TEMAS E IDEAS: Feliz cumpleaños, cariño, por Ancrugon. Junio / Julio 2014

Siempre tan coqueta, se regodeaba con la visión de su pulcra y angelical imagen reflejada en cualquier espejo o cristal donde, a su paso, se transcribiera literalmente y con fidelidad la seductora cadencia de sus pasos y la arrebatadora y hechicera presencia con que la naturaleza le regalara hacía, exactamente en aquel día, veintiún años, sin embargo, la tenaz inseguridad que le perseguía desde aquel remoto instante de aciago recuerdo en que descubrió una imperceptible protuberancia propia de la efusividad adolescente, se empeñaba en descubrir, en un enfermizo ejercicio de hipocondriaca flagelación, hasta las más agazapadas en la explosión de su fresca magnificencia, incipientes y diminutos atisbos de eventuales imperfecciones que le inquietaban como fantasmas dolorosos de un futuro insospechado aunque francamente temido, y el terror oscurecía durante unos segundos el fulgor esmeralda de su mirada de crueldad infantil y sutileza madurada; sin embargo, pronto volvía el brillo nacarino de su sonrisa a despertar lujurias derrotadas en ojos anónimos que la llenaban de orgullo, y alisando hasta el más insignificante pliegue de su uniforme celeste que se ceñía a cada curva turgente envidioso de la piel cálida y sedosa que percibía a la perfección la más pequeña alteración del aire producida por los corazones conmovidos, marchaba cual ejército victorioso por los pasillos del centro comercial derrotando voluntades y conquistando castillos que agonizaban bajo los escombros de deseos insatisfechos.

Ajena a todo lo que no fuera su propia aura, ella no percibió al ser que ascendía por las escaleras mecánicas como un monolito insustancial y anodino, inmóvil, silencioso, refugiado en su búnker de grueso abrigo gris oscuro que le defendía más de la realidad que del frío, y observando todo el entorno con vivas, agudas y audaces miradas ocultas bajo las alas de un sombrero de color indefinido, pasado de moda, calado hasta las cejas... Alguien insignificante, trivial, entre la masa de cientos de seres similares que iban y venían, se paraban o se movían bajo los soplos de un viento imaginario y al ritmo de una sorda melodía.

Sin embargo, en ese frenesí circulatorio de átomos vanos que forman la epidermis social a veces ocurren accidentes capaces de cambiar el rumbo y la dirección de un camino, y aquel ser con abrigo, firme y seguro en su paso, cerró bruscamente el vuelo de mariposa de la joven de ojos de jade, seguramente sin premeditación, seguramente… y ni tan siquiera alevosía, a lo que ella, un poco sorprendida por la brusquedad del roce, pidió disculpas, más por costumbre y afectación servil, que por sentimiento de culpa, a lo que él respondió con el silencio y una huida acelerada en giro de noventa grados.

Pero ella no pareció inmutarse, muy por encima de tales accidentales tropiezos, prosiguiendo su marcha triunfal e implacable. Entró con decisión en la joyería donde su persona no desentonaba sino que, a fuerza de la cotidiana actividad y deslumbrante presencia, parecía más formar parte del catálogo que del personal. Era la hora del almuerzo y el establecimiento se mostraba tranquilo y silencioso si omitimos la música de fondo que de tanto repetirse ya no se sentía y el rítmico susurro de la respiración de otra muchacha que prácticamente dormitaba atrincherada tras un pequeño mostrador y quien, al percibir a la recién llegada, se incorporó con pereza dibujando una agradable sonrisa en su bonito rostro.

- Hola, María – saludó a la recién llegada. - ¡Feliz cumpleaños! – Moduló con voz alegre y cantarina.

La otra le devolvió la expresión con un goce manifiesto y ambas se abrazaron con efusividad juvenil y se rozaron las suaves mejillas en dos besos huidizos.

- Gracias, Elena – y le dispensó una radiante sonrisa.

