Centenarios:

Enero 2021.

Uno a uno todos somos mortales, juntos somos eternos. (Apuleyo)

Los centenarios que se conmemoran este mes corresponden a cuatro nacimientos y dos muertes. Los primeros son: el guatemalteco Otto-Raúl González, el suizo Friedrich Dürrenmatt, la estadounidense Patricia Highsmith y el italiano Eugenio Corti; por su parte, las defunciones son: el portugués Antonio Duarte Gomes Leal y el poeta español Abate Marchena.

Otto-Raúl González, nacido en la Ciudad de Guatemala, el 1 de enero de 1921, fue un poeta guatemalteco, abogado e ideólogo de izquierdas contrario a cualquier tipo de dictadura, lo que le llevó a militar en grupos revolucionarios desde su juventud, fundando junto a otros compañeros estudiantes, incluidos Carlos Illescas y Augusto Monterroso, la Revista Acento. Por ese tiempo ya estaba involucrado en la política como líder estudiantil contra la autocracia de Jorge Ubico, experiencia que reflejó en Voz y voto del Geranio (1943), donde reflexionaba sobre la imposibilidad de ejercer el voto en su país, en una sucesión de metáforas florales y políticas. Tras la caída de del gobierno dictatorial fue nombrado subsecretario del programa de la reforma agraria durante la revolución social dirigida por Jacobo Arbenz. Sin embargo, a causa del derrocamiento del Gobierno, tuvo que huir y refugiarse en Ecuador durante un tiempo, hasta que marchó a México donde se licenció en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma. Publicó más de sesenta libros entre poesía, ensayos, novelas y cuentos, recibiendo varios premios a lo largo de su carrera literaria, entre los que destacan, el Nacional de Poesía Jaime Sabines de México y el Nacional de Literatura de Guatemala en 1990. Falleció en Ciudad de México el 23 de junio de 2007.

Limpieza de la voz

          Otto-Raúl González

Tórnase tu terráquea voz sonora
para decir sin brumas la palabra
que no se dijo clara todavía,
rojo geranio.

Lengua la tuya de ciclón y trueno
para decir la verdadera cosa
con sencillez tan clara, tan exacta;
cálida lengua.

Cólera sorda tu palabra lleva,
llanto terrible tu palabra moja,
odio fecundo tu palabra tiene;
cólera sorda.

Voz que derrama los cordiales vinos;
voz que fecunda los parajes yermos,
voz que proviene de la tierra misma;
voz que redime.

Sobre los grises ámbitos del suelo
yérguese, redivivo, tu lenguaje
por todos los humildes de la tierra
hoy comprendido.

