Érase una vez:

Ante la Ley, de Franz Kafka.

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

Un trabajo de…

“Ante la Ley” (“Vor dem Geset”) es una parábola creada por el inmortal escritor checo Franz Kafka e incluida en su libro “El proceso”, aunque publicada con anterioridad en el semanario judío independiente “Selbswehr” el 7 de septiembre de 1915.

La historia trata de un hombre sencillo que se presenta ante la puerta donde habita la Ley pretendiendo conocerla, sin embargo, un portero se lo impide y le avisa de que, aún si a su pesar lograse entrar, dentro se encontraría con más porteros que no le dejarían pasar, en cambio, si es paciente y espera, tal vez, algún día, lo lograría… pero el final os lo dejo para que lo descubráis.

Como ya he mencionado más arriba, este texto es una parábola porque pretende transmitir una enseñanza, pero, al mismo tiempo, se nos plantean algunos interrogantes, como, por ejemplo, por qué el hombre no se rebela contra la prohibición y entra a la fuerza, ¿por miedo?, ¿cobardía?, ¿sumisión?... Aunque, quizá, en ese dejar pasar el tiempo sin tomar ninguna decisión quiso reflejar Kafka que el mayor obstáculo que todos tenemos para realizarnos seamos nosotros mismos.

El narrador se mantiene a distancia de los personajes, como si fuera un simple espectador, por ello, al nos ser omnisciente, no conoce sus pensamientos, ni sus sentimientos ni, tan siquiera, es capaz de predecir el final.

El texto es muy corto, pero el tiempo del relato es toda la vida de ese hombre, lo cual es de suma importancia, ya que el autor, con este nuevo recurso, nos deja bien claro que el problema que nos plantea no es puntual ni momentáneo, sino que es una búsqueda larga, muy larga.

Por otro lado, no dice nada clarificador sobre el espacio, solo que están ante una puerta, pero ese dato no nos permite situarnos en ningún lugar determinado, sin embargo, el hecho de que el guardián vista un abrigo de pieles sugiere la frialdad de la zona. ¿Habita la Ley en espacios fríos?...

Y el tiempo pasa y el campesino espera pacientemente a ser recibido por la Ley porque el portero le ha dado esperanzas de que algún día pudiera ser, y se limita a hacerle preguntas que no le llevan a ninguna parte, por lo que, más adelante, pasa al soborno, lo cual no deja de ser una contradicción para una persona que quiere conocer a la Ley, aunque, en manos de Kafka, este detalle es bastante definitorio de la condición humana, y más cuando vemos que el guardián los acepta y no ocurre nada, ni malo, ni bueno.

Pero al final el hombre da con la pregunta correcta, la debió hacer desde el principio, aunque entonces ya es demasiado tarde.

Una enseñanza de esta parábola es que los objetivos están ahí para ser logrados, pero no hay que esperar a que ellos vengan a nosotros, sino que debemos ir hacia ellos. La pasividad no logra metas.

Franz Kafka (1883 – 1924) nació en Praga, la capital de la actual República Checa, y murió en Kierling, Austria. Creció en una familia judía de clase media. Estudió Derecho en la Universidad de su ciudad natal y luego trabajó como corredor de seguros y escribía por las tardes, aunque un año antes de morir se trasladó a Berlín con la intención de dedicarse por entero a la literatura.

Para su corta vida, su corpus creativo es bastante amplio, siendo su relato más popular es “La metamorfosis” (1912), aunque también se pueden destacar varias obras como, “La condena” (1913), En la colonia penitenciaria (1919), “El proceso” (1915), “El castillo” (1922) o la inconclusa “El desaparecido”, así como varios volúmenes de cuentos y multitud de otros escritos y relatos aparecidos en revistas o guardados en su hogar. También es importante su correspondencia agrupada en varios tomos, entre los que sobresale “Carta al padre” (1919).

Ante la ley

Franz Kafka

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

—Tal vez —dice el centinela— pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

—Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia, el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

—Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián.

Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

—¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

—Todos se esfuerzan por llegar a la Ley —dice el hombre—; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

—Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti.  Ahora voy a cerrarla.

Gracias por leernos...

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