Centenarios:

Julio, agosto y septiembre 2021.

“La distinción entre pasado, presente y futuro es sólo una ilusión obstinadamente persistente”. (Albert Einstein).

 

Pintura de Rob Gonsalves

Diez son los centenarios del mes de septiembre de 2021, aunque en realidad aquí aparecen once ya que tuvimos el imperdonable olvido de conmemorar el nacimiento de Fernando Fernán-Gómez, el cual tuvo lugar el día 28 del mes de agosto. Pero nunca es tarde si la dicha es grande.

Fernando Fernández Gómez, más conocido como Fernando Fernán-Gómez, nació el 28 de agosto de 1921 en Lima, la capital de Perú, donde su madre, la actriz Carola Fernández-Gómez, estaba realizando una gira con la compañía de María Guerrero, pero al poco tiempo es traído a Madrid por su abuela, y allí cursó todos sus estudios, desde primaria a universitarios de Filosofía y Letras, los cuales abandonó para dedicarse al teatro, comenzando en la compañía de Laura Pinillos, allá por 1938, donde se hizo amigo de Enrique Jardiel Poncela protagonizando varias de sus obras de teatro. En 1943, con la película Cristina Guzmán, dirigida por Gonzalo Delgrás, se dio a conocer en el mundo del cine e inicio su larga y fecunda carrera cinematográfica, durante la que trabajó a las órdenes de directores tan destacados como: Edgar Neville, Carlos Saura, Mario Camús, Víctor Erice, Ricardo Franco, Manuel Gutiérrez Aragón, Jaime de Armiñán, Gonzalo Suárez, Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga, José Luis Garcí, Pedro Almodóvar, Imanol Uribe, José Luis Cuerda, Gutiérrez Aragón o Fernando Trueba. Actuó en cientos de películas, tanto para salas como para televisión, en series y obras de teatro. Así mismo, también fue director, guionista y escritor, en cuya faceta destacaremos las novelas: “El viaje a ninguna parte”, “El mar y el tiempo”, “El vendedor de naranjas” o “El mal amor”; como dramaturgo podemos nombrar obras como: “Las bicicletas son para el verano”, “La coartada”, “Los domingos, bacanal” o “El pícaro”, así como un libro de memorias: “El tiempo amarillo”. Su larga vida dedicada al arte fue jalonada con muchos y prestigiosos premios: Oso de Plata al Mejor Actor en el Festival de Berlín por su interpretación en la película “El anacoreta y Stico”; Goya al Mejor Director y Mejor Guionista, además de Goya al Mejor Actor, por su película “Mambrú se fue a la guerra”; Premio Nacional Lope de Vega por su obra “Las bicicletas son para el verano”; Premio Nacional de Teatro 1985; Premio Nacional de Cinematografía 1989; Premio Príncipe de Asturias de las Artes 1995; Oso de Honor del Festival de Berlín a toda su trayectoria; Medalla de Oro de la Academia de las Artes y, tras su muerte, acaecida el 21 de noviembre de 2007 en Madrid, la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, otorgada por el Gobierno Español.

 

Fernando Fernán Gómez poseía una mordacidad feroz y sin complejos y no le importaba en absoluto no ser políticamente correcto, veamos algunos ejemplos con varias de sus aforismos:

  • “El periodista debe escribir a gran velocidad porque si no corre el riesgo de que, al llegar al último renglón, ya no tenga actualidad el primero”.
  •  
  • “Hombre claro, según en lo que haya que creer, si hay que creer en el paraíso de Mahoma pues a mí me gustaría ser creyente (…) Esto es como decir en la vida real, le voy a explicar a usted una cosa: Los imbéciles no sufren, ¿a usted no le gustaría ser imbécil? Pues claro, qué duda cabe, si usted me dice que los imbéciles no sufren, pues encantao de ser imbécil. Pues a mí me parece que es exactamente lo mismo”.
  •  
  • “En España no solo funcionan mal los que mandan, sino también los que obedecen”.
  •  
  • ¿La amistad entre un hombre y una mujer? Sí, la entiendo, mientras no sea yo el amigo”.
  •  
  • “Me retiré del teatro porque los espectadores me molestaban”.
  •  
  • “Mi proyecto vital ha sido vivir de rentas, pero no lo he logrado”.
  •  
  • “Quizá con el paso de los años sea peor, cada vez más agrio, Pero, desde luego, fama de simpático no la he tenido nunca y actitudes de simpático no las he adoptado nunca”.

Willem Frederik Hermans nació el 1 de septiembre de 1921 en Amsterdam, Países Bajos, en cuya universidad estudió Geografía, obteniendo el doctorado en 1955 y siendo nombrado profesor de la Universidad de Groningen en 1958, de donde dimitió para instalarse en París y dedicarse a la escritura. Comenzó con la poesía, a la que siguieron ensayos y novelas. Su primera novela fue Conserve, de 1947. El tema básico de su obra se basa en su visión del mundo y de la literatura, ambas, para él, giran alrededor del caos, dentro del cual, el ser humano pretende descubrir la verdad y el orden en una constante persecución de la propia identidad y del significado de las cosas. Esta forma de pensar tan complicada le crea una imagen controvertida de su persona y no se libra de alguna que otra demanda por sus trabajos, aunque parece ser que de todas salió victorioso. No era un hombre al que le agradasen los premios, por lo que solía rechazar todos los que le otorgaban. Hermans murió el 27 de abril de 1995 en la ciudad de Utrecht. Entre su extensa obra destacaremos las colecciones de cuentos: “Voluntad y malentendidos”, “El último fumador” y “Paranoia”; las novelas: “Siempre tengo la razón”, “La casa preservada”, “El cuarto oscuro de Demokles”, “Nunca vuelvas a dormir” o “Entre profesores”, y de sus ensayos: “Un universo sádico”.

 

El cuarto oscuro de Damocles (fragmento)
WillemFrederikHermans



"La agarró por el pelo, sabiendo que le hacía daño; poniéndose de puntillas, la besó para impedir que su boca le dijera: «No me creo ni una palabra de lo que me dices, porque sé quién soy, y sospecho quién eres tú». («No lo sé seguro», pensó Osewoudt, «a veces suceden las cosas más extrañas, quizá me siga queriendo, pero no es probable, una vez acabada la guerra ya no sucederán este tipo de cosas. No podré seguir tiñéndome el pelo de negro eternamente, y aunque lo hiciera nunca llegaría a ser un hombre como Dorbeck. Me parezco a él, pero no del todo.»)


Le asaltó una visión fantasmal: eran tiempos de paz, en algún lugar lejano él se paseaba de la mano de Marianne y se topaban con Dorbeck. Sin ni siquiera despedirse de él, Marianne se marchaba con Dorbeck y lo abandonaba, sin volver la vista atrás, bueno, una vez, sólo para gritarle, sin separarse de Dorbeck: «Sabía cómo era el hombre que buscaba. Perdona que por un momento llegara a pensar que eras tú. ¿Cómo es que te pareces tanto al verdadero sin serlo en realidad? Es culpa tuya. Aunque fui yo quien te tiñó el pelo de negro, te perfeccioné para asemejarte a la imagen que tenía en mi mente. ¿Qué queda de ti ahora que tu pelo ya no es negro? Una rata desteñida».

O, peor aún, una noche, mientras se dirigía a una cita con ella, él sufriría un accidente que le impediría llegar a tiempo. Por casualidad. Marianne se toparía con Dorbeck a la hora en que había quedado con Osewoudt. NO se daría cuenta del cambio, pero diría: «Esta noche te quiero más de lo que nunca te he querido». Y cuando, por fin, él la encontrara, ella le diría: «Ahora lo entiendo, eres un embustero, siempre te has hecho pasar por otro». "

Carmen Laforet nació el 6 de septiembre en Barcelona. A los dos años de edad marchó con su familia a Canarias, pero regresó con dieciocho para estudiar Filosofía y Letras, además de Derecho, aunque no concluyó ninguna de las dos carreras abandonándolas con la intención de dedicarse a la escritura, para lo que se trasladó a vivir a Madrid, donde conoció al periodista y crítico literario Manuel Cerezales, con quien contrajo matrimonio y tuvo cinco hijos. En 1944 ganó la primera edición del Premio Nadal con su novela “Nada”, una obra sorprendentemente madura de realismo existencial si tenemos en cuenta que Carmen tenía tan sólo 23 años. En 1952 publicó “La Isla y los Demonios” y tres años más tarde “La mujer nueva”. En 1965 viajó a Estados Unidos donde inició su amistad con Ramón J, Sénder, de este viaje surgiría su ensayo “Mi primer viaje a USA” (1981). En 1970 se separó de su marido, cayendo en una depresión que le fue apartando paulatinamente de la vida social. Carmen fue una maravillosa excepción en la España de posguerra, tanto por su voz en medio de tanto silencio, como por el hecho de ser una voz de mujer en una época en la que ellas estaban destinadas al ámbito del hogar. Durante su vida recibió diversos premios y reconocimientos, entre los que podemos destacar el Premio Nadal por  “Nada”, como ya hemos informado anteriormente, una de las novelas más traducidas de la literatura en castellano, el Premio Fastenrath de 1948 o el Premio Menorca de Novela de 1955. En sus últimos años de vida Carmen también fue presa de las garras del Alzheimer, falleciendo en Madrid el 28 de febrero de 2004.

 

Nada (Primera parte. Capítulo I - fragmento)

Carmen Laforet

 

Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado, y no me esperaba nadie.

 

Era la primera vez que viajaba sola, pero no estaba asustada; por el contrario, me parecía una aventura agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche. La sangre, después del viaje largo y cansado, me empezaba a circular en las piernas entumecidas y con una sonrisa de asombro miraba la gran Estación de Francia y los grupos que estaban esperando el expreso y los que llegábamos con tres horas de retraso.

 

El olor especial, el gran rumor de la gente, las luces siempre tristes, tenían para mí un gran encanto, ya que envolvía todas mis impresiones en la maravilla de haber llegado por fin a una ciudad grande, adorada en mis sueños por desconocida.

 

Empecé a seguir –una gota entre la corriente- el rumbo de la masa humana que, cargada de maletas, se volcaba en la salida. Mi equipaje era un maletón muy pesado -porque estaba casi lleno de libros- y lo llevaba yo misma con toda la fuerza de mi juventud y de mi ansiosa expectación.

 

Un aire marino, pesado y fresco, entró en mis pulmones con la primera sensación confusa de la ciudad: una masa de casas dormidas, de establecimientos cerrados, de faroles como centinelas borrachos de soledad. Una respiración grande, dificultosa, venía con el cuchicheo de la madrugada. Muy cerca, a mi espalda, enfrente de las callejuelas misteriosas que conducen al Borne, sobre mi corazón excitado, estaba el mar.

 

Debía parecer una figura extraña con mi aspecto risueño y mi viejo abrigo que, a impulsos de la brisa, me azotaba las piernas, defendiendo mi maleta, desconfiada de los obsequiosos “camàlics”.

 

Recuerdo que, en pocos minutos, me quedé sola en la gran acera, porque la gente corría a coger los escasos taxis o luchaba por arracimarse en el tranvía.