Friedrich Dürrenmatt fue un escritor suizo nacido el 5 de enero de 1921 en Konolfingen (Emmental) y fallecido en 1990 en Neuchâtel. Está considerado el principal dramaturgo de lengua alemana de su generación, después de Bertolt Brecht. Con frecuencia dirigía él mismo sus obras y participaba regularmente en su producción, revisando y reescribiendo en consulta con los actores hasta el último minuto. En 1933 ingresó a la escuela secundaria en el pueblo vecino de Grosshochstetten, donde comenzó a interesarse por la pintura y el dibujo, actividad que continuó practicando durante toda su vida, aunque a los veintitrés años decidió concentrarse en escribir historias y obras de teatro. La familia se mudó en 1935 a la ciudad de Berna, donde el padre de Dürrenmatt fue nombrado pastor del Hospital de Salem, allí se matriculó en una escuela secundaria cristiana de la que fue expulsado dos años más tarde, siendo transferido a otra privada menos rigurosa, la Humboldtianum, de la que se saltaba clases con regularidad. Asistía al Teatro de la Ciudad de Berna con bastante frecuencia, en el que su tío, un funcionario del gobierno, ocupaba un asiento reservado. Tras ser rechazado por el Instituto de Arte, se matriculó en la Universidad de Zúrich, donde estudió filosofía, literatura y ciencias naturales durante un semestre. Luego marchó a la Universidad de Berna en la que recibió clases Filosofía en otro corto periodo de tiempo, mientras tanto, impartía clases particulares de griego y latín para ganar algo de dinero, aunque también tuvo que dejarlo a causa del servicio militar.  En 1942, Dürrenmatt regresó a la Universidad de Zúrich durante otro periodo, pasando la mayor parte de su tiempo en compañía de pintores y escribiendo obras de teatro e historias. En 1943 enfermó de hepatitis y regresó a su casa en Berna. Tres años más tarde, Dürrenmatt se casó con la actriz Lotti Geissler, estableciéndose en Basilea y comenzando su producción literaria más en serio, aunque con poca aceptación, lo que causó problemas económicos en la familia que en ese momento ya eran tres, ya que había nacido su primer hijo, por ello no les quedó otro remedio que desplazarse hasta Schernelz, donde la madre de su mujer los mantuvo hasta que, con la obra Rómulo el Grande (1949), consiguió su primer éxito representándose en varios teatros alemanes. Sin embargo, tuvo que escribir obras de detectives para pagar las facturas que acechaban su paupérrima economía, que se agravó tras nacer dos niñas más. Estas novelas alcanzaron gran popularidad y sus ventas le permitieron vivir más holgadamente y comprarse la casa de Neuchâtel en la que vivió hasta su muerte. Su gran éxito llegó en 1963 con Los físicos en la que cuenta la historia de un científico brillante que se esconde en un asilo y finge estar loco para mantener sus descubrimientos potencialmente peligrosos lejos de quienes están en el poder y para continuar su investigación sin ser molestados. El trabajo refleja la inquietud que muchas personas sintieron después de la Segunda Guerra Mundial y durante el apogeo de la Guerra Fría, cuando los esfuerzos de los científicos se aplicaron cada vez más al desarrollo de instrumentos de destrucción. Luego llegaron las adaptaciones de diversas obras de Shakespeare y de Strindberg con las que consiguió una mezcla de éxitos y fracasos. En 1988 se retiraba de los escenarios con un palmarés de diecisiete prestigiosos premios, fue nombrado miembro honorario de la Universidad Ben-Gurion en Israel en 1974 y obtuvo un doctorado honorario de la Universidad de Zurich en 1983. Y sus obras como La visita y Los físicos todavía se encuentran entre las más representadas en el mundo de habla alemana.

Justicia (fragmento)

Friedrich Dürrenmatt

‘Soy un hombre probeta, criado en un laboratorio modelo, dirigido según los principios de los educadores y psiquiatras que, junto a los relojes de precisión, los psicofármacos, el secreto bancario y la neutralidad eterna, ha producido nuestro país. Hubiera podido ser un producto modelo de ese centro de experimentación, en el que sólo faltaba una cosa: una mesa de billar. Y así fui lanzado al mundo sin poder entenderlo a fondo porque nunca me había enfrentado a él, porque en él debían imperar las reglas del orfanato en el que habían crecido. Sin preparación alguna fui arrojado al orden depredador de los seres humanos, sin preparación alguna me vi enfrentado a los instintos que lo informan: codicia, odio, miedo, astucia, poder, pero con no menos desamparo quedé expuesto a aquellos sentimientos con que humanizan ese orden depredador: la dignidad, la mesura, la razón y, por último, el amor. Fui arrastrado por la realidad humana como alguien que no sabe nadar por un río impetuoso y, al luchar contra mi caída acabé convirtiéndome, durante la caída misma, en un animal depredador (…)

La historia universal ofrece a la humanidad la engañosa perspectiva de un tiempo infinito; acaso este, medido objetivamente, sólo sea para la Tierra un breve episodio, o ni siquiera eso, un simple incidente acaecido dentro de un segundo terráqueo, apenas verificable a escala cósmica, que deja un rasguño superficial y difícilmente interpretable. Los dorios creían que, apenas surgidos del suelo y estando aún sumergidos en el barro, empezaron a arremeter unos contra otros: así, en realidad, nos precipitamos sobre nosotros mismos, tanto en la paz como en la guerra, desde que salimos de la época glacial, hombres sobre mujeres, mujeres sobre hombres, hombres sobre hombres, mujeres sobre mujeres, no guiados por la razón sino por el instinto, millones de años más evolucionado que aquella, inescrutable en sus motivaciones. Y así, amenazándonos con bombas atómicas, de hidrógeno y de neutrones, mantenemos lo peor a distancia, tamborileando sobre nuestros pechos como gorilas para intimidar a las otras hordas de gorilas, mientras corremos el peligro de perecer por esa paz que tanto queremos conservar, de reventar cubiertos por las ramas de los bosques muertos.’

