Mythos y Logos:

Los mitos en el arte I: La caída de Ícaro, de Jacob Peeter Gowy.

Dédalo era un gran inventor cuya fama llegó a ser muy grande en la antigua Grecia. Tras ser expulsado de Atenas, por motivos que no conciernen en esta ocasión, Dédalo encontró refugio en la corte del rey Minos de Creta, quien dominaba los mares con su poderosa flota, y supo aprovecharse de la sabiduría del ateniense. 

Mythos y Logos:

Los mitos en el arte I: La caída de Ícaro, de Jacob Peeter Gowy.

Dédalo era un gran inventor cuya fama llegó a ser muy grande en la antigua Grecia. Tras ser expulsado de Atenas, por motivos que no conciernen en esta ocasión, Dédalo encontró refugio en la corte del rey Minos de Creta, quien dominaba los mares con su poderosa flota, y supo aprovecharse de la sabiduría del ateniense. 

Un trabajo de…

Un mito es una historia tradicional que explica las creencias de unas personas sobre la naturaleza o la sociedad. Los principales personajes de los mitos son normalmente dioses o héroes con poderes especiales y sus historias se sitúan en un lejano pasado. Sin embargo, muchas de las personas que cuentan estas historias creen que son ciertas. Al conjunto de mitos se le denomina mitología y se refiere a las leyendas de una particular región y cultura. Algunos ejemplos son la mitología griega, la romana, la nórdica, la celta, la china, etcétera. La historia a la que en esta ocasión hacemos referencia pertenece a la mitología griega y es una versión bastante libre por nuestra parte, pues hay que dejar claro que de cada mito hay diferentes versiones, coincidentes únicamente en lo básico.

 

El arte ha sido desde sus inicios un buen medio para divulgar y desarrollar los mitos y, al contrario, los mitos han sido una buena fuente de inspiración para la creación artística. La idea de esta serie se basa en utilizar una obra de arte a partir de la cual explicar un hecho mitológico.

El óleo que en esta ocasión nos ocupa fue realizado, sobre lienzo de dimensiones 195 x 180 cm., entre 1636 y 1638 por el artista flamenco Jacob Peeter Gowy y  formaba parte de un encargo de Rubens para decorar la Torre de la Parada. Actualmente pertenece a la colección del Museo del Prado de Madrid. En él se representa a Dédalo, en pleno vuelo con sus alas fabricadas en perfecto estado, y al lado a su hijo Ícaro cayendo irremisiblemente al mar mientras agita desesperado sus brazos desnudos desprovistos de alas.

 

Dédalo era un gran inventor cuya fama llegó a ser muy grande en la antigua Grecia. Tras ser expulsado de Atenas, por motivos que no conciernen en esta ocasión, Dédalo encontró refugio en la corte del rey Minos de Creta, quien dominaba los mares con su poderosa flota, y supo aprovecharse de la sabiduría del ateniense. Allí nació su hijo Ícaro, fruto de una relación con una esclava llamada Naukrate y allí vivió en paz y feliz durante un tiempo, hasta que Pasiphae, la esposa del rey, demandó su ayuda para llevar a cabo un acto bastante execrable que al mismo Dédalo le repugnaba, sin embargo, no pudo negarse.

 

La cuestión era que Pasiphae, llevada por una inaudita pasión, estaba empeñada en aparearse con un hermoso toro aparecido en el mar, como obsequio del dios Poseidón al rey Minos en demostración de su favor divino, el cual debía ser devuelto al dios en forma de sacrificio, sin embargo, Minos, maravillado ante aquella asombrosa bestia, decidió inmolar otro toro en su lugar y se guardó el enviado por Poseidón.

 

Así pues, en vista de que Pasiphae era incapaz de controlar su impulso libidinoso y conjeturando que esa cópula entrañaba muchos y peligrosos problemas, Dédalo resolvió que lo mejor era esculpir una vaca de madera con ruedas, ahuecada por dentro y forrada con una piel natural bovina. Pasiphae se introdujo en este artefacto que fue colocado en los pastos donde el toro iba a pacer y el resto se puede imaginar: la mujer consiguió lo que quería y de esa unión tan antinatural nació, como era de esperar, un ser monstruoso: el Minotauro, mitad hombre y mitad toro, el cual se alimentaba de carne humana.

