Érase una vez:

Un marido sin vocación, de Enrique Jardiel Poncela.

Un otoño -muchos años atrás-, cuando más olían las rosas y mayor sombra daban las acacias, un microbio muy conocido atacó, rudo y voraz, a Ramón Camomila: la furia matrimonial.

Un trabajo de…

 “Siempre empleé la pluma como un insecticida”

Enrique Jardiel Poncela

Un marido sin vocación es un cuento breve del escritor y dramaturgo madrileño Enrique Jardiel Poncela (1901 – 1952) y recopilado, junto con otras narraciones aparecidas en diversas revistas y periódicos, sobre todo en Buen humor y Gutiérrez, durante la década de los años veinte del pasado siglo, en una colección editada en 1938, El libro del convaleciente, agrupados, éste y otros quince, bajo el título común de Ventanilla de cuentos corrientes.

Todos estos relatos, así como prácticamente toda la extensa obra de Jardiel Poncela, rompen con el humor tradicional basado en las sátiras sociales y políticas, suponiendo una renovación literaria dentro del amplio movimiento vanguardista que pretendía hacer del arte una actividad más deshumanizada y menos dramática, buscando su aspecto más lúdico y una relación más autónoma de todo lo que no fuera puramente estético, como promulgaron Gómez de la Serna y tantos otros desengañados de los viejos valores morales y sociales desencadenantes de los desastres que condujeron a la Primera Guerra Mundial, huyendo de las fórmulas del pasado y explorando el humor como medio regeneracionista que desmitificara la realidad e hiciera olvidar las normar sociales vigentes por medio de una literatura, en apariencia, intrascendente.

Un marido sin vocación es, así mismo, un lipograma, es decir, una creación en la que no se ha utilizado alguna letra específica, en este caso la ‘e’, formando parte de una serie de cinco cuentos en los que falta una vocal distinta a cada uno, apareciendo todos ellos en el diario La Voz entre 1926 y 1927.

Jardiel Poncela intenta enganchar al lector desde el principio y conducirlo hacia el desenlace que, como en este caso, suele ser sorpresivo, aunque en otras ocasiones tengan una conclusión más previsible. Otra de sus características es la utilización del paisaje, la cual suele ser somera, anecdótica, degradada y puramente artificial, como podemos apreciar en el inicio del cuento, lo que contribuye a no aportar ninguna nota sentimental de más a la historia. Lo mismo ocurre con la caracterización de los personajes, con lo que consigue un distanciamiento bastante efectivo hacia ellos enfocando toda la atención hacia la trama, lo cual contrasta con sus esmerados desarrollos psicológicos en los personajes de sus novelas, y ya esto se sublima ante los personajes femeninos, donde aparece el Jardiel Poncela cínico e, incluso, misógino, creando seres autómatas vacíos de contenido humano.

El enfoque antisentimental le conduce a una literatura de lo absurdo, en consonancia con los preceptos vanguardistas y lo ya anticipado por el filósofo español José Ortega y Gasset en su La deshumanización del arte, pero que la mirada irónica de Jardiel Poncela lo utiliza para plantear historias cotidianas dentro de un universo inverosímil.

Un marido sin vocación

(Escrito por el autor sin la letra “e”)

Enrique Jardiel Poncela

 

Un otoño -muchos años atrás-, cuando más olían las rosas y mayor sombra daban las acacias, un microbio muy conocido atacó, rudo y voraz, a Ramón Camomila: la furia matrimonial.

-¡Hay un matrimonio próximo, pollos! -advirtió como saludo a su amigo Manolo Romagoso cuando subían juntos al Casino y toparon con los camaradas más íntimos.

-¿Un matrimonio?

-Un matrimonio, sí -corroboró Ramón.

-¿Tuyo?

-Mío.

-¿Con una muchacha?

-¡Claro! ¿Iba a anunciar mi boda con un cazador furtivo?

-¿Y cuándo ocurrirá la cosa?

-Lo ignoro.

-¿Cómo?

-No conozco aún a la novia. Ahora voy a buscarla…

***

Y Ramón Camomila salió como una bala a buscar novia por la ciudad.

A las dos horas conoció a Silvia, una chica algo rubia, algo baja, algo gorda, algo sosa, algo rica y algo idiota; hija única y suscriptora contumaz a La moda y la Casa (publicación para muchachas sin novio).

