Po - e - mas:

No me aflige morir..., de Francisco de Quevedo.

No me aflige morir; no he rehusado

acabar de vivir, ni he pretendido

alargar esta muerte que ha nacido

a un tiempo con la vida y el cuidado.

Un trabajo de…

No nos engañemos, aunque cualquiera puede escribir un poema, no todo el mundo puede ser poeta, ni mucho menos, hacer poesía. Es como si al tener un geranio en tu balcón, ya te creyeras jardinero.

Y ese es uno de los motivos que me movieron a crear este pequeño espacio donde se analizan poemas que son poesía y están fabricados por verdaderos orfebres del arte de Erato y Caliope, la de la dulce voz. Pero hay más motivos, muchos más, aunque baste con decir que, en este mundo distante, competitivo y materialista, promover la poesía es todo un reto, y a mí me gustan los desafíos.

El poema de hoy pertenece a un hombre que tenía el don de domar las palabras, y ellas le obedecían: Francisco de Quevedo, personaje controvertido, polémico, divertido y atractivo donde los haya, a pesar de no poseer un físico agradable y tener fama de pendenciero, beodo, irónico y brabucón, o, quizá, gracias a ello. Un hombre que ocupó un puesto eminente en el denominado Siglo de Oro español, aquel puñado de años en los que comenzaba a descomponerse nuestro Imperio, ya desde su nacimiento corrupto, mientras algunas mentes lúcidas burlaban las normas represivas impuestas por la Iglesia y el Estado para decir lo que pensaban y sentían. Época complicada aquella, aunque no nos venía de nuevas y con los años nos llegarían otras, que aquí, en esta tierra, de eso no hemos andado escasos.

Pero dejémonos de devaneos y vayamos a lo que nos importa: el poema y su análisis.

NO ME AFLIGE MORIR…

Francisco de Quevedo

 

No me aflige morir; no he rehusado

acabar de vivir, ni he pretendido

alargar esta muerte que ha nacido

a un tiempo con la vida y el cuidado.

 

Siento haber de dejar deshabitado

cuerpo que amante espíritu ha ceñido;

desierto un corazón siempre encendido,

donde todo el Amor reinó hospedado.

 

Señas me da mi ardor de fuego eterno,

y de tan larga y congojosa historia

sólo será escritor mi llanto tierno.

 

Lisi, estáme diciendo la memoria

que, pues tu gloria la padezco infierno,

que llame al padecer tormentos, gloria.

 

Como ya habréis podido observar a simple vista, en relación a su estructura métrica, el poema es un soneto, con sus dos cuartetos y sus dos tercetos de versos endecasílabos que riman en consonantes de la forma: ABBA ABBA CDC DCD.

El tema es la pasión no correspondida, una cuestión muy de moda en aquellos momentos donde los matrimonios por amor no eran frecuentes y ese tipo de relaciones se desarrollaban en escenarios más complicados y novelescos, fuente inagotable no solo de poemas, sino también de piezas dramáticas, novelas para damas de la corte, canciones, duelos, muertes y, sobre todo, suspiros. En él vemos cómo Quevedo se lamenta, de una manera expresiva y directa, de su desdichada situación, algo que, según afirma, ha venido sufriendo a lo largo de su existencia y ni tan siquiera en ese momento, ese fuego que le quema las entrañas es compartido ni comprendido por su amada Lisi. Por todo ello, dice que no le importa morir y asegura que el amor por su amada perdurará eternamente.

Hasta aquí no parece que haya nada digno de un especial interés, ¿verdad? Pero si ahondamos en el minucioso trabajo desarrollado por Quevedo a la hora de modelar la arcilla empleada en su oficio, veremos que ha llevado a cabo una verdadera obra de arte con el polvo de las palabras.

