Pesadillas:

Frankenstein o el noderno Prometeo, de Mary Shelley

En el desapacible veranos de 1816, cerca de Ginabra, un grupo de viajeros ingleses entretenía las lluviosas tardes alpinas leyendo relatos de terror en la famosa Villa Diodati. Mary Shelley, con apenas dieciocho años, concibió una historia aterradora y maravillosa: Frankenstein.

Un trabajo de… 

EL COMIENZO

Es un lánguido atardecer de finales de junio de 1816 húmedo y frío. Desde el ventanal de la salita deberían verse las flores del frondoso jardín que rodea la Villa Belle Rive, pero es imposible. Esta bella mansión, a la que Byron cambiaría el nombre en honor a sus dueños, la familia Diodati, un conocido traductor italiano, se levanta en una verde ladera desde donde los ojos suelen ser espectadores de un hermoso panorama, aunque hoy, al igual que ocurre con las flores, tampoco se perciben las cercanas estribaciones de los Alpes suizos, ni las, en otro momento, tranquilas aguas del lago Lemán que se extiende a sus pies. En el exterior todo es oscuridad, salvo cuando algún rayo la desgarra iluminando las gotas de lluvia que van cayendo en frenética danza al vaivén del viento helado…

Es un lánguido atardecer de finales de junio de 1816 desapacible. Los rayos del sol deberían pintar de oro las cumbres y de rojo el cielo, reflejándose en destellos sobre la superficie del lago, sin embargo, el único ocaso que se observa es producido por el candente púrpura que reviste los troncos crepitantes devorados por las llamas del hogar, alrededor del cual se agrupan cinco personas buscando refugio en el calor, tanto del fuego, como de la amistad, para huir de las inclemencias de aquel año sin verano, cuando, a causa de la erupción del volcán Tambora y la emisión a la atmósfera de sus nubes de gases tóxicos, descendió la temperatura de la Tierra en varios grados.

Byron, Polidori, Mary, Percy y Clare

Estas cinco personas, que se agrupan alrededor de la chimenea situada en aquella mansión del pueblo suizo de Cologny, han llegado hasta aquí por diversas causas: George Gordon Byron, Sexto Barón Byron, más conocido como Lord Byron, viene escapando de las deudas que le oprimen en Inglaterra, del escándalo surgido tras la separación de su esposa y de los crecientes rumores sobre sus devaneos amorosos con su media hermana Augusta. Ha viajado hasta Ginebra con John William Polidori, un joven médico y escritor inglés, quien siente una gran admiración por el poeta, lo cual no le ha desanimado a la hora de aceptar el encargo, por parte del editor de aquél, de espiar todos los pasos de su amigo a cambio de quinientas libras. Esta amistad no superará los límites de aquel verano.

Ambos, al poco de llegar a estas tierras, conocen a Percy Bysshe Shelley, una de las mayores glorias en la poesía romántica británica, hombre radical tanto en sus escritos como en sus opiniones sociales y, sobre todo, en la política, cuya afiliación progresista le acercó a quien sería su suegro, el filósofo William Godwin, al mismo tiempo que le impidió poder editar sus poemas considerados blasfemos y sediciosos. Con éste viajan Clara Mary Jane Clairmont y su hermanastra, Mary Wollstonecraft Godwin. La primera, amante de Byron está embarazada de la única hija del escritor, Allegra, y es ella quien ha forzado a Percy y Mary a realizar este desplazamiento hasta Suiza con la oculta intención de estar cerca de Byron. La segunda, de apenas dieciocho años, es amante de Percy y futura señora Shelley.

El inusual clima frío y tormentoso para esta época del año los ha mantenido, durante varios días, en el interior de la Villa Diodati leyendo, entre otros textos, la antología francesa de historias de fantasmas alemanas conocida como Fantasmagoriana, y estas narraciones terroríficas provocan una extraña reacción de Shelley ante, lo que él denomina, una visión, inspirando a Byron a proponerles escribir cada uno su propio cuento de terror. Solo lo llevarían a cabo dos: Polidori, con El Vampiro, y Mary, con Frankenstein o el nuevo Prometeo.

EL AMOR

Mary Godwin y Percy Shelley se conocieron en un viaje a Escocia. Percy era un seguidor de las ideas radicales de Justicia política de William Godwin, como ya se ha indicado anteriormente, quien, además, es el padre de Mary, por lo que al regreso a Inglaterra no le fue difícil visitar con frecuencia el hogar de los Godwin, llegando, incluso, a comprometerse en pagar las deudas contraídas por el patriarca. Todo ello le acarreó un enfrentamiento con su propia familia que le negó el acceso a su patrimonio hasta que no lo heredase, el distanciamiento con su esposa Harriet y el enojo de Godwin por no poder cumplir su promesa. En tales circunstancias, Mary y Percy comenzaron una relación clandestina de citas secretas en el Cementerio de la iglesia de San Pancrás, junto a la tumba de Mary Wollstonecraft, filósofa y defensora de los derechos de la mujer quien, además, era la madre de Mary, muerta al poco de nacer ésta. Sobre la misma tumba de su progenitora, Mary entregó su virginidad a Percy. Ella tenía 17 años y él 22. Cuando le fue comunicada tal relación a William Godwin, la idea romántica que ella tenía sobre su padre como hombre liberal, reformista y comprensivo, se desmoronó por completo. No quedándole otra opción a la pareja que fugarse a Francia, llevándose con ellos en su huida a la hermanastra de Mary, Claire Clairmont, y abandonando a Harriet, la esposa opiómana, y así mismo embarazada de Percy.

