Centenarios:

Diciembre 2020.

Siete son los centenarios, seis de nacimientos y uno de muerte, correspondientes a diversos autores de ambos sexos, procedentes de tres continentes, que se conmemoran en este mes de diciembre de 2020. Tal vez la mayoría os resulten desconocidos, pero no por eso dejaron de ser importantes sus aportaciones a la literatura universal, por lo que os aconsejo un pequeño acercamiento a sus vidas y obras.

Afanasi Fet, también conocido como Foeth y cuyo verdadero nombre respondía a Afanasy Afanasyevich Shenshin, fue un poeta ruso nacido el 5 de diciembre de 1820 en Novosyolki, Rusia, falleciendo el 3 de diciembre de 1892 en Moscú. Hijo ilegítimo de un terrateniente llamado Shenshin, cuyo nombre asumió por ley cincuenta y seis años después de su nacimiento y de una mujer alemana llamada Foeth.

Partidario de la estética idealista, “ars gratia artis”, sus primeros poemas líricos aparecieron en la revista literaria Moskvityanin, mientras estudiaba en la Universidad de Moscú en 1842, y ocho años más tarde editaría su primer poemario. Tras sus años en el ejército, del que se retiró con el grado de capitán, se instaló junto con su esposa María Petrovna Bólkina, hermana del escritor y crítico ruso Vasili Bolkin, en una finca de Stepanovka, donde le visitaban sus amigos Ivan Turgenev y León Tolstoi.

Con su estilo intenso y breve, pretendía transmitir vivencias y sensaciones momentáneas, algo que tendría una influencia muy importante en los poetas simbolistas posteriores, sin embargo, no era un hombre de personalidad atractiva y recibía constantes críticas por sus opiniones políticas de tendencia reaccionaria.

En sus últimos años se inclinó hacia una poesía más descriptiva, sobre la naturaleza y el amor, así como a traducir obras de los clásicos: Ovidio, Virgilio, y otros autores más cercanos en el tiempo: Goethe o Schopenhauer.

Seguidamente os ofrecemos uno de sus poemas escrito en 1844: “Cuando, tras la frontera de los días vividos”, que da inicio a la selección bilingüe realizada y traducida por Joaquín Torquemada, “A.Fet”:

 

Cuando tras la frontera de los días vividos,

te vuelva yo a soñar entre niebla perdida,

de gozo lloraré, como el primer judío

al linde de la tierra prometida.

 

Juegos, sueños de infancia que ya no dan dolor,

que tú hiciste a la vez tan dulces y cruentos

al darme cuenta yo de mi primer amor

por unos agitados sentimientos,

 

y el brillo de tus ojos, y el calor de tus manos,

con risas y suspiros sonado en armonía,

palabras sin sentir y algunos dichos vanos,

como esos de pasiones encendidas.

Tatamkulu Afrika, poeta, escritor y activista sudafricano nacido el 7 de diciembre de 1920 en As Sallum, Egipto, de padre árabe y madre turca, como Mahamed Faud Nasif. La familia se trasladó a Sudáfrica en 1923, donde sus padres murieron a causa de la gripe asiática quedando huérfano a la edad de dos años. Se hicieron cargo de él unos familiares hasta que fue entregado a una familia metodista que lo rebautizó con el nombre de John Charlton, quienes le revelaron su condición de hijo adoptivo cuando cumplió los dieciocho años. Para entonces ya había publicado su novela Broken Earth.

Durante la Segunda Guerra Mundial se ofreció como voluntario al ejército sudafricano, siendo he prisionero en Tobruk. Al finalizar la guerra, se fue a vivir a Namibia, donde fue acogido por una familia afrikáans, quienes de nuevo le cambiaron el nombre por el de Jouza Joubert. Allí realizó diversos trabajos: minero, camarero, dependiente de tienda, asistentes de auditores y batería de jazz.

