TEMAS E IDEAS: El cortocircuito

Un trabajo de…

Las calles, como jovencitas que invitan a la tentación, visten sus trajes de lentejuelas mientras los comercios hacen brillar sus encendidos escaparates; la gente mira y sueña.

         Los semáforos muestran el rojo y todos los vehículos frenan su histérica carrera. Palmoteos insistentes en el aro de sus volantes con la mirada puesta en el color indicador de la liberación.

         En el cristal del parabrisas se reflejan los colores juguetones del cartel de un cine de estreno. Un morbo repentino emana, flota y envuelve a la Pretty Woman del momento. El semáforo muestra el verde y la impaciencia contenida estalla en un rugido.

“Sí, señor Matías... Como usted disponga, señor Matías... A sus órdenes, señor Matías...”

         Antonio, atrincherado en su coche, mira sin tener conciencia de lo que ve.

         El semáforo se enciende en rojo - “Sí, señor Matías...”- y su pie pisa el freno. A veces vuelve la mirada hacia los otros ojos cercanos, los cuales, a su vez, a veces también le miran, y un número elevado de vacías miradas se entrecruzan entre el aliento de los tubos de escape...

         Se ilumina el disco verde -”Como usted disponga, señor Matías...”- y automáticamente se le corta el tímido contacto volviendo la soledad de la gota de agua que se deja arrastrar por la corriente del río.

“Antonio, ¿ha terminado usted con los informes de Pérez y Cía?... Todavía no... Pues tenga en cuenta que tienen que estar concluidos para mañana... Deberá usted quedarse esta tarde para acabarlos.”

         Números, números, números... Debe, Haber, cuenta tal, calle... puerta... teléfono... piso cual...

         Detiene el coche en una avenida atestada de vehículos similares y, como siempre hace, lo cierra cuidadosamente y, como es habitual, abre el portal acertado y, como acostumbra, presiona el botón exacto del ascensor y, como tantas otras veces, abre la puerta de su piso y, como suele realizar, da al interruptor de la luz y...

Pero algo ocurre, algo desacostumbrado, algo sorprendente, algo que le obliga a interrumpir su cotidiano desarrollo de actos mecánicos, algo que le obliga a detenerse y pensar: ¡la luz no se enciende!

Camina a tientas tropezándose con los muebles hasta alcanzar el sillón donde se sienta. Deja caer las carpetas de un trabajo, que no podrá realizar en estas condiciones, sobre la pequeña mesa de cristal. Se desespera. Busca y encuentra un cigarro en el paquete que siempre lleva en bolsillo derecho del pantalón. Con un gesto sorprendido se lo lleva a la boca. Sus labios notan el suave roce de la boquilla de papel. Palpa el mechero para ver con los dedos aquello que tantas veces había ignorado con los ojos. Lo enciende. Una llamita amarilla y azulada aparece frágil e inquieta ante la oscuridad amenazante y desconocida. La observa un instante, la acerca al cigarro y absorbe con lentitud una larga chupada de árido humo que siente penetrar. Otra vez la oscuridad. Sólo una pequeña brasa rojiza de la que, imagina, brota un hilo gris que asciende y asciende. Devuelve el cigarro a sus labios y se da cuenta de que está fumando. Algo le fluye en la cabeza. El recuerdo de alguien fumando en alguna de las miles de películas que devora por las noches en el televisor mientras se embute una cena que no saborea. Y entonces, de la nada del olvido, le llega una melodía de no sabe quién, pero que conoce vagamente desde no sabe cuándo. Y se imagina a la columna de humo danzando voluptuosa en la oscuridad. Su mano flota en el espacio oscuro emulando el movimiento o, tal vez, a un director ciego de una sorda orquesta y, sin saber cómo, brota un vozarrón modulado que pretende entonar esa idea. Al oírse le surge una tímida y espontánea risa que, sin tener conciencia de ello, le va limpiando la reseca terrera de la rutinaria apatía.

- Vaya, vaya, vaya... qué cosas.

         Mueve la cabeza como el que observa las graciosas travesuras de un niño.

- Y, ¿qué voy a hacer?

         Imposible leer, imposible trabajar, el señor Matías tendrá que esperar, imposible ver la tele ni escuchar música, imposible hacer la cena...

- Eso sí que es un problema.

         Y piensa, piensa, piensa... y se da cuenta de que lo está haciendo. Se deleita como hacía cuando de pequeño recibía un juguete nuevo.

