REFLEXIONES EN LA BISAGRA: Tierra de fantasistas malditos, por Vicent M.B. Junio / Julio 2014

Citando de memoria creo que el razonamiento de Vázquez Montalbán era, más o menos, que hoy día es mucho más fácil (e infinitamente más común) ver a alguien cambiar de marido, de religión o no digamos ya de ideología que de equipo de fútbol. Los plumillas que gustan del fútbol, o los simples aficionados con maña para escribir, han perorado ya largo y tendido sobre el tema, elaborando sesudas teorías al respecto. Lo que todos tenemos claro es que es algo que viene de la infancia muy profunda, y ya cada cual busque el momento en el que juró, sin saberlo, fidelidad eterna a unos colores. Hay quien lo decidió el día que un club ganó la liga. Otros no tuvieron escapatoria y, para cuando abrieron los ojos al mundo, se encontraron con su dormitorio convenientemente alicatado de pósters y cacharreo del equipo de su padre, hincha temeroso de que le creciera un enemigo en casa. Yo, por más que quiera adornar la historia de mi vida, no tengo ni puta idea de por qué sufro por el equipo que lo hago. Tal vez porque el único de mis primos mayores con un mínimo de afición lo hacía por el mismo. Ahí no tengo escapatoria, y lo único que me he permitido ha sido olvidarme del fútbol durante los años de universidad. Me gusta creer que fue porque mi vida estaba llena de nuevas sensaciones, porque había que vivir al límite y ahí no tenía cabida una rémora como el fútbol. Incluso, creo que fue cuando estaba acabando segundo de carrera, me permití el infame postureo de ir a un recital de poesía la noche que se jugaba el último partido de liga, con el que yo llamo mi equipo entre los aspirantes al título.

Puede que algo de ese anhelo cultural y vital hubiera, pero seguramente ayudó que mi equipo pasara unos años hundido hasta el cuello en la mierda deportiva e institucional más superlativa. Sin confeti hagiográfico, la vida tiende a ser prosaica.

De hecho, años más tarde, volví a engancharme al fútbol los domingos por la tarde. Se puede argumentar, y es cierto, que las resacas asesinas de los domingos de doctorado no me dejaban hacer nada más. Pero, por completitud, cabe añadir que fueron años de vino y rosas para los que compartían colores conmigo. Lejos, pues, de épicos relatos de fidelidad hasta la muerte o, si se quiere, de la pena que inspira el que no alcanza a más que a querer matar por un equipo, mi historial de hincha está marcado a fuego con el hierro del pragmatismo. Que, en jerga del aficionado, se traduce porque he sido un miserable convenenciero. Ea pues.

Pese a todo, el fútbol me ha dado pequeñas satisfacciones simpáticas. Me ha permitido explicar, usando cuatro botellas de vino vacías, la diferencia entre el nueve ratonero, el nueve boya y el falso nueve (huelga decir que esas cuatro botellas nos las acabábamos de beber yo y las dos almas en pena que me soportaban). Me ha generado una complicidad especial con autores muy solemnes que, a veces, escriben de fútbol. Me ha abierto conversación de manera rapidísima en el extranjero, y jamás olvidaré cómo gritaba "Waaaaaaaldo, Waaaaaaaldo!!" un taxista de Rio de Janeiro (y del Fluminese, obvio) cuando le dije que venía de Valencia. He podido también hacer bandera de los malditos, con especial predilección por Santa Maradona cuando se las arregló él solito para arruinar la participación de Argentina en el último mundial. Y, gracias al año que pasé en Italia, me permitió hacer algo insólito, futbolísticamente hablando.

Elegir.

Porque yo llegué a Italia sin equipo. Prácticamente sin mi equipo de toda la vida (por razones arriba detalladas) y, sobre todo, sin equipo italiano. Fui a caer, no sé si lo he comentado alguna vez, en un piso con un fulano que me sonaba de vista de la facultad en Valencia y con un proyecto de ingeniero químico gallego. Da risa, pero es que cualquier cosa seria con un gallego da risa. Pensemos en algo severo y circunspecto, como un funeral de estado. Ahora pensemos en un funeral de estado con un gallego. Automáticamente se desdramatiza.

A aquel pisito llegué con ansias de multiculturalidad, motivado sobre todo porque sentía que si me quedaba en Valencia un año más iba a empezar a matar falleros. Y lo primero que hizo mi compañero de habitación fue alicatar su pared con portadas de lunes del periódico deportivo de Valencia glosando victorias de los ché. Victorias cotidianas, rutinarias, como un 0-1 en el campo del Extremadura de Almendralejo, que su padre le mandaba en valija diplomática con packs de jamón al vacío. Multiculturalismo, y tal: un revolucionario con ínfulas intelectualoides y un gañán de manual compitiendo a ver quién es más gilipollas.

La suerte fue que el gallego, fue revelándose como una persona muy interesante. Lo hizo a su gallega manera, sin que nunca lo pareciera o mostrara interés, pero cocinaba bien, contaba chistes como nadie y al menos tenía intención de viajar más allá de la tienda donde el valenciano compraba Martini para cocerse por la noche -porque el valenciano se cocía a base de Martinis con limón, como mis amigas cuando tenían quince años.- Así, fuimos forjando amistad, y yo dejé que me arrastrara de nuevo al fútbol, por el que él todavía guardaba una pasión enfermiza. Y así, elegí. Pude quedarme con la estética eterna del Milan, pero me pudo la ética y renuncié a rendir pleitesía a Berlusconi. La Juventus me recordaba demasiado al Madrid y el Inter, aun cayéndome simpático, me pareció demasiado pupas. Entonces sopesé seriamente la posibilidad de jurar amor eterno al Nápoles, por Maradona, por Alessandro (el napolitano que andaba por allí, que molaba mucho) y, en general, porque Nápoles mola, pero me echó para atrás aquello de que los ultras eran peligrosos por ultras y por fascistas (como todos) pero también por camorristas. Y cuando ya pensaba en dejarlo estar, descubrí la figura enorme de Francesco, Francé, Totti.

