mi último libro! Ahora mismo mi lengua literaria es el asturiano. Y no podría ganar más Premios Nacionales porque el asturiano está en esta situación de anomalía legal de reconocimiento por el Principado de Asturias pero de no oficialidad, por eso no tiene opción a concursar en los Premios Nacionales y, sobre todo, es un poco deprimente porque señala muy bien como en Asturias somos un cero a la izquierda. Está muy bien para que vengan rodajes de películas de otros sitios aquí a grabar el paisaje, nunca a la gente. Es decir, estamos muy bien como plató y paisaje pero no como identidad cultural. Esta cuestión del premio es muy reveladora porque el asturiano como lengua literaria tiene una gran tradición. Tenemos poetas excelentes desde el s.XVII. Y es una pena que esto no se lea fuera de Asturias. Ni siquiera dentro de Asturias se lee mucho. Y por esto, respecto a su propia trayectoria, ¿no teme llegar a menos gente? No lo sé. Esto siempre lo dice un escritor asturiano que a mí me gusta mucho, que es Xuan Bello, que dice que el dialecto en el que escribía Safo, la poeta griega, lo hablaban diez mil personas o algo así en la isla de Lesbos. Poquísima gente. Y al final... Los caminos de la literatura son muy difíciles de prever. Para mí tiene más sentido escribir en asturiano, pero no es una cosa determinante. Este poemario «Cuerpos perdidos en las morgues» se subtitula «una novela de detectives». Y allí hay crimen e investigaciones, también sobre la propia poesía. Escribe: «Una poética es un tigre muerto en la selva imaginaria. O, más exactamente, es el inspector de policía que guarda durante tres noches el cadáver del tigre. Nadie sabe muy bien qué hace este hombre, imperturbable junto a la bestia asesinada. Fuma varios cigarrillos, suda aunque nunca se quita el uniforme, bebé con alguien un chupito de color oro. En los mejores casos puede ser un chiste; en los peores un tratado deontológico”. ¿Qué quería ridiculizar o contestar aquí? Al final, la poética es como un género literario en sí mismo habitualmente horrible. Los buenos poetas escriben malas poéticas habitualmente. Y los malos poetas, por supuesto, escriben malas poéticas. Es una crítica a la escritura habitual de poéticas que evita prescindir del carácter literario de la propia poética y, a la vez, de este factor de autovigiliancia que hay en muchos autores y que es una autovigilancia que nos hace peores, en muchos casos. Lo que representa el inspector, precisamente, es esta cuestión de vigilarse a uno mismo para ver qué escribes, corrigiéndolo y matando al tigre... ¿Habría que controlar la autoconciencia entonces? Eso es una paradoja... Yo diría que no. En todo caso, hay que matar al inspector. De su detective Fatal Destínez escribe: «No tiene una opinión formada acerca de la monstruosidad». ¿Y Xaime Martínez? No, y, de hecho, es un tema apasionante la monstruosidad. Es una pregunta muy compleja. Podemos pensar en monstruos en la corte del s.XVIII de los Borbones, los que retrataba Goya, los bufones de la corte y tal que tenían este carácter monstruoso. Pero la monstruosidad entendida como lo hacemos ahora, con bultos y deformidades, es muy del s.XIX y depende de otra idea que es la idea de normalidad. Entonces, poniendo en cuestión un poco la idea de lo que es un monstruo lo que se está poniendo en cuestión es la idea de lo que no es un monstruo, de lo que somos nosotros. El yo y el otro. El no tener una opinión formada acerca de la monstruosidad creo que es interesante en el sentido de que estás poniendo en cuestión la manera en la que construimos la otredad. Pero, a la vez también, no tener una opinión formada quiere decir que no estás encontrando una solución o una divergencia respecto a esa monstruosidad o esa manera de entender la identidad tan tóxica que proviene de la época moderna. Este personaje Fatal Martínez (dice su apellido en lugar de Destínez, el del personaje) está en esa especie de limbo de pensamiento entre la modernidad y la nada. Y es un limbo de mierda, una situación horrible. «Como la cuerda tensa, el mundo sólo podrá romperse o disparar», o sea un destino fatal. Tiene relación con esa modernidad sin salida. Este poemario está escrito en un momento de crisis intelectual, emocional y demás en el que no veía como se podía construir un discurso moral, incluso si quieres epistemológico, de pensar la realidad, fuera de estas ideas de crimen, estas ideas de modernidad. Esta escrito en un periodo de crisis y no ofrezco solución. La única que se da son los dos últimos versos que dicen: «¡Tal vez si consiguiéramos vivir como ese niño juega sobre un árbol caído!». Es como decir nada. No hay una solución, tampoco sé cómo llegamos hasta aquí pero el poemario intenta reflejar este momento de crisis, de tensión en el arco. Escribe: «¿Será bastante el pop para salvarme?». Compones y tocas en un grupo y, además, el poemario está lleno de referencias musicales. ¿Es el pop el gran difusor de poesía? No estoy de acuerdo en ese discurso de puertas de accesos o facilidad, no creo que haya que facilitarle a nadie nada. Este discurso de Antena 3 de que esto lo tiene que entender hasta una señora de Mota del Cuervo. Es un discurso que yo tengo muy interiorizado y siempre tengo que estar alentándome contra ello porque me parece muy peligroso pensar que una señora de Mota del Cuervo va a entender