EL ARPA DORMIDA: Juana de Ibarbourou, la novia de América, por Ancrugon. Junio / Julio 2014

"...¿Qué perfume usas? Y riendo le dije:
-¡Ninguno, ninguno!
Te amo y soy joven, huelo a primavera..."

Fue Juana de Ibarbourou la primera mujer uruguaya que tuvo la distinción de ser enterrada con honores de Ministro de Estado y ser velada durante el funeral en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo de Uruguay, el mismo lugar donde cincuenta años antes había recibido de manos del poeta Juan Zorrilla de San Martín el anillo que le otorgaba el título de “Juana de América”:

 

“(...) un grupo de jóvenes poetas me organizó en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, una fiesta inolvidable. La presidía don Juan Zorrilla de San Martín.(...) Santiago Cozzolino, el orfebre, había cincelado el anillo de oro simbólico que me ofrecían los poetas. El ambiente era solemne, con la muchedumbre, los himnos, los delegados de toda América, y otro hombre de estatura física pequeña, pero también magnífico y grandioso: Alfonso Reyes.(...) Y a través de discursos hermosos en que la generosidad juvenil iluminaba las palabras, llegó el momento culminante, el de la entrega del anillo. El Dr. Zorrilla de San Martín fue el designado para ello y lo hizo con unas palabras breves y muy hermosas que me quedaron grabadas en el corazón: -Este anillo, señora, significa sus desposorios con América.”

 

Sin embargo no quedaron ahí sus premios y reconocimientos, pues en 1947 resultó elegida para ocupar un sillón en la Academia Nacional de Letras del Uruguay, tres años más tarde presidió la Sociedad Uruguaya de Escritores, otros cinco después se le concede en Madrid el Premio del Instituto de Cultura Hispánica y en 1959 se le otorgó el Gran Premio Nacional de Literatura, apareciendo su rostro, además, en los billetes de mil pesos uruguayos. Pero ¿quién era esta mujer a la que tantos honores se le dispensaban?

AMÉMONOS


Bajo las alas rosa de este laurel florido,
amémonos. El viejo y eterno lampadario
de la luna ha encendido su fulgor milenario
y este rincón de hierba tiene calor de nido.

Amémonos. Acaso haya un fauno escondido
junto al tronco del dulce laurel hospitalario
y llore al encontrarse sin amor, solitario,
mirando nuestro idilio frente al prado dormido.

Amémonos. La noche clara, aromosa y mística
tiene no sé qué suave dulzura cabalística.
Somos grandes y solos sobre el haz de los campos

y se aman las luciérnagas entre nuestros cabellos,
con estremecimientos breves como destellos
de vagas esmeraldas y extraños crisolampos.

LA SED

 

Tu beso fue en mis labios
de un dulzor refrescante.
Sensación de agua viva y moras negras
me dio tu boca amante.

... Cansada me acosté sobre los pastos
con tu abrazo tendido, por apoyo.
Y me cayó tu beso entre los labios,
como un fruto maduro de la selva
o un lavado guijarro del arroyo.

... Tengo sed otra vez, amado mío.
Dame tu beso fresco tal como una
piedrezuela del río.

La bella Juana Fernández Morales nació en la pequeña ciudad de Melo, capital del departamento oriental de Cerro Largo fronterizo con Brasil, el 8 de marzo de 1892, aunque ella, tal vez por coquetería, aseguraba haber nacido tres años más tarde. Era la hija menor de Vicente Fernández, gallego natural de Lorenzana, en la provincia de Lugo, cuya biblioteca lleva el nombre de la poetisa, y Valentina Morales criolla de una de las familias españolas más añejas de Uruguay con raíces andaluzas.

Su padre fue un hombre de temperamento fuerte y mujeriego quien criaba gallos de pelea y llegó a ser jardinero de la Intendencia Municipal, manteniendo otra familia además de la oficial a cuyos hermanos conoció Juana en su madurez.

 

TE DOY MI ALMA DESNUDA

 

Te doy mi alma desnuda,
como estatua a la cual ningún cendal escuda.

Desnuda con el puro impudor
de un fruto, de una estrella o una flor;
de todas esas cosas que tienen la infinita
serenidad de Eva antes de ser maldita.

De todas esas cosas,
frutos, astros y rosas,
que no sienten vergüenza del sexo sin celajes
y a quienes nadie osara fabricarles ropajes.

Sin velos, como el cuerpo de una diosa serena
¡que tuviera una intensa blancura de azucena!.

Desnuda, y toda abierta de par en par
¡por el ansia del amar!