         Una tenue y fría luminosidad penetra por la ventana entreabierta y, poco a poco, se van distinguiendo las sombras agazapadas por los rincones, detrás de cada mueble, trepando por las paredes, reptando por el techo, alargándose, encogiéndose... Antonio las mira intentando reconocerlas. Él sabe que siempre han estado allí, tiene la certeza de este hecho, aunque nunca antes las había visto o, por lo menos, nunca antes se había dado cuenta de su existencia. Y cuando logra reconocer alguna, aquel rincón se ilumina, o aquel mueble, con la luz del conocimiento. El dragón que de niño le atemorizaba, el guerrero que le hacía soñar, la bruja que le aterraba, la mano de que huir... Juega a modelarlas como si fueran de arcilla y crea el interés, o el deseo, y surge la fantasía tras un contorno cálido y tentador...

¡¡¡RRRIIIIIIIINGGGG!!!

         Desconcertado, da un salto en el sillón. El corazón parece querer largarse de su pecho.

¡¡¡RRRIIIIIIIINGGGG!!!

         Mira hacia el teléfono con la expresión del que está siendo espectador de un milagro. Se acerca con cautela, lo descuelga con tiento, como si fuera un peligroso explosivo.

- ¿Sí?

- ¡Hola, Toni!

         Y vuelven las sombras a asomarse por los rincones con un suspiro de tranquilidad. Es su novia. No hay peligro.

- Hola, cariño. ¿Qué pasa?

- Nada. Como no has llamado en todo el día.

- Justamente pensaba hacerlo ahora. Hoy ha sido un día agotador y no he tenido tiempo para nada.

         Un plácido cosquilleo le va recorriendo la espalda. No recuerda haber pensado en llamarla. ¡Le está mintiendo!, ¡por primera vez en su vida le está mintiendo a su novia!... Pero… pero lo más curioso es que eso le hace sentir bien.

- ¿Has cenado?

- No.

- Ven a cenar a casa.

         Mira a su alrededor. Las sombras están celebrando una gran fiesta, es una verdadera orgía de oscuridades, penumbras, huecos, rincones… y tal vez lo hagan en honor del nuevo compañero.

- No, gracias - se incrementa el cosquilleo. - Estoy muy cansado. Creo que me prepararé algo ligero, tampoco tengo mucho hambre, y me iré pronto a la cama.

- Como quieras. ¿Iremos mañana al cine?

- Claro. Yo te llamo, ¿vale?

- Vale. Hasta mañana, cariño.

- Hasta mañana, mi amor.

         Y al colgar le llega la risa cristalina porque, sin conocer muy la causa, se siente libre, como cuando de pequeño corría y corría por los campos de su pueblo al salir del colegio. Sin pensarlo danza junto al corro de sombras, las reúne a todas y, encaramándose a una silla, les dice:

- Amigas y compañeras, ¡me voy a cenar por ahí!

         Todo son aplauso y vítores. Le acompañan, coreando su nombre, hasta el cuarto de baño donde se mira al espejo oscuro que nada refleja y todas afirman que está muy guapo y elegante.

         Sale de su casa tarareando una canción que recuerda de la infancia. Camina durante un buen rato perdido entre la gente, sin rumbo fijo, y paladea esa sutil soledad. Todo lo observa, pues todo le parece nuevo, todo diferente.

         Saluda con cortesía a los transeúntes quienes le devuelven sus saludos sorprendidos. Sonríe a las señoras quienes cuchichean y se ríen.

- Es un descarado.

         Se detiene ante todos los escaparates y se mofa de los manjares de la apatía y lo cotidiano. Junto a una parada de autobús, canta trozos de una ópera que jamás hubiera pensado que recordara y, al concluir, saluda como un Otello cualquiera al bajar el telón. Los que esperan emiten miradas repulsivas.

- ¡Borracho! – Dice una señora evitando mirarle sin conseguirlo.

- Es un pobre loco – asegura una voz masculina a su espalda.

         Y de nuevo le brota la risa como agua cristalina que riega campos resecos de tanta sequía.

         Así deambula durante un rato, hasta que un olor de calor viejo, tabaco caro y comida recién hecha, junto con el sonido lastimero de unos violines posiblemente enamorados, le hacen poner el semáforo en rojo y detener el vehículo de los sueños imprevistos.

Desciende por unas desgastadas escaleras de blanco mármol y empuja las hojas sobadas de madera negra y cristales opacos. El salón no es demasiado grande, ni aparece excesivamente bullicioso y algo acogedor, como humo aromatizado, flota en el aire. Se ven mesas iguales de limpios manteles blancos y, en algunas, gentes alegres y relajadas combinan, con improvisada anarquía, el conversar con el deglutir; en cierto sector, unos biombos amarillentos, más por el tiempo que por la combinación de colores, crean una sensación de intimidad. Él elige una mesa central desde donde puede observarlo todo y donde todos lo puedan ver.

