EL ARPA DORMIDA: César Vallejo y los golpes de la vida

Un trabajo de…

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

 

Hablar de César Vallejo no es hacerlo simplemente de uno de los mejores poetas mundiales, sino de un hombre tan fecundo en su trabajo como en su vida personal, por lo que siempre se teme no llegar a reflejar dignamente la imagen de plenitud que inspira su obra. Tocó todos los géneros de la literatura con su característica destreza y calidad: poesía, narrativa, teatro, ensayo, traducción, periodismo… pero donde realmente floreció en todo su esplendor fue en la lírica, en la que, como buen observador de su tiempo, se dejó empapar de las diferentes tendencias que se iban sucediendo: modernista, vanguardista, revolucionaria y social, pero dejando bien marcadas sus huellas personales y su forma de hacer en cada momento.

Nació Vallejo en Santiago de Chuco, Perú, el 16 de marzo de 1892 con el nombre de César Abraham Vallejo Mendoza, siendo el menor de once hermanos, lo que no ayudaría particularmente a la economía familiar cuyos constante altibajos le obligaron a dejar en más de una ocasión sus estudios: primero para sacerdote, después de medicina, trabajando en esos intervalos en diferentes empleos bastante modestos que le permitían ahorrar para seguir estudiando, hasta que finalmente se graduó en Letras. Durante ese tiempo, en la ciudad de Trujillo pudo ser testigo de la explotación de los peones, de los mineros, de los obreros en general y, en especial, de los nativos, lo que le marcaría profundamente en sus convicciones y en sus tendencias políticas y sociales.

La obra poética de César Vallejo se puede resumir en cuatro obras: “Los heraldos negros”, “Trilce”, “Poemas humanos” y “España, aparta de mí este cáliz”, que se corresponden con las diferentes etapas de su deambular literario y en las que se va percibiendo con claridad la evolución artística del poeta.

“Los heraldos negros” fue editado en 1919, cuando todavía el imperio de las musas estaba gobernado por las etéreas directrices del modernismo, en la ciudad de Lima, capital de Perú, siendo el comienzo de su deambular literario y donde, a pesar de estar bajo la inevitable influencia de los grandes poetas del momento como Rubén Darío o Julio Herrera y Reissig, ya aparece su peculiar personalidad expresiva firmemente fundamentada en las raíces de su pueblo, el paisaje que le rodea y el ambiente natal, aunque expresado con las formas clásicas y la métrica modernista, pero aferrándose a su lenguaje arcaico, castizo y repleto de ternura. El título del libro, y del poema inicial, evoca la inseguridad del ser humano ante la vida y la certidumbre del último destino: la muerte, curiosa visión para un joven de tan solo veinticinco años que nos plantea un mundo donde las huellas más profundas las marcan los acontecimientos dolorosos, la decepción de la fe que se va perdiendo a causa del silencio de Dios y la falta de consuelo:

LOS HERALDOS NEGROS

 

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma. ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son. Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Estos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre. Pobre. ¡Pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes. ¡Yo no sé!

 

Se dice que en este poemario hay un resabio de sus primeros desengaños amorosos: primero por una adolescente de quince años a la que llamaba Mirtho y por quien estuvo a punto de suicidarse, luego por una muchacha llamada María Rosa Sandoval quien, tras un año largo de relaciones, desapareció sin dar explicación alguna, aunque más tarde se sabría que ella estaba enferma de tuberculosis muriendo poco tiempo después:

LOS DADOS ETERNOS

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
¡tú no tienes Marías que se van!

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado.
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.

Dios míos, y esta noche sorda, obscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.

 

Tras estos sucesos amorosos que tanto le afectaron, viaja a Lima donde se relacionó con los nombres más influyentes del mundillo intelectual y comenzó a trabajar como profesor, llegando incluso a dirigir el colegio. Pero César era un joven lleno de dudas existencialistas y su búsqueda del amor y la belleza le llenó de angustia e insatisfacción volviendo a caer en el error de los amores imposibles, esta vez con otra muchacha de quince años llamada Otilia Villanueva, que le ocasionó la pérdida de su trabajo:

ESPERGESIA

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hermano, escucha, escucha...
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.

Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que mastico... Y no saben
por qué en mi verso chirrían,
oscuro sinsabor de féretro,
luyidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto.
Todos saben... Y no saben
que la luz es tísica,
y la Sombra gorda...
Y no saben que el Misterio sintetiza...
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo,
grave.

