MIS AMIGOS LOS LIBROS: El cuento número trece, de Diane Setterfield, por Ancrugon. Junio / Julio 2014 ítulo

Desde pequeño siempre me han apasionado las historias en las que, una vez metes la cabeza, ya no hay forma de salir. A través mi ventana, esa ventana que siempre me ha acompañado a lo largo de mi vida y mediante la cual vivía la vida de los otros, veía el horizonte como algo inalcanzable, sin embargo, cada vez que abría un libro y comenzaba un nuevo camino por él, los horizontes se multiplicaban hasta el infinito y yo podía ser todo lo que jamás sería en la realidad, por ello, mis aventuras preferidas eran aquellas que comenzaban de una forma, pero concluían de otra manera totalmente insospechada y yo tenía que formar parte activa de ellas, internarme por su bosque de palabras y encontrar las respuestas por mí mismo. Y así, por los pasillos del laberinto divagaba desde mi rincón hasta descubrir la verdad… Desde pequeño y hasta ahora… y más allá…

De esta forma, cuando hace unos pocos años tuve la ocasión de leer El cuento número 13 me rendí con mucha facilidad y sin resistencia a su hechizo; fue sencillo pues Diane Setterfield me presentó uno de mis platos preferidos de novela gótica de suspense, cocinando a fuego lento los mejores manjares a base de enigmas, fantasmas, mansiones destruidas, jardines misteriosos, inviernos eternos y oscuros, lluvia y nieve, bosques impenetrables, secretos familiares y libros, libros, muchos libros…, pues aunque El cuento número 13 es una historia de profundo amor, el personaje principal de ella es la niebla constante que borra la realidad de la ficción gracias a la habilidad de su autora en el manejo de las palabras.

La novela se estructura, por un lado, entre el pasado y el presente de sus personajes con saltos constantes entre uno y otro tiempo, pero siendo fácil para el lector saber en qué momento se encuentra, y por otro lado entre dos historias paralelas, la de Margaret Lea, una joven biógrafa aficionada inmersa en su exploración del pretérito de la familia Angelfield / March, y la que le va contando la escritora Vida Winter con el reto de saber si es cierta o no. Ambas se entrelazan y se ramifican con las de los personajes secundarios y todo ello narrado en primera persona desde el punto de vista de los diferentes narradores: Margaret Lea, Vida Winter o Hester Barrow.

En su lectura podemos descubrir distintos temas, por ejemplo la muerte, que es explorada a lo largo de toda la novela partiendo de la hermana gemela de Margaret y llegando hasta la misma Vida Winter, llevándose entre ambas la existencia de una gran cantidad de personajes, y es que la muerte es esencial en una historia como ésta que transcurre durante un largo periodo de tiempo y, sobre todo, porque con cada partida se da comienzo a un nuevo camino. Por otro lado encontramos que la identidad podría ser considerada como el tema principal pues muchos de sus personajes viven constantemente obsesionados con la búsqueda de sí mismos o de esa otra parte de ellos que se perdió irremisiblemente y sin embargo les es necesaria para sentirse completos. Y no debemos olvidarnos de la pérdida, algo que también es recurrente en la historia y se vincula estrechamente con el sentimiento de la identidad ya que todos han ido perdiendo a seres queridos durante sus vidas y el sentimiento de soledad se acrecienta a causa de ello, lo que nos lleva hacia una de las metas más buscadas a lo largo de todos los capítulos, la reconciliación, dejándonos patente otro de los temas de mayor importancia, la soledad, el aislamiento, tanto físico, espacial, como espiritual o temporal. Y todo ello a causa de la creencia de que los gemelos son dos mitades de una misma realidad, siendo uno de ellos la parte buena y el otro la mala, y que los dos juntos se contrarrestan y complementa, pero por separado, apartados el uno del otro, puede generar un trauma doloroso con consecuencias insospechadas.

