Centenarios:

Enero 2018

Para el artículo sobre centenarios de este mes de enero del 2018, hemos encontrado cuatro nacimientos de personajes importantes para las letras mundiales: el finlandés Zacarías Topelius, que cumple 200 años; la poetisa holandesa Nel Benschop, con justo la mitad; la colombiana Elisa Mújica, solo dos días más joven, y el norteamericano Philip José Farmer, también de cien años. Conozcamos un poco de ellos.

Un trabajo de…

Zacarías Topelius, 14 enero 1818. Hace 200 años

 

Zacarías Topelius fue un escritor finlandés nacido el 14 de enero de 1818 que publicó trabajos tanto en poesía, como en periodismo o historiografía, siendo considerada su obra literaria como una de las más influyentes de la cultura de Finlandia.

Era un hombre dinámico y entusiasta con un gran talento para la música y la danza, bastante aficionado a la esgrima, a las fiestas y al teatro. Fue muy apreciado como narrador de cuentos y escribió muchos de ellos para los niños, así como piezas teatrales, canciones o poemas que publicaba en diversas revistas.

En 1873 recibió el Karl Johan (Premio Real) por parte de la Academia Sueca, emitiéndose una Medalla de Oro para conmemorar el primer centenario de su nacimiento.

Toda su obra está escrita en idioma sueco y se cataloga dentro del denominado nacionalismo romántico. Además de varios volúmenes de poemas, podemos destacar su novela histórica Duquesa de Finlandia (1850), su colección de cinco volúmenes titulada Relatos de un cirujano militar (1853-1867) y los tomos El Libro de la Naturaleza (1856) y El libro sobre nuestro país (1875) que fueron utilizados durante mucho tiempo como libros de texto en los colegios finlandeses.

Topelius falleció en Koivuniemi (Björkudden), el 12 de marzo de 1898.

 

OJO DE ESTRELLA

De Zacharias Topelius (1873)

Traducción Carmen Montes Cano

 

Érase una vez un recién nacido que estaba en un montículo de nieve. ¿Por qué estaba en un montículo de nieve? Porque a su madre se le había caído.

Era víspera de Navidad.

El lapón iba en trineo con su reno por las montañas desiertas, y tras él iba la lapona con el suyo. Al hombre le parecía un espectáculo impresionante y echó una ojeada en busca de la mujer, que iba conduciendo sola un trineo pequeñín, porque los renos no pueden tirar de más de una persona. La nieve espejeaba, la aurora boreal lanzaba fuegos de artificio y las estrellas brillaban claras en el cielo.

La mujer llevaba en brazos a la criatura. La había envuelto en una gruesa piel de reno, y no podía guiar bien el trineo mientras sujetaba a la niña.

Cuando llegaron a la cima de la montaña, antes de empezar el descenso, aparecieron unos lobos. Era una manada de las grandes, tendría sus buenos cuarenta o cincuenta lobos, como suelen verse en Laponia en invierno, cuando van a la zaga de los renos.

Resultó que los lobos no habían cazado ningún reno hasta ese momento, aullaban de hambre y, al ver al lapón y a su mujer, empezaron a perseguirlos.

Cuando los renos de los dos trineos se dieron cuenta, emprendieron la huida con todas sus fuerzas y se precipitaron montaña abajo a una velocidad de vértigo, de modo que los trineos salieron disparados, y bajaban dando tumbos y rodando por los montones de nieve.

El lapón y la lapona estaban acostumbrados, iban bien agarrados al trineo, aunque les fallaban la vista y el oído. Y en aquéllas estaban cuando a la lapona se le cayó la criatura en la nieve.

Gritaba y trataba de detener al reno, pero era en vano, pues los renos sabían que los lobos iban pisándoles los talones, así que afinaron el oído y siguieron corriendo más rápido todavía, tanto que les crujían los huesos como cuando se casca una nuez.

Muy poquito después, renos y trineos se encontraban muy lejos.

La niña quedó en la nieve envuelta en la piel de reno, observando las estrellas. En un abrir y cerrar de ojos la alcanzaron los lobos, pero la criaturita no podía mover ni las manos ni los pies, lo único que podía hacer era mirarlos.

Ni lloraba ni se movía; miraba, simplemente.

Y los ojos inocentes de una niña pequeña tienen un poder prodigioso. Las fieras hambrientas se detuvieron, no se atrevían a tocarla. Se quedaron un rato sin moverse, observándola, como maravilladas, luego echaron a andar muy diligentes y se alejaron de allí a toda prisa, siguiendo las huellas de los renos, con la intención de continuar la cacería.

Y allí estaba, pues, la niña, sola en aquella tierra desolada, salvaje e inmensa. Contemplaba las estrellas, y las estrellas la miraban también, y entre ellas surgió una amistad. Esa cantidad ingente de soles gigantescos, hermosos y lejanos, que parpadean en el cielo nocturno, parecieron apiadarse de aquella criatura indefensa de la tierra, abandonada en la nieve. Y tan largamente se quedaron mirando a la pequeña, y tan largamente se las quedó mirando ella, que la luz de las estrellas se le prendió en los ojos.

Sea como fuere, la criaturita no habría tardado mucho en morir de frío si Dios no hubiera dispuesto que llegara otro viajero por el mismo camino de aquella tierra desierta.

Era un colono finlandés de la comarca de la parroquia de Enare. Volvía de la ciudad noruega de Vadsö, llevaba sal y harina para la Navidad; encontró a la criatura y se la llevó en el trineo.

La mañana de Navidad, el colono llegó a su casa cuando las campanas de la iglesia de Enare llamaban al oficio matutino. Metió a la criatura en el calor de la cabaña y se la entregó a su mujer.

