Centenarios:

Abril, mayo y junio 2022.

Dijo Apuleyo, el escritor romano del siglo II autor de “El asno de oro”: “Uno a uno, todos somos mortales. Juntos, somos eternos.”

 

Pintura de Tamara de Lempicka

El 3 de abril de 1922 nació en Madrid el poeta español José Hierro. Siendo todavía muy joven, su familia se trasladó a Santander, ciudad en la que asistió a la escuela primaria y se prepararía para una ingeniería que el estallido de la Guerra Civil impidió que llegara a estudiar. Su primer poema, “Una bala le ha matado”, fue publicado en 1937, cuando tenía quince años, pero dos años después, al acabar la guerra, fue detenido por comunista, procesado y encarcelado durante más de cuatro años, siendo en su encierro donde comenzó a escribir de forma sistemática evocando las experiencias vividas durante la contienda: la muerte de su padre, la interrupción de los estudios o el descubrimiento, gracias a los poemas de Gerardo Diego, a quien consideraría su “padre espiritual”, de la Generación del 27. Una vez en libertad, se trasladó, “para sobrevivir”, según sus palabras, a Valencia, donde inventaría dioses para un supuesto diccionario mitológico, participaría en la fundación, junto con su amigo José Luis Hidalgo, de la revista Corcel y realizaría su primera crítica de arte sobre una pintura de Benito Ciruelos. A principio de la década de 1940 regresaría a Santander y allí compaginaría su trabajo como metalúrgico con diversos escritos para diversas revistas. Gracias a su contacto con el grupo reformista que editaba la revista Proel, publicaría su primer libro de poemas: Tierra sin nosotros (1947), que le señala como una de las voces más representativas de la poesía social junto a otros poetas como: Blas de Otero, Gabriel Celaya o Eugenio Nora. En 1947 recibe el Premio Adonais de poesía con su obra Alegría. Tres años más tarde escribe Con las piedras, con el viento, y poco después obtendría el Premio Nacional de Poesía con Quinta del 42. Ya establecido en Madrid, comienza a trabajar para Radio Nacional de España, hasta 1987, y colabora con revistas y periódicos. En 1954 edita Estatuas yacentes y en 1958 recibe el Premio de la Crítica con su poemario Cuanto sé de mí, premio que volvería a conseguir en 1965 con El libro de las alucinaciones y, entre ambos, recibiría el Premio Juan March 1959 con sus Poesías completas. El Premio Príncipe de Asturias de las Letras le llega en 1981 y en 1990 el Premio Nacional de las Letras. A partir de este momento los premios y reconocimientos le van llegando con cierta frecuencia, lo que no le impide seguir publicando nuevos poemarios y ocupar un sillón en la Real Academia Española. José Hierro falleció en Madrid el 21 de diciembre de 2002.

Las nubes

José Hierro

 

Inútilmente interrogas.
Tus ojos miran al cielo.
Buscas, mirando a las nubes,
huellas que se llevó el viento.

Buscas las manos calientes,
los rostros de los que fueron,
el círculo donde yerran
tocando sus instrumentos.

Nubes que eran ritmo, canto
sin final y sin comienzo,
campanas de espumas pálidas
volteando su secreto,

palmas de mármol, criaturas
girando al compás del tiempo,
imitándole a la vida
su perpetuo movimiento.

Inútilmente interrogas
desde tus párpados ciegos.
¿Qué haces mirando a las nubes,
José Hierro?

El 11 de abril de 1722 nació el poeta inglés Christopher Smart en la población de Shipbourne, situada en el condado de Kent, donde su padre trabajaba como mayordomo del vizconde Vane, cuya hija, Anne, fue su primer amor, aunque imposible por la distancia social que les separaba. Buen estudiante desde temprana edad, pudo matricularse en Penbroke Hall de Cambridge gracias al patrocinio de la duquesa de Cleveland. Sin embargo, durante su paso por la universidad se granjeó una merecida reputación como bebedor y jugador, lo que le ocasionó unas grandes deudas. A pesar de ello, logró licenciarse en 1742 y conseguir un puesto en el mismo centro. Poco tiempo después, contrajo matrimonio, en secreto, con Anna Marie Carnan, esto le costaría el puesto de trabajo al ser de conocimiento público. Aún así, consiguió ganar el Premio de Poesía Seaton en cuatro ocasiones sucesivas. En 1749 marchó a Londres para dedicarse a la escritura, trabajando para diversos libreros, entre ellos el padrastro de su esposa, John Newbery, escribiendo para ellos poemas humorísticos, fábulas, versos líricos y epitafios, al mismo tiempo que se posicionó como editor de la revista The Midwife. En Londres se procuró influyentes amistades, como Samuel Johnson, Oliver Goldsmith, Thomas Gray o David Garrik, que le prestaron ayuda durante sus intermitentes recaídas alcohólicas, lo que no pudo evitar el desmoronamiento de su familia, pues su esposa y sus dos hijas marcharon a Irlanda dejando a Smart viviendo con su hermana. Su mente se volvió bastante inestable, por lo que tuvo que ser confinado en varias ocasiones, tanto por locura como por sus eternas deudas. Smart cayó en una monomanía religiosa que dejó patente en su poema Himno al Ser Supremo, sobre la recuperación de un peligroso ataque de ansiedad. A pesar del desacuerdo de sus amigos ante la necesidad de ser internado, Smart se pasó un año encerrado en el Hospital de San Lucas, aunque, tras salir de éste, tuvo una nueva recaída y fue de nuevo recluido en una institución psiquiátrica durante cuatro años (1759-63), en los que escribió sus obras principales: Jubilate Agno y Canción a David. Cuando regresó a la sociedad, Smart había perdido todo contacto con su familia y, así mismo, se vio envuelto en una serie de amargos conflictos con otros periodistas que le acarrearon una mala reputación. En pleno deterioro físico y mental, Smart escribió Una traducción de los Salmos de David, además de otras traducciones de autores clásicos. En 1769 fue encarcelado por deudas en la prisión de King’s Bench, donde escribió Himnos para la diversión de los niños, un libro de versículos en los que se combinan su conocimiento de la naturaleza, su amor por Dios y su incombustible optimismo, que caracteriza toda su obra. Moriría en la prisión, poco después de concluir su última obra, el 21 de mayo de 1771.

