Libros

Hernán Díaz: «La dicha de convivir con el lenguaje debería ser más importante que la publicación» (Sun, 23 Feb 2020)
La historia de Hernán Díaz (Buenos Aires, 1973) da para escribir una novela. Cuando tenía poco más de dos años, su familia tuvo que vender todas sus pertenencias en una semana y salir por piernas de Argentina. Atrás dejaron toda una vida, construida con esos sueños que las dictaduras convierten en pesadillas. Se instalaron en Suecia, donde el pequeño Hernán se crió sintiéndose siempre un extraño. Para cuando pudieron regresar a su país de origen, aquel sentimiento se había apoderado del muchacho, cuya incipiente adolescencia no contribuía a acallar la inquietud de su carácter. En cuanto pudo, Hernán volvió a poner tierra de por medio. Y lo hizo siguiendo los pasos de lo único que, durante todo ese tiempo, le había proporcionado consuelo: la literatura estadounidense. A través de su lectura, sí, pero también escribiendo, imitando las voces de esos autores a los que admiraba, por los que sentía devoción. En su peregrinación, pasó por Nueva York, claro. También vivió en Londres, donde hizo su «maestría». Transcurrieron lo que él define como «añares» y logró terminar una novela que, pese a sus intentos, nadie quiso publicar. Recibió, de hecho, «docenas de rechazos», tantos que llegó a perder la cuenta. Abatido, pero no derrotado, llegó a la conclusión de que el único modo de vencer la frustración era seguir escribiendo, «porque la dicha y la felicidad de convivir tan íntimamente con el lenguaje debería ser más importante que la publicación». Así que empezó otra novela, y la apuesta le salió redonda. «A lo lejos», su vuelta de tuerca al wéstern de toda la vida de Dios, apareció en octubre de 2017 por obra y gracia de Chris Fischbach, leyenda del mundo editorial, y al año siguiente fue finalista del Pulitzer y del PEN/Faulkner. Los críticos se quedaron sin palabras ante las empleadas por Díaz para contar la historia de Håkan, un joven inmigrante sueco que, en plena fiebre del oro, llega a California, desde donde comienza una odisea de destino incierto. Una suerte de «road novel» que ya es un clásico contemporáneo y que, por fin, ha llegado a las librerías españolas gracias a la editorial Impedimenta. Lo que usted hizo tiene mucho mérito, eso de rehacerse, tras años de rechazos, y ponerse a escribir, una vez más. Piense en cuantas grandísimas novelas se han quedado por el camino por culpa de un editor despistado o falto de tiempo. Imagínese la cantidad de obras maestras que jamás vamos a leer… ¡Claro! Y de repente se le cruzó la convocatoria de la editorial Coffee House Press y decidió presentarse. Ahí, si uno no tiene un agente, nadie toca tu manuscrito, es imposible. Y, en aquel momento, usted no tenía agente. No, porque si uno no tiene nada publicado, tampoco te coge un agente, entonces es… Aquí decimos la pescadilla que se muerde la cola. Exactamente. Esa editorial tiene un día al año en el que acepta hasta 600 manuscritos, y esa mañana yo estaba totalmente listo, así que le di a enviar. Chris Fischbach, que es realmente una leyenda del mundo editorial norteamericano, es un visionario que toma riesgos y tiene un gusto muy particular, se enamoró de la novela. Y salió publicada casi idéntica al manuscrito que envié, no la tocó. La novela se publicó en octubre de 2017 y justo al año siguiente quedó finalista del Pulitzer y del PEN/Faulkner. ¿Cómo vivió ese cambio: del rechazo y la indiferencia a los premios? Con mucha emoción, pero también con mucha confusión. Fueron muchos años de rechazo. Escribo desde niño, como casi todos los escritores, y siempre escribí literatura que nadie publicaba, pero yo la seguía escribiendo. Hubo como una percepción de que fue una cosa que sucedió de la noche a la mañana y un golpe de suerte. Es un golpe de suerte, eso no lo niego, pero también tuve que ponerlo en perspectiva con todos esos años desérticos, por usar una metáfora que se adecua al libro. Eso también hizo que fuera doblemente impactante. Pero bueno, fue una gran felicidad y lo mejor es que antes estaba muy solo, como escritor, y ahora tengo un montón de amigos escritores y de amigos lectores, y una vida mucho más rica. Eso fue lo más importante de los premios. ¿Cómo se planteó el acercamiento al wéstern, un género que es la matriz de la literatura estadounidense? La literatura estadounidense tiene un lugar muy crucial en mi vida, la ha moldeado. Si hace veinte años que vivo en Estados Unidos es principalmente debido a la literatura estadounidense, fui porque me interesaba y quería estar cerca de ella y aprender más. La intervención en esa tradición fue un gesto de amor y un homenaje a una serie de autores que a mí me han afectado mucho, pero también fue un gesto de provocación. Pensé: soy alguien que obviamente no pertenece por naturaleza a esa tradición, pero me la voy a apropiar y voy a hacer con ella lo que quiera. Pero se concedió esa libertad, lo cual es también una declaración de principios como escritor. Creo que sí, esperaba que lo fuera. También, por otro lado, una vez que el wéstern empezó a tomar cierta prominencia, está claro que uno no puede entrar en ese género sin ser muy responsable políticamente, porque es un género muy cargado ideológicamente. ¿En qué sentido? Bueno, el racismo de esa tradición es tremendo. Y el machismo... Del machismo ni hablar… Comencemos por el hecho de que el juego de niños son los «cowboys» y los indios salvajes. En nuestra infancia era así, desde luego. Era así, y si uno lo piensa medio segundo es un espanto. Está el machismo, cómo las mujeres son propiedad privada; también el fetichismo de las armas y, después, una cosa muy norteamericana, que es la primacía del individuo por encima de las instituciones, que se ve en la figura del justiciero. Esa figura para mí es muy problemática y se refleja en mil sentidos en la vida diaria norteamericana y en el lugar que los Estados Unidos tienen en la política internacional, que entran como los justicieros del mundo. Sin olvidar la relación con la naturaleza, su transformación en propiedad privada y como fuente de extracción de capital, que es algo que me preocupa. A mí me sorprende la ausencia de escritores de wésterns en el canon estadounidense. Es que no los hay. Funciona así, de acuerdo a mi genealogía y a mis lecturas: los escritores que generaron el wéstern sí son miembros del cánon; algunos ejemplos un poco al azar, y no cronológicamente: Mark Twain, Willa Cather, James Fenimore Cooper… Todos estos escritores son áltamente canónicos. Después, viene el wéstern propio, que según las historias literarias comienza más o menos en 1913. Luego, hay un periodo de bastante silencio y en los 50 aparece un antiwéstern, con autores como John Williams y hasta Cormac McCarthy. Pero usted lo ha dicho, es antiwéstern. Sí, se están revelando contra algo que a nadie le importa, nadie lee esos libros contra los que se están revelando. El wéstern es un género olvidado. La imagen que tenía en mi cabeza cuando escribía esta novela era: soy un okupa, este género está en ruinas y soy un okupa. Sí, pero usted lo que ha hecho ha sido precisamente reconstruirlo. Bueno, un okupa responsable (ríe). Pero es raro que en Estados Unidos el wéstern no haya alcanzado todo su potencial literario teniendo en cuenta que, como género, reúne muchos de los mitos más importantes del país. Es un misterio absoluto, yo no logro resolverlo. Para mí tiene que ver con un uso de la lengua, que en el wéstern es muy telúrica, folclórica. Si pensamos, por ejemplo, en el género policial, que nace medio siglo antes que el wéstern, es riquísimo e influenció a toda la literatura, porque nos dice que la realidad no está dada, tiene que ser leída, descifrada. El wéstern no ha hecho nada semejante. El género policial triunfa porque tiene este cosmopolitanismo que el wéstern no. Usted decide que Håkan, su protagonista, vaya al revés, en sentido contrario a aquellos que iban a la Costa Oeste en busca del oro. Él parte desde San Francisco y su afán es llegar a Nueva York, donde cree que está su hermano. Sí, me pareció interesante literalizar la metáfora de ir a contracorriente de la historia. Es decir, es el momento del gran éxodo hacia el Oeste, por diferentes motivos, económicos, sí, pero también inmigrante europeos que iban en busca de tierras… Me gustaba esa idea de alguien luchando contracorriente. Pese a las atrocidades que Håkan comete, a veces también para sobrevivir, y no trato de justificarlo, como lector tienes la sensación de que llega un momento en que a él también le pesa esa violencia, la rechaza, está harto. Absolutamente. Y ahí hay una reflexión muy importante sobre el uso de la violencia y las armas en un país como es Estados Unidos. Para mí eso era un punto muy importante. Obviamente, si uno se va a meter en este género, aunque sea de un modo oblicuo o distorsionado, la violencia va a tener un lugar ahí, y también por el momento histórico. Tiene que estar presente, claro. No hay escapatoria, traté de que la hubiera, pero no la había. Traté de escribir eso de un modo responsable y de un modo crítico en términos de lo que es la historia de los Estados Unidos, y no sólo de los Estados Unidos. La violencia nos atañe a todos. A todos. Está la violencia histórica, que atañe a cualquier nación, especialmente a aquellas, como Estados Unidos y España, que han sido, o pretenden seguir siendo, imperio. Pero también está la violencia del presente en Estados Unidos y la epidemia de las armas, especialmente si uno tiene una niña que va a la escuela… Es un horror que haya armas en jardines de infancia. Y que haya un presidente que esté de acuerdo con que no haya limitaciones a los permisos de armas... No, la sugerencia es que armen a los maestros y las maestras… Es una pesadilla. Aparte de esa reflexión en torno a la violencia, la historia de Hakan es también un relato sobre inmigración en un momento especialmente delicado para los inmigrantes en Estados Unidos. Sí. Yo he sido un inmigrante toda mi vida. Pero, si bien es un libro sobre inmigración, desde que salió publicado también han sucedido cosas muy brutales en Estados Unidos: están poniendo niños en jaulas, están separando familias, hay gente que muere en la frontera… Me parece que, en términos de la inmigración, en este momento hay relatos que tienen una urgencia mucho más grande que el mío. Pero no «American Dirt», ¿no? Argh… No hablemos del tema, por favor (tiembla). Me cuesta no hacerlo, pero no voy a hablar del tema, porque no quiero que exista más el libro, no quiero contribuir a la existencia de ese libro, quiero que se termine esa conversación y que ese libro desaparezca. Basta de ese libro horroroso. Tiene toda la razón. Volvamos a su novela. Mi libro da cierta perspectiva histórica de este problema. Que también hace mucha falta. Exacto. Y creo que también, de algún modo, enrarece la cuestión de la raza, porque aquí estamos hablando de un inmigrante sueco. Y también recordar que si vamos a hablar de racismo e inmigración es algo que siempre ha existido, y es algo universal. No terminamos de aprender, seguimos cometiendo los mismos errores y muchas veces es precisamente por la falta de perspectiva histórica. Sí. Tenemos que ser gente decente (ríe), no es tan intelectualmente complicado. Una duda: durante el proceso de escritura, ¿se trasladó a los escenarios de la novela, siguió las huellas de Hakan? No. Me impuse la regla de no hacer eso. Ir en un auto con aire acondicionado y GPS por los mismos territorios… lo único que hay en común es la geografía, pero nada más. Seguramente hubiese encontrado un montón de detalles que lo hubiesen transformadoen un libro diferente. Este fetiche referencial de hay que verlo y hay que tocarlo para poder escribir sobre ello... Hablo de Estados Unidos, no sé qué pasa en España, pero es como si toda literatura tuviera que tender hacia la autobiografía. Porque si yo voy y veo estos paisajes, ya hay un elemento de primera mano. Y a mí me interesa la octava mano, las mediaciones. Me importaba imaginarme ese lugar, más que conocerlo. ¿A la literatura la verdad se la aporta el autor? No, no. Me parece que el autor y sus intenciones son una parte de la literatura. El material principal de la literatura es el lenguaje, y el lenguaje es objetivo, es algo heredado, institucional, algo sobre lo que no podemos intervenir. Creo que la verdad es un trabajo de minería lingüística. Si pensamos que la verdad depende del autor, le da al autor un lugar de demasiado poder. Y no lo tiene. No en mi concepción de la literatura. Creo que en todo caso la labor del autor consiste en encontrar esas pepitas de verdad en la lengua, en sus precursores, qué hay de verdadero en la tradición literaria que me precede, cómo puedo trabajar con esas verdades. Todo esto suena un poco pomposo, pero quiero decir que, en todo caso, la verdad se da en esa instancia de negociación entre lo subjetivo, el autor y aquello que está fuera de nuestro control, el lenguaje, la historia y, con un poco de suerte, si alguien te publica, los lectores.