 —Aquí tienes, Lisu, un regalo de Navidad —dijo mientras se sacudía la escarcha del pelo castaño.

Y, acto seguido, le contó cómo la había encontrado. La mujer del colono cogió a la niña, la liberó de la piel de reno y le dio leche templada.

—Dios te ha enviado a nuestra casa, criatura desvalida —dijo—. Y ¡qué forma de mirarme! ¿No tienes padre ni madre? Pues Simon Sorsa será tu padre, y yo seré tu madre y tú serás nuestra hija. Y Simmu, Palte y Matte se alegrarán de tener una hermana. Digo yo que serás cristiana y estarás bautizada.

—Yo no lo daría tan por seguro — dijo el colono Simon Sorsa—. A los lapones les quedan muy lejos la iglesia y el pastor, por eso van juntando hijos, y al final acuden con toda la prole. Y al final son los niños los que conducen el trineo para ir a ver al pastor, le dan la mano y dicen “amén” cuando los ha bautizado. Ya que es la misa de Navidad, lo mejor será que llevemos a la niña a acristianar a la iglesia sin tardanza.

A la mujer le pareció buena idea, así que acristianaron a la niña recogida y la llamaron Elisabeth, por su madre adoptiva.

El pastor no podía sino admirarse, porque a la criatura le brillaban los ojos como estrellas cuando la bendijo, y añadió sonriendo cariñosamente:

—Ojo de Estrella, así deberías llamarte, en lugar de Elisabeth.

La mujer del colono pensó que no era cristiano hablar de ese modo, y así se lo dijo a su marido. Pero Simon Sorsa había notado el efecto igual que el pastor y, en su opinión, ese nombre podía valer casi tan bien como el primero.

—Pero ¿cómo? —dijo la mujer—. Ni se te ocurra atribuirle poderes mágicos a la niña solo porque es lapona y los lapones saben de encantamientos. Los ojos grises de Simmu, Palte y Matte son tan buenos como los ojos castaños de la niña, y, si quieres que tenga un apodo, llámala Ojos de Gato, que puede irle igual de bien.

El colono no quería contrariar a su mujer y fingió que olvidaba el nombre nuevo, pero las palabras del pastor llegaron a oídos de la gente y, a partir de aquel día, los vecinos empezaron a llamar Ojo de Estrella a la niña recogida de Simon Sorsa.

La niña se crio con los tres hermanos de acogida y creció tan delgada y esbelta como se criaban fuertes y corpulentos los tres muchachos.

La pequeña tenía el pelo negro y los ojos castaños, como la mayoría de los niños lapones; pero los lapones pueden ser a veces tan impetuosos y tercos como los niños negros, y Ojo de Estrella siempre se mostraba tranquila, pacífica y callada.

Los cuatro niños se llevaban bien, de no ser porque, de vez en cuando, los muchachos llegaban a las manos. El colono y su mujer los querían a los cuatro por igual, todo les iba bien y ningún padre ni ninguna madre se presentó por allí preguntando por Ojo de Estrella. ¿Qué iban a pensar el lapón y la lapona, sino que los lobos habían devorado a su niña?

Ojo de Estrella no había cumplido más de tres años cuando su madre adoptiva empezó a notar algo que no conseguía explicarse. Aquella niña tenía en los ojos un poder que nadie podía resistir. Nunca le llevaba la contraria a nadie, ni se defendía cuando los niños la importunaban: simplemente, los miraba y ellos se esforzaban al punto por complacerla. El gato negro de ojos brillantes no se atrevía a mirarla; Kettu, el perro lanudo color canela que cuidaba la granja, dejaba de ladrar y de gruñir en cuanto Ojo de Estrella posaba en él la mirada.

La madre adoptiva empezó a figurarse que veía los ojos de la niña brillando en la oscuridad y un día, cuando la tormenta de nieve arrasaba en las montañas, Ojo de Estrella salió al porche y casi se habría dicho que aplacó la tormenta, pues unos minutos después se hizo la calma.

Por mucho que la mujer del colono quisiera a la niña, aquello no le gustaba ni mucho ni poco.

—Deja de mirarme —le decía a veces a la pequeña con tono arisco—. ¡Me está pareciendo que quisieras verme por dentro!

Ojo de Estrella se entristecía mucho y bajaba la vista: lo único que comprendía era que su madre estaba disgustada. Entonces la madre le acariciaba cariñosamente la mejilla y le decía:

—No llores, Lisulill bonita, ¡tú no tienes la culpa de ser hija de lapones!

Un día, cuando Ojo de Estrella ya tenía tres años, la mujer del colono estaba hilando y pensando en su marido, que otra vez andaba de viaje por esos mundos. Y entonces se acordó de que al caballo se le había caído la herradura de la pata trasera izquierda. Ojo de Estrella estaba en un rincón, sentada a horcajadas en el banco como si fuera un caballito, y fingía que lo estaba montando. De repente, le dijo al banco:

—Mamá está pensando que se te ha caído la herradura de la pata trasera izquierda.

La mujer del colono dejó de hilar y le dijo maravillada:

—Y ¿tú cómo lo sabes?

—Lisulill lo ha visto —respondió Ojo de Estrella.

La madre adoptiva se sintió un tanto inquieta, pero le quitó importancia y resolvió que, en lo sucesivo, observaría atentamente a la niña. Unos días después, un forastero pasó la noche en la cabaña y por la mañana, le faltaba a la anfitriona un anillo de oro que tenía encima de la mesa. Sospechaban del forastero, le revisaron toda la ropa, pero no encontraron el anillo. En ese momento se despertó Ojo de Estrella, miró al hombre sorprendida y dijo:

—Tiene un anillo en la boca.