menos un texto que un académico de la Universidad Autónoma que sea. No creo que haya una diferencia esencial entre un tipo de lector y otro. Creo que hay que aspirar a escribir para todo el mundo sin que ello signifique tomar a nadie por tonto. En este sentido, yo no creo que el pop sea una modalidad de acceder a la lírica sino que es una lírica tan capaz de alcanzar la máxima altura poética como pueda ser la poesía de Adam Zagajewski, por decir algo que está en el centro del canon culto. Todo viene de estos prejuicios contra el público y de la misma esencia del pop, que se hace muchas veces desde un despacho y orientado hacia un público supuestamente tonto. Hay que luchar contra estas concepciones, que afectan tanto al pop como a la poesía. ¿Cuáles son sus letristas favoritos? Indudablemente, Leonard Cohen. Es una referencia brutal a todos los niveles. Me flipan todos sus discos y me parece un poeta increíble, de hecho me influye mucho como poeta, tiene poesías buenísimas. Es como aquello de «del rey abajo, ninguno»; pues para mí, «de Leonard Cohen abajo, ninguno». Dicho esto, que es un poco nazi y exagerado, hay letristas que me interesan muchísimo. Pienso en PJ Harvey, Nick Cave, Bill Callahan... Me parece muy buen letrista Jeff Tweedy, el cantante de Wilco, que tiene publicado también un libro de poemas que es muy interesante. Bob Dylan, evidentemente, me parece un gran letrista. O Paul Simon, que es un letrista muy olvidado y me parece muy bueno. Lo del Nobel a Dylan sin problema, ¿no? Perfecto, es que no sé qué discusión hay. Creo que es una cosa clasista y estúpida, no creo que nadie que haya pensado rigurosamente la cuestión de qué es la lírica pueda dudar de que Bob Dylan es lírica. No Bob Dylan, Daddy Yankee también es lírica, cuidado. También está esa cosa muy heiddegariana de negar el ser a las cosas que nos parece que están mal hechas. Ojo, una cosa es que pueda estar mal hecha y otra es que no sea. No le daría el Nobel a Leiva, pero sí le considero que es poesía, igual que lo considero a Anne Carson o Antonio Machado. Para mí la prueba es: ¿puedes musicar una escultura? ¿Puedes bailar un cuadro? ¿Puedes recitar un edificio? No, no es posible. Se puede haciendo un salto metafórico. Si bailas una escultura vas a hacer una cosa que refiere... pero no estás bailando la escultura en sí. Pero musicar un poema sí se puede. Y puedes recitar una canción. Por lo cual, pienso yo, estamos ante un mismo objeto. Y si vas a la historia, el mismo origen de la concepción del amor romántico que luego va a ser fundamental en toda la historia de la poesía viene de los trovadores provenzalesl. Y son cantantes. Es tan evidente que no entiendo que argumentos hay. Entiendo que pueda haber debates estratégicos de si conviene dárselo a un poeta desconocido porque va a venir bien para que se lea, yo ahí no me meto. Pero si es una cuestión como ontológica, si vamos a hablar de sí es lírica o no, hay que ser serios. «Les lletres asturianes» El poeta Gonzalo González Barreñada, reciente premio Xuan María Acebal, subrayó la gran calidad de la poesía asturiana. ¿Puedes hacernos de Cicerone? La poesía asturiana tiene una tradición muy larga que se remite al s.XVII, con poetas muy interesantes, y tiene esta cosa histórica, aunque ahora también, de que es una literatura que vive una situación de diglosia. Antiguamente representaba a los aldeanos hablando asturiano... Hay una serie de mecanismos que esta poesía desarrolla para vencer el decoro poético y para articular una lengua culta. Es una lengua que, precisamente por este carácter subsidiario y hasta subterráneo, tiene unas características muy peculiares y creo que es interesante. Desde los 70 hay un movimiento que se llama «Surdimientu» que apareció de una manera inexplicable porque son una serie de escritores, con mucho nivel, que escribieron una obra muy interesante. Entre ellos, los que más destacan seguramente son Berta Piñán, Lourdes Álvarez, Antón García... Ellos reflexionan acerca de temas que tienen que ver con la destrucción de un modo de vida. Esto lo dice el cineasta Ramón Lluis Bande, que es también muy interesante, que dice que lo trágico de Asturias y el interés artístico que tiene Asturias es que tú pongas la cámara donde la pongas siempre grabas «los últimos de algo». Los últimos vaqueiros de alzada, que es una cultura seminómada de aquí. Los últimos mineros, los últimos socialistas... Hay que reflexiona sobre estos temas, y es verdad que son esenciales para la vida de Asturias y la colectiva. Y luego también hay poetas más actuales que, sin dejar este tipo de cuestiones, se abren a otras maneras de decir y que son muy interesantes. Raquel F. Menéndez, que tiene un libro que se llama «El llibru póstumu de Sherezade», que precisamente trata sobre la memoria y la genealogía y sobre la manera en la que nos relatamos a nosotros mismos. Y hay otra poeta que se llama María García Díaz, que tiene un libro que se llama «Llírica astraición», y que juega, precisamente, con el movimiento pictórico de la abstracción lírica. Hay una poética muy variada, y poetas muy interesantes y renovadores que tienen muy claro la importancia del lenguaje literario y cómo se piensa la lengua. La situación de Asturias, como te digo, es terrible y trágica. Y, artísticamente, genera una serie de objetos, en mi opinión, muy interesantes.