Y al año, todos los amigos fuimos a la boda. ¡La boda! ¡Bah!… Una boda como todas las bodas: galas blancas, azahar por todos lados, alfombras, música sacra, bimbas, sonrisas, codazos, almohadón para hincar las rodillas los novios y para hincar las rodillas los padrinos; lunch, sandwichs duros como un fiscal…

Al onzavo sandwich hubo una fuga súbita por la sacristía y un auto pasó raudo, y unos gritos brotaron:

-¡Adiós! ¡Adiós! ¡Vivan los novios! ¡Vivaaan!

Y los amigos cogimos otro sandwich -dozavo- y otra copita. Y allí acabó la cosa.

***

Mas, para Ramón Camomila, la cosa no había acabado allí…

Al contrario: allí daba principio.

Y al subir con su novia al auto fugitivo, vio claro, vio clarísimo: ni amaba a Silvia, ni notaba inclinación ninguna al matrimonio, ni sintió su alma con la vocación más mínima por construir un hogar dichoso.

-¡Soy un idiota! -murmuró Ramón-. No valgo para marido, y lo noto cuando ya soy ciudadano casado…

Y corroboró rabioso:

-¡Soy un idiota!

Silvia, arrinconada junto a Ramón, bajaba los ojos con rubor, y al bajar los ojos subía dos mil grados la rabia masculina.

-¡Dios mío! -gruñía Ramón mirándola-. ¡Casado! ¡Casado con una niña insulsa como unas natillas!… No hay ya salvación para mí…, ¡no la hay!

Incapaz para dominar su irritación, dirigió unas palabras durísimas a Silvia.

-¡Prohibido fingir rubor y mirar a la alfombra! -gritó. (Silvia miró al parabrisas con infantil docilidad).

Y Ramón añadió para su sayo, alumbrado por una brusca solución:

-Voy a lograr su odio. Voy a obligarla a suplicar un divorcio rápido. Poco valgo si no logro inspirarla asco con cuatro o cinco burradas a cual más disparatada…

Y tal solución tranquilizó mucho a su alma.

Por lo pronto, al subir a la fotografía (visita clásica tras una boda), Ramón hizo la burrada inicial. Un fotógrafo modoso y finísimo abordó a Ramón y a Silvia.

-Grupo nupcial, ¿no? -indagó.

-Sí -dijo Ramón. Y añadió-: Con una variación.

-¿Cuál?

-La sustitución más original vista hasta ahora… Novio por fotógrafo. Hoy hago yo la foto… ¡Viva la originalidad!

Y Ramón aproximó la máquina y advirtió al asombrado fotógrafo:

-¡Vamos! Coja por la mano a la novia y sonría con ilusión. La cara más alta… ¡Cuidado! ¡Así!… ¡Ya!

Ramón tiró la placa, y a continuación obligó al pago al fotógrafo; guardó los duros y salió con Silvia orondo y dichoso.

-¡Al auto! -mandó. (Silvia ahora iba llorando)-. ¡La cosa marcha! -susurró Ramón.

***

Al otro día trasladaban sus organismos a Irún. (Lo clásico, asimismo, tras una boda.)

Ramón no quiso subir al vagón con Silvia.

-Yo viajo con los maquinistas -anunció-. Voy a la locomotora… ¡Hasta la vista!

Y subió a la locomotora, y ocupó su actividad ayudando a partir carbón. Al arribar a Irún había adquirido un magnífico color antracita.

***

Ya allí, compró sus harapos a un sordomudo andrajoso, vistió los harapos y marchó a la fonda a buscar a Silvia.

Y tocado con las ropas andrajosas anduvo por Irún, acompañando a Silvia y cogido a su brazo mórbido y distinguido. Nutrido público los miraba al pasar, asombrado.

Silvia sufría cada día más.

-¡La cosa marcha! ¡La cosa marcha! -murmuraba todavía Ramón-. Pronto rogará Silvia un divorcio total. Sigamos con las burradas. Sigamos con la droga antimatrimonial, multiplicando la dosis.

***

Ramón vistió a continuación sus fracs más maravillosos, y al pisar un salón, un dancing u otro lugar público acompañado por Silvia, imitaba a los criados, y con un paño al brazo acudía solícito a todas las llamadas.

Una mañana pintó sus párpados con barniz rojo.

***

Por fin lo trasladaron al manicomio.

Y Ramón asistió a su propia dicha: su contrato matrimonial yacía roto y vivía imposibilitado para otra boda con otra Silvia…

FIN

Gracias por leernos...

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