Poema a mi gato Jeggfry

(Fagmento)

Christopher Smart

 

Porque consideraré a mi Gato Jeoffry.
Porque él es el siervo del Dios vivo debidamente y sirviéndole diariamente.
Porque a la primera mirada de la gloria de Dios en Oriente adora a su manera.
Para esto se hace enroscando su cuerpo siete veces con elegante rapidez.
Pues entonces salta para atrapar el almizcle, que es la bendición de Dios sobre su oración.
Porque se aprovecha de la broma para trabajarla.
Por haber cumplido con el deber y haber recibido la bendición, comienza a considerarse a sí mismo.
Para esto se realiza en diez grados.
Porque primero se mira las patas delanteras para ver si están limpias.
En segundo lugar, patea hacia atrás para despejar allí.
En tercer lugar, lo trabaja estirado con las patas delanteras extendidas.
En cuarto lugar, afila sus patas con madera.
En quinto lugar, se lava.
En sexto lugar, rueda sobre el lavado.
En séptimo lugar, él mismo se despulga para no ser interrumpido en el ritmo.
Por octava vez, se frota contra un poste.
En noveno lugar, busca sus instrucciones.
En décimo lugar, va en busca de alimento.

El 13 de abril de 1922 nació en Bradford, Yorkshire, el novelista inglés John Braine, en el seno de una familia católica dentro de una sociedad anglicana. Su padre trabajaba para la Bradford Corporation y su madre era bibliotecaria, pero ambos esperaban mucho de su hijo, por lo que su educación, mientras duró, fue muy buena en la escuela Thackley, donde aprobó con honores, matriculándose posteriormente en St. Bede’s Grammar School, Heaton, que abandonaría a los dieciséis años, consiguiendo la graduación por correspondencia, pues, tanto en un centro como en el otro, siempre se encontró bastante marginado, lo que influiría en su visión del mundo que dejaría patente en sus novelas, sin embargo, nunca se arrepintió de haber asistido a estos colegios, pues en ellos aprendió lo esencial de la gramática inglesa y obtuvo buenas lecciones sobre el mundo. Durante los años siguientes desempeñó diferentes trabajos: dependiente de una tienda de muebles, en una librería de segunda mano, asistente en una laboratorio farmacéutico u operario en una fábrica, también fue bibliotecario, telegrafista y, por fin, escritor independiente; mientras tanto sufrió una tuberculosis y estudió literatura, hasta que, en 1957, le llegó el éxito con Un lugar en la cumbre, lo que le permitió dedicarse por entero a la escritura. Aunque siempre había querido ser escritor, hasta ese momento solo había publicado una narración breve, algunos poemas y artículos y una obra de teatro, pero fue cuando abandonó el norte de Inglaterra el momento en que pudo escribir sobre él, pues como él mismo dijo: ”Fue como alejarse de una pintura: cuando uno está demasiado cerca, solo puede ver una colección de manchas.” Braine escribió doce novelas más antes de su muerte, acaecida el 28 de octubre de 1986, en las que reflejó sus preocupaciones por los asuntos sociales del norte de Inglaterra.

Un lugar en la cumbre

(fragmento)

John Braine



"Más tarde aprendería entre otras cosas a no comprar nunca gabardinas baratas, a quitarle las abolladuras al sombrero antes de guardarlo y a no combinar la ropa con demasiada exactitud en tono y color. Pero tenía un aspecto razonablemente bueno aquella mañana de hace diez años; todavía no había empezado a adquirir la gordura de la mediana edad y —suene o no sentimental— experimentaba una mezcla de entusiasmo y ausencia de desengaños que compensaban con creces la gabardina, el sombrero y el conjunto con apariencia de uniforme. La otra tarde me encontré con una foto mía hecha poco después de que viniera a vivir a Warley. Tenía el pelo aplastado dentro de un gorro, el cuello de la camisa no se ajustaba y el nudo de la corbata, sujeto por un espantoso alfiler con forma de daga, era demasiado pequeño. Poco importa, ya que mi cara mostraba una expresión no exactamente inocente, sino nueva. Es decir, sin estrenar por el sexo, por el dinero, por hacer amistades e influir en las personas, casi intacta de las inmundicias por las que uno está forzado a pasar para conseguir lo que quiere. Esta fue la cara que vio la señora Thompson. Había conseguido el alojamiento a través de un anuncio en el Warley Courier, así que no la había visto en mi vida. Sin embargo, incluso si no hubiera llevado aquel abrigo granate y la copia de Queen bajo el brazo por los que me dijo que la reconocería, yo habría sabido inmediatamente quién era.

El 16 de abril de 1922 nació, en Londres, el escritor británico Kingsley Amis. Novelista, poeta, crítico, ensayista y escritor de cuentos, fue muy conocido por usar el humor en sus escritos moralistas, siguiendo la tradición de Dickens, Fielding o Waugh. Amis fue hijo único de una familia tradicional de clase media que le inculcó las virtudes protestantes del ahorro, el trabajo duro y la paciencia. Durante su infancia fue un niño tímido y solitario que se refugiaba en su propio mundo, lo que le llevó a ver publicada en la revista del colegio su primera historia a la edad de once años. Ante esta capacidad del pequeño, su padre le envió a la City of London School y, posteriormente, a la Universidad de Oxford, donde fue reclutado como oficial en el Royal Corps of Aignals, siendo destinado a Bélgica, Francia y Alemania. No tuvo demasiada suerte en sus dos matrimonios, aunque del primero surgieran dos hijos (uno de ellos el también escritor Martin Amis) y una hija. En 1981 fue nombrado Comendador de la Orden del Imperio Británico y en 1990 caballero. En lo referente a su obra, Amis ya consiguió llamar positivamente la atención con su primera novela, Lucky Jim, y le identificó con el movimiento “Angry Young Men” entre los escritores británicos de clase trabajadora de la década de 1960, su protagonista, Jim Dixon, se convirtió en un símbolo de rebelión contra el stablisment y uno de los antihéroes más populares de la literatura moderna. A esta le siguieron otras tres novelas humorísticas, variaciones de la anterior: That Incertain Feeling, I Like It Here y Take a Girl Like You. Durante un tiempo se dedicó a la enseñanza y a dar charlas sobre ciencia ficción que editaría bajo el título de New Maps of Hell. Su siguiente novela trataba de un thriller de espías junto con una historia de amor, The Anti-Death League. De nuevo creó otro personaje, en este caso bastante hedonista, para su novela I Want It Now, que resultó ser una sátira de la izquierda. En sus siguientes trabajos crea una especie de James Bond: Colonel Sun, y un héroe adolescente: The Riverside Villas Murder, hasta que regresó, en cierta forma, al estilo de su inicio con una serie de novelas: Jake´s Thing, Stanley and the Women, The Alteration, Russian Hide-and-Seek, entre otras. Con The Old Devils ganó el Premio Booker 1986. Amis también escribió poesía, sin embargo, su mayor éxito lo tuvo con la novela humorística donde se puede observar cierta creatividad autodestructiva intentando retratar la naturaleza humana y su verdad universal. Kingsley Amis falleció el 22 de octubre de 1995 en Londres.