Llama la atención que en El cuento número 13 se haga constante referencia a Jane Eyre, pero cuando vamos avanzando en la lectura descubrimos que eso no es algo accidental sino que ambas novelas están estrechamente conectadas, pues muchos de sus personajes son como extensiones de los otros y sus sombras se van arrastrando por sus páginas como si entre ambas novelas existiera una relación de hermandad, sin llegar a ser gemelas…

El cuento número 13 es una reminiscencia de las novelas clásicas británicas, al estilo de Cumbres borrascosas o Jane Eyre, y en ella no falta ninguno de los elementos típicos de aquellas como las noches de tormenta, los húmedos páramos, el romance o la tragedia, por lo que se podría especular que esta novela es, en cierto modo, un homenaje a aquellas grandes obras de la literatura universal. Uno de sus mayores encantos es que pretende mantener la creencia romántica del poder de los libros y de su lectura, y nos encontramos con un personaje central que se pierde dentro de una historia hasta llegar a formar parte de ella… Lógicamente no lo podemos catalogar como un libro realista, pero tampoco llega a ser un cuento de hadas, y el problema planteado es totalmente intemporal.

El título del libro se deriva, en la ficción, de una colección de relatos cortos sobre la vida de Vida Winter titulado Trece Cuentos de Cambio y Desesperación, la cual se supone que debería contener trece historias cortas, sin embargo solamente se compone de doce. Aunque ese título fue adecuadamente enmendado en su momento y la portada reimpresa con el título sencillo de Cuentos de Cambio y Desesperación, un pequeño número de libros se vendieron con el título original. Muchos de los seguidores de la señorita Winter consideraron la omisión de la décimo tercera historia como un misterio encantador, y todos querían descubrir las respuestas a él. Este es el caso de la protagonista, Margaret Lea, la joven librera y biógrafa aficionada que es elegida por Vida Winter para descubrirle su verdadera historia… Y así da comienzo una apasionante aventura en busca de la verdad que deleitará a quien se deje atrapar entre sus páginas.

LECTURA DEL PRIMER CAPÍTULO DEL LIBRO:

La carta

Era noviembre. Aunque todavía no era tarde, el cielo estaba oscuro cuando doblé por Laundress Passage. Papá había terminado el trabajo del día, apagado las luces de la tienda y cerrado los postigos; no obstante, para que yo no entrara en casa a oscuras, había dejado encendida la luz de la escalera que subía hasta el piso. A través del cristal de la puerta un rectángulo blanquecino de luz se proyectaba sobre la acera húmeda, y fue mientras me hallaba en ese rectángulo, a punto de dar vuelta a la llave en la cerradura, cuando vi la carta. Otro rectángulo blanco, justo en el quinto peldaño empezando por abajo, donde no pudiera pasarme inadvertida.

Cerré la puerta y dejé la llave de la tienda en el lugar acostumbrado, detrás de los Principios avanzados de geometría, de Bailey. Pobre Bailey. Nadie se ha interesado por su libro gordo y gris en treinta años. A veces me pregunto qué piensa de su papel de custodio de las llaves de la librería. Dudo mucho que sea el destino que tenía pensado para la obra maestra que tardó veinte años en escribir.

Una carta para mí. Todo un acontecimiento. La dirección del sobre de esquinas crujientes, hinchado por los gruesos pliegues de su contenido, estaba escrita con una letra que seguramente había dado algún quebradero de cabeza al cartero. Si bien el estilo de la caligrafía era desusado, con las mayúsculas excesivamente adornadas y recargadas florituras, mi primera impresión fue que la había escrito un niño. Las letras parecían balbucientes. Los irregulares trazos se desvanecían en la nada o dejaban una profunda marca en el papel. Las letras que componían mi nombre no daban sensación de fluidez. Habían sido trazadas separadamente — M A R G A R E T L E A — , como si cada una de ellas constituyera una nueva y colosal empresa. Pero yo no conocía a ningún niño. Fue entonces cuando pensé: «Es la letra de una persona enferma».

Me embargó una sensación extraña. Hacía uno o dos días, mientras estaba haciendo mis tareas con calma y en privado, un desconocido — un extraño— se había tomado el trabajo de escribir mi nombre en ese sobre. ¿Quién era esa persona que había estado pensando en mí sin que yo hubiera albergado la más mínima sospecha?

Todavía con el abrigo y el sombrero puestos, me dejé caer en un peldaño de la escalera para leer la carta. (Nunca leo sin antes estar segura de que me hallo en una posición estable. Conservo esta costumbre desde que tenía siete años, cuando, sentada sobre un muro alto leyendo Los niños del agua, tan cautivada me tenía la descripción de la vida submarina que inconscientemente relajé los músculos. En lugar de flotar en el agua que con tanta nitidez me rodeaba en mi imaginación, caí de bruces al suelo y perdí el conocimiento. Todavía se me nota la cicatriz debajo del flequillo. Leer puede ser peligroso.)

