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Era un jardín sonriente, de Joaquín y Serafín Álvarez Quintero.

Era un jardín sonriente;
era una tranquila fuente
de cristal;
era, a su borde asomada,
una rosa inmaculada
de un rosal.

Un trabajo de…

Nuestros primeros años escolares se deslizaron blandamente durante aquellos tiempos de culto a la memoria, por lo que no era extraño vernos al grupo de alumnos (todos chicos, pues las niñas se cultivaban en otras aulas al abrigo de nuestras miradas lascivas de sátiros infantiles), leyendo y releyendo algún poema al gusto del maestro hasta lograr declamarlo, la mirada prendida en algún punto de la pared, con la típica entonación empalagosa y afectada, perfumada de sacristía, al uso de los oradores del momento.

El eterno Bécquer, el sospechoso Machado, el rescatado Juan Ramón o las inquietantes Coplas de Jorge Manrique, entre otros muchos poemas, rebuscaron en los pliegues de nuestros tiernos cerebros algún rincón donde acomodarse… y todavía hoy recordamos, con la nostalgia del tiempo perdido, aquellos versos que almacenábamos sin comprender.

Uno de ellos, si mal no recuerdo, fue este poema de los hermanos Álvarez Quintero, Joaquín y Serafín, la pareja de andaluces políticamente correctos, quienes se hicieron famosos por sus obras de teatro edulcoradas, vacías de compromiso, pero repletas de la alegría de vivir de un pueblo andaluz bastante idealizado.

El poema es algo más largo de lo que aquí ofrecemos, aunque pienso que es suficiente con este fragmento, pues el resto, sin ánimo de rebajar su valor, es una mera amplificación del trozo que vamos a utilizar.

 

Era un jardín sonriente...

 

Era un jardín sonriente;
era una tranquila fuente
de cristal;
era, a su borde asomada,
una rosa inmaculada
de un rosal.

 

Era un viejo jardinero
que cuidaba con esmero
del vergel,
y era la rosa un tesoro
de más quilates que el oro
para él.

 

A la orilla de la fuente
un caballero pasó,
y la rosa dulcemente
de su tallo separó.
Y al notar el jardinero
que faltaba en el rosal,
cantaba así, plañidero,
receloso de su mal:

-Rosa la más delicada
que por mi amor cultivada
nunca fue;
rosa la más encendida
la más fragante y pulida
que cuidé;

 

blanca estrella que del cielo,
curiosa de ver el suelo,
resbaló;
a la que una mariposa
de mancharla temerosa
no llegó

 

¿Quién te quiere? ¿Quién te llama
por tu bien o por tu mal?
¿Quién te llevó de la rama,
que no estás en tu rosal?

Como habréis comprobado, los versos son todos de arte menor: octosílabos y tetrasílabos (de pie quebrado), ordenados en sextillas y cuartetas de la siguiente forma: se comienza con dos sextillas, a las que les sigue una copla castellana (conjunto de dos cuartetas), tras la cual aparecen otras dos sextillas y se concluye el fragmento con una cuarteta. En el resto del poema se suceden varias sextillas y cuartetas, al ritmo de dos por una, hasta el final.

Para tenerlo más claro, comentaré que la Sextilla es una estrofa de seis versos de arte menor, cuatro octosílabos, generalmente, y dos tetrasílabos, de pie quebrado en este caso, al ser la mitad de los otros, y que se corresponden con los versos 3º y 6º. La combinación de las rimas es variada, pero aquí responde al esquema “aabaab”. La primera referencia de la utilización de esta estrofa en castellano nos llega del Arcipreste de Hita, sin embargo, las más famosas fueron las Coplas a la muerte de mi padre de Jorge Manrique y las del argentino José Hernández, en su poema épico El gaucho Martín Fierro.

Por su parte, la Cuarteta es una estrofa de cuatro versos de arte menor, generalmente octosílabos, aunque también pueden aparecer de pie quebrado, con variedad en el esquema de la rima, aunque en este poema se utiliza “abab”. Cuando se unen dos cuartetas se forma la Copla castellana, una estrofa de ocho versos, como la que aparece en este fragmento.