Allí estaba el anillo. Echaron al hombre, pero la mujer del colono siguió haciendo como si nada. Pasó un tiempo. Palte contrajo el sarampión y el pastor fue a visitarlo, porque también tenía nociones del arte de sanar a los enfermos. La madre guardaba en la despensa dos salmones frescos, y pensó para sus adentros: “¿Qué salmón le doy al pastor, el pequeño o el grande? Bueno, yo creo que con el pequeño bastará”.

Ojo de Estrella estaba en el rincón, jugando a que la escobilla que tenía en el regazo estaba enferma. Entonces llegó la escoba, que hacía de pastor; y Ojo de Estrella le dijo a la escoba:

—¿Qué salmón te doy, el pequeño o el grande? Yo creo que con el pequeño bastará.

A la madre adoptiva, que la estaba oyendo, estas palabras se le clavaron en el corazón una a una como agujas. Cuando el pastor se marchó, ya no pudo contener la ira, y le dijo a Ojo de Estrella:

—¡Ya veo que la magia no te abandona un instante, hija de lapones! Así que no quiero que vuelvas a mirarme con esos ojos embrujados. Te quedarás en el sótano, debajo de este suelo; ahí vivirás y subirás aquí una vez al día para comer, pero entonces llevarás una venda gruesa en los ojos para que no puedas ver a las personas, hasta que esas malas artes hayan salido de ti.

Obviamente, no era de recibo tratar así a una niña que no había hecho ningún daño a nadie, pero la mujer del colono era supersticiosa y, al igual que muchos de sus semejantes, creía a pie juntillas que los lapones sabían hacer encantamientos.

Por eso encerró a Ojo de Estrella en el sótano, pero le dio ropa, comida y cama para que no tuviera que pasar hambre ni frío. Ojo de Estrella lo tenía todo, menos libertad, amor, compañía humana y luz del sol.

El colono estaba de viaje y Ojo de Estrella, encerrada en el sótano. Gustarle no le gustaba, pero tampoco era para tanto. En realidad, sí tenía compañía. Un tronco viejo, una jarra desportillada, un leño, un huso y una botella sin cuello. El tronco hacía de padre; la jarra, de madre; el leño, el huso y la botella eran los tres hermanos, y todos, salvo el tronco, vivían en un caldero vacío. Allí dentro tenían sus tareas que hacer, Ojo de Estrella les cantaba y los ratones y las ratas escuchaban.

Lisu, la mujer del colono, tenía una vecina que se llamaba Murra. La víspera de Navidad, las dos mujeres se sentaron en la cabaña a hablar de las artes de magia de los lapones. La madre estaba tejiendo unos guantes de lana, Simmu jugaba con unas monedas de cobre, Palte estaba rompiendo un ladrillo en pedazos y Matte le había atado las patas al gato con un cordel. Entonces oyeron en el sótano a Ojo de Estrella, que, meciendo el huso, le canturreaba:

Con lana de cordero teje madre

unos guantes, suaves, muy suaves;

Simmu cuenta a manos llenas

un puñado de monedas;

Palte muele el ladrillo,

Matte ata al gatito,

y, mientras, el sol brilla

y el huso se adormila.

 

—¿Qué está cantando en el sótano la niña lapona? —preguntó Murra.

—Una canción de cuna para los juguetes que tiene en el caldero — respondió Lisu.

—Pero ¡si es capaz de ver a través del suelo todo lo que hacemos! —dijo Murra—. Y está viendo brillar el sol en la oscuridad del sótano.

—¡Qué va a estar viendo! — exclamó Lisu—. ¿Qué va a ser de mí con esta criatura? ¡Esa niña es bruja!

—Yo tengo el remedio —dijo la malvada Murra—. Véndale los ojos con siete paños de lana y pon siete alfombras encima de la trampilla del sótano, así no podrá ver nada.

—Mira, voy a probar —respondió Lisu, y bajó enseguida al sótano, le puso a la niña siete paños de lana delante de los ojitos de estrella y extendió siete alfombras sobre la trampilla del sótano. Pero al cabo de un rato, se hizo de noche, las estrellas empezaron a brillar y la aurora boreal ascendía en dos grandes arcos rojizos en el cielo nocturno.

Entonces, volvió a resonar el canto de Ojo de Estrella:

Ya brillan las estrellitas

en la noche callada,

y dos arcos rojos lucen

desde las altas montañas.

Abajo miran mil estrellas,

los dos arcos me contemplan.

Estrellitas que sois buenas,

la Navidad ya se acerca.

 

—¡No! ¿La oyes? —dijo Murra—. Ahora, además, está viendo la aurora boreal y las estrellas. No he conocido niña más bruja en mi vida.

—Es imposible —dijo la mujer del colono—. Voy a bajar al sótano.

Retiró las siete alfombras, bajó y se encontró a Ojo de Estrella con los siete paños de lana cubriéndole los ojos, y le preguntó:

-¿Ves las estrellas?

—Sí, hay muchísimas —respondió Ojo de Estrella—. Hay tanta luz y tanta claridad, madre… Ya se acerca la Navidad.

La mujer del colono volvió arriba y se lo contó a Murra. Y ésta dijo:

—Pues ya no queda otro remedio que cavar un hoyo de siete varas de profundidad bajo el suelo del sótano, meter allí a la niña y llenar el hoyo de arena. Eso servirá.

—No, no —dijo Lisu—, eso sí que no lo pienso hacer. Me da pena de la niña, y temo que mi marido se enfade si se entera.

—Bueno, pues dame a la niña —dijo Murra—. Yo la llevaré a Laponia otra vez.

—Siempre que no le hagas ningún daño… —dijo la mujer del colono.

—¿Qué daño le iba a hacer? —dijo Murra—. La llevo al lugar al que pertenece.