 

Uno de esos viejos coches de caballos que han vuelto a surgir después de la guerra se detuvo delante de mí y lo tomé sin titubear, causando la envidia de un señor que se lanzaba detrás de él desesperado, agitando el sombrero.

 

Corrí aquella noche, en el desvencijado vehículo, por anchas calles vacías y atravesé el corazón de la ciudad lleno de luz a toda hora, como yo quería que estuviese, en un viaje que me pareció corto y que para mí se cargaba de belleza.

 

El coche dio la vuelta a la plaza de la Universidad y recuerdo que el bello edificio me conmovió con un grave saludo de bienvenida.

 

Enfilamos la calle Aribau, donde vivían mis parientes, con sus plátanos llenos aquel octubre de espeso verdor y su silencio vívido de mil almas detrás de los balcones apagados. Las ruedas del coche levantaban una estela de ruido, que repercutía en mi cerebro. De improviso sentí crujir y balancearse todo el armatoste. Luego quedó inmóvil-

 

-Aquí es- dijo el cochero.

 

Levanté la cabeza hacia la casa frente a la cual estábamos. Filas de balcones se sucedían iguales con su hierro oscuro, guardando el secreto de las viviendas. Los miré y no pude adivinar cuáles serían aquellos a los que en adelante yo me asomaría. Con la mano un poco temblorosa di unas monedas al vigilante, y cuando él cerró el portal detrás de mí, con un gran temblor de hierros y cristales, comencé a subir muy despacio la escalera, cargada con mi maleta.

 

Todo empezaba a ser extraño en mi imaginación; los estrechos y desgastados escalones de mosaico, iluminados por la luz eléctrica, no tenían cabida en mi recuerdo.

 

Ante la puerta del piso me acometió un súbito temor de despertar a aquellas personas desconocidas que eran para mí, al fin y al cabo, mis parientes y estuve un rato titubeando antes de iniciar una tímida llamada a la que nadie contestó. Se empezaron a apretar los latidos de mi corazón y oprimí de nuevo el timbre. Oí una voz temblona:

 

“¡Ya va! ¡Ya va!”

 

Unos pies arrastrándose y unas manos torpes descorrieron cerrojos.

 

Luego, me pareció todo una pesadilla.

Franciszek Zablocki falleció el 10 de septiembre de 1821 en la localidad polaca de Konskowola. Habiendo nacido en el Vaivodato de Vodinia, Polonia, Zvlocki fue un dramaturgo muy celebrado por sus sátiras y comedias. Descendiente de una antigua familia aristocrática, se dedicó por entero a la literatura, traduciendo muchas comedias francesas o escribiendo las suyas propias, normalmente centradas en temas de su tierra. El inicio de su carrera lo realizó publicando sus trabajos en una delas revistas literarias tan en moda durante la Ilustración. Su primera comedia fue leída ante el rey Stanislaw August, durante una de las muchas fiestas literarias que se celebraban en palacio, y el rey quedó tan encantado que le otorgó una condecoración. Tras ese momento, Zablocki escribió muchas comedias que tuvieron bastante éxito, sin embargo, en la última parte de su vida, se convirtió en sacerdote y dejó de escribir.

StanislawLem nació en Leópolis, entonces bajo dominio polaco, el 12 de septiembre de 1921. Aunque su familia era acomodada, vivió una época bastante convulsa durante su infancia y juventud a causa de las sucesivas ocupaciones de su tierra por los soviéticos y los alemanes, debiendo abandonar sus estudios de medicina que no retomaría hasta finalizar la Segunda Guerra Mundial y el desplazamiento de toda la familia a Cracovia. Su carrera literaria dio comienzo con publicaciones periódicas en diversas revistas: poemas, relatos y su primera novela de ciencia ficción en entregas: “El hombre de Marte”. Gracias a su amplitud de conocimientos, se convirtió en un filósofo en busca de la sabiduría universal, lo que caracterizó bastante sus futuros trabajos. Con su primera novela, “El hospital de la transfiguración”, ya tuvo bastantes problemas para poder editarla a causa de la censura por sus planteamientos éticos que en ella aparecían y que serían el constante en su obra. Desde 1947 hasta 1950 trabajó en el Conservatorio Científico, pero tras el cierre de esta institución, pasó por momentos difíciles, los cuales pudo superar gracias al inesperado éxito de su libro “Los astronautas”. En 1953 se casó con la radióloga Barbara Lesniak y su hijo Tomasz nació en 1968. Dedicado ya plenamente a la escritura, Lem vivió varios años entre Berlín y Viena, hasta 1988 que regresó a Cracovia. En sus trabajos, Lem prevé el desarrollo de la tecnología y las consecuencias que puede acarrear para las sociedades futuras, analizando las paradojas que surgen dentro del progreso social. Así mismo, reflexiona sobre la existencia y la naturaleza de Dios o la posibilidad de comunicarse con posibles extraterrestres. El mundo presentado en las obras de Lem difiere de las otras novelas de ciencia ficción típicas porque él no lo presentaba como un hecho notable sino como elementos de una futura normalidad.Lem escribió gran cantidad de novelas, artículos y relatos, destacando entre todas: “Solaris”, “Ciberiada”, “Vuelo perfecto”, “La voz de su amo” o “La fiebre del heno”. Falleció en Cracovia el 27 de marzo de 2006.

 

Cómo se salvó el mundo

StanislawLem

 

En cierta ocasión, el constructor Trurl fabricó una máquina que sabía hacer todas las cosas cuyo nombre empezaba con la letra ene. Cuando ya la tuvo lista, le ordenó, para probarla, que fabricara unas navajas, que las metiera en neceseres de nácar y que las tirara en una nansa rodeada de neblina y llena de nenúfares, nécoras y nísperos. La máquina cumplió el encargo sin titubear, pero Trurl, todavía no del todo seguro de su funcionamiento, le dio la orden de fabricar sucesivamente nimbos, natillas, neutrones, néctares, narices, narigueras, ninfas y natrium. La máquina no supo hacer esto último y Trurl, muy disgustado, le exigió una explicación de ese fallo.

–No sé de qué se trata –se justificó la máquina–. Nunca he oído esa palabra.

–¿Qué dices? ¡Pero si es sodio! Un metal, un elemento…

–Si se llama sodio, empieza con s y yo sólo sé hacer lo que empieza con n.

–Pero en latín se llama natrium.

–Amigo Trurl –dijo la máquina–, si yo supiese hacer todas las cosas que empiezan con n en todas las lenguas posibles, sería una Máquina Que Lo Sabe Hacer Todo en El Alfabeto Entero, porque no hay cosa cuyo nombre no empiece con n en alguna de las lenguas del mundo. ¡Hasta aquí podríamos llegar! ¡No puedo ser más sabia de lo que tú mismo habías programado! Del sodio, ni hablar.

–Está bien –accedió Trurl, y le mandó hacer una nebulosa. La hizo enseguida, no muy grande, pero muy nebular. Entonces Trurl invitó a su casa a Clapaucio y le mostró la máquina, cuyas extraordinarias cualidades y aptitudes alabó y ensalzó tanto, que finalmente Clapaucio se puso nervioso sin que se le notara y pidió permiso para hacer él también algún encargo a la máquina.

–Con mucho gusto –dijo Trurl–, pero la cosa tiene que empezar con n.

–¿Con n? –dijo Clapaucio–. De acuerdo. Que haga todas las Nociones Científicas.

La máquina rugió y la plaza delante de la casa de Trurl se llenó en un momento de una muchedumbre de científicos que discutían, se pegaban, escribían en unos libros gruesos, otros les quitaban esos libros y los hacían pedazos, a lo lejos se veían hogueras en las que se asaban unos mártires de Nuevas ideas, en varios sitios se oían extraños ruidos y se veían humaredas en forma de seta; todo aquel gentío hablaba a la vez, de modo que no había manera de entender una sola palabra, y componía al mismo tiempo memorias, comunicados y otros documentos, y, en medio de aquel caos, bajo los pies de los gritones, unos ancianos solitarios escribían algo sin cesar con letra menuda sobre unos jirones de papel.

–¿Qué te parece? –exclamó Trurl, lleno de orgullo–. ¡No me negarás que es la fiel imagen de las Nociones científicas!

Clapaucio, sin embargo, no se dio por satisfecho.

–¿Este gentío escandaloso tiene algo que ver con la ciencia? ¡No, la ciencia es una cosa muy diferente!

–¡Explícaselo a la máquina, y te lo hará en el acto! –gritó Trurl, enfadado. Pero, como Clapaucio no sabía qué decir, manifestó que, si la máquina resolviera satisfactoriamente dos problemas más, reconocería que su funcionamiento era correcto. Trurl accedió a esto y Clapaucio dijo a la máquina que hiciera unos negativos.

–¡Unos negativos! –exclamó Trurl– ¿Qué quieres decir con eso?

–¿No lo entiendes? Es como lo contrario de las cosas –contestó con mucha calma Clapaucio–. Como si volvieras las cosas al revés. No finjas que no lo comprendes. ¡Venga, máquina, a trabajar!

Pero la máquina ya llevaba un buen rato funcionando. Primero hizo antiprotones, luego antielectrones, antineutrinos, antineutrones y no paró de trabajar hasta que hubo creado gran cantidad de antimateria, la cual empezó a formar lentamente un antimundo, parecido a una gran nube de extraño brillo.

–Pse –dijo Clapaucio displicente–, ¿eso son los negativos? Bueno, digamos que sí… para evitar discusiones… Pero ahora viene el tercer encargo. ¡Máquina! ¡Tienes que hacer Nada!

Durante un buen rato, la máquina ni se movió. Clapaucio empezó a frotarse las manos con júbilo, cuando Trurl dijo:

–¿Qué pasa? Le ordenaste no hacer nada, por lo tanto, no hace nada.

–No es cierto. Yo le ordené hacer Nada, que no es lo mismo.

–Tienes cada cosa… Hacer Nada y no hacer nada viene a significar lo mismo.

–¡No, hombre, no! Ella tenía que hacer Nada y no hizo nada; de modo que gané yo. La Nada, mi sabihondo colega, no es una vulgar nada, producto de la pereza y la falta de acción, sino una Noexistencia activa, una Carencia perfecta, única, omnipresente e insuperable.

–¡Estás fastidiando a la máquina! –gritó Trurl, pero en aquel momento sonó como una campana de bronce la voz de aquélla:

–¡Olvidad vuestras rencillas en un momento como éste! Sé muy bien lo que es la Noexistencia, el Noser o la Nada, puesto que empiezan por la letra n. Haríais mejor contemplando por última vez el mundo, ya que pronto no existirá…

Las palabras se helaron en la boca de los enfurecidos constructores. La máquina estaba haciendo en verdad la Nada, eliminando sucesivamente del mundo una serie de cosas, que dejaban de existir tan definitivamente como si no hubieran existido nunca. Ya había suprimido natagüas, nupaidas, nervorias, nadolas, nelucas, nopieles y nedasas.

Hubo momentos en que se podía pensar que, en vez de reducir, disminuir, echar fuera, eliminar, anular y restar, aumentaba y añadía, ya que liquidó sucesivamente los negativos de buen gusto, mediocridad, fe, saciedad, avidez y fuerza. Sin embargo, se veía alrededor de la máquina y de los dos constructores un vacío cada vez más pronunciado.