Sin embargo Juana, gracias sobre todo a su madre, tuvo una infancia bastante feliz en la pequeña ciudad rural, a pesar de la guerra civil entre los partidos Blanco y Colorado:

 

“Fue mi paraíso al que no he querido volver nunca más para no perderlo, pues no hay cielo que se recupere ni edén que se repita. Va conmigo, confortándome en las horas negras, tan frecuentes (...) Allí volará mi alma cuando me toque dormir el sueño más largo y pacificado que Dios me conceda a mí, la eterna insomne (...)”

SALVAJE

 

Bebo del agua limpia y clara del arroyo
y vago por los campos teniendo por apoyo
un gajo de algarrobo liso, fuerte y pulido
que en sus ramas sostuvo la dulzura de un nido.
Así paso los días, morena y descuidada
sobre la suave alfombra de la grama aromada,
comiendo de la carne jugosa de las fresas
o en busca de fragantes racimos de frambuesas.

Mi cuerpo está impregnado del aroma ardoroso
de los pastos maduros. Mi Cabello sombroso
esparce, al destrenzarlo, olor a sol y a heno,
a salvia, a hierbabuena y a flores de centeno.

¡Soy libre, sana, alegre, juvenil y morena,
cual si fuera la diosa del trigo y de la avena!
¡Soy casta como Diana
y huelo a hierba clara nacida en la mañana!

Sobre esos tiempos tratan los diecisiete relatos de “Chico Carlo” donde evoca su infancia y juventud reviviendo seres, paisajes y hechos, como el recuerdo de aquel amigo que da nombre al libro:

 

"¡Chico Carlo! Fue mi compañero de toda la infancia, mi doble con pantalones, y la agilidad a veces maligna de un gato montés. No sé por dónde, ni adónde, se lo llevó la vida."

 

A los 18 años marchó para Montevideo, la capital de la República, a la que tardó en acostumbrarse por su rechazo inicial a vivir en ella con sus ruidos y su estilo de vida acelerado, aunque con el tiempo llegaría a adaptarse e incluso a quererla. Dos años después de su llegada, ya hecha una hermosa mujer de belleza cautivadora muy deseada por muchos hombres, se casaría con el capitán Lucas Ibarbourou, quien resultó ser bastante derrochador y presuntuoso al que le gustaba vivir rodeado de lujos y ostentaciones y al que ella era incapaz de refrenar, sufriendo, por el contrario, malos tratos y vejaciones por su parte.

 

Nuestro huerto es nuevo y pequeñito. Los arboles recién empiezan a dar frutos. El ultimo invierno un naranjito ostentó ocho esferas de oro vivo entre sus ramas tiernas. Esta primavera en el manzano cuajaron hasta dos docenas de flores. Y con amor hemos vigilado el desarrollo de las frutas, primero pequeñitas como avellanas, luego esponjadas y tersas como senos de muchachas. Pintaban ya cuando los gorriones descubrieron tal tesoro. Y hemos tenido que arrancarlas a medio madurar, para evitar que esos golosos con alas malogren nuestra dulce cosecha. Y ahí están, ocultas en mi viejo aparador de cedro. Cuando abro el antiguo armario, un olor delicioso y suave llena el comedor. Es como si el alma del huerto estuviera escondida en el vetusto mueble y se esparciera de pronto por la habitación. Si el viento, extrañado de no encontrar ahora aromas frutales en mi quinta, preguntara un día:

-¿Dónde está el alma del huerto?

Mi viejo armario podría decir abriendo un poquito su puerta maciza por la que escaparía el olor a las manzanas:

-¡Aquí!

(De El cántaro fresco)

EL DULCE MILAGRO

 

¿Qué es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen.
Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen.
Mi amante besóme las manos, y en ellas,
¡oh gracia! brotaron rosas como estrellas.

Y voy por la senda voceando el encanto
y de dicha alterno sonrisa con llanto
y bajo el milagro de mi encantamiento
se aroman de rosas las alas del viento.

Y murmura al verme la gente que pasa:
“¿No veis que está loca? Tornadla a su casa.
¡Dice que en las manos le han nacido rosas
y las va agitando como mariposas!”

¡Ah, pobre la gente que nunca comprende
un milagro de éstos y que sólo entiende
que no nacen rosas más que en los rosales
y que no hay más trigo que el de los trigales!

Que requiere líneas y color y forma,
y que sólo admite realidad por norma.
Que cuando uno dice: ''Voy con la dulzura'',
de inmediato buscan a la criatura.

Que me digan loca, que en celda me encierren,
que con siete llaves la puerta me cierren,
que junto a la puerta pongan un lebrel,
carcelero rudo carcelero fiel.

Cantaré lo mismo: ''Mis manos florecen.
Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen''.
¡Y toda mi celda tendrá la fragancia
de un inmenso ramo de rosas de Francia!

