Asuntos de los sueños:

María

Mi profesor de Sociología siempre decía: “No os engañéis, el roce no hace el cariño… hace rozaduras”. Es curioso, me consta que varias alumnas tuvieron rozaduras en sus rodillas tras varias sesiones intensas de tutorías privadas. Supongo que quien avisa no es traidor.

Un trabajo de…

La cuestión es que creo que estoy muy de acuerdo con él. Los sentimientos surgen… o no. Los sentimientos son involuntarios e incontrolables. Por más fuerza que uno haga, no va a crecer un amor donde no había predisposición.

 

Eso es así y la gente debería saberlo. Debería saberlo porque nos volvemos muy, pero que muy, muy, pesados. En serio.

 

Estoy en clase. “Pip”. Suena el móvil. Desvío mi mirada a la mesa entarimada.

 

Pero qué tío más pesado, joder”, pienso sin dejar que en mi expresión se note nada. Hoy toca la guerra de los 100 años. Hasta la historia es más falsa a veces que los anuncios de las maquinillas de afeitar.

 

Dieciocho chavales, nada más y nada menos, llenan mi clase. Y no, no son chavales cualquiera. Son los burros, los repetidores, los que no saben qué hacer con ellos y no quieren juntar con el resto del rebaño por miedo a contagio de estupidez supina.

 

Todos, toditos para mí. La historia les importa una santa mierda. Hoy he confiscado dos móviles y el mío no ha dejado de sonar. Así vamos.

 

De hecho, ha vuelto a sonar. Y dale con el “Pip” de los cojones oye, ¿Pero es que este tío no se cansa?

 

Andrés es muy pesado. Me estresa y lo pago con mis alumnos. ¡A tomar por culo la guerra y el guerro!

 

-        Ejercicios 5, 7 y 10 para el final de la clase.

 

Me siento en mi silla. “¿Cómo he acabado siendo profesora… odiando a los malditos chiquillos y deseando llegar a casa para abrir una lata de cerveza… YO SOLA?”

 

Abro un libro, he de dar ejemplo. Pero entre el libro coloco mi móvil.

 

Miro todos los mensajes. Andrés, mi hermano, Ana. Nada de Carlos. Na-da.

 

Empiezo por lo fácil y mientras estoy respondiendo a mi hermano, me llega otro mensaje de Andrés. “Yo lo mato. Hostia puta, de verdad. En la RAE deberían aceptar su nombre como superlativo de pesado”

 

Al final me decido a leerle.

 

“María”

 

“Mariaaa de la O, que desgraciatia gitana tú eres teniéndolo to’” Me canto por no llorar.

 

De dos minutos después.

 

“Oye, sé que no quieres hablar”

 

“Manda huevos y si lo sabe ¿Para qué demonios me habla?” ¿Veis lo que decía sobre que el roce hace rozaduras? Me está rozando, me está rozando y creo que estoy al límite de estallarle.

 

“Sé que estás con otro -Sí, con Thor en bicicleta. - Sé que ya has tomado una decisión y le has elegido a él. Pero sigues teniéndome aquí, ¿Vale?”

 

Cuando yo digo (Carlos dice) que la raza humana debería pasar unas pruebas de selección para la supervivencia es por algo. Exterminada la selección natural tendríamos que ser nosotros los que pusiéramos remedio a tanto sinsentido.

 

Andrés es mi profesor de yoga. Bueno, lo era. Salimos alguna tarde a tomar algo. Ni besos, ni ojitos, ni caricias, ni nada. Sabe que no me gusta. Lo sabe desde el día en que me dijo “No dejo de pensar en ti” y no le respondí, lo sabe desde que me preguntó “¿Yo te atraigo? ¿Sientes algo por mí?” y le dije que no.

 

Porque yo… yo no siento nada por nadie. No lo sentía, al menos. No lo sé.

 

Empecé con las clases de yoga después de lo de Julián. Debería haber escuchado a mis padres y haber ido a un psicólogo. Pero no quise. No quise hundirme. Me apunté a un gimnasio, a yoga, terminé la carrera de Historia, estudié como una maldita loca y cuando ya no tuve nada que estudiar, nada con lo que emplear la cabeza… me vine en secreto abajo.

 

Las noches eran duras sin él y ya habían pasado cuatro años. Cuatro largos años de lamentos, de ansiedad, de soledad. Cuatro años de dolorosos recuerdos imborrables. De manchar la almohada con lágrimas. De pesadillas.

 

Julián se fue con la mejor de sus sonrisas, yo me quedé con la peor de mis desgracias.

 

Su rostro, dañado y corroído, con ojeras por el oxígeno, sin pelo a penas, la tez amarillenta por los múltiples fallos renales…

 

Y la mejor de sus sonrisas en el último de sus suspiros. Fue una de esas sonrisas reales, que llegan hasta los ojos. Creo que quiso darme ese pequeño último regalo. Que lo último que viese de él fuera que no estaba mal. Pero sí que estaba mal.

