Centenarios:

Julio, agosto y septiembre 2021.

A diferencia del dinero, el tiempo no puede ahorrarse para aprovecharlo en otro momento.

Denis Waitley

 

Pintura de Rob Gonsalves

Siete son los autores, de ambos sexos, de quienes se conmemoran los centenarios de sus nacimientos en este mes de julio: cuatrocientos años del escritor francés Jean de la Fonataine, la escritora danesa Leonora Christina y el poeta polaco Jan Andrzej Morsztyn; trescientos del poeta alemán Johan Nikolaus Götz; doscientos del poeta y dramaturgo rumano Vasile Alecsandri, y cien del poeta español Miguel Labordeta y de la escritora chilena Alicia Moret.

Jean de La Fontaine es mundialmente conocido por sus fábulas cuyos personajes suelen ser animales. Nacido en la provincia de Champaña, concretamente en la comuna de Château-Thierry, el 8 de julio de 1621, pasó su infancia en contacto directo con la naturaleza, pues su padre ocupaba un puesto en el gobierno como administrador de recursos forestales e hídricos, y entre aquellos exuberantes bosques y verdes campos se empapó de la esencia de un mundo natural que posteriormente daría mucho juego en sus obras. Así mismo, su espíritu onírico, su alegre vitalidad y su curiosidad por las cosas, junto con su afán de conocimiento, le condujeron a ser un voraz lector. A la edad de veinte años decidió estudiar para el sacerdocio, sin embargo, pronto abandonó esta actividad tras dieciocho meses enfrascado en recovecos teologales para dedicarse al estudio de las leyes. Con veintiséis años, su padre le transfirió su puesto oficial y le concertó una boda con una jovencita de catorce años de familia acomodada, matrimonio que resultó ser un desastre, separándose la pareja once años más tarde. Durante este período, La Fontaine vivió como un diletante, pues mientras en el trabajo se mostraba desganado y ocioso, llevándole a vender el cargo que su padre le había dejado, en la lectura  empleó gran parte de su tiempo, dedicándose tanto a autores antiguos como a modernos, especialmente los poetas François Malherbe y Vincent Voiture, François Rabelais, y los escritores latinos Horacio, Virgilio o Terencio. La Fontaine comenzó a escribir cuando ya llevaba mediados los treinta años, algo que resultaba relativamente tardío para las costumbres de su época. A lo largo de su carrera como hombre de letras siempre confió en la generosidad de sus mecenas. Su primer benefactor fue el ministro de finanzas de Luis XIV, Nicolas Fouquet, para quien escribió obras como Adonis y Le Songe de Vaux, pero cuando Fouquet cayó en desgracia, acusado de apropiarse de fondos estatales, La Fontaine lo defendió con lealtad buscando la indulgencia real, lo que le granjeó la enemistad duradera del rey y nunca recibió una pensión del gobierno, retrasándose, así mismo, su elección a la Academia Francesa. Durante este periodo oscuro pudo mantenerse gracias al apoyo de la poderosa familia Bouillon y, más tarde, por la dedicación de la duquesa viuda de Orleans. Tenía por entonces cuarenta años y no era un autor popular ni muy conocido, por lo que decidió dar un cambio y dejar de escribir obras idílicas para recurrir a géneros más populares, como cuentos y fábulas. Publicó sus primeros cuentos, al estilo de Boccaccio y Ariosto, en 1665, los cuales se convirtieron en un éxito inmediato, apareciendo sucesivas colecciones en los años siguientes, Así mismo, comenzó a publicar aquellas obras en las que se basa su fama: las Fábulas. La primera colección apareció en 1668, cuando tenía cuarenta y siete años; la segunda, diez años después; y la última colección, en 1694, un año antes de su muerte. El éxito de las Fábulas colocó a La Fontaine a la vanguardia de los escritores franceses y, en 1684, a pesar de la ya mencionada oposición del rey, finalmente fue elegido miembro de la Academia Francesa. En 1695, mientras asistía a una obra de teatro, La Fontaine enfermó y fue llevado a la casa de unos amigos, donde murió varios días después.

FÁBULA IV

Los dos mulos

de Jean de La Fontaine

 

Dos mulos de trabajo caminaban

contentos con su respectiva carga,

la del uno, aunque grande, era de avena,

así que no le daba mucha pena,

más chica la del otro compañero

pues de los impuestos era el dinero,

así que, sabedor de tal riqueza,

soportaba muy erguida la cabeza,

y por nada del mundo consentía

que le mitigasen de la fatiga.