Murra cogió a la niña, la envolvió en una vieja piel de reno y la llevó a la montaña. Allí la dejó y se fue por donde había llegado, mientras se decía:

—No hago sino lo prometido, ni más ni menos. Apareció en un montículo de nieve, pues en un montículo de nieve la he dejado.

Y allí estaba Ojo de Estrella, envuelta en la piel de reno, contemplando los astros en el firmamento. Igual que tres años antes, también aquella noche era víspera de Navidad, y los miles de soles lejanos y gigantes que brillaban hermosos en el cielo volvían a mirar compasivos a la inocente criatura. Le brillaban a la niña en los ojos, veían el fondo de su corazón infantil y no hallaban en él más que bondad y amor de Dios. Entonces, los ojos de la niña adquirieron un brillo más extraordinario si cabe, y una capacidad mayor de ver más lejos todavía. Así podían ver más allá de las estrellas, hasta el manto del trono invisible de Dios, allí donde los ángeles llevan y traen mensajes entre los muchos millones de mundos de la creación infinita de Dios. Y hacía una noche clara y silenciosa, preñada de muda admiración. Tan solo la aurora boreal crepitaba en el cielo, con su arco rojizo sobre la cabeza de Ojo de Estrella.

La mañana de Navidad, muy temprano, mientras los niños aún dormían en la cabaña, el colono volvió a casa de su viaje. Después de abrazar a su mujer y de sacudirse la escarcha del pelo castaño, preguntó por los niños. La mujer le dijo que Palte había pasado el sarampión, pero que ya se había recuperado; y Simmu y Matte estaban rollizos como panecillos de trigo.

—¿Y Ojo de Estrella? —preguntó el colono.

—Bien —dijo la mujer, pues temía a su marido y le remordía la conciencia.

—Tenemos que cuidar bien de Ojo de Estrella —continuó el colono—. Anoche tuve un sueño. Mientras dormía en el trineo, me pareció que me caía una estrella en la piel con la que me cubría y que me decía: “Llévame contigo y vela por mí, ¡yo soy la bendición de tu casa!”. Pero fíjate: cuando alargué el brazo para coger la estrella, se había esfumado. Me desperté y me puse a pensar que en verdad la bendición de Dios había presidido cuanto habíamos emprendido estos tres últimos años, desde que nos hicimos cargo de la extraña que era aquella niña. Antes nada nos salía bien, estábamos enfermos y éramos pobres, se nos helaban los campos, el oso atacaba las vacas, el lobo se llevaba las ovejas. Ahora, en cambio, todo va como Dios manda, porque Dios es misericordioso con las almas caritativas, y sus ángeles se preocupan muy en particular de los niños inocentes.

Al oír esto, la mujer del colono volvió a notar una punzada en el corazón, pero no se atrevió a decir nada. Por fin se despertaron los niños, el padre los abrazó y se alegró de que estuvieran tan sanos y fuertes. Luego, después de jugar con ellos unos instantes y de columpiarlos en las rodillas, volvió a preguntar:

—¿Dónde está Ojo de Estrella?

Entonces, Simmu respondió:

—Madre la ha encerrado en el sótano.

Palte dijo:

—Madre le ha vendado los ojos con siete paños de lana y ha cubierto la trampilla del sótano con siete alfombras.

Matte dijo:

—Madre se la entregó a Murra, y Murra se la ha llevado a la montaña.

El colono se puso rojo de ira al saberlo, en tanto que su mujer se puso blanca como la cera, y solo pudo responder:

—Era hija de lapones, y los lapones saben de encantamientos.

El colono no dijo nada, volvió al establo y, a pesar del cansancio, unció de nuevo el caballo al trineo. Acto seguido se dirigió primero a la cabaña de Murra, la arrastró hasta el trineo para obligarla a que le mostrara dónde había dejado a la niña. Llegaron a la montaña, se bajaron del trineo y recorrieron con los esquís las rocas nevadas. Cuando llegaron al lugar donde Murra había abandonado a la criatura, aún se apreciaba una hondonada pequeñita justo en el sitio donde la niña había estado sobre la nieve. Y, unos pasos más allá, se veían huellas de esquís. A Ojo de Estrella, en cambio, no la vieron, no estaba allí, y, después de buscarla un buen rato sin encontrarla, tuvieron que volver. El colono iba deslizándose sobre los esquís, mientras Murra lo seguía a unos metros. Entonces, de repente, se oyó un grito. El colono, que iba bajando la loma a toda velocidad, se detuvo y, al volverse a mirar, vio que una manada de lobos de Laponia muertos de hambre estaban despedazando a Murra en la cima de la montaña. Y él no pudo ayudarla, la pendiente era demasiado empinada y le dificultaba el ascenso; y cuando llegó por fin, después de mucho esfuerzo, los lobos ya habían devorado a la mujer. Apesadumbrado, reemprendió la marcha y llegó a la cabaña en el momento mismo en que las campanas dejaron de tocar llamando al oficio de Navidad.

La mujer del colono no tenía valor de ir a la iglesia a alabar a Dios, de tan amargamente arrepentida como estaba, pues, aquella mañana, cuando fue a dar de comer a las ovejas, los lobos ya habían estado allí, habían entrado en el establo por la noche y no habían dejado viva ni a una sola.

—Ya empieza nuestro castigo —dijo el colono—. Madre, vayamos con los niños a la iglesia, nos hace más falta que nunca, pues hemos de pedir perdón por un gran pecado.

