La máquina del tiempo.

La casa alemana, de Annette Hess

Frankfurt, 1963. Eva Bruhns colabora con la fiscalía en calidad de intérprete en el primer juicio de Auschwitz, un proceso que cambiará irrevocablemente no sólo su país, sino también su propia vida… ¿Es posible vivir igual cuando se atisba la verdad?

Un trabajo de…

La casa alemana es la primera novela de Annette Hess, quien ya era conocida en Alemania por sus guiones televisivos, sobre todo con la producción de UFA “Ku’damm 56”, la historia de una escuela de danza en el Berlín de los años 50 del pasado siglo, por la que recibió grandes elogios de la crítica.

En esta novela, donde mezcla la realidad con la ficción, la acción se traslada al Frankfurt, en el Estado federado de Hess, de la década de 1960, justo cuando comienzan en esa ciudad los juicios sobre Auschwitz, en los que no se acusó a los principales criminales de guerra, como en el caso de los juicios de Nuremberg, sino a los ejecutores menos conocidos que desempeñaron su “trabajo” en el campo de exterminio más grande creado por los nazis para llevar a cabo el asesinato en serie de los judíos.

Y para acercarnos a este hecho, Annette crea una familia media alemana, dueños de un restaurante, La casa alemana, donde el padre es el cocinero y la madre sirve las mesas, donde la hija mayor no ayuda prácticamente nada, pues tiene su propio trabajo, la mediana lo hace a regañadientes y al pequeño mejor mantenerlo alejado. Una familia común que, al igual que otras muchas familias alemanas, están comenzando a levantar sus economías y a olvidar, sobre todo a olvidar, centrándose en sus cosas cotidianas, en sus pequeñas victorias, sus pequeños problemas, en sus pequeñas alegrías, sus pequeñas derrotas, viviendo al día e intentando planificar un futuro.

Eva, la segunda hija de esta familia, es intérprete y le hacen una oferta que no puede rechazar: traducir las declaraciones de los testigos polacos en el juicio que va a dar comienzo, un trabajo bien pagado y de cierto prestigio, por lo que acepta sin dudarlo, a pesar de la extraña desconfianza de sus padres y de su novio, un joven heredero de una conocida empresa de venta por correo. ¿Qué puede haber de malo en traducir lo que aquellas personas tengan que decir?...

Pero esta decisión cambiará el mundo de Eva porque no solo se enfrenta con los terribles detalles del Holocausto, sino al mismo tiempo con aquella parte de la historia alemana que era casi desconocida en aquel momento, simplemente, porque la sociedad no quería recordar, no quería saber. Lo que sería la “segunda culpa” del pueblo alemán, como dijo Giordano, que no es otra cosa que el ocultamiento de los crímenes contra los judíos y la falta de castigo para los responsables, algo que Eva, intenta con todas sus fuerzas negar, hasta que las evidencias le demuestran que ese acto de reprimir y negar forma parte de la historia de su propia familia.

La propia autora declaró que hasta hace pocos años ella misma hablaba orgullosa de su abuelo el policía, hasta que se enteró de que las primeras gasificaciones en camiones se llevaron a cabo cerca de Bromberg. Ya no podía preguntar a su abuelo y tampoco quería acusarlo, por lo que apareció ese punto negro en su familia que le torturó durante un tiempo, y esto le hizo decidirse a llevar a cabo la redacción de esta novela.

Hess ha diseñado sus personajes llenos de contradicciones y con una cierta sensación de impotencia, lo mismo que le ocurrió a ella, por lo que no los condena, sino que los muestra tal como son, y así, Eva es una extensión de sí misma: una joven ingenua que basa su felicidad en una vida familiar armoniosa. Sin embargo, su novio, Jürgen, es rígido y conservador e intolerante con la desobediencia de su futura esposa. Los padres, cariñosos y trabajadores, siempre preocupados por el bienestar de sus hijos, están repletos de silencios cuando llega el momento de la verdad.

Uno de los grandes logros de esta novela es la utilización del lenguaje de los años sesenta, lo que le da una autenticidad opresiva en una atmósfera de represión y olvido, mostrando solo la fachada de honestidad que oculta la verdad. Por ello, todos los personajes, si los observamos bien, al final de la novela vemos que poseían una aureola metafórica: el hecho de que Eva tenga que contar en su lengua aquello que quiere negar; el cruel secreto que esconde su hermana Annegret, quien trabaja como enfermera; la afición de su hermano pequeño, Stefan, a jugar con tanques y soldados; los sacrificios de su madre, una mujer combativa, pero sin propia voluntad; el refugio que encuentra su padre en la cocina…

Hasta aquí hemos hablado de la novela, pero ¿qué hay de la parte histórica?

Algunos de los acusados de Auschwitz, escoltados por la policía, en un momento del juicio de Frankfurt.

El juicio celebrado en Frankfurt, desde 1963 a 1965, sobre el campo de exterminio de Auschwitz se aseguró, en primer lugar, de que Alemania nunca olvidara. Este juicio, hizo revolverse las tripas de aquella nación en pleno milagro económico de posguerra cuando llevó ante un tribunal a los criminales de Auschwitz que, hasta ese momento, vivían tranquilos como personas honradas, y eso fue un punto de inflexión no solo para las víctimas, sino también para los asesinos y para un pueblo que miraba hacia otra parte.