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¿Cuáles fueron los libros más leídos en España en 2019? (Fri, 21 Feb 2020)
El Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España 2019 ofrece su propio ranking de los libros más leídos en España el año pasado. Encabeza la lista «Patria» (Tusquets), de Fernando Aramburu, que no deja de cosechar éxitos. Los diez libros más leídos: 1. «Patria», de Fernando Aramburu. 2. «Trilogía de la Ciudad Blanca», de Eva García Sáenz de Urturi. 3. Saga «Los Pilares de la Tierra», de Ken Follett. 4. Serie «El cementerio de los libros olvidados», de Carlos Ruiz Zafón. 5. Serie de «Harry Potter», de J.K. Rowling 6. La «Trilogía del Baztán», de Dolores Redondo 7. «La catedral del mar», de Ildefonso Falcones. 8. Saga «Canción de hielo y fuego», de George R. R. Martin. 9. «Reina Roja», de Juan Gómez-Jurado. 10. «Todo esto te daré», de Dolores Redondo. Los diez autores más leídos: 1. Dolores Redondo. 2. Idelfonso Falcones. 3. Ken Follett. 4. Fernando Aramburu. 5. Carlos Ruiz Zafón. 6. Eva García Saénz de Urturi. 7. Arturo Pérez-Reverte. 8. María Dueñas. 9. Julia Navarro. 10. Santiago Posteguillo.
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Frédéric Beigbeder: «Escribir es una lucha contra la muerte» (Fri, 21 Feb 2020)
«Creo que es la primera vez que un escritor entrega su corazón de este modo en un libro», exclama de pronto Frédéric Beigbeder. Y, efectivamente, no le falta razón al incorregible autor de la explosiva y brutal «13,99 euros»: ahí está, en la página 92 de «Una vida sin fin» (Anagrama), un escáner coronario del escritor francés; un corazón en 3D con el que, como escribe acto Beigbeder a renglón seguido, «se ha superado una etapa de la historia literaria». Vale, quizá esto último sea un tanto exagerado, pero el corazón del escritor francés, con sus arterias resplandecientes y su calcio coronario a cero, juega un papel determinante y central en «Una vida sin mi», novela con la que Beigbeder se lanza, literalmente, a la búsqueda de la inmortalidad. Una viaje en pos de la vida eterna que, aclara el autor, empezó como una novela realista, «casi un reportaje periodístico», pero se acabó escorando hacia la locura de lo fantástico y la ciencia ficción. O, como matiza el propio Beigbeder, hacia la «ciencia no-ficción», ya que todos los descubrimientos, centros médico e investigadores que aparecen en el libro son reales. Es más: muchos de los tratamientos pasaron por su cuerpo y por sus venas antes de que «Una vida sin fin» llegase a imprenta. «Cuando me propusieron ir a Monterrey para que me inyectaran sangre de jóvenes fue cuando empecé a tener miedo de las consecuencias de este tipo de actos», desvela un autor que, antes de vérselas con la madre de todas las leyendas stonianas, ya había pasado por Ginebra, Viena, Nueva York, Jerusalén o Los Ángeles siguiendo el rastro de sabios y eminencias en reprogramación celular, digitalización cerebral y secuenciación del ADN. «Espero que la novela sea leída como un viaje al futuro y al corazón de la humanidad», apunta Beigbeder sobre un libro que, generoso en humor ácido y en «peripecias delirantes y quijotescas», narra las pesquisas de un famoso presentador de televisión que emprende un viaje en busca de la vida eterna acompañado por su hija de ocho años. «A medida que avanza la biotecnología y la ciencia crecen las preguntas sobre el futuro del ser humano y si para vencer enfermedades estamos dispuestos a renunciar a ser humanos», reflexiona el autor. Ese es, después de todo, el mensaje de fondo de una novela que si algo intenta es burlar a la muerte. Porque al final, aclara Beigbeder, todo se resume en la aspiración del arte de «eternizar el tiempo» y convertir lo efímero en duradero. «El arte pretende ser inmortal», añade al tiempo que sugiere que «vencer a la muerte es el gran tema de la humanidad» y, por extensión, «la gran batalla de los escritores». «Escribir es una lucha contra la muerte», concluye.
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El día que la CIA leyó «Doctor Zhivago» y la convirtió en propaganda anticomunista (Fri, 21 Feb 2020)
En 1955, Boris Pasternak le puso el punto final a su monumental «Doctor Zhivago». Había tardado más de una década en escribir la novela, y durante todo ese tiempo tuvo claro que su visión de la revolución y del pasado reciente ruso no iba a sentar bien dentro del Partido. Acertó: el Departamento de Cultura del Comité Central consideró que su obra no cumplía los «cánones culturales», y decidió prohibirla. Lo que no se podía esperar entonces era que en 1958 la mismísima CIA iba a intervenir en el asunto, y que su libro iba a ser publicado y distribuido por la Inteligencia estadounidense como arma contra el comunismo. Los hechos se confirmaron en 2014 con la desclasificación de más de un centenar de documentos de la agencia en los que se afirmaba, como contábamos en un reportaje publicado en ABC ese mismo año, que «Doctor Zhivago» tenía «un gran valor propagandístico». «Tenemos la oportunidad de que los ciudadanos soviéticos se planteen que algo malo pasa con su Gobierno cuando una obra literaria escrita por el autor ruso vivo más conocido no puede ser leída en su propio país», aseveraba uno de los mensajes de la CIA que salieron a la luz. Fue entonces cuando la escritora Lara Prescott descubrió que «Doctor Zhivago», el libro de cabecera de su juventud, la novela de su vida, escondía detrás de sí una aventura increíble que merecía ser contada. Empezó a investigar, se leyó todos los papeles que la CIA había hecho públicos, entrevistó a expertos, viajó a Rusia, estudió Historia eslava, rastreó a todos los personajes que habían intervenido en aquella peripecia y, al final, decidió alumbrar una novela que relatase lo sucedido y que rellenase los huecos en blanco, cómo no, con ficción. El resultado de todo eso es «Los secretos que guardamos» (Seix Barral), que acaba de publicarse en España. Una odisea Prescott cuenta que esta es una de las más grandes historias de libros que han sucedido nunca, porque el texto dio la vuelta al mundo antes de salir a la venta en su país de origen. «Pasó de Rusia a Alemania, de ahí a Italia, luego a Estados Unidos y más tarde se extendió por Occidente. Al final volvió a Rusia, su origen», resume. Todo comenzó con Sergio D’Angelo, un periodista y librero italiano al que habían enviado a Moscú a cazar una gran novela. Éste se topó con el manuscrito de Pasternak, que le dijo: «Que recorra el mundo». Así que se fue a Berlín con los folios bajo el brazo y se lo dio a su jefe de la editorial Feltrinelli, quien, esquivando la oposición soviética, consiguió publicarlo. Cuando la CIA supo de su existencia pronto quiso distribuirlo por Rusia. Tuvieron que hacerlo todo de tapadillo, para no levantar sospechas. Lo imprimieron en Holanda, y lo llevaron a la Exposición Universal de Bruselas de 1958, donde consiguieron que empezase a circular entre los ciudadanos soviéticos. Por cierto: la edición de la CIA era ilegal, porque no le habían pagado los derechos a Feltrinelli, por lo que acabaron imprimiendo sus ejemplares clandestinamente en su propio cuartel general. Eran otros tiempos: la Guerra Fría marcaba la geopolítica y ellos de veras confiaban en que aquel libro podía cambiar las cosas. «Creían mucho en la fuerza de la literatura, eran idealistas, pensaban que si podían mostrar que Estados Unidos tenía más libertad a nivel de literatura, música y arte que la Unión Soviética, entonces los ciudadanos soviéticos empezarían a cuestionar el porqué les estaban prohibiendo el acceso a libros como este», apunta Prescott. ¿Y consiguieron algo? «Sí, creo que fue un éxito mucho más grande de lo que hubieran podido soñar. Primero, porque le dieron el premio Nobel en 1958 y se convirtió en un tema de conversación mundial: por qué este libro estaba prohibido en la Unión Soviética. Y cuando él se vio obligado a rechazar el Nobel generó otra oleada de interés. Todo el mundo quería leer este libro en la Unión Soviética, en parte porque era un libro prohibido», opina la autora. Una guerra actual No es nuevo: la censura siempre despierta interés. Y no es viejo: la cultura y el lenguaje siguen siendo armas poderosas, aunque las formas hayan cambiado. «Todavía hay una batalla por las palabras que se está librando sobre todo en las redes sociales, en Twitter, con las “fake news”, en YouTube… Rusia y Estados Unidos están librando una batalla para conquistar las mentes y los corazones de las personas. Lo estamos viendo con lo de las elecciones estadounidenses. El uso de la propaganda no ha terminado, incluso después de la Guerra Fría», sostiene Prescott. Tantos años después, aún continúa el misterio. De la historia de «Doctor Zhivago», por desgracia, queda mucho por conocer. Por eso, el libro de Prescott insiste tanto en el tema del secreto. «La mayoría de los nombres de los oficiales nunca han sido revelados. Me encantaría saber quiénes eran esas personas, cómo eran sus vidas. Por eso he ficcionado a muchos de ellos. También me gustaría saber cómo la KGB reaccionó en contra de la misión de la CIA; eso tampoco se conoce. Asumimos que no tuvieron una buena reacción, pero me encantaría saber exactamente qué hicieron para contrarrestar la publicación de la novela de Pasternak», remata.
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Una tarde con Joe Abercrombie, el gran renovador de la fantasía (Fri, 21 Feb 2020)
Son casi las seis de la tarde en la calle Preciados de Madrid. A la puerta de la Fnac hacen cola dos centenares de personas. No han venido a ver a un cantante, sino a un escritor. No es Pérez-Reverte, aunque podría ser. No, es un autor inglés del que probablemente usted no haya escuchado hablar nunca. «Joe se lo merece todo», me comentan los dos primeros de la fila. Ellos llevan esperando allí desde las 11 de la mañana. Y ni siquiera son de la capital. A las seis de la mañana se estaban levantando para subirse a un autobús a cuatrocientos kilómetros. Y luego otras ocho horas pasando frío para pasar treinta minutos escuchando a su autor favorito, y conseguir la preciada firma. Una reacción más propia de un fan de Bustamante que de un par de personas adultas y crecidas que adoran a un escritor. Pero las corrientes de la admiración, del gusto y de lo que consigue minutos en televisión siguen caminos divergentes. A menudo, inescrutables. «Cuando vengo a España me siento como una estrella del rock», me cuenta Joe Abercrombie (Lancaster, 1974) cuando subimos a la terraza del edificio para que pueda desconectar un poco antes de la charla. Es comprensible. Lleva un día agotador de entrevistas, y aún le queda una firma de varias horas. Pero no emite ni una sola queja. Al contrario. Porque en su país, los medios no le hacen ni puñetero caso. Ahí arriba, a tiro de piedra de la Gran Vía, desgranamos juntos sus números. Seis millones de libros vendidos, número seis en la lista de «The Times», número cinco en la del «New York Times». Diez novelas publicadas. Ni una sola entrevista en los medios ingleses. Los números flotan sobre los tejados, mientras el sol se pone frente a nosotros. Podría ser una escena de uno de sus libros, en los que los escenarios urbanos tienen una importancia radical. No le pregunto por qué tan escasa atención de la prensa, porque ya sé la respuesta. Joe y yo nos conocemos desde hace años, y lo hemos hablado en varias ocasiones. Ser autor de género no está bien visto, y cada vez menos. Si no tienes éxito, solo eres un friqui. Si además lo tienes, peor. Encima estás robándole la audiencia a los que se la merecen más que tú. A los autores «de verdad». Este autor de mentira recibe una sonora ovación cuando entra en el fórum de Cultura de la Fnac. La sala está a rebosar, y los vigilantes de seguridad han tenido que dejar fuera a muchas personas, a las que luego permitirán acceder cuando comience la firma. La ilusión brilla en los ojos de estos lectores desnortados, que no han tenido a bien escuchar los dictados de la crítica oficial, tan solo su propio criterio o las recomendaciones de sus amigos. Habrase visto. Abercrombie comienza hablando del núcleo de su propuesta literaria. Una fantasía distinta (dark, grim, sucia, la etiqueta que usted quiera), que poco tiene que ver con la que leíamos de jóvenes los que ya peinamos canas. «En los años cincuenta, "El señor de los anillos" era moderno, pero los gustos de la gente evolucionan», afirma el inglés, que es fan confeso de Tolkien. «También lo hacen los autores sobre los cimientos de los anteriores. Obras como "La Saga de Geralt de Rivia" o "Canción de Hielo y Fuego" son fundamentales en este cambio de la fantasía». Ambas sagas, de Andrzej Sapkowski y George R. R. Martin respectivamente cuentan con sendas series de televisión. «Juego de tronos» y «The Witcher» son títulos absolutamente mainstream, que congregan alrededor del televisor a todos los miembros de la familia, cosa que no sucede normalmente con los libros de fantasía. Y eso acaba aumentando el mercado y el interés del público. Para el que firma estas líneas, Abercrombie es mejor escritor que los dos antes citados (a los que conozco también, y respeto). No solo en términos literarios. Hay una energía en el de Lancaster que tiene que ver con su juventud, con su manera de mirar los personajes y las tramas. «El mundo ha cambiado, se ha hecho más adulto, más complejo, todo tiene una dimensión mayor que cuando Tolkien escribió sus historias. Por eso ahora la fantasía es más sudorosa, más revirada y diversa. Ya no es un asunto de buenos y malos, ahora necesitamos ver los dos lados de cada historia». No es ahí donde acaba el talento de Abercrombie, que ha sido capaz de alcanzar de forma más certera aspectos que tienen que ver con los inmensos cambios sociales que se han producido en los últimos doce años. No en vano él comienza a publicar dos años antes del advenimiento de la gran crisis económica, con una novela «La voz de las espadas», en la que los malos de su recién alumbrado universo de fantasía eran los banqueros. En un contexto postmedieval, de magos iracundos y guerreros audaces, Abercrombie ya veía venir los cambios, en nuestro mundo y en el suyo propio. «No me gustan las novelas de fantasía en la que el mundo está congelado en el tiempo, como un compartimento estanco». Quizás por eso, su nueva obra «Un poco de odio» habla de temas tan certeros como el avance del fascismo, la manipulación de la información o la hiperconcentración de la riqueza. Pero, como salen magos y princesas, habrá quien pensará que no es merecedor de reconocimiento alguno, pienso, mientras me abro paso entre los lectores que abarrotan la entrada con sus libros en la mano, esperando el autógrafo.