–¡Ay! –exclámóTrurl –. Ojalá no termine mal todo esto…

–¡Qué va! –dijo Clapaucio–. Date cuenta de que la máquina no está haciendo la Nada General, sino sólo la Noexistencia de todas las cosas que empiezan por n. Verás que no pasa nada, esta máquina tuya no vale gran cosa.

–Eso es lo que tú te crees –replicó la máquina–. Es cierto que he comenzado por lo que empieza por n porque estoy más familiarizada con ello, pero una cosa es hacer algo y otra, muy distinta, eliminarlo. En cuanto a eliminar, no tengo limitación por la sencilla razón de que sabiendo hacer absolutamente todo lo que empieza por n, hacer la Noexistencia de cualquier cosa es para mí coser y cantar. Dentro de muy poco no existiréis, ni vosotros dos ni todo lo demás; de modo, Clapaucio, que te pido te des prisa en reconocer que soy verdaderamente universal y cumplo las órdenes correctamente. Dilo ahora mismo porque pronto será demasiado tarde.

–Pero es que… –balbució Clapaucio, asustado, dándose cuenta de que, realmente, desaparecían no solamente las cosas que empezaban por n, que dejaron de rodearlos cambucelas, sirlentas, vitropas, grismelos, rimundas, tripecas y pimas.

–¡Para! ¡Para! ¡Anulo mi orden! ¡Ya no quiero que hagas la Nada! –gritaba a todo pulmón Clapaucio; pero, antes de que la máquina se detuviera, desaparecieron todavía grisacos, plucvas, filidrones y zamras. Luego la máquina se detuvo por fin. El mundo tenía un aspecto aterrador. Lo que más sufrió fue el cielo: apenas se veían en él unos pocos puntitos de estrellas. ¡Ni rastro de las preciosas grismacas y guadolizas que hasta entonces habían adornado el firmamento

–¡Grandes cielos! –exclamó Clapaucio–. ¿Dónde están las cambucelas? ¿Dónde mis queridísimas murquías y suaves pimas?

–No las hay y no las habrá nunca –contestó la máquina sin inmutarse–. Cumplí o, mejor dicho, empecé a cumplir tus órdenes y nada más…

–Yo te ordené hacer la Nada, y tú…, tú…

–O eres tonto, Clapaucio, o lo finges muy bien –dijo la máquina–. Si yo hiciera la Nada de un golpe, todo dejaría de existir, no sólo Trurl y el cielo y el Cosmos y tú, sino incluso yo. Entonces ¿quién podría decir, y a quién, que la orden ha sido cumplida y que soy una máquina diestra y hábil? Y si nadie se lo dijera a nadie, ¿cómo yo, que ya no existiría, podría oír las justas palabras de encomio que merezco?

–Bueno, bueno, de acuerdo, no hablemos más de ello –dijo Clapaucio–. Ya no te pido nada, máquina preciosa, sólo te ruego que vuelvas a hacer murquías, porque sin ellas la vida carece de encanto para mí…

–No puedo, no sé hacerlas porque su nombre empieza con m –dijo la máquina–. Puedo, si quieres, reproducir los negativos de gusto, saciedad, conocimiento, amor, fuerza; solidez, tranquilidad y fe, pero no cuentes conmigo para la fabricación de cosas cuyos nombres no empiecen con n.

–¡Pero yo quiero que haya murquías! –chilló Clapaucio.

–Pues no las habrá –dijo la máquina–. Y tú hazme el favor de echar una ojeada al universo. ¿Ves que está lleno de enormes agujeros negros? Es la Nada que colma los abismos sin fondo entre las estrellas, penetra todas las cosas y acecha, agazapada, cada jirón de la existencia. ¡Es obra tuya y de tu envidia! No creo que las generaciones venideras te lo agradezcan…

–Tal vez no lo sepan… Tal vez no se den cuenta… –farfulló Clapaucio, blanco como una hoja de papel, mirando espantado el vacío del cielo negro sin atreverse a soportar la mirada de su colega.

Dejó a Trurl sólo con la máquina que sabía hacer todas las cosas cuyo nombre empezaba con n, volvió a hurtadillas a su casa y el mundo sigue hasta hoy día todo agujereado por la Nada, tal como quedó cuando Clapaucio detuvo la aniquilación que había encargado. Y como no se logró construir una máquina que trabajara con otras letras, es de temer que nunca más volverán a haber cosas tan maravillosas como las pimas y las murquías.

Dante Alighieri falleció el 14 de septiembre de 1321 en Ravena, Italia, habiendo nacido a finales del mes de mayo de 1265 en Florencia. Era hijo de un noble y recibió una educación esmerada desde temprana edad, la cual incluía su paso por el ejército, luchando en la batalla de Campaldino. Dante tuvo un gran amor mundialmente famoso: Beatriz, posiblemente Beatriz Portinari, a quien conoció cuando todavía eran unos niños y a la que Dante adoraba, por lo que no es de extrañar que fuese la inspiración de su obra universal, “La Divina Comedia”. Cada uno contrajo matrimonio con otra persona, pero Dante siempre la siguió amando, hasta el punto de dedicarle a su muerte un memorial titulado “La Vita Nuova”. El matrimonio de Dante, como la de todos los jóvenes nobles de aquellos tiempos, fue un arreglo entre familias, así que fue casado, en 1291, con Gemma Donati, perteneciente a otra familia noble. Dante tuvo que huir de su ciudad natal y buscar la protección de Guido da Polenta en Ravena, exilio durante el que escribió su gran obra, “La Divina Comedia”, en la que aparecen sus reflexiones sobre política, historia, mitología, y los líderes políticos y religiosos de la época, de la literatura, del pasado y del presente de la vida de Dante, incluida su amada Beatriz. La obra no fue escrita en latín, como era la costumbre del momento, sino en italiano, y la concluyó poco antes de su muerte, escribiendo con la amargura del exiliado en la portada: “Soy un florentino de nacimiento, pero no de manera”.

 

La Divina Comedia

El infierno Canto III – (Fragmento)

Dante Aligieri

 

… Por mi se llega a la ciudad doliente.
Por mi se avanza hacia la eterna pena.
Por mi se va tras la perdida gente.

 

Dios al pecado señalo condena
y surgí entonces cual suprema alianza
del poder sumo y la justicia plena.

 

Y no existiendo en mi fin ni mudanza
nada me precedió sino Dios mismo.
Los que entrasteis perded toda esperanza.

 

Estas palabras de color oscuro
vi escritas en lo alto de una puerta;
y yo: «Maestro, es grave su sentido.»

 

Y, cual persona cauta, él me repuso:
«Debes aquí dejar todo recelo;
debes dar muerte aquí a tu cobardía.

 

Hemos llegado al sitio que te he dicho
en que verás las gentes doloridas,
que perdieron el bien del intelecto.»

 

Luego tomó mi mano con la suya
con gesto alegre, que me confortó,
y en las cosas secretas me introdujo.

 

Allí suspiros, llantos y altos ayes
resonaban al aire sin estrellas,
y yo me eché a llorar al escucharlo.

 

Diversas lenguas, hórridas blasfemias,
palabras de dolor, acentos de ira,
roncos gritos al son de manotazos,

 

un tumulto formaban, el cual gira
siempre en el aire eternamente oscuro,
como arena al soplar el torbellino.

 

Con el terror ciñendo mi cabeza
dije: «Maestro, qué es lo que yo escucho,
y quién son éstos que el dolor abate?»

 

Y él me repuso: «Esta mísera suerte
tienen las tristes almas de esas gentes
que vivieron sin gloria y sin infamia.

 

Están mezcladas con el coro infame
de ángeles que no se rebelaron,
no por lealtad a Dios, sino a ellos mismos.

 

Los echa el cielo, porque menos bello
no sea, y el infierno los rechaza,
pues podrían dar gloria a los caídos.» …

Ivan Vazovfalleció el 22 de septiembre de 1921 en Sofía, la capital de Bulgaria, habiendo nacido en la pequeña ciudad búlgara de Sopot, el 27 de junio de 1850. Hijo de un comerciante conservador y acomodado, disfrutó de una buena infancia. A los diecinueve años se marchó de Bulgaria, publicando su primer libro de poemas, todos ellos de tema patriótico y revolucionario, en la ciudad de Bucarest en la década de 1870. En Rumanía conoció a los escritores revolucionarios LyubenStoychevKaravelov y Khristo Botev de quienes recibió bastante inspiración para sus trabajos, abandonando sus estudios para dedicarse a la causa revolucionaria. Tras la liberación de Bulgaria del dominio turco en 1878, regresó a su país y desempeñó el cargo de juez del tribunal en Berkovitsa, pero tuvo que volver a exiliarse por su oposición al gobierno de Stefan NikolovStambolov. De vuelta a Sofía, se dedicó a la escritura, logrando su éxito más notable en 1893 con su novela “Bajo el yugo”, en la que relata la historia de los inicios de la revuelta búlgara contra los turcos. Todas sus novelas, obras de teatro y poemas expresaban simpatía por la gente común.

 

Siglo Veinte

Ivan Vazov


En la puerta del siglo nos hallamos,
el orbe va a su encuentro con vasos espumosos,
canciones y esperanzas: ¿será por fin el bálsamo?
Quien se alarma tan sólo es el filósofo.

En nuevo siglo entramos, pero no en días nuevos:
penden irresolutos aún siniestros problemas,
gobiernan injusticias y males sempiternos
y caóticas resuenan las cadenas.

El siglo transcurrido triste herencia
transmite al nuevo y así éste la recibe.
Las taras seculares por el remedio esperan...
¡Oh! ¿También el presente lo consigue?

¿U otra vez chirriará el yugo universal,
la sinrazón omnímoda y la espada desnuda?
¡Y cuán sediento nuestro género humano está
de justicia, de paz y de ventura!

Cyprian Kamil Norwid nació en la localidad polaca de Laskowo el 24 de septiembre de 1821. Siendo todavía pequeño, se quedó huérfano, por lo que su hermano y él se educaron en una escuela de Varsovia. A los nueve años abandonó los estudios para inscribirse en una academia de pintura, y a los diecinueve ya publicaba sus poemas en varias revistas literarias. En  1840 se trasladó a la ciudad alemana de Dresde para estudiar escultura, y así comienza su periplo viajero por Europa y Norteamérica, hasta su muerte en París el 23 de mayo de 1883. Norwid fue bastante polifacético ya que escribía obras de teatro, pintaba, esculpía, pero, sobre todo, era poeta y escribió muchos poemas bastante conocidos en su país, como: “El piano de Chopin” o “La Rapsodia de Bem”, sin embargo, tras su muerte pronto fueron olvidadas, siendo redescubiertas durante el periodo de ‘la joven Polonia’.

 

Oda a los contemporáneos

CyprianNorwid

 

                                                  I

Y me despedí del país, y de aquellas orillas conocidas.
Empujé con el pie desde la orilla
como lo hace un remero en su barca.
¿Cómo? Aparta la espuma
perezosa, líquida, ligera....
¡Oh, país, donde cada hecho acontece demasiado pronto
y cada libro, demasiado tarde!

