TEMAS E IDEAS: Por un “trocico” de cielo.

Un trabajo de…

La primera vez que encontró la imagen de la Virgen tumbada en el suelo, de espaldas, con esa expresión neutra de las figuras religiosas entre las dos aguas de la existencia, aferrando al Niño Dios como lo haría cualquier madre ante los imprevistos de la vida y con la mano derecha, la que sostiene el rosario, amputada y reposando sobre el sotobanco del altar, el pobre Javier se llevó un disgusto tremendo.

Lo primero que hizo fue entrar como un rayo en la sacristía para enviar a Manolito, el monaguillo de guardia que le ayudaba aquel día en la celebración de los servicios vespertinos, al cuartelillo de la Guardia Civil; diez minutos más tarde se personó una pareja de agentes en la Iglesia, donde ya se veían rostros escandalizados de beatas clamando justicia entre rezos consternados y gestos afligidos, y Javier pudo denunciar ante ellos tal bárbaro y sacrílego atentado, dejando en sus más expertas manos la solución del caso.

Aquello fue el remate de un día horrible, uno de esos que te hacen dudar de todo, incluso de Dios, y no por lo de la imagen, que a fin de cuentas se arreglaba fácilmente y sin problemas, sino por lo acontecido en la mañana, cuando tuvo que administrar los santos óleos al pequeño Miguel y se le revolvió el estómago… ¿cómo el Señor podía quedarse con los brazos cruzados ante el sufrimiento de niños como aquél?...

 

Inspeccionada detenidamente la escena de los hechos, el Sargento Felipe no se explicaba cómo pudo la imagen recorrer por sí sola el espacio desde el interior del nicho del segundo cuerpo del altar, un cubículo suficientemente profundo para que una figura de piedra de tan sólo metro y medio fuese capaz de lanzarse por sí misma en caída libre hacia el vacío, incluso con la ayuda de un inexistente temblor sísmico, por lo que no se podía excluir la intervención humana en aquella supuesta agresión, pero, incluso si este fuera el caso, el supuesto asaltante necesitaría de los servicios de una larga escalera de mano para llegar hasta la imagen, elemento que no era fácil de encontrar en aquel lugar, a no ser que fuera introducido desde la calle sin ser visto, cosa bastante improbable a todas luces durante el día en un lugar tan concurrido como la plaza donde se levantaba el templo, la cual siempre aparecía bastante concurrida desde la mañana hasta la noche por vecinos ociosos y prestos a atisbar cualquier cosa fuera de lo normal que les rescatase de su sopor rutinario, y es que, según el alterado párroco, la imagen estaba intacta y erguida en su pedestal cuando volvió por la mañana de su triste servicio consistente en administrar el sacramento de extremaunción al desventurado Miguelín, y seguía así cuando cerró la puerta de la iglesia para acercarse a la rectoría donde sus servicial Marta le esperaba con el yantar del día, por lo que la profanación debió de tener lugar entre las dos y las siete de la tarde, hora en la que abrió de nuevo las puertas de la parroquia para los oficios del atardecer.

Pero el Sargento Felipe se rascaba la cabeza intentando imaginarse cómo se podría apoyar una escala sobre las delicadas y blancas columnas de yeso del primer cuerpo del altar, las cuales partían desde la misma base del banco, sin dejar marcas ni rasgaduras en ellas, y más teniendo en cuenta que la parte superior del mismo aparecía repleta de floridos jarrones y candelabros portadores de temblorosas luminarias en perfecto orden y limpieza. De estas cavilaciones le sacó la voz aflautada de su ayudante Ramón, un guardia recién llegado al cuartel y recién estrenado en el servicio activo, quien todavía aparecía casi imberbe: “Ni que hubiera saltado”. Por lo que Felipe le dio un pescozón con el tricornio para que dejara de decir tonterías, aunque, si lo pensaba bien, tampoco resultaba tan descabellado…

 