En 1964 se convirtió al Islam, volviendo a cambiar de nombre, en este caso Ismail Joubert, y se trasladó al tristemente conocido como el Distrito Seis, tras cuya destrucción a manos de los defensores del apartheid, Joubert se unió a una organización musulmana militante conocida como Al Jihaad, de la que pasó a formar parte del uMkhonto weSizwe (MK), el brazo armado del Congreso Nacional Africano (ANC), donde le dieron el nombre de Tatamkhulu Afrika (Abuelo África), siendo arrestado en 1987 a causa de sus actividades políticas acusado de terrorismo y se le prohibió escribir, una orden que incumplió usando su nuevo nombre.

Tatamkhulu Africa publicó ocho volúmenes de poesía y cuatro obras en prosa desde 1990, ganando diversos premios y donando gran parte de sus ingresos a un centro islámico en Guguletu y a una guardería. El 23 de diciembre de 2002, Tatamkhulu Afrika falleció tras ser atropellado por un coche.

Seguidamente les proponemos la lectura de un poema de Tatamkhulu Afrika titulado “Recordando”, cuya traducción es nuestra, por cuyos errores nos disculpamos de antemano:

Ahora estoy mirando hacia atrás:

¿se cerrará el círculo?

¿Por qué la ciudad esta mañana

se parece tanto a esa otra ciudad,

sus líneas impuestas sobre sus líneas:

el mismo lento movimiento de las olas,

la misma neblina de polvo,

los mismos edificios derrumbados

que se hunden en el mar salado,

el mismo malestar triste e imparable?

Al lado de este jardín me detengo,

sus dalias secadas al sol,

las capuchinas esterilizadas,

una palmera solitaria inclinada hacia Siwa,

suplicando su humedad,

tan poca y tan amarga

como la orina en la arena.

 

Nada muere:

todo lo que yo pensaba muerto

se levanta de nuevo:

la casita donde por primera vez

me dieron una bofetada,

donde me quitaron la punta de la virilidad

como lo exige la religión,

la arena roja se deslizó

hacia el Mediterráneo azul,

el olor a incienso en el viento khamsin,

tanto recordado,

tantas lámparas viejas encendidas nuevamente,

lámpara cuyas mechas pensé

que se habían carbonizado hace mucho tiempo,

- y desde la noche más allá de su luz

flota un rostro inclinado sobre el mío –

su dulzura es refulgencia,

su fragancia es de flores.

Clarice Lispector, escritora brasileña nacida el 10 de diciembre de 1920 en Chechelnyk, Ucrania (en tiempos del Imperio Ruso), y fallecida en Río de Janeiro, Brasil, el 9 de diciembre de 1977.

Lispector emigró a Brasil desde Ucrania, cuando contaba tan solo cinco años de edad, con sus padres y sus dos hermanas mayores, huyendo de los progromos contra los judíos. Cuatro años más tarde moriría su madre a causa de la sífilis que le contagiaron unos soldados rusos que la habían violado. En Brasil, Lispector estudiaría Derecho, pero se dedicó al periodismo y, sobre todo, a la escritura, donde alcanzó fama internacional y cuyas obras, con una visión muy personal y existencialista del dilema humano, están escritas en un estilo caracterizado por un vocabulario simple y una estructura oracional elíptica.

Su primera novela, Perto do coraçâo selvagem (1944), obtuvo numerosos elogios de la crítica por su visión de la adolescencia. En sus obras posteriores, como A maçâ no escuro (1961), A paixâo segundo GH (1964), Água viva (1973), A hora da estrella (1977) y Un sopro de vida: pulsaçôes (1978), sus personajes, alienados y en busca del sentido de sus vidas, van ganando conciencia de sí mismos y aceptan su lugar en un universo arbitrario, pero eterno. Sin embargo, su mejor prosa se encuentra en sus cuentos. Colecciones como Laços de familia (1960) y A legiâo estrangeira (1964) se centran en momentos personales de revelación de la vida cotidiana de los protagonistas y la falta de comunicación significativa entre los individuos en un entorno urbano contemporáneo.

Seguidamente les adjuntamos un relato de Clarice Lispector titulado: La mujer más pequeña del mundo”, con traducción de Elena Losada:

 

En las profundidades del África Ecuatorial, el explorador francés Marcel Petre, cazador y hombre de mundo, se encontró con una tribu de pigmeos de una pequeñez sorprendente. Más sorprendido, pues, quedó al ser informado de que un pueblo de tamaño aún menor existía más allá de florestas y distancias. Entonces, él se adentró aún más.