                                                  II

Empujé con el pie aquella orilla que, humildemente,
se agachó bajo mi tacón
y me gritó con elegancia que era mártir,
pero me maldecía en voz baja.

                                                  III

¡Oh! Vosotros que cantáis de manera sangrienta e incendiaria,
¿cuándo... entenderéis el juicio?
Sois felices porque vivís la historia, pero ninguno sabe
que habéis crecido en un diluvio de sangre,
puros y matemáticos, como un error.

                                                  IV

Es ésta una canción oscura. Vosotros, en cambio... ¡sois tan claros!
La pena es que nunca sabéis
por qué. La razón-hombre dice: «¡Duérmete!».
«¡Duérmete!» dice, después del baile, a una mujer desvanecida.

Mary Sidney Herbert falleció en Londres el 25 de septiembre de 1621, habiendo nacido en Worcestershire el 27 de octubre de 1561. Hija de la unión de dos familias poderosas protestantes, los Dudley y los Sidney. Su abuelo materno, John Dudley, duque de Northumberland, había sido ejecutado en 1533 por su participación en el intento de poner a la protestante Lady Jane Grey en lugar de la católica Mary Tudor. Sin embargo, bajo el reinado de Isabel I, sus padres se convirtieron en figuras prominentes de la Corte. Mary recibió una esmerada educación en el hogar. Contrajo matrimonio a la edad de dieciséis años, con Hanry Herbert, segundo conde de Pembroke, treinta años mayor que ella. Su nuevo hogar en Wilton House se convirtió en el centro literario más importante fuera de la Corte, patrocinando a escritores tan importantes como Edmund Spenser o Fulke Greville. Tras la muerte de su esposo en 1601, Sidney se prodigó menos en la vida pública. Sidney se dedicó a las traducciones y a los trabajos editoriales más que a la creación propia, siendo su principal obra los “Salmos” que comenzó con su hermano, el famoso poeta Philip Sidney,  y que ella completo antes de finalizar el siglo, los cuales, debido a su habilidad y recursos innovadores, están considerados más como una producción propia que como una traducción.

Cyprian Ekwensi nacíó en la localidad nigeriana de Minna el 26 de septiembre de 1921. Fue uno de los primeros autores en publicar un tipo de literatura nacional que empleaba el inglés en lugar de una de las lenguas maternas nigerianas, a causa de ello no fue tomado en serio, en un principio, en su propio país, sin embargo, su obra literaria ha convertido a Ekwensi en una figura importante de la literatura de Nigeria y, por extensión, de toda África subsahariana. Tuvo una educación universitaria en Londres donde, posteriormente, trabajó de farmacéutico y, con el tiempo, ocupó importantes cargos científicos en el gobierno nigeriano. En su trabajo literario, Ekwensi buscaba un público popular quienes entenderían mejor los dilemas de sus personajes. En la novela “Gente de ciudad”, la cual podría ser como una colección de historias diferentes, describe un mundo ignorado por los autores más intelectuales, con una sociedad de mujeres oportunistas y nuevos ricos que explotan al pueblo bajo. Por otra parte, en su novela de más éxito, “Jagua Nana”, su heroína, una puta optimista con un corazón de oro, es presentada como una mujer repleta de fuerza y con aspiraciones elementales, como ya nos descubre en el título donde juega con la referencia a “Nana”, la cortesana de la novela de Zola, y el “Jaguar”, el coche de moda entre los nuevos ricos. Algo parecido encontramos en “Iska”, donde una joven inocente es atraída a la gran ciudad por sus deslumbrantes oportunidades y se encuentra con sus peligros y crueldades. En el fondo, las novelas de Ekwensi parecen estudios sociológicos de aquella nueva sociedad nigeriana repleta de tantas personas vitales como corruptas, indiferentes a todo menos al dinero, al la manipulación del poder y al disfrute del sexo. Ekwensi falleció el 4 de noviembre de 2007 en Enugu, Nigeria.

Henri Frédéric Amiel fue un escritor y profesor suizo nacido el 27 de septiembre de 1821. Descendiente de una familia de comerciantes calvinistas, tuvo una infancia bastante trágica ya que a los once años perdió a su madre y, dos años después, se suicidó su padre, por lo que él y sus dos hermanas tuvieron que ser acogidos por unos tíos. Sin embargo, el joven Henri resultó ser muy inteligente y bien dotado para los estudios.Viajó por Italia, Bélgica y Francia, completando su educación en Alemania, más concretamente en Heidelberg y, posteriormente, en la Universidad de Berlín, donde profundizó en la filosofía de Schelling. Volvió a Suiza en 1849 donde tuvo que sufrir la actitud negativa de sus compatriotas, quienes despreciaban su talento y su tipo de filosofía, entre el pesimismo y el idealismo alemán, que enseñaba en la Academia de Estética y Literatura de Ginebra. Por todo ello, no es de extrañar que, salvo sus colaboraciones en periódicos y algunos trabajos escolares de escasa difusión, su obra no fuera publicada hasta después de su muerte, por amigos y discípulos, quienes se encargaron de difundirla. Amiel falleció en Ginebra, Suiza, el 11 de mayo de 1881.

 

Frases de Henri Frédéric Amiel

 

Tu cuerpo es templo de la naturaleza y del espíritu divino. Consérvalo sano; respétalo; estúdialo; concédele sus derechos.

 

El cielo, el infierno y el mundo entero, está en nosotros.

 

El amor es el olvido del yo.

 

Vivimos mientras nos renovamos.

 

Cuando mi amigo está infeliz, voy a su encuentro; cuando está feliz, espero que me encuentre.

 

Cuanto más se ama más se sufre.

 

Nada importa el futuro cuando uno está en paz con su conciencia y tiene su espíritu reconciliado y en orden. Se lo que debes; lo restante, solo a Dios atañe.

 

Cuando la vida deja de presentarse como una promesa, no por eso deja de ser todavía una tarea.

 

El destino tiene dos formas de aplastarnos: rechazando nuestros deseos o cumpliéndolos.

 

La vida es un aprendizaje de renunciamiento progresivo, de continua limitación de nuestras pretensiones, de nuestras esperanzas, de nuestras fuerzas, nuestra libertad.

 

La vida es un tejido de costumbres. Pero no es un error invocar la costumbre como defensa de nuestra conducta, pues casi siempre la costumbre se apoya en alguna buena razón.

 

La poesía siempre es lo lejano.

 

El arte revela la naturaleza interpretando sus intenciones y formulando sus deseos. El gran artista es el simplificador.

 

Lo inacabado no es nada.

 

Mira dos veces para ver lo justo. No mires más que una vez para ver lo bello.

 

Saber envejecer es la obra maestra de la cordura y una de las partes más difíciles del gran arte de vivir.

 

Dime lo que crees ser y te diré lo que no eres.

 

La vida no es más que un tejido de hábitos.

 

Sin pasión, el hombre sólo es una fuerza latente que espera una posibilidad, como el pedernal el choque del hierro, para lanzar chispas de luz.

 

¿Qué es un espíritu cultivado? Es el que puede mirar las cosas desde muchos puntos de vista.

Centenarios:

Julio y agosto 2021.

¿Amas la vida? Pues si amas la vida no malgastes el tiempo, porque el tiempo es el bien del que está hecha la vida (Benjamin Franklin)

 

Pintura de Rob Gonsalves

Seis centenarios se conmemoran en este mes de agosto de 2021 dentro del mundo literario, repartiéndose en dos nacimientos y cuatro muertes: así, tenemos, en el apartado de fallecimientos, los cien años del poeta ruso Alexander Blok, los del narrador finlandés Juhani Aho, los del poeta español Tomás Morales Castellano, además de los del poeta ruso Nikolái Gumiliov; y en los nacimientos: los doscientos años del novelista y dramaturgo francés Octave Fauillet y los cien de la escritora polaca Julia Hartwig.

Alexander Blok falleció el 7 de agosto de 1921 en Petrogrado, la actual San Petersburgo.

 

Aleksandr Aleksandrovich Blok, nacido el 28 de noviembre (aunque en su momento la fecha correspondiente al calendario antiguo fuese el 16 de noviembre), de 1880 en San Petersburgo, Rusia, fue un poeta y dramaturgo que llegó a serprincipal representante del simbolismo ruso, un movimiento literario modernista que, a diferencia de lo ocurrido en la Europa occidental, estuvo en Rusiafuertemente influenciado por elementos místicos y religiosos ortodoxos orientales. Su entorno familiar era bastante intelectual, incluso tras la separación de sus padres, pues se crió en un ambiente refinado, como correspondía a la mansión aristocrática de sus abuelos maternos. No era de extrañar, por todo ello, que Blok comenzara a escribir poemas a la temprana edad de los cinco años, por lo que la expresión poética le resultara algo consustancial en su personalidad. En 1903 Blok se casó con Lyubov Mendeleyeva, hija del famoso químico DI Mendeleyev, el mismo año en que publicaría su primer libro de poemas, bastante influenciado por la poesía romántica de principios del siglo XIX de Pushkin o de Solovyov. Sin embargo, Bloksupo imponer su originalidad, sobre todo en los ritmos innovadores, pues para él, el sonido y la musicalidad eran elementos primordialesen el verso. Así llegamos a  “Versos sobre la dama hermosa”, de 1904, donde se centra en temas personales e íntimos que se presentan en un plano místico y carecen de contemporaneidad. Sus siguientes colecciones de poemas diferían significativamente ya que trataban temas de la vida urbana, momentos revolucionariosy aspectos psicológicos complejos. Entre ellas destacaremos “Máscara de nieve” (1907) y “Tierra en nieve” (1908). Así mismo, durante este periodo también escribió algunas obras de teatro, como “El extraño” (1907) o “La canción del destino” (1909), en las que desarrolló los ideales de la vieja intelectualidad rusa y las tradiciones del radicalismo social. La culminación de la obra de Blok llegó con “Horas nocturnas” (1911) y “Poemas sobre Rusia” (1915), donde se reflejan su visión sobre el momento histórico vivido por su tierra durante la Primera Guerra Mundial y la Revolución que culminaría en 1917, año en el que Blok trabajaría para la comisión que investigaba los crímenes del gobierno imperial, haciéndolo, posteriormente, para los bolcheviques, de los que se iría distanciando progresivamente, bastante desilusionado, hasta dejar de escribir. Sin embargo, antes nos dejaría su novela en verso “Los doce”(1918) donde dejaría patente su perspectiva ante la caída del humanismo.

El viento irrumpe, aúlla la nieve…

De Alexander Blok

 

El viento irrumpe, aúlla la nieve,
Y en la memoria por un instante resurge
Aquel lugar, aquella orilla lejana...
Las flores débiles bajo la escarcha se marchitaron...

Y mis antiguas afecciones
Susurran como la hierba seca...
Es de noche. Y en la noche, por un sendero tupido
Voy hacia el abismo cubierto de nieve...

La noche, el bosque y la nieve. Y yo llevo
El peso odioso de los recuerdos...
De pronto, allá, se divisa una casita en un claro
Y una muchacha canta en el bosque.

