Centenarios:

José Zorrilla cumple doscientos años.

El autor de Don Juan Tenorio, José Zorrilla, cumple el 21 de febrero de este 2017 exactamente doscientos años de su nacimiento. Este es el pequeño homenaje que nuestra publicación quiere dedicarle.

Un trabajo de…

El 21 de febrero de este año 2017, José Zorrilla cumplirá exactamente su segundo siglo. Nacido en Valladolid, es uno de los grandes representantes del romanticismo español, apoyándose, especialmente, en la atracción que sentía hacia la época medieval, con su sentido del honor y su gusto por lo tradicional, germen de una educación conservadora y absolutista impuesta por su padre, despótico y severo, fiel seguidor del movimiento “carlista” en la figura de su pretendiente al trono español, Carlos María Isidro de Borbón (Carlos V para sus partidarios), y del fervor religioso de su madre.

La obra de Zorrilla está impregnada, pues, por estas relaciones con sus progenitores, quienes le modelaron la personalidad, siempre en lucha con la contradicción a causa del choque entre la educación tradicionalista y sus ideas progresistas, así como por su naturaleza voluptuosa, que le hacía buscar el calor de las mujeres, desde sus tempranos devaneos con una prima, hasta sus dos esposas y un buen número de amantes, más o menos ocasionales, y no debemos olvidarnos de sus obsesiones, alucinaciones e, incluso, su sonambulismo, que le inclinaban hacia las fantasías más espeluznantes, lo cual pudo ser producto del tumor cerebral que le llevó a la tumba.

Como persona, según comenta el poeta e historiador pucelano Narciso Alonso Cortés, quien escribiría su biografía, Zorrilla era un hombre independiente, bondadoso y muy buen amigo, aunque se comportaba como un niño con el dinero y no tenía ningún interés por la política.

A los nueve años, marchó con su familia a Madrid, ya que su tutor fue nombrado superintendente de la policía, e ingresó como alumno en el Seminario de Nobles, el cual administraba la orden de los jesuitas, donde tuvo sus primeras experiencias con el teatro. Pero a la muerte de Fernando VII y con la regencia de su viuda María Cristina, mientras la futura Isabel II fuera menor de edad, el padre de Zorrilla, por motivo de su inclinación hacia la causa de don Carlos, fue desterrado a la localidad burgalesa de Lerma y él acabó hospedado en la casa de un tío canónigo mientras estudiaba derecho en la Real Universidad de Toledo.

Pero el joven José estaba más por admirar las sutilezas femeninas, la afición por el dibujo y por los libros de aventuras de Scott, Dumas, Victor Hugo o por los poemas de Espronceda, que por la aspereza del mundo de las leyes, conclusión, su recto padre, tras realizar diversos intentos de sacar algo en claro de aquella cabeza, lo envío a Lerma con la sana intención de hacerle trabajar en los viñedos de la zona, sin embargo aquello no entraba en los planes de José y, en un descuido de sus acompañantes, cogió una montura “prestada” y se largó a Madrid con la sana intención de frecuentar los ambientes literarios y bohemios de la capital, lo cual era sinónimo de pasar bastante hambre.

Pero la constancia hace maestros, y si al principio, para sobrevivir, tuvo que hacerse pasar por un dibujante italiano, enviar algunos poemillas a revistas, pronunciar incendiarios discursos revolucionarios y refugiarse entre sus amigos gitanos para huir de la policía, pronto comenzaría a cultivar amistades más productivas, como la de su paisano Miguel de los Santos Álvarez quien, a pesar de ser de la misma edad, parecía haber aprovechado mejor el tiempo y ya se codeaba con figuras del romanticismo tales como Espronceda, Escosura, Hartzenbusch o Larra en la tertulia de El Parnasillo. Así que pronto comenzó a escribir en serio para los periódicos El Español y El Porvenir, poemas y artículos, y también se estrenaron sus primeras obras dramáticas, contratándole el empresario teatral Juan Lombía (más conocido por su obra El sitio de Zaragoza), para el Teatro de la Cruz, donde estrenaría numerosas obras y, sobre todo, su Don Juan Tenorio.

A los veintiún años se casó con una viuda irlandesa bastante mayor que él, quien ya contaba con un hijo y al que se sumó el que tuvieron ellos, el cual murió muy pronto, pero esta unión no fue ni muy acertada ni feliz, aunque Zorrilla se consolaba con su corte de amantes, abandonando a la esposa trece años después y marchando a París donde frecuentó otras compañías, además de conocer a Dumas, Musset, Víctor Hugo, Gautier o Amandine Aurore Lucile Dupin, más conocida por su pseudónimo George Sand.