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Viaje al interior del fenómeno literario infantil «Diario de Greg» de la mano de su creador, Jeff Kinney (Sat, 23 Nov 2019)
Puntual a su cita con el público infantil español en noviembre, Jeff Kinney publica la nueva entrega de «Diario de Greg», la saga superventas mundial que narra las desventuras de un adolescente que se enfrenta al desafío de estudiar en un instituto estadounidense. Pero esta vez, además, ha venido hasta nuestro país para presentar «Diario de Greg 14. Arrasa con todo» (su editorial en España, RBA, organizó un acto junto a sus seguidores en la madrileña Casa del Lector). «Es muy emocionante conocer a mis lectores y no lo puedo hacer tan a menudo como quisiera. Paso la mayoría del año trabajando y escribiendo, y me queda muy poco tiempo para pasarlo con ellos. Por eso siempre resulta un gran placer», relata el autor. Amable, dedicado y jovial, resulta difícil creer a este escritor cuando confiesa que hay mucho de él en Greg Heffley, un antihéroe gamberrete tirando a cobardica con mala suerte que ha conseguido conquistar a millones de pequeños lectores en todo el mundo a través de la mezcla de texto y traviesas ilustraciones que protagoniza. «Creo que me llevaría bien con él porque le entiendo. Pero a la vez somos muy parecidos así que no estoy muy seguro de cómo podría funcionar esa relación», contesta ante la pregunta de si congeniaría con él en la vida real. Instalado en una desquiciante adolescencia perpetua, Kinney tampoco ve a su personaje madurar y hacerse adulto: «Tiene un montón de defectos así que es muy probable que no fuera tan feliz cuando creciera». El escritor apunta la mayor influencia que tuvo al crearlo: «El guardián entre el centeno», el clásico de Salinguer protagonizado por un joven gruñón que siempre está criticándolo todo: «Creo que puede haber una conexión inconsciente entre Holden Caulfield y Greg Heffley. Ambos son narradores poco fiables. Ambos actúan de forma poco noble. Pero ambos son personajes cercanos». Quizá porque en un principio las historietas de Greg no estaban pensadas para el público infantil (el objetivo era recordar a los adultos qué significa ser un niño), quizá porque ahora las escribe para ayudar a los chicos a verse a sí mismos, lo cierto es que ese realismo imperfecto consigue una increíble conexión con los lectores de todo el planeta. Sus desternillantes anécdotas les atrapan. Pero, ¿de dónde las saca? De su propia experiencia como adolescente y padre de dos hijos. ¿Y leen sus propios vástagos sus libros? «Sí. se están haciendo mayores –17 y 14 años–, pero todavía leen los títulos cuando llegan. Mis chicos son muy sinceros con sus valoraciones y no tienen reparos en decirme si algo no les gusta. Pero al de 17 le ha encantado el último, ¡buena señal!», augura. «Diario de Greg 14. Arrasa con todo», en el que el protagonista se enfrenta a la odisea de las reformas, también se ha construido sobre los cimientos de sus vivencias. «Estamos en medio de unas obras en casa. Pensábamos que nos llevaría unos meses, pero ya llevamos casi dos años», reconoce el escritor que detalla divertido que lo suyo con los tabiques viene de lejos: «Cada vez que hemos vivido en una casa antigua, hemos estado reformándola todo el tiempo. Y hemos descubierto muchas cosas cuando las tiramos abajo, desde notas que se dejaron en el suelo a colmenas de abejas gigantes. ¡He visto de todo!». De ahí viene la última experiencia que ha metido en sus libros, el capítulo dedicado al jacuzzi volador. «Teníamos una bañera de hidromasaje en nuestro jardín que elevamos con una grúa sobre la casa del vecino y miramos aterrados toda la maniobra porque temíamos que se cayera sobre su tejado». Kinney explica que, de hecho, las bromas suelen ocurrírsele antes de la trama. Va recopilando las ideas en bocetos en una libreta y, cuando ya tiene suficientes, urde el argumento que las una todas. Justo ahora, le pillamos con el siguiente título de Greg a medio hacer: «He estado pensando en el próximo libro, pero no he llegado muy lejos. Sé que transcurrirá en vacaciones, así que estoy barajando barbacoas en el jardín y piscinas. Necesito encontrar una manera de contar una historia de verano épica».
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Domingo 15 de DICIEMBRE 2019 - Lugar sin confirmar

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"EL DIOS DE LAS PEQUEÑAS COSAS",

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Ya está disponible la Guía de Lectura - Poesía:

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