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Aparece en una librería de viejo una primera edición de «Del sentimiento trágico de la vida» firmada por Unamuno (Thu, 20 Feb 2020)
La historia da muchas vueltas, pero en ocasiones el tiempo acaba por ordenar las cosas y ponerlas en su sitio. Así sucederá con un vetusto ejemplar de «Del sentimiento trágico de la vida», el ensayo filosófico que publicó Miguel de Unamuno en 1912. Un libro en el que el intelectual de la Generación del 98 analiza las contradicciones de la existencia, la lucha entre la razón y el corazón, entre el intelecto y la fe... Una obra que le regaló en su día a Leopoldo García Alas, rector de la Universidad de Oviedo e hijo de Leopoldo Alas «Clarín», con una dedicatoria manuscrita. Hace poco más de un año, en una reunión de la Fundación Valdés Salas, Plácido Arango comentó a los bisnietos de Clarín -nietos del rector- que le haría mucha ilusión tener una primera edición de «La regenta». Dicho y hecho, Leopoldo Tolivar Alas y su hermana Ana Cristina se la consiguieron -no sin poco esfuerzo- y se la mandaron al empresario. En señal de agradacemiento, a finales del pasado mes de octubre, les llegó a Oviedo un libro con una carta en la que Arango les contaba que, en una librería de viejo, había encontrado una primera edición del mencionado libro de Unamuno. Y que para su sorpresa, estaba dedicada con un texto manuscrito al rector Leopoldo García Alas. Se trataba del ejemplar que les había enviado junto a la carta. [Sigue leyendo en «El comercio»]
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Álvaro Cunqueiro, las sirenas y el articulismo mágico (Thu, 20 Feb 2020)
Nada raro: las cifras bailan, como tantas otras cosas. Dicen que escribió entre veinticinco mil y cincuenta mil, aunque lo más seguro es que su producción rondase los veinte mil, que no está nada mal, sobre todo teniendo en cuenta que en cincuenta años de trayectoria nos sale a algo más de uno por día. La tarea se repetía de lunes a domingo: Álvaro Cunqueiro se sentaba enfrente de su vieja Smith Premier número diez y le arrancaba historias al presente y a su imaginación para llenarse los bolsillos. Lo recordó Elena Quiroga en su discurso de entrada a la RAE, en 1984: «Materialmente vivía de sus colaboraciones». Fue un método de subsistencia, sí, pero terminó siendo una «manifestación vital». Por eso siguió haciéndolo muy enfermo, hasta el final de sus días, con las piernas doloridas y casi ciego, aferrado a su lupa. Tenía que entregar su artículo y llegar a tiempo al cierre. Aunque se sentía poeta en lo profundo, y que además fue un espléndido novelista y ensayista, Cunqueiro gastó buena parte de sus esfuerzos en la prensa diaria. Firmó en más de medio centenar de cabeceras, y se explayó en los temas más diversos: de la gastronomía a la brujería, pasando por la mitología, la poesía, la historia y la naturaleza, entre otros asuntos más o menos mundanos. De ellos da buena cuenta «Álvaro Cunqueiro. Al pasar de los años», una antología realizada por Miguel González Somovilla que acaba de editar la Fundación José Antonio de Castro dentro de la colección Biblioteca Castro. En sus páginas se recogen doscientas piezas que el autor pergeñó entre 1930 y 1981, y que funcionan como una suerte de caleidoscopio literario y vital, quizá la única forma posible de retratar a este gallego ilustre. «He querido que esta antología sea un reflejo de este medio siglo de articulista, pero también agruparla temáticamente, porque es la manera de acercar al lector a las preocupaciones y saberes de Cunqueiro», explica al otro lado del teléfono González Somovilla. En esa heterogeneidad inevitable está siempre presente el particular aliento de este narrador, erudito y a la vez asequible, gracioso y lúdico, nunca pesado. Lo dejó claro él mismo en el artículo que da título al libro, publicado en «Faro de Vigo» el 27 de mayo de 1964: «Quiero deducir y mostrar que la vida es inmensamente rica y que el aburrimiento es una traición». En las conversaciones lo repetía constantemente: «La tristeza es un lujo que solo se pueden permitir los jóvenes». La selección está llena de joyas, algunas rabiosamente modernas o directamente impensables hoy, como esa vez que trató de predecir los resultados de la jornada liguera con las cartas del tarot. El texto, titulado «Pronósticos de Álvaro Cunqueiro según la cartomancia», relataba con todo lujo de detalles el proceso adivinatorio, y prometía contundentes victorias para los cuatro equipos gallegos, a saber: Celta, Pontevedra, Orense y Deportivo. No dio ni una. Tres días después los lectores amanecieron con un nuevo artículo del poeta, en el que achacaba sus errores al «factor campo» y confesaba no saber nada de fútbol. Lo llamó «Causas posibles de un fallo». Más ocurrencias. En «Teoría e iluminaciones del aguardiente» rastrea los orígenes y derivas de esta bebida. Pasa por la abadía de Cluny y por Betanzos, Orense y Cazalla, y nos alerta: no debemos soplar después tragar, no vaya a ser que «nos vaciemos del calor del aguardiente, que llevamos tan adentro, como si fuese fe católica». En otro ingenio memorable, dedicado a las empanadas, incide en que «el gallego, y desde tiempos remotos, lo ha empanado todo», para más tarde enumerar los mil y un tipos de rellenos que existen, separando los de verano de los de invierno, como la ropa. La empanada de chocos es ideal para «el primer día de primavera», y la de zorza sirve como remedio contra el frío, según la tradición. La de vieria, en cambio, nunca viene mal, pues «perfuma el pan hasta un grado insospechado». Al final, todo estos conocimientos aparentemente inútiles, insistía, mejoraban el sabor de las cosas, porque a él le ocurría como a Bertrand Russel, que descubrió que «le gustaban más los melocotones desde que supo que vinieron de China, que los cultivó el gran rey Janiska, que de allí pasaron a Persia y que hubo equívocos lexicales cuando llegaron a Europa». Son apenas un par de anécdotas y apuntes, pero resumen muy bien el carácter del personaje. «Era un escritor de fantasía, que iba a contracorriente, con tendencia al anacronismo. Describió la Galicia de su época y las anteriores con una maestría difícilmente superable. Defendía la importancia de los sueños, la imaginación, eso sigue siendo esencial para cualquier persona», asevera el antólogo. Cuentan que ejercía la memoria deformante y que se enfadaba mucho cuando le negaban la existencia de las sirenas, como si le faltaran al respeto. Luego se ponía serio y diseccionaba la poesía de Ezra Pound o de Paul Éluard. O perfilaba la figura de Unamuno. O dibujaba las leyendas de su tierra. O abrazaba la nostalgia y cantaba como nadie el paso y peso del tiempo. Y después, cuando le entraba el hambre, investigaba la historia de las perdices de Gomariz o del bacalao lusitano. Y escribía sus artículos. Con mucha magia.
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Fermín Bocos: «El crimen sigue estando al servicio de intereses políticos» (Wed, 19 Feb 2020)
La realidad tiene una cualidad que la convierte en adictiva para todos los que nos dedicamos a la escritura: va siempre por delante de la ficción. Fermín Bocos (Valderredible, Cantabria, 1949) es consciente de ello incluso antes de que se diera cuenta. Probablemente desde el momento en el que decidió combinar, con un equilibrio envidiable, sus dos pasiones, el periodismo y la literatura. De eso hace ya tiempo, aunque por el camino no ha perdido ni un ápice de curiosidad. Es más, a juzgar por su última novela, «Algo va mal» (Destino), que hoy presenta en el Instituto Cervantes en compañía del juez Manuel Marchena y de la periodista Pepa Fernández, la necesidad de saber, de indagar a través de las palabras, ha ido en aumento. Todo en el libro, desde su homenaje al añorado Tony Judt (1948-2010) en el título escogido (Bocos no da puntada sin hilo, que dirían en su tierruca) a la narración trepidante con diálogos que definen personajes, destila esa atmósfera, de un gris denso y absorbente, que debe tener un thriller como Dios (es decir, Graham Greene) manda. Para ello, Bocos se ha valido de tres de los ingredientes que más ocupan y preocupan a las sociedad española desde hace décadas: la política, los medios de comunicación y la corrupción. La historia arranca cuando el cadáver de Cosme Damián, dueño de un gran emporio periodístico, aparece en un hotel de Ámsterdam poco antes de que se celebre allí una reunión del misterioso Club Bilderberg a la que él iba a asistir. A partir de ahí se plantea, mediante una trama que lleva al lector hasta París, el Berlín de la Stasi o Gibraltar, el «enigma clásico de quién carga la pistola del asesino». Pero, ojo, porque el malo es un tanto peculiar, ya que al Marsellés, que así se llama, le gusta la pintura modernista y la música de Brahms. Eso sí, no falta un constructor «coleccionista de empresas, cuadros y amantes», dos investigadores y la periodista estrella, que en este caso, sí, es una mujer. Opiniones propias «Hay una ambición de retrato de una realidad que conozco muy bien trasladada al plano de la ficción», confiesa Bocos. En ese intento de verosimilitud, nos topamos, claro, con «algunas de las conductas que siendo de ficción suenan a portada del periódico de pasado mañana». Sin obviar que «a veces creemos que vamos por la vida con opiniones propias y resulta que han sido minuciosamente inducidas para que la opinión pública tenga miedo», ya sea a la guerra, con el consiguiente aumento del gasto en defensa, o a que las pensiones peligren, exhortando a la apertura de planes privados. Porque los miedos, según Bocos, «son a favor de la derecha y de la izquierda, en eso no hay distinción». La conclusión es clara. «El crimen sigue siendo un instrumento al servicio de intereses políticos, lo ha sido a lo largo de toda la Historia, unas veces para encubrir delitos anteriores y otras para intentar perpetuarse en el poder». Ahí está «el caso de Jamal Khashoggi, que fue un encargo político a todas luces». Y al periodista le toca «fiscalizar al poder». Un credo que Bocos lleva a rajatabla. «La labor del periodismo, si se trabaja con honradez y aceptando nuestras limitaciones, es crear un contrapeso para que la opinión pública tenga información. La libertad de información y de expresión lo es a los efectos de contribuir a la formación de la opinión pública, que es una institución en las democracias», remata. Háganle caso y, sobre todo, léanle.
