Mis amigos los libros:

Patria, de Fernando Aramburu.

El día en que ETA anuncia el abandono de las armas, Bittori se dirige al cementerio para contarle a la tumba de su marido el Txato, asesinado por los terroristas, que ha decidido volver a la casa donde vivieron. ¿Podrá convivir con quienes la acosaron antes y después del atentado que trastocó su vida y la de su familia? ¿Podrá saber quién fue el encapuchado que un día lluvioso mató a su marido, cuando volvía de su empresa de transportes?

Un trabajo de…

Los humanos tenemos  muchas y variadas capacidades, algunas serán buenas, confío, pero de las malas podríamos hablar durante años sin interrupciones, y una de ellas, bastante común, por cierto, es la de prostituir las palabras, los símbolos y los sentimientos, desfigurar la semántica de las cosas, de forma y manera, que se acomode como justificación de los sucesivos errores, aberraciones o delitos que, sistemáticamente, se cometen en nombre de algo y que nos sirven, no simplemente para disculparnos, sino incluso, para ensalzar nuestras miserias a virtudes y nuestras incompetencias a heroicidades. Ese es el caso de la palabra que nos ocupa: “Patria”.

“Patria”, según el Diccionario de la Real Academia Española, tiene dos definiciones:

1ª – Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos.

2ª – Lugar, ciudad o país en que se ha nacido.

Pero luego, sin embargo, tiene otras con significados más complicados, menos claros, incluso, oscuros, pues aprovechándose de esos supuestos “vínculos afectivos”, algún que otro “iluminado” sin escrúpulos, aunque capacitado indudablemente para decir aquello que los demás desean escuchar y prometer lo que sea, se aprovechan del calentón para arrimar las ascuas a sus bolsillos o arrellanarse en poltronas que les suelen venir muy grandes. Y para estos “salva patrias” o “líderes carismáticos” cualquier herramienta que puedan utilizar en beneficio de arreglarse sus armarios es buena: ¿Qué hay que mentir?... se miente; ¿qué hay que robar?... se roba; ¿qué hay declarar una guerra?... se declara; ¿qué hay que matar?... se mata. ¡Todo sea por la Patria!... Eso sí, la culpa siempre es del otro, ese ogro o troll al que se le denomina “opresor”.

¿Y el pueblo?, ¿y la gente?, ¿no tienen nada que decir?, ¿no se dan cuenta de tanta falacia?, ¿se acomodan a seguirles el juego sin más?... No es tan fácil, pues es ahí donde entra la labor realizada durante años por los diferentes agentes educativos, esos que tiene muy claro que es más fácil convencer a una multitud desde una tarima que a una persona cara a cara, ya que donde un ser humano individual puede saber discernir entre el bien y el mal, la masa es incapaz de hacerlo y solo va donde el líder les dirige. Y son muchos siglos educando en las diferencias, en la desconfianza en el otro, en el cerrarse sobre sí mismos, en la perversión del pensamiento único, en el desprecio a las otras culturas, en la adoración de trapos y mojones de término, en el victimismo y en el orgullo de dar o quitar vidas por la “patria”.

Realmente, “patria” es un concepto inevitable, ineludible, pues todo ocurre en un lugar y en un tiempo, incluso el hecho de nacer, pero llegados a este punto, también nuestros vecinos son “patria”, ¿o solo cuando piensan igual que yo?... Y si alguien viene de lejos, habla otro idioma, reza a otro dios y come diferentes alimentos, pero trabaja igual que yo, se esfuerza por comunicarse conmigo, paga los mismos impuestos, me echa una mano cuando lo necesito, ¿ese no es “patria”?... Entonces, si un “líder iluminado” me dice que debo matarlo por bien de la “Patria”, ¿debo hacerlo?... ¿Me garantizará eso, acaso, que el “iluminado” de turno no haga lo mismo conmigo algún día?... ¿Dejaré algún día de ser “patria” a pesar de haber “luchado” por la “Patria”?... ¿Y quién decide quién es “patria” y quién no lo es?...