Lucky Jim

(fragmento)

Kingsley Amis



"Tras decidir que, en cualquier caso, había que afrontar el riesgo de que alguien entrase en la sala de música, Dixon avanzó a tientas en la oscuridad hasta topar con una butaca, se recostó en ella, cerró los ojos y oyó con satisfacción el sonido del coche de Welch, que arrancó y se alejó. Poco después, se sintió como si fuera a caer de espaldas, y la boca de su estómago pareció hincharse como si se dispusiera a cerrarse sobre su cabeza. Abrió los ojos de nuevo y puso su cara de máscara trágica: sí, después de todo, no había sido buena idea tomar aquella última cerveza. Se levantó y comenzó un ejercicio de saltos y levantamiento de brazos que había aprendido en las fuerzas aéreas. Quinientos saltos y levantamientos de brazos le habían ayudado a despejarse otras veces. Después de ciento ochenta, le pareció que era preferible una cabeza embotada antes que más saltitos. Era hora de moverse.
A mitad del recibidor oyó la risa de Bertrand, aunque bastante amortiguada por una puerta interpuesta. El suelo crujió a su paso mientras subía las escaleras y cruzaba el descansillo. Por algún capricho arquitectónico, a su habitación sólo podía accederse a través de un gran cuarto de baño, cuya puerta exterior intentaba abrir ahora. Nada sucedió. El baño estaba evidentemente ocupado; quizá Johns hubiese decidido bloquear la habitación reservada a quien había mancillado su revista. Dixon retrocedió un tanto, con las piernas muy separadas, y alzó las manos como un director de orquesta a punto de iniciar alguna atronadora obertura o poema sinfónico; y luego, medio director, medio boxeador, se entregó a una breve sucesión enloquecida de gestos obscenos. Justo entonces alguien abrió una puerta al otro lado del descansillo. No hubo tiempo de hacer otra cosa que adoptar la actitud de quien espera a la puerta del baño, estratagema hasta cierto punto viciada por la gabardina que todavía llevaba puesta. "

El 17 de abril de 1622 nació el poeta galés Henry Vaughan, hermano gemelo del clérigo, filósofo y alquimista Thomas Vaughan. Henry Vaughan es uno de los principales poetas religiosos del siglo XVII, junto con John Donne y George Herbert. Como corresponde a los hijos de un caballero menor, los hermanos realizaron sus primeros estudios con un tutor y posteriormente fueron enviados a Oxford, donde Henry permaneció hasta 1640, cuando partió hacia Londres con la intención de estudiar Derecho, sin embargo, lo que hizo con mayor empeño fue dedicarse a la poesía, leyendo los escritos de Ben Jonson y Thomas Randolph. Al estallar la primera guerra civil en 1642, Vaughan volvió a Gales trabajando como secretario del presidente del Tribunal Supremo hasta 1645. También por ese tiempo cortejó a Catherine Wise con quien contrajo matrimonio y a quien le dedicó diversos poemas de amor. Pero cuando se declaró la segunda guerra civil, dejó el trabajo y se enroló en el ejército realista. En 1650 editó la primera parte de Silex Scintillans donde se describe su dolor espiritual y su posterior conversión religiosa, una exposición de su maduración como hombre y como poeta, el encuentro de su propia voz acuciado por la urgencia del momento tras la derrota de su partido religioso y político. Vaughan defendía los valores de la simplicidad y la piedad rural. Aparte de esta obra, Vaughan escribió Poemas, editado en 1651; El Monte de los Olivos y Flores Solitudinis en 1654; su última obra fue Thalia Rediviva.  Vaughan falleció el 28 de abril de 1695.

El Retiro.

Henry Vaughan.

 

Felices aquellos primeros días, ¡cuando
Despuntaba en mi angelical infancia!
Antes de entender este lugar
Escogido para mi segunda carrera,
O de enseñar a mi alma que debería imaginar
Pero un pensamiento blanco, celestial;
Cuando aún no había caminado más allá
De una milla o dos de mi primer amor,
Y mirando hacia atrás (en ese corto espacio)
Podría ver un atisbo de su rostro brillante;
Cuando en una nube dorada o una flor
Mi alma que mira, moraría una hora,
Y en aquellas glorias más endebles ver
Algunas sombras de la eternidad;
Antes de que enseñé mi lengua para herir
Mi conciencia con un sonido pecaminoso,
O tener el arte negro de dispensar,
Un pecado distinto para todos los sentidos,
Pero sentir a través de todo este vestido carnal
Brotes brillantes de la eternidad.

 

¡Oh, cuánto duró el viaje de vuelta,
Y pisar de nuevo el sendero antiguo!
Que pueda una vez más llegar a ese plano,
Cuando primero dejé mi tren glorioso,
A partir de ahí el espíritu ilustrado ve
Esa ciudad con sombra de las palmeras.
Pero, ¡ah! mi alma al permanecer demasiado
Está embriagada, y se tambalea en su camino.
Algunos hombres dan un paso hacia adelante en señal de un amor,
Pero por pasos hacia atrás me movería;
Y cuando este polvo cae a la urna,
En ese estado vine, y volveré.