Desde aquel día, nadie supo del paradero de Ojo de Estrella. Las huellas de los esquís que había en la nieve allí donde la había dejado Murra hacían suponer que, una vez más, un ángel bondadoso habría guiado a un caminante hasta aquella montaña solitaria; el caminante encontró a la niña y se la llevó. Debemos creer que así fue como ocurrió, pero nadie sabe quién era el caminante, adónde se llevó a Ojo de Estrella ni dónde tiene ahora la niña su hogar, y esperemos que sea un hogar mejor, al que llevar la bendición y en el que ver más de lo que ven los demás. Sí, Ojo de Estrella verá a través de siete muros, verá a través del corazón de los hombres, verá más allá de las estrellas, a través de la bóveda celeste hasta las moradas de los bienaventurados.

Y ¿qué había de tener eso de extraño? ¿No conocemos a veces personas que se diría que tienen un don y que pueden leer los pensamientos de los demás? ¿No conocemos a veces personas buenas y piadosas que, gracias a la fortaleza de su fe, pueden ver el manto de gloria de los bienaventurados? Más allá del manto no, pues mucho de lo que allí hay «no lo ha visto ni lo ha oído nadie», pero el simple hecho de ver más allá de los confines de la tierra ya es un gran don, solo al alcance de unos pocos elegidos.

Antiguamente se pensaba que el destino de los hombres dependía de las estrellas. Ahora, que depende de la voluntad de Dios, pero no por ello han perdido las estrellas ese poder prodigioso. Pues, cuando las miramos sobrecogidos, siempre vemos algo así como un pliegue del manto de Dios en su creación infinita. Entonces brilla un rayo de eternidad a través de la noche de la tierra, y entonces puede que su reflejo se nos quede prendido en los ojos y en el espíritu. Ese reflejo arraigó en Ojo de Estrella porque era una niña inocente y abandonada que no tenía ningún apego a la tierra. La diferencia radica en que, en los demás, ese brillo de estrellas palidece por culpa de los pensamientos y apetitos por los que nos aferramos a este mundo.

Ya nadie sabe dónde estará Ojo de Estrella. Seguirá siendo una niña, eso es seguro, pues no hace tanto que desapareció. Observa, pues, a todos los niños buenos de ojos claros y brillantes: puede que alguno de ellos sea Ojo de Estrella. Cuentan que tenía el pelo negro y los ojos castaños, como los lapones, pero no creas que eso le impedirá existir también en los niños rubios de ojos azules. Estos detalles no significan gran cosa, y puede que ahora tenga otro aspecto. Eso sí, estate atento y ve si es capaz de leerte el pensamiento, de aplacar una tormenta y de adivinar un secreto aun con siete vendas en los ojos. Y, si es capaz de hacer tales prodigios, seguro que es Ojo de Estrella. Si la encuentras, háznoslo saber a los demás, pero no se lo digas a ella, porque ya hace tiempo que ha olvidado el sótano y la crueldad de los hombres, y es mejor que así sea.

¡Ay, querida Ojo de Estrella, una vez te vi, no diré dónde, y me leíste el pensamiento y me abrazaste calurosamente, pues viste que yo te quería! ¿Quién no te querría, niña adorable, con ese brillo de eternidad y ese esplendor en los ojos?

Nel Benschop, 16 de enero de 1918. Hace 100 años

 

La poetisa holandesa Nelly Anna “Nel” Benschop nació en La Haya el 16 de enero de 1918 en el seno de una familia reformista y de fuertes convicciones religiosas. Ejerció de maestra desde 1937 y sus primeros poemas datan de 1948, que ella misma recitaba en público. Su primer poemario, Gouddraad uit vlas, fue editado en 1967 y tuvo un gran éxito, siendo reeditado hasta sesenta veces, éxito que repitió con los sucesivos libros que fue escribiendo, siendo la poetisa más vendida de su país, sin embargo, los críticos literarios no la han tomado nunca en serio al contener sus poemas un sentimiento profundamente cristiano que le acerca al estilo pastoral, más que al lírico, teniendo como temas recurrentes el sacrificio, el sufrimiento, la muerte o la fe.

 

Solo descansa, has negado tu lucha;

lo hiciste como un hombre valiente.

¿Quién puede entender lo que has sufrido?

¿Y quién puede empatizar con lo que has pasado?

 

(De Gouddraad uit vlas)

Elisa Mújica, 21 de enero de 1918. Hace 100 años

 

Elisa Mújica Velázquez, nacida en Bucaramanga, Colombia, el 21 de enero de 1918, fue una escritora colombiana que llegó a formar parte tanto de la Academia Colombiana de la Lengua, como de la Real Academia Española. Su amplia y variada obra de creación, bastante relacionada con la vida social colombiana, se compone de novelas, ensayos, cuentos, literatura infantil y una autobiografía, además de colaborar en diversos diarios y revistas, principalmente El Tiempo, El Espectador y la revista Semana. Sin embargo, a pesar de los distintos reconocimientos nacionales e internacionales hacia su trabajo, actualmente es poco leída, aun a pesar de contar con narraciones breves de tanta calidad como: Tienda de imágenes, Árbol de Ruedas o Ángela y El Diablo, o sus tres novelas: Los dos tiempos, Catalina y Bogotá de las Nubes, las cuales ligan la historia de Colombia con los destinos de las mujeres protagonistas de las mismas.

Desde muy joven cambió de residencia a la capital colombiana, Bogotá, donde recibió una educación de tendencia católica, viviendo en el barrio de La Candelaria, el cual inmortalizaría en su trabajo, Las casas que hablan: guía histórica de La Candelaria de Santafé de Bogotá, de 1994.

Su vida laboral transcurrió por los despachos oficiales, comenzando en el Ministerio de Comunicaciones, de donde pasó a ser secretaria del expresidente de la República por el Partido Liberal, Carlos Lleras Restrepo y, posteriormente, como secretaria de la Embajada de Colombia en Quito, Ecuador, donde escribiría su primera novela, Los dos tiempos, y donde se afilió al comunismo y al activismo revolucionario, postura de la que se apartaría tras la invasión de Hungría por el ejército soviético en 1956.