En el plano significativo, el poema es una alegoría donde un padre se lamenta de la ausencia de una hija, pues parece que se ha marchado con su amante, y los temores que el hombre tiene ante lo que pueda ocurrirle a la muchacha. En este fragmento se describe la vida idílica donde la niña creció, rodeada de paz, amenidad y amor, representadas por el jardín, la fuente y los cuidados del jardinero; posteriormente se narra cómo un caballero arrebató la rosa con dulzura y finalmente comienza el lamento del jardinero al notar la ausencia de su rosa preferida, aunque de él solo mostramos un pequeño atisbo en los últimos versos ya que todo el lamento se desarrolla en la parte del poema que no hemos utilizado.

Las imágenes usadas por los hermanos son muy recurrentes, empleando profusamente los lugares comunes: el jardín sonriente, la fuente de cristal, la rosa inmaculada, etcétera, que, sin embargo, resultaban del gusto de su público del momento, la burguesía de finales del siglo XIX y principios del XX, el mismo que llenaba los teatros para ver sus entremeses agradables, las comedias costumbristas o las alegres zarzuelas. Es decir, Joaquín y Serafín Álvarez Quintero producían una literatura comercial, aunque ni mucho menos escasa en corrección, ingenio o pericia, como podemos observar en la perfecta musicalidad de esta composición.

Sin embargo, los conflictos que aparecían, tanto en sus obras, como en sus poemas, eran los típicos de una sociedad puritana paternalista, donde la mujer era el centro de admiración, era el tesoro y, al mismo tiempo, lo frágil, lo intocable, con lo que se debía tener mucho cuidado para que no perdiera su valor, es decir, su virtud. Algo que queda perfectamente reflejado en este poema con la cosificación y pasividad de la imagen femenina: la rosa, la cual no se va, se la llevan. Llegado a este punto, y sin ánimo de ofender, me ha venido a la memoria aquella frase de Voltaire que decía: “el primero que comparó a la mujer con una flor fue un poeta y el segundo, un imbécil”.

Durante el lamento, el jardinero le hace un sinfín de preguntas a la rosa desaparecida, pero, sobre todo, le importa una cosa, leamos: “¿Tú no sabes que es grosero / el mundo? ¿Qué es traicionero / el amor? / ¿Qué no se aprecia en la vida / la pura miel escondida / en la flor? // ¿Bajo qué cielo caíste? / ¿a quién tu tesoro diste / virginal? / ¿En qué manos te deshojas? / ¿Qué aliento quema tus hojas / infernal?” Pues sí, lo único que le importa al jardinero es que haya podido perder su “virtud” y en manos de “quién”.

Un poco más adelante llega a pensar que quizá ella haya querido irse, algo que hasta ese momento no le había pasado por la cabeza, y entonces comienza con una serie de reproches recordándole todo lo que él había hecho por ella: “¿Por qué te fuiste tan pura / de otra vida a la aventura / o al dolor? / ¿Qué faltaba a tu recreo? / ¿Qué a tu inocente deseo, / soñador? // En la fuente limpia y clara, / espejo que te copiara / ¿no te di? / Los pájaros escondidos, / ¿no cantaban en sus nidos / para ti? // Cuando el aire era de fuego, / ¿no refresqué con mi riego / tu calor? / ¿No te dio mi trato amigo / en las heladas abrigo / protector?” El caso es que, releyendo estos versos, más que un padre preocupado parece un amante despechado, pero es que esa línea no está muy bien definida bajo la lente del paternalismo protector.

En conclusión, “Era un jardín sonriente…” es un ejemplo de esa poesía que representaba una visión de la vida alejada del realismo callejero, de espaldas a las caricaturas de Valle-Inclán, sorda al vanguardismo y muda ante lo social. Una poesía bella, pero artificial, igual que la imagen de la mujer a la que pretendían agasajar: algo bonito, decorativo y sin problemas.

Gracias por leernos...

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