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Primera entrega (Prólogo y capítulos 1, 2 y 3).

Y miró la foto con lágrimas en los ojos. Dos rostros felices, dos jóvenes enamorados o eso pensaba él. Cerró los ojos y el recuerdo le vino a la mente… quizás en un tiempo no le dolería tanto, quizás la herida acabaría sanando, quizás algún día su corazón acabaría cicatrizando y podría volver a amar. Aunque... pensándolo bien... ¿de qué sirve amar? Entregas el poder a alguien de destruirte, dos palabras pueden herirte más que una daga. Y él, él estaba cansado. Cansado de ser siempre el que amara más, cansado de ser el que se preocupara, cansado de entregar siempre todo sin nada a cambio.

Un trabajo de…

Ventana abierta VENTANA ABIERTA, de Carl Vilhelm Holsøe (1863-1935)

PRÓLOGO

 

 

Y miró la foto con lágrimas en los ojos. Dos rostros felices, dos jóvenes enamorados o eso pensaba él. Cerró los ojos y el recuerdo le vino a la mente… quizás en un tiempo no le dolería tanto, quizás la herida acabaría sanando, quizás algún día su corazón acabaría cicatrizando y podría volver a amar. Aunque... pensándolo bien... ¿de qué sirve amar? Entregas el poder a alguien de destruirte, dos palabras pueden herirte más que una daga. Y él, él estaba cansado. Cansado de ser siempre el que amara más, cansado de ser el que se preocupara, cansado de entregar siempre todo sin nada a cambio.

Pasó el dedo por la pantalla y así poder ver la siguiente foto guardada en galería. La cara de una chica apareció, su cabello rubio caía en tirabuzones hasta la altura de su cintura. Sus ojos azules estaban entrecerrados a causa de la enorme sonrisa que tenía en el rostro, incrustada en su pálida piel, adornada con pequeñas pecas que iban desde la nariz hasta sus adorables y rosadas mejillas.

Kyle no pudo más y arrojó su móvil lejos. No le importaba haberlo roto, ¿de qué le servía un móvil si ya no iba a recibir sus mensajes, sus "te quiero"? Y volvió a ver la imagen en su cabeza, la imagen de la chica de cabellos rubios, la chica a la que amaba, besando, dando un beso apasionado en los labios; pero no era a él a quien besaba, era a otro hombre al que ahora brindaba su amor. Y con esos pensamientos, abrió la ventana y lentamente se subió al marco. Contempló el cielo, de un tono rosado por el atardecer, vio a unos ancianos caminar por la calle, a un gato trepar por un tejado y una bandada de aves volar. Miró una última vez su habitación y susurró sus últimas palabras "lo siento" y tomó la decisión más difícil que había tomado en sus quince años de edad...saltó.

Ante el espejo ANTE EL ESPEJO.Fotografía de Alejandro Hernández

CAPÍTULO 1

 

De repente la luz me cegó y un pitido sonó en mis oídos. "¿Qué está pasando aquí?" Lentamente abrí los ojos y me encontré con una señora de pelo corto castaño y ojos verdes llorosos. A su lado un hombre con espesa barba llena de canas y con apenas cinco pelos en la cabeza me miraba a través de sus gafas abrazado a la señora. Pude contemplar como una lágrima corría por su rostro. Me incorporé un poco y millones de agujas me pincharon por todo el cuerpo. Sentado en lo que supuse que era una cama de hospital la pareja saltó sobre mí y me envolvió en un abrazo.

- ¡Cariño, estás bien! - me dijo la señora, llorando.

- ¡Creíamos que te habíamos perdido para siempre! - me dijo el hombre.

- Sí. Lo siento, pero... ¿quiénes son ustedes? - pregunté confundido.

Pude ver cómo se alejaban de mí temblorosos, cómo sus caras se habían tornado en una mueca de dolor, como si les hubieran pegado un puñetazo en toda la tripa. 

- ¡Qué gracioso eres, sobri! - dijo el señor soltando una risa forzada.

- ¿Sobri? ¿A qué te refieres? - pregunte sin entender lo que me quería decir.

“¿Sobri? ¿Qué era eso?”

- Kyle, ¿no te acuerdas de mí? Soy tu tío Jack - me dijo tan confundido como yo y lleno de inseguridad.

