Espacio de contemplación:

Casa de muñecas, de Henrik Ibsen.

La obra de teatro de Henrik Ibsen más popular en la actualidad fue estrenada el 21 de diciembre de 1879, en un momento cultural y social que, irremediablemente, el mensaje que contiene iba a causar una verdadera conmoción, tanto en aplauso como en críticas.

Un trabajo de…

Se considera a Henrik Ibsen como el padre del teatro realista, sin embargo, a lo largo de su carrera se pueden distinguir tres periodos creativos, pues sus primeras obras fueron epopeyas poéticas, como ejemplo, podemos nombrar “Peer Gynt”; luego llegaría una fase intermedia que se podría calificar de realista, en la que destacan dos obras: “Un enemigo del pueblo” o la que nos ocupa, “Casa de muñecas”, y hacia el final de su vida  se haría más simbolista, algo que podemos comprobar en “Al despertar de nuestra muerte”. En cualquier caso, este dramaturgo noruego es calificado como el punto de partida del drama moderno al abandonar el sentimentalismo de las obras del siglo XIX, volviendo su mirada hacia los problemas sociales, algo trasgresor en la época victoriana que le tocó vivir. En sus obras Ibsen cuestionaba los límites del matrimonio (Casa de muñecas o Hedda Gabler) y la hipocresía de la política (“Un enemigo del pueblo”), perturbando las normas sociales imperantes y cuestionando a las instituciones controladoras. Por todo ello, no resultaba extraño que en aquella época sus obras fueran duramente criticadas, en especial “Espectros”, donde el personaje moría a causa de la sífilis, sin embargo, con el tiempo resultaron ser la base para los planteamientos más radicales que fueron aflorando.

 

Ibsen siempre negó que escribiera obras en defensa de los derechos de las mujeres, aunque es indudable que “Casa de muñecas” le resultó un claro retrato crítico del matrimonio, al que consideraba una prisión para el género femenino. Los personajes de sus dramas solían ser personas comunes atrapadas por sus destinos y viéndose obligadas a decidir entre la responsabilidad hacia los demás o su propia autorrealización. De esta forma surgió el drama psicológico moderno que examina las sinuosidades del inconsciente humano. La modernidad de su técnica dramática fue evidente gracias a la utilización de símbolos poéticos e imágenes sugerentes o minuciosos destalles escénicos, sin olvidarnos del doble sentido de sus diálogos. Evitaba el postureo, la grandilocuencia y la retórica innecesaria, intentando hacer lo más veraz posible la actuación de los actores en el escenario.

 

A pesar de que Ibsen desafiaba cualquier tipo de clasificación, su influencia como escritor se extendió a un vasto grupo de grandes autores contemporáneos, como George Bernard Shaw o Anton Chejov e, incluso, a intelectuales del siglo XX como Arthur Miller.

“Casa de muñecas” es una obra realista en tres actos desarrollada a finales del siglo XIX en un hogar escandinavo de clase media. El típico hogar de la época con un marido paternalista y protector, Torvald Helmer, y una esposa pasiva y dócil, Nora Helmer. Pero Nora, en un tiempo en que las mujeres no podían firmar contratos legales por su cuenta, subvierte el modelo social, pues ante una enfermedad de Torvald, ella decide saltarse todas las normas y falsifica una firma con la intención de poder pedir un préstamo para que su marido pudiera viajar a un clima más cálido. Un acto de amor que se convertía en un delito que podría afectar no solo a ella sino, también y más importante, al honor de su marido, pues había actuado a espaldas de su autoridad. Así que Nora decide no revelar a nadie su acto y va devolviendo la deuda trabajando a escondidas y privándose de gastos. Cuando Torvald se recupera es ascendido a gerente del banco y Krogstad, el hombre que le dio el préstamo, es despedido. Krogstad le pide a Nora que hable con su marido en su nombre, pero ella se niega y él comienza a chantajearla. A pesar de sus esfuerzos, Torvald se entera de la actuación de Nora y, al contrario de lo que ella esperaba, la reprende con dureza y se niega a escuchar sus razones. Nora, desilusionada, decide abandonarlos, a él y a sus hijos.