6 de enero de 1912

Versión de Jorge Bustamante García

JuhaniA ho falleció el 8 de agosto de 1921 en Helsinki.

 

Juhani Aho, seudónimo de Johannes Brofeldt, nacido el 11 de septiembre de 1861 en Lapinlahti, cuando Finlandia todavía formaba parte del Imperio Ruso, fue un novelista y escritor de cuentos. Su estilo se fue transformando desde el realismo del inicio hasta el romanticismo de sus últimos trabajos. Hijo de un clérigo rural, estudió en la Universidad de Helsinki, trabajó como periodista y fue miembro activo del grupo liberal Nuori Suomi ("Joven Finlandia").Las primeras historias y novelas realistas de Aho describen con humor la vida en los bosques finlandeses que tan bien conocía. Por ejemplo, en “El ferrocarril” (1884) cuenta la historia del primer viaje en tren de una pareja de ancianos y se convirtió en un clásico de la literatura finlandesa. Las influencias de esta época le vienen tanto de escritores noruegos: Ibsen o Bjornson, como de franceses contemporáneos: Maupassant o Daudet. De este periodo destacan: “La hija del párroco” (1885) y “La esposa del párroco”(1893).Sin embargo, durante la década de 1890, se sintió atraído por el nacionalismo romántico. De esta época son las novelas “Panu” (1897), que trataba sobre la lucha entre el paganismo y el cristianismo en la Finlandia del siglo XVII, o“La primavera y el regreso intempestivo del invierno”(1906), donde habladel despertar nacional del siglo XIX, aunque su  obra romántica más sólida fue Juha (1911), una historia sobreel matrimonio infeliz de un inválido en los bosques de Carelia. En su gran cantidad de cuentos cortos Aho se preocupa por la vida campesina, la pesca y la vida silvestre de las tierras de los lagos, impregnados en su mayoría de un lirismo apacible.

 

Solo (fragmento)

De Juhani Aho

 

1

La cena había concluido, estábamos sentados en el salón y el reloj ya marcaba las doce. Había sido una velada forzada, y las palabras, carentes de contenido.

La conversación había languidecido y amenazaba con quebrarse por completo. Cuando un cochero y su carruaje dejaron de romper el silencio, sólo se escuchó la melodía susurrante de la mecha de la lámpara.

Vi a Anna ocultar discretamente un bostezo con la palma de la mano. Arrellanado en el sillón con las piernas extendidas, su hermano bostezaba sin disimulo, pues éramos viejos amigos. Ya no podía seguir allí por más tiempo, aunque hubiese deseado contemplarla un instante más desde la penumbra, a la sombra de la lámpara, ese lugar donde ella se sentaba próxima a la luz, inclinada sobre su labor. Ahora la dejaba en la mesa y tenía la evidente intención de levantarse. Me adelanté, cogí mi gorra del piano e hice una reverencia a su madre.

—¿Te vas ya? —preguntó ella; así y todo me tendió la mano.

—Ya es hora —respondí, y no tuve suficiente orgullo para frenar la melancolía de mi voz, aunque comprendía que hubiera debido hacerlo.

—Bueno, ¡entonces hasta siempre, y que tengas buen viaje!

Me deseó, además, salud y prosperidad y me pidió que trajera nuevas ideas del extranjero.

—¿Cuántas? ¿Un baúl lleno? —traté de imprimir a mi voz un matiz de amargo desdén.

—Suerte, cuídate, que te vaya bien, vive generosamente y, tal y como hablamos, escríbeme sobre toda suerte de cosas —dijo el hermano sacudiéndose la flojera que me había importunado toda la noche.

Anna estaba sentada entre ambos. Al pasar de su madre a su hermano, me la había saltado. Deseaba que su apretón de manos fuese el último antes de partir de mi país.

—Adiós…

—Adiós, buen viaje…

¡Con qué sequedad, formalidad y frialdad lo dijo! ¡Cuán inerte y carente de todo sentimiento el apretón de su mano!

Mientras los demás me acompañaron hasta el vestíbulo, ella se quedó en el salón para cerrar el piano, ante el cual la había encontrado sentada, en la penumbra de la tarde, sumida en ensoñaciones, cuando llegué. Había oído la música desde el pasillo y la había escuchado un momento detrás de la puerta, sin aliento y con el corazón palpitante. Ahora la veía levantar la lámpara de la mesa y esperaba que tal vez se acercara, que tal vez me iluminara el camino por las oscuras escaleras. Pero sólo se llevaba las notas a la estantería, luego se giró, atravesó el salón hacia la puerta de su cuarto y la cerró, implacable, así lo sentía yo. Lo último que vi de ella fue su fino perfil, su mejilla pura y un ondulado mechón junto a la oreja.

No, pensé yo, al bajar las escaleras, ¡si tú no, pues yo tampoco! Y dejé que el resorte de la puerta principal ejerciera su poder. ¡Que arme estruendo! Y lo armó de modo que las ventanas temblaron en la pared y el largo pasillo sombrío respondió enojado.

¡Gracias a Dios que aquello por fin había quedado claro! Hasta el final me había atormentado la esperanza. Ahora ya no había motivo por el que sufrir. No más que un caminante en el desierto cuando, de pronto, el espejismo se desvanece y no divisa a su alrededor más que un mar de arena sin límite. Y sabe que no puede apagar su sed.

Entonces, confórmate, me dije a mí mismo. ¿Y qué si se agita allí en tu pecho y gime el corazón? No hay inquietud, pues tampoco hay salvación.

Un cochero dormita flácido en su coche de caballos en la esquina de la calle, bajo una jadeante llama de gas.

Los frondosos árboles de Bulevardi forman una bóveda tenebrosa sobre mi cabeza. En el cementerio de la Iglesia Vieja se desliza sigiloso un oficial artesano con su amada.

Una mujer solitaria, tocada con un pañuelo, aminora el paso y se escurre indecisa a mi lado. Sus ojos son dóciles, implorantes. ¡Si te la hubieras llevado se hubiese mostrado agradecida, tal vez te esperaba, casi detenida bajo una farola! Mañana te hubiese acompañado al barco, te hubiese observado entre el gentío y agitado secretamente el pañuelo en señal de despedida. ¿Por qué la dejaste marchar?

¡Ella no puede venir, Anna! ¡Vendría con mucho gusto, pero no puede! ¡No te lo tomes a pecho, querida mía! ¡No puedes! ¡No llores ni mueras de tristeza! ¡Trata de ser feliz! Dentro de un par de años regresaré y traeré conmigo muchas ideas nuevas.

Toda la plaza Erottaja se convierte en un único ruido seco cuando un carruaje baja desde Kolmikulma repleto de animosos estudiantes, recién llegados a la ciudad.

¡Ellos son jóvenes, ellos dan gritos y vítores! Todavía disfrutan y el mundo les tiende la mano.

Pero ¿acaso estoy en mis cabales? Amargo y envidioso hacia quienes ella dudo que conozca. Quién sabe si a ellos les importa Anna lo más mínimo, ¡tan poco como a ella ellos! ¿Sólo porque se quedan aquí? Pero uno, el más cercano, tenía una gorra blanca calada con descuido y descaro sobre una de las orejas. Sus hombros eran vigorosos y tenía el pelo negro y rizado. Yo llevo el sombrero como un caballero mayor, soy pesado, y gordo, y torpe.

Me obligo a reírme altanero ante la comparación. Con simulada energía atravieso Esplanadi hacia el restaurante Kämp, sobre su puerta destella una brillante lámpara eléctrica.

¡Qué sensación más dulce ascender al apartamento, al hotel, a la habitación! Por la rendija de la puerta extiende tan amablemente su mano la factura que «para evitar errores, se entrega cada día». ¡Qué hogareño aroma en esta habitación! ¡Qué orden exquisito denotan las velas sin estrenar, de igual largura, a ambos lados del espejo! Y delante un cenicero de porcelana en cuyo fondo leo mecánicamente: almacén industrial nórdico de helsinki. gran depósito de menaje para particulares y restaurantes.

¿Por qué dicen que a una habitación de hotel le falta personalidad? ¿Porque en ella no se nota la impronta de su residente, no despierta recuerdos de escenas de su vida? Pero si yo he vivido la mitad de mis años en hoteles. Estas sillas, sofás y mesas mudos y en todas partes semejantes son para mí como muebles heredados.

Y ahí está mi maleta, rica en recuerdos, abierta de par en par delante de la alcoba. Hace una semana, cuando la preparaba para volver del campo, Anna y yo éramos aún buenos amigos. Ella me había traído la ropa limpia de la lavandería, arrebolada por las tareas domésticas. De subir corriendo las escaleras hasta el cuarto del ático estaba casi sin resuello y se sentó a recobrar el aliento en la silla, con las manos en el regazo de la falda.

Quería ver cómo se preparaba una maleta que viaja a tierras extranjeras. «¡Ah, qué maneras! ¡Pero si tú, solterón, no conoces ni las nociones básicas! ¡Apártate!». Y me hizo a un lado, volcó el contenido de la maleta y comenzó a colocarlo todo de nuevo. Estaba de rodillas en el suelo, con el pelo en atractivo desorden. Yo tenía que alcanzarle las cosas. La ropa blanca descendía entre sus manos, se apilaba una sobre otra, una encima de otra, y la más diminuta rendija era rellenada con cuellos y pañuelos.

Allí estaba de pie, torpe, enamorado. Ella no actuaría así si no me amara. Mañana es mi partida, ahora es el momento adecuado. Y le expresé lo que todo el verano había estado rondándome los labios, que la amo.

No veo su rostro. Veo la nuca arrebolándose, coloca aún un par de pañuelos más, deja caer de sus manos el montón al suelo y ya sólo oigo sus pasos apresurados, que bajan la escalera y continúan por el salón hasta su cuarto, cuya puerta se cierra de un portazo.

Salgo sin molestar a nadie —la madre trajina con las vasijas en la cocina—, yerro por las colinas y bosques y, cuando regreso siguiendo las vías del ferrocarril, apenas si me aparto del camino del tren que viene en sentido inverso, su puerta permanece aún cerrada. Pero en mi cuarto, sobre la ropa, aguarda una nota suya. Me considera un amigo, un hermano mayor, casi un tío. Otra cosa es absolutamente imposible. No le ha comentado nada a su madre ni a su hermano. Y me pide que también yo me abstenga. Pues ella «no quiere».

No se presenta a cenar. No la veo hasta la mañana siguiente, un poco antes de la partida del tren. El ligero vestido de verano ha desaparecido y lleva uno serio de paseo. La joven alegre, revoltosa, a quien ayer aún me atrevía, en aras de la vieja amistad, a tomar de la mano y hacerla girar, se ha convertido en una respetable señorita.

¡Acaso no hay aquí recuerdos, objetos preciados, queridos en esta habitación! La maleta aún conserva la huella de sus manos. ¿Por qué dicen que una habitación de hotel carece de personalidad y que al partir no despierta nostalgia?

Octave Feuillet nació el 11 de agosto de 1821.