A cada paso sonaba el cencerro,

cuando, de pronto, del vecino cerro,

aparecieron algunos ladrones

dispuestos a llevarse los doblones.

Sobre el mulo del fisco se arrojaron

y, por defenderse, lo maltrataron.

Entonces dijo este, en tono afligido:

“¡Esto no parece lo prometido!”

Y mirando al otro: “Y tú, afortunado,

¿cómo de tal peligro te has librado

sin heridas mientras yo aquí perezco?”

“Con gran pesar, mucho te compadezco

– replicó el otro, -“camarada y amigo,

pero mira muy bien lo que te digo;

que no siempre tener un alto empleo

ventajas acarrea, y ahora veo

que si tú, como yo, servido hubieras

a un pobre campesino, no te vieras

ahora en el suelo tan mal tendido,

y tan lleno de congoja y molido.”  

Leonora Christina Ulfeldt, nacida el 8 de julio de 1621, en el Palacio de Frederiksborg, en Hillerod, Dinamarca, era hija del rey Christian IV y de su segunda esposa Kirsten Munk, perteneciente a una familia noble de rango inferior, ante lo que este matrimonio se declaró morganático y, por lo tanto, los hijos habidos de esta unión (nada menos que doce) no podían ostentar el título de herederos al trono, así que Ulfeldt tuvo que contentarse con ser Condesa de Schleswig-Holstein. A la edad de nueve años fue comprometida con el intendente Corfitz Ulfeldt, celebrándose el matrimonio seis años más tarde. A pesar de ser casi tan fecunda como su madre, pues tuvo diez hijos, también tuvo tiempo para estudiar idiomas, pintura y música, además de escribir obras en prosa donde se describen, entre otras cosas, la boda del rey Karl Gustav en 1654, el viaje de Leonora Christina a Korsør para buscar la reconciliación con el rey Federico III en 1656 y su defensa de Ulfeldt contra las acusaciones de traición contra el rey sueco en Malmö en 1659. Y es que su marido, mientras ella se dedicaba a los estudios y la crianza de sus vástagos, se empeñaba en labrarse una brillante y peligrosa carrera en la corte llegando a senescal que, sin embargo, debido a sus posibles trapicheos y corruptelas, caería en desgracia, por lo que se vieron obligados a mudarse al reino de Suecia en previsión de posibles consecuencias. Aunque poco les duró la tranquilidad, pues parece que el bueno de Ulfeldt volvió a las andadas, ahora en la corte de acogida, así que no les quedó más remedio que desandar el camino y regresar a Copenhague, donde, naturalmente, fueron capturados por orden de su hermanastro, el nuevo rey, Federico III, siendo encarcelados en la fortaleza de Hammershus, situada en la isla de Bornholm. Tras ser liberados en 1661, a cambio de la confiscación de sus bienes, marcharon a Brandegurgo donde a su marido no se le ocurrió otra cosa que conspirar para derrocar a Federico III quien, enterado de la traición, montó en cólera y le condenó a muerte in absentia. Ulfeldt y sus hijos lograron escapar, pero Leonora Christina fue arrestada en Dover y encarcelada en la Torre Azul, acusada de complicidad en la traición de su esposo. Nunca fue sentenciada, aún así permaneció encarcelada durante veintidós años. En la Torre Azul, escribió una autobiografía en francés, Jammers Minde, considerada un punto culminante de la historia literaria danesa, la cual circuló en transcripciones hasta que se imprimió por primera vez en 1869. Jammers Minde es un relato conmovedor de su persona y un autorretrato audaz y pulcramente escrito. Leonora Christina falleció a la edad de 76 años en el convento de Maribo, Dinamarca, el 16 de marzo de 1698.

Götz Johann Nikolaus fue un poeta alemán nacido en Worms el 9 de julio de 1721. Estudió teología en Halle, donde conoció a los poetas Johann WL Gleim y Johann Peter Uz, trabajó durante algunos años como capellán militar y luego ocupó varios otros cargos eclesiásticos. Los escritos de Götz consisten en una serie de letras breves y varias traducciones, de las cuales la mejor es una interpretación de Anacreonte. Sus composiciones originales son ligeras, vivas y chispeantes, y están animadas más por el ingenio francés que por la profundidad del sentimiento alemán. El más conocido de sus poemas es Die Mädcheninsel, una elegía que recibió la cálida aprobación de Federico II de Prusia, más conocido como Federico el Grande. Götz murió en Winterburg el 4 de noviembre de 1781.