 

En esta obra se reflejan con claridad los roles de género y la insatisfacción que producen: los hombres como miembros dominantes del matrimonio. De Nora, como mujer, se espera que sea una ama de casa malcriada y sumisa al paternalismo, tanto del marido como del padre, para quienes ella es un ser inferior. Al principio Nora lo acepta, pero al final reafirma su personalidad y quiere su independencia, afirmando que las leyes que impiden a una mujer pedir un crédito son incorrectas. De esta forma, Ibsen critica la imposibilidad de la autonomía de las mujeres respecto de los hombres.

 

En la misma obra nos encontramos con otro personaje, la Señora Linde, amiga de Nora desde la escuela y que ejerce de guía moral para ella, regañándole por ir a espaldas de Torvald para obtener el préstamo. Esta mujer es una joven viuda que se ajusta a los roles de género y se prepara para volver a casarse. Ella tuvo que trabajar tras la muerte de su esposo para cuidar de sí misma y ya sabe lo que es ser independiente. Ahora quiere casarse con Krogstad en una decisión pragmática en busca de seguridad y respeto.

 

A pesar de las acusaciones de ir contra el matrimonio que recibió en su tiempo, Ibsen nos muestra las dos caras de la moneda sugiriendo que éste solo puede existir entre iguales, pues mientras la unión de Nora y Torvald se basa en ilusiones, la de Linde y Krogstad es una asociación mutuamente deseable y beneficiosa. Lo que sí parece decir claro es que si las mujeres pudiesen mantenerse por sí mismas libremente, el matrimonio dejaría de ser una imposición.

Henrik Ibsen


Casa de muñecas (fragmento)

 

ESCENA I.

 

 

 

NORA: Esconde bien el árbol de Navidad, Elena. Los niños no deben verlo hasta la noche, cuando esté arreglado. (Al mozo, sacando el portamonedas). ¿Cuánto le debo?

EL MOZO: Cincuenta céntimos.

NORA: Tome una corona. Lo que sobra, para usted. (El mozo saluda y se va. Nora cierra la puerta. Continúa sonriendo alegremente mientras se despoja del sombrero y del abrigo. Después saca del bolsillo un cucurucho de almendras y come dos o tres, se acerca de puntillas a la puerta izquierda del fondo y escucha). ¡Ah! Está en el despacho. (Vuelve a tatarear, y se dirige a la mesa de la derecha).

HELMER (Dentro): ¿Es mi alondra la que gorjea?

NORA (Abriendo paquetes): Sí.

HELMER: ¿Es mi ardilla la que alborota?

NORA: ¡Sí!

HELMER: ¿Hace mucho tiempo que ha venido la ardilla?

NORA: Acabo de llegar. (Guarda el cucurucho de confites en el bolsillo y se limpia la boca). Ven aquí, Torvaldo; mira las compras que he hecho.

HELMER: No me interrumpas. (Poco después abre la puerta, y aparece con la pluma en la mano, mirando en distintas direcciones). ¿Comprado dices? ¿Todo eso? ¿Otra vez ha encontrado la niñita modo de gastar dinero?

NORA: ¡Pero, Torvaldo! Este año podemos hacer algunos gastos más. Es la primera Navidad en que no nos vemos obligados a andar con escaseces.

HELMER. Sí... pero tampoco podemos derrochar... NORA:

Un poco, Torvaldo, un poquitín, ¿no? Ahora que vas a cobrar un sueldo crecido, y que ganarás mucho, mucho dinero...

HELMER: Sí, a partir de Año Nuevo; pero pasará un trimestre antes de percibir nada...

NORA: ¿Y eso qué importa? Mientras tanto se pide prestado.

HELMER: ¡Nora! (Se acerca a Nora, a quien en broma toma de una oreja. ¡Siempre esa ligereza! Supón que pido prestadas hoy mil coronas, que tú las gastas durante las fiestas de Navidad, que la víspera de año me cae una teja en la cabeza, y que...