Una vez los agentes del orden se hubieron marchado, Javier, auxiliado por Manolito y el coro de las ancianas plañideras, se dispusieron a recoger la magullada y santa imagen con sumo cuidado y respeto, como si aquella pétrea figura pudiera sentir alguna punzada de dolor ante cualquier brusco movimiento, pero cuando se disponían a introducir la cercenada mano femenina de largos y delicados dedos, entre los que se enredaban las cuentas de un nacarado rosario, en una bolsa de tela de terciopelo negro con la sana intención de acercar el sagrado cuerpo y su miembro amputado hasta el taller del ceramista del pueblo, para poder estudiar las posibilidades de arreglo de tal desaguisado, se escuchó el vozarrón de don José, como heraldo de su taconeo enérgico y la presencia de su figura elegante y soberbia: “¡Esta blasfemia, esta herejía, esta impiedad no quedará sin castigo!” – aseguró haciendo restallar sus palabras contra la bóveda de la nave. Y mirando fijamente a todos los presentes, añadió: “Y no me refiero al castigo divino, que ese ya le llegará al rojo masón que haya perpetrado tal infamia, sino al de la justicia de los hombres que yo mismo tendré el placer de ejecutar”. Y se dio media vuelta dispuesto a marcharse dejando con la boca abierta a todos, cuando la voz de una anciana, cuya identidad nunca se supo, llegó clara desde la penumbra del pórtico: “La venganza de Dios caerá sobre tu cabeza, José, no hay perdón para quien deja morir a un niño”.

La segunda vez que encontró la imagen de la Virgen tumbada en el suelo, en esta ocasión con el rostro magullado contra un macetero de flores marchitas, el pobre Javier comenzó a tener miedo.

Hacía exactamente dos semanas del primer incidente y la figura había sido perfectamente restaurada por el experto artesano y repuesta en su lugar, sin embargo algo había en el ambiente de aquel altar que resultaba sospechoso y daba verdadera desazón: las flores se ajaban al poco tiempo de ser colocadas y la velas se apagaban nada más ser encendidas, una y otra vez, sin embargo, los arreglos florales del resto de capillas aparecían más exuberantes y frescos que de costumbre, y si las velas apagadas eran encendidas en otro camarín, relucían con una refulgencia inusitada. El orfeón de beatas plañideras aseguraba que ello se debía a la trágica ausencia de la santa imagen, pero cuando fue devuelta, todo continuó igual y aquella hornacina de la Virgen del Rosario se mantuvo en tinieblas y con el aroma dulzón de pétalos muertos.

Javier era un cura joven, muy joven, y aquella parroquia era su primer destino donde llevaba escasamente medio año, por lo que estaba comenzando a atisbar las diferentes personalidades de sus feligreses y empezaba a saber distinguir los límites y los recovecos de la siempre complicada convivencia, sin embargo, no tardó ni dos días en enterarse de quién mandaba en aquel pueblo: don José, un hombre que de muy joven había marchado a la ciudad de Barcelona, “con una mano delante y la otra detrás”, como a él le gustaba señalar, y había vuelto recién acabada la contienda civil con poder y atisbos de poseer una suculenta fortuna, producto de su duro trabajo en un ascenso vertiginoso en la escala de los grandes almacenes El Siglo de aquella ciudad, donde comenzó de simple mozo de carga y, tras el incendio que destruyó el edificio, aunque prestamente fue de nuevo levantado, llegó a dirigir los asuntos contables de dicha entidad… En el pueblo pronto se hizo con el respeto de algunos y el temor de todos y, sin ostentar cargo político alguno, dirigía desde la sombra los destinos del lugar con mano firme y lengua inquisitoria.