Miguel Labordeta Subías nació en Zaragoza, la misma ciudad donde moriría, tan solo 48 años más tarde, el 16 de julio de 1921. Hermano mayor del también escritor, cantautor y político José Antonio Labordeta, fue un celebrado poeta de la generación de posguerra española. Parece ser que era una persona bastante enigmática y controvertida, pues podía resultar depresivo y divertido al mismo tiempo, características que se reflejan en sus poemas donde se intuye una rebeldía innata y permanentes contradicciones, posicionándose con frecuencia a contracorriente de los gustos de su época. Apasionado de la literatura, no fue, sin embargo un buen estudiante en su juventud, durante la que le tocó sufrir las miserias y crueldades de la Guerra Civil. Estudió Filosofía y Letras en Madrid, pero no tardó en volver a su tierra donde se incorporó al colegio en el que había impartido clases su padre. Se integró en la tertulias del café Niké y fundó la Oficina Poética Internacional (OPI) además de la revista Despacho literario junto con Antonio Fernández Molina. Sin embargo, nunca dejó de ser un solitario melancólico y un hombre tímido en los asuntos del amor. En 1948 publicó Sumido 25, y en los dos años siguientes aparecieron Violento idílico y Transeúnte central; en 1955 estrenó Oficina de horizonte, su primera obra de teatro; en 1961 se editó Epilírica y en el año de su muerte Los soliloquios.

Mataos

de Miguel Labordeta Subías

Mataos,
pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna.

Si vuestra rabia es fuego que devora al cielo
y en vuestras almohadas crecen las pistolas:
destruíos, aniquilaos, ensangrentad
con ojos desgarrados los acumulados cementerios
que bajo la luna de tantas cosas callan,
pero dejad tranquilo al campesino
que cante en la mañana
el azul nutritivo de los soles.

Invadid con vuestro traqueteo
los talleres, los navíos, las universidades,
las oficinas espectrales donde tanta gente languidece,
triturad toda rosa hallada; al noble pensativo,
preparad las bombas de fósforo y las nupcias del agua con la muerte
que han de aplastar a las dulces muchachas paseantes,
en esta misma hora que sonríe
por una desconocida ciudad de provincias,
pero dejad tranquilo al joven estudiante
que lleva en su corazón un estímulo secreto.

Inundad los periódicos, las radios, los cines, las tribunas
de entelequias, estructuras incompatibles,
pero dejad tranquilo al obrero que fumando un pitillo
ríe con los amigos en aquel bar de la esquina.

Asesinaos si así lo deseáis,
exterminaos vosotros: los teorizantes de ambas cercas
que jamás asiríais un fusil de bravura,
pero dejad tranquilo a ese hombre tan bueno y tan vulgar
que con su mujer pasea en los económicos atardeceres.

Aplastaos, pero, vosotros,
los inquisitoriales azuzadores de la matanza,
los implacables dogmáticos de estrechez mentecata,
los monstruosos depositarios de la enorme Gran Estafa,
los opulentos energúmenos que en alza favorable de cotizaciones
preparáis la trituración de los sueños modestos
bajo un hacha de martirios inútiles.

Pisotead mi sepulcro también,
os lo permito, si así lo deseáis inclusive y todo,
aventad mis cenizas gratuitamente
si consideráis que mi voz de la calle no se acomoda a vuestros fines suculentos,
pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna,
al campesino que nos suda la harina y el aceite,
al joven estudiante con su llave de oro,
al obrero en su ocio ganado fumándose un pitillo,
y al hombre gris que coge los tranvías
con su gabán roído a las seis de la tarde.

Esperan otra cosa.
Los parieron sus madres para vivir con todos,
y entre todos aspiran a vivir, tan sólo esto,
y de ellos ha de crecer, si surge,
una raza de hombres con puñales de amor inverosímil,
hacia otras aventuras más hermosas.