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Pedro García Cuartango: «España es cualquier cosa menos un país mediocre» (Sun, 16 Feb 2020)
En medio del fragor del periodismo, Pedro García Cuartango (Miranda de Ebro, 1955) ha ido dibujando con cada artículo el mapa de una isla –parece una leyenda– que estaba perdida en algún rincón de las redacciones de los periódicos en los que ha trabajado. Ese mapa del tesoro tiene ya forma de libro: «Elogio de la quietud» (Círculo de Tiza), en el que el veterano periodista, que estudió filosofía en el París de los setenta, hace recuento de viajes, lecturas y otros deslumbramientos juveniles mientras analiza la política, la sociedad o la cultura. Cuartango nació junto al río Ebro y una estación de tren y por eso escribir y leer desde la quietud ha sido su manera de comprender el mundo en perpetuo movimiento. Es un lector voraz. Da igual que escriba un comentario sobre el juicio por sedición a los independentistas, la historia de un espía o una columna de opinión en ABC: en la base de sus textos siempre hallamos un libro y la contemplación del pasado que ayudan a entender los hechos del presente. Tal exceso de lectura nunca le ha llevado al dislate quijotesco, sino a la lucidez pausada de los viejos filósofos. Pero las horas y las páginas leídas sí le han dejado en la frente al menos un mechón que recuerda al Caballero de la Triste Figura. El libro está dedicado a David Gistau, el periodista recientemente fallecido: «Cuando lo di a la imprenta David ya estaba en coma, se lo dediqué esperando que algún día lo leyese, pero no ha podido ser», lamenta. —Publica un «Elogio de la quietud» con la que está cayendo... —Más que nunca, en estos tiempos agitados, en una sociedad tan volátil, tiene sentido reflexionar sobre la quietud, que es otra forma de ver el mundo. —¿Es paradójico que para un periodista la melancolía sea su motor? —Soy una persona nostálgica con tendencia mirar mucho hacia el pasado. Como decía el poeta nuestra verdadera patria es la infancia. Y tengo una verdadera obsesión por la idea proustiana del tiempo perdido y recuperado. Pero también estoy inserto en el presente. Soy periodista, mi ámbito natural es una redacción. Me gusta mucho seguir la actualidad y no veo contradictoria mi pasión por el presente con la nostalgia. —¿El periodismo es para usted también una lectura del mundo? —Sí. Es que hay muchas similitudes entre la filosofía, la literatura y el periodismo. Las tres disciplinas confluyen en la búsqueda de la verdad, del sentido. El periodismo ha sido para mí una prolongación de la actividad filosófica. —Reivindica el pasado del periodismo. —Lo dije en una reunión y me miraron como si estuviera loco. El periódico tiene que volver a ser un gran proyecto intelectual. Buscar firmas, como en la época de Azorín, Ortega, Unamuno... Hay que volver al periodismo interpretativo de comienzos del siglo XX. Ese es el futuro, la única forma de competir con las redes sociales y los medios electrónicos. Es fácil de decir y difícil de hacer. —Hablar de Unamuno en una España tan polarizada... —Me parece necesario. Sobra polarización, cainismo, sectarismo y falta ponderación, una mirada crítica sobre la realidad y sobre todo independencia. La voz de Unamuno sería hoy más necesaria que nunca en la sociedad en la que vivimos. Es un personaje poliédrico, se equivocó en muchas cosas pero siempre dijo lo que pensaba. Hoy es imposible. Porque la sinceridad te exige pagar un alto precio. —¿Huele a años treinta? —Hemos vuelto a un enfrentamiento en el sector político que creíamos superado durante la Transición, que fue una especie de milagro en la historia de España. Y hay un fenómeno que me preocupa: ese intento de la izquierda de arrogarse una superioridad moral y deslegitimar a la oposición, no pugnar con argumentos, debate ideológico, incluso con políticas, sino deslegitimarles moralmente, no concederles el derecho de participar en la vida política por el mero hecho de que son de derechas. —Pérez-Reverte escribía que los libros que tenemos y no leeremos nos definen tanto como los que hemos leído. —Borges tiene un poema precioso en el que se lamenta de los libros que no podrá leer. Tengo cuarenta encima la mesa, y sé que treinta no podré leerlos. —De los que no leerá nunca. ¿Cuál es su favorito? —Pues me gustaría leer la Biblia despacio, en profundidad. Yo tuve formación católica pero nunca la he leído reflexionando, con espíritu crítico, de un tirón. Es un libro muy importante que probablemente no leeré. —¿Ha mejorado la cultura en España? —Tenemos un país con enorme patrimonio cultural. España ha dado grandes pintores, como Velázquez y Goya; y grandes escritores, desde Cervantes a Clarín, pasando por Baroja. Tenemos una historia fascinante, muy dolorosa pero fascinante. España es cualquier cosa menos un país mediocre. Tenemos que conocerlo y recuperarlo. No tenemos que tener complejo de inferioridad. —Da la impresión con tanta polarización de que hay dos historias, dos culturas, dos patrimonios. —Eso no tendría que ser una objeción. Hay mil visiones de la historia. El error del Gobierno de Sánchez o de Zapatero es ese: crear una historia unívoca, como si sólo hubiera una historia. Cada mirada suma, no es un problema. Crear una historia unívoca es un gran error de la izquierda. La historia es plural. —Más que error parece estrategia. —Sí, claro. No soy tan ingenuo. Con fines políticos. Al final será gesto estéril. —¿Qué le dice la memoria de Proust a la memoria histórica? —La historia de Proust es la de la memoria personal. Se encierra en una habitación acolchada en los últimos años de su vida para escribir su historia, pero escribe la de Francia de finales del XIX, un país dividido entre valores conservadores y monárquicos y el republicanismo radical laico. Proust, Balzac o Stendhal son una manera de acercarte a la historia de Francia. Siempre desde lo personal o particular se va a lo colectivo y general. No podemos entender lo universal sin atender lo particular. No podemos entender el drama del estallido de la Guerra Civil de 1936 si no entendemos las condiciones sociales de la II República. —Ahora eso es un tabú. Hay quien dice que acabará siendo delito disentir... —Eso es una versión maniquea de buenos y malos. Pero falsa. En mi familia había personas de los dos bandos. La guerra fue un drama, civil, donde se mataron familias, a veces por cuestiones egoístas. Si no entendemos que eso lo hubo en los dos bandos no entendemos nada. Es pueril intentar reescribir la historia en plan buenos y malos como quieren en Podemos. —Recomiende un libro concreto a nuestros líderes políticos. —Déjeme pensar... Sí, la biografía de Churchill, de Andrew Roberts, a todos los políticos. Es prodigioso porque es un ejemplo de cómo la historia a veces depende de factores personales, de cómo los individuos tienen capacidad para cambiar la historia. ¿Cómo habría sido el desenlace de la II Guerra Mundial si Churchill no hubiera decidido resistir? Si no se hubiera negado a la política de apaciguamiento en junio de 1940. No, él fue a la Cámara y dijo «sangre, sudor y lágrimas» y cambió el curso de la historia. Que lo lean y sabrán que el futuro está en nuestras manos. —Da miedo que algunos sepan que pueden cambiar las historia en estos tiempos de extremismo y selfi. —¿Por qué? Decidimos todo el rato. Estoy convencido de lo que Sartre dice que el hombre es un ser condenado a la libertad. Incluso no hacer nada es un ejercicio de libertad. —¿La libertad es lo más importante? —Es una condena, pero es lo más importante. Eres libre de hacer el bien o el mal. Eso tiene muchas consecuencias. De eso no hablan en la vida política. —¿Es usted pesimista? —Pesimista activo. Tengo una visión pesimista del mundo, pero no lo acepto, intento luchar para cambiarlo. No soy conformista. Hay que luchar. —Como el Mirandés y con esperanza. —Lo del Mirandés es una demostración de que los milagros son posibles. Como he escrito en ABC, nací en la Charca en una familia ferroviaria y eso comportaba ser del Mirandés. —«La patria es la infancia». ¿Volvería? —Si pudiera sí. ¡Hombre, claro! —A cometer los mismos errores... —Yo fui absolutamente feliz en mi infancia; fui querido, en una familia cohesionada, en un colegio donde aprendí muchas cosas y junto al río Ebro. Renunciaría a todo para volver, pero el tiempo es irreversible. La flecha del tiempo es uno de los grandes misterios de la física. También me marcó mi estancia en París porque me abrió los ojos a un mundo que no conocía, aún en época de Franco. Allí paseaba con Gilles Deleuze por el bosque de Vincennes. Hay una gran presencia del azar en la vida. —¿Estamos en un final de época? —Todos los hombres han tenido esa sensación, los romanos en época de Marco Aurelio o Trajano, o los que vivieron en la Edad Media. Todos hemos tenido conciencia de un mundo que acaba y uno que empieza, porque la historia es un proceso de destrucción creativa. —Critica a Bernard Henri-Levy como intelectual del espectáculo. —Hay cosas que me gustan de él, pero tiende al espectáculo, a ser protagonista, y a mí no me gusta esa pose en la que el intelectual es un príncipe. —¿Dónde deberían estar los intelectuales? —Pensando. Y naturalmente escribiendo. Tienen una responsabilidad pero desgraciadamente vivimos lo que ya Julian Benda adelantaba en los años treinta en «La traición de los clérigos», que los intelectuales se habían aliado con el poder y habían perdido su capacidad de crítica e independencia. La función de los inteclectuales es reflexionar y criticar al poder. —Elogia la capacidad regenerativa del capitalismo. ¿No ha cambiado? —Marx acertó al decir que la acumulación de capitales llevaban un componente autodestructivo. La sociedad europea tiene un componente muy materialista en detrimento de todo lo espiritual. Esa es la gran revolución pendiente, volver a los valores espirituales sobre los que se construyó nuestra sociedad, que son los de la Ilustración. Ahora los gobiernos priorizan valores identitarios. Es muy preocupante. —Habla de «La montaña mágica» de Mann. En el mismo lugar en donde estaba el sanatorio hoy celebramos el foro mundial, en Davos. ¿No es un reflejo actual de la misma entropía? —Tiene gran poder simbólico que en un lugar donde se alzaba ese sanatorio internacional donde se quedó el personaje Hans Castorp ahora se celebre un foro sobre el capitalismo. Al final es la lucha entre el instinto de muerte y el instinto de vida. La gran mayoría de los que acudían a curarse acababan muriendo. —Y una niña en Davos es el símbolo de la lucha contra el cambio climático... —Es otro síntoma del mundo en que vivimos. La frivolidad. No tengo nada que decir contra esa niña, pero hay que reaccionar contra los mecanismos que la han convertido en un referente de esta lucha ecologista. Aquí la responsabilidad de la lucha contra el cambio climático es de los gobiernos, que son lo que pueden tomar decisiones para reducir las emisiones y que cambien las cosas. Aquí funciona una especie de pensamiento mágico, porque hemos desplazado el foco hacia Greta Thunberg, en lugar de hacia los grandes países como China, Estados Unidos, Rusia e India que contaminan más, así como una cultura empresarial.
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La verdadera historia de las mujeres a las que asesinó Jack el Destripador (Sun, 16 Feb 2020)
Mary Ann «Polly» Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, Catherine Eddowes y Mary Jane Kelly. Mucha tinta ha corrido sobre Jack el Destripador, el hombre que mató y descuartizó de forma brutal a estas cinco mujeres en el barro londinense de Whitechapel en 1888, y cuya identidad sigue siendo un misterio. Justamente esa incógnita lo ha convertido en una leyenda. Según la historiadora Hallie Rubenhold, «es vergonzoso reconocer que Jack el Destripador es una de las marcas con las que más se vende el Reino Unido. Es uno de los más graves crímenes jamás resueltos y hay una enorme fascinación por él», y añade que «todo este negocio alrededor de ello es indignante», ya que «para que esto sea posible tenemos que denigrar a estas mujeres y borrar la realidad de lo que pasó: que un hombre real le hizo eso a mujeres reales. Cuando somos conscientes de esto, todo deja de ser divertido». De esta forma, la historiadora justifica la importancia de una investigación que llevó a cabo durante poco más de tres años y medio a tiempo completo y que se convirtió en un libro, publicado por el momento solo en inglés: «Las cinco: las vidas no contadas de las mujeres asesinadas por Jack el Destripador» (Editorial Penguin Random House). «Han tenido que pasar ciento treinta y dos años para conocer a las mujeres a las que mató. Lo sabemos todo sobre él pero nada sobre ellas». Así lo explicó Rubenhold durante en un encuentro con los corresponsales extranjeros en Londres para presentar su libro. Y aclara además que el mito, que se ha ido nutriendo de ideas equivocadas, «dice que las mujeres que mató eran prostitutas, y esto es categóricamente falso». No hay evidencia de que tres de ellas fueran trabajadoras sexuales; de hecho, solo está comprobado que una lo fuera pero, como explica la autora, «parte de la narrativa de la época era decir que las habían matado por ser malas mujeres». Estas eran las que «contravenían las reglas del siglo XIX: si estaban en la calle, si no estaban en su casa, si no tenían hijos, merecían que les pasaran cosas malas. La forma en la que se contaba la historia establecía que a las mujeres buenas no les pasaba nada malo». Por eso, «literalmente eliminé al asesino de la obra -dice la autora-, ya que hay demasiada información sobre él y demasiado gore alrededor de su historia». Considera que es «absolutamente irrelevante saber quién era Jack el destripador» y, pese a todo lo que se ha escrito al respecto, asegura que «la evidencia es muy pobre, los detalles policiales han desaparecido, y no se va a resolver un crimen de esa época basándose en periódicos». Más allá de la muerte En todo caso, el deseo de la escritora es que «no nos centremos en la muerte, sino en la vida, en quiénes eran ellas. Eliminemos la muerte y hablemos de lo que pasa a partir de ella». La suya no es solo una forma diferente de analizar lo que sucedió, sino de entender cómo funciona la sociedad actual a partir de hechos del pasado. «Estamos obsesionados con los asesinatos en serie, y a la vez todos queremos evitar ser víctimas de un asesino, pero es necesario ver más allá y tratar de entender cómo la sociedad construye a una víctima o a un asesino, y cómo afecta esta construcción al conjunto de esa sociedad». Rubenhold, que tiene otros tres libros en su haber (uno de los cuales fue adaptado para la televisión por la BBC) considera que «la invisibilidad de las mujeres es un problema». Cuando se incendió la torre de viviendas sociales Grenfell en la capital británica en junio del 2017 y murieron 71 personas -un hecho que conmocionó a toda la nación-, Hallie Rubenhold se encontraba en pleno proceso de escritura y reflexionó sobre el drama de la pobreza, de la supervivencia, de las oportunidades. «No todas las víctimas de Jack el Destripador eran prostitutas, pero sí que todas eran mujeres pobres, y eso era lo peor que podía pasarte en esa época. Y es lo peor que puede pasarte también ahora. Aún tenemos muchos de los mismos problemas que entonces», asegura. Pese a haber sido asesinadas en la zona de Whitechapel, ninguna de las mujeres era de allí. Provenían de lugares como Holborn, Knightbrige, Wolverhampton, Gales y Gotemburgo (Suecia). Cuatro de ellas rondaban los cuarenta años cuando fallecieron y una tenía veinticinco años. Amenazas Esta obra, la primera biografía acerca de las víctimas del célebre asesino, generó una enorme polémica que empezó, según la autora, ocho meses antes de ser publicada. Rubenhold asegura que ha recibido amenazas del sector de los «riperólogos» (por el nombre en inglés de «Jack the Ripper»), así como mordaces críticas en las que se le acusa de ignorar los «hechos». Para ella, que ante la pregunta de si se considera feminista responde que por supuesto -«creo en la igualdad entre hombres y mujeres»-, esas críticas vienen en parte por el hecho de ser una mujer y de haberse metido en un terreno tradicionalmente copado por los «expertos» en el famoso criminal, cuyos «egos han sido atacados». Y aunque afirma que «no tengo una agenda antes de empezar a escribir», está claro que este es un libro feminista porque «los documentos hablan del abuso que sufrían las mujeres en la época victoriana: su lugar era en la casa, no podían ganar más dinero que el hombre, su educación era algo secundario...» Rubenhold ha hecho un ejercicio de mirar «la historia que hay detrás detrás de la historia», ya que normalmente «no penetramos más allá de los grandes acontecimientos o personajes, pero la historia mas relevante es la historia de la gente común». El caso de Jack el destripador, además, tuvo como consecuencia la creación de la Asociación de la Prensa extranjera de Londres, ya que los primeros corresponsales europeos fueron enviados a cubrir la noticia a la capital británica en aquel momento. «En los 1800, como ahora, había un imperativo: vender periódicos. Y el sensacionalismo ayudaba a eso», concluyó Rubenhold. Las cinco víctimas Mary Ann Nichols (26 de agosto de 1845-31 de agosto de 1888). Conocida como «Polly», nació en una casa de 200 años en Shoe Lane, se casó y dio a luz a cinco hijos. Como otras mujeres de la época, cayó en la pobreza al separase de su marido. Annie Chapman (Septiembre de 1841-8 de septiembre de 1888). Era de clase media y había vivido en la zona de Windsor. Casada y con tres hijos, empezó a beber cuando falleció una de sus hijas. Cayó en la indigencia al separarse de su marido. Elizabeth Stride (27 de noviembre de 1843-30 de septiembre de 1888). Nació en una granja de Suecia. Aunque ejercició la prostitución durante un tiempo, no hay pruebas de que aún trabajara en ello cuando fue asesinada. Trabajó como asistenta y estuvo casada. Catherine Eddowes (14 de abril de 1842- 30 de septiembre de 1888), Era hija de un importante sindicalista de Wolverhampton. Se casó y tuvo tres hijos, pero los problemas con el alcohol acabaron por dejarle en la calle y lejos de su familia. Mary Jane Kelly (1863-9 de noviembre de 1888). Es la que fue asesinada siendo más joven y la única de la que hay pruebas de que era trabajadora sexual. De hecho, trabajó como prostituta de «clase alta» en la zona del West End. Era de buena familia y había sido educada en buenas escuelas.