Supo Javier que aquel insigne personaje estaba casado con una señora menuda, bajita y alegre, a quien le encantaba toda actividad teatral y festiva, con más inocencia, por no decir simpleza, que años. Y como Dios no estuvo a bien bendecir a la pareja con vástagos que heredasen la fortuna amasada, algunas sobrinas de la buena mujer, y sobre todo los retoños de aquellas, llenaron de alegría las eternos días de la casa rococó, de pobre llegado a mucho, donde cada habitación semejaba un paraíso lleno de aventuras, sorpresas y descubrimientos para los pequeños, uno de los cuales era el niño Miguel, ya mencionado, y por ende, pasaron también a encabezar la lista de posibles usufructuarios, algo que don José, según se comentaba, no veía con muy buenos ojos teniendo en cuenta el pasado socio-político de las susodichas sobrinas y, sobre todo, de sus esposos. Aunque, por otro parte, en el pueblo se rumoreaba, muy por lo bajo, sobre la existencia de una posible entretenedora de sus largas horas de tedio a quien, quizá, el buen hombre pensará beneficiar.

Así mismo, Javier también vivió en primera persona, ya como párroco de aquel pueblecillo, la plaga, para algunos incluso “bíblica”, que durante la década de los cincuenta del siglo XX se abatió sobre una España depauperada en forma de epidemia de poliomielitis; una epidemia no reconocida que se sufrió en silencio por el pueblo llano, como se hacía todo aquí en aquellos tiempos, para que nadie se diera cuenta de las vergüenzas propias, y que se ahogó en el silencio de las autoridades que negaban reiteradamente que tal azote existiera, aunque ellos, curiosamente, sí vacunasen a sus hijos, por lo que los catorce mil afectados, aquellos cuyos padres o abuelos no habían desfilado antaño con el brazo en alto, no pasaron de ser “niños enfermizos” para los medios oficiales, como el Nodo, por ejemplo, y alcanzaron a superar la cantidad de dos mil los que murieron por voluntad de Dios… Entonces, ¿para qué gastar en vacunas en ellos si era designio divino?...

El pequeño Miguel contrajo la enfermedad y sus padres acudieron al tío rico y poderoso, el hombre santo que estaba reconstruyendo altares en la iglesia del pueblo con ingentes donaciones a fondo perdido, suplicando ayuda para su hijo. “Algún pecado habréis cometido cuando el Señor os castiga” - les respondió el santo varón y les negó cualquier auxilio aduciendo que en aquellos momentos le venía mal ya que había gastado mucho dinero en el Altar de la Virgen del Rosario que los rojos tuvieron la osadía de destrozar durante la guerra… Y el padre Javier, quien intercedía por los padres, se quedó con la boca abierta y los colores de la turbación aflorándole en el rostro. Cuando la abatida pareja, acompañada del atónito cura, volvieron junto al enfermo, María, la abuela y cuñada de don José, se colocó la toquilla sobre la cana cabeza y, sin mediar palabra, se dirigió a la casa de su hermana, y allí, en la misma puerta, sin querer entrar, les escupió todo el dolor que le quemaba por dentro: “Si pensáis que haciendo altares vais a comprar un trocico de cielo, estáis muy equivocaos, vosotros ya tenéis una finca en el infierno”.

Lo cierto es que cuando Javier llegó al pueblo ese altar ya estaba totalmente acabado, con la Virgen en su peana, pulcramente vestida y enjoyada, rodeada de velas siempre encendidas y flores eternamente frescas. No tardaron en informarle que todo el coste de tal magna obra había corrido a cargo de don José, y que el mismo obispo había venido al pueblo para santificarlo, con tanta solemnidad y pompa que daba gusto verlo, y él creyó en la bondad de aquel hombre, por lo cual, tras lo vivido aquella tarde, las dudas que ya creía superadas volvieron a roerle las entrañas. Y sólo llevaba poco más de cinco meses allí.