En el Congo Central descubrió, realmente, a los pigmeos más pequeños del mundo. Y —como una caja dentro de otra caja, dentro de otra caja— entre los pigmeos más pequeños del mundo estaba el más pequeño de ellos, obedeciendo, tal vez, a una necesidad que a veces tiene la naturaleza de excederse a sí misma.

Entre mosquitos y árboles tibios de humedad, entre las hojas ricas de un verde más perezoso, Marcel Petre se topó con una mujer de cuarenta y cinco centímetros, madura, negra, callada. «Oscura como un mono», informaría él a la prensa, y que vivía en la copa de un árbol con su pequeño concubino. Entre los tibios humores silvestres, que temprano redondean los frutos y les dan una casi intolerable dulzura al paladar, ella estaba embarazada.

Allí en pie estaba, pues, la mujer más pequeña del mundo. Por un instante, en el zumbido del calor, fue como si el francés hubiese, inesperadamente, llegado a la conclusión última. Con certeza, solo por no ser loco, es que su alma no desvarió ni perdió los límites. Sintiendo la necesidad inmediata de orden y de dar nombre a lo que existe, la apellidó Pequeña Flor. Y para conseguir clasificarla entre las realidades reconocibles, pasó enseguida a recoger datos relacionados con ella.

Su raza está, poco a poco, siendo exterminada. Pocos ejemplares humanos restan de esa especie que, si no fuera por el disimulado peligro de África, sería un pueblo muy numeroso. A más de la enfermedad, el infectado hálito de aguas, la comida deficiente y las fieras que rondan, el gran riesgo para los escasos likoualas está en los salvajes bantúes, amenaza que los rodea en silencioso aire como en madrugada de batalla. Los bantúes los cazan con redes, como lo hacen con los monos. Y los comen. Así, tal como se oye: los cazan con redes y los comen. La pequeña raza de gente, siempre retrocediendo y retrocediendo, terminó acuartelándose en el corazón del África, donde el afortunado explorador la descubriría. Por defensa estratégica, habitan en los árboles más altos. De allí descienden las mujeres para cocinar maíz, moler mandioca y cosechar verduras; los hombres, para cazar. Cuando un hijo nace, se le da libertad casi inmediatamente. Es verdad que, muchas veces, la criatura no aprovechará por mucho tiempo de esa libertad entre fieras. Pero también es verdad que, por lo menos, no lamentará que, para tan corta vida, largo haya sido el trabajo. Incluso el lenguaje que la criatura aprende es breve y simple, apenas esencial. Los likoualas usan pocos nombres, llaman a las cosas por gestos y sonidos animales. Como avance espiritual, tienen un tambor. Mientras bailan al son del tambor, mantienen una pequeña hacha de guardia contra los bantúes, que aparecerán no se sabe de dónde.

Fue así, pues, que el explorador descubrió, toda en pie y a sus pies, la cosa humana más pequeña que existe. Su corazón latió, porque esmeralda ninguna es tan rara. Ni las enseñanzas de los sabios de la India son tan raras. Ni el hombre más rico del mundo puso ya sus ojos sobre tan extraña gracia. Allí estaba una mujer que la golosina del más fino sueño jamás pudiera imaginar. Fue entonces que el explorador, tímidamente, y con una delicadeza de sentimientos de la que su esposa jamás lo juzgaría capaz, dijo:

—Tú eres Pequeña Flor.

En ese instante, Pequeña Flor se rascó donde una persona no se rasca. El explorador —como si estuviese recibiendo el más alto premio de castidad al que un hombre, siempre tan idealista, osara aspirar—, tan vivido, desvió los ojos.

La fotografía de Pequeña Flor fue publicada en el suplemento a colores de los diarios del domingo, donde cupo en tamaño natural. Envuelta en un paño, con la barriga en estado adelantada, la nariz chata, la cara negra, los ojos hondos, los pies planos. Parecía un perro.

En ese domingo, en un departamento, una mujer, al mirar en el diario abierto el retrato de Pequeña Flor, no quiso mirarlo una segunda vez «porque me da aflicción».