En 2009 publica la colección de cuentos que le daría bastante notoriedad, la cual contiene relatos como: Ángela y el Diablo, La chimenea, Las reclusas, La biblioteca, El contabilista o María Modesta. Residió un tiempo en Madrid como ayudante del arqueólogo español José Pérez de Barradas, quien estaba enfrascado en un trabajo sobre el pasado aborigen de Colombia, y a su vuelta a América, fue la primera mujer en dirigir una entidad bancaria en su país, La Caja Agraria en Sopó y, al poco tiempo, volvió a ser la primera mujer en ocupar un sillón de la Academia Colombiana de la Lengua y, en 1984, fue elegida miembro hispanoamericano de la Real Academia Española de la Lengua.

En sus trabajos siempre revindicó los derechos de la mujer y se afanó en anular la distinción social entre hombres y mujeres, reflejando en sus creaciones la vida cotidiana del universo femenino en todas sus facetas: hogar, estudio, trabajo, sociedad, poniendo de relieve los innumerables obstáculos que las mujeres encuentran a lo largo de sus vidas para su pleno desarrollo, considerando al matrimonio como una experiencia asfixiante.

Elisa Mújica falleció, en Bogotá, el 27 de mayo del 2003.

 

ÁNGELA Y EL DIABLO

De Elisa Mújica

 

Al amanecer, el automóvil salió de Belén de Cerinza con dirección a Tunja. A Ángela el nombre de Belén la había hecho recordar las Navidades que acababa de pasar, cuando creía que no tenía que hacer en el mundo más que jugar con las otras niñas. Ahora se hallaba envuelta en una manta, en un rincón del coche, y contemplaba por la ventanilla el paisaje. Éste era siempre igual y siempre cambiante. A veces Ángela se volvía hacia su madre, sentada a un lado, para buscar la tibieza que salía de ella. La agradaba la somnolencia que producía el movimiento del coche y deseaba que el viaje no terminara, para no verse obligada a afrontar la llegada al colegio y la separación de su madre.

Las familias de Boyacá y Santander que poseían medios económicos, acostumbraban enviar a sus hijas a terminar su educación al colegio de las monjas de Tunja, y aunque la familia de Ángela no era rica, los padres habían hecho sacrificios a fin de que su hija no careciera de un requisito que le aseguraría un buen matrimonio. En el clima de Tunja, las niñas que llegaban de tierra caliente empezaban a engordar y perdían el color amarillo y el aire lánguido. La madre de Ángela imaginaba a su hija con las manos enrojecidas por el frío, vigorosa y libre de la anemia que había allá abajo, y eso la consolaba de tener que dejarla lejos de ella.

Cuando se detuvo por fin el auto frente a la puerta claveteada del colegio, Ángela creyó que caía en el vacío, sin encontrar nada que la sostuviera. Para ella todo era distinto a lo que había conocido hasta entonces. En su ciudad, el campo estaba lleno de naranjos, gloxinias y “bella de noche”. En cambio, allí no veía sino eucaliptos y cipreses. Le eran extrañas las caras, y hasta el aire, desapacible y helado. El sueño era lo único que le quedaba para refugiarse, y se durmió. Pero a la mañana siguiente tomó nota del lugar dentro de la fila en que se encontraba su cama; de las caras de las niñas vecinas; de los tiestos de geranios que había en el patio y que rompían con una mancha viva la monotonía de las paredes grises, y de las miradas amables que, desde sus altares de la capilla, le enviaban los santos. Cuando llegó a familiarizarse con eso, se sintió de nuevo amparada y tranquila, y quedó curada de su nostalgia.

En el colegio, fuera de la Madre Irene, de la Madre Pilar y de la Madre Teresa, que se hallaban constantemente con las niñas, existía otra monja que las acompañaba también. Allí había vivido hacía muchos años la Madre Francisca Josefa, que era una santa. Las niñas pasaban de puntillas frente a la celda que había ocupado, con la esperanza y el temor de descubrir algo insólito. Cuando llegaba la hora de la clase de costura, que tenía lugar en un salón grande y oscuro, la Madre Irene hablaba de la monja, mientras las cabezas de sus discípulas caían blandamente sobre los bastidores.

—Aquí, en este mismo sitio donde estamos sentadas nosotras—decía—, era en otro tiempo el refectorio del convento y la Santa Madre entraba a las horas de las comidas y bendecía el pan. Un día, el Cristo que está en ese cuadro se movió, desclavó la mano derecha y la bendijo. Fue un gran milagro.

Las caras de la monja y de las niñas resplandecían de placer. Pero luego la Madre Irene suspiraba y decía:

-La Iglesia no la ha podido canonizar porque sus restos se extraviaron. Las monjas de ese tiempo los echaron en un saco de cuero para distinguirlos de los demás. Y el saco no aparece...

La decepción quedaba flotando como un fantasma en el cuarto oscuro y entre las cabezas de las niñas. Después la Madre Irene se levantaba y se mezclaba con ellas, en el desorden de los bastidores, los hilos y las lanas. Desaparecían las diferencias entre la maestra y las discípulas y no quedaban sino mujeres, unidas por una tarea común. El corazón de todas se encogía con angustia que les gustaba, cuando la monja recomendaba:

—No desperdicien el hilo, niñas, porque el diablo está cerca y recoge cada hebra que tiran. Cuando reúna muchas, fabricará una gran bola, que les mostrará en el infierno. El diablo siempre se encuentra alerta y a la Santa Madre la perseguía cada noche. La sacaba de su celda y la arrojaba escaleras abajo, haciendo un ruido tan grande, que las otras monjas despertaban asustadas y tenían que ir a levantarla...

