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Segunda entrega (Capítulos 4 y 5).

Justo ese día hacía ya medio año que llevaba en el hospital. Estaba a punto de finalizar el verano. Era la hora de decir adiós a las noches en vela e insomnio, a las mañanas calurosas en las que tu único aliado era el ventilador, a los besos prohibidos, robados o regalados, a tu amor de verano con el que seguramente habrías pasado horas andando, en la orilla del mar, cogido de su mano.

Un trabajo de…

Ventana con penumbra Ventana con penumbra

CAPÍTULO 4

 

Kyle

Hacía rato que ya me había cansado de recorrer pasillos blancos y deprimentes. Pasillos y habitaciones en los que el destino jugaba contigo, había veces que te robaba la vida, otras que lentamente iba acabando contigo, aunque también unía gente, y otras te otorgaba una segunda oportunidad, como lo había hecho conmigo. Había estado reflexionando un buen rato sobre si sería verdad lo que la gente decía sobre que el destino es algo que está escrito, que no hay manera de cambiarlo. Tras muchas vueltas, había llegado a mi propia conclusión. Pensaba que el destino es una mera palabra, algo que la gente utiliza para echarle la culpa cuando las cosas salen mal y alabarle cuando salen bien. Es esperanza teñida de deseo, es una manera para que la gente no enloquezca al buscar una explicación del porqué ha sucedido de esa manera. Yo mismo había estado a punto de desesperar al buscar una explicación del porqué había vuelto a la vida, hasta que mi madre, en una de sus visitas, nombró al caprichoso destino. Gracias a las visitas que había ido recibiendo, había aprendido cosas de la vida del antiguo Kyle. La primera era que carecía de amigos, y si los tenía, no eran reales, sino un mero título. Pues nadie que compartiera lazos de amistad conmigo había venido a darme su apoyo o a ponerme al día sobre lo que pasaba fuera de aquel fúnebre edificio.

Segunda conclusión a la que había llegado. Mi familia no estaba muy unida. La primera prueba, mi padre no había ido a visitarme ni un solo día de los que llevaba allí, la única vez que me había atrevido a preguntar la razón de su ausencia, mi madre me comentó algo sobre viajes de trabajo y lo ocupado y desbordado que se encontraba.

Aparte de mi madre, la única persona que había venido a verme había sido mi hermano mayor. Se llamaba Zack y acababa de cumplir los 19. Era un chico realmente guapo y todo lo contrario a mí. Era alto y fornido, de tez morena y cabello rubio. Sus ojos eran color miel y su sonrisa deslumbraba. Llevaba gafas y, la vez que había ido a visitarme, vestía una americana negra que combinaba con sus pulcros pantalones. A primera vista, pensé que sería realmente agradable y que tendríamos una buena relación, pero estaba completamente equivocado. Recuerdo aquel día, hace ya algunas semanas, como si fuera ayer. Como de costumbre no recordaba nada de él, así que tuvo que presentarse como los demás. 

- ¿Qué pasa, hermanito? Te veo bien, me alegro porque cuando vuelvas a casa me voy a encargar de borrarte esa idiota sonrisita de la boca. 

Varias veces más me amenazó, insultó y se encargó de dejarme claro el asco que sentía hacia mí.

- Antes de que te vayas, ¿puedo preguntarte qué te hice para que ahora me trates así? - me atreví a preguntar.

- El mero hecho de existir. Te cargaste todo, toda nuestra familia se desvaneció cuando te eligieron. Estábamos mucho mejor sin ti - me contestó, casi escupiendo las palabras, y después, tras dar un sonoro portazo, se marchó.

Cansado ya de recorrer el hospital, me volví a mi habitación. Abrí la puerta, y entré en aquella oscuridad sepulcral que había, a causa de la carencia de luz. Me gustaba, amaba el negro, pues para mí era el color que más expresaba, era el color del que mi alma seguramente estaría teñida. 

Me tumbé en el demasiado blando para mi gusto colchón de hospital y mirando a la nada, me dormí. 