- Ah...Una última pregunta, ¿quién es Kyle? - dije mirando a mi alrededor en busca de alguien llamado así. 

Entonces, la señora no aguanto más y cayó en medio de la sala, desmayada. 

- Kyle, deja ya tu estúpida broma idiota; no tiene gracia. Tu madre se acaba de desmayar, ¡para ya! - gritó Jack mirándome con odio- ¿En qué narices estabas pensando cuando saltaste?

 

Entonces una mujer menuda de cabello rizado, vestida con una bata blanca entró y sacó a rastras a Jack diciéndole que parara de gritar y que yo necesitaba descansar. Otros dos hombres vinieron con una camilla de ruedas y subieron a la señora, aún desmayada y se la llevaron de allí. Yo, me tumbé y cerré los ojos. "¿Qué narices está pasando aquí?" me pregunté mentalmente antes de caer dormido. Desperté y enseguida médicos con batas blancas empezaron a entrar y a hacerme pruebas para ver si veía, andaba, hablaba y respiraba bien. Por lo que pude entender, todo estaba relativamente bien; sólo tenía una pierna rota y tendría que llevar muletas por algún tiempo. 

 

Por último, tocó la prueba más complicada, la prueba que puso a todo el mundo nervioso, tocaba ver los daños mentales que me había causado un supuesto "accidente" del que todo el mundo hablaba, pero del que yo no lograba recordar nada. ¿Tendría que ver con lo que me había dicho aquel señor sobre un salto? ¿Cómo puede un salto cambiar la vida de tantas personas así? ¿Cómo puede generar tanto dolor un simple movimiento? 

 

Una señora que parecía muy agradable me acompañó a una sala de color verde en la que sólo había una mesita con un par de sillones.

- Por favor, toma asiento - me dijo con una voz que enseguida me inspiro confianza. Y señaló uno de los sillones. - Muy bien, comencemos. Dime, ¿cómo te llamas?

- Yo… yo... - pensé un largo rato hasta que finalmente respondí: - Yo no tengo nombre.

- ¿Seguro?

- Creo que si tuviera nombre me acordaría - dije un poco molesto.

- Vale, vale y dime ¿cuántos años tienes?

- Tengo 13 años - respondí convencido.

- Respuesta incorrecta - dijo y me tendió un espejo que sacó de uno de los cajones de la mesa. - Mírate, ¿en serio crees que tu aspecto es el de un chico que apenas ha entrado en la adolescencia?

Miré el reflejo del espejo, un chico de cabello castaño despeinado y grandes ojos verdes me miraba desde ahí. Su piel era morena y su rostro era un óvalo acabado en una suave barbilla. Estaba lleno de golpes, moratones y cortes y tenía una venda que le cubría la frente. Además, al sonreír pude ver que le faltaban dos dientes. Ese era yo. Entonces un nombre vino a mi mente...

-Mi nombre es Kyle, Kyle Lowood - susurré.

-Kyle, eso es genial, ya empiezas a recordar - me dijo la señora muy ilusionada y alegre. 

Cerré los ojos y recordé la ventana, la caída, el dolor que sentí y el alivio al llegar al suelo y estrellarme.

- Quizás sea mejor no recordar... - dije con dolor.

Manos enlazadas MANOS ENLAZADAS

CAPÍTULO 2

 

Kyle

 

Ya llevaba unos pocos meses ingresado en el hospital. Mis heridas más o menos habían sanado todas, me habían puesto dientes falsos en aquellos que me había roto con la caída y ya no me hacía falta andar con muletas o silla de ruedas. Aunque me encontraba más hecho polvo que nunca, me sentía como nuevo. En aquellos meses me había hecho un par de amigos, eran bastante simpáticos, aunque la verdad era que me daban un poco de pena y algunas veces me hacían sentir como un auténtico idiota por haber tratado de poner un punto final a mi vida. Ellos tenían cáncer, Celia siempre llevaba un pañuelo en la cabeza para ocultar los efectos de la quimioterapia. Mientras tanto, Manu lucía su calva orgulloso, con esperanza de que aquello significase estar un poco más cerca de sanar. Con ellos pasaba casi todo el tiempo, excepto en las horas de visita, de revisiones y cuando me tenía que ir con la doctora a la habitación verde. La verdad es que en lo que llevaba allí no había conseguido recordar nada más, solo vagos recuerdos sobre el instituto y mi casa, poco más, nada de verdadero interés. Nos pasábamos horas allí sentados, ella mostrándome fotos de la que había sido mi vida anterior, fotos de personas, lugares, animales... Pero nada, rara vez conseguía poner nombre a lo que me mostraba. 