“Patria” es el último libro de Fernando Aramburo, una extensa novela, cuyas 642 páginas se me deslizaron entre los dedos como si fueran agua, pues su lectura me atrapó desde el primer párrafo y ya no pude dejarlo hasta el final. Y esta novela habla de gente normal, dos familias vecinas obligadas a compartir sus existencias en un pueblo de Euskadi a lo largo de uno de esos periodos oscuros que toda sociedad tiene en algún momento de su historia. Pero veamos lo que nos informa su reseña bibliográfica:

“El día en que ETA anuncia el abandono de las armas, Bittori se dirige al cementerio para contarle a la tumba de su marido el Txato, asesinado por los terroristas, que ha decidido volver a la casa donde vivieron. ¿Podrá convivir con quienes la acosaron antes y después del atentado que trastocó su vida y la de su familia? ¿Podrá saber quién fue el encapuchado que un día lluvioso mató a su marido, cuando volvía de su empresa de transportes? Por más que llegue a escondidas, la presencia de Bittori alterará la falsa tranquilidad del pueblo, sobre todo de su vecina Miren, amiga íntima en otro tiempo, y madre de Joxe Mari, un terrorista encarcelado y sospechoso de los peores temores de Bittori. ¿Qué pasó entre esas dos mujeres? ¿Qué ha envenenado la vida de sus hijos y sus maridos tan unidos en el pasado? Con sus desgarros disimulados y sus convicciones inquebrantables, con sus heridas y sus valentías, la historia incandescente de sus vidas antes y después del cráter que fue la muerte del Txato, nos habla de la imposibilidad de olvidar y de la necesidad de perdón en una comunidad rota por el fanatismo político.

Durante este triste periodo dictatorial de un grupo que se autoproclamaban “elegidos”, las palabras se prostituían perdiendo su valor, por lo que solo hablaban las armas y el miedo. Olvidaban que la identidad como pueblo ya la tenían, siempre la han tenido, y que, para defenderla, simplemente debían ejercitarla, mimarla y enriquecerla, y eso no se hace ni con muertes, ni con odio, ni con cerrar las puertas y crear una sociedad atrancada, recelosa, degradándose en sí misma, una sociedad llena de víctimas: los que se creen serlo y los que en verdad lo han sido, una sociedad maniquea donde solo contaban dos grupos sociales: “nosotros” y “los otros”, una sociedad desfigurada donde hacer el gamberro era ejercitarse en la lucha y matar era ser un héroe. Y el resto a disimular, callar y olvidar.

La historia de estas dos familias, amigas desde siempre y enemigas desde el momento que se da el capricho del “conflicto”, no es una invención del autor, sino algo normal en un mundo donde se mira hacia otro lado para no ver, un mundo que, similar a lo ocurrido con los alemanes y los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, se podía vigilar, denunciar, extorsionar y eliminar al vecino. Pero, además del “conflicto”, en la novela se cuenta las diferentes existencias de sus personajes, pues, mientras hay vida, el camino continúa, y éstas son, por sí mismas, pequeñas novelas dentro de la novela.

Lógicamente, un libro de esta envergadura y enfoque puede tener todo tipo de críticas, sin embargo, desde su aparición, las positivas han superado con creces a las negativas. Desde mi punto de vista, pienso que es una buena novela y que cumple con creces las funciones para la que está destinada, y eso a pesar de un final demasiado, quizá, “feliz” y de algunos personajes algo estereotipados, pero su lenguaje es claro, ameno, directo, desarrollándose con agilidad y conduciendo la trama en constante desarrollo refrescado con los saltos temporales que, en vez de complicar la percepción, como ocurre en otros tristes ejemplos, ayudan a mantener el hilo argumental. Los personajes, en su mayoría, son creíbles y, a veces, entrañables por lo humanos, no por su más o menos bondad, sino por su verosimilitud. Llama la atención el frecuente cambio de narrador que, sin embargo, se sigue perfectamente. Y, por último, sobre la historia, nada más que decir, pues creo que ya lo he dejado claro. Ahora cada persona puede tener su propia opinión tan válida, o equivocada, como la mía.

 

Premios:

“Patria”, de Fernando Aramburu, obtuvo, en 2016, el Premio de la Crítica en Narrativa en lengua castellana, y en 2017, el Premio Francisco Umbral, de Libro del Año.

DESCARGAD EL PRIMER CAPÍTULO

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Zaragoza y desde 1985 reside en Alemania. Narrador destacado, es autor de tres volúmenes de relatos y de las novelas Fuegos con limón, Los ojos vacíos, El trompetista del Utopía, Bami sin sombra, Viaje con Clara por Alemania, Años lentos, La Gran Marivián, Ávidas pretensiones y Las letras entornadas. Ha merecido, entre otros, el Premio Euskadi, el Premio Mario Vargas Llosa, el Premio Real Academia Española, el Premio Tusquets Editores de Novela y el Premio Biblioteca Breve.

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