El 22 de abril de 1922 nació en Gonaives, Haití, el novelista y poeta haitiano Jacques Stephen Alexis. Hijo de un periodista y diplomático, su familia descendía de uno de los primeros fundadores de su país, Jean-Jacques Dessalines. Su primer trabajo literario lo realizó a los 18 años y consistía en un ensayo sobre el poeta Hamilton Garoute. Estudió medicina en París y vivió cierto tiempo en Cuba. Contrajo matrimonio con, Andree Roumer, sobrina del poeta haitiano Émile Roumer, con quien tuvo una hija y un hijo, el artista Jan-Jak II. Su primera novela, Compére Général Soleil, fue publicada en 1955 en la capital francesa. Dos años más tarde apareció Les Arbres misiciens, a la que siguieron: L’Espace d’un cillement (1959) y Romancero aux étolles (1960). Fue también un participante activo en debates sociales y políticos, formando parte del Partido del Consenso Popular, pero la dictadura de Divalier le obligó a exiliarse. En 1961 regresó a Haití, pero fue detenido en el mismo aeropuerto por miembros de los Tonton Macoute por quienes fue torturado y asesinado.

El 24 de abril de 1822 nació el poeta eslovaco Janko Král’ en la ciudad de Liptovsky Mikulás. Mientras estudiaba en el liceo de Bratislava, comenzó a escribir sus primeros poemas en checo y más tarde utilizaría el eslovaco. Estos poemas iniciales eran épicos de tema histórico, pero paulatinamente se fue interesando más por el folclore, dándose a conocer públicamente como autor de baladas y canciones que se basaban en la literatura popular, abriendo así nuevos caminos en la poesía eslovaca. Pero Král’ no se limitaba en reproducir literalmente estos cantares populares, sino que profundizaba en las motivaciones subjetivas de los mismos, introduciendo el mundo sentimental y moral del pueblo eslovaco y elevando esta lengua al nivel lírico. Además de baladas y canciones también compuso poemas de otros temas y contenidos, como sus composiciones cíclicas, utilizando una gran variedad de medios, procedimientos y formas, como: Leyendas, narraciones, monólogos, diálogos dramáticos, imágenes alegóricas, reflexiones, meditaciones o desafíos programáticos. Sus poemas suelen estar marcados por cierto pesimismo, aunque también por su sentido democrático e, incluso, algo de misticismo, situándose entre los poetas del periodo del romanticismo. Janko        Kral’ falleció el 23 de mayo de 1876 a causa de una fiebre tifoidea.

El 12 de mayo de 1922 nació en Sáenz Peña el escritor y dramaturgo argentino Marco Denevi. Su irrupción en la literatura fue con su primera novela, Rosaura a las diez, con la que ganó el Premio Kraft en 1955, convirtiéndose rápidamente en un gran éxito, siendo llevada al cine. Dos años más tarde estrenaría su primera obra dramática, Los expedientes, en el Teatro Cervantes de Buenos Aires, obteniendo con ella el Premio Nacional de Teatro. Como narrador también consiguió algunos éxitos, por ejemplo, su cuento Ceremonia secreta ganaría el Premio Life de 1960 que, igual que el anterior, sería adaptado para una película. Así mismo, ejerció el periodismo político y en 1990 fue presidente honorario del Consejo de Ciudadanos y fue nombrado miembro de la Academia Argentina de las Letras.  Denevi falleció el 12 de diciembre de 1998 en Buenos Aires.

La hormiga

Marco Denevi

 

Un día las hormigas, pueblo progresista, inventan el vegetal artificial. Es una papilla fría y con sabor a hojalata. Pero al menos las releva de la necesidad de salir fuera de los hormigueros en procura de vegetales naturales. Así se salvan del fuego, del veneno, de las nubes insecticidas. Como el número de las hormigas es una cifra que tiende constantemente a crecer, al cabo de un tiempo hay tantas hormigas bajo tierra que es preciso ampliar los hormigueros. Las galerías se expanden, se entrecruzan, terminan por confundirse en un solo Gran Hormiguero bajo la dirección de una sola Gran Hormiga. Por las dudas, las salidas al exterior son tapiadas a cal y canto. Se suceden las generaciones. Como nunca han franqueado los límites del Gran Hormiguero, incurren en el error de lógica de identificarlo con el Gran Universo. Pero cierta vez una hormiga se extravía por unos corredores en ruinas, distingue una luz lejana, unos destellos, se aproxima y descubre una boca de salida cuya clausura se ha desmoronado. Con el corazón palpitante, la hormiga sale a la superficie de la tierra. Ve una mañana. Ve un jardín. Ve tallos, hojas, yemas, brotes, pétalos, estambres, rocío. Ve una rosa amarilla. Todos sus instintos despiertan bruscamente. Se abalanza sobre las plantas y empieza a talar, a cortar y a comer. Se da un atracón. Después, relamiéndose, decide volver al Gran Hormiguero con la noticia. Busca a sus hermanas, trata de explicarles lo que ha visto, grita: “Arriba… luz… jardín… hojas… verde… flores…” Las demás hormigas no comprenden una sola palabra de aquel lenguaje delirante, creen que la hormiga ha enloquecido y la matan.

(Escrito por Pavel Vodnik un día antes de suicidarse. El texto de la fábula apareció en el número 12 de la revista Szpilki y le valió a su director, Jerzy Kott, una multa de cien znacks.)

FIN

El 20 de mayo de 1922 nació el poeta catalán Gabriel Ferrater en la ciudad tarraconense de Reus, suicidándose con barbitúricos antes de cumplir los cincuenta años el 27 de abril de 1972. Su obra poética puede parecernos corta, sin embargo, no opinamos lo mismo cuando nos enteramos que fue escrita y publicada en tan solo diez años, entre 1958 y 1968; consta de cuatro libros: Da nuces pueris, editada en 1960; Menja`t una cama en 1962; Teoría dels cossos, de 1966, y Les dones i els diez, en 1968. Así mismo, tras su uerte, se editaron varios tomos con sus ensayos, traducciones y críticas de arte. Su poesía es irónica y realista, en la que utiliza formas coloquiales y temas cotidianos, distanciándose de las formas más artificiosas de la creación contemporánea.