         Un pequeño centro exhibe unas flores de colores tan vivos que parecen de plástico, pero son naturales, es un buen comienzo. Con disimulo coge un clavel rojo y se lo coloca en la solapa de la chaqueta. Se siente bien.

         Un joven camarero, con la empalagosa simpatía de quien cobra por ser amable, le entrega una carpeta con el menú. Lo mira distraído y pide al azar.

         Se arregla, mientras espera, el nudo de la corbata, enciende un cigarro con cierta afectación, como si fuera un actor de una película barata, pero rápidamente intenta esconderlo, sin embargo todo vuelve a su cauce cuando descubre a otras personas fumando con tranquilidad. Y en ese momento descubre dos mesas más allá a una joven mujer rubia que también se dispone a cenar sola. Su rostro es atractivo, con una boca de labios carnosos y sensuales. Sus miradas coinciden y, durante un breve instante, una conexión de energía misteriosa circula entre los dos. Ella sonríe casi con inocencia y él se siente invitado a acercarse.

- Perdona. ¿Esperas a alguien?

         Sus ojos azules y serenos le envuelven en la calma de las noches de verano.

- No.

         Su voz tiene el timbre del arpa y la dulzura de un susurro.

- ¿Podría compartir, en ese caso, tu mesa?

         Su cuerpo tiene la armonía con la que sueña todo pintor de inquietudes.

- ¿Por qué no?

         Antonio sigue interpretando su fantasía trasnochada y, como Rodolfo Valentino, clava su mirada, segura y atrevida, en la profundidad azul mientras le tiende la mano.

- Gracias. Me llamo Antonio.

         Su mano es suave y sus dedos largos y bien torneados.

- Mucho gusto. Yo soy Magda.

         La conversación se desarrolla animada y con desenfado. Va surgiendo la alegría como una planta en primavera gracias al el abono de la intimidad, la atracción y el vino.

         En los ojos azules se pintan ráfagas de insinuación, mientras los violines adormecen los últimos destellos de la razón.

- ¿Tienes algo especial para celebrar hoy?

         Antonio la mira con deseo, agazapado en su cómoda butaca, donde rumia su habano ocasional.

- Sí.

         Se endereza en su asiento y se inclina hacia ella en gesto confidencial.

- Celebro un nacimiento.

         Magda levanta su copa repleta con reflejos de sangre.

- Bienvenido sea quien hoy nace a la luz de la vida.

         Vagan por las calles, ahora mucho menos concurridas. Hablan muy bajito, como conversando cada uno para sí mismo. Sus manos entrelazadas y sus cuerpos juntos, pegados, queriendo fundirse en un mismo calor. Los escaparates se han apagado y las sombras les saludan al pasar. Antonio las reconoce.

- ¿Cómo eres normalmente?

         Y él le explica los semáforos con sus rojos y sus verdes, las vacías y esquivas miradas, el “Sí, señor Matías...”

         Corren con los frenos rotos y el parabrisas quitado chocando con los árboles que estrenan hojas, con farolas ancladas en calles bohemias, con parejas que salen de los cines... Vuelcan cubos de basura de donde huyen gatos asustados, tocan timbres de portales anónimos y, contra una tapia blanca de un jardín ahogado en fragancias, se besan con la pasión de quienes no tienen mucho tiempo. Y ríen, ríen, ríen... hasta que ese mismo sonido se confunde con el silencio.

- Magda, ¿quién eres?

         Un rayo de luna juega a convertir en plata los rincones más ocultos.

         Caminan en silencio, mirándose, estudiándose, buscando respuestas para el sinfín de preguntas que comienzan a surgirles. Caminan por calles vacías rompiendo un silencio que tiene algo corporal y, sobre el césped de unos jardines públicos, Magda se recuesta. Antonio es todo fuego. El último pensamiento razonado hace tiempo que se alejó. No hay otra realidad que lo que ve. Y comienza a acercarse a su deseo.

         “Sí, señor Matías...”

         Se arrodilla a su lado.

         “El semáforo en verde, el semáforo en rojo...”

         Sus manos comienzan a descubrir caminos desconocidos que llevan a horizontes insospechados que él anhela conocer...

- Aquí no. ¿Tienes coche?

         “Sí, señor Matías... Como usted disponga, señor Matías... A sus órdenes, señor Matías.”