 

Hijo de un caballero normando bastante erudito e hipersensible, perdió a su madre cuando todavía era muy pequeño, siendo enviado por su padre al liceo Louis-le Grand, en París, donde acabó sus estudios, siendo destinado al servicio diplomático, trabajo que abandonó para dedicarse a la literatura, lo que le supuso un fuerte enfrentamiento con su padre y la ruptura de relaciones entre ambos. De regreso a París, comenzó a escribir para el teatro, subsistiendo de los magros ingresos que le aportaban sus colaboraciones periodísticas, hasta que tres años más tarde, llegó la reconciliación con su padre, lo que le supuso recibir una generosa asignación. De esta forma pudo publicar sus primeras novelas, las cuales no obtuvieron éxito alguno.Al principio de la década 1850, mientras cuidaba a su padre enfermo, se casó con su prima, Valerie Feuillet, y se desarrolló su ingenio literario obteniendo su primer gran éxito en 1952 con la comedia “La Crise” y con su novela “Bellak”. A ellos seguirían: “La Petite Comtesse” (1857), “Dalila” (1857), la cual convertiría, poco después, en una comedia con la que obtendría un éxito brillante y, en particular, “Novela de un hombre pobre” (1858). Muerto su padre, la familia se trasladó inmediatamente a París, donde participó en la espléndida existencia social del Segundo Imperio, convirtiéndose en uno de los favoritos de la corte, consiguiendo, incluso, que la emperatriz Eugenia se dignase a interpretar el papel de Madame de Pons en “Les Portraits de la Marquise” durante una de sus representaciones. En 1862 volvió a tener otro éxito con su novela “Sibylle”. A causa de sus cada vez más frecuentes problemas de salud, decidió abandonar París e instalarse en una casita en las afueras de Saint-Lô, Normandía, aunque tenía que pasar algunos meses en la Corte al ser nombrado miembro de la Academia Francesa y bibliotecario del palacio de Fontainebleau.En 1867 produjo su obra maestra, “Monsieur de Camors”, y en 1872 escribió “Julia de Trécœur”. Sus últimos años de vida fueron un suplicio a causa de los dolores y los ataques nerviosos, heredados de su padre, falleciendo en París el 29 de diciembre de 1890.


Novela de un joven pobre (fragmento)

de Octave Feuillet
 

"Y sumergió afectuosamente su mano en la espesa piel del Terranova, que parado sobre las patas de atrás, alargaba ya su formidable cabeza, entre mi plato y el de la señorita Margarita. No pude menos de observar con nuevo interés la fisonomía de esta mujer, y buscar en ella los signos exteriores de la poca sensibilidad de alma de que al parecer hace profesión. La señorita Laroque, que me pareció muy alta, sólo debe esta apariencia al carácter amplio y perfectamente armonioso de su belleza. Es en realidad de una estatura ordinaria; su rostro, de un óvalo algo redondeado, y su cuello, de una postura delicada y arrogante, están cubiertos ligeramente por un tinte propio de las hijas de Bretaña. Su cabellera que señala sobre su frente un espeso relieve, arroja á cada movimiento de su cabeza reflejos ondulosos y azulados; su delicada nariz parece copiada sobre el divino modelo de una madona romana, y esculpida en nácar viviente. Debajo de sus ojos grandes, profundos y pensativos, el color algo tostado de sus mejillas, es matizado por una especie de aureola más bronceada, que parece una traza proyectada por la sombra de las pestañas y como quemada por el rayo ardiente de la mirada. Difícilmente podría retratar la dulzura soberana de la sonrisa, que viene por intervalos, á animar esta bella fisonomía y á atemperar por no sé qué contracción graciosa el brillo de sus grandes ojos. Ciertamente, la diosa misma de la poesía, del sueño y de los mundos encantados, podía presentarse atrevidamente á los homenajes de los mortales bajo la forma de esta niña que sólo ama á su perro. La naturaleza, en sus producciones más escogidas, nos presenta á menudo estas crueles mistificaciones.
Por otra parte, esto me importa muy poco. Comprendo perfectamente que estoy destinado á jugar en la imaginación de la señorita Margarita el papel que podría representar en ella un negro, objeto, como se sabe, muy poco seductor para las criollas. Por mi parte me jacto de ser tan orgulloso como la señorita Margarita; el más imposible de los amores para mí, sería aquel que me expusiera á la sospecha de intriga é interés. No pienso tampoco tener que armarme de una gran fuerza moral contra un peligro que no me parece verosímil, pues la belleza de la señorita Laroque es de aquellas que despiertan más la contemplación del artista que un sentimiento de naturaleza más humano y más tierno. "

Julia Hartwig nació el 14 de agosto de 1921 en Lublín, Polonia.

 

Estudió literatura polaca y francesa en la Universidad de Varsovia y continuó sus estudios en la Universidad Católica de Lublin.Sus primeros poemas aparecieron en la revista Odrodzenie en 1944. Hartwig vivió en París entre 1947 y 1950. En 1954, publicó “De lugares cercanos”, una colección de artículos. Publicó su primera colección de poesía “Despedidas” en 1956.Entre 1970 y 1974 vivió en los Estados Unidos,donde participó en el Programa Internacional de Escritura en la Universidad de Iowa y también enseñó en varias universidades.Publicó traducciones de poesía francesa de Apollinaire, Cendrars, Max Jacob, Michaux y Reverdy y escribió libros sobre Apollinaire y Gérard de Nerval.También publicó traducciones de poetas estadounidenses como Robert Bly y Marianne Moore. Hartwig recibió diversos premios, entre los que destacan el Jurzykowski, el Thornton Wilderdel Centro de Traducción de la Universidad de Columbia y el de Poesía Georg Trakl. Así mismo, recibió seis nominaciones para el prestigioso premio Nike. Es la ganadora del premio Wisława Szymborska 2014 por su libro de poesía “Zapisane”.“A pesar de haber publicado solo unos pocos volúmenes de poesía, ocupa un lugar destacado en el panorama literario polaco. Resistiendo la categorización, ocupa un puesto propio, alejada de las modas actuales o el esnobismo. Una característica de su poesía es la aversión por las visiones generales del mundo o las tonalidades emocionales individuales. En sus obras sutiles y refinadas (que, sin embargo, tienen una cosa en común: la accesibilidad), a menudo se concilian contradicciones. La seriedad contrarresta la ironía y la desesperación contrarresta la alegría extática de la existencia. Por lo general, usa formas 'tranquilas' y cuidadosamente elaboradas, evitando el caos y la aleatoriedad. Es una de las pocas poetas capaces de explotar de manera lograda el poema en prosa. Esto ciertamente tiene algo que ver con su larga asociación con la literatura francesa”. 

 

No preguntar

De Julia Hartwig

 

En sueños alcancé a pensar
qué habrá más allá
Y me respondí a mí misma
Para qué preguntar

 

Cuando despertemos
nuestros pasos nos conducirán a ese lugar
que en vano hemos buscado hasta hoy
Y en sueños lo creí y a la vez no lo creí

 

Y ello me procuró un poco de esa felicidad
que solo en sueños puede experimentarse

Tomás Morales Castellano falleció el 15 de agosto de 1921 en Villa de Mora, Gran Canaria. España.

 

El canario Tomás Morales Castellano fue el máximo representante del posmodernismo y pionero de la poesía canaria moderna. Nació en Villa de Moya, Gran Canaria, España. Cursó estudios en el Colegio de San Agustín y creció en un ambiente poético junto con otros poetas de su generación como Alonso Quesada y Saulo Torón. Aunque posteriormente iniciara los estudios de Medicina, para lo que marchó a Madrid,su pasión fue dedicarse a la creación literaria, publicando algunos poemas en el periódico El Telégrafo.Comienzan a frecuentar algunas tertulias y entabla amistad con otros escritores, como el canario Luis Doreste Silva, Fernando Fortún, Francisco Villaespesa, Enrique Díez o Ramón Gómez de la Serna. Colaboró con la Revista Latina. Concluida la carrera, regresa a Canarias donde trabajó como médico titular en Las Palmas. En 1921 fue Vicepresidente del Cabildo insular de Gran Canaria y ganador del laurel del Ateneo de Madrid. Su colección de poemas más importante fue Las Rosas de Hércules.

 

Oda al Atlántico, XXIV

De Tomás Morales Castellano

 

¡Atlántico infinito, tú que mi canto ordenas!

Cada vez que mis pasos me llevan a tu parte,

siento que nueva sangre palpita por mis venas

y, a la vez que mi cuerpo, cobra salud mi arte...

El alma temblorosa se anega en tu corriente.

Con ímpetu ferviente,

henchidos los pulmones de tus brisas saladas

y a plenitud de boca,

un luchador te grita ¡Padre! desde una roca

de estas maravillosas Islas Afortunadas...

Nikolái Gumiliov falleció el 26 de agosto de 1921.

 

Gumilev fue uno de los poetas rusos más importantes del siglo XX, además de miembro fundador del movimiento acmeísta, jugando un papel clave en el florecimiento de la cultura rusa conocida como la Edad de Plata, entre 1895 y 1915. En su corta vida, pues murió con tan sólo 35 años, viajó mucho por todo el planeta, cuyas experiencias le sirvieron de inspiración para muchos poemas, gracias a su amor por lo exótico y la aventura, sin embargo, en sus últimos tres años de vida, su poética se revistió de más profundidad y maestría. Entre 1910 y 1918, Gumilev estuvo casado con Anna Akhmatova, con quien mantuvo una relación tempestuosa. Durante la Primera Guerra Mundial, se alistó en la caballería y combatió en el frente, destacando por su valor, por lo que fue condecorado en tres ocasiones. La Revolución de Octubre le pilló en París, pero regresó a Rusia lo más pronto que pudo, a pesar de los consejos que recibió en contra. Sin embargo, fue arrestado bajo falsas acusaciones y ejecutado el 7 de marzo de 1921, siendo el primer escritor destacado asesinado por el nuevo régimen bajo el “Terror Rojo” de Lenin. Aunque sus obras estuvieron prohibidas durante el periodo soviético, sus poemas seguían siendo leídos en secretos gracias a las ediciones occidentales, por lo que en la actualidad es uno de los poetas más populares de Rusia.

 

Ella

de Nikolai Gumiliov

 

Yo conozco una mujer: el silencio,
El cansancio amargo de las palabras,
Vive en el centelleo furtivo
De sus pupilas dilatadas.

 

Su alma ansiosa está abierta
A la música metálica del verso.
Ante la vida lejana y placentera
Es sorda y altiva.

 

Sus pasos son extraños,
Lentos e inaudibles,
No se puede decir que sea bella
Pero en ella encuentro mi felicidad.

 

Cuando necesito fortaleza
Valiente y orgulloso la busco
Para aprender de su tierna sabiduría
Con todo delirio y languidez.

 

Ella es luz en las horas inciertas
Sostén cuando todo parece perdido
y sus sueños exactos son como sombras
Sobre la arena ardiente del paraíso.

 

Traducción de Jorge Bustamante García

Centenarios:

Julio 2021.

A diferencia del dinero, el tiempo no puede ahorrarse para aprovecharlo en otro momento.

