ESPEJOS A RAS DE SUELO: Capaces y competentes.

Un trabajo de… 

Aunque el tema de este artículo siempre me ronda, y no sólo en mi tarea docente, y últimamente se me hace muy presente en el proyecto educativo Lírica en Transversal, que llevo a cabo junto a Antonio Cruzans Gonzalvo y Mercedes Blasco Rodríguez, bajo la supervisión de María Colodrón, el hecho de trascribirlo en palabras ha sido motivado por la lectura del libro de Bert Hellinger “Del cielo que enferma y la Tierra que sana”.

 A continuación, rescato algunas de las ideas que están presentes en el libro y conforman lo que después escribo. Lo curioso e inspirador es que estas ideas ya las he leído en otros libros del autor y en otros autores, que tratan el tema de las Constelaciones y las he trabajado y vivenciado en talleres y encuentros, pero ahora es como si encendieran una nueva luz en el camino, y, concretamente, en mi encuentro diario con los alumnos en el aula.

En primer lugar, la idea de que nos hayamos inmersos en contextos y órdenes más amplios que los que se adjudican al yo, que nos impregnan independientemente de nuestros deseos o temores.

En segundo lugar, la importancia de la validación de nuestra experiencia personal como requisito previo para una participación íntegra y completa en la comunidad. Dice B.Hellinger que por muy insegura que sea la experiencia personal, ella es lo más seguro que se puede tener. De hecho, sólo puedo actuar de forma responsable basándome en mi propia experiencia. Por otro lado, toda experiencia es provisional por lo que no me deja esclavo de ella, sino que me permite ampliar mi mirada, en proceso.

En tercer lugar, recuerdan sus palabras que vivimos en una comunidad unida por el Destino. Del vínculo y del amor que este vínculo comporta, en la comunidad de la familia nace la necesidad de “semejanza y compensación”.

Estas necesidades (de vínculo) generan dinámicas de apego, que se despliegan a través de deseos, que se manifiestan o bien desde la arrogancia o desde la expiación.

A este último párrafo podríamos dedicarle muchas, muchas páginas (yo ya lo he hecho); no obstante, hoy quiero rescatar algo que dice Bert Hellinger y que me cala profundamente: “Sacar a la luz el amor del hijo es, frecuentemente, todo lo que puede y debe hacer un terapeuta que conoce la envergadura de ese amor”(…) “Así pues, las metas del amor infantil y los medios para alcanzarlas son “des-engañados” en cuanto salen a la luz, ya que forman parte de un concepto mágico del mundo que resulta insostenible ante el conocimiento del adulto. El amor, sin embargo, perdura”.

Las necesidades del niño se convierten en deseos del adulto. Los vínculos se tornan en apegos. En los últimos talleres de formación a los que asisto estos temas reclaman mi atención. 

Lo paradójico y bonito es que para desatascar la actitud de apego en el adulto, que no nos deja crecer porque no nos deja tomar la vida y dar lo mejor de nosotros mismos, debemos rescatar primero el amor que se esconde en el vínculo y validarlo, para luego trascenderlo.

En cuarto lugar, resalta la idea de que lo espiritual se tiene que manifestar en el trabajo y que es muy importante que la comprensión de la “experiencia religiosa” resulten de la vivencia, ya que sólo así se produce un profundo desarrollo humano, “un estar en sintonía con las profundidades”.

Lo cierto es que Bert Hellinger nos presenta en su libro una curiosa y particular concepción de lo religioso, mucho más si tenemos en cuenta lo denostada que se encuentra esta palabra en nuestra cotidianeidad.

Por un lado, lo que él denomina “realización religiosa” yo lo asocio al concepto de “hacerse adulto” y a la necesidad de “crecer”, ya que él lo define como “una conversión a algo más grande, que sobrepasa y despoja de su poder todo pensar y desear mágicos”, esto último es lo que nos refleja la actitud adulta, la de encarar el destino de los tuyos con “impotencia y valentía”. Hacerse adulto es tomar la vida: “actuar en lugar de sufrir, rendir en vez de fracasar, vivir en vez de morir”. 

Por otro lado, la “realización religiosa” también nos pone en contacto con la necesidad humana de trascendencia, ya que la define como “una actitud de respeto o de devoción ante un misterio ante el que nos detenemos”. Y de cómo esa actitud de contención nos pone en concordancia con lo que nos rodea. Para B. Hellinger la “experiencia religiosa empieza donde alguien se topa con un límite, detrás del cual no puede mirar ni tampoco puede llegar ni con sus conocimientos, deseos ni miedos”. Y la actitud religiosa que se deriva de ella es la de “detenerse ante el límite y respetar el misterio que se halla detrás”. Lo que conlleva “devoción y humildad”, que constituyen una fuerza precisamente porque el misterio ha sido respetado.

También asocio el concepto de “realización religiosa” al que se refiere B. Hellinger con el concepto de “necesidad actitudinal” que cita María Colodrón en los talleres de formación. Esta actitud supone inclinarse ante el Destino, y renunciar a la esperanza y la felicidad soñada. Y dice B. Hellinger que “lo curioso es que, cuando nos sometemos de esta manera, simplemente entregándonos, nos vemos sostenidos y todo se hace más grande. Y más pleno”. De una manera muy poética, que me emociona especialmente, dice B. Hellinger que cuando nos rendimos a lo que es más grande que nosotros, a veces se nos concede “algún margen de maniobra”. Y también dice que “Tener una actitud religiosa significa estar plenamente centrado en uno mismo y, al mismo tiempo, perderse en algo infinito”.