Totti, entonces y todavía hoy, era capitán de la Roma, uno de los equipos de la capital. Totti, entonces y todavía hoy, era un zote. Un cateto. Pero lo era como solo lo pueden ser los romanos, haciendo de ello un arte. Y atesoraba una preciosa cualidad: era único riéndose de sí mismo. Para cuando nos pudimos agenciar una tele en el piso, descubrí que por la RAI se emitía un anuncio de Pepsi Twist -Pepsi al gusto di limone-. Salía Totti. Y la gracia consistía en hacer ver que era incapaz de no decir Pepsi al gusto di melone. Así una y otra vez. Hasta que el director del anuncio, desesperado, pedía hacer una más de reserva, a lo que Francesco respondía ofendido que él no era ningún reserva. Ese mismo año salió al mercado un libro con "los chistes de Totti contados por sí mismo". No lo escribió él, pero dejó que otros lo hicieran y estamparan su foto en la portada a condición de que las ganancias fueran a parar a obras de beneficencia. Totti no es más corto ni más imbécil que la mayoría de futbolistas que campan por las ligas profesionales. Pero sabía reírse de sí mismo.

También sabía reírse de los rivales. Su toque de fábrica, la cuchara, era una especie de vaselina suave, a lo Panenka, que sacaba a relucir en los momentos más inoportunos, como una semifinal de Eurocopa. Los rivales le temían, y por eso en la siguiente Eurocopa la televisión danesa le puso una cámara de seguimiento durante todo el partido contra su selección, hasta que en un plano le descubrieron escupiendo a su marcador. Que tenía la mecha corta y era fácil de cortocircuitar también era bien sabido, y de eso se aprovecharon. Como un chivato de colegio, le pasaron el vídeo a la UEFA y Francé no volvió a jugar en esa Eurocopa. En su descargo cabe decir que la televisión vikinga omitió los planos en los que el defensa le tocaba los cojones repetidamente. Y lo de los cojones no es una metáfora.

Pese a todo, jugadores imaginativos y simpáticos los hay en todas partes. ¿Por qué Totti, entonces? Porque formaba parte de la mayor contradicción estética de Italia. Los italianos, e Italia en general, aman la belleza. No conozco ningún país o cultura que aprecie más las cosas hermosas. Persiguen la belleza como un fin en sí mismo. Luego lo interpretan de aquella manera y te encuentras un anuncio de alcachofas en conserva con una rubia en tetas (Carciofi Montalbano, por si tienen curiosidad). Pero es innegable que, pese a que su gusto sea discutible, aprecian y admiran lo atractivo. Es la patria del Renacimiento, de la Toscana, de Ferrari y Ducati, de Celentano y la Loren. Y en esto llega el fútbol. Y ponen a sus futbolistas, ya guapos y elegantes cuando el paradigma español era Camacho con entrecejo y piernas peludas, a jugar con el sistema más abominable que vieron los tiempos. Se abonan al cerrojazo, a plantar el autobús en su área y reivindican que un gol no es mérito del delantero: pasa necesariamente por un fallo de la defensa. Y son felices con ello, al menos aparentemente. Y lo reivindican. Pero como en el fondo son unos estetas, se acaban rindiendo en parte y se entregan al fantasista. Siempre suelen tener uno por ahí. Es como el carlista del pueblo de mi madre, que cuentan que solo había uno, y cuando se moría, y no antes, el apodo se le transmitía al hijo. En Italia hay un solo fantasista por generación. Baggio, del Piero, Totti. Una vez juntaron a dos, Riva y Rivera, quizá la pareja más talentosa de la historia del calcio, y todavía hay quien les echa la culpa de haber perdido la final del mundial del 70. Que delante estuviera el considerado como el mejor equipo de la historia no importa. La culpa es de no haber llenado el campo de mulos repartiendo coces.

Lo recordaba el otro día, charlando en la puerta de un bar de copas con una italiana que también había salido a fumar. Le capté el acento romanesco a la legua y la tanteé para descartar que fuera tifosa de la Lazio. Confirmada su filiación, le empecé a dar palique con la excusa del fútbol y descubrí que tan solo conozco los nombres de los jugadores que siguen en el equipo 10 años después. Todavía me gusta que gane la Roma, pero he perdido casi todo el interés por ella. Aunque Totti sigue allí, desoyendo las ofertas millonarias que a lo largo de los años le han hecho los mejores clubs del mundo. De hecho, desconozco si ha vuelto a surgir algún fantasista maldito en Italia, de esos de la estirpe de Garrincha, Gascoigne, De la Peña o Best. Como casi todo últimamente en mi vida, el pasado es un sitio confortable en el que acunarse. No convencí a la italiana para que me acompañara a casa y, al llegar, me puse a abrir cajas que guardo en el altillo del armario hasta encontrar una camiseta de la Roma que compré aquel invierno italiano de hace 10 años. Grana y naranja en una combinación imposible, la más bella del planeta fútbol. Ceñida, como se estilaban por allí entonces. El lunes siguiente me la puse para salir a correr, henchido de orgullo. El roce con la costura del escudo hizo que se me escaldara un pezón. A los dos días me lo unté de vaselina y me la volví a poner. No es la camiseta más cómoda. Pero es la más bonita. Y en la vida, a falta de fidelidades, hay que elegir prioridades.

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