Del título de “Trilce” se han barajado muchas suposiciones sobre su origen, incluso algunas dadas por el propio autor quien una vez dijo que no significaba nada, sino que en su afán de encontrar una palabra digna la inventó porque sonaba hermosa, sin embargo lo que sí está bastante claro es que este poemario ya supone una manifiesta ruptura con el modernismo y un avance decidido hacia el vanguardismo con la renovación estética que ello conlleva, reduciendo el lenguaje a lo esencial. En “Trilce” encontramos al verdadero Vallejo libre de imitaciones y dispuesto a la creación total, incluso de palabras, aunque no rechaza el uso de lo popular, lo que le dan a sus versos un carácter hermético necesitado de una profunda interpretación para ser entendidos, aunque en todo momento están presentes sus recuerdos, sus angustias y desengaños… su soledad… pues no debemos olvidar que este libro se fue fabricando en una de las peores épocas de la vida del poeta: la muerte de su madre, el último fracaso amoroso que le costó el trabajo, la muerte de uno de sus mejores amigos, sus soledad en Lima y su encarcelamiento en Trujillo por un incidente del que fue injustamente acusado:

VI

 

El traje que vestí mañana
no lo ha lavado mi lavandera:
lo lavaba en sus venas otilinas,
en el chorro de su corazón, y hoy no he
de preguntarme si yo dejaba
el traje turbio de injusticia.

      A hora que no hay quien vaya a las aguas,
en mis falsillas encañona
el lienzo para emplumar, y todas las cosas
del velador de tánto qué será de mí,
todas no están mías
a mi lado.
                                  Quedaron de su propiedad,
fratesadas, selladas con su trigueña bondad.

      Y si supiera si ha de volver;
y si supiera qué mañana entrará
a entregarme las ropas lavadas, mi aquella
lavandera del alma. Que mañana entrará
satisfecha, capulí de obrería, dichosa
de probar que sí sabe, que sí puede
                                        ¡CÓMO NO VA A PODER!
azular y planchar todos los caos.

 

         “Trilce” fue autoeditado gracias a un cuento con el que ganó un premio literario tras salir de la cárcel bajo la dirección de su amigo Antenor Orrego, quien le apoyó incondicionalmente frente a las críticas recibidas por aquellos que no entendían la estética vanguardista y sus técnicas dadaístas y surrealistas de inventar palabras, forzar la sintaxis o usar la escritura automática:

IX

 

Vusco volvvver de golpe el golpe.
Sus dos hojas anchas, su válvula
que se abre en suculenta recepción
de multiplicando a multiplicador,
su condición excelente para el placer,
todo avía verdad.

      Busco volvver de golpe el golpe.
A su halago, enveto bolivarianas fragosidades
a treintidós cables y sus múltiples,
se arrequintan pelo por pelo
soberanos belfos, los dos tomos de la Obra,
y no vivo entonces ausencia,
                    ni al tacto.

      Fallo bolver de golpe el golpe.
No ensillaremos jamás el toroso Vaveo
de egoísmo y de aquel ludir mortal
de sábana,
desque la mujer esta
                    ¡cuánto pesa de general!

      Y hembra es el alma de la ausente.
Y hembra es el alma mía.

 

Cansado y aburrido de su incierto deambular decide marcharse de Perú, a donde nunca ya volvería, y viajar a Europa, concretamente a París, el 17 de junio de 1923, sin embargo, los primeros años en el Viejo Continente no serían un camino de rosas viviendo incluso en la calle y pidiendo ayuda a la caridad pública para poder ser operado de una hemorragia intestinal, sin embargo durante este periodo conocería a Juan Larrea y a Vicente Huidobro con quienes establecería una estrecha amistad. En 1925 el gobierno español le concede una beca para estudiar Derecho a la que renunciaría dos años más tarde sin doctorarse nunca, sin embargo comienza a trabajar para varias revistas y como profesor de Lengua y Literatura Castellana en París, consigue publicar algunas narraciones, se involucra en la política fundando una célula en la capital francesa del Partido Comunista Peruano, viaja por varios países del Este europeo, entre ellos la Unión Soviética, y conoce a Georgette, con quien acabaría casándose en 1934. Durante la Guerra Civil Española colabora, junto a Pablo Neruda, en la defensa de la República visitando varias veces España, participando en la creación del Comité Iberoamericano y el boletín Nueva España. El 15 de abril de 1938 muere en París a causa de una recaída del paludismo que sufrió de niño.

PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...

 

En esta última etapa de su vida César Vallejo se orientó hacia un total compromiso social y un inequívoco afán revolucionario, por lo tanto, su creación poética de estos años, editada póstumamente en dos libros por su esposa Georgette: Poemas humanos (1939) y España, aparta de mí este cáliz (1939), está profundamente influenciada por estos ideales.