A media mañana
Gabriel Ferrater


El sol, el viejo sabio, va disipando
minúsculas dudas de oscuridad, dejadas
hasta ahora por resolver. Le tiemblan
un poco las manos, y temblamos
los árboles y nosotros cuando oímos
que todo minuto que pasa ha de arrancar,
brusco, una venda de sombra, y ahora el justo
caso de la luz será bien recto, y ahora
chillará la delgada desazón de la flauta
de Iblis, y lo veremos todo, y repleto
de espacios de claridad, impenetrables
como el cristal. Manifestado todo, diremos:
tú lo has querido, te lo has buscado tú, de noche,
cuando dormías sólo para despertarte
y no querías creer que la vida
se te volvería más ignorada que el sueño.

El 21 de mayo de 1922 nació en Barretos el dramaturgo brasileño Jorge Andrade, quien comenzaría su carrera cuando conoció a la actriz Cacilda Becker a los 28 años. Entró en la Escuela de Arte Dramático de la Universidad de Sâo Paulo con la idea de ser actor, sin embargo, la actriz brasileña le animó para que escribiera. Su primera obra se estrenó en 1954: A moratória, con la que logró el Premio Saci a la mejor obra brasileña de teatro. Seguidamente llegarían: Vereda de salvaçäo, Pedreira das almas y Os ossos do baräo, con la que conseguiría su mayor éxito y sería adaptada para una telenovela. Luego fue intercalando sus trabajos para el teatro con guiones para el cine y la televisión. Andrade falleció el 13 de marzo de 1984 en Säo Paulo a causa de una embolia pulmonar.

El 26 de mayo de 1822 nació el escritor francés Edmond de Goncourt, quien escribió gran parte de su obra con su hermano Jules de Goncourt (1830-1870) dentro del movimiento naturalista. Hijo de un oficial de la caballería de Napoleón y nieto de un diputado de la Asamblea Nacional de 1789, su familia se lo llevó a vivir a París donde nacería su hermano Jules. Edmond comenzó a estudiar Derecho, carrera que no pudo concluir por causas financieras de la familia, por lo que tomó un puesto de funcionario. Al morir la madre, ambos hermanos viajaron por el sur de Francia, donde dibujaron y comenzaron a llevar un diario en el que intentaban capturar los paisajes. Lo que les provocó una notable inflexión que les llevó a querer dedicarse a la escritura en lugar de a la pintura. Escribieron su primera novela: Soeur Philoméne. Ambos hermanos colaboraron en la revista L’Éclair, editada por su primo, el conde de Villedeuil, que daría lugar a Le Paris, destinada a un público más amplio. Entre 1859 y 1875 los hermanos Goncourt publicaron monografías sobre pintores del siglo XVIII, así como ensayos sobre historia social y política, al mismo tiempo que continuaban con su Diario, registrando las vidas de su círculo de amigos literarios y artísticos, entre los que se encontraban: Gustave Flaubert, Émile Zola, Guy de Maupassant y Alphonse Daudet. Durante las dos décadas siguientes publicaron con regularidad novelas y obras históricas, además de su primera obra importante de teatro: Henriette Maréchal, que fue retirada de los escenarios a causa de varios disturbios sociales. En 1869 apareció la novela Madame Gervaisais y poco después la biografía de Paul Gavarni. El año 1870 fue nefasto para Edmond, pues el 20 de junio moría su hermano Jules y poco después se declaró la guerra franco-prusiana. Durante el sitio de París por las tropas alemanas, Edmond se impuso la labor de informar sobre los horrores de la guerra y la realidad del autoengaño que suponía el sentimiento patriótico, dando lugar a los relatos realistas sobre la Comuna de París. La última etapa de la vida de Edmond estuvo dedicada por entero a la literatura, perpetuando su apellido el establecimiento de Academia Goncourt, origen de los premios literarios que perduran en la actualidad siendo entregado el primero en 1903, siete años después de la muerte del autor.  

La Comuna de París

(Fragmento)

GONCOURT

 

Año 1870

Domingo 26 de junio. —Bar-sur-Seine. Los lugares donde aún permanece mi vida de antes ya no me hablan, no me dicen nada nuevo, no me traen más que viejos recuerdos. En esta casa, donde siempre fuimos dos, me sorprendo a veces pensando en él, como si estuviera vivo, o al menos me olvido de que ha muerto; y el sonido de la campanilla me hace saltar de la silla, como si hubiese sido provocado por el retorno apresurado de Jules, preguntando a la criada al entrar: «¿Dónde está Edmond?».

Jueves 30 de junio.— Soy tan desgraciado que una emoción propia de la sensibilidad femenina flota a mi alrededor. La amable carta de la señora *** y la indescriptible ternura que me transmite a través de la persona de Jesucristo. Tengo un recuerdo del que no puedo deshacerme. Por un momento, había imaginado que jugábamos al billar. Quería distraerle, y no hacía más que atormentarle. Un día en el que el sufrimiento le impedía jugar bien, y que no hacía sino retacar, le di un pequeño golpe con el taco en los dedos. «¡Eres demasiado brutal conmigo!», me dijo. Todavía puedo escuchar el tono a la vez dulce y triste de este reproche.

Mi hermano murió en Auteil el 20 de junio (N. del A.).

3 de julio.— Un relato bélico. El capitán de navío Bourbonne contaba ayer que en una batería de Sebastopol había un cañón que tenía una rueda que giraba mal por culpa del retroceso de la pieza en cada tiro, así que le ordenó a un soldado de Marina que desmontara la pieza y engrasara la rueda. Como no había grasa por allí, el soldado, sin decir una palabra cogió un hacha, partió con ella el cráneo de un muerto todavía caliente, cogió su cerebro con sus propias manos, y colocó sin más el cerebro del muerto sobre el cojinete de la rueda.

El 30 de mayo de 1922 nació en Somerville, Estados Unidos, el escritor de ciencia ficción Hal Clement. Profesor de química en a Academia Milton, formó parte del grupo de autores elegidos por la revista Astounding, donde publicaría su primer relato en 1942 titulado Proof. Sus novelas y relatos se caracterizan por la seriedad y verosimilitud de las cuestiones científicas que en ellas se plantean, sin dejar por ello de ser entretenidas y amenas, considerándose sus obras ideales para la divulgación de la ciencia, considerándose a Mission of Gravity como su mejor novela.