- Luego, en la fiesta, te daré el regalo.

- ¿Por qué te has molestado?

- No seas tonta, mujer. - Se acercó a una papelera y, sin mirar siquiera, echó la envoltura de un chicle con una soltura y despreocupación que sólo pueden ser producto de la costumbre. - Estas horas son una gozada con tan poquito trabajo…

Y enfrascadas en su diálogo superficial y sin meta alguna pretendida, no percibieron las dos ascuas que les observaban desde el otro lado de uno de los escaparates, concretamente el situado a la izquierda de ambas, aquel donde se exponían los relojes de cadena con muchos quilates junto a los de correa con dibujos infantiles, fingiendo interés por las chucherías mostradas para captar la atención y la apetencia de los clientes. Las manos en los bolsillos del viejo abrigo gris oscuro y el rostro camuflado bajo las sombras del sombrero, el hombre no se perdía detalle de cada movimiento de las chicas.

- Pues yo me aburro – aseguró María con un atisbo de sincera tristeza, lo cual no pasó desapercibida a su compañera quien dibujó un mohín de sorpresa. - Desde que rompí con Andrés prefiero no tener tiempo para pensar.

- ¿Qué pasa? ¿Tienes remordimientos? - preguntó Elena divertida con la idea de una improbable reconciliación.

Las verdes gemas se empañaron un poco con algo parecido a la tristeza y un esbozo de sonrisa contrariada reprochó sin palabras la ironía de la amiga.

- No sé… Puede ser… A veces creo que me porté como una cerda. Él siempre fue muy bueno conmigo.

- Mira chica - le pasó un brazo por la espalda, no sin antes gesticular como quien aparta fantasmas, - en esta vida debes apostar por lo que quieres y lo hecho, hecho está, ¿no? Además, ¿cuántas veces me decías que de tan bueno resultaba empalagoso?

- Sí, eso es verdad… El pobre al final ya era agobiante… tan formal… tan previsible.

- ¡Lo podrás comparar con José! – afirmó Elena con la doble intención de quien sabe la respuesta de antemano.

- ¡No, no, que va!... José es fantástico, divertidísimo, ingenioso, ¡y te juro que me pone a cien!...

Y rieron mientras el individuo del abrigo seguía observándolo todo con las manos en los bolsillos, tranquilo, relajado, oculto en su refugio de voyeaur de escaparate, desde la atalaya del anonimato en un universo de miradas… pero no del todo indiferente…

Elena fue la primera en darse cuenta.

- ¿Te has fijado en ese tipo?

- Sí… Creo que me he cruzado antes con él.

- Ya lleva rato ahí.

- Le costará decidirse.

- Eso es lo que me temo…

Y María volvió a observarlo con más atención, pero el otro se ocultaba entre sus sombras y se abrigaba con la excusa de un frío más pretendido que real en aquellas calles de calefacción calculada y de termostatos vigilantes.

- No empieces, Elena, ya sabes que me asusto con facilidad.

- No, no, en serio… ¿No te resulta sospechoso?

- ¿Por qué, mujer?... No está haciendo nada raro, es muy normal que la gente mire los escaparates. 

- No sé, no sé… Tiene algo extraño…

- ¡Cállate ya, me estás poniendo nerviosa!

- Chica, en serio, yo diría que me resulta algo familiar…

- ¿Seguro?... Si no se le ve la cara…

- ¡Mira, pues eso ya es sospechoso!... Aún así, no sé, me resulta familiar...

María se acercó disimulando hacia la parte interior del escaparate, como si tuviera el propósito de retocar la posición de algún objeto, e intentó atisbar el rostro, pero el individuo decidió justo entonces ponerse en marcha y emigró, como pájaro inquieto, hacia la cristalera de la zapatería vecina.

- A mí no me suena de nada – afirmó con seguridad simulada, aunque le delataba el pequeño temblor de la comisura de los labios.

- Igual es un admirador que te persigue… – siguió aguijando la otra a quien se le veía a las claras el placer encontrado en tal proceder.