Patricia Higsmith nació el 19 de enero de 1921 en Fort Worth, Texas, y falleció el 4 de febrero de 1995 en Locarno, Suiza. Esta escritora norteamericana fue mundialmente conocida por thrillers psicológicos que profundizaban en la naturaleza de la culpa y la no siempre fácil distinción entre el bien y el mal. Highsmith, cuyo apellido fue cogido de su padrastro, se graduó en la Universidad Barnard de Nueva York en 1942, viajando hasta Europa tres años más tarde, donde se quedaría hasta el final de sus días. En 1950 publicó Extraños en tren, una intrigante historia de dos hombres, cuyas vidas entrelazadas, les conducen hacia el abismo. Al año siguiente, Alfred Hitchcock llevaría esta novela al cine con gran éxito. El primer libro de la serie del simpático asesino Tom Ripley llegaría en 1955, El talento de Mr. Ripley, al que seguirían varios más con las aventuras del mismo personaje. Tras años antes había escrito su primera novela de amor bajo el pseudónimo de Claire Morgan, El precio de la sal también llamada Carol, como sería conocida la película correspondiente. En el apartado de relatos podemos destacar La casa negra (1981), Catástrofes (1987) y Los cadáveres exquisitos (1995).

 

La prostituta autorizada o la esposa

Patricia Highsmith

Sarah siempre se había dedicado a eso en plan de aficionada, y a los veinte años se casó, con lo que obtuvo la licencia. Para remate, el matrimonio se celebró en una iglesia en presencia de familia, amigos y vecinos, puede que incluso tuviera a Dios como testigo, ya que, desde luego, él estaba invitado. Iba toda de blanco, aunque ciertamente no era virgen, dado que estaba embarazada de dos meses y no del hombre con quien se casaba, el cual se llamaba Diego. Ya podía convertirse en una profesional, contando con la protección de la ley, la aprobación de la sociedad, la bendición de los clérigos y el apoyo económico garantizado por su marido.

Sarah no perdió el tiempo. Primero fue el hombre del contador del gas, como ejercicio de precalentamiento; luego, el limpia-ventanas, cuyo trabajo le llevaba un número variable de horas, dependiendo de lo sucias que le hubiera dicho a Diego que estaban las ventanas. A veces Diego tenía que pagarle ocho horas de trabajo y un poco más por horas extra. En ocasiones, el limpia-ventanas estaba allí cuando Diego salía para el trabajo y seguía estando allí cuando volvía a casa por la tarde. Pero éstos eran ligas menores, y Sarah pasó a su abogado, lo que tenía la ventaja de que éste no cobraba extras por los servicios prestados a la familia Mendiola, la cual constaba ya de tres miembros.

Diego estaba orgulloso de su hijito Junior y se ruborizaba de placer cuando las amistades comentaban el parecido de Junior con él. Las amistades no mentían, se limitaban a decir lo que pensaban que debían decir, lo mismo que le hubieran dicho a cualquier padre. Después del nacimiento de Junior, Sarah cortó sus relaciones sexuales con Diego (que nunca habían sido frecuentes), diciéndole: “Con uno basta, ¿no crees?” Otras veces decía: “Estoy cansada”, o “Hace demasiado calor”. Vamos, que el pobre Diego sólo valía por su dinero —no era rico, pero tenía una buena posición porque era relativamente inteligente y presentable, poco agresivo para resultar una molestia y… Bueno, eso era más o menos lo único necesario para satisfacer a Sarah. Ella tenía la vaga idea de que necesitaba un protector y acompañante. De algún modo, firmar “Señora de” daba más categoría.

Disfrutó tres o cuatro años de amoríos con el abogado; luego fue su médico; después, un par de maridos descarriados pertenecientes a su círculo social, más unas cuantas escapadas de dos semanas con el padre de Junior. Estos hombres la visitaban generalmente por las tardes, de lunes a viernes. Sarah era sumamente precavida e insistía —dado que su fachada principal era visible desde varias casas vecinas— en que sus amantes la llamaran desde algún lugar próximo, para que ella pudiese decirles si el panorama estaba despejado. La hora más segura era la una y media, cuando la mayoría de la gente estaba comiendo. Después de todo, lo que Sarah se jugaba era su techo y su comida, y Diego se estaba poniendo nervioso, aunque todavía no sospechaba nada.