TRASPIÉ ENTRE DOS ESTRELLAS

 

¡Hay gentes tan desgraciadas, que ni siquiera

tienen cuerpo; cuantitativo el pelo,

baja, en pulgadas, la genial pesadumbre;

el modo, arriba;

no me busques, la muela del olvido,

parecen salir del aire, sumar suspiros mentalmente, oír

claros azotes en sus paladares!

 

Vanse de su piel, rascándose el sarcófago en que nacen

y suben por su muerte de hora en hora

y caen, a lo largo de su alfabeto gélido, hasta el suelo.

 

¡Ay de tánto! ¡ay de tan poco! ¡ay de ellas!

¡Ay en mi cuarto, oyéndolas con lentes!

¡Ay en mi tórax, cuando compran trajes!

¡Ay de mi mugre blanca, en su hez mancomunada!

 

¡Amadas sean las orejas sánchez,

amadas las personas que se sientan,

amado el desconocido y su señora,

el prójimo con mangas, cuello y ojos!

 

¡Amado sea aquel que tiene chinches,

el que lleva zapato roto bajo la lluvia,

el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas,

el que se coge un dedo en una puerta,

el que no tiene cumpleaños,

el que perdió su sombra en un incendio,

el animal, el que parece un loro,

el que parece un hombre, el pobre rico,e

l puro miserable, el pobre pobre!

 

¡Amado sea

el que tiene hambre o sed, pero no tiene

hambre con qué saciar toda su sed,

ni sed con qué saciar todas sus hambres!

 

¡Amado sea el que trabaja al día, al mes, a la hora,

el que suda de pena o de vergüenza,

aquel que va, por orden de sus manos, al cinema,

el que paga con lo que le falta,

el que duerme de espaldas,

el que ya no recuerda su niñez; amado sea

el calvo sin sombrero,

el justo sin espinas,

el ladrón sin rosas,

el que lleva reloj y ha visto a Dios,

el que tiene un honor y no fallece!

 

¡Amado sea el niño, que cae y aún llora

y el hombre que ha caído y ya no llora!

 

¡Ay de tánto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellos!

El contenido de Poemas humanos está catalogado como lo mejor de la obra de Vallejo por ser considerados estos poemas los más universales de su creación. Su título fue una apuesta de su mujer confundiendo el título de un cuaderno de notas como el de todo el conjunto quedando así para la posteridad a pesar de las dudas de colaboradores y eruditos: Poemas en prosa, escritos entre 1923 y 1929; Poemas humanos, entre 1931 y 1937, y España, aparta de mí este cáliz, escritos en 1937.

César Vallejo vuelve a la forma tradicional abandonando la experiencia vanguardista de Trilce y desarrollando un lenguaje accesible con el que acercarse a la mayoría del pueblo. Sin embargo se mantiene su insatisfacción y frustración vitales que le arrastran sin esperanza. Pero esta angustia ya no es simplemente personal porque considera que el ser humano no es algo independiente y autónomo, sino interdependiente y social pues la construcción revolucionaria del nuevo mundo es algo que se debe hacer entre todos, por ello en estos versos aparece un nuevo concepto: la solidaridad…

LOS NUEVE MONSTRUOS

 

I, desgraciadamente,

el dolor crece en el mundo a cada rato,

crece a treinta minutos por segundo, paso a paso,

y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces

y la condición del martirio, carnívora, voraz,

es el dolor dos veces

y la función de la yerba purísima, el dolor

dos veces

y el bien de ser, dolernos doblemente.

 

Jamás, hombres humanos,

hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,

en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!

Jamás tanto cariño doloroso,

jamás tan cerca arremetió lo lejos,

jamás el fuego nunca

jugó mejor su rol de frío muerto!

Jamás, señor ministro de salud, fue la salud

más mortal

y la migraña extrajo tanta frente de la frente!

Y el mueble tuvo en su cajón, dolor,

el corazón, en su cajón, dolor,

la lagartija, en su cajón, dolor.

 

Crece la desdicha, hermanos hombres,

más pronto que la máquina, a diez máquinas, y crece

con la res de Rousseau, con nuestras barbas;

crece el mal por razones que ignoramos

y es una inundación con propios líquidos,

con propio barro y propia nube sólida!