NORA (Poniéndole la mano en la boca): Cállate, y no digas esas cosas.

HELMER: Pero figúrate que ocurriese. ¿Y entonces?

NORA: Si sucediera tal cosa... me daría lo mismo tener deudas que no tenerlas.

HELMER: ¿Y las personas que me hubieran prestado el dinero?

NORA: ¿Quién piensa en ellas? Son personas extrañas.

HELMER: Nora, Nora, eres una verdadera mujer. En serio, mujer, ya sabes mis ideas respecto de este punto. Nada de deudas; nada de préstamos. En la casa que depende de deudas y préstamos se introduce una especie de esclavitud, cierta cosa de mal cariz que previene. Hasta ahora nos hemos hecho firmes, y seguiremos haciendo otro tanto durante el tiempo de prueba que nos queda.

NORA (Acercándose a la chimenea): Bien, como tú quieras, Torvaldo.

HELMER (Siguiéndola): Vamos, vamos, la alondra no debe andar alicaída. ¿Qué? ¿Ahora salimos con que la ardilla tuerce el gesto? (Abre su portamonedas). Nora, adivina qué tengo aquí.

NORA (Volviéndose con rapidez): Dinero.

HELMER: Mira. (Entregándole algunos billetes). ¡Dios mío! Hay muchos gastos en una casa cuando se acerca Navidad.

NORA (Contando): Diez, veinte, treinta, cuarenta; ¡gracias, Torvaldo! Con esto ya tengo para ir tirando.

HELMER: No habrá más remedio.

NORA: Se hará así, descuida. Pero ven aquí. Voy a enseñarte todo lo que he comprado, y ¡tan barato! Mira: un traje nuevo para Iván y, un sable; un caballo con una trompeta para Bob, y una muñeca con una cama para Emmy. Claro que es muy sencillo, porque en seguida se rompe. Y aquí, delantales y telas para las, muchachas. La buena Mariana merecía mucho más que esto, pero...

HELMER: Y en ese paquete, ¿qué hay?

NORA (Profiriendo un ligero grito): No, Torvaldo, eso no lo verás hasta la noche.

HELMER: Bien, bien. Pero dime, manirrotita, ¿qué te gustaría a ti?

NORA: ¡Bah! ¿Me preocupo acaso de mí?

HELMER: Lo creeré, si te empeñas. Vamos, dime algo que te tiente, una cosa razonable.

NORA: Realmente... no sé. Y eso que... oye, Torvaldo...

HELMER: Veamos.

NORA (Jugueteando con los botones de la americana de Helmer, pero sin mirarlo): Si estás decidido a regalarme algo, podrías... podrías...

HELMER: Vamos, acaba.

NORA (De un tirón): Podrías darme dinero, Torvaldo. ¡Oh!, poca cosa, aquello de que puedas disponer, con eso me compraría algo.

HELMER: Pero, Nora...

NORA: ¡Vaya que sí! Lo vas a hacer, Torvaldito. Te lo ruego. Colgaré el dinero del árbol envuelto en un papel dorado muy bonito. ¿No hará buen efecto?

HELMER: ¿Cómo se llama el pájaro que está despilfarrando siempre?

NORA: Sí, sí, el estornino, ya lo sé. Pero haz lo que te digo, Torvaldo; así tendré tiempo para pensar en algo útil. ¿No es lo más razonable, di?

HELMER (Sonriendo): Si supieras emplear el dinero que te doy y comprar efectivamente alguna cosa, sí, pero desaparece en la casa, se evapora en mil pequeñeces, y luego tengo que volver a aflojar la bolsa.

NORA: ¡Qué cosas tienes, Torvaldo!

HELMER: Es la pura verdad, Norita mía. (Le rodea la cintura con un brazo). El estornino es muy precioso, pero necesita tanto dinero... ¡Es increíble lo que le cuesta a un hombre poseer un estornino!

NORA: ¡Anda! ¿Cómo te atreves a decir eso? Yo ahorro cuanto puedo.

HELMER: ¡Oh!, eso es indudable. Todo lo que puedes, sólo que no puedes nada.