María miró de nuevo hacia donde el hombre del abrigo parecía estar bastante interesado en los zapatos de mujer de tacones infinitos.

- O igual es un travesti intentando renovar su fondo de armario – quiso bromear aunque a las claras se veía la incipiente preocupación en el leve fruncido de su delicado ceño.

- O un pervertido… o un violador… – susurró tenebrosa Elena al oído de su amiga mientras la agarraba con fuerza por la sutil cintura.

- ¡Idiota! – gritó ella estremeciéndose con el contacto inesperado y la otra rió divertida.

- ¿Quién sabe?... igual es tu enamorado Andrés que viene a felicitarte por tu cumpleaños…

- No creo… Seguro que está llorando la pérdida y escribiendo poemas ridículos y aburridos…

- ¡Joder, niña, qué cruel eres! ¿No?... Mira, a lo mejor es él y viene a vengarse – y alargó la “a” como una insinuación aterradora.

- No… no le creo capaz de hacer nada así… él sólo suplica que vuelva porque “sin ti no soy nada, sin ti no soy nada”…

- ¿Pero no has dicho antes que te daba pena?

- Sí, pero cuando recuerdo lo flojo que es… ¡puf!... se me pasa, la verdad…

- Bueno, querida, sea lo que sea, tendrás que arreglártelas tú solita, porque mi turno de comer ha llegado – comentó mientras se encaminaba decidida hacia la puerta. – Ten los ojos bien abiertos no te vaya a devorar el lobo… - y salió complacida con sus bromas.

María paseó su mirada esmeralda sobre el oro y la plata en una caricia ocular de reconocimiento previo, y las otras gemas refulgieron como reproches bajo las luces indirectas y artificiales de las vitrinas envidiosas de las suyas naturales. Y sin poder evitarlo pensó en el hombre del abrigo… y en Andrés… y en José… y en que últimamente las cosas no le iban tan bien como pretendía ante sus amigas… porque José era mucho más hombre que Andrés, de eso no había duda, pero era un cabrón y le hacía sufrir, a ella, a ella que podía tener los todos tíos que le diera la gana con tan sólo mirarlos y, sin embargo, tenía que aguantar las gilipolleces de aquel bruto machista del que estaba pringada hasta la médula… ¡Así es la vida!... Y el pobre Andrés, siempre tan atento, siempre dispuesto a agradarla en lo que fuera, sacrificándose en todo para complacerla antes de que se lo pidiera… pero era tan blando… tan previsible… tan aburrido… No, él nunca le haría una escena ni le montaría ninguna bronca, no, no era capaz… Pero entonces, ¿quién sería ese tío del abrigo y qué pretendía?, porque, la verdad, se comportaba de una forma bastante misteriosa.

Así estuvo un tiempo entretenida en sus devaneos hasta que tuvo la sensación desagradable de estar siendo observada. Casi como un contacto real en la nuca, como un roce de dedos viscosos, pero no se atrevía a dar la vuelta y las piernas comenzaron a temblarle y un sudor gélido le recorrió la espina dorsal. “¡Maldita Elena!” Intentó escaparse de tales pensamientos acusando a su amiga de sus propios miedos, pero la sensación era cada vez más y más real…Se giró despacio, más con la cabeza que con el cuerpo, casi con los ojos cerrados, como queriendo no ver lo inevitable, porque sí, allí estaba de nuevo en el escaparate de la izquierda, anónimo, agazapado como el carnívoro que espera cazar su presa, atento a cada movimiento, a cada suspiro, a cada pequeña brisa… y María se dejó abrazar por los áridos brazos de la soledad y el desamparo, mientras su cuerpo quería huir de ella. De pronto le vino a la cabeza la calidez y la seguridad de Elena y quiso llamarla. Intuitivamente buscó el teléfono, para lo que tuvo que agacharse hasta el bolso guardado en la parte posterior del mostrador, y entonces descubrió que eso iba a ser materialmente imposible pues Elena se había olvidado el suyo allí mismo… Una impresión de soledad, de infinita soledad, le cubrió como un velo y al incorporarse sintió, porque era imposible verlo, que había alguien justo a su lado… quiso gritar, pero una mano fuerte le aferró por el brazo…

- ¡Joder, Luis!... ¡Qué susto me has dado! – exclamó al ver al joven guarda de seguridad clavado firmemente junto a ella.