A la mañana siguiente me desperté a causa de los rayos de sol que, para anunciarme el comienzo de un nuevo día, se habían colado, traviesos, por la ventana de mi habitación. Me levanté y pensé "Vamos allá, Kyle, nuevo día, nueva vida". Me vestí con unos vaqueros y una camiseta ancha azul, la verdad es que me alegraba el no tener que llevar siempre aquellos deprimentes trajes de hospital. Mi madre se había encargado de traerme ropa, cosa que realmente agradecía. Me calcé las zapatillas que nos habían dado para ir por el hospital y me dirigí a la cafetería. En la puerta, me paré y empecé a olfatear el aire. Me encantaba pararme y buscar aromas o cualquier cosa que despertara mi sentido. Y es que, el ambiente siempre está teñido, teñido de olores, olores que pintan el aire. Y hay veces que ese aroma, ese olor, se te queda incrustado, y lo guardas con delicadeza, en una cajita de porcelana en tu cabeza, pues ese aroma, ese olor, te recuerda  un momento feliz o vital de tu vida, como la colonia de quien amas, el chocolate que hace tu abuela, pequeñas cosas, que hacen que despierte en ti ese sentimiento de calidad, de ternura...

- Buenos días, Kyle - dijo alguien dándome un leve golpecito en el hombro -  Ayer te estuvimos buscando por todos lados, ¿dónde demonios estabas? ¿En Narnia?

- Buenos días a ti también Manu. Nada, estaba dando una vuelta, ya sabes lo bonito que es el hospital y lo mucho que me gustan los pasillos blancos fúnebres - le dije con sarcasmo haciéndole soltar una carcajada. 

- ¿Qué pasa? ¿Ayer tocó sesión dura o qué?

- Ni te lo imaginas...Pero será mejor que os hable de ello luego, a los dos - dije viendo cómo Celia se acercaba a nosotros con su habitual sonrisa. 

Celia era realmente inteligente, y bastante guapa. Me contó que antes había llevado una larga cabellera marrón tostado que hacía juego con sus enormes ojos verdes. Sus ojos, incrustados en su frágil piel blanca como la leche, eran grandes y tenían un brillo especial. Dentro de ellos, podías ver su inteligente mente, podías ver su audacia, su agilidad... También, se podía observar, cómo esos ojos curiosos brillaban ante la presencia de Manu. Cómo lo contemplaban, como si fuera el mejor tesoro jamás descubierto, con ternura y cariño, con temor a perderle, pero con la seguridad de que viviría mucho más a su lado. Sin duda lo que Celia sentía era algo puro y fuerte, y además sincero. No era difícil notar lo que la joven sentía, solo hacía falta observar, darte cuenta de cómo anteponía las necesidades del moreno antes que las suyas propias, cómo se preocupaba cuando él no comía o cuando simplemente tenía un leve dolor de cabeza, cómo le reía las bromas aunque estas carecieran totalmente de gracia, cómo sus mejillas se coloreaban de rojo cuando él le decía algo bonito, un simple "te ves bien",  pero también se leía la decepción en su cara cuando Manu hablaba de otras chicas. Lo podías ver en sus uñas mordidas, a causa de los nervios cuando Manu se iba a terapia, preocupada por si todo estaría en orden... Pero por lo que había observado, Manu la miraba con cariño, con dulzura, pero no de la misma clase. La miraba como si ella fuera una frágil golondrina que él quería cuidar, como una hermana pequeña por la que daría cualquier cosa. Y es que, aunque la situación hubiese obligado a Celia a madurar y ella tuviese una mentalidad mucho más desarrollada que las chicas de su edad, seguía sin haber dejado del todo atrás la niña. Se podían contemplar aún algunos gestos infantiles, como su manera de saltar los escalones de dos en dos, cómo soltaba grititos, cómo se enfurruñaba cuando la molestábamos y cómo se asustaba y necesitaba esconderse bajo la cama en las noches de tormenta. Era entonces cuando se notaban los casi dos años que había de diferencia entre ellos. Porque, aunque Celia dijese que había un único año de diferencia, era mentira. Celia acababa de cumplir los 14 mientras que Manu cumpliría los 16 en un par de meses, y esos casi dos años, ese espacio de tiempo, de madurez entre ambos era algo difícil de ignorar.

- ¡Hola, Manu! - dijo Celia con su común tono alegre.

- ¡Buenos días, enana! - le dijo Manu y le  acarició la barbilla levemente, como siempre hacía.

- ¡Hombre! ¡El desaparecido! - dijo Celia entonces, dirigiéndose a mí.

- Veo que me habéis echado de menos los dos ¿eh? - les dije con tono de burla.

- ¡Huy, sí! ... ¡Una cosa!... Anda, entremos a desayunar que me muero de hambre, ya nos contarás luego donde te habías metido.

- Las señoras primero - dijo entonces Manu que había abierto la puerta.

- Muchas gracias, caballero - dijo entonces Celia suavemente ruborizada.

