Po - e - mas:

Romance del Duero, de Gerardo Diego

Río Duero, río Duero,
nadie a acompañarte baja;
nadie se detiene a oír
tu eterna estrofa de agua.

 

Pintura de István Sándorfi

Un trabajo de…

Aprovechando el artículo sobre Gerardo Diego, en esta ocasión os proponemos el análisis de Romance del Duero, un poema que este poeta cántabro escribió hacia el año 1923 dentro de su poemario Soria. Galería de estampas y efusiones (1923), en el que homenajea a dicha ciudad castellana donde fue profesor durante un tiempo, al igual que otros poetas inolvidables como Gustavo Adolfo Bécquer o Antonio Machado.

Río Duero, río Duero,
nadie a acompañarte baja;
nadie se detiene a oír
tu eterna estrofa de agua.

 

Indiferente o cobarde,
la ciudad vuelve la espalda.
No quiere ver en tu espejo
su muralla desdentada.

 

Tú, viejo Duero, sonríes
entre tus barbas de plata,
moliendo con tus romances
las cosechas mal logradas.

 

Y entre los santos de piedra
y los álamos de magia
pasas llevando en tus ondas
palabras de amor, palabras.

 

Quién pudiera como tú,
a la vez quieto y en marcha,
cantar siempre el mismo verso
pero con distinta agua.

 

Río Duero, río Duero,
nadie a estar contigo baja,
ya nadie quiere atender
tu eterna estrofa olvidada,

 

sino los enamorados
que preguntan por sus almas
y siembran en tus espumas
palabras de amor, palabras.

El poema está estructurado en la forma tradicional de un romance, tal como se indica en su título: siete estrofas (aunque este número puede variar de un romance a otro) de cuatro versos con ocho sílabas (arte menor), que riman solo los pares en asonante (8, 8a. 8. 8a). Seguramente, la elección de esta estructura por parte de Gerardo Diego sería totalmente consciente, teniendo en cuanta los “personajes” que protagonizan el poema, en este caso el río Duero y la ciudad de Soria, para los que es natural una versificación tradicional castellana.

 

El poeta, desde su ‘yo’ poético, se dirige al río como lo haría un amigo en un diálogo monologado que no necesita respuestas, pues ellas están en el propio silencio y en el rumor continuo de su cauce. El río y la ciudad son como un viejo matrimonio, destinados a estar juntos e, incluso, a ignorarse, pero cuyas entidades, tras tanto tiempo, necesitan la una de la otra. Dos soledades unidas por un destino común y por las circunstancias que les rodean, aunque separadas por sus propios egoísmos.

 

La personificación del río Duero y de la ciudad es el recurso constante a lo largo del poema. Y el poeta, como ese amigo cercano con permiso para hurgar en las heridas, le recuerda al río su eterna soledad, empeñado en su propia melodía que tan solo algunos amantes desean escuchar, mientras la ciudad le vuelve la espalda, tal vez por pérdida de interés o, así mismo probable, por no querer ver su imagen reflejada en las aguas y comprobar el deterioro de su imagen a causa del paso del tiempo.

 

Sin embargo, a pesar de esta unidad temática aparentemente constante, se puede apreciar la existencia de tres apartados temáticos perfectamente definidos:

 

El primero lo formarían las cuatro estrofas iniciales, ya que si en la primera el poeta expone claramente la soledad del río y el hecho de que nadie vaya a escuchar su canción, en la segunda le informa que la posible causa de ello se deba a que la ciudad le ignora. Aún así, sin embargo, como se indica en la tercera estrofa, el Duero continúa con su inmutable sonrisa (una referencia a la curva que realiza alrededor de Soria) y con su eterna canción mientras, ya viejo, muele las cosechas de los campesinos. Y en la cuarta, tal vez la más profunda e inquietante, el poeta describe cómo el río sigue su curso entre construcciones religiosas, “de piedra”, y entre los bosquecillos de álamos, “de magia”, curiosa paradoja teniendo en cuenta el fervor religioso de Gerardo Diego, para concluir afirmando que sus aguas arrastran las “palabras de amor”, reafirmando en tono fatalista a continuación: “palabras”.

 

El segundo apartado se correspondería con la estrofa quinta donde el poeta le descubre al Duero su sana envidia como poeta pues aquel es capaz de “cantar siempre el mismo verso / pero con distinta agua”, en clara referencia a la máxima de Heráclito: “Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos”.

 

Y así llegamos a las dos últimas estrofas, las cuales compondrían el tercer apartado que, en apariencia, es un eco del principio, sin embargo, aparece una pequeña diferencia: el Duero tiene la frágil compañía de los “enamorados”, quienes depositan en él sus esperanzas de amor, “palabras de amor, palabras”.

 

Todo ello nos lleva a pensar que este no es un poema sencillo, aunque sí fácil de entender, pues a pesar de su gran número de recursos estilísticos, estos, en lugar de ser utilizados para lucimiento del autor, están en función del mensaje, lo cual, en vez de complicar su comprensión, la facilitan. Sería muy simple quedarse en las imágenes y afirmar que Gerardo Diego quiso mostrar la belleza del paisaje, sin embargo, el poema encierra otros mensajes y el paisaje es un elemento más, una herramienta, para mostrarlos: la soledad del hombre y del poeta ante la magnitud de lo que le rodea y el desamparo ante el paso del tiempo, por eso, cuando se dirige al río Duero, en realidad se lo dice a sí mismo. El poeta desea la conjunción perfecta con la poesía y la persistencia de ánimo a través de los años, pero tanto la una como la otra se le escapan indiferentes; al mismo tiempo, desea ser capaz de retener y modelar todas las sensaciones mediante palabras precisas y preciosas que, de lo contrario, se irán con la corriente hacia el olvido llegando la derrota y el conformismo. El Romance del Duero es un poema de soledad, de ausencias, de esperanzas frustradas; es un poema triste con una forma hermosa.

Gracias por leernos...

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