El 22 de junio de 1922 falleció el poeta ruso Velimir Jlébnikov, habiendo nacido el 29 de octubre de 1885. Componente del movimiento futurista ruso, fue amigo de Vasily Kamensky, David Burliuk y Vladimir Mayakovsky, siendo considerado entre sus contemporáneos como “el poeta de los poetas”. Además de poesía escribió cuentos, ensayos sobre futurología y teatro. A pesar de haber apoyado la Revolución Rusa de 1917 y haber compartido sus ideas utópicas, sus obras fueron duramente criticadas por los dirigentes soviéticos por no ajustarse al realismo socialista. En sus últimos años de vida se interesó por las culturas antiguas de oriente y por la mitología eslava.

El hambre

Velimir Jlebnikov

 

¿Por qué saltan por el bosque liebres y venados,
y se alejan corriendo?
La gente se ha comido la corteza de los álamos,
de los abetos los brotes verdes...
Mujeres y niños recorren el bosque,
las hojas de abedules van juntando
copas de abetos y líquen plateado,
selvático alimento.
Los niños, exploradores de la selva,
deambulan por la espesura,
asan gusanos blancos en una hoguera,
flores silvestres, gruesas orugas,
o grandes arañas, más dulces que las nueces.
Cazan topos, lagartijas grises,
matan con flechas culebras sibilantes,
cocinan panes de atriplex,
y mira cómo persiguen
mariposas por el hambre.
Ya una bolsa entera han juntado.
Hoy habrá sopa de mariposas,
mamá la cocinará.
A una liebre que recorre
el bosque a saltos leves
la miran los niños como en sueños,
como una visión del mundo claro
la observan embelesados
con grandes ojos, santos de hambre,
sin creer que sea cierto.

Pero huye como ágil fantasma,
negra la punta de su oreja entre los pinos.
Lanzan una flecha que no la alcanza;
¡es tarde,
se esfumó la comida abundante!
Pero los niños quedaron encantados...
“¡Miren, ahí voló la mariposa!...
¡Agárrenla y corran! ¡Y esa, celeste!...”
Sombrío, el bosque. Llegó corriendo el lobo
desde lejos
al lugar donde el año pasado
devoró un cordero.
Mucho tiempo dio vueltas como un trompo,
sus lados curvos, olfateando todo el lugar,
pero nada había quedado —trabajo de las hormigas—
solo unas secas pezuñas;
afligido, apretó las costillas grumosas
y huyó del bosque.
Gallos lira cejirrojos y urogallos
de vientre gris,
dormidos bajo la nieve,
aplastará con su pesada pata,
cubierto por una nube de nieve...
Un rojizo zorro vaporoso
se trepó a un tocón como una meta
y quedó pensando, afligido:
¿No es mejor ser un perro? 
¿No es mejor servir al hombre?
Hay muchísimas redes extendidas,
acuéstate en cualquiera.
Es peligroso, te comerán
como se comieron a los perros.
Y el zorro empieza a lavarse con las patas,
cubierto por el rojo velamen de su cola.
Una ardilla rezongaba:
“¿Dónde están mis nueces y bellotas?
¡No soy una santa, también tengo hambre!”
Silencio.
El aire es transparente.
El pino y el álamo se besan.
Quizás mañana los talen para el desayuno.

El 25 de junio de 1822 murió en Berlín el escritor, compositor y pintor alemán Ernst Theodor Amadeus Hoffmann, más conocido como E.T.A. Hoffmann, habiendo nacido el 24 de enero de 1776 en Königsberg, Prusia. Hoffmann es mundialmente conocido por sus historias sobre personajes sobrenaturales y siniestros mediante las que revela los aspectos trágicos o grotescos de la naturaleza humana. Hoffmann fue criado por un tío a causa de la desestructuración de su familia. Estudió Derecho convirtiéndose en funcionario destinado en las provincias polacas hasta la derrota de Prusia a manos de Napoleón en 1806. Posteriormente se dedicó a la música ocupando varios puestos como director y crítico en las ciudades de Bamberg y Dresde. En 1811 compuso el ballet Arlequín y la ópera Undine además de escribir varios cuentos que ya le dieron una buena reputación como escritor. En 1814 fue nombrado miembro del tribunal de apelación de Berlín de cuyo sueldo viviría a pesar de escribir, durante ese tiempo, dos novelas, más de cincuenta cuentos y una gran cantidad de piezas musicales, combinando en sus obras los productos de su imaginación con las experiencias vividas y sus análisis psicológicos humanos, de esta forma, en sus historias se mezclan las atmósferas extrañas y misteriosas de sus espectros y autómatas con imágenes realistas y cotidianas. Su uso de la fantasía va desde los cuantos de hadas hasta historias sugestivas de lo macabro y sobrenatural, sirviendo por ello como inspiración a muchos compositores de ópera como: Richard Wagner, Paul Hindemith o Jacques Offenbach, así como para compositores de ballet: el Coppélia de Léo Delibes o El cascanueces de Tchaikovsky.

Historia de fantasmas

E.T.A. Hoffmann

 

Cipriano se puso de pie y empezó a pasear, según costumbre, siempre que su ser estaba embargado por algo muy importante y trataba de expresarse ordenadamente, y recorrió la habitación de un extremo a otro.

Los amigos se sonrieron en silencio. Se podía leer en sus miradas: «¡Qué cosas tan fantásticas vamos a oír!» Cipriano se sentó y empezó así:

-Ya saben que hace algún tiempo, después de la última campaña, me hallaba en las posesiones del Coronel de P… El Coronel era un hombre alegre y jovial, así como su esposa era la tranquilidad y la ingenuidad en persona.

Mientras yo permanecía allí, el hijo se encontraba en la armada, de modo que la familia se componía del matrimonio, de dos hijas y de una francesa que desempeñaba el cargo de una especie de gobernanta, no obstante estar las jóvenes fuera de la edad de ser gobernadas. La mayor era tan alegre y tan viva que rayaba en el desenfreno, no carente de espíritu; pero apenas podía dar cinco pasos sin danzar tres contradanzas, así como en la conversación saltaba de un tema a otro, infatigable en su actividad. Yo mismo presencié cómo en el espacio de diez minutos hizo punto… leyó…, cantó…, bailó, y que en un momento lloró por el pobre primo que había quedado en el campo de batalla y aún con lágrimas en los ojos prorrumpió en una sonora carcajada, cuando la francesa echó sin querer la dosis de rapé en el hocico del faldero, que al punto comenzó a estornudar, y la vieja a lamentarse: «Ah, che fatalità! Ah carino, poverino!» Acostumbraba a hablar al susodicho faldero sólo en italiano, pues era oriundo de Padua.