Pasaron dos largas semanas de agonía, no solo para Miguel, sino para todas aquellas personas que lo rodeaban impotentes ante el avance inexorable de la enfermedad. Don Vicente, el viejo médico de frente amplia y barba antigua, quien había acabado en aquel rincón del mapa como castigo por sus veleidades democráticas, aseguraba que él ya no podía hacer nada, que si no se llevaban al niño a un hospital con aparatos y especialistas que supieran de eso, al pequeño le quedaban muy pocas esperanzas. Y Javier inició una desesperada colecta de puerta en puerta con dos dispares resultados: el de un enorme desconcierto al comprobar como la mayoría de la gente pobre daba lo que podía y la mayoría de los que podían no daban nada, por un lado, y el de una magra cantidad que no dio ni para velas en la capilla del Cristo, por el otro. Y así llegó aquel día en el que, de vuelta a la iglesia, tras administrar los santos óleos al pequeño Miguel, se encontró la Virgen en el suelo.

Sin embargo, no fue hasta esta segunda vez que Javier comenzó a pensar en oscuros hilos conductores entre la muerte del niño y lo que ocurría en aquel, ahora tétrico, altar.

 

Se llevaron de nuevo la imagen, con la cara destrozada, al artesano ceramista quien, al verla, dijo que él no hacía milagros y que no aseguraba que volviera a verse igual, por lo que don José, tras ordenarle que hiciera lo que pudiera, encargó otra figura similar a un taller de imaginería religiosa de la ciudad. Acto seguido, se compraron velas nuevas y se renovaron todos los jarrones de flores, enviando el cuartelillo a una pareja que haría toda la noche guardia delante del altar ultrajado, la cual sería relevada por la mañana y así sucesivamente hasta que se pillase al extremista causante de aquellos daños.

Los dos guardias civiles se pasaron toda la noche intentando mantener alguna vela encendida, las cuales se empeñaban en apagarse como si algún duende travieso fuese soplándolas de una en una cada vez que las encendían, mientras que las de los otros altares y capillas brillaban sin pestañear como las estrellas del firmamento. Y eso comenzó a ponerles bastante nerviosos. Pero, por si faltaba algo, ellos mismos, con sus propios ojos, vieron como las flores se iban marchitando por segundos hasta perder todos sus pétalos ajados, a medida que un hedor dulzón de muerte se apoderaba de aquel rincón. Conclusión: a poco más de media noche pusieron pies en polvorosa y se largaron al cuartelillo donde se negaron a volver, incluso a pesar de la amenaza de un consejo de guerra, si antes no se tomaban medidas sobre aquel lugar que ellos consideraban endemoniado.

Ni que decir tiene que don José montó en cólera y juró que conseguiría que fusilasen a todos los guardias civiles amariconados, que se negasen a vigilar el santo lugar, por insubordinación, pero a pesar del valor y la buena voluntad de todos los números de aquel cuartelillo, el resultado fue el mismo y todos salían escopetados del templo y con caras de haber visto al mismísimo Satanás.

Javier, realmente asustado, convocó misas de desagravio a las que solamente asistieron dos ancianas sordas, quienes supuestamente no se habían enterado de nada, y gastó litros de agua bendita en invocar a cualquier posible presencia maligna para que dejara libre aquel rincón, pero nada, las velas seguían sin poder encenderse y las flores continuaban marchitándose a cámara rápida. Y Manolito, a quien todo esto en vez de llenarle de pavor, parecía divertirle, atinó a señalar al afligido párroco que las inmaculadas blancas columnas se estaban llenando de unas líneas negras, como si de una enredadera macabra se tratase, las cuales iban ascendiendo día a día desde la base del altar y, al acercarse a las losas de mármol, se dieron cuenta que ya no eran betas de diferentes colores, sino hendiduras profundas las que componían sus dibujos…