- Me refería a Kyle, pero pasa tú también si quieres - dijo y se echó a reír.

- ¡Ja ja, qué gracioso! - le dije fulminándole con la mirada. 

Otra de las cualidades de Manu, era que se escondía tras los chistes, utilizaba las bromas como caparazón para no tener que expresar lo que realmente sentía. Por eso, tampoco estaba seguro de sus sentimientos hacia Celia. Solía actuar como si nada le importara, como si nada le doliese. Solo le había visto derrumbarse una vez. De esto hacía ya un par de semanas, los médicos le habían hecho algunas pruebas y habían informado a él y a sus padres que su estado no mejoraba, que iban a intensificar el tratamiento y que, si éste no mejoraba, seguramente tuvieran que tomar medidas más drásticas y hasta llegar a amputar. Manu padecía osteosarcoma y cada día empeoraba un poco más. Como de costumbre, él se lo había tomado a risa y hasta había bromeado diciendo que si finalmente debían amputarle sería como el pirata Patapalo. Pero, esa noche, tras dejar a Celia en la habitación que se encontraba indispuesta, mientras andábamos hacía mi habitación, se derrumbó. De repente, no pudo contener las lágrimas, la cuerda que sujetaba su máscara de seguridad había acabado cediendo finalmente. 

- ¿Qué sucede? - le pregunté preocupado - ¿Quieres que vaya a buscar a Celia? Ella sabe mejor que yo de esto...

- ¡NO! No quiero que le digas nada a Celia...- me dijo gimoteando.

- Está bien... ¿Puedo saber el por qué? 

- No quiero que se preocupe...Ella ya lo pasa bastante mal... No puedo dejar que lo pase peor por mi culpa, no sería justo cargarla con mis problemas...- dijo mientras las lágrimas no paraban de rodar por sus mejillas. 

- Mira, yo no voy a llamar a Celia y prometo no decirle nada, pero a cambio tú te vas a tranquilizar hasta que lleguemos a mi habitación. Allí vamos a hablar de esto hasta que no necesites desahogarte más. 

No me respondió, simplemente se limitó a secarse la cara con las mangas y a caminar arrastrando los pies hasta mi habitación. Una vez allí, nos sentamos en mi cama y hablamos.

- No quiero, no puedo con más tratamientos, están acabando conmigo. Son demasiado fuertes, hacen que vomite, que mi piel pierda color, que mis ojos dejen de brillar, me hacen sentir auténticamente mal, ¿qué voy a hacer ahora que me van a aumentar las dosis? ¿Y si al final tienen que quitarme la pierna? Con ella se irán mis sueños, mis esperanzas, ¿cómo jugaré a baloncesto? ¿Y si jamás me recupero? Kyle, estoy acabado...- dijo y empezó a llorar, sin miedo, sin vergüenza, lloró con dolor, con sentimiento. - ¿Quién cuidará de Celia cuando yo no esté? - añadió en un susurro.

- No te tienes que preocupar por ello; además, creo que ella sabe cuidarse sola perfectamente. Pero estoy seguro de que te vas a recuperar, que no hará falta medidas tan drásticas como amputar, pero si hace falta hacerlo, ¿qué más da? Encontraras la forma de jugar al baloncesto. Y si no, saldrás adelante como lo haces siempre, porque eres alguien realmente fuerte, eres alguien genial. Y encontrarás un nuevo sueño, una nueva pasión y estoy seguro de que entonces sí que triunfarás. Y pensarás en el día de hoy, y te reirás, y te sentirás orgulloso de haber vencido este bache, ¿de acuerdo?

- Tienes razón - dijo mirándome y volviéndose a secar las lágrimas.

Con dificultad esbozó una sonrisa y se tumbó, hecho una bola, como si así pudiese protegerse del mundo exterior, en mi cama. 

- Y creo que esto deberías hablarlo con Celia...- le aconsejé.

- Celia es genial - dijo con cariño.

-Sí que lo es...

Volví a la realidad, al presente, tras haberme perdido en mis recuerdos. 

- ¿Entramos ya? - me dijo Manu.

- Sí, vamos. 

El desayuno siempre era buffet, ponían cereales, galletas, fruta, leche, zumo y barritas de cereales en una mesa y cogías aquello que te apetecía. Era una manera de devolvernos la libertad que nos había sido arrebatada. Algún día nos sorprendían con tortitas, gofres o huevos con bacon y salchichas. Hoy, era uno de esos días, había una enorme pila de tortitas en la mesa, y a su lado había apilados siropes de distintos sabores. Yo cogí un plato y me serví tres y las acompañé con sirope de chocolate. Celia optó por el de fresa y a Manu le volvía loco el caramelo. Cuando ya todos nos habíamos servido, nos sentamos en nuestra habitual mesa. 

