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Polvo eres, de Nieves Concostrina.

La importancia de muchos hechos y de muchas personas solo radica en la gravedad, seriedad y trascendencia que se les quiera dar, o con las que se les pretenda revestir, pero en el fondo, pocas cosas y escasas gentes superan la prueba del humor. Un buen chiste desnuda muchas falsas túnicas.

Un trabajo de…

Quien diga que en la investigación histórica no hay sentido del humor es que no ha leído nada de Nieves Concostrina, pues la periodista madrileña es capaz de sacarnos una sonrisa, incluso una carcajada, con sus narraciones sobre los más lúgubres momentos dados por los personajes más solemnes y encumbrados del pasado sobre la piel de este mundo, y es que, con su fina ironía, con su certera mordacidad y su brillante ingenio, cualquier hecho histórico, sin perder ni un ápice de veracidad, deja de ser algo trascendental para volverse humano, natural, incluso ridículo, adjetivo que, si no fuera por las trágicas consecuencias que un gran número de ellas tuvieron, se podría adjudicar a la mayoría de las acciones de aquellos “grandes” que, bajo el prisma del humor, no lo fueron tanto.

Y es que la importancia de muchos hechos y de muchas personas solo radica en la gravedad, seriedad y trascendencia que se les quiera dar, o con las que se les pretenda revestir, pero en el fondo, pocas cosas y escasas gentes superan la prueba del humor. Un buen chiste desnuda muchas falsas túnicas.

Este es el caso del libro que nos ocupa: Polvo eres (Peripecias y extravagancias de algunos cadáveres inquietos), sobre el que la propia autora, Nieves Concostrina, afirmó: “Con este libro sólo pretendo demostrar que la muerte [de otros] puede llegar a ser tan interesante, extravagante o divertida como la propia vida. Y que Dios, o quien sea, nos pille confesados”.

Realmente la muerte no hace distinción entre pobres y ricos, poderosos o esclavos, listos o tontos, hombres o mujeres… ella, cuando se empeña, allá va y todo se lo lleva. Pero los humanos somos unos seres bastante peculiares y no podemos dejar nada quieto ni tranquilo, y en este frenético quehacer no respetamos ni el descanso eterno de aquellos que ya se fueron.

Concostrina ha dividido su colección de anécdotas sobre difuntos en siete grupos: Los mandamases, En olor de santidad; Filosofía y letras; Política, galones y aventura; Farándula, rock y deporte; Una de malos y otra de buenos, y Miscelánea.

En el primero nos habla de los botellones fúnebres que se celebraban en la tumba del emperador Nerón, o de que Jaime I el Conquistador parece que tiene más de una cabeza, y digo tiene, en presente, porque el hombre solo tuvo una en vida, o que Carlos II el Hechizado poseía un testículo atrófico, así mismo, otro emperador, Carlos I de España y V de Alemania, no se decidía en dónde ser enterrado y su hijo, Felipe II, estaba obsesionado por coleccionar reliquias, y no digamos de la chapuza de entierro que tuvo el pobre Maximiliano I de México… ¿Sabían que Alfonso XII fue el último rey que murió reinando?, aunque parece que hay una reina por ahí que está empeñada en arrebatarle tal honor. Y a estos les siguen Humberto I de Saboya, Alejandro I de Rusia, Gengis Khan, Cuauhtémoc, el rey azteca con dos tumbas, Napoleón Bonaparte e Inés de Castro, quien fue coronada después de muerta.

En el segundo grupo, como ya habrán deducido, se agrupan beatos y gente de iglesia, y allí nos enteramos hay santos a quienes le sobran huesos, como a San Valentín, de que Franco se pasó la vida pidiendo la mano de Santa Teresa de Jesús, de que San Silvestre no para de sudar, o de que el Obispo Alonso Suárez de la Fuente del Sauce se pasó la friolera de quinientos años sin sepultura, y muchas más cosas sobre San Juan de la Cruz, San Lucas, San Félix, San Celestino V, San Vicente mártir, San Antonio de Padua, Banedicto XIII, el papa Formoso o Juan XXIII.

Si a San Valentín le sobran huesos, al poeta del Renacimiento italiano Giacomo Leopardi, le faltan, y a su colega Francesco Petrarca no lo enterraron con su cabeza sino con la de una mujer… El filósofo Herbert Marcuse no se pasó quinientos años sin descanso después de muerto, como aquel obispo, aunque sí veinticuatro en una estantería, y a René Descartes le subastaron el cráneo… Pero tampoco se quedan atrás el filósofo Jeremy Bentham, ni Pitágoras, ni Pedro Calderón de la Barca, ni Felix Lope de Vega, ni el poeta inglés Percy B. Shelley, ni Anton Chéjov, ni Dante Alighieri, ni Victor Noire, o Edgar Allan Poe, u Oscar Wildar, y mucho menos William Shakespeare… y es que por muy sesudos que hayan sido en vida, una vez muertos, nadie es dueño del destino de sus despojos.

Y si de cabezas se trata, que se lo digan a la de Cromwell, porque de su cuerpo poco se sabe, o si alguien opina que el vino es malo para la salud, que le pregunten al fiambre de Nelson que viajó sumergido en el tinto caldo español. Lo de que el Cid ganó una batalla después de muerto es algo conocido por casi todos los españoles, aunque ahora se dude de que no sea un cuento, pero lo que pocos saben es que el Campeador y su esposa doña Jimena se dieron el gusto de un viajecito por Europa ya en puros huesos. Aunque este apartado no se limita a estos nombres, sino que también aparecen personajes tan ilustres como Ungolino della Gherardesca, Juana de Arco, Gonzalo Fernández de Córdoba, Francisco Pizarro, Francesco I de Medici, James Cook, Antonio López, Rasputín, Pancho Villa, Adolf Hitler, Iosiv Stalin, Juan Domingo Perón o Augusto Pinochet. Como veis, los hay para todos los gustos…

Pero personajes como Molière, Marilyn Monroe, Walt Disney, Groucho Marx, Luis Buñuel, Carlos Gardel, Pedro Infante, Jimi Hendrix, Jim Morrison, Bob Marley, Reyes Vargas, Helenio Herrera o Ted Williams también dieron mucho que hablar tras dejar este mundo, y en muchas ocasiones porque se les adjudicaba hechos o sucesos que no fueron ciertos.

Aunque eso parece bastante común, pues en el siguiente apartado va y nos pone en duda sobre si Billy el Niño no moriría de viejo… si eso fuera así, ¿qué hacemos con todas sus películas?... Y un poco más adelante nos habla de la tumba de Harry Potter… ¿existió de verdad?... o de alguien llamado William Martín que tiene su tumba, pero que nunca existió… Para perder la chaveta…

Y concluye Concostrina su libro con lo que llama Miscelánea, es decir, de todo un poco, relacionado con la muerte, tumbas, cementerios, etcétera, cosas curiosas e inesperadas que ponen a prueba nuestra curiosidad con esquelas asombrosas, gazapos funerarios o divorcios póstumos, entre otras cosas…

Gracias por leernos...

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