El caso es que este juicio nunca se hubiese llevado a cabo a no ser por una serie de coincidencias, pues todo se desencadenó a finales de 1958, cuando un ex prisionero de un campo de concentración descubrió unos documentos medio carbonizados entre los escombros de la ciudad polaca de Wroclaw (Breslau para los alemanes), y se los entregó a un periodista que estaba realizando una investigación por aquella zona quien, ante el contenido explosivo de aquellos, decidió enviárselos al Fiscal General del Estado de Hess, Fritz Bauer, y éste, tras estudiarlos concienzudamente, vio que tenía entre las manos las pruebas suficientes para comenzar una demanda y acusar a varias personas que habían servido a los nazis desempeñando diversas funciones dentro del campo de Auschwitz. Y esto fue la llave que abrió la puerta que mostró al mundo el infierno de aquella máquina de matar sistemática y calculada hasta en el más mínimo detalle.

Una entrada a uno de los campos de exterminio de Auschwitz donde se puede leer "El trabajo hace la libertad"

Entre 1940 y 1945, cientos de miles de personas (se calcula que pasaron del millón), fueron asesinados en el complejo de campos de Auschwiz, (Oswiecim en polaco), ciudad cercana a Cracovia, gaseados, inyectados, fusilados, golpeados, torturados o trabajando hasta la extenuación, en cuya puerta de entrada, como si de una broma de mal gusto se tratase, rezaba la inscripción “ARBEIT MACHT FREI” (el trabajo hace la libertad) y, lo que resulta hasta más indecente, si cabe, allí todo estaba perfectamente documentado y archivado.  Cuando el 27 de enero de 1945 el ejército soviético liberó aquella zona, solo encontraron unos siete mil prisioneros en el campo de los más de sesenta mil que había en las semanas precedentes, el resto fue fusilado por el Schutzstaffel alemán, es decir, las famosas fuerzas de la SS, o enviados hacia el oeste en las “marchas de la muerte”.

El juicio comenzó el 20 de diciembre de 1963, dieciocho años después de la conclusión de la guerra, cuando el pueblo alemán estaba disfrutando de sus compras navideñas y plenamente satisfecho de su milagro económico de posguerra y acomodado en su blando olvido. Las acusaciones las dirigió el propio Bauer con su equipo de fiscales estatales, pues él nunca se presentó ante el tribunal ya que muchos políticos y abogados alemanes lo consideraban un traidor a su país por su empeño en sacar a la luz la verdad de lo ocurrido y no defender la política de negación del pasado. De origen judío y de pensamiento socialdemócrata, Bauer había sido encarcelado al principio de la época hitleriana; cuando fue liberado, no se lo pensó y se autoexilió al extranjero desde donde trabajó siempre en contra de los nazis, incluso ya acabada la guerra y de vuelta a Alemania, pues fue uno de los más empecinados cazadores de éstos, lo que le granjeó bastantes enemistades y no pocas incomodidades en su propio país. En unas declaraciones a la prensa dijo: “Cuando salgo de mi oficina, entro en territorio enemigo”.

Si difícil fue perseguir a los criminales de guerra que se quería juzgar, mucho más complicado resultó convencer a los testigos para que viajasen hasta Frankfurt a testificar, pues la mayoría de ellos, ex reclusos de los campos en ese momento dispersos por diversos países, se habían jurado a sí mismos no volver a pisar suelo alemán, pero ese 20 de diciembre de 1963 todo estaba dispuesto para el comienzo.

Auschwitz

El juicio comenzó con la lectura de cargos contra los veintidós acusados, comenzando con el de mayor edad de todos ellos, Robert Mulka. La vista duró veinte meses, de los cuales el tribunal escuchó testimonios un total de ciento ochenta y tres días, asistiendo al proceso más de veinte mil personas. El acta de acusación constaba de setecientas páginas y la fiscalía estatal entregó al tribunal setenta y cinco carpetas de archivos, donde se incluían los libros de registro con la enumeración de los muertos y las transcripciones de las transmisiones de radio de la sede del campamento. Se escucharon a trescientos cincuenta y nueve testigos, y los miembros de la corte viajaron a Polonia para ver Auschwitz por sí mismos, lo que implicó un acuerdo político sumamente delicado teniendo en cuenta que en ese momento Europa estaba dividida ente el Este y Oeste por el “telón de acero”, pero fue un viaje bastante fructífero ya que dejó claro que mentían los acusados al afirmar que ellos no podían ver los crímenes desde sus oficinas o lugares de trabajo.

El 19 de agosto de 1965, el tribunal dictó sentencia condenando a los acusados a cadena perpetua. En total se castigaron a veintinueve de los seis mil quinientos miembros de las SS que se emplearon en Auschwitz, poca cosa teniendo en cuenta los crímenes cometidos, pero este juicio fue el detonante para que el propio pueblo alemán se diera cuenta de lo necesario que era purgar sus propias culpas para conseguir la catarsis necesaria para llegar a ser la nación que ahora es.

Los trenes de ganado llegaban a Auschwitz cargados de prisioneros que no volverían a salir

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