 

Invierte el sufrimiento posiciones, da función

en que humor acuoso es vertical

al pavimento,

el ojo es visto y esta oreja oída,

y esta oreja da nueve campanadas a la hora

del rayo, y nueva carcajadas

a la hora del trigo, y nueve sones hembras

a la hora del llanto, y nueve cánticos

a la hora del hambre y nueve truenos

y nueve látigos, menos un grito.

 

El dolor nos agarra, hermanos hombres, 

por detrás, de perfil,

y no aloca en los cinemas,

nos clava en los gramófonos,

nos desclava en los lechos, car perpendicularmente

a nuestros boletos, a nuestras cartas;

y es muy grave sufrir, puede uno orar…

Pues de resultas

del dolor, hay algunos

que nacen, otros crecen, otros mueren,

y otros que nacen y no mueren, otros

que sin haber nacido, mueren, y otros

que no nacen ni mueren (son los más).

Y también de resultas

del sufrimiento, estoy triste

hasta la cabeza, y más triste hasta el tobillo,

de ver el pan, crucificado, al nabo,

ensangrentado,

llorando, a la cebolla,

al cereal, en general, harina,

a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo,

al vino, un ecce-homo,

tan pálida a la nieve, al sol tan tardío!

 

¡Cómo, hermanos humanos,

no deciros que ya no puedo y

ya no puedo con tanto cajón,

tanto minuto, tanta

lagartija y tanta

inversión, tanto lejos y tanta sed de sed!

Señor Ministro de Salud: ¿qué hacer?

¡Ah! Desgraciadamente, hombres humanos,

hay, hermanos, muchísimo que hacer.

 

Por lo tanto la visión del mundo ya no es hacia el interior sino hacia fuera de sí mismo, hacia los otros, llevado por la necesidad de actuar, de llevar la acción hacia los límites de la resistencia humana:

Otro poco de calma, camarada;

un mucho inmenso, septentrional, completo,

feroz, de calma chica,

al servicio menor de cada triunfo

y en la audaz servidumbre del fracaso.

 

Embriaguez te sobra, y no hay

tanta locura en la razón, como este

tu raciocinio muscular, y no hay

más racional error que tu experiencia.

 

Pero, hablando más claro

y pensándolo en oro, eres de acero,

a condición que no seas

tonto y rehúses

entusiasmarte por la muerte tanto

y por la vida, con tu sola tumba.

 

Necesario es que sepas

contener tu volumen sin correr, sin afligirte,

tu realidad molecular entera

y más allá, la marcha de tus vivas

y más acá, tus mueras legendarios.

 

Eres de acero, como dicen,

con tal que no tiembles y no vayas

a reventar, compadre

de mi cálculo, enfático ahijado

de mis sales luminosas!

 

Anda, no más; resuelve,

considera tu crisis, suma, sigue,

tájala, bájala, ájala;

el destino, las energías íntimas, los catorce

versículos del pan: ¡cuántos diplomas

y poderes, al borde fehaciente de tu arranque!

¡Cuánto detalle en síntesis, contigo!

¡Cuánta presión idéntica, a tus pies!

¡Cuánto rigor y cuánto patrocinio!

 

Es idiota

ese método de padecimiento,

esa luz modulada y virulenta,

si con sólo la calma haces señales

serias, características, fatales.

 

Vamos a ver, hombre;

cuéntame lo que me pasa,

que yo, aunque grite, estoy siempre a tus órdenes.

Por su parte, España, aparta de mí este cáliz es un poemario, compuesto por quince poemas, escrito en los últimos meses de 1937 y que se publicó en España en enero de 1939, ya muerto el autor, por los soldados republicanos del Ejército del Este en la Abadía de Montserrat (Cataluña). El título está inspirado en las palabras de Jesucristo cuando, colgado en la cruz, le pide a Dios: “Padre, aparta de mí este cáliz”, suplicándole que le evite el sufrimiento de su sacrificio por la humanidad:

ESPAÑA, APARTA DE MI ESTE CALIZ

Niños del mundo,
si cae España -digo, es un decir-
si cae
del cielo abajo su antebrazo que asen,
en cabestro, dos láminas terrestres;
niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!
¡qué temprano en el sol lo que os decía!
¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!
¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!

¡Niños del mundo, está
la madre España con su vientre a cuestas;
está nuestra maestra con sus férulas,
está madre y maestra,
cruz y madera, porque os dio la altura,
vértigo y división y suma, niños;
está con ella, padres procesales!

Si cae -digo, es un decir- si cae
España, de la tierra para abajo,
niños, ¡cómo vais a cesar de crecer!
¡cómo va a castigar el año al mes!
¡cómo van a quedarse en diez los dientes,
en palote el diptongo, la medalla en llanto!
¡Cómo va el corderillo a continuar
atado por la pata al gran tintero!
¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto
hasta la letra en que nació la pena!