Por la noche, después de comer y de rezar el rosario, cuando las niñas subían al dormitorio y pasaban frente a la celda de la Santa, oían otras pisadas, blandas y aéreas, que resonaban al lado de las suyas. A veces las escuchaban hasta llegar al camarín que conducía a la capilla y en el que había una gran Cruz de hierro montada sobre una piedra. Ésta se hallaba gastada por el roce de las rodillas de la Madre Francisca, y a Ángela le daba susto mirarla, lo mismo que si hubiera sorprendido a alguien realizando un acto secreto.

Una noche Ángela soñó que el diablo entraba en el cuarto de costura a contar las hebras caídas y que las guardaba en el saco de cuero donde reposaban los huesos de la Madre. Despertó, pero comprendió que el diablo seguía allí, paseándose entre las camas de las internas. Tenía la cara larga y arrugada, parecida a la de la Madre Irene. En cambio, la Madre Pilar era bonita y joven. A ella, Ángela le habría querido contar los motivos por los que algunos días tenía que abstenerse de comulgar. A consecuencia del cambio de clima, se había desarrollado a las pocas semanas de llegar al colegio. Si comulgaba en ese estado, seguramente pecaría. Otras niñas lo aseguraban, diciendo que se trataba de un sacrilegio.

Debía llamar a la Madre Pilar y darle cualquier disculpa para no hacerlo. Una vela encendida y el sonido de la voz ahuyentaban a Lucifer. Ángela corrió hasta la cama de la monja y le dijo:

—Madrecita..., tengo mucha sed. Déjeme beber un vaso de agua.

Como si la monja hubiera estado despierta y esperándola, le contesto en seguida:

—Hija: es el demonio quien te ha inspirado el deseo de beber. Si caes en la tentación no podrás comulgar, porque ha pasado la medianoche. De modo que no tomarás agua. Ten paciencia y procura dormir.

Ángela volvió a su cama. Necesitaba buscar otro medio de no comulgar al día siguiente, ya que éste le había fallado. ¡Si la Madre Francisca Josefa quisiera acudir en su ayuda! Ella podía hacer que temblara la tierra a la hora de la misa. Las monjas y las niñas saldrían huyendo de la capilla, inclusive el sacerdote con el copón, y Ángela no cometería la profanación de comulgar y se salvaría.

Claro que también podía confesarse. El sacerdote la perdonaría, pero ella debería decir en qué consistía su pecado, debería decirlo...Cuando llegó por fin la mañana y se levantó, le dolía la cabeza y sentía los labios secos. Sabía que, si comulgaba, en adelante nada sería como antes. Ningún juego resultaría completamente divertido y tampoco seguiría con interés las explicaciones de la maestra en la clase. La confesión era el medio previsto para que los fieles volvieran al buen camino. Algunas veces, cuando la Madre Francisca entraba al confesionario, veía adentro una luz intensa y el semblante de Nuestro Señor, con la cabeza coronada de espinas.

 —Ego te absolvo...

En la capilla, la atmósfera era tibia y agradable. Cada niña ocupaba su puesto en la fila de bancas y, adelante, parecían una nube oscura las tocas negras de las religiosas. Ángela se dio cuenta de que formaba parte de un todo grande y poderoso que la protegía, siempre que no quebrantara sus leyes. Comulgar esa mañana sería una desobediencia. No quería cometerla, pero... se hallaba obligada a hacerlo. La Madre Pilar no le quitaba los ojos de encima y le indicaba por señas que se acercara a la Mesa. Sin duda, consideraba un triunfo personal sobre el demonio no haberla dejado beber agua. Ángela comprendió que no podía esperar. Subió la escalinata del altar y las luces de los cirios crecieron, incendiaron el tabernáculo en una sola llama. En sus oídos una voz repetía:

—Quien comulga sacrílegamente, come y bebe su condenación.

Al regresar a su sitio, con las manos juntas, contempló, rígidas y burlonas, las caras de las niñas que rezaban a su lado. Ella no tenía nada que hacer allí, pues había salido de la comunidad. Ya no contaba con su fuerza y su calor, y debería defenderse de los ataques que esta le hiciera. Era una extraña y se encontraba sola.

¿Y quién le aseguraba que, cuando fuera a pasar al lado del confesionario donde el Padre Luis entraba, una vez terminada la misa, no levantaría la cortina de seda morada, para señalar a la que había cometido un pecado tan grande y se hallaba endemoniada? Ya se había formado la fila de niñas y empezaba a avanzar lentamente para salir de la capilla. Estaba frente al confesionario. Ángela lanzo un grito y cayó al suelo desmayada.

Despertó en la enfermería. La Madre Pilar le sostenía cariñosamente la cabeza y le pasaba por la frente un pañuelo empapado en alcohol. Las manos de la monja eran suaves y tibias, y su contacto calmaba a Ángela. Le inspiraba deseos de dormir...

Como apenas había pegado los ojos la noche anterior, quedo sumida rápidamente en un sueño profundo. Debió durar todo el día, pues cuando despertó se encontró sola. La enfermería estaba oscura. Por la puerta entornada, escasamente alcanzaba a distinguir el corredor silencioso. La escalera que conducía a la celda de la Madre Francisca se desprendía de las sombras, blanca y solemne como si por ella fuera a subir una procesión.

Esa escalera atraía a Ángela. Era la misma por donde llegaban los espíritus infernales que perseguían a la Madre. La misma por la que su cuerpo martirizado rodaba cada noche. Tiritando de frío, se acercó. Deseaba rezar ante la Cruz de hierro del camarín, para obtener el perdón de su pecado, y empezó a subir las gradas. A su lado, muy cerca, en las tinieblas, alguien avanzaba también. Si Ángela se detenía, él hacía lo mismo. No podía devolverse porque tenía la seguridad de que un cuerpo se interpondría para impedirle el paso. Su salvación dependía de llegar hasta la Cruz. Necesitaba correr...