Ya con solo la disposición de las frases para acomodarse a la estructura métrica nos daremos cuenta de que éste no es un simple soneto. Veámoslo:

En el primer cuarteto no es difícil adivinar un claro paralelismo de las tres frases principales: “No me aflige morir / No he rehusado acabar de vivir / Ni he pretendido alargar…”, cuya estructura paralela consiste en: negación más verbo más infinitivo, por lo tanto, estamos ante una repetición de esquema, algo que se contrapone con la estructura elíptica del segundo cuarteto, pues si la primera oración es: “Siento haber de dejar deshabitado…”, la segunda tendría que ser: “Siento haber de dejar desierto…”, pero no ocurre así y, por lo tanto, se rompe intencionadamente el paralelismo que reinaba en la primera estrofa; aquí no hay repetición.

Ahora vayamos con los tercetos.

Si lo que caracteriza al primero es la utilización del hipérbaton, pues donde debería decir si hubiese empleado un orden lógico: “Mi ardor me da señas de fuego eterno, y sólo mi llanto tierno será escritor de tan larga y congojosa historia.”, mediante este recurso estilístico rompe ese orden lógico: “Señas me da mi ardor de fuego eterno, y de tan larga y congojosa historia sólo será escritor mi llanto tierno.”, de esta forma todos los versos tienen la misma métrica y riman como corresponde.  

Por el contrario, lo que se percibe en el segundo terceto es una estructura quiásmica, disponiendo en orden inverso los miembros de dos secuencias consecutivas: … “tu gloria la padezco infierno…”, dice primero y luego le da la vuelta: “… al padecer tormentos, gloria.”, es decir: “gloria / infierno” – “tormentos / gloria”.

Así pues, las cuatro estrofas del soneto se caracterizan por cuatro estructuras diferentes: Primer cuarteto: estructura paralelística. Segundo cuarteto: estructura elíptica. Primer terceto: estructura hiperbólica. Segundo terceto; estructura quiasmática.

Pero no quedan ahí las oposiciones, pues si nos fijamos en los cuartetos, por un lado, y en los tercetos, por otro, y no solo nos referimos a la disposición de la rima, sino que, además, si los primero o añaden o suprimen, los segundos se dedican a cambiar el orden de sus elementos.

En otro orden de cosas, Quevedo era un maestro a la hora de utilizar las posiciones especiales de los acentos y la rima en los versos, establecidas por la convención métrica, con la intención de crear emparejamientos fonéticos o semánticos entre palabras. Por ejemplo, en el verso cuarto tenemos vida y cuidado, un emparejamiento tanto fonético como semántico; entre los versos quinto y séptimo encontramos una relación de sinonimia entre, deshabitado y desierto, y en el décimo verso se halla otra relación de significado entre larga y congojosa. Pero hay muchos más emparejamientos: entre oraciones de infinitivo, sinonimias, fonéticas, que podréis encontrar con una lectura detenida del poema.

En lo referente a la rima, las palabras empleadas en los cuartetos, excepto cuidado, que es un sustantivo, son todas adjetivos o participios (rehusado, pretendido, nacido, cuidado / deshabitado, ceñido, encendido, hospedado), mientras que en los tercetos predominan los sustantivos sobre dos adjetivos (eterno, historia, tierno / memoria, infierno, gloria).

Hay otra diferencia entre los cuartetos y los tercetos que no debe pasarnos desapercibida y que atañe al ritmo del poema. Consiste en que en los cuartetos no hay sílabas acentuadas entre la sexta y la décima, excepto en el único caso del verso octavo: “donde todo el Amor reinó hospedado.”, que, como veis, se acentúa la octava. También son chocantes las relaciones semánticas que se establecen entre varias palabras de las que se emplean en la sexta sílaba de los cuartetos: morir – vivir – muerte – vida / dejar – espíritu – corazón – Amor/.

Y como remate, ¿no es curioso que el último terceto se inicie con la palabra “Lisi” y se cierre con “gloria”?

En conclusión, y como proclamábamos al principio, la poesía es un don que no lo posee cualquiera, solo aquellas personas que pueden ser honestamente llamadas poetas.

Gracias por leernos...

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