En esos momentos, me encontraba sentado frente a la doctora Cook como de costumbre. 

- Kyle, hoy quiero que nos centremos en algo un poco más doloroso, hoy quiero que nos centremos en el motivo de tu caída. Si sientes que no estás preparado para hablar de ello o en algún momento quieres parar, dímelo y daré por finalizada la sesión de hoy. 

- Estoy preparado - dije con los puños cerrados y en tensión. 

- Muy bien...empecemos. Kyle, quiero que me cuentes todo lo que recuerdas sobre aquel día, o los anteriores. Quiero que me hables de lo que sentiste al saltar, al volar, lo que sentías antes, quiero que me cuentes todas las sensaciones que tuviste.

Tras decir eso la doctora cogió su cuaderno de tapa morada y su boli azul, como de costumbre. Siempre que hablaba ella iba tomando notas, al principio eso me ponía muy nervioso, pero en los últimos meses ya me había acostumbrado. 

- Pues... - comencé a hablar mientras trataba de recordar todo lo posible. - No recuerdo nada de los días anteriores, ni de aquel propio día. Solo recuerdo pensamientos, sensaciones del momento antes del suicidio. Recuerdo la tristeza que me envolvía, tenía un peso enorme en los hombros del que quería deshacerme. Había perdido el Norte, pero también el Sur; había perdido todas las direcciones capaces de hacerme sentir feliz. Recuerdo pensar "¿qué narices significa la felicidad?" Para mí esa palabra ahora carecía de significado, era una palabra incoherente que no tenía definición en mi diccionario. Recuerdo haber llorado y dejarme los ojos al rojo vivo de tanto frotármelos, recuerdo sentir cómo me faltaba el aire, la sensación de estar ahogándome en mis propios pensamientos. Y, el alivio, el sentimiento de libertad al saltar, aunque era consciente que acabaría muerto o en el hospital, me sentía más vivo que nunca. Saboreé cada segundo con dulzura...

Al acabar de hablar cogí aire y estuvimos un par de minutos en silencio. La verdad, me encontraba cansado de repente, pero a la vez aliviado, como si lo que acabase de decir me hubiera quitado un peso de encima.

- Muy bien Kyle - dijo la doctora Cook después de un buen rato de silencio. - Ahora quiero enseñarte una cosa.

Cogió su bolso y de él sacó una bolsita de plástico. La abrió y sacó de ella un móvil. Era un iPhone 4 y parecía bastante nuevo, aunque tenía las esquinas algo desgastadas.

- Este móvil lo encontramos en tu habitación. Estaba todo lleno de cristales y la pantalla totalmente rota, tuvimos que llevarlo a arreglar porque era imposible tocarlo sin cortarse. Cuando finalmente lo repararon y lo pudimos encender, vimos que lo último que habías hecho con él había sido ver una foto. Esta foto para ser exactos.

Tras decir eso encendió el móvil y me mostró la fotografía de una chica de cabellos rubios y ojos azules. Al ver aquella foto sentí un horrible pinchazo en el pecho, como si alguien me estuviera pegando un puñetazo. Luchaba por reprimir esa sensación de dolor y no dejar que las lágrimas que se me habían formado en los ojos cayeran violentamente por mi rostro. Entonces, como si de rayos se tratasen, vinieron a mi cabeza fugaces recuerdos. Ella y yo, cogidos de la mano, comiendo un helado, en el cine, riéndose, pasándose notitas en el instituto... Y el más doloroso, ella besando con dulzura a otro chico. 

- Yo, estoy cansado, quiero irme. - dije seriamente.

- De acuerdo, quizás sea demasiado pronto para hablar de ello. Mañana tendremos una sesión más relajada, te lo prometo. Anda, descansa y no te entretengas hablando con Celia y Manu, que necesitas dormir y ya nos conocemos.

