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Anoche cuando dormía, de Antonio Machado

Anoche cuando dormía

soñé ¡bendita ilusión!

que una fontana fluía

dentro de mi corazón.

Un trabajo de…

El poema que vamos a comentar pertenece al segundo libro de Antonio Machado, Soledades. Galerías. Otros poemas, publicado en 1907 y que, realmente, consistía en una segunda edición ampliada de su primer poemario, Soledades (1903).

Como podréis comprobar, en el hay todavía una importante influencia de la poesía andaluza del romanticismo tardío en lo relacionado con la forma, sobre todo de Gustavo Adolfo Bécquer, con versos cortos octosílabos de rima asonante y léxico sencillo, aunque bien meditado y calibrado.

Se compone de cuatro estrofas, las tres primeras formadas por dos cuartetas y la última de una sola cuarteta, todas rimando abab. La primera cuarteta de todas las estrofas se repite a modo de estribillo, salvo en el tercer verso de cada una que, sin embargo, sigue guardando el paralelismo, creando así una estructura cerrada, circular, que se relaciona perfectamente con su contenido.

Veamos todo esto en el propio poema:

Anoche cuando dormía

soñé ¡bendita ilusión!

que una fontana fluía

dentro de mi corazón.

Di: ¿por qué acequia escondida,

agua, vienes hasta mí,

manantial de nueva vida

en donde nunca bebí?

 

Anoche cuando dormía

soñé ¡bendita ilusión!

que una colmena tenía

dentro de mi corazón;

y las doradas abejas

iban fabricando en él,

con las amarguras viejas,

blanca cera y dulce miel.

 

Anoche cuando dormía

soñé ¡bendita ilusión!

que un ardiente sol lucía

dentro de mi corazón.

Era ardiente porque daba

calores de rojo hogar,

y era sol porque alumbraba

y porque hacía llorar.

 

Anoche cuando dormía

soñé ¡bendita ilusión!

que era Dios lo que tenía

dentro de mi corazón.

Aunque nacido en tierras sevillanas, Antonio y su familia se trasladaron a Madrid, estudiando todos los hermanos en la Institución Libre de Enseñanza que dirigía Giner de los Ríos, íntimo amigo de su abuelo y ambos fervientes krausistas, y donde se introdujeron, él y su hermano mayor Manuel, en la vida bohemia de la capital, lo que les descubrió la estética del modernismo al relacionarse con algunos de sus más notables representantes: Francisco Villaespesa, el nicaragüense Rubén Darío o el también andaluz y futuro Premio Nobel Juan Ramón Jiménez. Ambos hermanos viajaron a París en dos ocasiones: en 1899 y en 1902, y allí exploraron el simbolismo de Paul Verlain. Así pues, no es de extrañar que con estas influencias descubramos claros elementos del krausismo, del modernismo y del simbolismo en este poema escrito por un hombre joven de treinta años con más dudas que certezas, con más preguntas que respuestas y que estaba a punto de dar un cambio brusco a su vida cuando, ese mismo año 1907, tras haber publicado este poemario, tomaría posesión de su plaza en el instituto de Soria y conocería a la que sería su esposa, Leonor Izquierdo.

Esas tres influencias aparecen en esta búsqueda interior, tal vez de una fe que no tiene o del propio yo poético que no encuentra, mediante la descripción de un sueño que representa un deseo del poeta hacia algo que se le escapa. Y ello le viene representado por una fuente, por una colmena y por un sol: agua, abejas, luz… todos ellos elementos de la naturaleza, símbolos de vida, metáforas del sentido de existir que culminan en Dios, un Dios íntimo, profundo, alejado de las reglamentaciones y de las ortodoxias, su propio Dios.

En la primera estrofa el poeta parece tener sed de vida, sed existencial, de ahí que sueñe con esa fuente de procedencia desconocida e intente establecer una comunicación con esa agua que nunca antes bebió porque no la había buscado, porque no sabía de su existencia, pero que, sin embargo, viene, como un regalo, para calmarle esa sed de alma reseca, son las nuevas experiencias, los nuevos retos, los nuevos caminos por recorrer. El significado de esta estrofa, si buscásemos una intención mística en el poeta, podríamos identificarlo como un momento de descubrimiento y regeneración.

En la segunda, como Baudelaire, saca belleza de la fealdad, “blanca cera y dulce miel” de “las amarguras viejas”, dentro de esa “colmena” soñada donde las “doradas abejas” elaboran dulzura con sus particulares flores del mal, igual que hace él con sus versos surgidos de momentos dolorosos para crear poesía. Este sería el momento de realización.

En la tercera aparece la luz, en forma de sol que revela la verdad de las cosas, y la nostalgia, en forma de calor “de rojo hogar”, lo cual le arranca esas lágrimas, no de dolor sino de abundancia de luminosidad. Este momento correspondería a la plenitud, a la purificación.

Finalizando el sueño, y cerrando el círculo, llegamos al momento del reconocimiento, del encuentro, de la aceptación, cuando asegura que aquello que tenía en su corazón era Dios, algo que persigue desde hace mucho tiempo sin tan siquiera saberlo, y es que para Machado la naturaleza y el universo son sinónimos de Dios, según su educación krausista basada en el panteísmo, entonces Dios está en su corazón y en todo cuanto le rodea, solo hay que saber reconocerlo.

Sin embargo, todo es un sueño, algo que Machado utiliza para escapar de los límites de los racional o, en otras ocasiones, como expresión de la irrealidad de los sentidos, pero, al despertar, regresa la desazón existencial que produce la búsqueda del sentido de la vida, vuelven el hastío y el cansancio y el vacío de un hombre escéptico, pero que busca incesantemente un atisbo de fe que le dé esperanza, como el propio poeta le confió a Unamuno en una carta: “Cuando reconozco que hay otro yo, que no soy yo mismo ni es obra mía, caigo en la cuenta de que Dios existe y de que debo de creer en él como en un padre”. Y su cuñada, la mujer de José, aseguró que Antonio “no practicaba la religión, pero sí fue un hombre de creencias religiosas… Su religión era personal, no la oficial”. Quizá, para Antonio Machado, el sueño era la única forma de acercarse a ese Dios.

Gracias por leernos...

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