Abrí la carta y saqué media docena de hojas, todas ellas escritas con la misma letra laboriosa. Debido a mi trabajo poseo experiencia en leer manuscritos difíciles. No tiene mucho secreto. Solo se requiere paciencia y práctica. Eso y una buena disposición para educar el ojo interior. Cuando lees un manuscrito dañado por el agua, el fuego, la luz o sencillamente el paso de los años, la mirada necesita estudiar no solo la forma de las letras, sino también otras marcas. La velocidad de la pluma. La presión de la mano sobre el papel. Pausas e intensidad en el ritmo. Hay que relajarse. No pensar en nada. Hasta que finalmente despiertas en un sueño donde eres al mismo tiempo la pluma que vuela sobre la vitela y la vitela misma, y sientes la caricia de la tinta haciéndote cosquillas en la superficie. Es entonces cuando puedes leerlo. La intención del escritor, sus pensamientos, sus titubeos, sus deseos y su significado. Puedes leer con la misma claridad que si fueras la vela que alumbra el papel mientras la pluma se desliza por él.

Esta carta no representaba en absoluto semejante desafío. Comenzaba con un seco «Señorita Lea»; de ahí en adelante, los jeroglíficos se transformaban por sí solos en caracteres, luego en palabras, después en frases.

He aquí lo que leí:

 

En una ocasión concedí una entrevista al Banbury Herald. Debería ponerme a buscarla un día de estos, para la biografía. Me enviaron un tipo extraño. En realidad, solo un muchacho. Alto como un hombre, pero con mofletes de adolescente. Incómodo dentro de su traje nuevo, que era marrón y feo, pensado para un hombre mucho mayor. El cuello, el corte, la tela, todo era desacertado. Era la clase de traje que una madre compraría a su hijo cuando este deja el colegio para incorporarse a su primer empleo, segura de que el muchacho acabará llenándolo. Pero los muchachos no dejan atrás la niñez en cuanto dejan de vestir el uniforme del colegio.

Había algo peculiar en su actitud. Intensidad. Nada más posar mis ojos en él, pensé: «Hummm..., ¿qué habrá venido a buscar?».

No tengo nada en contra de las personas que aman la verdad, salvo el hecho de que resultan ser una compañía tediosa. Mientras no les dé por hablar de la sinceridad y terminen contando embustes — eso, lógicamente, me irrita— y siempre y cuando me dejen tranquila, nunca pretendo hacerles ningún daño.

Mi queja no va dirigida a los amantes de la verdad, sino a la Verdad misma. ¿Qué auxilio, qué consuelo brinda la Verdad en comparación con un relato? ¿Qué tiene de bueno la Verdad a medianoche, en la oscuridad, cuando el viento ruge como un oso en la chimenea? ¿Cuando los relámpagos proyectan sombras en la pared del dormitorio y la lluvia repiquetea en la ventana con sus largas uñas? Nada. Cuando el miedo y el frío hacen de ti una estatua en tu propia cama, no ansíes que la Verdad pura y dura acuda en tu auxilio. Lo que necesitas es el mullido consuelo de un relato. La protección balsámica, adormecedora, de una mentira.

Hay escritores que detestan las entrevistas. Se indignan. Las mismas preguntas de siempre, se quejan. ¿Y qué esperan? Los periodistas son meros gacetilleros. Nosotros, los escritores, escribimos de verdad. El hecho de que ellos hagan siempre las mismas preguntas no significa que tengamos que darles siempre las mismas respuestas, ¿o sí? Bien mirado, nos ganamos la vida inventando historias. Así que concedo docenas de entrevistas al año. Centenares en el transcurso de una vida, pues nunca he creído que el talento deba mantenerse guardado bajo llave, fuera de la vista, para que prospere. Mi talento no es tan frágil como para encogerse frente a los sucios dedos de los reporteros.