En el cuarto año de matrimonio, Diego tuvo un desliz. Le había hecho proposiciones a su secretaria, así como a la chica que trabajaba detrás del mostrador, en su oficina de suministros, y había sido suave, pero firmemente rechazado, por lo que su autoestima se hallaba en menos cero.

—¿No podríamos volver a intentarlo? —fue la sugerencia de Diego.

Sarah contraatacó con una docena de batallones, con los cañones listos para disparar durante años. Se hubiera pensado que era una persona con quien se había cometido una injusticia.

—¿Acaso no he creado un hogar perfecto? ¿No soy una buena anfitriona? La mejor, según todos nuestros amigos, ¿no es así? ¿He dejado de ocuparme de Junior alguna vez? ¿He dejado alguna vez de tenerte preparada una comida caliente cuando volvías a casa?

Ojalá te olvidaras de la comida caliente de cuando en cuando y pensaras en otra cosa, deseaba decirle Diego, pero era demasiado bien educado para soltarlo.

—Y además tengo buen gusto —añadió Sarah como andanada final—. Nuestros muebles no sólo son buenos, sino que están bien cuidados. No sé qué más esperas de mí.

Los muebles estaban tan brillantes que la casa parecía un museo. Muchas veces a Diego le daba apuro manchar los ceniceros. Hubiese preferido más desorden y un poco más de calor. ¿Cómo podía decírselo?

—Ahora ven a tomar algo —dijo Sarah, más dulcemente, extendiendo una mano en un gesto sin precedentes en los últimos años. Se le acababa de ocurrir una idea, un plan.

Diego cogió su mano con alegría y sonrió. Repitió de todos los platos que ella le ofreció insistentemente.

La cena fue buena, como de costumbre, porque Sarah era una excelente y meticulosa cocinera. Diego esperaba que la velada tuviera un final feliz, pero en ese sentido quedó defraudado.

La idea de Sarah era matar a Diego a base de buenas comidas, de amabilidad en cierto sentido, de cumplir con su deber de esposa. Iba a cocinar más y de una forma más elaborada. Diego ya tenía barriga; el médico le había advertido que tuviera cuidado con los excesos en la comida, la falta de ejercicio y todo ese rollo.

Pero Sarah estaba suficientemente informada respecto al control del peso, como para saber que lo que cuenta es lo que se come, no el ejercicio que se haga. Y a Diego le encantaba comer. El escenario estaba preparado y ¿qué podía perder?

Empezó a usar grasas más fuertes, manteca de cerdo y aceite de oliva, a hacer macarrones con queso, a untar los sandwiches con una gruesa capa de mantequilla, a insistir en que la leche era una espléndida fuente de calcio, para combatir la calvicie de Diego. Él engordó diez kilos en tres meses. El sastre tuvo que arreglarle todos los trajes y luego hacerle otros nuevos.

—Tenis, querido —le dijo Sarah, preocupada—. Lo que necesitas es un poco de ejercicio.

Confiaba en que le diera un ataque al corazón. Pesaba ya más de cien kilos y no era un hombre alto. Se ahogaba al menor esfuerzo.

El tenis no sirvió de nada. Diego era lo bastante prudente, o lo bastante pesado, para limitarse a estar de pie en la pista y dejar que la pelota viniera a él, y si la pelota no venía, él no pensaba correr tras ella para golpearla. Así que, un caluroso sábado en que le había acompañado a las pistas como siempre, Sarah fingió desmayarse. Murmuró que quería que la llevase al coche para ir a casa. Diego se esforzó por levantarla, jadeando, ya que Sarah tampoco era precisamente una varita de nardo. Desgraciadamente para sus planes, dos tipos vinieron corriendo desde el bar del club para echarles una mano y metieron a Sarah en el Jaguar con facilidad.