- Hola, María. Disculpa, no era mi intención, pero es que Elena me ha dicho que hay un tipo sospechoso merodeando por aquí.

- Sí... – y un soplo de vida le recorrió las venas. María miró en la dirección donde había visto al hombre por última vez, pero ya no estaba - Bueno, ya no está… - suspiró aliviada.- Tampoco hay que ponerse nerviosos… – dijo más para sí que para el otro.- Durante el día se ven multitud de personas raras que se pasan las horas muertas mirando.

El guarda observó hacia donde señalaba María sin ver nada anormal.

- Bien. De todas formas me quedaré por aquí cerca durante un rato, ¿vale?

- De acuerdo. - María le regaló una sonrisa.

- ¿Tienes mi teléfono?

- No…

- Toma nota

Y ella así lo hizo en la carpeta de contactos de su propio móvil.

- Si ves algo raro, me llamas…

- Gracias, lo haré – y de nuevo iluminó todo con su hermoso rostro.

- Y si tienes alguna noche libre y quieres que salgamos, ni lo dudes…

- Anda, anda, déjalo ya… - rió ella.- Ya te he dicho cientos de veces que estoy comprometida.

- Pero ¿todavía no te has convencido de que ese tío es incapaz de hacerte feliz?…

- ¡Y tú que sabrás!

- Conozco muy bien a los de su calaña…

- Déjalo, déjalo, que acabaremos discutiendo como siempre – Y el muchacho se marchó sin dejar de mirarla sonriente.

- Lo dicho, ten cuidado que estos días suele haber muchos descuideros… - dijo casi con dudosa intención.

María estuvo deleitándose un rato con el recuerdo de las constantes insinuaciones de Luis, aunque no era el único, ¡ni mucho menos!, pero eso le encantaba, sentirse admirada y deseada le llenaba de orgullo y la hacía rebosar de vitalidad. Pero los minutos pasaron y el silencio le devolvió a la realidad, se había apagado la música, ¿cuánto tiempo hacía?... y volvió la soledad y la desagradable sensación de desamparo regresó para socavar un poco por sus nervios. Miró instintivamente al escaparate, pero no había nadie. Se tranquilizó e incluso se recriminó la tontería de tener miedo. La música se detuvo de golpe y el silencio pareció tener cuerpo. Hurgó en los botones del equipo musical, pero aquello se negaba a funcionar, comenzaba a impacientarse porque nunca había entendido de electrónica y esos aparatos parecía que tenían vida propia, cuando más los necesitaban, peor iban… y justo en ese instante algo sonó a su espalda que le hizo volverse con una rapidez inusitada, casi de un salto… lo que asustó a una señora que acababa de entrar en el establecimiento y se disponía a preguntar por unas pulseras del escaparate de la derecha quedando con la boca abierta de la sorpresa. El corazón le latía con tanta fuerza que temió se pudieran escuchar los latidos desde fuera y volvió a enfadarse consigo misma.

- Disculpe… yo… - balbuceó María.

- ¡Oh, no, no!... Creo que el susto se lo he dado yo, perdone…

- Dígame, ¿qué desea?... – preguntó tras absorber aire en profundidad.

- ¿Podría enseñarme esas pulseritas de niña?...