Los poetas contemporáneos, de Antonio María Esquivel. José Zorrilla leyendo Los poetas contemporáneos, de Antonio María Esquivel. José Zorrilla leyendo en el homenaje a Larra

Al morir su madre, regresa a España y comienza una época de reconocimientos públicos: miembro de la Junta del Teatro Español, exaltación en el Liceo, admisión como miembro de la Real Academia de la Lengua, lanzamiento editorial de sus obras… pero su padre murió sin querer perdonarle y dejándole en la miseria, y su mujer volvió a acosarle. Huyendo de ella, regresó a París, buscando refugio en los brazos de su amante Leila, para luego realizar un periplo que le llevó por Londres, Cuba y México, donde encontró el sosiego bajo la protección del Emperador Maximiliano I, quien le nombró director del desaparecido Teatro Nacional.

Otra muerte le devolvió de nuevo a España, la de su esposa, y fue en Madrid donde se enteró del triste final del primer y único emperador mexicano, a quien le dedicó un sentido poema. Desengañado del mundo y de la fe religiosa, intentó rehacer su vida casándose con Juana Pacheco y, a pesar del amparo de alguna familia noble y de diversos premios o recitales, incluso fue coronado como poeta en el alcázar de Granada por el Duque de Rivas, quien lo hizo en representación de la regente María Cristina, volvieron los apuros económicos que ya no le abandonarían hasta su muerte, acaecida el 23 de enero de 1893 en Madrid.

Inició su extensa obra con Poesías, una serie de ocho volúmenes que comenzaría en 1837 y concluiría cuatro años más tarde; en 1852 escribiría un poema descriptivo titulado Granada, el cual quedó inconcluso. Entre sus leyendas se pueden citar: Cantos del trovador (1840-1841), Vigilias del estío (1842), Flores perdidas (1843), Recuerdos y fantasías (1844) y Un testigo de bronce (1845). Su primera obra teatral fue Vivir loco y morir más (1837), El zapatero y el rey (1840), El eco del torrente (1842), Sancho García (1842), El molino de Guadalajara (1843), Sofronia (1843), El puñal del godo (1843), Don Juan Tenorio (1844) y Traidor, inconfeso y mártir (1849). En sus últimos años de vida vieron la luz: Recuerdos del tiempo viejo (1880-1883), La leyenda del Cid (1882), El cantar del romero (1883) y Mi última brega (1888)

Para concluir, y como ejemplo de su obra, os ofrecemos dos buenas muestras, la primera consiste en el conocido romance “Corriendo van por la vega”, que leeréis seguidamente, y el segundo, un enlace a la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, donde podréis leer la obra completa Don Juan Tenorio.

Suspiro del moro, de Pradilla Suspiro del moro, de Pradilla

CORRIENDO VAN POR LA VEGA

Corriendo van por la vega
a las puertas de Granada
hasta cuarenta gomeles
y el capitán que los manda.
Al entrar en la ciudad,
parando su yegua blanca, 
le dijo éste a una mujer
que entre sus brazos lloraba:
«Enjuga el llanto, cristiana
no me atormentes así,
que tengo yo, mi sultana,
un nuevo Edén para ti.
Tengo un palacio en Granada,
tengo jardines y flores,
tengo una fuente dorada
con más de cien surtidores,
y en la vega del Genil
tengo parda fortaleza,
que será reina entre mil
cuando encierre tu belleza.
Y sobre toda una orilla
extiendo mi señorío;
ni en Córdoba ni en Sevilla
hay un parque como el mio.
Allí la altiva palmera
y el encendido granado,
junto a la frondosa higuera,
cubren el valle y collado.
Allí el robusto nogal,
allí el nópalo amarillo,
allí el sombrío moral
crecen al pie del castillo.
Y olmos tengo en mi alameda
que hasta el cielo se levantan
y en redes de plata y seda
tengo pájaros que cantan.
Y tú mi sultana eres,
que desiertos mis salones
están, mi harén sin mujeres,
mis oídos sin canciones.
Yo te daré terciopelos
y perfumes orientales;
de Grecia te traeré velos
y de Cachemira chales.
Y te dará blancas plumas
para que adornes tu frente,
más blanca que las espumas
de nuestros mares de Oriente.
Y perlas para el cabello,
y baños para el calor,
y collares para el cuello;
para los labios... ¡amor!»
«¿Qué me valen tus riquezas
-respondióle la cristiana-, 
si me quitas a mi padre,
mis amigos y mis damas?
Vuélveme, vuélveme, moro
a mi padre y a mi patria,
que mis torres de León
valen más que tu Granada.»
Escuchóla en paz el moro,
y manoseando su barba,
dijo como quien medita,
en la mejilla una lágrima:
«Si tus castillos mejores
que nuestros jardines son,
y son más bellas tus flores,
por ser tuyas, en León,
y tú diste tus amores 
a alguno de tus guerreros,
hurí del Edén, no llores;
vete con tus caballeros.»
Y dándole su caballo 
y la mitad de su guardia,
el capitán de los moros
volvió en silencio la espalda.

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