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Un San Valentín de cine con 52 enamorados de la gran pantalla (Fri, 14 Feb 2020)
«El cine nos ha enseñado a amar, a besar, a mirar, a seducir y dejarnos seducir, a comportarnos frente a Cupido a niveles profundos del subconsciente, incluso de forma indirecta», comentó este jueves el coordinador del libro, David Felipe Arranz, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid, en el transcurso de la concurrida puesta de largo de «Amores de cine. Pasiones más allá del celuloide», el noveno anuario que sobre las andanzas de Cupido publica la editorial Pigmalión. Además, el filólogo y periodista vallisoletano incluó una aportación inédita sobre algunos de los libros favoritos de Marilyn Monroe: «Identificamos el ensayo sobre Goya que ella siempre tenía en la mesilla de noche: era mucho más que un sex symbol». 52 voces diferentes La velada, que contó con el director del Archivo Histórico Nacional, Juan Ramón Romero Fernández-Pacheco, y el editor Basilio Rodríguez Cañada, y que sirvió de homenaje a Patxi Andión, fue dando voz a cerca de veinte coautores de este libro multigenérico que contiene poesía, relatos, crónicas, ensayos, pequeñas piezas de teatro, etc. Pero no todo son días de vino y rosas. Para Alicia Montesquiu, «el cine nos ha provocado mucho desamor. Por eso sublimamos el cine: porque es como nos gustaría que fuese la vida», ha dicho, en relación a «La gata sobre el tejado de zinc», la película que homenajea. Por su parte, Cristina Higueras compartió sus impresiones acerca de «Los puentes de Madison», «una película que a muchas personas nos redescubrió el amor romántico». Para Rafael Gordon, «el beso es la llave que abre la puerta a un posible paraíso», y Juana Escabias citó a Jean Cocteau: «El amor es la donación de uno mismo», en relación a su modelo de amor, «entregado y auténtico». Cerró el acto Jon Andión, que leyó un poema contenido en el libro y dedicado a «Casablanca» en recuerdo de su padre. Escriben en el volumen cineastas –Jaime Chávarri, Rafael Gordon, Manuel Martín Cuenca, Víctor Matellano y Antonio Peláez–, dramaturgos –Ignacio Amestoy, Juana Escabias, Alicia Montesquiu, Juan Carlos Rubio y Pedro Víllora–, poetas –Carlos Aganzo, Jon Andión, Alberto Chessa, Diego Doncel, Raquel Lanseros, Miguel Losada, Basilio Rodríguez Cañada y Luis Antonio de Villena–, filósofos –Fernando Castro Flórez–, escritores –Jesús Alcoba, Vicente Araguas, Roberto Gil de Mares, Cristina Higueras, Ramón Jiménez Pérez, César Antonio Molina, Vicente Molina Foix, Manuel Neila, Amelia Pérez de Villar, Ernesto Pérez Zúñiga, Nery Santos, Pilar Tena, Ignacio del Valle y Bella Clara Ventura–, periodistas –Miguel Ángel del Arco, David Felipe Arranz, Guillermo Busutil, Sergi Doria, Marisol Galdón, Juan Carlos Laviana, Cristina Martín Jiménez, Miquel Molina, Javier Ors, Moisés Rodríguez y Jaime Vicente Echagüe– e investigadores de cine –Guillermo Balmori, Lucía M. Cabanelas, Juan Manuel Corral, Luis Freijo, Esperanza García Claver, Gérard Imbert, Alberto Lena y Miguel Losada–. El capítulo escrito por Lucía M. Cabanelas, redactora de ABC, explora su propio descubrimiento de la complejidad de las relaciones a través de cintas inmortales como «Vacaciones en Roma» o «Cinema Paradiso». La periodista de esta casa saltea su experiencia personal con amores imposibles, algunos felices, otros desgraciados, todos peligrosos, que alumbró Hollywood en sus décadas más doradas.
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Peridis, premio Primavera de Novela 2020 por «El corazón con que vivo» (Fri, 14 Feb 2020)
El escritor, arquitecto y dibujante José María Pérez, Peridis, ha obtenido el premio Primavera de Novela 2020 por «El corazón con que vivo», según el fallo del jurado hecho público este viernes, que destaca su apuesta por «el inmenso valor de la reconciliación». «Se trata de una novela que, a partir de un drama familiar que representa la gran tragedia que supuso la Guerra Civil, apuesta por el inmenso valor de la reconciliación», señala el jurado presidido por Carme Riera y compuesto por Antonio Soler, Gervasio Posadas, Fernando Rodríguez Lafuente y Ana Rosa Semprún. El premio Primavera de Novela, dotado con 100.000 euros, está convocado por la editorial Espasa y Ámbito Cultural de El Corte Inglés. A esta vigésimo cuarta edición se han presentado 405 originales, de ellas 191 procedentes de España, país que encabeza la lista de participantes seguido de Argentina (40) y México (37).
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Víctor García de la Concha: «Cuando te enamoras, la lengua se te queda corta» (Fri, 14 Feb 2020)
No existe el elixir de la eterna juventud, pero al menos tenemos la literatura, que resguarda la juventud en el brillo de los ojos. A Víctor García de la Concha (Villaviciosa, Asturias, 1934) se le enciende la mirada, azulísima, cuando habla de poesía, y eso a pesar de que lleva toda la vida, toda, dedicada al estudio de las letras. Con esa experiencia de académico a sus espaldas, y con una pasión que viene de más lejos aún, ha creado su particular «Breviario de amor» (Espasa), una antología en la que reúne sus 50 poemas de amor inolvidables de la literatura en español. —Afirma en el prólogo del libro que amor y poesía nacieron a la vez. ¿Cree que existiría una cosa sin la otra? —Hay poesía que no es amorosa, que no canta amores, sino otras cosas. Pero ciertamente amor y poesía van unidos. Hasta el muchacho que puede parecer más alejado de una conciencia poética, cuando se enamora la lengua se le queda corta. ¡La lengua se le queda corta! Necesita palabras distintas, frases distintas, aparte de los gestos y la entrega amorosa. Y la nuestra es una lengua riquísima para cantar el amor. —¿Por qué? —Es una lengua heredada del latín, que se heredó del griego. Por tanto, la poesía latina utiliza a los poetas griegos, y los poetas castellanos utilizan la poesía latina: Horacio, Ovidio y Virgilio están en la base de todo esto. En la poesía en su conjunto, el castellano es una lengua riquísima. Y eso sin contar con la afluencia árabe, con las jarchas árabes y también hebreas. —¿Diría que es una lengua perfecta para los románticos? —Para afrontar el amor es una lengua perfecta. Y prueba de ello es que todo este libro está lleno de semillas latinas, griegas… Nuestra lengua chupa de todas las lenguas anteriores, y esa es su riqueza. Aunque esto se descubre en el estudio... —Tiene gracia, porque el primer poema que ha escogido, el «Romance de Fonte frida», es de desamor: la historia de una viuda que rechaza a un donjuán. —Eso en la poesía amorosa es constante: el amor imposible. Garcilaso se enamora de una mujer casada, Isabel de Freire, y la canta veladamente. Fernando de Herrera se enamora también de una mujer casada... Y después está el desamor: Bécquer. Su poesía es fruto de dos grandes desengaños amorosos. El desengaño primero, de una novia que lo abandona, y el desengaño segundo, de una esposa que lo traiciona. Y Bécquer transforma todo eso, transfigura todo eso: está llorando de dolor y al mismo tiempo está creando el mundo más mágico posible, el mundo mágico de Bécquer. Y eso pasa una y otra vez hasta nuestros días. —Es como si nos inspirara más lo trágico del amor: la pérdida, la imposibilidad. —Es que eso es muy fértil para la literatura. —A veces parece que incluso más que la felicidad, que el gozo. —Gozo y dolor, ahí están juntándose. Ahí están maridándose y tejiéndose. La poesía muchas veces es el tejido de ese doble juego. —El último poema del libro es de Octavio Paz, que murió en el 98. No hay autores de este siglo. ¿No le interesa la poesía de hoy? —No lo hice por eso, lo hice por el más allá del amor. Lo hice porque el penúltimo poema que elegí, el de Neruda, tiene un final que es curioso: «Aunque este sea el último dolor que ella me causa / y estos sean los últimos versos que yo le escribo». Neruda está más allá del amor, y esto queda abierto a seguir escribiendo poesía. Es lo que después dice Octavio Paz en su poema «Más allá del amor». Él escribe al final: «Pan que inclinas la balanza del lado de la aurora, / pausa de sangre en este tiempo y otro sin medida». El poema es una pausa de sangre entre este tiempo y otro tiempo sin medida: queda siempre abierto. El amor pasará, pero siempre queda el más allá del amor. Siempre hay algo más. Es eso que yo le recordaba a mi mujer: «Envejece conmigo, lo mejor está por llegar». —En la dedicatoria del libro escribe «Omnia vincit amor» (el amor todo lo vence). ¿Es un tópico literario o una certeza vital? —Sí, sí, yo lo creo, claro. Es que es verdad. En todos estos poemas, que los hay gozosos, los hay dolorosos, los hay de un amor realizado o de un amor imposible, en todos ellos siempre queda el amor como la referencia de todo lo que uno puede vivir. Vivir y morir por ello. Pues eso se palpa en todos los poemas, aun en los más desenfadados. —¿Le ha ayudado la poesía en su vida como refugio o acicate? —Muchas veces, como me ayuda la literatura en general. —La pasión por la lectura, ¿no disminuye con los años? —Yo soy un melómano perdido, y vuelvo a oír veces y veces los mismos temas. Lo mismo me pasa con la lectura: yo leo y releo y voy encontrando cosas nuevas, nuevos matices, como en la música. Sobre todo leo estudiando, porque soy filólogo y me gusta sacarle todo el jugo al papel. —¿Y ha descubierto algo preparando esta edición? —Releyendo me encontré con «La niña de Guatemala», de José Martí. Para mí fue todo un descubrimiento, el poema y la historia que cuenta, que es rigurosamente histórica. Habla de una mujer que conoce en Guatemala, la hija de un general muy amigo de él. Tienen un affaire amoroso los dos, pero Martí se marcha a México, se casa, y más tarde vuelve con su esposa a Guatemala. Y la hija del general se suicida, se tira al río. Entonces, Martí escribe este poema, que termina así: «Callado, al oscurecer / me llamó el enterrador. / ¡Nunca más he vuelto a ver / a la que murió de amor!» Esto fue así. En el entierro de esta chica, al fondo, sin entrar en el cementerio, estaba José Martí. —Vaya... —Fue un redescubrimiento, porque a Martí lo conocía, lo había estudiado, pero este poema... —Por cierto: si pudiera resucitar a alguien para tomarse un café con él, ¿a quién escogería? —[Ríe a carcajadas] Déjeme pensar… Yo no puedo dudar. Déme dos. —Por supuesto. Dígame dos. —De tener que elegir dos, una sería Teresa de Jesús. —¿Y el otro? —Lope. —¿Por qué? —Porque logró un milagro. Porque Lope tiene esa vida amorosa absolutamente disparatada, pero escribe los poemas de arrepentimiento religioso más profundos de la poesía española. Y luego se marcha con Marta de Nevares y va a tenerla allí: la cama de Marta y al lado el altar, donde decía misa. Elegiría a Lope, a Lope... —Me ha sorprendido mucho ver a Cervantes en el libro, porque siempre se habla de él como un poeta mediocre. —Bueno, vamos a ver. Él mismo dice: «Yo que siempre me afano y me desvelo / por parecer que tengo de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo». Pero bueno, Cervantes escribió el soneto al túmulo de Felipe II en Sevilla. Ese es un poemazo. Es verdad que también es el único. El único junto con el que recojo en el libro. Pero Cervantes se merece… —Un favor y un homenaje, ¿no? —Usted lo dice. Y yo hago mía su afirmación.