Por lo demás, la señorita era la rubia más encantadora que podía imaginarse, y en todos sus extraños caprichos dominaba la amabilidad y la gracia, de manera que ejercía una fascinación irresistible, como sin querer. La hermana más joven, que se llamaba Adelgunda, ofrecía el ejemplo contrario. En vano trato de buscar palabras para expresarles el efecto maravilloso que causó en mí esta criatura la primera vez que la vi. Imaginen la figura más bella y el semblante más hermoso. Aunque una palidez mortal cubría sus mejillas, y su cuerpo se movía suavemente, despacio, con acompasado andar, y cuando una palabra apenas musitada salía de sus labios entreabiertos y resonaba en el amplio salón, se sentía uno estremecido por un miedo fantasmal.

Pronto me sobrepuse a esta sensación de terror, y como pudiese entablar conversación con esta muchacha tan reservada, llegué a la conclusión de que lo raro y lo fantasmagórico de su figura sólo residía en su aspecto, que no dejaba traslucir lo más mínimo de su interior. De lo poco que habló la joven se dejaba traslucir una dulce feminidad, un gran sentido común y un carácter amable. No había huella de tensión alguna, así como la sonrisa dolorosa y la mirada empañada de lágrimas no eran síntoma de ninguna enfermedad física que pudiera influir en el carácter de esta delicada criatura.

Me resultó muy chocante que toda la familia, incluso la vieja francesa, parecían inquietarse en cuanto la joven hablaba con alguien, y trataban de interrumpir la conversación, y, a veces, de manera muy forzada. Lo más raro era que, en cuanto daban las ocho de la noche, la joven primero era advertida por la francesa y luego por su madre, por su hermana y por su padre, para que se retirase a su habitación, igual que se envía a un niño a la cama, para que no se canse, deseándole que duerma bien. La francesa la acompañaba, de modo que ambas nunca estaban a la cena que se servía a las nueve en punto.

La Coronela, dándose cuenta de mi asombro, se anticipó a mis preguntas, advirtiéndome que Adelgunda estaba delicada, y que sobre todo al atardecer y a eso de las nueve se veía atacada de fiebre y que el médico había dictaminado que hacia esta hora, indefectiblemente, fuera a reposar.

Yo sospeché que había otros motivos, aunque no tenía la menor idea. Hasta hoy no he sabido la relación horrible de cosas y acontecimientos que destruyó de un modo tan tremendo el círculo feliz de esta pequeña familia.

Adelgunda era la más alegre y la más juvenil criatura que darse pueda. Se celebraba su catorce cumpleaños, y fueron invitadas una serie de compañeras suyas de juego. Estaban sentadas en un bello bosquecillo del jardín del palacio y bromeaban y se reían, ajenas a que iba oscureciendo cada vez más, a que las escondidas brisas de julio comenzaban a soplar y que se acababa la diversión. En la mágica penumbra del atardecer empezaron a bailar extrañas danzas, tratando de fingirse elfos y ágiles duendes: «Óiganme -gritó Adelgunda, cuando acabó por hacerse de noche en el boscaje-, óiganme, niñas, ahora voy a aparecerme como la mujer vestida de blanco, de la que nos ha contado tantas cosas el viejo jardinero que murió. Pero tienen que venir conmigo hasta el final del jardín, donde está el muro.» Nada más decir esto, se envolvió en su chal blanco y se deslizó ligerísima a través del follaje, y las niñas echaron a correr detrás de ella, riéndose y bromeando. Pero, apenas hubo llegado Adelgunda al arco medio caído se quedó petrificada y todos sus miembros paralizados. El reloj del palacio tocó las nueve: «¿No ven -exclamó Adelgunda con el tono apagado y cavernoso del mayor espanto-, no ven nada…, la figura… que está delante de mí? ¡Jesús! Extiende la mano hacia mí… ¿no la ven?»

Las niñas no veían lo más mínimo, pero todas se quedaron sobrecogidas por el miedo y el terror. Echaron a correr, hasta que una que parecía la más valiente saltó hacia Adelgunda y trató de cogerla en sus brazos. Pero en el mismo instante Adelgunda se desplomó como muerta. A los gritos despavoridos de las niñas, todos los del palacio salieron apresuradamente. Cogieron a Adelgunda y la metieron dentro. Despertó al fin de su desmayo y refirió temblando que, apenas entró bajo el arco, vio ante ella una figura aérea, envuelta como en niebla, que le alargaba la mano.

Como es natural, se atribuyó la aparición a la extraña confusión que produce la luz del anochecer. Adelgunda se recobró la misma noche, de tal modo, que no se temieron consecuencias algunas, y se dio el asunto por terminado. ¡Y, sin embargo, qué diferente fue! A la noche siguiente, apenas dieron las nueve campanadas, Adelgunda, presa de terror, en mitad de los amigos que la rodeaban, empezó a gritar: «¡Ahí está, ahí está! ¿No la ven? ¡Ahí está, enfrente de mí!»

Baste saber que desde aquella desgraciada noche, apenas sonaban las nueve, Adelgunda volvía a afirmar que la figura estaba delante de ella y permanecía algunos segundos, sin que nadie pudiese ver lo más mínimo, o por alguna sensación psíquica pudiese percibir la proximidad de un desconocido principio espiritual.

La pobre Adelgunda fue tenida por loca, y la familia se avergonzó, por un extraño absurdo, del estado de la hija, de la hermana. De ahí aquel raro proceder, al que ya he hecho alusión. No faltaron médicos ni medios para librar a la pobre niña de una idea fija, que así llamaban a la aparición, pero todo fue en vano, hasta que ella pidió, entre abundantes lágrimas, que la dejasen, pues la figura que se le aparecía con rasgos inciertos e irreconocibles, no tenía nada de terrorífico, y no le producía ya miedo; incluso tras cada aparición tenía la sensación de que en su interior se despojase de ideas y flotase como incorpórea, debido a lo cual padecía gran cansancio y se sentía enferma. Finalmente, la Coronela trabó conocimiento con un célebre médico, que estaba en el apogeo de su fama, por curar a los locos de manera sumamente artera (mediante ardides muy ingeniosos). Cuando la Coronela le confesó lo que le sucedía a la pobre Adelgunda, el médico se rio mucho y afirmó que no había nada más fácil que curar esta clase de locura, que tenía su base en una imaginación sobreexcitada. La idea de la aparición del fantasma estaba unida al toque de las nueve campanadas, de forma que la fuerza interior del espíritu no podía separarlo, y se trataba de romper desde fuera esta unión. Esto era muy fácil, engañando a la joven con el tiempo y dejando que transcurriesen las nueve, sin que ella se enterase. Si el fantasma no aparecía, ella misma se daría cuenta de que era una alucinación y, posteriormente, mediante medios físicos fortalecedores, se lograría la curación completa.