Con el tiempo Juana Ibarbourou fue cayendo en los brazos de la tristeza de la que salía con la ayuda de sus dosis de morfina, sustancia que entonces podía comprarse sin restricciones en cualquier farmacia, alejándose cada vez más del mundo y encerrándose en la soledad de su hogar. Pero al fin obtuvo el premio de la paz y pudo pasar los últimos años de su vida tranquilos y sosegados muriendo en la ciudad de Montevideo el 15 de julio de 1979.

 

LAS LENGUAS DE DIAMANTE

 

Bajo la luna llena, que es una oblea de cobre,

Vagamos taciturnos en un éxtasis vago,

Como sombras delgadas que se deslizan sobre

Las arenas de bronce de la orilla del lago.

Silencio en nuestros labios una rosa ha florido.

¡Oh, si a mi amante vencen tentaciones de hablar!,

la corola, deshecha, como un pájaro herido,

caerá, rompiendo el suave misterio sublunar.

¡Oh dioses, que no hable! ¡Con la venda más fuerte

que tengáis en las manos, su acento sofocad!

¡Y si es preciso, el manto de piedra de la muerte

para formar la venda de su boca, rasgad!

Yo no quiero que hable. Yo no quiero que hable.

Sobre el silencio éste, ¡qué ofensa la palabra!

¡Oh lengua de ceniza! ¡Oh lengua miserable,

no intentes que ahora el sello de mis labios te abra!

Bajo la luna-cobre, taciturnos amantes,

Con los ojos gimamos, con los ojos hablemos.

Serán nuestras pupilas dos lenguas de diamantes

Movidas por la magia de diálogos supremos.

¿SUEÑO?

 

¡Beso que ha mordido mi carne y mi boca

Con su mordedura que hasta el alma toca!

¡Beso que me sorbe lentamente vida,

como una incurable y ardorosa herida!

¡Fuego que me quema sin mostrar la llama

y que a todas horas por más fuego clama!

¿Fue una boca bruja o un labio hechizado

el que con su beso mi alma ha llagado?

¿Fue en sueño o vigilia que hasta mí llegó

el que entre sus labios mi alma estrujó?

Calzaré sandalias de bronce e iré.

Adonde esté el mago que cura me dé.

¡Secadme esta llaga, vendadme esta herida

que por ella en fuga se me va la vida!

Su carrera literaria fue bastante vertiginosa, pues antes de cumplir los treinta años ya era una escritora consagrada y reconocida, dedicándose principalmente a la poesía, aunque también escribió literatura infantil como El cántaro fresco, Epistolario o Chico Carlos, las dos últimas en prosa. Sus primeras composiciones, bajo la influencia del modernismo, vieron la luz en las páginas en el periódico La Razón, de Montevideo, recopilándose éstos en los tres primeros libros editados: Lenguas de diamante (1919), El cántaro fresco (1920) y Raíz salvaje (1922).

 

LA HIGUERA

 

Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.

En mi quinta hay cien árboles bellos:
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.

En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.

Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se visten...

Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
-Es la higuera el más bello
de los árboles en el huerto.

Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!

Y tal vez a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo, le cuente:
-Hoy a mi me dijeron hermosa.

RAÍZ SALVAJE

 

Me ha quedado clavada en los ojos
la visión de ese carro de trigo
que cruzó rechinante y pesado
sembrando de espigas el recto camino.

¡No pretendas ahora que ría!
¡Tú no sabes en qué hondos recuerdos
estoy abstraída!.

Desde el fondo del alma me sube
un sabor de pitanga a los labios.
Tiene aún mi epidermis morena
no sé qué fragancias de trigo emparvado.

¡Ay, quisiera llevarte conmigo
a dormir una noche en el campo
y en tus brazos pasar hasta el día
bajo el techo alocado de un árbol!

Soy la misma muchacha salvaje
que hace años trajiste a tu lado.

 

Los temas más recurrentes en esta época poética son el amor, tanto el pasional, cargado de una sensualidad y erotismo que le aportaban una frescura no muy frecuente en aquellos tiempos, como el de madre, además de los de la belleza y la naturaleza, con profusión de imágenes sensoriales y míticas aunque siempre dentro del ámbito de su propia personalidad, por lo que toda la obra de este periodo destaca por su sencillez y alegría emanadas del optimismo vital que le caracterizaba.

 

LA ENREDADERA

 

Por el molino del huerto

Asciende una enredadera.

El esqueleto de hierro

Va a tener un chal de seda

Ahora verde, azul más tarde

Cuando llegue el mes de Enero

Y se abran las campanillas

Como puñados de cielo.

Alma mía: ¡quién pudiera

Vestirte de enredadera!

