El volumen de una sombra

 

 

 

Temas e ideas

Las cosas no cambian

Ancrugon – Abril / Mayo 2014

 

         Para algunos era un tipo extraño, solitario, pensativo, melancólico, quien, cuando le preguntabas algo, parecía despertar de algún profundo sueño y te sonreía de manera bonachona e inocente, sin embargo, para la mayoría solamente era un friki, pero pocos, muy pocos, habían hablado con él más de cinco minutos seguidos y nadie supo nunca cuáles eran sus más íntimos pensamientos.

         Según sus antiguos maestros, J. tenía la muy apreciable facultad de transportarse en el tiempo y en el espacio y nunca, nunca, estaba donde debía estar, ni el momento inconveniente ni en el momento más adecuado, lo cual le supuso el lamentable privilegio de conocer de primera mano, y en repetidas ocasiones, la dolorosa sensación de los afamados capones del Director, hombre ducho donde los hubiera en tales menesteres, por otra parte esta circunstancia podía muy bien ser la explicación más lógica al hecho de que nadie se diera cuenta de su existencia, ni en la clase, ni en las fiestas, ni en el patio, lo que no dejaba de suponerle un alivio, pues, en el caso contrario, su torpe imagen era codiciada por la mofa de todos.

Su inmensa sombra siempre se veía sentada en un banco solitario del patio devorando el bocadillo de crepúsculos que su madre, insigne canto a la gordura femenina, le había introducido con el amor vaporoso de su cigarrillo eterno y sus ropas y cabellos desaliñados, o se difuminaba entre las otras sombras de algún rincón opaco y olvidado, ajeno, tal vez, al alboroto festivo de quienes compartíamos con él el tiempo y el lugar... pero nada más.

         Aquellos quienes imaginábamos el paisaje de su cubil familiar, con la fantasía desbordante e inagotable de los pocos años, lo situábamos entre montones de trapos y cacharros de cocina medio enterrados por una espesa película de polvo casi perenne, pero nadie había entrado jamás en su casa que, según la voz populi, por fuera no tenía una imagen muy alentadora, y aunque, para ser sincero, esa información nos llegaba de buena tinta, mucho me temo que ninguno de nosotros hubiera sido capaz de ubicarla en el plano municipal.

         Así que cuando, tras bastante años de haberle perdido el rastro, o más bien de no haberlo tenido jamás, Patricia me informó con alborozo que el nombre de J. aparecía en la primera plana de los periódicos, lo primero que pensé, lo confieso, fue que, como el destino era implacable e inevitable, el gordo J. había llegado a su fatídica meta y había sido detenido por asesino en serie o por pederasta o alguna de esas fechorías propias de la gente solitaria y desequilibrada. Por consiguiente mi sorpresa fue mayúscula cuando, bajo un gran titular de enormes letras de molde, aparecía la cara redonda y sonriente del nuevo Ministro de Interior que no era otro, según rezaba en mismo titular y en el pie de foto, que el mismísimo J, nada menos, aunque yo en mi vida le habría reconocido si me cruzo con él en la calle.

         A veces la vida tiene estas cosas y entonces se te rompen los esquemas y te cuesta una eternidad creer en algo y debes retomar las riendas de tus pasos, o sea, una reconversión a fondo de tu factoría de egocentrismo, y así, tras una cura de humildad y tras la enésima vez de preguntarme el por qué de ese hecho, llegué a la conclusión de que lo mejor sería aprovecharse de tal circunstancia, para eso yo fui el único que alguna vez le defendió y hasta , creo recordar, me tomé alguna cerveza con él, dos o tres a los sumo, a la salida del instituto. Sin embargo, ¿cómo acercarme a una persona a la que ningún camino me había conducido en nuestra juventud ahora que era todo un personaje?

         La solución, hay que reconocerlo, me la dio mi hija, la mayor, la que todos mis amigos miran con ojos codiciosos, ¡como si yo no los viera!... ¡cerdos!... y me la dio sin darse cuenta, claro está, no son cosas estas de explicar; lo cierto es que comentó que el padre de su amigo, es decir, el chaval ese con aire de pasar de todo y con la inteligencia justa para llegar al desayuno que viene a buscarla todas las tardes con su moto de ciento veinticinco, había cogido una mona monumental el sábado pasado tras asistir a una cena de antiguos alumnos y que su mujer no consintió en abrirle la puerta, por lo que tuvo que dormir en el jardín.