Una vez en casa, con la puerta cerrada, Sarah se desvaneció de nuevo y farfulló en un tono hermético, aunque débil, que era preciso llevarla arriba, a la cama. Era la gran cama de matrimonio de la cual les separaban dos tramos de escalera. Diego la alzó en brazos, pensando que no presentaba una imagen muy romántica subiendo trabajosamente escalón a escalón y dando traspiés mientras llevaba a su amada al lecho. Finalmente, tuvo que echársela al hombro, y aun así se cayó de bruces al llegar al descansillo del segundo piso. Jadeando fuertemente, rodó a un lado para librarse del cuerpo inerte de Sarah, y volvió a intentarlo, esta vez simplemente arrastrándola por el vestíbulo enmoquetado hasta el dormitorio. Sintió la tentación de dejarla tumbada allí hasta que recuperase el aliento (ella ni se movía), pero podía imaginar sus recriminaciones si volvía en sí en los próximos segundos y se encontraba con que él la había dejado tirada en el suelo.

Diego se puso de nuevo a la tarea, empleando en ella toda su fuerza de voluntad, porque, ciertamente, fuerza física ya no le quedaba. Le dolían las piernas, la espalda le estaba matando, y se asombró de lograr levantar ese peso (casi setenta kilos) hasta la cama.

“¡Uuff!”, dijo Diego, y retrocedió tambaleándose, con la intención de derrumbarse en una butaca, pero ésta tenía ruedecitas y se deslizó hacia atrás, por lo que él aterrizó en el suelo, con un golpe que hizo temblar la casa. Un dolor espantoso le atenazaba el pecho. Se llevó un puño al pecho y mostró los dientes en una mueca de agonía.

Sarah le observaba, echada en la cama. No hizo nada. Esperó y esperó. Casi se quedó dormida. Diego gemía y pedía ayuda. Era una suerte, pensó Sarah, que esta tarde hubieran dejado a Junior con una canguro, en lugar de que ésta viniera a la casa. Después de unos quince minutos, Diego se quedó inmóvil. Sarah se durmió al fin. Cuando se levantó, comprobó que Diego estaba bien muerto y empezando a enfriarse. Entonces telefoneó al médico de la familia.

Todo le fue bien a Sarah. La gente dijo que hacía sólo pocas semanas se habían asombrado del buen aspecto que tenía Diego, con las mejillas sonrosadas y todo eso. Sarah recibió: una fuerte suma de la compañía de seguros, su viudedad, mucha comprensión y afecto de la gente, que le aseguraba que ella le había dado a Diego lo mejor de sí misma, había formado un hogar perfecto, le había dado un hijo, en una palabra, se había entregado completamente a él y había hecho que su vida, desgraciadamente, más bien corta, fuese tan feliz como podía ser la vida de un hombre. Nadie dijo: “¡Qué crimen tan perfecto!”, que era la opinión personal de Sarah, y ahora podía reírse al pensarlo. Ahora podía convertirse en la Viuda Alegre. Exigiendo pequeños favores de sus amantes —sin darle importancia, claro está— iba a vivir aún mejor que antes de morir Diego. Y podría seguir firmando “Señora de”.

Eugenio Corti, nació el 21 de enero de 1921 en Besana, Italia, donde falleció el 4 de febrero de 2014. Durante la Segunda Guerra Mundial, tras la retirada del ejército italiano del frente ruso, donde él participó, se unió a los partisanos italianos para luchar contra Mussolini, y des estas experiencias surgieron sus novelas como: Los que no volvieron (1947), El caballo rojo (1983), la cual sería su novela fundamental, y Los últimos soldados del rey (1994). También escribió varios ensayos y libros de historia.

Antônio Duarte Gomes Leal murió el 30 de enero de 1921 en Lisboa, la misma ciudad que le vio nacer el 6 de junio de 1848. Este poeta portugués, de fuerte carácter satírico, fundó un periódico del mismo estilo, O Espectro de Juvenal en 1872. Su poesía recorrió diversas tendencias que iban desde el romanticismo hasta el simbolismo, editando su primer libro, As Claridades do Sul, en 1875, al que siguieron: A Fome de Camôes (1880), O Anticristo (1884) o Fim dum Mundo (1900), de clara tendencia antirreligiosa, lo que lle llevó a publicar, en 1910, un libro donde parecía retractarse de su inicial postura: Avatares dum Ateu.

 

El resplandor

Antônio Gomes Leal

 

No hay mujer más pálida y fría, 
Y su mirada azul es vaga y serena 
Hace el efecto de una suave luz de luna 
En su cutis que es morboso y suave. 