Durante los primeros años hacían cualquier cosa para sorprenderme. Indagaban, se presentaban con un retazo de verdad escondido en el bolsillo, lo extraían en el momento oportuno y confiaban en que yo, debido al sobresalto, hablara más de la cuenta. Así que tenía que actuar con tiento. Conducirles poco a poco en la dirección que yo quería, utilizar mi cebo para arrastrarlos suave, imperceptiblemente, hacia una historia más bella que aquella en la que tenían puesto el ojo. Una maniobra delicada. Sus ojos empezaban a brillar y disminuía la fuerza con que sujetaban el pedazo de papel, hasta que les resbalaba de las manos y quedaba ahí, tirado y abandonado en el borde del camino. Nunca fallaba. Sin duda, una buena historia deslumbra mucho más que un pedazo de verdad.

Más adelante, cuando me hice famosa, entrevistar a Vida Winter se convirtió en una suerte de rito de iniciación para los periodistas. Como ya sabían más o menos qué podían esperar, les habría decepcionado marcharse sin una historia. Un recorrido rápido por las preguntas de rigor («¿Cuál es su fuente de inspiración?», «¿Basa sus personajes en gente real?», «¿Qué hay de usted en el personaje principal?»), y cuanto más breves eran mis respuestas, más me lo agradecían. («Mi cabeza», «No», «Nada».) Luego les daba un poco de lo que estaban esperando, aquello que habían venido a buscar en realidad. Una expresión soñadora, expectante, se apoderaba de sus rostros. Como niños a la hora de acostarse. «Y ahora usted, señorita Winter — decían— , cuénteme cosas de usted.»

Y yo contaba historias; historias breves y sencillas, nada del otro mundo. Unos pocos hilos entretejidos en un bonito patrón, un adorno memorable aquí, un par de lentejuelas allá. Meras migajas sacadas del fondo de mi bolsa de retales. Hay muchas más en ella, centenares. Restos de relatos y novelas, tramas que no llegué a terminar, personajes malogrados, escenarios pintorescos a los que nunca encontré una utilidad narrativa. Piezas sueltas que descartaba cuando revisaba el texto. Luego solo es cuestión de limar las orillas, rematar los cabos y ya está. Otra biografía completamente nueva.

Y se marchaban contentos. Apretando la libreta con sus manazas como niños cargados de caramelos al final de una fiesta de cumpleaños. Ya tenían algo que contar a sus nietos. Un día conocí a Vida Winter y me contó una historia.

En fin, el muchacho del Banbury Herald. Me dijo: «Señorita Winter, cuénteme la verdad». ¿Qué clase de petición es esa? He visto a tantas personas tramar toda suerte de estratagemas para hacerme hablar que puedo reconocerlas a un kilómetro de distancia, pero ¿qué era eso? Era ridículo. ¿Qué esperaba ese muchacho?

Una buena pregunta. ¿Qué esperaba? En sus ojos había un brillo febril. Me observaba con detenimiento. Buscando. Explorando. Perseguía algo muy concreto, estaba segura. Tenía la frente húmeda de sudor. Quizá estuviera incubando algo. «Cuénteme la verdad», dijo.

Tuve una sensación extraña por dentro, como si el pasado estuviese cobrando vida. El remolino de una vida anterior revolviendo en mi estómago, generando una marea que crecía dentro de mis venas y lanzaba pequeñas olas frías para lamerme las sienes. Una agitación desagradable. «Cuénteme la verdad.»

Consideré su petición. Le di vueltas en mi cabeza, sopesé las posibles consecuencias. Me inquietaba ese muchacho, con su rostro pálido y sus ojos ardientes.

«De acuerdo», dije.

Una hora más tarde se marchó. Un adiós apagado, distraído, sin una sola mirada atrás.

No le conté la verdad. ¿Cómo iba a hacerlo? Le conté una historia. Una cosita pobre, desnutrida. Sin brillo, sin lentejuelas, únicamente unos pocos retales insulsos y descoloridos toscamente hilvanados y con los bordes deshilachados. La clase de historia que parece extraída de la vida real. O, mejor dicho, de lo que la gente supone que es la vida real, lo cual es muy diferente. No es fácil para alguien de mi talento crear esa clase de historias.

Lo contemplé desde la ventana. Se alejaba por la calle arrastrando los pies, los hombros caídos, la cabeza gacha, y cada paso le suponía un esfuerzo fatigoso. Nada quedaba de su energía, de su empuje, de su brío. Yo había acabado con ellos, pero no tengo toda la culpa. Debería haber sabido que no debía creerme.

No volví a verle.