         El mar duerme en su calma ondulada y, en su espejo, la luna se rompe y multiplica. Su murmullo se funde con el del viento en un diálogo a la vez eterno e ignorado. El manto de la noche se ha llenado de esperanzas que invitan a disfrutar de la fiesta íntima de quien sabe confiar su secreto a sus ojos y a su silencio.

- Nunca podré amarte - dice Magda mientras dibuja sobre la arena infinitas cadenas entrelazadas.

- ¿Por qué?

         Antonio la mira e inquiere más con sus ojos que con sus palabras. La tenue luz de la luna descubre los paisajes de su cuerpo desnudo. Una angustia extraña se le anuda en su garganta.

- Porque tan sólo eres un hombre.

         A Antonio le rompe una risa falsa, llena de tristeza y sucia del polvo de sus resecos terreros de apatía.

- ¿No te gustan los hombres?

         Antes de terminar la pregunta ya se arrepiente de haberla hecho. Vuelven los estereotipos, “Sí, señor Matías... vuelve el vacío, “Como usted ordene, señor Matías”... vuelve la estupidez, “A sus órdenes, señor Matías...”

         Ella no le mira. Se pone en pie y su arquitectura se recorta contra el firmamento asombrado. Camina sobre la arena y va dejando un claro rastro a seguir.

         El mar quiere ser su cómplice y borra las huellas.

- Yo sólo puedo amar al viento, al agua, al fuego... al calor, al frío... Yo sólo puedo amar al sueño, a la fantasía, a la risa... a la libertad.

         Antonio no comprende. Las sombras amigas lo miran silenciosas y tristes detrás de las dunas y los matorrales. Antonio no comprende y eso le enfada.

- Ya. Es una pena. Yo tan sólo soy un pobre y minúsculo hombre.

         Magda se vuelve hacia él y sus ojos parecen tener luz propia.

- Tú eres un horizonte modulable como una melodía y, al mismo tiempo, eres el compositor y el director. ¿Dónde perdiste tu imaginación...?

El viento canta canciones tristes y el mar recita poemas de amor.

         Magda se adentra lentamente entre las aguas frías que absorben su calor. Antonio quiere ir tras ella, alcanzarla, decirle que es capaz de ser el dios de su propia fantasía, que también su corazón tiene alas, que sabe modelar el viento, el agua y el fuego, que no es tan sólo barro reseco y quebrado. Pero algo se lo impide.

         “Sí, señor Matías... El semáforo en rojo, el semáforo en verde... Miradas vacías... Seres programados... Números... Puerta tal... Debe, haber... Números... Hombre... Números, números, números...”

- ¡Basta!

         Y salta como si un volcán hubiese surgido de pronto de las entrañas de la tierra. Corre por la playa como un caballo salvaje y libre. Marca sus huellas en la arena y el mar, cómplice satisfecho, las encubre. Corta las ligaduras de su ropa que pretenden estrangularle. Aúlla como un lobo solitario que busca la respuesta a su soledad en el silencio de la noche.

- ¡Magda!

         Y corre entre las aguas frías que absorben su calor.

- ¡Magda!

         Y es viento, agua, fuego, calor y frío, es sueño, risa y fantasía... Por primera vez en su vida es libertad.

 

         Al abrir los ojos ve un sol soñoliento que se resiste a salir entre la bruma del amanecer. La playa está vacía. El mar sigue murmurando, pero ya no son palabras de amor. El viento ya no acaricia, ahora golpea. Ya no está la luz mágica de plata, ahora todo son colores diluidos, apagados por la sorpresa del nuevo día.

         Tiene frío. Se da cuenta de que está desnudo y siente vergüenza. Recoge con rapidez su ropa diseminada mirando a todas partes con cierto temor.

         Corre hasta el coche y vuela con él hacia su casa.

         Las sombras ya no están.

Se ducha, se afeita, se peina, se viste con ropa inmaculada y limpia, se ajusta perfectamente el nudo de la corbata y, sin tiempo para desayunar, sale dando un portazo. Hoy llegará tarde a la oficina.

         A mitad de la escalera se detiene, da media vuelta, pensativo, y vuelve a subir. Abre la puerta. Se acerca a la mesa del teléfono, busca en las páginas amarillas y marca un número.

- Buenos días. ¿Es el electricista? ... Mire, por favor, a ver si podría arreglarme un cortocircuito que...

         Y millones de miradas vacías se cruzan a cada minuto entre el aire enrarecido de la frustración.

         “Sí, señor Matías... Como usted disponga, señor Matías... A sus órdenes, señor Matías...”

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