         El asunto era lamentable aunque bastante jocoso, pero la idea fue luminosa, por lo que, sin perder ni un minuto, convoqué a la vieja guardia y pasamos a la acción, no siempre se tiene a un ministro como antiguo compañero.

La fiesta se organizó en pocos días, pues era conveniente darse prisa, ya que en la política ya se sabe, no fuera a ser que el cargo consistiese en esos de los de ida y vuelta, pero no por ello dejamos nada al azar.

El restaurante era uno de los mejores de la ciudad, estaba claro que no íbamos a llevarlo a un cuchitril; la cena magnífica en calidad y abundante, por la fotografía se deducía que J. no había perdido su voraz apetito que su posición, con toda seguridad, habría refinado; la sala de fiestas para el copeo y el desfile de solapas y gaterías tenía todas las garantías de diversión y discreción que para tales momentos se requiere, y las confirmaciones de asistencia fueron masivas (no tuvimos pleno porque el pobre Federico, uno de los alumnos más prometedores del grupo, había fallecido el año anterior en un desgraciado accidente laboral: se había caído del andamio en el que trabajaba de albañil)... Pero la emoción se desbordó cuando recibimos la confirmación de J., en papel oficial del mismísimo Ministerio del Interior y firmada de su puño y letra.

         El día señalado estábamos todos en el hall del restaurante donde se había dispuesto un pequeño aperitivo o cóctel, como dice la cursi de mi suegra, excitados por la espera, sobre todo las mujeres. Lo que son las cosas, las mismas que siempre habían sentido repulsión por su oronda figura y su cara de bollo alelado, incluso aquellas que no recordaban nada de él en absoluto, ahora cloqueaban sobre si estaría casado o soltero, como si alguna de esas viejas cotorras fuera todavía un bocado apetecible, aunque, para ser francos, había dos o tres que realmente estaban espléndidas y que habían mejorado mucho con los años, y la cirugía… pero la mayoría daban pena al recordar lo que fueron y ver lo que eran. Aunque los varones no nos quedábamos atrás en nuestra competición ignominiosa e indecente de recuerdos de momentos ficticios de gran amistad con el susodicho homenajeado.

El aperitivo fue consumido en un abrir y cerrar de ojos por el medio centenar de ávidas bocas que no habían probado cosa igual en toda su vida proletaria o en su eterno reptar tras las piezas de puestos mejor remunerados. Así pues, no nos quedó más remedio que pasar al comedor con la expectativa de los manjares prometidos, pero con la inquietud de la tardanza del miembro más esperado, aunque nadie dijo nada.

         Al tomar asiento nos dimos cuenta de que no todo el mundo había asistido a la llamada, por lo que se dejó vacío y en penumbra el final de la larga mesa sobre la que se exponían los más variados platos cuya visión tuvo la facultad de producir una amnesia profunda en nuestras mentes para todo lo que no fuera deglutir con glotonería. Para los postres, con las barrigas cumplidas y la cabeza despejada por el vino, nuestras lenguas se volvieron locuaces y comenzó el repertorio de frustraciones particulares a exhibirse sin inhibición alguna y con una falta total de pudor y dignidad.

         Y en ello estábamos cuando, de repente, aparecieron en la puerta del comedor dos policías impecablemente uniformados acompañados de un señor enchaquetado y con cara muy seria.

Disculpen – dijo. - ¿El señor Ministro?

Y desde la profundidad de las sombras, allá al fondo de la larga mesa, donde se habían dejado las sillas vacías, surgió una voz suave aunque segura:

Diga, Romualdo.

Ante nuestros atónitos ojos y nuestras pasmadas bocas todavía rellenas de viandas y licores, el hombre serio e impecable se acercó diligente hasta las sombras y cuchicheó algo que nuestros codiciosos oídos no pudieron captar. Concluido este diálogo, y tras encender las luces del lugar los atribulados camareros, vimos levantarse el corpachón de J. y en su cara de luna llena se dibujó una sonrisa bonachona e inocente:

Lo lamento, queridos compañeros, pero el deber me reclama. Verdaderamente ha sido un placer estar con vosotros y ver, que después de tanto tiempo, hay cosas y gentes que nunca cambian.

Y sin más salió de la sala custodiado por los policías, seguido de los camareros y un bastante abochornado maitre quien se devanaba los sesos buscando las disculpas que nunca salieron por su boca.

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