Ya han pasado 8 años desde entonces. Me fuerzo a tomar aire, montar una escena en clase es lo menos que necesito. El móvil vibra de nuevo.

 

“Tócame los huevos, Carlos ¿Ahora?” Quiere que nos veamos esta tarde.

 

Lo siento, hoy no. -miro por la ventana y agradezco- Llueve”.

 

Suena el maldito timbre y pido los ejercicios a la clase. Mientras los recojo me doy cuenta de que no he contestado a Andrés y no he leído a Ana. Lo dejo para el coche, allí tendré más tiempo. Recojo todo y salgo como una bala, no paso ni por la sala de los profesores.

 

Tras tirar todo en el maletero, y tomar asiento me fuerzo a coger todo el aire que cabe en mis pulmones.

 

“Andrés, no es el día para fastidios. No quiero más dramas.”

 

Hoy no quiero esto. Hoy quiero mi sofá, mi “Always” de Bon Jovi y mis lágrimas ocultas.

 

Leo a Ana.

 

“Tía, Lucía lo sabe. Me ha dicho que nos veamos después de la academia, que tenemos que hablar”.

 

Suspiro. Se veía venir. La advertí y no puede decirme que no.

 

“Ánimo… supongo.”

 

Consejos. Consejos. Consejos. Damos consejos a los demás como si a nosotros mismos nos fuera de puta madre cuando la realidad es que estamos tan metidos en nuestras mierdas que no sabemos ni para dónde tirar.

 

Mi madre dice que estoy viviendo la juventud que no viví. Quiere que la aproveche y no me prive de nada. Dice que me ve muy alegre. Muy confiada en mí misma. Hasta le pareció bien que entrase en esa web para ligar donde conocí a Carlos.

 

Nadie sabe que, en realidad, visto con seda, pero calzo con esparto. Creen que en mi cabeza todo ha acabado, que todo va bien.

 

“Pregúntale a María, ella es como una adolescente… sabrá que hacer… las adolescentes siempre ligan”

 

No sé qué es peor, si que me vean como una cría hormonada, que crean que soy especialista en el amor, o que sepan la verdad: soy frágil y no tengo autoestima.

 

Arranco el motor y dejo que las calles de Madrid transcurran a mi al rededor. En mi cabeza ya he metido el piloto automático. ¿Nunca habéis conducido y sin saber cómo habéis llegado a vuestra ruta? Yo sí. Casi siempre, de hecho. Cualquier día me mato.

 

En mi piso de mierda, del año de mi abuela, de esta ciudad de mierda, me espera mi perrita Nymeria.

 

Se llama así por Juego de Tronos, pero no os voy a explicar nada sobre esa saga. Es demasiado larga.

 

Salta y da brincos tras verme. Ella al menos me quiere.

 

-        ¿Verdad que sí?, ¿verdad que tú me quieres? -mueve su colita, feliz. - Buena chica.

 

Y ahora que estoy aquí, ¿Qué? Cerveza. Amstel, que el señorito es muy especial. Esto ya os lo he contado, ¿verdad?

 

Me descalzo. Un gozo. Me quito los pantalones. “Oh, al fin en casa”.

 

En el sofá, hago hueco entre los doscientos cojines (la dueña del piso debe tener alguna obsesión con ellos digna de psicólogo sacacuartos)

 

Tomo el teléfono y miro dos veces mi agenda. El número de Julián todavía está ahí.

 

Marco. No, no estoy loca. Salta el buzón. Como desde hace ocho años:

 

Hola, nene. Espero que allá arriba tu día haya sido mejor que el mío ¿Sabes? No soporto a esos chiquillos. Ni soporto a ese instituto. Quiero ser arqueóloga. Para eso estudié. ¿Recuerdas? Era nuestro sueño.”

 

Silencio.

 

Carlos quería verme hoy. Creo que ya he pasado la fase de cría estúpida que pide consejos a su amiga. No, no. En realidad, he pasado ya la fase en la que me doy cuenta de que él no eres tú. Sí, ya sé lo que vas a decirme… ‘Dale una oportunidad, pequeña’. Se la he dado y lo sabes. Es al primero al que se la he dado y todo lo que ha hecho ha sido ignorarme. Creo que durante unos días llegó a gustarme…

 

Lágrimas que comienzan siendo no más grandes que el tamaño del rocío, acaban por fluir cual ríos por mis mejillas.

 

“Te extraño. Cada día. A cada hora. Anhelo el sonido de tu risa. Añoro tu colonia. Añoro la forma en la que tu barba me hacía cosquillitas cuando besabas mi cuerpo. Ya casi ni recuerdo el sonido de tu voz. ¿Era masculina o… tenía tintes frescos? Oh, dios, no sabes cuánto me odio por esto… Nene… te amo, siempre lo haré. Pase lo que pase. Pero ahora… tengo que dejarte…”

 

Silencio otra vez después de colgar. ¿Cuándo se ha hecho de noche?

 

Necesito un abrazo.

Gracias por leernos...

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