En otro departamento, una señora sintió tan perversa ternura por la pequeñez de la mujer africana que —siendo mucho mejor prevenir que remediar— jamás se debería dejar a Pequeña Flor a solas con la ternura de aquella señora. ¡Quién sabe a qué oscuridad de amor puede llegar el cariño! La señora pasó el día perturbada, se diría que poseída por la nostalgia. A propósito, era primavera, una bondad peligrosa rondaba en el aire.

En otra casa, una niña de cinco años, viendo el retrato y escuchando los comentarios, quedó espantada. En aquella casa de adultos, esa niña había sido hasta ahora el más pequeño de los seres humanos. Y si eso era fuente de las mejores caricias, era también fuente de este primer miedo al amor tirano. La existencia de Pequeña Flor llevó a la niña a sentir —con una vaguedad que solo años y años después, por motivos bien distintos, habría de concretarse en pensamiento—, en una primera sabiduría, que «la desgracia no tiene límites».

En otra casa, en la consagración de la primavera, una joven novia tuvo un éxtasis de piedad:

—¡Mamá, mira el retratito de ella, pobrecita!, ¡mira como ella es tristecita!

—Pero —dijo la madre, dura, derrotada y orgullosa—, pero es tristeza de bicho, no es tristeza humana.

—¡Oh, mamá! —dijo la joven desanimada.

En otra casa, un niño muy despierto tuvo una idea inteligente:

—Mamá, ¿y si yo colocara esa mujercita africana en la cama de Pablito mientras él está durmiendo? Cuando despierte, qué susto, ¿eh? ¡Qué griterío, viéndola sentada en su cama! Y nosotros, entonces, podríamos jugar tanto con ella, haríamos de ella nuestro juguete, ¿sí?

La madre de este niño estaba en ese instante enrollando sus cabellos frente al espejo del baño y recordó lo que una cocinera le contara de su tiempo de orfanato. Al no tener una muñeca con qué jugar, y ya la maternidad pulsando terrible en el corazón de las huérfanas, las niñas más despiertas habían escondido de la monja la muerte de una de las chicas. Guardaron el cadáver en un armario hasta que salió la monja, y jugaron con la niña muerta, le dieron baños y comiditas, le impusieron un castigo solamente para después poder besarla, consolándola. De eso se acordó la madre en el baño y dejó caer las manos, llenas de horquillas. Y consideró la cruel necesidad de amar. Consideró la malignidad de nuestro deseo de ser felices. Consideró la ferocidad con que queremos jugar. Y el número de veces en que habremos de matar por amor. Entonces, miró al hijo sagaz como si mirase a un peligroso desconocido. Y sintió horror de su propia alma que, más que su cuerpo, había engendrado a aquel ser apto para la vida y para la felicidad. Así fue que miró ella, con mucha atención y un orgullo incómodo, a aquel niño que ya estaba sin los dos dientes de adelante: la evolución, la evolución haciéndose diente que cae para que nazca otro, el que muerda mejor. «Voy a comprar una ropa nueva para él», resolvió, mirándolo, absorta. Obstinadamente adornaba al hijo desdentado con ropas finas, obstinadamente lo quería bien limpio, como si la limpieza diera énfasis a una superficialidad tranquilizadora, obstinadamente perfeccionando el lado cortés de la belleza. Obstinadamente apartándose y apartándolo de algo que debía ser «oscuro como un mono». Entonces, mirando al espejo del baño, la madre sonrió intencionadamente fina y pulida, colocando entre aquel su rostro de líneas abstractas y la cruda cara de Pequeña Flor, la distancia insuperable de milenios. Pero, con años de práctica, sabía que este sería un domingo en el que tendría que disfrazar de sí misma la ansiedad, el sueño y los milenios perdidos.