Y llegó el día fatídico en que el artesano ceramista le compuso, como mejor pudo, el rostro a la anteriormente bella Virgen. Aquello fue de ver y dudo mucho que desaparezca alguna vez de la memoria colectiva del pequeño pueblo. El buen hombre la cargo en una carreta de mano, toda envuelta en una vieja y empolvada manta, y partió hacia la iglesia. De todas las puertas fueron saliendo personas de toda índole: devotas, más o menos creyentes, incrédulas, agnósticas e incluso ateas no confesas, y todo el mundo se juntó en una procesión espontánea acompañando al ceramista y a la Virgen, sólo faltaba la banda de música. En la puerta del templo esperaban Javier y Manolito, con otros dos monaguillos, pues la situación lo requería, vestidos con las prendas adecuadas, el Ayuntamiento en pleno, un serio y desafiante don José, y todo el cuartel de la Guardia Civil fuertemente armado. Una vez frente al altar, repleto de velas apagadas, flores marchitas, columnas ya más negras que blancas, mármoles como gruyeres y un hedor a muerte que tiraba para atrás, se descubrió la imagen y un murmullo de estupor brotó de todos los pechos y ascendió hasta la cúpula, cobijándose en las vidrieras… la Virgen del Rosario, con un rostro más adecuado para un nomo malévolo que para la representación de la Madre de Jesús, lucía una sonrisa perversa que heló la sangre de todas las venas y arterias presentes. Pero la voz potente de don José rompió aquel silencio corpóreo que amenazaba con eternizarse: “¡Arriba con ella!” Y dos fornidos mozos ascendieron por un andamio construido para tal ocasión y depositaron con todo el cuidado del que sus groseros miembros eran capaces a la Virgen sobre su estrado, mientras todo el mundo contenía la respiración, tal vez por la emoción del momento, o por el olor que se estaba haciendo insoportable. Hecho lo cual los jóvenes descendieron dispuestos a desmontar el tablado, pero, nada más poner los pies en el suelo, un temblor inesperado sacudió todo el altar y, tras un trueno semejante a la rotura de un vaso, pero mil veces multiplicado en decibelios, el monumento, los candelabros con sus velas apagadas, los jarrones con sus flores marchitas, las columnas ennegrecidas, los mármoles agrietados y los arabescos envejecidos acompañaron a la imagen de la Virgen del Rosario en un desplome general que cegó el templo con una inmensa nube de polvo y provocó una estampida de personas que ya quisieran para sí los búfalos de las praderas americanas.

Fuera, en la plaza, sólo se escuchaban jadeos y latidos de corazones de una multitud de zombis polvorientos que se miraban atónitos unos a otros pidiendo respuestas a lo que acababa de suceder. Esperaron un rato y volvieron a entrar, pero ahora con más tiento y lentitud, con la intención de comprobar los daños del desprendimiento. Y justo allí donde antes se levantaba el altar, formado por los restos que se habían quedado adheridos, aparecía dibujada una inmensa calavera que ocupaba casi toda la pared. Y al frente, derecho, erguido, blanco como una estatua de sal, estaba don José tembloroso, con los ojos como platos y un rictus de terror en los labios. Dicen que, hasta el día de su muerte, quince años después, ya no volvió a hablar ni a demostrar conocimiento alguno ni de personas ni de cosas.

Esto me lo contó hace unos pocos años mi amigo Javier, un anciano venerable que murió en una residencia en paz con el mundo y consigo mismo. Un cura fuera de su tiempo que tenía más vocación en las personas que en las imágenes y que pensaba que cada ser humano es un altar para Dios y que los otros eran mera decoración, algo que algunos codiciosos construyen pensando comprar un “pedacico” de cielo porque en lo único que realmente han creído es en el dinero y el poder, y lo único que han adorado es su propia avaricia. Cuando le pregunté si se reconstruyó el altar de la Virgen del Rosario, me respondió: “Sí. Lo limpiamos todo y dejamos aquel rincón vacío hasta que murió aquel hombre. Luego, con dinero de la gente del pueblo, construimos un nuevo altar y compramos una nueva imagen, porque rechazamos la que mandó realizar. Y allí está, más humilde, pero más hermoso, con su Virgen de sonrisa dulce, el Niño alegre, las velas ardiendo y las flores frescas marchitándose a su tiempo y dejando su dulce aroma de vida.”

Gracias por leernos...

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