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Violencia.

Por alguna razón sin concretar, entre los parajes de la sincronía, la causalidad y la correlación, el tema de la violencia se me hace figura y me inspira reflexiones y palabras.

Un trabajo de… 

         La palabra “violencia” deriva etimológicamente del latín violentia. La palabra primitiva de la que deriva es vis (“fuerza”), y que a su vez proviene de la raíz prehistórica indoeuropea wei- (“fuerza vital”). En el proceso de derivación vis dio lugar al adjetivo violentus, al añadir al lexema el formante –olentus (“abundancia”). Esta “abundancia de fuerza” fue asociado por los romanos con la fuerza física y el vigor que permite que la voluntad de uno se imponga sobre la do otro. Y se aplicaba por igual en cualquier ámbito de la vida: así se decía vis tempestatis (“fuerza de la naturaleza”), vis magna (“fuerza mayor”), etc.

En nuestro contexto actual no podemos hablar de “violencia animal” si no es desde una proyección antropomórfica sobre el comportamiento animal (al igual que ocurre con la palabra “lenguaje”, que se define como la capacidad humana para la comunicación).

         El formante vis también dará lugar a términos como: vigor, viril y virtud. (Términos que dejaremos para otro artículo en el que hablemos, por ejemplo de Don Juan).

         En sus orígenes, pues, el adjetivo violentus podía aplicarse a cosas: “violento, impetuoso, furioso, incontenible”; personas: “violento, fuerte, irascible”… Y de violentus derivó violare, con el sentido de “agredir con violencia”: “maltratar, arruinar, dañar”. Y violentia, con el significado de: “impetuosidad”, “ardor (del sol)”, “rigor” (del invierno), “ferocidad”, “rudeza” y “saña”.

 

         Como casi siempre me sucede cuando acudo a la información etimológica de una palabra, acabo sorprendiéndome de cómo se pueden perder tantos valores por el camino de la “comunicación”. Y suele invadirme el deseo de “rescatar” la palabra de las exclusiones. Actualmente la palabra “violencia” está sufriendo los ataques de su propia exclusión. Y sólo la encontramos en pirámides, complejos, procesos y desdobles políticamente correctos.

 

         Mi amiga Moira Mavrakis, que me enseñó lo que sé de “Comunicación no violenta” me define la violencia de esta manera: “Como la vulneración de las necesidades de una persona para satisfacer las necesidades propias. Puede ser ejercida, por ejemplo, por un hombre cuando para satisfacer sus necesidades de seguridad afectiva ejerce control sobre una mujer mediante la coacción emocional o la fuerza física. También se puede distinguir la “violencia estructural”, que se ejerce cuando las reglas de juego de una sociedad implican la vulneración de necesidades de las personas en beneficio de otras: por ejemplo, el capitalismo prioriza la obtención de ganancia económica o la de propiedad privada por encima de la satisfacción de necesidades básicas de las personas. Las necesidades cuya satisfacción el capitalismo legitima son aquellas que acrecientan los beneficios del capital, desestimando aquéllas que no lo hagan, aunque ello provoque daño a las personas; tal y como ocurre, por ejemplo, en los desahucios”.

         Lo cierto es que podemos encontrar muchas definiciones de “violencia”. Y cada una se va “acoplando” al matiz que se quiera resaltar en el momento. Así, por ejemplo, hablamos de violencia en el ataque y de pacifismo en la resistencia; aunque ambos “usen la fuerza”, quizá sin querer darnos cuenta de que ambos ocupan bandos en la contienda. Hablamos de violencia en los conflictos y de concordia en las resoluciones judiciales o administrativas; aunque ambos estén “fuera de su estado natural”. Hablamos de violencia en las rebeliones y de consenso en las leyes, aunque se sustenten en herencias.

 

         Hablamos muy a menudo de violencia desde la falsa creencia de que la palabra puede exorcizar los demonios que ocupan nuestras sillas.