En otra casa, junto a una pared, se dieron al trabajo alborotado de calcular, con cinta métrica, los cuarenta y cinco centímetros de Pequeña Flor. Y fue allí mismo donde, deleitados, se espantaron: ella era aún más pequeña de lo que el más agudo en imaginación la inventaría. En el corazón de cada uno de los miembros de la familia nació, nostálgico, el deseo de tener para sí aquella cosa menuda e indomable, aquella cosa salvada de ser comida, aquella fuente permanente de caridad. El alma ávida de la familia quería consagrarse. Y, entonces, ¿quién ya no deseó poseer un ser humano solo para sí? Lo que es verdad no siempre sería cómodo, hay horas en que no se quiere tener sentimientos:

—Apuesto a que si ella viviera aquí, terminaba en pelea —dijo el padre sentado en la poltrona, virando definitivamente la página del diario—. En esta casa todo termina en pelea.

—Tú, José, siempre pesimista —dijo la madre.

—¿Ya has pensado, mamá, de qué tamaño será el bebé de ella? —dijo ardiente la hija mayor, de trece años.

El padre se movió detrás del diario.

—Debe ser el bebé negro más pequeño del mundo —contestó la madre, derritiéndose de gusto—. ¡Imaginadla a ella sirviendo a la mesa aquí en casa! ¡Y con la barriguita grande!

—¡Basta de esas conversaciones! —dijo confusamente el padre.

—Tú has de concordar —dijo la madre inesperadamente ofendida— que se trata de una cosa rara. Tú eres el insensible.

¿Y la propia cosa rara?

Mientras tanto, en África, la propia cosa rara tenía en el corazón —quién sabe si también negro, pues en una naturaleza que se equivocó una vez ya no se puede confiar más—, algo más raro todavía, algo como el secreto del propio secreto: un hijo mínimo. Metódicamente, el explorador examinó, con la mirada, la barriguita madura del más pequeño ser humano. Fue en ese instante que el explorador, por primera vez desde que la conoció, en lugar de sentir curiosidad o exaltación o victoria o espíritu científico, sintió malestar.

Es que la mujer más pequeña del mundo estaba riendo.

Estaba riéndose, cálida, cálida. Pequeña Flor estaba gozando de la vida. La propia cosa rara estaba teniendo la inefable sensación de no haber sido comida todavía. No haber sido comida era algo que, en otras horas, le daba a ella el ágil impulso de saltar de rama en rama.

Pero, en este momento de tranquilidad, entre las espesas hojas del Congo Central, ella no estaba aplicando ese impulso a una acción —y el impulso se había concentrado todo en la propia pequeñez de la propia cosa rara—. Y entonces ella se reía. Era una risa de quien no habla pero ríe. El explorador incómodo no consiguió clasificar esa risa, y ella continuó disfrutando de su propia risa apacible, ella que no estaba siendo devorada. No ser devorado es el sentimiento más perfecto. No ser devorado es el objetivo secreto de toda una vida. En tanto ella no estaba siendo comida, su risa bestial era tan delicada como es delicada la alegría. El explorador estaba perturbado.

En segundo lugar, si la propia cosa rara estaba riendo era porque, dentro de su pequeñez, una gran oscuridad se había puesto en movimiento.

Es que la propia cosa rara sentía el pecho tibio de aquello que se puede llamar Amor. Ella amaba a aquel explorador amarillo. Si supiera hablar y le dijese que lo amaba, él se inflaría de vanidad. Vanidad que disminuiría cuando ella añadiera que también amaba mucho el anillo del explorador y que amaba mucho la bota del explorador. Y cuando este se sintiera desinflado, Pequeña Flor no entendería por qué. Pues, ni de lejos, su amor por el explorador —puédese incluso decir su «profundo amor», porque, no teniendo otros recursos, ella estaba reducida a la profundidad—, habría de quedarse desvalorizado por el hecho de que ella también amaba su bota. Hay un viejo equívoco sobre la palabra amor y, si muchos hijos nacen de ese equívoco, muchos otros perdieron la única posibilidad de nacer solamente por causa de una susceptibilidad que exige que sea de mí, ¡de mí!, que el otro guste. Pero en la humedad de la floresta no existen esos refinamientos crueles y amor es no ser comido, amor es hallar bonita una bota, amor es gustar del color raro de un hombre que no es negro, amor es reír del amor a un anillo que brilla. Pequeña Flor guiñaba sus ojos de amor y rio, cálida, pequeña, grávida, cálida.