Denis Waitley

 

Pintura de Rob Gonsalves

Siete son los autores, de ambos sexos, de quienes se conmemoran los centenarios de sus nacimientos en este mes de julio: cuatrocientos años del escritor francés Jean de la Fonataine, la escritora danesa Leonora Christina y el poeta polaco Jan Andrzej Morsztyn; trescientos del poeta alemán Johan Nikolaus Götz; doscientos del poeta y dramaturgo rumano Vasile Alecsandri, y cien del poeta español Miguel Labordeta y de la escritora chilena Alicia Moret.

Jean de La Fontaine es mundialmente conocido por sus fábulas cuyos personajes suelen ser animales. Nacido en la provincia de Champaña, concretamente en la comuna de Château-Thierry, el 8 de julio de 1621, pasó su infancia en contacto directo con la naturaleza, pues su padre ocupaba un puesto en el gobierno como administrador de recursos forestales e hídricos, y entre aquellos exuberantes bosques y verdes campos se empapó de la esencia de un mundo natural que posteriormente daría mucho juego en sus obras. Así mismo, su espíritu onírico, su alegre vitalidad y su curiosidad por las cosas, junto con su afán de conocimiento, le condujeron a ser un voraz lector. A la edad de veinte años decidió estudiar para el sacerdocio, sin embargo, pronto abandonó esta actividad tras dieciocho meses enfrascado en recovecos teologales para dedicarse al estudio de las leyes. Con veintiséis años, su padre le transfirió su puesto oficial y le concertó una boda con una jovencita de catorce años de familia acomodada, matrimonio que resultó ser un desastre, separándose la pareja once años más tarde. Durante este período, La Fontaine vivió como un diletante, pues mientras en el trabajo se mostraba desganado y ocioso, llevándole a vender el cargo que su padre le había dejado, en la lectura  empleó gran parte de su tiempo, dedicándose tanto a autores antiguos como a modernos, especialmente los poetas François Malherbe y Vincent Voiture, François Rabelais, y los escritores latinos Horacio, Virgilio o Terencio. La Fontaine comenzó a escribir cuando ya llevaba mediados los treinta años, algo que resultaba relativamente tardío para las costumbres de su época. A lo largo de su carrera como hombre de letras siempre confió en la generosidad de sus mecenas. Su primer benefactor fue el ministro de finanzas de Luis XIV, Nicolas Fouquet, para quien escribió obras como Adonis y Le Songe de Vaux, pero cuando Fouquet cayó en desgracia, acusado de apropiarse de fondos estatales, La Fontaine lo defendió con lealtad buscando la indulgencia real, lo que le granjeó la enemistad duradera del rey y nunca recibió una pensión del gobierno, retrasándose, así mismo, su elección a la Academia Francesa. Durante este periodo oscuro pudo mantenerse gracias al apoyo de la poderosa familia Bouillon y, más tarde, por la dedicación de la duquesa viuda de Orleans. Tenía por entonces cuarenta años y no era un autor popular ni muy conocido, por lo que decidió dar un cambio y dejar de escribir obras idílicas para recurrir a géneros más populares, como cuentos y fábulas. Publicó sus primeros cuentos, al estilo de Boccaccio y Ariosto, en 1665, los cuales se convirtieron en un éxito inmediato, apareciendo sucesivas colecciones en los años siguientes, Así mismo, comenzó a publicar aquellas obras en las que se basa su fama: las Fábulas. La primera colección apareció en 1668, cuando tenía cuarenta y siete años; la segunda, diez años después; y la última colección, en 1694, un año antes de su muerte. El éxito de las Fábulas colocó a La Fontaine a la vanguardia de los escritores franceses y, en 1684, a pesar de la ya mencionada oposición del rey, finalmente fue elegido miembro de la Academia Francesa. En 1695, mientras asistía a una obra de teatro, La Fontaine enfermó y fue llevado a la casa de unos amigos, donde murió varios días después.

FÁBULA IV

Los dos mulos

de Jean de La Fontaine

 

Dos mulos de trabajo caminaban

contentos con su respectiva carga,

la del uno, aunque grande, era de avena,

así que no le daba mucha pena,

más chica la del otro compañero

pues de los impuestos era el dinero,

así que, sabedor de tal riqueza,

soportaba muy erguida la cabeza,

y por nada del mundo consentía

que le mitigasen de la fatiga.

A cada paso sonaba el cencerro,

cuando, de pronto, del vecino cerro,

aparecieron algunos ladrones

dispuestos a llevarse los doblones.

Sobre el mulo del fisco se arrojaron

y, por defenderse, lo maltrataron.

Entonces dijo este, en tono afligido:

“¡Esto no parece lo prometido!”

Y mirando al otro: “Y tú, afortunado,

¿cómo de tal peligro te has librado

sin heridas mientras yo aquí perezco?”

“Con gran pesar, mucho te compadezco

– replicó el otro, -“camarada y amigo,

pero mira muy bien lo que te digo;

que no siempre tener un alto empleo

ventajas acarrea, y ahora veo

que si tú, como yo, servido hubieras

a un pobre campesino, no te vieras

ahora en el suelo tan mal tendido,

y tan lleno de congoja y molido.”  

Leonora Christina Ulfeldt, nacida el 8 de julio de 1621, en el Palacio de Frederiksborg, en Hillerod, Dinamarca, era hija del rey Christian IV y de su segunda esposa Kirsten Munk, perteneciente a una familia noble de rango inferior, ante lo que este matrimonio se declaró morganático y, por lo tanto, los hijos habidos de esta unión (nada menos que doce) no podían ostentar el título de herederos al trono, así que Ulfeldt tuvo que contentarse con ser Condesa de Schleswig-Holstein. A la edad de nueve años fue comprometida con el intendente Corfitz Ulfeldt, celebrándose el matrimonio seis años más tarde. A pesar de ser casi tan fecunda como su madre, pues tuvo diez hijos, también tuvo tiempo para estudiar idiomas, pintura y música, además de escribir obras en prosa donde se describen, entre otras cosas, la boda del rey Karl Gustav en 1654, el viaje de Leonora Christina a Korsør para buscar la reconciliación con el rey Federico III en 1656 y su defensa de Ulfeldt contra las acusaciones de traición contra el rey sueco en Malmö en 1659. Y es que su marido, mientras ella se dedicaba a los estudios y la crianza de sus vástagos, se empeñaba en labrarse una brillante y peligrosa carrera en la corte llegando a senescal que, sin embargo, debido a sus posibles trapicheos y corruptelas, caería en desgracia, por lo que se vieron obligados a mudarse al reino de Suecia en previsión de posibles consecuencias. Aunque poco les duró la tranquilidad, pues parece que el bueno de Ulfeldt volvió a las andadas, ahora en la corte de acogida, así que no les quedó más remedio que desandar el camino y regresar a Copenhague, donde, naturalmente, fueron capturados por orden de su hermanastro, el nuevo rey, Federico III, siendo encarcelados en la fortaleza de Hammershus, situada en la isla de Bornholm. Tras ser liberados en 1661, a cambio de la confiscación de sus bienes, marcharon a Brandegurgo donde a su marido no se le ocurrió otra cosa que conspirar para derrocar a Federico III quien, enterado de la traición, montó en cólera y le condenó a muerte in absentia. Ulfeldt y sus hijos lograron escapar, pero Leonora Christina fue arrestada en Dover y encarcelada en la Torre Azul, acusada de complicidad en la traición de su esposo. Nunca fue sentenciada, aún así permaneció encarcelada durante veintidós años. En la Torre Azul, escribió una autobiografía en francés, Jammers Minde, considerada un punto culminante de la historia literaria danesa, la cual circuló en transcripciones hasta que se imprimió por primera vez en 1869. Jammers Minde es un relato conmovedor de su persona y un autorretrato audaz y pulcramente escrito. Leonora Christina falleció a la edad de 76 años en el convento de Maribo, Dinamarca, el 16 de marzo de 1698.

Götz Johann Nikolaus fue un poeta alemán nacido en Worms el 9 de julio de 1721. Estudió teología en Halle, donde conoció a los poetas Johann WL Gleim y Johann Peter Uz, trabajó durante algunos años como capellán militar y luego ocupó varios otros cargos eclesiásticos. Los escritos de Götz consisten en una serie de letras breves y varias traducciones, de las cuales la mejor es una interpretación de Anacreonte. Sus composiciones originales son ligeras, vivas y chispeantes, y están animadas más por el ingenio francés que por la profundidad del sentimiento alemán. El más conocido de sus poemas es Die Mädcheninsel, una elegía que recibió la cálida aprobación de Federico II de Prusia, más conocido como Federico el Grande. Götz murió en Winterburg el 4 de noviembre de 1781.

Miguel Labordeta Subías nació en Zaragoza, la misma ciudad donde moriría, tan solo 48 años más tarde, el 16 de julio de 1921. Hermano mayor del también escritor, cantautor y político José Antonio Labordeta, fue un celebrado poeta de la generación de posguerra española. Parece ser que era una persona bastante enigmática y controvertida, pues podía resultar depresivo y divertido al mismo tiempo, características que se reflejan en sus poemas donde se intuye una rebeldía innata y permanentes contradicciones, posicionándose con frecuencia a contracorriente de los gustos de su época. Apasionado de la literatura, no fue, sin embargo un buen estudiante en su juventud, durante la que le tocó sufrir las miserias y crueldades de la Guerra Civil. Estudió Filosofía y Letras en Madrid, pero no tardó en volver a su tierra donde se incorporó al colegio en el que había impartido clases su padre. Se integró en la tertulias del café Niké y fundó la Oficina Poética Internacional (OPI) además de la revista Despacho literario junto con Antonio Fernández Molina. Sin embargo, nunca dejó de ser un solitario melancólico y un hombre tímido en los asuntos del amor. En 1948 publicó Sumido 25, y en los dos años siguientes aparecieron Violento idílico y Transeúnte central; en 1955 estrenó Oficina de horizonte, su primera obra de teatro; en 1961 se editó Epilírica y en el año de su muerte Los soliloquios.

Mataos

de Miguel Labordeta Subías

Mataos,
pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna.

Si vuestra rabia es fuego que devora al cielo
y en vuestras almohadas crecen las pistolas:
destruíos, aniquilaos, ensangrentad
con ojos desgarrados los acumulados cementerios
que bajo la luna de tantas cosas callan,
pero dejad tranquilo al campesino
que cante en la mañana
el azul nutritivo de los soles.

Invadid con vuestro traqueteo
los talleres, los navíos, las universidades,
las oficinas espectrales donde tanta gente languidece,
triturad toda rosa hallada; al noble pensativo,
preparad las bombas de fósforo y las nupcias del agua con la muerte
que han de aplastar a las dulces muchachas paseantes,
en esta misma hora que sonríe
por una desconocida ciudad de provincias,
pero dejad tranquilo al joven estudiante
que lleva en su corazón un estímulo secreto.

Inundad los periódicos, las radios, los cines, las tribunas
de entelequias, estructuras incompatibles,
pero dejad tranquilo al obrero que fumando un pitillo
ríe con los amigos en aquel bar de la esquina.