Había llegado al rellano de la escalera. Desde ahí Ángela veía la celda de la monja y el pasillo que comunicaba con el camarín. Pero de la celda acababa de salir una figura negra, con los ojos verdes, brillantes en la oscuridad. Ángela distinguió muy bien los ojos...

El estruendo de un cuerpo que caía por las escaleras despertó a las monjas, lo mismo que les había ocurrido a sus antepasados, en el tiempo de la Madre Francisca.

Philip José Farmer, 26 de enero 1918. Hace 100 años

 

Nacido en North Terre Haute, Indiana, USA, el 26 de enero de 1918, Philip José Farmer fue un autor de relatos y novelas de ciencia ficción, en las que no desechaba incluir temas tan dispares como el sexo o la religión, y cuyos personajes eran, en muchas ocasiones, reales o pertenecientes a obras anteriores escritas por otros autores.

Una de sus novelas, Los amantes, indignó el pensamiento puritano de su época al narrar, con los más mínimos detalles, las relaciones eróticas entre un hombre, Hal Yarrow, para más “inri”, miembro de una comunidad puritana, y una hembra alienígena que, para más detalles, era algo similar a un insecto capaz de mimetizarse en cualquier otro ser, de cuya relación nacerían “niños insecto”.

Tampoco dejó indiferente a nadie que la leyera, La imagen de la bestia, en cuyo inicio una mujer está practicando una felación a un hombre y, cuando éste ya está llegando al apogeo, ella se cambia la dentadura por otra con dientes como cuchillas y lo castra así, sin más…

Pero no sólo de sexo viven los relatos de Farmer, pues sus historias están repletas de aventuras y acción, como el ciclo El mundo del río, donde aparecen como personajes el explorador británico, Richard Francis Burton, o el líder nazi Hermann Göring, o el escritor norteamericano Mark Twain, entre otros muchos, pues estas historias se basan en la existencia de un valle donde vuelven a la vida diferentes personajes del pasado.

También, como ya he comentado más arriba, la religión no le dejaba indiferente, y así podemos ver a un sacerdote asesino, el padre Carmody, que va predicando por diferentes planetas de la galaxia, o el mismísimo Jesús, quien aparece en la saga del río como un personaje más.

Tampoco hacía ascos a la hora de utilizar personajes ajenos como el Mago de Oz, Philias Fogg o Tarzán, al cual incluso le dedicó todo un ensayo: Tarzan alive, a definitive biography of Lord Greystoke.

Con una personalidad alegre, bromista y desinhibida, incluso, a veces, inclinada a ser blasfema e irreverente, era un hombre que producía reacciones encontradas, pues mientras algunos pedían que fuera “quemado en la hoguera”, en otros despertaba una sincera simpatía e incluso fue reconocido con bastantes premios y homenajes.

 

EL REY DE LAS BESTIAS

De Philip José Farmer

 

El biólogo estaba mostrándole al visitante el laboratorio y el zoo.

—Nuestro presupuesto —dijo—, es demasiado limitado para recrear todas las especies extintas conocidas. Así que devolvemos a la vida sólo los animales superiores, los más bellos que fueron cruelmente exterminados. Por así decirlo, estoy tratando de compensar la crueldad y la estupidez. Se podría decir que el hombre abofeteaba el rostro de Dios cada vez que aniquilaba una especie del reino animal.

Hizo una pausa, y miraron más allá de los fosos y los campos de fuerza. Los cervatillos brincaban y galopaban, mientras el Sol les iluminaba los flancos. La foca sacaba sus humorísticos bigotes del agua. El gorila atisbaba tras los bambúes. Las palomas mensajeras se atusaban las plumas. Un rinoceronte trotaba como un cómico acorazado. Una jirafa los miró con delicados ojos y luego volvió a comer hojas.

—Ahí está el dronte. No es hermoso, pero es muy raro, y totalmente inerme. Venga, le mostraré el proceso de recreación.

En el gran edificio pasaron junto a hileras de voluminosos y altos tanques. Podían ver claramente por las ventanas de sus flancos, y a través de la gelatina interior.

—Esos son embriones de elefantes africanos — dijo el biólogo-. Planeamos producir una gran manada y soltarla en la nueva reserva gubernamental.

—Casi se le puede ver irradiar felicidad —dijo el distinguido visitante—. Ama mucho a los animales, ¿no?

—Amo todo lo vivo.

—Dígame —dijo el visitante—, ¿de dónde obtiene los datos para la recreación?

—Principalmente de esqueletos y pieles que había en los antiguos museos. Y de libros y películas que hemos encontrado en excavaciones arqueológicas y que hemos logrado restaurar y luego traducir. ¡Ah!, ¿ve esos grandes huevos? En su interior están gestándose los polluelos del gran moa. Y casi a punto para ser sacados del tanque se hallan los cachorros de tigre. Cuando estén crecidos serán peligrosos, pero estarán confinados en la reserva.

El visitante se detuvo ante el último de los tanques.

—¿Sólo uno? —preguntó—. ¿Qué es?

—Pobrecillo —dijo el biólogo ahora triste—. ¡Estará tan solo! Pero yo le daré todo el cariño que pueda.

—¿Es tan peligroso? —preguntó el visitante—. ¿Peor que los elefantes, tigres, y osos?

—Tuve que conseguir un permiso especial antes de hacer crecer éste —explicó el biólogo; su voz temblaba.

El visitante dio un paso hacia atrás asustado, apartándose del tanque. Y exclamó:

—Entonces, debe de ser… ¡Pero no, no se atrevería!

El biólogo asintió con la cabeza.

—Sí, es un hombre.

Gracias por leernos...

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