El explorador intentó sonreírle en retribución, sin saber exactamente a qué abismo su sonrisa contestaba, y entonces se perturbó como solamente un hombre de tamaño grande se perturba. Disfrazó, acomodando mejor su sombrero de explorador, y enrojeció púdico. Se tornó de un color lindo, el suyo, de un rosa-verdoso, como el de un limón de madrugada. Él debía de ser agrio.

Fue, probablemente, al acomodar el casco simbólico cuando el explorador se llamó al orden, recuperó con severidad la disciplina de trabajo y recomenzó a hacer anotaciones. Había aprendido a entender algunas de las pocas palabras articuladas de la tribu y a interpretar sus señales. Ya lograba hacer preguntas.

Pequeña Flor le respondió que «sí». Que era muy bueno tener un árbol para vivir, suyo, suyo mismo. Pues —y eso ella no lo dijo, pero sus ojos se tornaron tan oscuros que ellos lo dijeron—, es bueno poseer, es bueno poseer, es bueno poseer. El explorador pestañeó varias veces.

Marcel Petre tuvo varios momentos difíciles consigo mismo. Pero, al menos, pudo ocuparse de tomar notas. Quien no tomó notas, tuvo que arreglarse como pudo:

—Pues mire —declaró de repente una vieja cerrando con decisión el diario—, yo solo le digo una cosa: Dios sabe lo que hace.

Olive Schreiner (Olive Emilie Albertina Schreiner), fue una talentosa escritora sudafricana, quien produjo la primera gran novela de su país, al mismo tiempo que defendió los derechos de la mujer. Fallecida el 11 de diciembre de 1920 en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, habiendo nacido en Wittebergen, una localidad situada en el mismo estado, el 24 de marzo de 1855.

Schreiner no tuvo ninguna educación formal, sin embargo, era una insaciable lectora y una desbordante fantasía. En 1874 viajó a Inglaterra con la intención de estudiar medicina, pero no lo hizo y se ganó la vida como institutriz, además de comenzar su carrera literaria, escribiendo, hasta 1881, año de su vuelta a África, dos novelas que la harían famosa: Undine y, sobre todo, The Story of an African Farm, y dio comienzo a From Man to Man, en la que trabajaría durante cuarenta años y que nunca concluyó.

En sus libros, Schreiner desarrollaba una prosa segura y llena de descripciones con un trasfondo exótico y una vigorosa defensa del feminismo, sumada a un fiero ataque a la religión y al matrimonio.

The Story of an African Farm fue la primera novela sudafricana que se publicaba en la Inglaterra victoriana y, además, escrita por una mujer, aunque Schreiner, como otras tantas escritoras de su tiempo, ocultó su verdadera condición tras un pseudónimo masculino, en su caso el de Ralph Iron. Esta obra constituyó un éxito importante que hizo famosa a su autora, quien se convirtió en uno de los personajes clave del feminismo de la época y publicó varios libros más, de pensamiento y de poesía, con éxito notable.

Carlo Gozzi, escritor italiano nacido el 13 de diciembre de 1720 en Venecia y fallecido en la misma ciudad el 4 de abril de 1806, fue poeta, prosista y dramaturgo defensor de la commedia dell’arte italiana.

Nacido en una familia noble venida a menos, fue el hermano menor del también escritor Gasparo Gozzi. Al regreso de su servicio militar en 1774, escribió sátiras y diversos trabajos en prosa y, llevado por sus pensamientos reaccionarios, se unió a la Accademia dei Granelleschi, grupo dedicado a la preservación de la literatura italiana alejándola de las influencias extranjeras, por lo que no dudó en atacar a Carlo Gordini, autor de comedias realistas, en su afán por revivir la tradicional commedia dell’arte, tanto en el poema satírico, La tartana degli influssi (1747), como en la comedia, L’amore delle tre Melarance (1761). Más tarde escribiría su serie de las nueve fiabe o “cuentos de hadas”, basadas en obras de títeres, cuentos orientales y obras de autores españoles del Siglo de Oro, como Tirso, Calderón o Cervantes, entre las que destacan: Il re cervo (1762), Turandot (1762), La donna serpente (1762) o L’augellin belverde (1765). Estas piezas inspiraron a otros dramaturgos europeos como Goethe, Schiller, Lessing o Schlegel, además de ser la base de algunas óperas de Busoni y Puccini.