DESCANSO

 

Delicia, delicia de la casa en sombra,

De la casa fresca bajo la canícula,

De la mecedora y el libro en la verde

Penumbra del patio techado de parras

Donde runrunean avispas glotonas

Y toda la siesta canta una chicharra.

Y luego, ¡delicia del sueño que afloja

La loca y eterna tensión de mis nervios!

Sin embargo con el tiempo sus creaciones fueron evolucionando hacia otras estéticas distanciándose del modernismo y recorriendo diferentes etapas que le llevarían por las sendas del vanguardismo casi surrealista de La rosa de los vientos (1930). Su inspiración poética cayó en un letargo de veinte años, durante los cuales escribió tres libros de prosa, dos de ellos, Loores de Nuestra Señora y Estampas de la Biblia, repletos de misticismo, y Chico Carlo de historias autobiográficas para niños, además de uno de teatro infantil, Los sueños de Natacha.

 

LAS OLAS

 

Si todas las gaviotas de esta orilla

Quisieran unir sus alas,

Y formar el avión o la barca

Que pudiesen llevarme hasta otras playas...

Bajo la noche enigmática y espesa

Viajaríamos rasando las aguas.

Con un grito de triunfo y de arribo

Mis gaviotas saludarían el alba.

De pie sobre la tierra desconocida

Yo tendería al nuevo sol las manos

Como si fueran dos alas recién nacidas.

¡Dos alas con las que habría de ascender

Hasta una nueva vida!

EL POZO

 

Asiento de musgo florido
sobre el viejo brocal derruido.
Sitio que elegimos para hablar de amor,
bajo el enorme paraíso en flor.

¡Ay, pobre del agua que del fondo mira,
tal vez envidiosa, quizás dolorida!
¡Tan triste la pobre, tan muda, tan quieta
bajo esta nerviosa ramazón violeta!

-Vámonos. No quiero que el agua nos vea
cuando me acaricies. Tal vez eso sea
darle una tortura. ¿Quién la ama a ella?
-Tonta!, ¡si de noche la besa una estrella!

Poco a poco va desapareciendo su rasgo positivo, esperanzador y su voz se torna más recogida, recóndita y nostálgica, tal vez a causa de la enfermedad, la soledad o el mismo presentimiento de la muerte, apareciendo títulos como Pérdida (1950), Azor, Mensajes del escriba (ambos de 1953), Romances del destino (1955), Oro y tormenta (1956), Canto rodado (1958) y La pasajera (1967), obras en las que se van mosttrando otros temas que antes no eran muy comunes: la ansiedad, la vida cotidiana o la fugacidad de la misma, la muerte y el destino… cuestiones éstas que aún siendo profundas siempre están tocadas por su pizca de espontaneidad que las visten de una sincera humanidad.

 

ANGUSTIA

 

Hoy estoy triste, amor. Hoy tengo el alma

Gris y desmelenada.

¡Tierra propicia para toda pena!

¡Para todo placer tierra negada!

La rosa de mi cuerpo

Hoy es lirio beato.

Con triples vendas la ciñó la angustia

Y yo con triples velos la recato.

Hoy estoy triste, amor. Hoy no pretendo

Sentir mi risa.

¡Me endurece los labios

un agror de ceniza!

EL NIDO

 

Mi cama fue un roble
y en sus ramas cantaban los pájaros.
Mi cama fue un roble
y mordió la tormenta sus gajos.

Deslizo mis manos
por sus claros maderos pulidos,
y pienso que acaso toco el mismo tronco
donde estuvo aferrado algún nido.

Mi cama fue un roble.
Yo duermo en un árbol.
En un árbol amigo del agua,
del sol y la brisa, del cielo y el musgo,
de lagartos de ojuelos dorados
y de orugas de un verde esmeralda.

Yo duermo en un árbol.
¡Oh amada!, en un árbol dormimos.
Acaso por eso me parece el lecho
esta noche, blando y hondo cual nido.

Y en ti me acurruco como una avecilla
que busca el reparo de su compañera.
¡Que rezongue el viento, que gruña la lluvia!
Contigo en el nido, no sé lo que es miedo.

LA PROMESA

 

Todo el oro del mundo parecía
diluido en la tarde luminosa!
Apenas un crepúsculo de rosa,
la copa de los árboles teñía.

Un imprevisto amor, mi mano unía
a tu mano, morena y temblorosa.
¡Éramos Booz y Ruth ante la hermosa
era que circundaba la alquería!

''¿Me amarás?'', murmuraste. Lenta y grave
vibró en mis labios la promesa suave
de la dulce, la amante moabita.

Y fue como un ¡Amén! en ese instante
el toque de oración que alzó vibrante
la rítmica campana de la ermita.

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