Vasile Alecsandri, nacido el 14 de junio de 1821 en Bacâu, en su época formando parte de Moldavia y ahora de Rumania, y fallecido el 22 de agosto de 1890, Mircesti, Rumanía, fue un poeta lírico y dramaturgo, considerado el primer coleccionista de canciones populares rumanas que se interesó por enfatizar sus valores estéticos y, así mismo, se le considera un líder del movimiento por la unión de los principados rumanos. Educado en un internado para niños en Iasi, posteriormente marchó a París para estudiar alguna carrera universitaria, pero tras varias frustradas incursiones en la química, la medicina y el derecho, decidió dedicarse a lo que realmente le apasionaba, la literatura. Durante la década de 1840 estuvo comprometido con la causa revolucionaria rumana, participando activamente en el Teatro Nacional de Iasi y editando revistas literarias y culturales. En 1844 publicó su primera colección de canciones populares. En 1853 aparecería en París su colección de poemas líricos y en 1868 publicó sus poemas descriptivos de paisajes. Fue el creador de la comedia social rumana, aunque sus mayores logros en el teatro serían sus dramas poéticos. Entre 1859 y 1860 desempeñó el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores, en el que trabajó activamente por el reconocimiento internacional de los Principados Unidos de Rumanía.

Jan Andrzej Morsztyn nació cerca de la localidad polaca de Sandornierz el 24 de junio de 1621. Miembro de la nobleza polaca y lituana, se convirtió en líder de la oposición durante el reinado de John III Sobieski, un agente del rey francés Luis XIV en Polonia, y finalmente, como conde de Châteauvillain, un emigrado en Francia. Su interés por la literatura lo llevó a traducir poesía y teatro italiano y francés al polaco. A lo largo de su vida escribió poemas breves, cartas rimadas a amigos y epigramas ingeniosos, todos reunidos en dos colecciones publicadas, por primera vez, en el siglo XIX. Morsztyn falleció el 8 de enero de 1693 en Châteauvillain, Francia.

Alicia Morel fue una escritora chilena nacida en Santiago el 26 de julio de 1921. Ávida lectora, comenzó su carrera literaria con un libro de poemas, sin embargo, ante la preferencia de sus hijos, se dedicó al mundo de los cuentos infantiles. En 1940 publicó su primera novela, Juan, Juanilla y Abuela. Entre 1954 y 1957 trabajó como libretista de programas radiofónicos para niños en la Radio Chilena y Radio Cooperativa Vitalicia. Entre su obra literaria se encuentras varios libros de poesía, novelas, cuentos, traducciones y otras diversas publicaciones. Alicia falleció, a los 95 años, el 1 de marzo de 2017.

La extraña vecina

(Aventuras del Duende Melodía)

                                               un cuento de Alicia Morel

Una mañana, muy temprano, el Duende Melodía se paseaba inquieto frente a su casa. Tirándose de la barba, murmuraba con preocupación:

—¿Y si la nueva vecina es una bruja…?

Acompañaban al Duende en su paseo, la Torcaza y la Ranita.

—¿Y si la nueva vecina es una bruja…? —repetían.

La causa de tanta intranquilidad era el nuevo hongo que había aparecido junto al que le servía de casa al Duende. Es sabido que en las callampas habitan seres mágicos. Nadie podía adivinar si en la que venía saliendo habitaba una bruja, un hada o algún otro duende.

La Torcaza decidió consultar al señor Tordo, profesor del bosque. En el nido, el Tordo tenía una vieja enciclopedia. Tratando de parecer culta, la Torcaza preguntó en verso:

—Señor Tordo negro,
me alegro de verlo.
¿Podría decirnos
si el nuevo vecino
será alguna bruja
o algún duende fino?

El Tordo abrió la enciclopedia y, después de dar vuelta muchas páginas, contestó:

—Crecerá la callampa,
crecerá, crecerá…
y este nuevo vecino
¿quién será, quién será?

La Torcaza se sintió muy informada y voló a contarle a su amiga lo que había averiguado. Después de escuchar con atención el anuncio del Tordo, la Ranita comentó haciendo girar sus ojos:

—Eso que ha dicho el Tordo, si no estuviera en verso, sería una gran tontería.

Las dos, una volando y la otra saltando, se acercaron a mirar la nueva callampa.

—¿Qué será, qué será? —se preguntaban en secreto.