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Acontecimiento sin precedentes en Francia: registran Gallimard en busca de pruebas contra Gabriel Matzneff (Thu, 13 Feb 2020)
Acontecimiento sin precedentes: la Policía judicial registró durante varias horas, la tarde del miércoles 2 de febrero, los despachos y archivos de Gallimard, la editorial más importante de Francia, en el marco de la investigación judicial abierta contra el escritor pedófilo Gabriel Matzneff, por presuntas violaciones a menores de edad. Tras el estallido del escándalo, Gallimard y otros editores rompieron sus relaciones profesionales con el escritor, acusado por una de sus antiguas víctimas, la editora Vanessa Springora, que ha publicado un libro que está causando estragos. Antoine Gallimard, el gran patrón de la editorial, declaró, en su día, que la lectura del libro de Springora le había provocado una «profunda emoción» al «descubrir» el sufrimiento de una mujer víctima, siendo niña y adolescente, de un predador sexual «glorificado» de manera muy entusiasta en los salones literarios parisinos. El Tribunal de París decidió, en su día, abrir una instrucción penal, con el fin de averiguar si han prescrito los delitos y presuntos delitos de pedofilia, lanzando un llamamiento público, pidiendo «testimonios» más o menos recientes que no hayan prescrito. La decisión de registrar con mucho aparato policial Gallimard abre un nuevo e inédito capítulo en la sombría historia del caso Matzneff, que se benefició, durante varias décadas, del silencio, complicidad y «parabienes» de la élite editorial, cultural y periodística de Francia, coreando, al unísono, las «proezas» de un escritor que libro tras libro consagró casi toda su obra a glosar y comentar sus gustos por los menores de quince años, persiguiéndolos, en muchos casos, con una rapacidad nada común. Gallimard fue el editor más prestigioso de Matzneff y su registro está relacionado con otra vertierte del caso: entre los editores que trabajan allí está un amigo íntimo del escritor pedófilo, con quien hizo numerosos viajes de turismo sexual, en Tailandia, donde frecuentaron prostíbulos de niños «alquilados» a bajo precio a «turistas» aficionados a ese tipo de «comercios». Interrogatorio Entre el personal de Gallimard, la Policía ha interrogado muy detenidamente a Christian Giudicelli, el más íntimo de los amigos y editor particular de los libros de Matzneff, su cómplice, en numerosas ocasiones, durante sus «giras» y viajes de turismo sexual pedófilo. Matzneff también contó en Gallimard con el apoyo entusiasta de un antiguo novelista de vanguardia, Philippe Sollers, reconvertido desde hace años, en «padre editorial» de escritores de muy diversa sensibilidad, no solo literaria. El registro de Gallimard no prejuzga, de ninguna manera, ningún tipo de «complicidad» ni «relación particular» entre el editor y el escritor pedófilo. Según varias fuentes concordantes, la Policía busca y espera encontrar correspondencias íntimas y textos originales que pudieron ser «expurgados» antes de su publicación.
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Antonio Gamoneda: «Me pregunto si la posguerra ha terminado, no estoy seguro» (Wed, 12 Feb 2020)
Antonio Gamoneda entró en la sala apoyado en su bastón, a paso lento, lentísimo, como arrastrando tras de sí, una por una, sus ochenta y ocho primaveras. Luego, ya sentado, se encendió: la palabra, el verbo, no tienen la misma edad que el poeta, y su lengua, aunque no tan ágil, sigue estando afilada. Amaneció combativo, reivindicativo si se quiere, y la publicación de su segundo tomo de memorias, «La pobreza» (Galaxia Gutenberg), era una coartada perfecta para sacar a pasear, sin correa, sus ideas sobre el pasado y el presente de este país. También, cómo no, sus pareceres sobre sus colegas, difuntos, de vocación. Empezó por la posguerra, que es, por otro lado, el tema vertebral de este nuevo libro acaba de ver la luz. No quiso confirmar si será el último. Habló largo y tendido de aquella «España vigilada, vaciada de cultura, vaciada de solidaridad». Entonces, dijo, se escuchaban constantemente «himnos y discursos» que describían «el triunfo de la humanidad y de varias cosas más conseguido con el final de la Guerra». Sin embargo, vivían en la «absoluta carencia»: «Había colas de varias horas al día para coger tres bollos de pan posiblemente de harina fermentada (...) Además, estábamos pendientes de si habían delatado al vecino de abajo y se lo habían llevado, o si vendrían a nuestra propia casa». Luego llegó el presente, y una afirmación controvertida: «Aún a veces me pregunto si la posguerra ha terminado, no estoy seguro». ¿Por qué? «Quizá la contestación pueda necesitar varios volúmenes. Vamos a simplificar y vamos a decir que, en algún momento de aquel vacío vigilado, nosotros esperábamos algo. (...) Es posible que aquello que esperábamos no haya sucedido todavía. Cierto que han sucedido cosas, pero quizá sustancial y existencialmente la espera no esté agotada. No se ha cumplido todavía», espetó. Y concretando: «Esperábamos un bienestar, una forma de solidaridad bien vivida que parece que no ha llegado. No sé si llegará». Antes no había ideologías porque había pobreza, pero hoy asistimos a un fenómeno distinto. «Estamos viviendo el fracaso de las ideologías. Es decir, lo que en el interior de las ideologías se llama la praxis, no es cierta. Las ideologías informan la vida en términos institucionales y en términos, digamos, de alta documentación histórica. Nuestra Constitución dice que todos los españoles tienen derecho al trabajo. ¿Cómo es posible que haya paro, este paro creciente y constante? ¿Qué es ese papel? Uno de los signos del fracaso de las ideologías», subrayó. El problema, en su opinión, es que «las democracias formales» son «el manto que cubre la dictadura económica». Al fin llegó el turno de la poesía, y ahí, claro, el multipremiado literato (en su haber tiene el Cervantes, el Reina Sofía y el Nacional de Poesía, entre otros) se despachó con libertad y sin remilgos. «En el siglo XX hay grandes poetas. Cernuda es un gran poeta. Y Vicente Aleixandre, por ejemplo. Los valoro mucho. Pero (...) los poetas auténticamente clave por su altura y por su consistencia totalmente distinta de otra especie, como si se tratara de otro metal, para mí son García Lorca y Claudio Rodríguez. Con grandes respetos para todos los demás, con méritos muy estimables». Gil de Biedma, en cambio, salió peor parado. «Hablo de él si me preguntan», arrancó. Después del interrogante, eso sí, no tuvo reparos en componer su particular «Contra Jaime Gil de Biedma». Fue un hombre «muy inteligente, muy inteligente» que «escribió poemas correctos con interés». «Su poesía era lo que era, y no era más. Además él lo sabía, por lo tanto escribió poquito. Sabía que no se podía estirar indefinidamente. No es insultar a nadie, es hacer un juicio sinceramente crítico», remató.
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Un libro reconstruye la tesis del envenenamiento de Pablo Neruda con el testimonio de su sobrino (Wed, 12 Feb 2020)
¿Murió envenenado Pablo Neruda (1904-1973) por la dictadura de Pinochet? Un libro del escritor italiano Roberto Ippolito cuestiona la versión oficial de la muerte del poeta en la clínica Santa María de Santiago de Chile, el 23 de septiembre 1973, es decir, doce días después del golpe militar de Pinochet. La hipótesis no es nueva y mucho se ha escrito sobre ello. La muerte de los grandes personajes es un género en sí mismo, a veces fuente inagotable para diversas investigaciones, como ocurre con el poeta. Neruda tenía desde hacía tiempo un tumor en la próstata, y su muerte se atribuyó a metástasis de cáncer, pero su expediente médico se perdió de la clínica. En el 2011 Manuel Araya, el que fuera asistente personal y chofer del premio Nobel, contó en una entrevista a la revista mexicana «Proceso» que Pablo Neruda le hizo desde la clínica una llamada desesperada en el corazón de la noche. En ella le dijo que había sido envenenado con una inyección realizada mientras dormía. Araya denunció que Neruda murió por la aplicación de una inyección letal en el estómago. El poeta estaba listo para expatriarse a México y continuar desde allí su apoyo a la causa comunista contra la dictadura militar. Según Araya, Neruda no se estaba grave y su traslado a la clínica Santa María desde la Isla Negra, el 19 septiembre de 1973, tuvo el propósito de escapar del asedio de los militares y esperar, en un lugar que creía seguro en Santiago de Chile, la salida del avión enviado por el gobierno del presidente mexicano Luis Echeverría para trasladarlo a México. Exhumación del cadáver En el 2013, el juez chileno Mario Carroza, ordenó la exhumación del cadáver. Sobre la base de los análisis realizados en laboratorios de genética forense, en el 2017 un grupo de dieciséis científicos declaró que Neruda no murió por la «caquexia debida al cáncer de próstata». El libro «Neruda: El príncipe de los poetas» (Ediciones B, 2015), de Mario Amorós, arroja luz sobre el caso, con declaraciones de testigos de las horas previas a la muerte del poeta, confirmando la versión del asistente y chófer Manuel Araya, según el cual Neruda fue envenenado. Ahora, el libro de Roberto Ippolito («Delito Neruda»), reconstruye la hipótesis del envenenamiento con argumentos plausibles y el testimonio de Rodolfo Reyes, sobrino de Pablo Neruda. Según Roberto Ippolito, «hay demasiadas pruebas que demuestran que su muerte fue un homicidio». Opinión contraria mantiene otro sobrino, Bernardo Reyes, escritor, quien descartó en un libro que su tío fuera asesinado y consideró esa hipótesis del envenenamiento pura especulación para suscitar clamor, calificando incluso en su día de «circo mediático» la exhumación del cadáver. En definitiva, como en otros casos análogos de grandes personajes, será difícil que emerja toda la verdad. El misterio sobre los últimos días de Pablo Neruda continuará.