NORA (Tarareando y sonriendo alegremente): ¡Si supieras tú cuántos gastos tenemos las alondras y ardillas!

HELMER: Eres una criatura original. Lo mismo que tu padre, quien lleno de celo y voluntad se afanaba para ganar dinero, y a ti, como a él, tan pronto como lo tienes, se te escurre de las manos y no sabes nunca a dónde va a parar. En fin, hay que tomarte como eres. Sí, sí, Nora, esas cosas son hereditarias, indudablemente.

NORA: Bien quisiera haber heredado muchas cualidades de papá.

HELMER: Yo te quiero como eres, querida alondra. (Pausa). Pero oye; te encuentro hoy no sé cómo... Tienes una cara así... un poco sospechosa.

NORA: ¿Yo?

HELMER: Sí, tú. Mírame bien a los ojos. (Nora mira a Helmer). ¿Habrá hecho esta locuela alguna escapatoria a la ciudad?

NORA: No. ¿Por qué dices eso?

HELMER: ¿De veras no has metido la nariz de golosa en la confitería?

NORA: No, te lo aseguro, Torvaldo.

HELMER: ¿No has olido siquiera los dulces?

NORA: Ni pensarlo.

HELMER: ¿No has probado dos o tres almendras?

NORA: ¡Que no! Torvaldo, te digo que no.

HELMER: Bien, mujer, bien; te lo digo en broma.

NORA (Acercándose a la mesa de la derecha): Ni en sueños podría ocurrírseme hacer nada que te desagrade. Puedes estar bien seguro.

HELMER: No, si lo sé. ¿No me lo has prometido?... (Aproximándose a Nora). Vamos, guárdate tus misterios de Navidad, que nosotros ya los sabremos esta noche, cuando se descubra el árbol.

NORA: ¿Has pensado en invitar a comer al doctor Rank?

HELMER: No, ni hace falta, puesto que ya lo sabe. Sin embargo, lo invitaré cuando venga. He encargado buen vino, Nora; no puedes tú figurarte la alegría y los deseos que tengo de que llegue la noche.

NORA: Lo mismo que me pasa a mí. ¡Y qué alegría la que van a tener los niños, Torvaldo!

HELMER: ¡Ah! Es una delicia pensar que se ha llegado a una situación estable, asegurada, y se dispone con holgura de cuanto se necesita. ¿No es una dicha inmensa pensarlo?

NORA: ¡Oh! Es maravilloso. Parece un sueño.

HELMER: ¿Te acuerdas de la última Navidad? Tres semanas antes, te encerrabas todas las noches hasta más allá de las doce, a hacer flores para el árbol de Navidad y a prepararnos otras mil sorpresas... ¡Uf! Es la época más aburrida de que me acuerdo.

NORA: Pues yo no me aburría.

HELMER (Sonriendo): Sin embargo, el resultado fue bastante deplorable, Nora.

NORA: ¡Bueno! ¿Todavía vas a hacerme rabiar con eso? ¿Tengo yo la culpa de que entrara el gato y lo hiciese trizas todo?

HELMER: ¡Claro que no, Norita! ¿Cómo habías tú de tener la culpa? Tú tenías los mejores deseos de que nos divirtiéramos todos, y eso es lo importante. Pero bueno es que hayan pasado aquellos malos tiempos.

NORA: Es verdad; todavía no estoy bien convencida; ¡parece un sueño!

HELMER: Ahora ya no me aburriré encerrado a solas, ni tú tendrás que atormentar tus hermosos ojos y tus lindas manitas.

NORA (Batiendo palmas): No, ¿verdad que no, Torvaldo? ¡Qué gusto, Dios mío! (Toma del brazo a Helmer). Ahora voy a decirte cómo he pensado que nos arreglemos, después que pasen las Navidades... (Se oye llamar). Llaman. (Ordena la habitación). Vendrá alguien. ¡Qué fastidio!

HELMER (Disponiéndose para entrar al despacho): Si es una visita, acuérdate de que no estoy para nadie.

Gracias por leernos...

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