Los clásicos divertidos:

El amor que no podía ocultarse, de Enrique Jardiel Poncela.

“Hay dos maneras de conseguir la felicidad: una es hacerse el idiota; otra, serlo”. Enrique Jardiel Poncela.

Un trabajo de…

Enrique Jardiel Poncela (1901-1952), como tantos otros seres humanos, pasados, presentes y pretéritos, pretendía huir del mundo en el que le había tocado vivir y lo hizo mediante el sarcasmo displicente basado en su ironía ingénita y su sentido irreverente del humor. Su escritura surrealista se alimentaba de la bazofia social vigente con la única intención, bastante sana, por cierto, de hacer reír mediante sus comedias etílicas, sus novelas desestructuradas y sus equívocos relatos… y lo mejor es que lo conseguía. ¿El secreto?: la unión inverosímil de la lógica con el disparate mediante la utilización de varios recursos literarios: como la creación de situaciones inverosímiles, o el uso de parodias y pastiches, o con juego de palabras (equívocos, paradojas, ironías…), a través de la inverosimilitud, situaciones ilógicas, exageraciones, repeticiones…

 

Para Jardiel Poncela nada era sagrado, ni el amor, al cual deformaba hasta convertirlo en algo cómico, paradójico y caricaturesco: (El amor es como la salsa mayonesa: cuando se corta, hay que tirarlo y empezar de nuevo); ni la mujer, tal vez a causa de su misoginia: (El hombre se hace feminista cuando no sabe ya cómo agradar a las mujeres. La mujer se hace feminista cuando ya no sabe cómo agradar a los hombres); ni la religión, la cual le resultaba bastante decepcionante por lo que no buscaba a Dios en lo abstracto, sino en lo concreto y humano: (La mujer adora alhombre igual que el creyente adora a Dios: pidiéndole todos los días algo; ni la política, su otra gran fuente de decepciones: (El que no se atreve a ser inteligente, se hace político); ni el matrimonio, institución que detestaba (Patrimonio es un conjunto de bienes; matrimonio es un conjunto de males); ni la aventura de la vida, considerada por él un acto satírico: (En la vida humana sólo unos pocos sueños se cumplen, la  gran mayoría de los sueños se roncan); ni tan siquiera la amistad: (La amistad, como el diluvio universal, es un fenómeno del que todo el mundo habla, pero que nadie ha visto con sus ojos).

 

Muchas fueron las obras escritas por Jardiel Poncela durante su corta vida, pero entre todas ellas destacan cuatro cuyos títulos ya dan fe de lo dicho anteriormente: “Amor se escribe sin hache”, “¡Espérame en Siberia, vida mía!, “Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?” o “La tournée de Dios”. Tampoco debemos olvidarnos de algunas de sus obras dramáticas tan memorables como: “Angelina o el honor de un brigadier”, “Cuatro corazones con freno y marcha atrás”, “Eloísa está debajo de un almendro” o” Los ladrones somos gente honrada”.

 

Seguidamente os dejamos un pequeño relato donde podréis comprobar su fino sentido del humor:

El amor que no podía ocultarse

Enrique Jardiel Poncela

 

Durante tres horas largas hice todas aquellas operaciones que denotan la impaciencia en que se sumerge un alma: consulté el reloj, le di cuerda, volví a consultarlo, le di cuerda nuevamente, y, por fin, le salté la cuerda; sacudí unas motitas que aparecían en mi traje; sacudí otras del fieltro de mi sombrero; revisé dieciocho veces todos los papeles de mi cartera; tarareé quince cuplés y dos romanzas; leí tres periódicos sin enterarme de nada de lo que decían; medité; alejé las meditaciones; volví a meditar; rectifiqué las arrugas de mi pantalón; hice caricias a un perro, propiedad del parroquiano que estaba a la derecha; di vueltas al botoncito de la cuerda de mi reloj hasta darme cuenta de que se había roto antes y que no tendría inconveniente en dejarse dar vueltas un año entero.

¡Oh! Había una razón que justificaba todo aquello. Mi amada desconocida iba a llegar de un momento a otro. Nos adorábamos por carta desde la primavera anterior.