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Las cartas inéditas de Vicente Aleixandre a Gregorio Prieto: «Quiéreme con todos mis defectos» (Wed, 12 Feb 2020)
Ya no escribimos cartas. Hemos renunciado a la fecunda intimidad de la hoja en blanco, bolígrafo o lápiz en mano. Ni siquiera nos entregamos a la infinitud de los correos electrónicos y cuando recibimos alguno que pasa de los dos párrafos lo leemos, como mucho, entre líneas. Pero, aunque ahora nos cueste creerlo, la correspondencia es, también, una de las bellas artes narrativas. Y de ella han dado buena cuenta, a lo largo de los años que nos preceden, todos los escritores que, de una u otra forma, han amado las palabras. Tanto que algunos llegaron a rozar en sus cartas altas cotas literarias. Es el caso de Vicente Aleixandre, el más amado –en el más amplio sentido del verbo amar– de nuestros escasos premios Nobel y, sobre todo, el que más amó. Y amor, precisamente, es lo que destilan las misivas inéditas del poeta, dirigidas al pintor Gregorio Prieto y que acaban de ver la luz en los Cuadernos de Obra Fundamental de la Fundación Banco Santander bajo el título de «Visitar todos los cielos». Editadas e introducidas por el periodista y escritor Víctor Fernández, que las rescató del Archivo Gregorio Prieto, las misivas escritas por Aleixandre abarcan casi seis décadas, de 1924 a 1981, el tiempo que se prolongó en esta España nuestra, que le hicieron cantar a Cecilia, la amistad de dos hombres que vivieron entregados al único arte verdadero, el que se inspira en la libertad de ser uno mismo. Son, además del valor o interés periodístico que deviene del manido adjetivo «inédito», un tesoro para todos los que tuvieron, un día, a Velintonia como faro literario, pues, a falta de autobiografía, este epistolario es lo más parecido a unas memorias íntimas del que fuera su morador. ¿No me creen? Lean, lean: «Tienes razón: ahogar sentimientos, impulsos, modos de ver; hablar a veces bajo un antifaz es doloroso e inocuo, es antihumano. La sociedad burguesa es cruel en su incomprensión y cuando hay que vivir en ella nunca se vive una vida de verdad, siempre hay que vivir de mentira en muchas cosas, amputado en cierto modo, constreñido a una vida íntima, en la soledad alta de uno mismo, que sea la verdadera libertad, la expresión total y exacta de uno. Se encierra uno en la soledad y dolorosamente se confiesa solo, con cuánta amargura, disonando a veces en el concierto de las voces medias». Eso le escribió Aleixandre, despojado de todo «antifaz», a Prieto en octubre de 1929. En el pintor, al que había conocido cinco años antes en la Residencia de Estudiantes, encontró a la persona adecuada, sensible y confiable, para hablar, desde aquella primera carta del 9 de octubre de 1924, de todo lo que no podía compartir con otros ilustres integrantes del 27. A quién, si no, podría confesarle: «He amado a varias mujeres en mi vida, una vez con ceguedad. Hasta hace pocos años, muy pocos, entre dos amores de esa clase, no apareció en mí el germen de contemplaciones desinteresadas y ardientes, como las que tú sientes. ¿Es un bien o es un mal? (...) Como tú, yo me prendo en bocas, ojos, sonrisas, esculturas. Como tú, amo. (...) Como tantos y tantos... Como los que cada vez serán más, porque es indudable que la futura época de salud y deporte que tanto se aproxima a una resurrección griega traerá consigo el amor a la forma humana con independencia del sexo». Confesiones A lo largo de los años, a Prieto le traslada confidencias sobre esos primeros amores. Le habla de sus lecturas de André Gide o el Quijote. Le manda versos recién alumbrados –esta edición se cierra con un apéndice con todos los poemas que le hizo llegar y que el pintor conservó como oro en paño, aunque clavados en la pared, como atestiguan las marcas de las chinchetas que conservan los originales–. Le aconseja sobre infructuosas pasiones sentimentales. Le desliza proféticos comentarios sobre el cine. Y, ante todo, le insta a vivir. Esa alegría de vivir es, de hecho, el corpus central de un epistolario que es, además, una oda a la libertad amatoria. «Amo a montones, esto es una catarata, me voy quedando en todos los ojos y a todo le hallo su núcleo, su yema esencial o meritoria que me lo hace deseable. Carnal o sólo espiritualmente», le confiesa a «Gregorito». «Viva la desnudez y la pudorosa impudicia de los cuerpos encendidos, prestos para el amor, ¿es eso digno de vergüenza?», le plantea en otra misiva de 1928. Todo ello bajo la atenta mirada de secundarios de lujo como Rafael Alberti, Dámaso Alonso, Manuel Altolaguirre o Federico García Lorca, que aparecen mencionados en las cartas sin robar plano a sus protagonistas. «Ahora está el tiempo espléndido. Algunas noches cenamos Federico y yo y otros amigos simpatiquísimos (muchachos encantadores) juntos y luego corremos por las hermosas verbenas que en las noches de Madrid resultan algo que emborracha. Lo popular es una delicia», escribe el 30 de mayo de 1932. Un año después, en estado de exaltación total, le pide a Prieto: «Quiéreme con todos mis defectos, que son infinitos, con todas mis máculas, que son incontables. Pero no me quites la seriedad de mi riesgo, la veracidad con que mi alma pasa día por día, tirándose a fondo, con los ojos cerrados». Pero la complicidad no traspasó los límites de la amistad más pura y bien entendida, que también es amor, pero de otro tipo. «El deseo no trascendió. No hubo nada entre ellos», aclara Fernández. Queda descartado, por tanto, el desengaño sentimental entre los motivos que se barajan como los causantes del distanciamiento que vivieron en los años 50. «Parece ser que hubo un malentendido, provocado seguramente por el pintor, que hizo que la relación se enfriara», explica el editor de la obra. Pese a todo –o a todos– siguieron en contacto y, aunque con menos intensidad, continuaron con la correspondencia, que se interrumpió en 1981, tres años antes de la muerte de Aleixandre. Diálogo incompleto Un diálogo que, sin embargo, nos llega ahora a medias, ya que las cartas del pintor al Nobel no han aparecido. Y eso que Fernández hasta se atrevió a llamar a la puerta de Ruth Bousoño, viuda del escritor Carlos Bousoño y procelosa custodia del archivo de Aleixandre. «Se ha mirado ahí, pero no hay nada. No se conservan copias. Durante mucho tiempo se dijo que Vicente Aleixandre destruía todas sus cartas. En la Guerra Civil, Velintonia quedó entre dos bandos y muchos documentos fueron destruidos». Ya sólo queda preguntarse por la voluntad del autor de estas 72 cartas: ¿habría querido Aleixandre que vieran la luz? Según Fernández, «había una voluntad de publicar este material». De hecho, en la última misiva de esta colección, fechada el 2 de diciembre de 1981, el poeta se muestra conocedor de la voluntad de Prieto de que protagonice uno de sus libros: «Por supuesto que cualquier texto mío, de la índole que sea (poemas, cartas y cualquier clase de escritos) será, en cada caso concreto, de acuerdo conmigo para su publicación. El libro resultará sugestivo y rico y estoy seguro de que yo seré el primero en felicitarle por él y en alegrarme de su éxito». Pero el proyecto se frustró. Retrato de Vicente Aleixandre obra de Gregorio Prieto - FUNDACIÓN GREGORIO PRIETO Prieto, amigo y retratista de la Generación del 27 Gregorio Prieto nació en 1897 en Valdepeñas (Ciudad Real), aunque con ocho años se trasladó con su familia a Madrid, donde su padre abrió un taller de ebanistería. El arte era el único menester que le interesaba al joven Prieto, que logró, pese a la oposición paterna, examinarse en la Real Academia de San Fernado. Allí empezó a estudiar, en 1915, la carrera de pintor y en Bellas Artes conoció a quienes se convertirían en sus maestros: Ramón María del Valle-Inclán y Julio Romero de Torres. Tras una primera exposición en el Ateneo, empezó a frecuentar a Baroja, Azaña... Su curiosidad, insaciable, le llevó a visitar la Residencia de Estudiantes. En la Colina de los Chopos se hizo íntimo de los del 27: Concha Méndez, Lorca, Emilio Prados, Alberti y, sobre todo, Vicente Aleixandre (sobre estas líneas, uno de los retratos que le hizo).
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Raquel Taranilla, premio Biblioteca Breve por «Noche y océano» (Mon, 10 Feb 2020)
La joven escritora barcelonesa afincada en Madrid Raquel Taranilla ha ganado este lunes el 62 premio Biblioteca Breve, dotado con 30.000 euros, con su ópera prima, «Noche y océano». La novela ganadora está protagonizada por Beatriz Silva y J.B. Quirós, ella doctora en Sociología, que da clases en la universidad y vive en Barcelona con Omega, un pez cebra, en una gran casa con porche y jardín que alquila a muy buen precio; y él, amigo de la propietaria, que aparece un día para ocupar la planta superior y que sigue la estela del cineasta expresionista alemán F.W. Murnau. El punto de partida narrativo se produce cuando Bea Silva se topa con una noticia del diario que la deja atónita: alguien ha robado el cráneo embalsamado del mítico director del cine mudo Murnau. A la presente edición, se habían presentado 936 novelas, de las cuales 843 concurrieron con sus nombres y 93 ocultos bajo seudónimo
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Muere a los 91 años el escritor Carlos Rojas (Mon, 10 Feb 2020)
El novelista catalán Carlos Rojas (Barcelona, 1928) ha muerto este domingo en Greenville, Carolina del Sur, a los 91 años, ha informado la editorial Valparaíso Ediciones este lunes en un comunicado. Rojas, autor de más de 20 novelas, obtuvo importantes reconocimientos como el Premio Nacional de Literatura (1968), el Premio Planeta (1973) y el Premio Nadal (1979). Doctor en Filosofía y Letras, Rojas, que fue lector de español en la Universidad de Glasgow (Escocia), llegó en 1957 a Estados Unidos, concretamente a Florida, donde fue profesor ayudante de español en el Rollins College. Carlos Rojas publicó su primera novela, «De barro y esperanza», en 1957, y en 1959 ganó el Premio Ciudad de Barcelona con 'El asesino de César'. En 1963, obtuvo el Premio Selecciones de Lengua Española con «La ternura del hombre invisible»; en 1968 el Nacional de Literatura con 'Auto de Fe'; y en 1973 el Planeta con su novela «Azaña», un retrato del que fue presidente de la República española. Una mirada de España Cuatro años más tarde logró el Ateneo de Sevilla con «Memorias inéditas de José Antonio Primo de Rivera», y en 1979 conquistó el Premio Nadal con «El ingenioso hidalgo y poeta Federico García Lorca asciende a los infiernos», mientras que en 1984 ganó también el premio Espejo de España con «El mundo mítico y mágico de Picasso». Después publicaría «El jardín de las Hespérides» (novela, 1988), «Yo, Goya» (ensayo, 1990), «Proceso a Godoy» (novela histórica, 1992), «Alfonso de Borbón habla con el demonio» (novela, 1995) y «¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!» (ensayo, 1995), «La vida y la época de Carlos IV» (novela histórica, 1999), «Puñeta, la Españeta» (ensayo, 2000), «Momentos estelares de la guerra de España» (ensayo, 2000), y «Diez crisis del franquismo» (ensayo, 2003). Su última novela fue «El último rey sobre la tierra», publicada por Valparaíso Ediciones en 2016, donde Rojas recorre la Europa de entreguerras para mostrar la angustia de haber nacido en otro tiempo, el drama del olvido, el abandono y la muerte.