La sensación, la marea en el estómago, en las sienes, en las yemas de los dedos, me acompañó durante mucho tiempo. Subía y bajaba al recordar las palabras del muchacho. «Cuénteme la verdad.» «No», decía yo una y otra vez. No. Pero la marea se negaba a aquietarse. Me aturdía; peor aún, era un peligro. Al final le propuse un trato. «Todavía no.» Suspiró, se retorció, pero poco a poco se fue calmando. Tanto que prácticamente me olvidé de ella.

Hace tanto tiempo de eso. ¿Treinta años? ¿Cuarenta? Tal vez más. El tiempo pasa más deprisa de lo que creemos.

Últimamente el muchacho me ha estado rondando por la cabeza.

«Cuénteme la verdad.» Y estos días he vuelto a sentir ese extraño remolino interno. Algo está creciendo dentro de mí, dividiéndose y multiplicándose. Puedo notarlo en el estómago, algo redondo y duro, del tamaño de un pomelo. Me roba el aire de los pulmones y me roe la médula de los huesos. El largo letargo lo ha cambiado; de dócil y manejable ha pasado a ser peleón. Rechaza toda negociación, paraliza los debates, exige sus derechos. No acepta un no por respuesta. La verdad, repite una y otra vez, llamando al muchacho, contemplando su espalda mientras se aleja. Luego se vuelve hacia mí, me estruja las tripas, las retuerce. ¿Hicimos un trato, recuerdas?

Ha llegado el momento.

Venga el lunes. Enviaré un coche a la estación de Harrogate para que la recoja del tren que llega a las cuatro y media.

 

VIDA WINTER

 

¿Cuánto tiempo permanecí sentada en la escalera después de leer la carta? No lo sé, porque estaba hechizada. Las palabras tienen algo especial. En manos expertas, manipuladas con destreza, nos convierten en sus prisioneros. Se enredan en nuestros brazos como tela de araña y en cuanto estamos tan embelesados que no podemos movernos, nos perforan la piel, se infiltran en la sangre, adormecen el pensamiento. Y ya dentro de nosotros ejercen su magia. Cuando, transcurrido un buen rato, finalmente desperté, tan solo pude suponer qué había estado sucediendo en las profundidades de mi inconsciencia. ¿Qué me había hecho la carta?

Yo sabía muy poco de Vida Winter. Lógicamente estaba al corriente del surtido de epítetos que solían acompañar su nombre: la escritora más leída de Gran Bretaña; la Dickens de nuestro siglo; la autora viva más famosa del mundo, etcétera. Sabía, desde luego, que era popular, pero aun así, cuando más adelante hice algunas indagaciones, las cifras representaron para mí toda una sorpresa. Cincuenta y seis libros publicados en cincuenta y seis años; sus libros habían sido traducidos a cuarenta y nueve idiomas; la señorita Winter había sido nombrada en veintisiete ocasiones la autora más solicitada en las bibliotecas británicas; existían diecinueve películas basadas en sus novelas. Desde el punto de vista estadístico, la pregunta que generaba más controversia era esta: ¿había vendido o no más ejemplares que la Biblia? La dificultad no radicaba tanto en calcular los libros que había vendido la señorita Winter (una cifra millonaria siempre variable), sino en obtener cifras fidedignas con respecto a la Biblia: independientemente de las creencias de cada cual en la palabra de Dios, los datos relativos a sus ventas eran muy poco fiables. El número que más me había interesado mientras continuaba sentada en la escalera era el veintidós. Era el número de biógrafos que, bien por falta de información o de ánimo, bien por estímulos o amenazas procedentes de la propia señorita Winter, habían arrojado la toalla en su intento de descubrir la verdad sobre ella. Pero aquella tarde yo no sabía nada de eso. Solo conocía una cifra, una cifra que parecía pertinente: ¿cuántos libros de Vida Winter había leído yo, Margaret Lea? Ninguno.

Sentada en la escalera, me estremecí, bostecé y me desperecé. Después de volver en mí, me di cuenta de que mientras estaba abstraída, mis pensamientos habían cambiado de fecha. Rescaté dos detalles en concreto del desatendido limbo de mi memoria.

El primero era una breve escena con mi padre que había tenido lugar en la tienda. Una caja de libros que estamos desembalando, procedente de una liquidación de una biblioteca privada, contiene algunos ejemplares de Vida

Winter. En la librería no nos dedicamos a la novela contemporánea.