- Qué poca confianza veo por aquí, me hieres... - dije bromeando y salí de la habitación. Comencé a andar sin rumbo en vez de ir directamente al comedor o a mi habitación, necesitaba aclarar mis ideas y, quería recordar todo lo posible de esa chica, porque había recordado algo muy importante: la amaba.

Joven con pañuelo JOVEN CON PAÑUELO

CAPÍTULO 3

 

Celia

 

Acabada mi cena, esperaba a Manu.  En una semana haría ya un año que había ingresado en aquel hospital; un año desde que había conocido a Manu y nos habíamos hecho inseparables. Aun siendo un año menor, ambos habíamos madurado a la misma velocidad allí dentro; así que la diferencia de edad no se notaba. Contemplé a Manu, su piel morena y sus ojos marrones. Sus ojos, aunque no fueran de un color especial, aunque fuesen de un color común, hacían que se me acelerase el pulso cuando me miraba. No recuerdo cuándo había sobrepasado la fina línea que hay entre la amistad y el amor, cuándo me había empezado a enamorar de él. Solo sabía que aquel sentimiento era puro. Hay quien dice que a los catorce años no te puedes enamorar, pero yo no estaba de acuerdo. Situaciones como las que estábamos viviendo él y yo unían a personas, estar encerrados en el hospital todo el día, con la compañía del otro había hecho que me diese cuenta de que me encantaba su sonrisa, su forma de picarme, sus chistes malos, y su gran pasión por el baloncesto. Manu no era demasiado alto, pero eso no le había supuesto ningún problema a la hora de volverse un buen jugador de aquello que le apasionaba. Desde que había entrado en el hospital, siempre había llevado una pulsera con el nombre de su equipo favorito, "Estudiantes". Se sabía todos los jugadores, los equipos... Más de una vez habíamos ido a nuestro rincón secreto en el tejado del hospital por la noche, y mientras mirábamos las estrellas él hablaba sin parar sobre ese deporte. Manu era un chico realmente fuerte, la verdad es que poca gente habrá como él. Siempre sonreía sin importar lo mal que le hubieran dejado los tratamientos, siempre bromeaba y nunca se quejaba de lo injusta que había sido la vida con él. Yo, en cambio, no hacía otra cosa...

- Celia, ¿nos vamos? - me dijo sacándome de mis pensamientos.

- Sí, claro, si soy yo la que llevo esperándote como media hora. Comes como una tortuga - le dije consiguiendo sacarle una carcajada. 

- Se llama saborear la comida, deberías probarlo alguna vez.

- No, gracias, como me pare a saborear esta comida de hospital, vomito.

- Mm... - dijo pensativo. - Vale; tienes razón. ¿Vamos a buscar a Kyle? No le he visto en toda la tarde, deberíamos ver si está bien.

- Tienes razón, vamos a buscarle. 

- Sabría que te encantaría la idea, cómo se te nota… - me dijo con una sonrisa pícara.

- ¿El qué se me nota? ¿De qué hablas? - dije con voz un poco más aguda por la curiosidad y porque sabía que no me gustaría su respuesta.

- ¿Ves?, ya sabía yo que Kyle te tiene enamoradita...

 

¿Qué? ¿Yo? ¿Enamorada de Kyle? Es verdad que era un chico bastante guapo, muy simpático y tenía un aire misterioso que le otorgaba cierto encanto, pero... ¿cómo iba a gustarme alguien que había tratado de acabar con su vida cuando yo luchaba cada mañana por continuarla?

- ¿Qué pasa? ¿Estás celoso? - le dije levantando una ceja y con aire pícaro.

- ¿Yo? ¡Qué va...! - dijo poniéndose algo rojo, cosa que me pareció adorable.

- Anda, tranquilo, que solo te estaba siguiendo la broma, no es él quien me gusta... - le dije, guiñándole un ojo.

- ¡Ah! ¿Eso es que te gusta alguien? Quiero el nombre ya - dijo dando saltos. - ¿Guille, el que se sienta siempre solo? ¿Arturo, el que nos encontramos en los lavabos hace un rato? ¿Raúl?

 

Y mientras él iba diciendo nombres como si tuviera cinco años, comenzamos a andar por los pasillos de aquel hospital en busca de nuestro amigo. Recorrimos varios pasillos, fuimos a buscarle a su habitación, a los lavabos, a nuestras propias habitaciones para ver si nos estaba esperando... Resultaba raro, ya que últimamente siempre venía para estar con nosotros.

