PERSONAJES DE PAPEL: Historia del cómic – 9ª: Pliegos de cordel y aleluyas

Un trabajo de…

"Hombres, mujeres y niños,
mendigos y caballeros,
paisanos y militares,
carcamales y mancebos.
El que ya no peina canas
porque se quedó sin pelo,
y el que el tupé se compone
con bandolina y ungüento..."

 

 

Con la aparición de la imprenta, tanto la escritura como la difusión de imágenes deja de ser algo meramente artesanal para producirse mediante un medio mecánico, gracias al cual era posible reproducirlos en serie utilizando tipos y grabados móviles. Aunque el uso de estos tipos y de las planchas que se empleaban para la xilografía eran ya conocidos por los chinos, su invención, más que introducción, en Europa data de mediados del siglo XV y se adjudica su creación a Gutenberg, aunque este hecho no está tan claro para todo el mundo pues, por ejemplo, en Holanda aseguran que el inventor de la imprenta fue Coster, en Haarlem, una pequeña ciudad de los Países Bajos, mientras que los franceses ubican el invento de la misma en la ciudad de Estrasburgo por parte de los orfebres residentes en ella. Pero fuera como fuera y fuese quien fuese su inventor, lo que es innegable es que la imprenta cambiaría por completo la edición y expansión de los libros, dibujos, y demás documentos gráficos, ya que el perfeccionamiento de los medios técnicos permitió la aparición de la prensa (siglo XVI) y el posterior nacimiento del cómic.

El caso es que se sabe que Gutenberg utilizó la imprenta allá por 1446, extendiéndose su uso por toda Europa y posibilitando la impresión de los famosos pliegos de cordel y aleluyas, que podían llegar a un público más amplio y popular.

Los pliegos de cordel consistían en unas hojas de papel impreso formando unos pequeños cuadernos, de diversa extensión, entre una a las treinta y dos páginas, sujetos mediante pinzas a una cuerda para facilitar la elección de los mismos a la clientela que los compraba en ferias, mercados o simplemente a los mismo ciegos u otros juglares callejeros; trataban de diferentes temas que iban desde los religiosos a los más mundanos, ilustrados con gran cantidad de grabados para hacerlos no solamente más atractivos, sino más comprensibles a un público mayoritariamente ignorante. Los había de diferentes características, según su contenido: trovos amorosos, matracas, pasillos de comedia, canciones, libelos, romances de ciego… aunque casi siempre escritos en verso, ya que así era más fácil memorizarlos.

Al ser esta una literatura barata, breve y sencilla, llegaba a una gran cantidad de personas, sobre todo entre el pueblo llano. También eran vendidos por los ciegos que recitaban sus romances por calles y plazas, en muchas ocasiones compuestos por ellos mismos, y se basaban en hechos, acontecimientos o sucesos tanto reales como ficticios: asuntos históricos o religiosos, narraciones, aventuras… Los pliegos de cordel surgieron en el siglo XV y tuvieron su máxima difusión desde el siglo XVII hasta finales del XIX que dejaron de venderse a causa de la aparición de la prensa.

Las aleluyas eran unos carteles con viñetas compuestas de dibujo y versos, normalmente pareados, con una función preferentemente moralizante, las cuales eran cantadas por unos ciegos, acompañados de sus correspondientes lazarillos, o por narradores profesionales quienes, a medida que recitaban la leyenda, iban señalando el dibujo correspondiente por medio de un bastón. Las historias que se contaban en ellos eran de muchos tipos, pero entre el público tenían más aceptación aquellas que describían sucesos truculentos, como crímenes o robos, donde los malos siempre acababan siendo castigados. Estas historias tenían el nombre de avisos. Tras la actuación, el narrador recibía algunas monedas por parte del público, o les compraban algún pliego de cordel con cuya venta se mantenían.

Los pliegos de cordel y las aleluyas es un subgénero literario que los estudiosos de la literatura consideran de “mal gusto” o de clase inferior, pues la sencillez y escasa elaboración de sus características formales y temáticas así lo daban a considerar, sin embargo, no se debe olvidar la importancia que tuvo en su tiempo para acercar a las clases más populares la afición por la lectura o, al menos, por el acto de que alguien les narrase historias más o menos literarias, sirviendo estos pliegos y aleluyas como propagadores de los textos más intelectuales, aunque fuera mediante simples hojas sin encuadernar y de lectura rápida y sencilla, en una sociedad donde las personas cultas estaban en franca minoría. Por ese mismo hecho, al estar enfocadas a un público en su mayoría analfabeto, los dibujos y grabados tenían una crucial importancia, pues mediante ellos, la gente entendía lo que se les estaba contando, cumpliendo con la finalidad que más adelante cubrirían los cómics.

Como cualquier expresión popular, estos medios de expresión entran en el apartado folklórico, marcando una tradición que acabaría, sobre todo en España, ya bastante avanzado el siglo XX, sobre todo a causa de la creación de la ONCE que dio trabajo, como vendedores de los famosos cupones, a una gran cantidad de personas invidentes, pero a lo largo de su existencia tuvieron bastante aceptación y no era extraño, en las calles o plazas de las ciudades de los siglos XVIII y XIX, ver a un corro de gente atenta al recitar del bardo ocasional a quien le solían pedir bises para así poder memorizarlo y lucirse ante sus amigos o familiares.

Las características más representativas de los pliegos de cordel y aleluyas son su esquematismo de raíces medievales, su carácter oral, la justificación de la historia narrada mediante su moralidad, sus intentos de parecer verosímiles y la exageración y sensacionalismo de los hechos narrados. En su desarrollo y puesta en escena, eran como unas representaciones breves, con constantes alusiones al auditorio y disculpas por los posibles fallos cometidos, con constantes invocaciones religiosas y una notoria actitud antifeminista mediante constantes burlas hacia las mujeres.

Así mismo, en los siglos XVIII y XIX, los pliegos de cordel fueron una forma bastante eficaz para divulgar la poesía, además de un buen instrumento para la información y propaganda política, en muchas ocasiones de forma bastante mordaz y satírica, por lo que podemos afirmar que su valor sociológico es indudable, siendo uno de los medios de difusión más importante del romancero español y la trasmisión de la poesía, a pesar de los intentos por parte de los ilustrados por frenar su expansión a causa de su visión elitista de la cultura, así como para burlar las prohibiciones o censuras del momento, sobre todo en obras de teatro que el pueblo pudo conocer con total impunidad.

"Y aquí se acaba el romance
que en el pliego escrito está,
sólo dos céntimos cuesta
a quien lo quiera llevar".

Gracias por leernos...

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