El Duende Melodía hablaba y suspiraba de puros nervios:

—Si me toca de vecino un duende peleador, tendré que mudarme. Si en el hongo nuevo viene una bruja, tendré que arrancar ligero, sin llevarme ni siquiera una muda de ropa. Ay, ¿dónde encontraré otro hongo tan lindo como este, con techo rojo y con chimenea chueca? Ay, ay…

En esto, se oyó un fuerte crujido y en la nueva callampa se abrió una puerta como un resorte. Todos lanzaron un grito, pero luego se quedaron mudos al ver salir un par de zapatos viejos, unas chancletas que huían saltando entre las hierbas. De atrás apareció una viejecita que chillaba:

—¡Atajen mis zapatos, ay, no puedo correr a pie desnudo!

El Duende alcanzó los zapatos antes de que se perdieran de vista y se los pasó a la extraña vecina, que se los puso dando suspiros de alivio.

—¡Qué felicidad! Ahora puedo caminar, bailar, brincar.

Y todo esto iba haciendo la viejecita con una agilidad increíble. El Duende la miró un rato y se presentó delicadamente:

—Respetable señora, yo soy el Duende Melodía y vivo en la callampa del lado.

—Y yo soy la bruja Picarona y vivo en la callampa de ningún lado, ji ji.

El Duende, la Ranita y la Torcaza dieron un salto atrás.

—¡Picarona y bruja! ¡Qué horror! —gimió el Duende.

—¡Qué horror! —repitieron las otras dos.

—Yo no soy bruja, soy una brujita y hay una gran diferencia —corrigió Picarona.

Diciendo esto, se metió en su casa y cerró la puerta. Antes de que nadie alcanzara a respirar, la nueva callampa empezó a dar vueltas y como tornillo se hundió en la tierra limpiamente. Todos lanzaron otro grito, pero tuvieron que tragárselo, porque la callampa apareció un poco más allá, junto a unas flores. La brujita salió con una regadera y se puso a echar agua a las plantas murmurando:

—Corrí la casa más acá porque me gustan mucho las flores.

—Si le gustan las flores, es buena —exclamó el Duende con alivio—. Pero si le gusta la música, es perfecta.

Sacó de su bolsillo la flauta con que solía encantar sus tardes. A los primeros compases, la brujita dejó la regadera, se metió en. la casa y con callampa y todo se trasladó con suma ligereza, esta vez por encima de la tierra, hacia el lugar donde sonaba la música.

Se puso a bailar locamente, lo que alegró tanto al Duende, que improvisó rondas, polcas, valses y otros ritmos modernos. La Ranita y la Torcaza se entusiasmaron; mientras una daba bote sobre su panza, la otra aleteaba como remolino. El Duende tocó hasta que Picarona cayó sentada al suelo.

—¡Usted es buena! ¡Le gustan las flores y la música! —gritó el Duende.

—No, no soy buena, lo que pasa es que estoy recién nacida —contestó la brujita.

La Torcaza y la Ranita se toparon ala con pata, mientras comentaban riendo:

—Dice que es recién nacida y parece una vieja, requetevieja. Debe ser porque es bruja.

Picarona pidió más música:

—¡Quiero seguir bailando hasta la medianoche! —gritó.

Pero entonces las chancletas crujieron y de un tirón se salieron de los pies de la extraña vecina, huyendo entre las malezas a grandes trancos mientras se quejaban:

—Estamos cansados, ya no damos más, no queremos estar en los pies de esta bruja.

Llamando a sus zapatos con desesperación, la brujita echó a correr detrás de ellos hasta perderse de vista. Ante el asombro de todos, partió también, muy apurada, la nueva callampa.

Largo rato, el Duende, la Ranita y la Torcaza esperaron que Picarona regresara. Cuando oscureció, cada uno se fue a su casa, desilusionado.

Hasta el día de hoy, la brujita no ha vuelto ni se ha sabido de ella. La Torcaza consultó al Tordo y solo pudo saber lo siguiente:

—Volverá la brujita,
volverá, volverá,
pero el día que vuelva
¿cuál será, cuál será?

La Torcaza y la Ranita se sintieron satisfechas con estas sabias y esperanzadas palabras. Pero el Duende Melodía no quedó muy tranquilo, porque tener de vecina a una bruja o a una brujita es de todas maneras inquietante.

Por eso despierta temprano y revisa los alrededores, temiendo que aparezca la callampa corredora, o que se oigan los crujidos de los viejos zapatos de Picarona.

FIN

Gracias por leernos...

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