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Margaret Atwood: «La gente con miedo es capaz de sacrificar derechos a cambio de una falsa seguridad» (Sun, 09 Feb 2020)
Los ojos escrutadores de Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939), inmensamente claros, parecen intuir el futuro. No adivinarlo, pues ella, aunque escritora de las de merecer el Nobel -por mucho que los académicos se hagan los suecos-, tiene a la ciencia como ley de vida. Predecirlo, vislumbrar lo que está por suceder. Y eso fue, precisamente, lo que hizo mediada la década de 1980, cuando escribió «El cuento de la criada». La autoritaria República de Gilead sigue siendo hoy, afortunadamente, una distopía, pero el discurrir de nuestro mundo presenta síntomas preocupantes. Tanto que, hace cuatro años, antes de que Donald Trump llegara al poder en Estados Unidos, la autora decidió volver a ponerse manos a la obra y escribir una secuela de aquella novela revivida gracias al poder de la nueva ficción, la televisiva. «Los testamentos» (Salamandra) se publicó en septiembre del año pasado con la expectación de los estrenos de Hollywood y Atwood se vio, de repente, tras toda una vida de quehacer literario, convertida en una estrella. La fama, a los 80 años, sigue siendo fama, pero se ve y se vive de otra manera. Aunque se disfrute igual, o incluso más. Luego vino el Booker y la agridulce experiencia de tener que recibirlo al tiempo que despedía a su pareja, el también escritor Graeme Gibson. Desde entonces, y pese al duelo, o quizás por él, para no tener que afrontar la soledad de una casa vacía, oscura, de luto, Atwood no ha parado. Cosas de la promoción, y de la vida... Ay. Su último destino fue Colombia, donde hace unos días participó en el Hay Festival de Cartagena de Indias. Escribir la secuela de una novela más de tres décadas después no es una tarea fácil… Me pregunto cómo se siente ahora, ¿está aliviada? La publicación fue un momento muy emocionante. ¿Cómo me siento? Bueno, no he terminado todavía. De aquí me marcho a Los Ángeles, luego voy a ir a Australia, Nueva Zelanda, Irlanda y en marzo voy a ir a España. Ah, somos afortunados, entonces (reímos). Ha reconocido que decidió escribir «Los testamentos» porque sus lectores querían, pero también para dar respuesta al mundo en el que vivimos. Los tiempos han cambiado. En la década de 1970, se consiguieron muchas cosas, las mujeres consiguieron más derechos. Escribí «El cuento de la criada» para plantear algunas preguntas... ¿Como cuáles? Como qué pasaría si en Estados Unidos hubiese un totalitarismo o una dictadura. ¿De qué tipo sería? ¿Sería comunista, se consideraría fascista? Es decir, cómo se organizaría a la gente en torno a esas ideas en Estados Unidos a diferencia de otros países. Me interesa mucho la manera en que las dictaduras y los totalitarismos evolucionan. ¿Y de dónde viene ese interés? Porque soy lo suficientemente mayor para recordar las dictaduras y los totalitarismos del siglo XX. Soy lo bastante mayor como para recordar a Mussolini, a Franco, a Salazar... Estaba viva al mismo tiempo que ellos. ¿No es escalofriante? Escribí «El cuento de la criada» para ver qué tipo de dictadura se desharía de la Constitución estadounidense, que es lo que parece que están haciendo ahora, en cualquier caso. «Me interesa mucho cómo evolucionan las dictaduras y los totalitarismos porque soy lo suficientemente mayor para recordar los del siglo XX: Mussolini, Franco, Salazar... Estaba viva al mismo tiempo que ellos» De hecho, la novela tiene una lectura bastante vigente. Son cosas que siguen pasando. Y ahora se está produciendo un mayor retroceso. En 1989 terminó la Guerra Fría y todo el mundo dijo: «Los problemas están solucionados». Luego se produjo el 11-S, que cambió toda la situación geopolítica. Después, la debacle económica, que lo cambió más. Cuando la gente tiene miedo y se siente amenazada se vuelve más conservadora y está dispuesta a sacrificar derechos a cambio de una falsa seguridad. Siempre es mentira, pero es lo que la gente piensa. Por eso optan por gente como el presidente de Brasil ahora. Así que hemos ido a peor... En la década de 1990 avanzábamos sin problemas. Luego hubo un pequeño interregno de Obama. Pero en campaña electoral los republicanos dijeron cosas muy raras, incluidas algunas muy peculiares sobre las mujeres. ¿Qué tipo de cosas? Si vas a hacer leyes sobre algo, deberías entender cómo funciona. Las leyes que planteaban sobre el cuerpo de las mujeres están basadas en ideas, no en la biología o en la verdad. Hacen afirmaciones increíbles, como que si te quedas embarazada, no es realmente una violación... «En 1989 terminó la Guerra Fría y todo el mundo decía: "Los problemas están solucionados". Luego se produjo el 11-S, que cambió toda la situación geopolítica. Después, la debacle económica, que lo cambió más» Eso es terrible. Y, además, no está basado en hechos objetivos. No es verdad. Estoy a favor de la verdad. Me gusta que las cosas se basen en la realidad y en lo que es verdad. Y eso no es verdad. Pues vivimos en la época de las «fake news»... Sí, por eso tenemos que seguir diciendo que eso no es verdad. Los republicanos dijeron esas cosas en las dos elecciones de Obama. Pero en las elecciones de 2016 esa gente se hizo con el poder y quieren llevar a cabo su programa. Empecé a escribir «Los testamentos» antes de las elecciones de 2016 porque se veía cómo iban las cosas. Ahora llevamos tres años y medio de Gobierno de Trump y no se sabe si ganará estas elecciones o no. Dependerá de los demócratas, de lo que hagan y de si se destruyen entre ellos. Bueno, parece que es justo lo que están haciendo... Lo que pasó en las últimas elecciones es que seis millones de demócratas no votaron. Si lo hubiesen hecho, sería una historia diferente, pero no lo hicieron… Por desgracia, con la tecnología es más fácil controlar a las poblaciones o mantenerlas vigiladas. Piratean sus teléfonos, los correos electrónicos... Si fuese una persona que se resistiese, no usaría ninguna de estas cosas (señala el teléfono con el que está siendo grabada nuestra conversación). «Llevamos tres años y medio de Gobierno de Trump y no se sabe si ganará estas elecciones. Dependerá de los demócratas, de lo que hagan y de si se destruyen entre ellos» Pero usted las usa. Porque no vivo en Gilead. Vivo en Canadá. No soy un cerebro de nada (ríe). ¿Cómo valora el actual movimiento feminista? El movimiento feminista es muy amplio, y dentro de él hay unos 75 tipos diferentes. Algunos probablemente no te gustarían mucho, como el que se llama «feminismo radical» y cree que sólo hay dos géneros; pero eso no es verdad, su postura se basa en algo que no es verdad. Hay que seguir insistiendo en decir la verdad. Cuando la gente dice «el movimiento feminista», siempre tiene que especificar qué tipo. El grupo con el que lanzamos el libro fue Equality Now, que trabaja en leyes, en muchos países diferentes, para hacer las cosas más igualitarias para las mujeres y las niñas en todo tipo de ámbitos: la educación, la atención sanitaria, el empleo... Son los ámbitos que me interesa apoyar. La igualdad ahora... ¿Qué significa la igualdad? ¿Cómo trasladas eso a la vida real? ¿Eso significa que tienes que orinar de pie? No. En realidad, todos los extremismos son malos, perjudiciales. Un par de cosas sobre eso. Lo primero: ¿es verdad o no es verdad? Con todo hay que ver si es verdad o no. Si no es verdad, ¿es justo actuar como si lo fuese? A veces puede que sea verdad, pero no es justo. Hay que hacerse esas dos preguntas con todo, y hay que poder contestar si es verdad o no. ¿El extremismo se basa en la verdad? Las cosas que se consideran extremismos a veces crean cambios positivos si se basan en la verdad. ¿Es verdad que hay una crisis climática? Sí. ¿Greta Thunberg es una extremista? Yo diría que no, yo diría que es una realista. Para una persona es extremismo, y para otra es realismo. Hay preguntas abiertas. ¿Dios existe? No puedes probar que Dios existe y no puedes probar que no existe. No es una cuestión demostrable. Por tanto, soy una agnóstica estricta, muy estricta. ¿Qué significa eso? Significa que no puedes proponer como una realidad algo que es una idea hasta que no se demuestre. Es curioso, porque cuando se publicó por primera vez «El cuento de la criada» algunas personas le decían que el libro era una advertencia de que el feminismo iba demasiado lejos. Sí, decían eso. «¿Qué significa la igualdad? ¿Cómo trasladas eso a la vida real? ¿Eso significa que tienes que orinar de pie? No» ¿Siguen diciéndolo? No parece que lo digan más. Dicen otras cosas peculiares, pero no esa. ¿Qué otras cosas peculiares le dicen? Lo interesante de este libro es que, sea cual sea el país al que vayas, vas a conocer a una mujer que piensa que se trata de su país. Y eso es bueno, porque es lo que pretendía. No quería ser demasiado concreta. Me dicen que se lee mucho en Irán… Mi teoría es que la posición de las mujeres empezó a deteriorarse con la aparición de la agricultura, del cultivo a gran escala de los campos, especialmente el trigo. Han desenterrado personas de la Edad de Bronce, y los hombres comían carne y trigo, pero las mujeres sólo trigo. Eso demuestra una pérdida de estatus y muestra también que surge una cultura de guerreros. Ahora nos encontramos en un periodo en el que la fuerza de la parte superior del cuerpo no es tan importante. Puedes trabajar con un teclado. No tienes que arar. No tienes que tener 14 hijos para que ayuden en la granja. El auge de las mujeres coincide con la aparición de las máquinas de escribir y los ordenadores. Una cosa que me hace mucha gracia es que los empresarios solían tener secretarias y ahora tienen que escribir ellos mismos. ¿Sabe qué?, pueden hacer eso también (ríe) En noviembre va a publicar su primera colección de poesía en más de una década. Nunca he dejado de escribir poesía. La cuestión es que he acumulado lo suficiente para hacer un libro. ¿Es muy diferente para usted escribir novelas y escribir poesía? No puedo decir que sea verdad, pero mi teoría es que interviene una parte distinta del cerebro. Creo que el lado del cerebro que tiene que ver con el tiempo presente, con las cosas visuales, las relaciones espaciales... esa parte del cerebro interviene más en la poesía, y es la parte que está más cerca de las matemáticas y de la música. La prosa narrativa y la ficción tienen más que ver con la parte que se encarga del habla. Se sabe, por ejemplo, que en algunas lesiones cerebrales, si resulta imposible hablar, se puede cantar, se puede cantar palabras. Una de las terapias para la gente que tiene tartamudeo es cantar palabras sin tartamudear. Son dos áreas distintas del cerebro. Es mi teoría, pero no sé si es verdad (ríe). Hace unos días charlaba con una buena amiga, que también es una buena escritora, y nos preguntábamos por qué es tan difícil que las mujeres ganen premios literarios. Tiene gracia que lo mencione. Hemos pensado lo mismo (ríe). En Norteamérica vamos a crear un premio de ficción sólo para mujeres, como el Orange en Inglaterra. El anuncio se hará el mes que viene. «En Norteamérica vamos a crear un premio de ficción sólo para mujeres, como el Orange en Inglaterra. El anuncio se hará el mes que viene» O sea que me ha dado una exclusiva. Sí, esa es la idea (ríe). Han realizado estadísticas sobre ello... Antes era así porque no había muchas mujeres escritoras, pero eso ha cambiado mucho. No es solo una cuestión de mujeres escritoras, sino de grupos minoritarios, de escritores indígenas. La gente es mucho más consciente de eso, pero también de la composición de los jurados. Pero no puedes caer en la trampa de decir que hay que darle el premio a esta persona porque es de un determinado género, porque eso quiere decir que el premio no se ha otorgado a la excelencia, se ha concedido por ser de un grupo. No quieres que se dé ese tipo de situación porque si no estarías en la Unión Soviética bastante rápido. Bueno, al crear un premio sólo para mujeres, evitan esa parte... Evitamos esa parte, pero no evitamos ninguna de las demás partes (ríe). Antes ha mencionado a Greta Thunberg y la ha calificado como una persona realista. ¿Qué le parece la implicación de los más jóvenes en la lucha contra el cambio climático? Estoy totalmente a favor de ellos. Son geniales. Están teniendo un cierto efecto. No se les puede ignorar, ya no se puede ignorar más este problema. Lo que pasa con estos niños es que dentro de poco van a ser votantes. No puedes ignorarles sin más. Mis padres fueron algunos de los primeros ecologistas, eran biólogos. Lo he sabido desde hace mucho tiempo. Se sabe, pero los políticos han actuado despacio debido a los grupos de presión y a los lobbies. No va a ser mi problema, quizás me equivoque, porque ocurre más rápido de lo que pensábamos, pero voy a estar muerta. Por tanto, los jóvenes van a ser una parte enorme de la solución. Esas nuevas generaciones también están muy familiarizadas con Netflix y todas las demás plataformas de «streaming» en las que consumen muchos tipos distintos de ficción. Me pregunto si la manera de contar historias ha cambiado. Sí, lo ha hecho. Los servicios de «streaming» son un elemento muy positivo para los escritores de novelas más largas, novelas que no se pueden condensar en 90 minutos sin eliminar mucho. Piense en «Guerra y paz», por ejemplo... No puedes poner eso en una película, a no ser que la aceleres. Tiene que ser tan larga como la novela para hacerlo. Por cierto, ¿ha visto la nueva versión de «Mujercitas» de Greta Gergiw? Sí y me ha encantado, es fantástica. Me encanta lo que hizo con el final. Es un truco victoriano, una novela y dos finales. Tienes esa opción, la opción de qué creer y está muy bien hecho. «Los servicios de streaming son un elemento muy positivo para los escritores de novelas largas, novelas que no se pueden condensar en 90 minutos» A sus 80 años, disfruta del éxito. Pero, ¿alguna vez temió que sus palabras no se escucharan? No he pensado en eso... Creo que la gente que realmente ejemplifica ese tipo de situación es la que vive en regímenes opresivos en los que les matarían inmediatamente si se oyesen sus palabras. Todavía se encuentran manuscritos de la Segunda Guerra Mundial de gente que escribió muy en secreto. Anna Ajmátova es el mejor ejemplo. ¿Puedes escribir en ese tipo de condiciones? Es una pregunta abierta. ¿Tus palabras tendrán algún día un lector? Porque es muy fácil que no tengan uno. Vasili Grossman escribió «Stalingrado», se publicó, pero fueron destruidas todas las copias; por suerte, un amigo tenía otra copia. Es muy arriesgado escribir en una dictadura que está decidida a suprimir todas las críticas. Hemos hablado de Trump. Todos sabemos cuál será el resultado del «impeachment» [la entrevista tuvo lugar varios días antes de la votación], pero se ha llevado a cabo. Todo el mundo lo ha sabido siempre. Tiene que verlo como una partida de ajedrez en la que juega Nancy Pelosi. No podía no presentar las acusaciones. Lo que estaba haciendo era demasiado escandaloso. Lo que han hecho ha sido poner a los republicanos bajo los focos. Por último, siento curiosidad por saber qué le preguntan los lectores ahora que tienen la secuela, que por fin han leído «Los testamentos». La pregunta que me hacen más a menudo ahora es: ¿hay esperanza para la raza humana? ¿Y la hay? Por supuesto que hay esperanza. Siempre. Eso no significa que esté justificada. Si no la tuviésemos, no nos levantaríamos por la mañana. Entonces, deberíamos actuar en función de la esperanza. Si no tienes esperanza, no haces nada. Estoy a favor de la esperanza.
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