 

Cuando Minos vio aquella terrible criatura, encargó a Dédalo la construcción de un laberinto donde esconderla y, como el rey no daba punzada sin hilo, aprovechó a la bestia para atemorizar a las ciudades subyugadas, entre ellas Atenas, a las que les impuso el tributo anual de enviar siete mujeres jóvenes y siete hombres jóvenes, cada una, para alimentar al Minotauro. En una de esas remesas llegó Teseo, un príncipe ateniense, cuya misión era matar al Minotauro y liberar a las ciudades griegas de ese tremendo sacrificio. Para ello enamoró a Ariadna, hija del rey Minos, quien también solicitó la ayuda de Dédalo para lograr la salida de su amado del laberinto. Éste le entregó un ovillo de hilo rojo que Teseo fue desplegando por los intricados caminos de aquel complicado lugar, mientras que el extremo opuesto era sostenido por la propia Ariadna fuera de él. Teseo mató al Minotauro y, siguiendo el hilo, logró salir hasta donde le esperaba su amada, con la que se fugó de la isla, pero esta historia la contaremos en otra ocasión.

 

Tras estos acontecimientos, Dédalo pensó que lo mejor para él y su hijo era dejar Creta, pero el rey Minos ordenó su encarcelamiento y el de Ícaro en el propio laberinto con las puertas selladas y fuertemente custodiadas. Durante todo el tiempo de su encierro Dédalo solo pensaba en la huida y, gracias a su mente privilegiada, dio con la solución: “Minos puede frustrar nuestra huida por tierra o mar – le comentó un día a Ícaro, - pero el cielo está abierto para nosotros: iremos por ese camino. Minos gobierna todo, pero no gobierna los cielos.”

 

Para conseguir su meta, Dédalo comenzó a estudiar a las aves y construyó unas alas gigantes a imagen de las de los pájaros, las cuales cubrió de plumas, desde las más pequeñas hasta las más grandes, en el orden correcto, sujetándolas con hilo y cera de las abejas. Ya con las alas ajustadas a sus espaldas y brazos, Dédalos advirtió a su hijo: “Debo advertirte, Ícaro, que tomes el camino del medio: no vueles muy bajo pues la humedad hará muy pesadas las alas, ni muy alto, ya que el calor del sol derretirá la cera, así que viaja entre los dos extremos.” Dicho esto, ambos se abrazaron y levantaron el vuelo.

 

Al principio estaban torpes y en difícil equilibrio, pero, poco a poco, le fueron descubriendo el secreto hasta llegar a volar casi como las mismas aves. Desde tierra o sobre el mar, los campesinos y pescadores que les veían creyeron que eran dioses.

 

Pronto Creta se perdió en el horizonte y, cuando en la lejanía se recortaba el perfil de Samos, Ícaro se volvió arrogante y creyó poder llegar hasta el mismo sol. Olvidándose de los consejos de su padre, subió más y más, hasta que la cera se derritió y las plumas comenzaron a desprenderse perdiendo el sustento y cayendo a gran velocidad. Por mucho que agitaba sus brazos desnudos, lo único que pudo hacer fue gritar el nombre de su padre, y éste solo pudo ver, aterrorizado, como el mar se tragaba el cuerpo de su hijo.

Se dice que el desconsolado Dédalos descendió para buscar el cuerpo de su hijo sobre el mar que lleva su nombre: Mar Icario, y le dio sepultura en la isla vecina: Ikaria, ambos frente a las costas de la península de Anatolia.

 

Esta historia se ha interpretado tradicionalmente como un ejemplo de los peligros de la arrogancia, tomando el vuelo de Ícaro como una metáfora de la inclinación que tenemos los seres humanos a rebasar nuestros límites. Los humanos podemos crear maravillosos avances tecnológicos, pero seguiremos siendo siempre frágiles criaturas mortales.

Gracias por leernos...

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