No ha sido sólo este libro el que ha despertado mis palabras. Lo cierto es que las imágenes que nos acompañan tienen mucho que ver en estas veredas. Todas ellas pertenecen a los alumnos de 2º de la ESO del IES “Cueva Santa” de Segorbe, que han participado en un taller de monotipos a cargo de Manolo Sebastián Navarrete. No puedo evitar mi reivindicación de la experiencia con las artes plásticas en la enseñanza. No se puede comprender, desde la docencia, que se prive a los alumnos de experienciar con una capacidad fundamental del ser humano, relegando la asignatura a la optatividad o a la amputación.

Y ésta es mi reflexión…

A menudo nos planteamos el aprendizaje partiendo de las competencias. Pero antes de llegar a ellas hay que tomar contacto con las capacidades. Son las capacidades las que nos llevarán a las competencias, y no al revés. Y estas capacidades necesitan de disciplina para desarrollarse en competencias o habilidades.

Cada día en clase practico la disciplina con mis alumnos para lo que el currículum pone como objetivo: “aumentar la competencia lingüística”. No obstante, cómo trabajar una competencia lingüística (sea cual sea) sin que el alumno haya contactado con su capacidad o necesidad de comunicarse. Y aún diría más, con su necesidad de entender y de que le entiendan.

Sin duda, las capacidades nos remiten a las necesidades.

Si logro contactar a mi alumno con su necesidad de comunicarse lo habré motivado para la competencia lingüística. Y, posiblemente, para alguna más.

En el ámbito educativo se requiere la alternancia entre desarrollar la habilidad y contactar con la capacidad; entre fomentar la competencia y engarzar con la necesidad.

El currículum oficial se centra, sobre todo, en competencias y en habilidades; pero los docentes a menudo debemos deslizarnos a las raíces y ahondar en capacidades y necesidades. Porque sabemos, eso lo sabemos los que estamos en el aula cada día con grupos de 27 y hasta 35 alumnos, que motivar a los alumnos no consiste en disfrazarse de hombre-orquesta, ni en utilizar los últimos avances de la tecnología, ni en descubrir el secreto de la gaseosa, ni en ser sus colegas, ni en imitar su vestuario y su registro… decía que los docentes sabemos que abrimos la motivación de nuestros alumnos cuando logramos que se pongan en contacto con sus necesidades, que son sus capacidades.

Les decía a mis alumnos, como preparación del taller de monotipos, sobre los cuales después elaborarán haikus o poemas breves, que hay dos actitudes básicas para toda actividad creativa: una, la capacidad de asombro y disfrute; otra, la capacidad de tomar sin juicio lo que nos es dado, validando aquello que estamos sintiendo (tanto uno mismo como la otra persona que entra en comunicación conmigo). 

Y aún voy más allá: este taller de monotipos ha puesto a los alumnos en contacto con una necesidad de raíz: la validación de nuestra experiencia personal. Más allá de si es bonita o fea, de si está bien o mal… Lo que está se ha expresado. Y mucho más: lo expresado no es inamovible, y lo que cambie no implicará “ser mejor”, sino “más completo”. 

Después y sólo después, y sólo si el alumno ha contactado con la necesidad profunda de validar su experiencia personal, podrá contactar con la disciplina necesaria para que esa experiencia personal pueda ser compartida, modificada, e incluso alterada al entrar en contacto con otras experiencias.

Entonces ya no correrá riesgos porque ya ha sido validado lo que es. Y cuando su “experiencia personal” se diluya en algo más grande no lo confundirá con desaparición, sino que se sentirá partícipe de la co-creación.

Los alumnos no se motivan en una determinada competencia porque les “guste”, sino que, precisamente, les “gusta” aquello para lo que se sientes competentes. Por ello a menudo debemos ahondar en las capacidades que abren el camino a las competencias porque es ahí, precisamente, donde está el motor de arranque; eso que algunos llaman “motivación”.

A veces en clase me confundo y me centro en competencias e insisto con más ecuaciones, con más mapas, con más análisis sintácticos y con más ejercicios de sinónimos o más comentarios de texto… Insisto en desarrollar habilidades y competencias, pero, cómo lo lograré, con mis escasos recursos y “margen de maniobra”, si el alumno no conecta con su necesidad de ampliar el mundo en el que vive y conocer otras formas de vida, si no siente la necesidad de entender al otro y de que el otro le entienda, si no contacta con su capacidad de asombro y disfrute, si no siente validada su experiencia personal… y, sobre todo, cómo lo lograré si no ha contactado con la necesidad de crecer… o con la necesidad de mantenerse en la vida…

El adolescente transita en ese lugar incierto donde la magia de la infancia ya no funciona. Y lo curioso es darnos cuenta de que nos están pidiendo a gritos una muestra adulta de “actitud religiosa”: aquélla que rescata el amor porque “el amor es lo que perdura”; con la fuerza que le otorga se impregna de su vocación, aquello que cada uno tenemos para dar al mundo, y con los pies en la tierra sabe que existe algo que es más grande y lo experimenta como misterio.

Y con este “saber” el adolescente puede integrar su necesidad de luchar y su necesidad de rendirse.

 “Lo especial se reconoce porque nutre, pero, a pesar de todo, no se puede sujetar”.

         Bert Hellinger, Del cielo que enferma y la tierra que sana

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