 

         La violencia existe. No hay duda. A veces se manifiesta como fuerza destructora en la naturaleza. Se manifiesta desde el instinto y desde la voluntad consciente. A veces es una fuerza sutil que nos llega desde nuestro sistema genético más ancestral enganchándonos a la vida y a la supervivencia. A veces la violencia se muestra en forma de mutación genética que impulsa un salto cuántico en la evolución de las especies. A veces necesitamos la violencia de una patada en el culo para emprender el camino de nuestra emancipación. La violencia existe en lo que nos desborda y en lo que nos daña. Existe en la impetuosidad de la vida que a veces arrasa con ferocidad y rudeza. Forma parte del camino.

         Muy a menudo (quizá demasiado) hablamos de violencia en las divergencias y de conciliación en los acuerdos y pactos, aunque se llegue a ellos con imposiciones.

 

         La imposición no es sólo una cuestión de física o fuerza. Es algo similar a la voluntad: no sólo existe la voluntad consciente que se sustenta en la fuerza. La imposición también se ejerce desde la restricción que da la desinformación, y la subjetividad o modalización que conllevan las falacias argumentativas o las estadísticas. La principal falacia de las estadísticas consiste, por un lado, en la confusión entre la causalidad y la correlación: no todo lo que sucede de forma correlativa tiene, necesariamente, una relación de causa-efecto. Por otro lado, una estadística nunca puede recoger la multicausalidad que describe la mayor parte de fenómenos que afectan al ser humano. ¿Es la formación del río Congo la “causa” de que la especie humana haya sido la única que ha sobrevivido, que se sepa?

         Existen muchos grados de imposición.  Y no siempre está presente la fuerza física y los moratones; y no siempre es roja la sangre derramada. A veces imponemos desde la arrogancia moral creyendo que nuestras creencias son las mejores.

         La ciencia impone desde la superioridad racional creyendo que sus creencias (que ellos llaman verdad) son las mejores.

         El estado impone desde la superioridad legal creyendo que sus creencias (que ellos llaman ley) son las mejores.

         Los padres y educadores imponen desde la autoridad creyendo que sus creencias (que ellos llaman experiencia) son las mejores.

         A veces imponemos desde la arrogancia creyendo que nuestras lealtades son irrebatibles.

         Otras, “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”. (Despotismo Ilustrado le llaman, ¿no?)

         Los hombres imponen desde la individualidad creyendo que sus creencias (que ellos llaman supervivencia) son las mejores.

         Las mujeres imponen desde la relacionabilidad creyendo que sus creencias (que ellas llaman crecimiento) son las mejores.

         Hombres y mujeres imponen desde la clarividencia creyendo que sus creencias (que ellos llaman amor) son las mejores.

         En el fondo, casi todo lo que llamamos ideas, teorías, verdades, leyes… no son más que creencias: sentimientos de certeza.

         Y, a menudo; muy a menudo, imponemos desde el silencio o a gritos nuestras creencias (que llamamos certeza) como la mejor opción.

         Y alguna vez resultan ser lo mejor. Otras, no. Podríamos pensar que los que comparten tus creencias recuerdan las primeras, y los que las rechazan recuerdan las segundas. No obstante, no siempre es así. A veces, muchas veces, ocurre que los que creen en ti recuerdan las primeras, y los que no creen recuerdan las segundas. Y, así, de nuevo, sin sorpresas, nos damos cuenta de que no se trata de contenidos, sino de relaciones.  No importa de qué se está hablando; lo que “importa” son nuestras lealtades, nuestras exclusiones, nuestras herencias…

         Hace un tiempo que doy vueltas a esta idea de cómo entre ciertas personas no es posible el entendimiento (aunque exista la inevitable comunicación). No es una cuestión de contenido; no es el mensaje el que manda. Es el segundo nivel de la comunicación, el de la relación, el que establece los puentes y  las restricciones. Y en este nivel hay serios límites en los avances y retrocesos.  Es como arena que se escurre entre los dedos.

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