Niños,
hijos de los guerreros, entre tanto,
bajad la voz, que España está ahora mismo repartiendo
la energía entre el reino animal,
las florecillas, los cometas y los hombres.
¡Bajad la voz, que esta
con su rigor, que es grande, sin saber
qué hacer, y está en su mano
la calavera hablando y habla y habla,
la calavera, aquélla de la trenza,
la calavera, aquélla de la vida!

¡Bajad la voz, os digo;
bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto
de la materia y el rumor menor de las pirámides, y aún
el de las sienes que andan con dos piedras!
¡Bajad el aliento, y si
el antebrazo baja,
si las férulas suenan, si es la noche,
si el cielo cabe en dos limbos terrestres,
si hay ruido en el sonido de las puertas,
si tardo,
si no veis a nadie, si os asustan
los lápices sin punta, si la madre
España cae -digo, es un decir-
salid, niños del mundo; id a buscarla!...

 

Sin embargo, no busquéis en vano entre sus páginas los himnos gloriosos a los hechos bélicos de héroes guerreros porque sus versos simplemente son lamentos ante el espectáculo de la inmolación de un pueblo al dios de la intolerancia y la estupidez, de la guerra entre hermanos, del diálogo sordo entre la justicia y los privilegios:

REDOBLE FÚNEBRE A LOS ESCOMBROS DE DURANGO

 

Padre polvo que subes de España,
Dios te salve, libere y corone,
padre polvo que asciendes del alma.

Padre polvo que subes del fuego,
Dios te salve, te calce y dé un trono,
padre polvo que estás en los cielos.

Padre polvo, biznieto del humo,
Dios te salve y ascienda a infinito,
padre polvo, biznieto del humo.

Padre polvo en que acaban los justos,
Dios te salve y devuelva a la tierra,
padre polvo en que acaban los justos.

Padre polvo que creces en palmas;
Dios te salve y revista de pecho,
padre polvo, terror de la nada.

Padre polvo, compuesto de hierro,
Dios te salve y te dé forma de hombre,
padre polvo que marchas ardiendo.

Padre polvo, sandalia del paria,
Dios te salve y jamás te desate,
padre polvo, sandalia del paria.

Padre polvo que avientan los bárbaros,
Dios te salve y te ciña de dioses,
padre polvo que escoltan los átomos.

Padre polvo, sudario del pueblo,
Dios te salve del mal para siempre,
padre polvo español, padre nuestro.

Padre polvo que vas al futuro,
Dios te salve, te guíe y te dé alas,
padre polvo que vas al futuro.

 

Pero César Vallejo aún tiene esperanza de que un día llegue la Resurrección, de que los justos, en el Reino de los Cielos, lleguen a ver la luz y que en la Tierra nazca la nueva flor del amor:

MASA

 

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: “¡No mueras, te amo tanto!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
“¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando “¡Tanto amor y no poder  nada contra la muerte!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: “¡Quédate hermano!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar...

 

         Es curioso que este poeta que tanto había hablado de angustia, de desazón, de dolor cuando se miraba a sí mismo, ahora, en el preciso momento de enfrentarse cara a cara con el horror del infierno en la tierra, tenga un atisbo de esperanza y en el velo de la noche se le abra una rendija por donde penetre la luz de la fe en el hombre, por lo que debe dejar todo lenguaje hermético para hablar con claridad de su sentir humano, social y revolucionario. Porque ahora hablaba el hombre por encima del poeta…

¡Y si después de tantas palabras,
no sobrevive la palabra!
¡Si después de las alas de los pájaros,
no sobrevive el pájaro parado!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo y acabemos!

¡Haber nacido para vivir de nuestra muerte!
¡Levantarse del cielo hacia la tierra
por sus propios desastres
y espiar el momento de apagar con su sombra su tiniebla!
¡Más valdría, francamente,
que se lo coman todo y qué más da...!

¡Y si después de tanta historia, sucumbimos,
no ya de eternidad,
sino de esas cosas sencillas, como estar
en la casa o ponerse a cavilar!
¡Y si luego encontramos,
de buenas a primeras, que vivimos,
a juzgar por la altura de los astros,
por el peine y las manchas del pañuelo!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo, desde luego!

Se dirá que tenemos
en uno de los ojos mucha pena
y también en el otro, mucha pena
y en los dos, cuando miran, mucha pena...
Entonces... ¡Claro!... Entonces... ¡ni palabra!

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