AÚN LA IMAGINO CON INTENSO ALBOROZO: Soñé que en la noche creaba caminos

Un trabajo de…

Y después de tanto buscar descubres

el rostro de tus sueños

en el pasado…

¡Lo que da de sí

una cabalgata de recuerdos!...

Al abrir el libro de los versos perdidos

me encontré con su mirada…

desde entonces vivo hechizado

por una quimera.

 

No hay peor veneno

que el producido por tu ausencia.

Siempre soñando

con viajar al fondo del mar

y lo he encontrado en lo más profundo

de tu mirada.

 

Belleza… palabra alada,

roce de seda que el viento desgrana

transformándola en esencia…

Palabra que persigue el sonido

peregrino que la nombra,

la reclama,

la desvanece

entre húmeda hierba,

entre átomos infinitos

más allá de la nada.

Palabra desgastada, acabada,

sucumbida, denostada,

concubina del deseo

en juego eterno de poseer el aire…

prisionera de su sombra,

de su fama, de su gloria,

esclava del concepto

sin dejar jamás de ser palabra…

 

 

Con cada atardecer

muere un recuerdo…

no hay suficientes

días para olvidarte.

 

 

 

No siempre podemos evadirnos

de nuestras circunstancias…

De pronto algo ocurre

y aparece un nexo

más en nuestra vida

del que no podemos huir

ni romper…

Después de tanto tiempo

tu nombre todavía se me escapa…

 

 

Me estoy convirtiendo

en una vieja fortaleza…

en mí ya habitan

más fantasmas del pasado

que caricias del presente…

 

 

 

 

Por mucho que me esfuerce en disimularlo, sé que se me nota cada vez que me miras…

 

 

 

Eres un barco pirata…

tras apoderarte del cofre del tesoro,

zarpas a toda vela

hacia nuevos horizontes…

Y mi puerto se queda arrasado

y sin esperanza…

 

 

 

¿Para qué quieres alas

si te da miedo volar?...

 

 

Seguir tus huellas es fácil,

lo complicado es llegar

hasta donde tú lo haces.

 

 

 

Cuando recibió el beso,

la caricia y la sonrisa,

sus mejillas se sonrojaron,

aunque ella se sintió alegre,

pero según lo que un hombre

oscuro, amargado y engreído

había escrito en un libro,

eso, por ley, era pecado

y debería sentirse mal

y arrepentida, sin embargo, ella,

tras meditarlo,

decidió no estarlo

y ser feliz.

La belleza en lo pequeño

me conquista…

no abruma

y, sin embargo, lo llena todo.

 

Asomarme a tus ojos

es como mirar al interior

de una ventana:

o me reconforta lo que veo

o me recuerda mi soledad.

 

 

La soledad no significa diferencia…

a veces es una elección.

 

Y mientras yo cincelo

en mi memoria tu imagen,

para no olvidarte,

tú te dejas mecer por el destino

que te alejará de mí.

¡Qué guapa se te ve!

¡Y cuán lejos puede llevarte el viento

si encuentras el mar en calma

durante tu singladura!...

Confiemos en que ningún monstruo,

o marino o de los infiernos,

se interponga en tu camino…

Y ya sabes,

aquí tienes este pequeño puerto

para tu reposo

cuando quieras volver.

Y aunque me invente jardines

donde reposar mi mente cansada,

siempre tu recuerdo está dominando

todo mi horizonte.

 

Soy una isla diminuta

en medio de tu inmenso océano.

 

 

Soledad de rosa,

aroma de seda,

sólo el recuerdo queda

de humo, y en la boca

el último eco del verbo amar.

 

 

 

No me mires…

ni la sombra huele a sombra,

ni el agua sabe a tiempo,

y yo no puedo hacer nada,

soy un árbol seco…

No, no me mires,

antes de llegar,

ya serás viejo.

Cielo, mar y tú en medio.

Los ojos colgados de la ventana

abierta entre dos nubes

y la voluntad abandonada

en la corriente que te empuja

sobre las olas. Mañana,

siempre mañana,

y yo temiendo respirar

por si mi viento te aleja,

y yo varado en el ahora…

Su nombre era juego, y él sólo jugaba,

dormía y jugaba.

En su boca siempre algo

y en sus ojos una sorpresa inacabada,

y en sus diminutas patitas, alas,

y él sólo volaba, corría y volaba.

Inquieta bola de pelo

que esparcía la alegría

del desayuno sobre la cama.

Y yo sólo era un niño,

y soñaba, soñaba, soñaba…

Soñé que en la noche creaba caminos.

Soñé al universo abrirse

en un rincón de luz.

Soñé que el viento calmaba

y no había sonido.

Soñé que la soledad nos juntaba

en uno a los dos.

Y desperté,

arropado entre sábanas de recuerdos,

bajo el techo opaco de mi habitación, donde a veces confundo

los latidos del tiempo

y el tic-tac cansado de mi corazón.

Soñé que en mi cuello notaba tu aliento

y sólo era el roce de un frío adiós.

“Por aquí una vez corrió el agua”.

Dirán cuando contemplen mi historia

escrita en los surcos de mi piel.

“Y este árbol ahora seco

tuvo un día hojas verdes

y frutos de una pasión”.

Y será verdad…

Ahora la aridez prevalece

y los recuerdos se hacen mitos,

ecos de otro tiempo

cuando te daba las buenas noches

a las once en punto.

La gravedad no te atrapa,

sólo el perfume de la flor,

y una gota de agua extiende

de paleta inédita un abanico.

Mis ojos te buscan,

pero mi alma te persigue,

y entre rizos aéreos,

visitas corolas en jardines infinitos.

Y yo aquí, enraizado en mí mismo,

 te escribo poemas de adiós.

Quizá, con el tiempo,

la Tierra dé otro giro

y te poses ingrávida

sobre mis pétalos marchitos,

para libar sobre mí.

La calle parece vacía,

sólo tus pasos y algún sonido cotidiano

que atraviesa las paredes,

pero a veces el viento

se confunde con suspiros

que habitan los rincones,

y entonces lo sabes…

y reconoces los rostros,

desgastados por el tiempo,

de quienes seguirán en este mundo

mientras tú los pienses,

incluso esquivas recodos

para no mancillar con tus pisadas

lugares sagrados

donde, puede que una amistad,

o quizá un amor,

se sellarán con un gesto,

se eternizarán con una mirada.

Y allá aparece un adiós,

y acá un reencuentro,

y por algún lado

se perdieron unas lágrimas,

y en algún portal nació un deseo,

y llegas a escuchar las voces,

a notar los roces,

a saborear los besos…

Y entonces lo sabes: sí, la calle está llena,

repleta, colmada de recuerdos.

Eres playa escondida

donde el mar llega

para dejar caricias

y besos con sabor a sal;

donde el aire silba

sobre el acantilado,

y desciende convertido

en suave brisa;

donde las gaviotas anidan

y ensayan los delfines

acrobacias; donde el sol

descubre matices

inesperados en el corazón

de las rocas y al atardecer

sorbe las lágrimas del día;

donde en las noches

la blanca Sherezade inventa

cuentos que nunca acabará;

donde al verte no quise ser

más que un náufrago en tu orilla.

Lo vi de lejos,

llegó flotando,

se detuvo un instante,

como buscando aliento,

 y luego marchó triunfal

hasta completar el ocaso.

Y el río durmió tranquilo

entre oscuros remansos.

Gracias por leernos...

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