Mary pronto tuvo un primer hijo que murió al poco de nacer. Este hecho le afectó de tal manera que comenzó a tener pesadillas con fetos ensangrentados y su madre muerta. Para alejar tales visiones, Mary busca el refugio infructuoso del opio. Cuando viajan a Suiza ya lo hacen acompañados de su segundo hijo, el pequeño Williams, el cual seguirá a su hermano y no resistirá aquel año sin verano.

LA AMISTAD

Percy Shelley y Lord Byron forjaron rápidamente una profunda amistad forjada por la poesía y sus cenas aderezadas con aullidos a la luna, cual hombres lobo, y bebiendo en cráneos humanos o compartiendo pipas de opio, lo cual, al margen de escandalizar a Mary y a Polidori, sirve de distracción para los clientes del Hotel D’Anglaterre, quienes les observan con prismáticos desde la distancia, como una oferta más de atracción turística hostelera. Esta creciente amistad hace brotar los celos de Polidori, que no dudará en atacar, a la menor ocasión, al intruso, incluso en la línea de flotación de la relación con la propia Mary.

Comparten muchas experiencias juntos, como la excursión a los grandes glaciares alpinos que impactarían en gran manera a Mary lo que haría que le llevara a imaginar los paisajes del Antártico, como se puede comprobar en algunos pasajes de su novela. Y de sus cultas conversaciones también sacaría la joven escritora material suficiente para engrosar sus páginas y desbordar su imaginación: los experimentos del naturalista Darwin para revivir anfibios, el fluido vital de la sangre, las teorías de Luigi Galvani sobre los efectos de la electricidad en el cerebro y los músculos, que Andrew Crosse intentó llevar a cabo con cadáveres humanos… Y no digamos del efecto causado por las lecturas de Goethe, de las historias de terror o de los versos de Christabel de Coleridge recitados por Byron bajo la luz de los rayos de la tormenta… No es de extrañar que Mary tuviese pesadillas a partir de esas veladas en las que se le aparecen muertos vivientes que la observan, con sus ojos amarillos, a través de las ventanas de su habitación, mientras Percy y Byron seguían bebiendo en sus calaveras trepanadas y discutiendo de poesía.

EL RELATO

Mary no durmió bien aquella noche. En sus momentos de duermevela se le presentaba la misma pesadilla: “Vi, con los ojos cerrados, pero con una imagen mental muy clara, al estudiante de artes maléficas inclinado sobre la cosa que había logrado reunir. Vi la espantosa monstruosidad de un hombre allí tendida, y luego, por el efecto de alguna maquinaria poderosa, observé que mostraba signos de vida, y se despertaba con los movimientos torpes de un ser medio vivo. Debía ser horroroso, porque absolutamente horrorosos deberían ser todos los intentos humanos de imitar la fabulosa maquinaria del Creador del mundo.”

Esa misma mañana, nada más levantarse, informó a todos que tenía una idea para un relato, sin embargo, todavía se aplazaría su redacción hasta su regreso a Inglaterra, en septiembre de 1816 y, tras la boda con Percy, ahora la señora Mary Shelley se puso manos a la obra, siempre aconsejada y corregida por su flamante esposo quien, en un principio, buscó editor para la misma asegurando que estaba escrita por un joven amigo… Claro, ¿cómo iba a decir que era una creación de una mujer?... Así pues, tras varios rechazos, y varios borradores, apareció la primera edición de Frankenstein o el moderno Prometeo el día uno de enero de 1818, con lo que en este año se cumple su segundo centenario.

De estructura circular, la novela está narrada en todo momento en primera persona, aunque con diferentes voces procedentes de distintos protagonistas, pues si en el inicio y en el final es la de un científico inglés, R. Walton, quien, en sus cartas a su hermana enviadas desde el Ártico ruso hasta Londres, le va contando las desventuras de un viaje de investigación abocado al fracaso por las aguas heladas del Polo Norte, hasta que en su camino se cruza la figura del doctor Frankenstein empeñado en una persecución fatídica del propio ser al que dio vida, a partir de este momento es la voz de este otro joven científico atormentado la que va desgranando su historia terrorífica, angustiosa y sin esperanza, para, justo en el medio, ser la propia del monstruo la emisora de su lamento de desengaño, frustración y sus deseos de venganza. Lo curioso es que, con el tiempo, y por un casual fenómeno de metonimia natural, se ha llegado a denominar al monstruo con el nombre de su creador.

Para estar basada en unas pesadillas e imágenes aterradoras, la narración posee escasos momentos propios del género gótico de horror, acercándose más a la variedad de ciencia ficción o, incluso, a la categoría de novela psicológica o filosófica, surgiéndonos a los lectores innumerables dudas que se quedaron sin respuestas… ¿Pretendía la autora lanzar una reflexión sobre los riesgos que se derivan de la vanidad y la arrogancia humanas?... Al utilizar como subtítulo el nombre del titán que, en su afán de ayudar a los humanos, osó robarles el fuego a los dioses, ¿quería advertirnos Mary de lo peligroso que resulta querer alcanzar los secretos de Dios?... ¿Son la gelidez de la soledad y el remordimiento de la culpa los premios que se consiguen al pretender elevarse por encima de la condición humana?... “Aprende de mí – dice en un momento Víctor Frankenstein, - si no por mis consejos, al menos por mi ejemplo, cuán peligrosa es la adquisición de conocimiento y cuánto más feliz es el hombre que acepta su posición en el mundo, que aquel que aspira a ser más de lo que su naturaleza le permitirá jamás.”

Concluida su lectura, he podido llegar a la conclusión, trágica por inevitable, pues así es la condición humana, de que todos los días, los seres humanos vamos sembrando el mundo de monstruos que acabarán por devorarnos.

Gracias por leernos...

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