Y María se sintió feliz de poder trabajar, de poder pensar en otra cosa, de no estar sola… Deseó con todas sus fuerzas que la mujer le entretuviera un buen rato, con gusto le enseñaría todo el muestrario si así lo quería, pero que se quedase hasta que regresara Elena, porque seguro que lo hacía cuando se diera cuenta de que se había olvidado el bolso y el teléfono... Y de nuevo, así sin más, le sobrevino el recuerdo de Andrés, porque con él nunca se había sentido sola, él siempre había estado a su lado, para lo bueno y para lo malo, siempre… José era diferente, era un hombre muy seguro de sí mismo y le molestaban todas estas expresiones “ñoñas”, como él llamaba a sus temores, sí, él era más indiferente, pero más fuerte, se imponía más, aunque, la verdad…

Y a veces se sentía tan sola…

Y la señora se decidió rápido, demasiado rápido, como si ya tuviese pensada la pulsera que quería. María se recreó más de lo corriente en envolverle el paquetito y en cobrarle de la tarjeta de crédito, con deliberación, deseando que el tiempo pasara y regresara ya su compañera. Sin embargo la mujer se marchó con su compra y ella de nuevo se quedó sola. Evitando tornar a darle vueltas a la cabeza, regresó con el aparato musical que se negaba tozudamente a funcionar, aunque ella lo había probado todo, palpado todas las teclas e incluso desenchufado de la red y enchufado otra vez, pero nada, seguía mudo, ausente, como muerto... Un el leve sonido de la puerta corrediza le hizo tornar a la realidad y se volvió sonriente dispuesta a meterse con Elena por su facilidad a olvidarse las cosas, pero sus palabras se hicieron un ovillo en la garganta y se convirtieron en un grito ahogado…

El hombre del abrigo, con las manos en los bolsillos, estaba plantado frente al mostrador…

María intentó sonreír… inútil esfuerzo…

Los labios del hombre, lo único que podía verse con alguna claridad, dibujaron una sonrisa suficiente, malévola, casi sádica…

María dio un salto atrás e intentó aferrarse a algo, pero todo parecía huir, todo se le escapaba, nada había que sirviera de sostén y las piernas se negaban a soportarla…

El hombre sin dejar de sonreír levantó un brazo…

El aire se negó a salir del pecho de María…

y se echó el sombrero un poco hacia atrás mostrando su rostro…

y su sorpresa fue enorme…

- ¡Andrés!...

- Feliz cumpleaños, cariño – su voz surgió sosegada, segura, diáfana desde las sombras…

La gente que comenzaba a llenar el centro comercial buscando los regalos navideños se detuvo ante el horrible grito que se elevó hacia la cúpula y desde allí, cual bomba de racimo, se abalanzó sobre cada átomo de aire. Los villancicos cesaron y un tropel de guardas de seguridad cerró el paso ante la puerta de la joyería en la que se fue acumulando un gentío cada vez más numeroso. Todos preguntaban qué ocurría, pero pocos podían responder, sólo los afortunados de las primeras filas podían ver a una hermosa joven, medio caída sobre los azulejos del suelo, quien miraba con el terror claramente modelado en su rostro una serie de ropa de hombre amontonada sobre el piso y entre la que claramente destacaban un abrigo gris y un sombrero pasado de moda…

- Se fue… se fue… se fue… - repetía ella señalando la pila inerte con la mano derecha donde aferraba una postal de felicitación.

Luis, el guarda de seguridad, le ayudó a incorporarse y le hizo un sinfín de preguntas que no obtuvieron respuestas. Le ayudó a sentarse en una silla y cogió el trozo de papel donde, debajo de un cursi corazón partido, alguien había escrito con una caligrafía casi infantil.

“Feliz cumpleaños, cariño.

Ya te dije que sin ti yo no era nada.                                      

Adiós”.

         En aquel instante, sin más, volvió a sonar la música y una voz muy conocida cantaba aquello de:

“My hands are tied, my body bruised
She got me with nothing to win
And nothing else to lose…”[i]



[i] "Mis manos están atadas, mi cuerpo magullado. Ella me tiene sin nada que ganar y nada más que perder..." de With or without you de U2

 

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