— Los llevaré al centro de beneficencia a la hora de comer — digo, dejándolos en un extremo del mostrador.

Pero antes de que termine la mañana tres de los cuatro libros ya no están. Se han vendido. Uno a un sacerdote, otro a un cartógrafo, el tercero a un historiador militar. Los rostros de nuestros clientes — con el aspecto grisáceo y la aureola de satisfacción características del bibliófilo— parecen iluminarse cuando vislumbran los vivos colores de las cubiertas en rústica. Después de comer, cuando ya hemos terminado de desembalar, catalogar y colocar los libros en los estantes, y no tenemos clientes, nos sentamos a leer, como de costumbre. Estamos a finales de otoño, llueve y las ventanas se han empañado. A lo lejos suena el silbido de la estufa de gas; mi padre y yo lo oímos sin oírlo, sentados uno junto al otro pero a kilómetros de distancia, pues estamos enfrascados en nuestros respectivos libros.

— ¿Preparo el té? — le pregunto regresando a la superficie.

No responde.

De todos modos preparo el té y le dejo una taza cerca sobre el mostrador.

Una hora más tarde el té, intacto, ya está frío. Preparo otra tetera y coloco otra taza humeante junto a él, sobre el mostrador. Papá no percibe mis movimientos.

Con delicadeza levanto el libro que sostiene en las manos para ver la cubierta. Es el cuarto libro de Vida Winter. Lo vuelvo a colocar en su posición original y estudio el rostro de mi padre. No me oye. No me ve. Está en otro mundo y yo soy un fantasma.

Ese es el primer recuerdo.

El segundo es una imagen. De medio perfil, tallada a gran escala jugando con las luces y las sombras, una cara se eleva por encima de los viajeros que, empequeñecidos, aguardan debajo. Es solo una fotografía publicitaria pegada a una valla en una estación de tren, pero para mí posee la grandeza imperturbable de las reinas y deidades esculpidas en paredes rocosas por antiguas civilizaciones, olvidadas hace mucho tiempo. Al contemplar el exquisito arco de las cejas, la curva despejada y suave de los pómulos, la línea y las proporciones impecables de la nariz, no puedo dejar de admirar el hecho de que la combinación aleatoria de unos genes humanos llegue a producir algo tan sobrenaturalmente perfecto. Si los arqueólogos del futuro hallaran esos huesos, les parecerían una escultura, un producto de la máxima expresión del empeño artístico y no de las herramientas romas de la naturaleza. La piel que cubre esos extraordinarios huesos posee la luminosidad opaca del alabastro, y parece aún más pálida en contraste con los cuidados rizos y tirabuzones cobrizos dispuestos con suma precisión en torno a las delicadas sienes y por debajo del cuello fuerte y elegante.

Como si este derroche de belleza no fuera suficiente, ahí están los ojos. Intensificados por algún acto de prestidigitación fotográfica hasta un verde nada natural, como el verde de la vidriera de una iglesia, de las esmeraldas o de los caramelos, miran, totalmente inexpresivos, por encima de las cabezas de los viajeros. No sé si ese día el resto de la gente sintió lo mismo que yo al ver la fotografía; ellos habían leído sus libros, de modo que es posible que tuvieran una perspectiva diferente de las cosas. Pero en mi caso, la contemplación de esos enormes ojos verdes enseguida me trajo a la memoria la popular expresión de que los ojos son el espejo del alma. «Esta mujer — recuerdo que pensé mientras miraba fijamente sus ojos verdes y su mirada perdida— no tiene alma.»

La noche en que leí la carta no tenía más información sobre Vida Winter. No era mucho; aunque, pensándolo bien, quizá fuera cuanto se podía saber de ella, pues si bien todo el mundo conocía a Vida Winter — conocía su nombre, conocía su cara, conocía sus libros— , al mismo tiempo nadie la conocía. Tan famosa por sus secretos como por sus historias, Vida Winter era un completo misterio.

Ahora, si debía dar crédito a lo que decía la carta, Vida Winter quería contar la verdad sobre sí misma. Si eso ya era de por sí curioso, más curiosa fue la pregunta que me hice de inmediato: ¿por qué quería contármela a mí?

Gracias por leernos...

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