¡Se llevó a efecto el desdichado consejo! Aquella noche se atrasaron una hora todos los relojes del palacio, incluso el reloj cuyas campanadas resonaban sordamente, para que Adelgunda, cuando se levantase al día siguiente, se equivocase en una hora. Llegó la noche. La pequeña familia, como de costumbre, se hallaba reunida en un cuartito alegremente adornado, sin la compañía de extraños. La Coronela procuraba contar algo divertido, el Coronel empezaba, según costumbre cuando estaba de buen humor, a gastar bromas a la vieja francesa, ayudado por Augusta, la mayor de las señoritas. Todos reían y estaban alegres como nunca.

El reloj de pared dio las ocho (y eran las nueve) y, pálida como la muerte, casi se desvaneció Adelgunda en su butaca… ¡la labor cayó de sus manos! Se levantó, entonces, el tenor reflejado en su semblante, y mirando fijamente el espacio vacío de la habitación, murmuró apagadamente con voz cavernosa: «¿Cómo? ¿Una hora antes? ¡Ah! ¿No lo ven? ¿No lo ven? ¡Está frente a mí, justo frente a mí!» Todos se estremecieron de horror, pero como nadie viese nada, gritó la Coronela: «¡Adelgunda! ¡Repórtate! No es nada, es un fantasma de tu mente, un juego de tu imaginación, que te engaña, no vemos nada, absolutamente nada. Si hubiera una figura ante ti, ¿acaso no la veríamos nosotros?… ¡Repórtate, Adelgunda, repórtate!» «¡Oh, Dios…! ¡Oh, Dios mío -suspiró Adelgunda-, van a volverme loca! ¡Miren, extiende hacia mí el brazo, se acerca… y me hace señas!» Y como inconsciente, con la mirada fija e inmóvil, Adelgunda se volvió, cogió un plato pequeño que por casualidad estaba en la mesa, lo levantó en el aire y lo dejó… y el plato, como transportado por una mano invisible, circuló lentamente en torno a los presentes y fue a depositarse de nuevo en la mesa.

La Coronela y Augusta sufrieron un profundo desmayo, al que siguió un ataque de nervios. El Coronel se rehízo, pero pudo verse en su aspecto trastornado el efecto profundo e intenso que le hizo aquel inexplicable fenómeno.

La vieja francesa, puesta de rodillas, con el rostro hacia tierra, rezando, quedó libre como Adelgunda, de todas las funestas consecuencias. Poco tiempo después la Coronela murió. Augusta se sobrepuso a la enfermedad, pero hubiera sido mejor que muriese antes de quedar en el estado actual. Ella, que era la juventud en persona, como ya les describí al principio, se sumió en un estado de locura tal que me parece todavía más horrible y espeluznante que aquellos que están dominados por una idea fija. Se imaginó que ella era aquel fantasma incorpóreo e invisible de Adelgunda, y rehuía a todos los seres humanos, o se escondía en cuanto alguien comenzaba a hablar o a moverse. Apenas se atrevía a respirar, pues creía firmemente que de aquel modo descubría su presencia y podía causar la muerte a cualquiera. Le abrían la puerta, le daban la comida, que escondía al tomarla, y así, ocultamente, hacía con todo. ¿Puede darse algo más penoso?

El Coronel, desesperado y furioso, se alistó en la nueva campaña de guerra. Murió en la batalla victoriosa de W… Es notable, muy notable, que desde aquella noche fatal, Adelgunda quedó libre del fantasma. Se dedica por entero a cuidar a su hermana enferma, y la vieja francesa la ayuda en esta tarea. Según me ha dicho hoy Silvestre, el tío de las pobres niñas, acaba de llegar para consultar con nuestro buen R… acerca del método curativo que debe emplearse con Augusta. ¡Quiera el Cielo facilitar esta improbable curación!

Cipriano calló y también los amigos permanecieron en silencio. Finalmente, Lotario exclamó: «¡Esta sí que es una condenada historia de fantasmas! ¡Pero no puedo negar que estoy temblando, a pesar de que todo el asunto del plato volante me parece infantil y de mal gusto!» «No tanto -interrumpió Ottomar-, no tanto, ¡querido Lotario! Bien sabes lo que pienso acerca de las historias de fantasmas, bien sabes que estoy en contra de todos los visionarios.»

FIN

El 29 de junio de 1922 nació en Grebenac (Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos), actual Serbia, el poeta Vasko Popa. Poeta modernista al que se le atribuye la liberación de la poesía yugoslava de las formas tradicionales en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial, en la que combatió con los partisanos, al lado de Tito, siendo recluido por los alemanes en un campo de concentración. Su poesía es concreta, ricamente asociativa, fantástica, a menudo grotesca. Los temas universales como: vida, muerte, destino o amor, se transmiten a través de un estilo escueto y económico que se enriquece con las imágenes de la historia popular serbia. Popa murió el 8 de enero de 1991.

El triángulo sabio

Vasko Popa

 

Había una vez un triángulo
Tenía tres lados
Escondía el cuarto
En su ardiente centro

De día escalaba sus tres cumbres
Y admiraba su centro
De noche reposaba
En uno de sus tres ángulos

Al alba contemplaba cómo sus tres lados
Convertidos en tres ruedas ardientes
Se perdían en el azul sin retorno

Sacaba su cuarto lado
Lo besaba y quebraba tres veces
Para ocultarlo de nuevo en el viejo lugar

Y otra vez tenía tres lados

Y de nuevo escalaba de día
Sus tres cumbres
Y admiraba su centro
Y de noche reposaba
En uno de sus tres ángulos

Gracias por leernos...

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