-Bueno, Kyle, empieza a desembuchar, cuéntanos eso que me ibas a contar afuera. - dijo Manu mientras que con ojos golosos extendía bien el caramelo por su preciada comida. 

- Bien, pues mirad...- les relaté todo lo ocurrido sobre el día anterior.

- Está bien, la doctora Cook se pasó un montón - dijo Manu algo molesto. 

- Tiene razón, ¿cómo puede hacerte revivir aquel día? - dijo indignada Celia. 

- Eso no me importa tanto, lo extraño es que cuando me enseñó la imagen de la muchacha, mi corazón dejó de latir, y después se desenfrenó.

Mis piernas flaquearon y mi voz salía entrecortada. 

- Kyle... - dijo Celia mientras miraba a Manu como haciéndole una pregunta mental a la que él asintió con la cabeza - Estás enamorado de esa chica. 

- Lo sé, pero ¿cómo se puede estar enamorado de un recuerdo? ¿De alguien de quien no sabes ni el nombre? ¿De alguien en quien cuando piensas, viene a tu cabeza la imagen de ella besando a otro hombre?

Claros y oscuros Claros y oscuros
Ventana con luz Ventana con luz

CAPÍTULO 5

Kyle

Justo ese día hacía ya medio año que llevaba en el hospital. Estaba a punto de finalizar el verano. Era la hora de decir adiós a las noches en vela e insomnio, a las mañanas calurosas en las que tu único aliado era el ventilador, a los besos prohibidos, robados o regalados, a tu amor de verano con el que seguramente habrías pasado horas andando, en la orilla del mar, cogido de su mano. Adiós a las aventuras, a recorrer lugares en los que jamás habías estado, a las películas en familia y el cremoso sabor del helado. Era hora, de iniciar una nueva etapa, un nuevo curso, era hora de volver a clase. La gente, ahora aprovechaba esos 10 días que les quedaban, para hacer cosas antes de que fuera demasiado tarde, antes de que la presión de los estudios se lo impidiera. Yo miraba por la ventana de mi habitación a la gente que había afuera de aquel hospital, en la calle, viviendo su vida.

- ¡Kyle! Vamos a comer, ¿vienes? - me dijo Celia gritando desde el otro lado de la puerta de mi habitación. 

- Sí, ya voy, un momento que me calzo. - le respondí. 

Abrí la puerta y me encontré a una Celia sonriente agarrada del brazo de un Manu igual. Celia vestía unos vaqueros y una blusa que tenía bordado un unicornio. Como de costumbre llevaba su pañuelo, aunque esta vez era diferente, era verde, el color de la esperanza. Tenía suaves destellos amarillos que recordaban a estrellas. Manu, a diferencia de su colorida acompañante, iba vestido con unos pantalones pirata negros y una camiseta del "Estudiantes". 

- ¡Hola, chicos! - les dije. - Me alegra ver que estás mejor, Manu.

Manu llevaba varios días con arcadas y dolores debido a la intensificación de su tratamiento.

- Sí, la verdad es que hoy me encuentro relativamente bien. Y, además, ayer mis padres vinieron a verme, me dijeron que el médico les había dicho que al fin estaba mejorando. 

- ¡Sí! Qué orgullosa estoy de ti - dijo Celia dando saltitos y abrazando su brazo. Su sonrisa llegaba desde una oreja hasta la otra, como una luna, como una barca. En esos momentos, ella era la personificación de la felicidad en estado puro. 

- Me alegro mucho, tío - le dije dándole un golpe en el hombro. - Eso hay que celebrarlo, ¿eh? 

- Claramente, yo también lo había pensado. ¿Queréis venir a dormir a mi habitación esta noche?

- Por mí genial.

- Pero Manu...Sabes que eso está prohibido. - dijo Celia algo insegura. 

- ¿Y? Las normas están para saltárselas - nos dijo guiñándonos un ojo y comenzó a andar en dirección al comedor. 

Celia y yo le seguimos. Al entrar en el comedor fuimos a nuestros sitios. Uno en uno nos fuimos levantando para pedir nuestra comida y volvernos a sentar de nuevo. Rápidamente acabamos nuestros platos y limpiamos la puerta para salir a la entrada. 

- Ahora ¿qué hacemos? ¿Damos una vuelta?