Carolina Coronado, poeta española nacida el 20 de diciembre de 1820 en Almendralejo, Badajoz, nació en una familia de clase media bien situada. Su legado literario comprende poesía, teatro y novelas. Ya desde pequeña mostró una gran afición por la poesía, componiendo y memorizando versos incluso antes de saber leer o escribir. Su primer poema publicado apareció en la revista madrileña El Piloto cuando tenía diecinueve años y, cuatro años más tarde, publicaría su primer volumen de poesía con una buena aceptación entre el público. Sin embargo, poco tiempo después, sufrió una enfermedad repentina que casi le lleva a la muerte ya que un médico le detectó que tenía catalepsia cuando ya esta lista para ser enterrada. A partir de este momento su salud fue siempre frágil, lo que no le impidió que escribiera profusamente para diversos periódicos de la América hispana, desde Argentina hasta Estados Unidos. Hasta 1847 mantuvo un largo romance secreto que interrumpió la muerte de la persona amada del que solo se conoce el nombre de Alberto. Tras esta pérdida, Coronado se trasladó a Madrid donde fue premiada con la Corona de Oro y Laurel del Liceo Literario, premio que recibió de las manos de la reina Isabel II. A principio de la década de 1850, se casó con un diplomático estadounidense, Horatio Justus Perry, lo que le abrió amplios círculos sociales en la capital de España, convirtiéndose en una asidua de los círculos literarios de la ciudad, aunque su producción literaria se vería frenada con la llegada de su primer hijo y las obligaciones como esposa de un diplomático. El matrimonio se enfrentó al Gobierno de Estados Unidos en su intento de anexionarse Cuba por la fuerza, lo que le costo el cargo, pero ambos decidieron quedarse en España dedicándose al negocio del tendido de cables submarinos entre Europa y América, aunque más tarde, Perry sería readmitido en el cuerpo diplomático de su país. Los hijos iban llegando a la familia, pero Coronado encontró tiempo para su dedicación lírica. En 1873 murió su hija mayor, lo que le provocó un colapso emocional. Se trasladaron a Lisboa donde sus negocios se vinieron abajo, enviudando en 1891, Ella todavía le sobrevivió diez años más, Falleciendo el 15 de enero de 1911.

Seguidamente os proponemos la lectura de un poema de Carolina Coronado titulado, “La luna es una ausencia”:

 

Y tú, ¿quién eres de la noche errante
aparición que pasas silenciosa,
cruzando los espacios ondulantes
tras los vapores de la nube acuosa?

Negra la tierra, triste el firmamento,
ciegos mis ojos sin tu luz estaban,
y suspirando entre el oscuro viento
tenebrosos espíritus vagaban.

Yo te aguardaba, y cuando vi tus rojos
perfiles asomar con lenta calma,
como tu rayo descendió a mis ojos,
tierna alegría descendió a mi alma.

¿Y a mis ruegos acudes perezosa
cuando amoroso el corazón te ansía?
Ven a mí, suave luz, nocturna, hermosa
hija del cielo, ven: ¡por qué tardía!

Väinö Linna, escritor finlandés nacido el 20 de diciembre de 1920 en Urjala, Finlandia, y fallecido en Tempere, Finlandia, el 21 de abril de 1992, fue uno de los más influyentes escritores de su país durante el siglo XX. Al concluir sus estudios, se mudó a Tempere, donde se dedicó a la agricultura hasta que fue reclutado por el ejército, donde escribió un diario en el que dejó anotadas sus propias experiencias y las de sus compañeros en primera línea. Tras varios intentos fallidos de publicar este diario, decidió quemarlo, pero no lo hizo y, gracias a ello, sirvió como base para su novela más conocida, El soldado desconocido (1954), cuyo éxito le permitió abandonar su trabajo en una fábrica y dedicarse por entero a la literatura, teniendo su realismo social gran importancia en la vida cultural de Finlandia. Con la trilogía Bajo la estrella polar (1959-63) consolido su prestigio como escritor. Ambas obras han sido llevadas al cine.

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