¡Excepcional Gelda! Su amor había colmado la copa de mis ensueños, como dicen los autores de libretos para zarzuelas. Sí. Estaba muy enamorado de Gelda. Sus cartas, llenas de una gracia tierna y elegante, habían sido el lugar geométrico de mis besos.

A fuerza de entenderme con ella sólo por correo había llegado a temer que nunca podría hablarla. Sabía por varios retratos que era hermosa y distinguida como la protagonista de un cuento. Pero en el Libro de Caja del Destino estaba escrito con letra redondilla que Gelda y yo nos veríamos al fin frente a frente; y su última carta, anunciando su llegada y dándome cita en aquel café moderno -donde era imprescindible aguantar a los cinco pelmazos de la orquesta- me había colocado en el Empíreo, primer sillón de la izquierda.

Un taxi se detuvo a la puerta del café. Ágilmente bajó de él Gelda. Entró, llegó junto a mí, me tendió sus dos manos a un tiempo con una sonrisa celestial y se dejó caer en el diván con un “chic” indiscutible.

Pidió no recuerdo qué cosa y me habló de nuestros amores epistolares, de lo feliz que pensaba ser ahora, de lo que me amaba…

-También yo te quiero con toda mi alma.

-¿Qué dices? -me preguntó.

-Que yo te quiero también con toda mi alma.

-¿Qué?

Vi la horrible verdad. Gelda era sorda.

-¿Qué? -me apremiaba.

-¡Que también yo te quiero con toda mi alma! -repetí gritando.

Y me arrepentí en seguida, porque diez parroquianos se volvieron para mirarme, evidentemente molestos.

-¿De verdad que me quieres? -preguntó ella con esa pesadez propia de los enamorados y de los agentes de seguros de vida-. ¡Júramelo!

-¡Lo juro!

-¿Qué?

-¡¡Lo juro!!

-Pero dime que juras que me quieres -insistió mimosamente.

-¡¡Juro que te quiero!! -vociferé.

Veinte parroquianos me miraron con odio.

-¡Qué idiota! -susurró uno de ellos-. Eso se llama amar de viva voz.

-Entonces -siguió mi amada, ajena a aquella tormenta-, ¿no te arrepientes de que haya venido a verte?

-¡De ninguna manera! -grité decidido a arrostrarlo todo, porque me pareció estúpido sacrificar mi amor a la opinión de unos señores que hablaban del Gobierno.

-¿Y… te gusto?

-¡¡Mucho!!

-En tus cartas decías que mis ojos parecían muy melancólicos. ¿Sigues creyéndolo así?

-¡¡Sí!! -grité valerosamente-. ¡¡Tus ojos son muy melancólicos!!

-¿Y mis pestañas?

-¡¡Tus pestañas, largas, rizadísimas!!

Todo el café nos miraba. Habían callado las conversaciones y la orquesta y sólo se me oía a mí. En las cristaleras empezaron a pararse los transeúntes.

-¿Mi amor te hace dichoso?

-¡¡Dichosísimo!!

-Y cuando puedas abrazarme…

-¡¡Cuando pueda abrazarte -chillé, como si estuviera pronunciando un discurso en una plaza de Toros- creeré que estrecho contra mi corazón todas las rosas de todos los rosales del mundo!!

No sé el tiempo que seguí afrontando los rigores de la opinión ajena. Sé que, al fin, se me acercó un guardia.

-Haga el favor de no escandalizar -dijo-. Le ruego a usted y a la señorita que se vayan del local.

-¿Qué ocurre? -indagó Gelda.

-¡¡Nos echan por escándalo!!

-¡Por escándalo! -habló estupefacta-. Pero si estábamos en un rinconcito del café, ocultando nuestro amor a todo el mundo y contándonos en voz baja nuestros secretos…

Le dije que sí para no meterme en explicaciones y nos fuimos.

Ahora vivimos en una “villa” perdida en el campo, pero cuando nos amamos, acuden siempre los campesinos de las cercanías preguntando si ocurre algo grave.

FIN

Gracias por leernos...

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