¡Cómo lo toman ... esta mujer oscura 
trae muerte cruel a su ola, 
Suicidio y Dolor! ... Recuerda el Reino 
Un cuento, en la luz del crepúsculo del día. 

¡Por eso nunca envidio a tus amantes! 
- Y cuando fue ayer, presumían de sus brillantes, 
En el teatro, con vistas fascinadas ... 

Tortura de visiones ... ¡incomprensible! 
En lugar de ellos, pensé que los vi brillar - 
¡lágrimas heladas horribles Y reales!

José Marchena y Ruiz de Cueto (Abate Marchena) murió el 31 de enero de 1821 en Madrid, habiendo nacido en Utrera, Sevilla, el 18 de noviembre de 1768. Hijo único de una familia acomodada destinado a la carrera eclesiástica. Sin embargo, su falta de vocación religiosa hizo que muy pronto su vida siguiera otros derroteros. Estudió Filosofía Moral en los Reales Estudios de San Isidro y, posteriormente, Leyes en la Universidad de Salamanca para iniciar en esta Universidad la carrera de Leyes. Familiarizado con el pensamiento de Adam Smith, Rousseau, Mably, Montesquieu, Voltaire y otros autores de la Ilustración, publicó en Madrid, allá por 1787, el periódico El Observador, donde sus escritos fueron denunciados al Santo Oficio y su lectura quedó prohibida. De su época a caballo entre Madrid y Sevilla son sus creaciones poéticas de carácter neoclásico y con un claro contenido político. A causa de sus penurias económicas, en 1792, en plena Revolución francesa, se marchó a Francia, instalándose durante un año en Bayona donde sus ideas revolucionarias fueron bien acogidas. En 1793 viajó a París, justo cuando se declaró la guerra entre Francia y España, sin embargo, con la subida de Robespierre al poder de la República, Marchena fue detenido y encarcelado, junto con los girondinos, hasta finales de 1794. Sin embargo, con la llegada del Directorio, volvió a disfrutar de una gran fama en los círculos parisinos, aunque su vehemencia en la exposición de sus pensamientos le ocasionó numerosos problemas con las autoridades, sobre todo tras editar la revista Le Spectateur fraçaise. En 1799 traduciría al español El contrato social de Rousseau. Con la llegada de Napoleón fue nombrado inspector de contribuciones en el estado mayor del Ejército del Rin. Fue durante ese periodo cuando publicó el Fragmentum Petronii, un falso fragmento del Satiricón de Petronio escrito en latín, que acompañó el texto de una jocosa introducción sobre las artes amatorias en la Antigüedad y, unos años después, volvería a realizar una broma parecida con la edición de un falso Fragmentum Catulli (1806). Concluida la guerra con Alemania, regresó a París donde estuvo ocupado en diversas tareas literarias: tradujo varias obras al francés, del italiano y del inglés, colaboró en la revista Décade philosophique, y realizó algunas obras literarias y ensayos. A principios de 1808, regresó a España con el general Murat como propagandista a favor de la política francesa en España, siendo director del Correo Político y Militar de Córdoba, y desempeñando diversos cargos de importancia en el Ministerio del Interior de José I quien, en reconocimiento a su trabajo, le condecoró con la Cruz de la Real Orden de España. Sin embargo, la derrota francesa en España le obligó a tomar de nuevo el camino del exilio en Francia, donde tradujo al español de las principales obras de la filosofía y del pensamiento político francés del siglo XVIII. Con el restablecimiento de la Constitución y el perdón a los afrancesados, pudo regresar a España instalándose en Sevilla, muriendo en Madrid, mientras visitaba a un amigo, en 1921.

 

El sueño engañoso

de Abate Marchena

 

Al tiempo que los hombres y animales
en hondo sueño yacen sepultados,
soñé ante mí los pueblos ver postrados
alzarme rey de todos los mortales.

Rendí el cetro a las plantas celestiales
de Alcinda, y mis suspiros inflamados
benignamente fueron escuchados;
me envidiaron los Dioses inmortales.

Huyó lejos el sueño, mas no huyeron
las memorias con él de mi ventura,
la triste imagen de mi bien fingido.

El mando y el poder desparecieron.
¡Oh de un desventurado suerte dura!
Amor quedó, mas lo demás es ido.

Gracias por leernos...

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