Asesinaos si así lo deseáis,
exterminaos vosotros: los teorizantes de ambas cercas
que jamás asiríais un fusil de bravura,
pero dejad tranquilo a ese hombre tan bueno y tan vulgar
que con su mujer pasea en los económicos atardeceres.

Aplastaos, pero, vosotros,
los inquisitoriales azuzadores de la matanza,
los implacables dogmáticos de estrechez mentecata,
los monstruosos depositarios de la enorme Gran Estafa,
los opulentos energúmenos que en alza favorable de cotizaciones
preparáis la trituración de los sueños modestos
bajo un hacha de martirios inútiles.

Pisotead mi sepulcro también,
os lo permito, si así lo deseáis inclusive y todo,
aventad mis cenizas gratuitamente
si consideráis que mi voz de la calle no se acomoda a vuestros fines suculentos,
pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna,
al campesino que nos suda la harina y el aceite,
al joven estudiante con su llave de oro,
al obrero en su ocio ganado fumándose un pitillo,
y al hombre gris que coge los tranvías
con su gabán roído a las seis de la tarde.

Esperan otra cosa.
Los parieron sus madres para vivir con todos,
y entre todos aspiran a vivir, tan sólo esto,
y de ellos ha de crecer, si surge,
una raza de hombres con puñales de amor inverosímil,
hacia otras aventuras más hermosas.

Vasile Alecsandri, nacido el 14 de junio de 1821 en Bacâu, en su época formando parte de Moldavia y ahora de Rumania, y fallecido el 22 de agosto de 1890, Mircesti, Rumanía, fue un poeta lírico y dramaturgo, considerado el primer coleccionista de canciones populares rumanas que se interesó por enfatizar sus valores estéticos y, así mismo, se le considera un líder del movimiento por la unión de los principados rumanos. Educado en un internado para niños en Iasi, posteriormente marchó a París para estudiar alguna carrera universitaria, pero tras varias frustradas incursiones en la química, la medicina y el derecho, decidió dedicarse a lo que realmente le apasionaba, la literatura. Durante la década de 1840 estuvo comprometido con la causa revolucionaria rumana, participando activamente en el Teatro Nacional de Iasi y editando revistas literarias y culturales. En 1844 publicó su primera colección de canciones populares. En 1853 aparecería en París su colección de poemas líricos y en 1868 publicó sus poemas descriptivos de paisajes. Fue el creador de la comedia social rumana, aunque sus mayores logros en el teatro serían sus dramas poéticos. Entre 1859 y 1860 desempeñó el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores, en el que trabajó activamente por el reconocimiento internacional de los Principados Unidos de Rumanía.

Jan Andrzej Morsztyn nació cerca de la localidad polaca de Sandornierz el 24 de junio de 1621. Miembro de la nobleza polaca y lituana, se convirtió en líder de la oposición durante el reinado de John III Sobieski, un agente del rey francés Luis XIV en Polonia, y finalmente, como conde de Châteauvillain, un emigrado en Francia. Su interés por la literatura lo llevó a traducir poesía y teatro italiano y francés al polaco. A lo largo de su vida escribió poemas breves, cartas rimadas a amigos y epigramas ingeniosos, todos reunidos en dos colecciones publicadas, por primera vez, en el siglo XIX. Morsztyn falleció el 8 de enero de 1693 en Châteauvillain, Francia.

Alicia Morel fue una escritora chilena nacida en Santiago el 26 de julio de 1921. Ávida lectora, comenzó su carrera literaria con un libro de poemas, sin embargo, ante la preferencia de sus hijos, se dedicó al mundo de los cuentos infantiles. En 1940 publicó su primera novela, Juan, Juanilla y Abuela. Entre 1954 y 1957 trabajó como libretista de programas radiofónicos para niños en la Radio Chilena y Radio Cooperativa Vitalicia. Entre su obra literaria se encuentras varios libros de poesía, novelas, cuentos, traducciones y otras diversas publicaciones. Alicia falleció, a los 95 años, el 1 de marzo de 2017.

La extraña vecina

(Aventuras del Duende Melodía)

                                               un cuento de Alicia Morel

Una mañana, muy temprano, el Duende Melodía se paseaba inquieto frente a su casa. Tirándose de la barba, murmuraba con preocupación:

—¿Y si la nueva vecina es una bruja…?

Acompañaban al Duende en su paseo, la Torcaza y la Ranita.

—¿Y si la nueva vecina es una bruja…? —repetían.

La causa de tanta intranquilidad era el nuevo hongo que había aparecido junto al que le servía de casa al Duende. Es sabido que en las callampas habitan seres mágicos. Nadie podía adivinar si en la que venía saliendo habitaba una bruja, un hada o algún otro duende.

La Torcaza decidió consultar al señor Tordo, profesor del bosque. En el nido, el Tordo tenía una vieja enciclopedia. Tratando de parecer culta, la Torcaza preguntó en verso:

—Señor Tordo negro,
me alegro de verlo.
¿Podría decirnos
si el nuevo vecino
será alguna bruja
o algún duende fino?

El Tordo abrió la enciclopedia y, después de dar vuelta muchas páginas, contestó:

—Crecerá la callampa,
crecerá, crecerá…
y este nuevo vecino
¿quién será, quién será?

La Torcaza se sintió muy informada y voló a contarle a su amiga lo que había averiguado. Después de escuchar con atención el anuncio del Tordo, la Ranita comentó haciendo girar sus ojos:

—Eso que ha dicho el Tordo, si no estuviera en verso, sería una gran tontería.

Las dos, una volando y la otra saltando, se acercaron a mirar la nueva callampa.

—¿Qué será, qué será? —se preguntaban en secreto.

El Duende Melodía hablaba y suspiraba de puros nervios:

—Si me toca de vecino un duende peleador, tendré que mudarme. Si en el hongo nuevo viene una bruja, tendré que arrancar ligero, sin llevarme ni siquiera una muda de ropa. Ay, ¿dónde encontraré otro hongo tan lindo como este, con techo rojo y con chimenea chueca? Ay, ay…

En esto, se oyó un fuerte crujido y en la nueva callampa se abrió una puerta como un resorte. Todos lanzaron un grito, pero luego se quedaron mudos al ver salir un par de zapatos viejos, unas chancletas que huían saltando entre las hierbas. De atrás apareció una viejecita que chillaba:

—¡Atajen mis zapatos, ay, no puedo correr a pie desnudo!

El Duende alcanzó los zapatos antes de que se perdieran de vista y se los pasó a la extraña vecina, que se los puso dando suspiros de alivio.

—¡Qué felicidad! Ahora puedo caminar, bailar, brincar.

Y todo esto iba haciendo la viejecita con una agilidad increíble. El Duende la miró un rato y se presentó delicadamente:

—Respetable señora, yo soy el Duende Melodía y vivo en la callampa del lado.

—Y yo soy la bruja Picarona y vivo en la callampa de ningún lado, ji ji.

El Duende, la Ranita y la Torcaza dieron un salto atrás.

—¡Picarona y bruja! ¡Qué horror! —gimió el Duende.

—¡Qué horror! —repitieron las otras dos.

—Yo no soy bruja, soy una brujita y hay una gran diferencia —corrigió Picarona.

Diciendo esto, se metió en su casa y cerró la puerta. Antes de que nadie alcanzara a respirar, la nueva callampa empezó a dar vueltas y como tornillo se hundió en la tierra limpiamente. Todos lanzaron otro grito, pero tuvieron que tragárselo, porque la callampa apareció un poco más allá, junto a unas flores. La brujita salió con una regadera y se puso a echar agua a las plantas murmurando:

—Corrí la casa más acá porque me gustan mucho las flores.

—Si le gustan las flores, es buena —exclamó el Duende con alivio—. Pero si le gusta la música, es perfecta.

Sacó de su bolsillo la flauta con que solía encantar sus tardes. A los primeros compases, la brujita dejó la regadera, se metió en. la casa y con callampa y todo se trasladó con suma ligereza, esta vez por encima de la tierra, hacia el lugar donde sonaba la música.

Se puso a bailar locamente, lo que alegró tanto al Duende, que improvisó rondas, polcas, valses y otros ritmos modernos. La Ranita y la Torcaza se entusiasmaron; mientras una daba bote sobre su panza, la otra aleteaba como remolino. El Duende tocó hasta que Picarona cayó sentada al suelo.

—¡Usted es buena! ¡Le gustan las flores y la música! —gritó el Duende.

—No, no soy buena, lo que pasa es que estoy recién nacida —contestó la brujita.

La Torcaza y la Ranita se toparon ala con pata, mientras comentaban riendo:

—Dice que es recién nacida y parece una vieja, requetevieja. Debe ser porque es bruja.

Picarona pidió más música:

—¡Quiero seguir bailando hasta la medianoche! —gritó.

Pero entonces las chancletas crujieron y de un tirón se salieron de los pies de la extraña vecina, huyendo entre las malezas a grandes trancos mientras se quejaban:

—Estamos cansados, ya no damos más, no queremos estar en los pies de esta bruja.

Llamando a sus zapatos con desesperación, la brujita echó a correr detrás de ellos hasta perderse de vista. Ante el asombro de todos, partió también, muy apurada, la nueva callampa.

Largo rato, el Duende, la Ranita y la Torcaza esperaron que Picarona regresara. Cuando oscureció, cada uno se fue a su casa, desilusionado.

Hasta el día de hoy, la brujita no ha vuelto ni se ha sabido de ella. La Torcaza consultó al Tordo y solo pudo saber lo siguiente:

—Volverá la brujita,
volverá, volverá,
pero el día que vuelva
¿cuál será, cuál será?

La Torcaza y la Ranita se sintieron satisfechas con estas sabias y esperanzadas palabras. Pero el Duende Melodía no quedó muy tranquilo, porque tener de vecina a una bruja o a una brujita es de todas maneras inquietante.

Por eso despierta temprano y revisa los alrededores, temiendo que aparezca la callampa corredora, o que se oigan los crujidos de los viejos zapatos de Picarona.

FIN

Gracias por leernos...

Libro de visitas

Introduce el código.
* Campos obligatorios
Todavía no hay comentarios.

NUESTRAS PUBLICACIONES

NUESTRO GRUPO. Páginas web

Ya está disponible la Guía de Lectura - Poesía:

"A los jóvenes que quieren morir", de Gwendolín Brooks

PRIMERA TEMPORADA: FEBRERO 2011 - ENERO 2012

SEGUNDA TEMPORADA: FEBRERO 2012 - ENERO 2013

TERCERA TEMPORADA: FEBRERO 2013 - ENERO 2014

CUARTA TEMPORADA: FEBRERO 2014 - ENERO 2015

QUINTA TEMPORADA: FEBRERO 2015 - ENERO 2016

SEXTA TEMPORADA:   FEBRERO 2016 - ENERO 2017

SÉPTIMA TEMPORADA:   FEBRERO 2017 - ENERO 2018

OCTAVA TEMPORADA:   FEBRERO 2018 - ENERO 2019

NOVENA TEMPORADA:   FEBRERO 2019 - ENERO 2020

DÉCIMA TEMPORADA:   FEBRERO 2020 - ENERO 2021

UNDÉCIMA TEMPORADA:   FEBRERO 2021 - ENERO 2022

Visitas totales


E-mail