- Quizás no quiere que le encontremos, a lo mejor quiere estar solo- le dije a Manu.

- Tienes razón, lo mejor es que vayamos a una habitación y le esperemos allí. 

- ¿Vamos a tu habitación?

- Vale - dijo y nos dirigimos a su cuarto.

 

Cuando llegamos, él abrió la puerta y nos sentamos en su cama medio desecha. Tenía ropa tirada por todo el suelo, y la basura acumulada se caía por los bordes.

- Eres un desastre, en serio - le dije con una pizca de burla, pero a la vez con un toque de cariño.

- Lo sé, pero es que solo la limpio cuando vienen chicas guapas de visita.

- Yo he venido...

- Exacto, pero es que he dicho guapas - dijo riendo y lanzándome un beso.

- ¿Con qué esas tenemos? - dije y le lancé uno de los almohadones de la cama.

- Acabas de declarar la guerra - me gritó mientras me trataba de dar con otro almohadón. 

Estuvimos un rato así, pegándonos con almohadones hasta que la guerra pasó de una guerra de almohadas a una guerra de cosquillas. Él se abalanzó sobre mí y empezó a pellizcarme por todos lados, causándome ataques de risa.

- Manuuuuu, paraaaaa - le dije.

- Di las palabras mágicas... - me dijo mientras seguía haciéndome cosquillas.

- No. Eso jamás... -dije tratando de coger aire.

- Respuesta incorrecta... -me dijo e intensificó la fuerza de sus pellizcos haciéndome reír el triple.

- Esta b-b-bien - dije cuando pensaba que ya me iba a acabar haciendo pis encima. - M-me r-rindo.

- Creo que no te he oído, repite, por favor. - me exigió con aire de superioridad.

- ¡He dicho que me rindo!

 

Tras decir eso él salto al suelo y comenzó a bailar.

- ¿Quién es el mejor? Manu es el mejor. Chicas de una en una, que hay autógrafos para todas - empezó a pavonearse.

Yo empecé a reír y a dar palmadas. Pero entonces... Manu dejó de reí, dejó de bromear y se sentó en el suelo sujetándose la tripa. Comenzó a toser y a gemir.

- Manu, voy a llamar a una enfermera, no te preocupes no tardo nada. - dije firme, ya había pasado por esta situación otras veces.

- No, por favor... no te vayas, no quiero que te vayas... - me suplicó en un susurro. - Quédate conmigo...

Mi corazón se derritió al oír su suplica. ¿Qué hacía? ¿Utilizar la razón que me aconsejaba hacer oídos sordos a lo que me suplicaba Manu e ir a buscar a la enfermera, o seguir el instinto de mi atolondrado corazón que, como un ruiseñor, batía las alas suavemente y me pedía que le dejase posarse junto a Manu, que le arropara con sus suaves plumas y le cantase baladas de amor con su melodiosa voz? Tras varios segundos de incertidumbre, tomé una decisión. Me acerqué hasta Manu, y le levanté la cabeza con dulzura. Tenía marcadas las venas por la tensión y el dolor en el que estaba sometido, y por su frente rodaban algunas gotas de sudor. Con esfuerzo le moví un poco y le senté en el suelo con la espalda apoyada en la pared. Luego, me senté yo a su lado y me quedé contemplándole. Entonces, suavemente, posó su cabecita en mi hombro, como el rocío de la mañana se desliza lentamente hasta apoyarse en la hierba. No sé si lo hizo por instinto, o por voluntad propia, porque deseaba sentirme cerca, no lo sé. Lo único que sé es que mi corazón dejó de latir un momento para después empezar a bombear sangre a toda velocidad. Con las manos aún algo temblorosas, empecé a acariciarle su cabeza, despacio, con dulzura y me pareció ver que una sonrisa le aparecía en el rostro. Me sentía como una idiota por no haber llamado a la doctora, sabiendo que ésta podría haber callado su dolor con tan solo una medicina, pero, me sentía feliz, la idiota más feliz del mundo, porque, por una vez, yo había sido su cura. Y con esos pensamientos y mi mano, aún trazando suaves líneas y círculos con el dedo sobre la piel de Manu, me dormí.

CONTINUARÁ

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