- Yo casi prefiero ir a mi habitación a dormir un rato, estoy cansado la verdad - dijo Manu algo pálido. pero con su enorme sonrisa habitual. - Luego os veo. 

Y tras decir eso le dio un abrazo a Celia y me revolvió el pelo y se fue corriendo. 

- Si quieres podemos ir un rato a mi habitación, sé que no soy tan divertido como Manu, pero la intención es lo que cuenta. 

- Mmm... ¿otro Manu? No gracias - dijo riendo y nos fuimos a mi habitación.

Al llegar abrí la puerta y ella se sentó en la cama. Mi habitación estaba bastante ordenada, sobre todo en comparación con la de Manu. Mi cama estaba situada al lado de la ventana, el pijama reposaba bajo la almohada y la sábana estaba estirada. Un póster de mi TØP estaba colgado en la cabecera, y había algunos posters más esparcidos por la pared de mis grupos, cantantes, series, famosos y actores favoritos, como Sherlock, Fernando Torres, Cara D'leveinge y muchos más... También, en una maceta, con sus suaves pétalos amarillos, extendidos hacia el sol, buscando sol, calor, la verdad es que yo a menudo pensaba si hacía eso con el propósito de conseguir sentir algo, el girasol que me había traído mi madre.

- Vaya, has recogido tu habitación, la última vez que vinimos esto era una leonera. - me dijo sorprendida. 

-Emm... ¿gracias?

- ¡Jajaja! Un placer, bueno, ¿qué hacemos? - me preguntó.

- No sé, podemos hablar, jugar a algún juego de mesa que me ha traído mi madre, ver una película​ en Netflix...

- Sí, una peli, ¿has visto la de "El club de los incomprendidos"? Es preciosa. - me dijo dando saltitos.

- Pues no se hable más, vamos a verla.

Y tras decir eso saqué mi portátil de mi mesilla y me conecté a Netflix, puse la película y nos tumbamos en mi cama a verla. La verdad es que estaba muy bien, y me hizo pensar. Yo solía sentirme también como un incomprendido, como si no encajase al 100% en ningún lugar, como si nadie realmente me acabase queriendo.

- Oye, ¿te has dormido? - me dijo Celia sacudiéndome el hombro.

- ¡Que va! Estaba pensando. - dije abriendo los ojos. Y era verdad, estaba pensando, solo que mis párpados habían ido bajando lenta e inconscientemente.

- Sí, claro...Lo que tú digas. Al menos ¿te está gustando la peli? 

- La verdad es que me encanta - dije y pude ver de reojo cómo sonreía triunfante.

Después, centre mi mirada en la película, para ver cómo la amiga de la protagonista, la pillaba besándose con el chico del que ambas estaban enamoradas. Y ahí estaba, un desamor, algo propio. Un corazón roto, lágrimas precipitándose por su rostro. Y el sentimiento de traición, de ira, de rabia, de rechazo... Se le veía en la cara, en los ojos, en su forma de caminar y apretar los puños con fuerza al hacerlo. Y pensé, ¿volvería a ver yo a la chica de cabellos rubios que seguramente me había robado el corazón en algún pasado?

- Qué bonito es el amor... ¿no crees? - me dijo Celia ilusionada y sonriente. 

- Yo es que ya no creo en el amor.

- ¿Y eso? ¿Cómo puedes creer eso? - dijo mirándome boquiabierta.

- Bueno, al menos no creo en el amor de película, pero, por ejemplo, soy fan del amor que tenéis tú y Manu. 

Al decir eso vi cómo sus mejillas se encendían, cómo sus manos empezaban a tamborilear nerviosas y cómo abría los ojos. 

- ¿Q-q-ué dices? - me preguntó nerviosa. 

- Mira, entiendo que no me lo quieras contar, que no quieras hablar del tema, pero yo estoy seguro de ver el brillo en tus ojos al verle... - Justo entonces la película finalizó y la musiquilla de los créditos me interrumpió.

Un incómodo silencio tomó lugar en la habitación. 

-Bueno, me voy que dentro de nada es la hora de la visita y va a venir mi madre con mi hermana pequeña. dijo ella al fin, y tras darme un fugaz beso en la mejilla se fue. 

Yo me quedé ahí, tumbado en mi cama, contemplando la nada, inmerso en mis pensamientos. Después de un buen rato, me levanté y me fui al mini-baño que tenía mi habitación. Decidí seguir el ejemplo de Celia y adecentarme un poco para la hora de las visitas. Cogí un peine y con ayuda de un poco de agua, conseguí domar mi despeinado flequillo y hacer que se viese decente. Luego, cogí unos vaqueros oscuros y un polo negro junto con una sudadera del mismo color en la que aparecía un dibujo de la calavera de "Pesadilla antes de Navidad". Consulté la hora en mi móvil, aún quedaba media hora para que llegase mi madre. Iba a guardar el móvil cuando me llegó un mensaje. Presione la pantalla.

Número desconocido: Abre la puerta, Kyle.

Extrañado, releí el mensaje de nuevo, y una vez más, y otra. Cuando ya la confusión y la curiosidad no pudieron más conmigo, abrí la puerta de mi habitación. Y al mirar para los lados, descubrí al final del pasillo una chica de largos cabellos rubios. Se acercó a mí, con paso veloz y decidido. Rozando el suelo con las puntas de sus zapatos como si se deslizase por una pista de hielo, casi parecía que volase. Cuando finalmente se paró frente a mí, comprobé mis sospechas... Era ella. El corazón me empezó a latir veloz, con fuerza, causando que mis piernas temblaran. La miré y traté de hablar, pero las palabras no salían de mi boca. Allí estaba, frente a mí, iluminándome con su presencia como si de un ángel se tratase. Y, para ser sincero, por un momento pensé que no era real, que lo que se encontraba frente a mí no era más que una alucinación, un desvarío de mi cabeza que me advertía que como no saliese pronto de aquel hospital me iba a acabar volviendo loco. Pero entonces, el suave tacto de su piel, de sus manos al rozar mi cara, al acariciarla con nostalgia me confirmaron que era real, que realmente se encontraba ante mí. Entonces, en sus ojos se encendió una estrella, que luego se convirtió en lágrima destellante, que bajó veloz por sus rosadas mejillas. 

- ¡Hola, Kyle!, te he echado de menos. - me dijo con una voz aterciopelada. Con sus labios color fresa, que daban ganas de probarlos. Seguro que sabían a trozos de nube, a mariposas, a hermosos atardeceres, a la brisa de verano. Seguro que sabían dulces, como los caramelos y las piruletas, como el algodón de azúcar. 

- ¿Q-q-quieres pasar? - le dije tartamudeando. 

Me aparté para dejarla pasar por la puerta. Ella entró, andando con soltura. Yo la seguí y nos sentamos en la cama, uno frente al otro. Me quedé mirándola. Era más guapa de lo que recordaba, traté de no mirarla fijamente a los ojos, pues sabía que si lo hacía me perdería en su azul celeste. Se había recogido el pelo de su larga melena en una alta cola de caballo, y eso hacía que se pudiese contemplar mejor el contorno de su cara. Tenía unos suaves pómulos que acababan en una fina barbilla. Vestía una blusa azul que resaltaba sus ojos y unos vaqueros que le llegaban por la pantorrilla. Se había maquillado, poco, pero, aún así, se la notaba el rímel y el brillo de labios.

- ¿A qué has venido? - me atreví a preguntarle finalmente. 

- Sé que debes de estar enfadado...

-Pues la verdad es que en los seis meses que llevo aquí podrías haber venido a visitarme algún día. - le dije con frialdad y con cada palabra que pronunciaba notaba como mi corazón se estremecía de dolor. 

- Tienes razón, pero me daba miedo venir. Sentía vergüenza sobre lo que había hecho, y me ha costado verme capaz de poder mirarte a la cara. Pues, sé que todo esto es culpa mía, si no fuera por mí no estarías aquí... - dijo y realmente parecía que lo decía con dolor. - Sé que seguramente no recuerdes lo que pasó aquel día, sé que seguramente no recuerdes ni mi nombre, pero quería venir aquí para disculparme por lo que hice, para poder conseguir tu perdón y de ese modo callar mi conciencia de una vez.

Su disculpa hizo que se me quitase la máscara de frialdad e indiferencia. Y me entraron ganas de abrazarla y perdonarla, pero debía serle fiel a mis principios. 

- Mira, tu disculpa suena sincera, así que lo voy a pensar. Entiende que no puedo perdonar el que no hayas mostrado ningún interés en medio año por mí...

- No, eso no es lo que quiero que me perdones. ¿En serio no te acuerdas?

- No.

- Bueno, está bien, piénsalo y mándame un mensaje, necesito irme - dijo y salió huyendo, como tantos otros habían hecho al darse cuenta de que para mí ya no eran nadie.

Gracias por leernos...

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