Mythos y Logos:

El vudú. ¿Religión o brujería?

El vudú es una religión de origen africano con un gran despliegue por América y que, por diversas causas, ha sido considerada como peligrosa y, por lo tanto, tabú, sin embargo, su realidad está bastante alejada de lo mostrado en las películas o escrito en las novelas.

Un trabajo de…

En la última novela de Dolores Redondo, La cara norte del corazón, aparecen fuerzas misteriosas y tétricos personajes relacionados con una creencia religiosa denominada ‘vudú’ (del francés criollo ‘voudou’, procedente, a su vez, de la palabra original africana hablada por los ewé del sudeste de Ghana ‘vodu’ [espíritu]). Pero, en realidad, esta religión no es como nos la suelen mostrar en las películas o en las novelas, pues el vudú no es magia negra ni un culto al diablo, tampoco es una práctica destinada a hacer daño a otras personas, con el famoso muñeco erizado de agujas, ni resulta nada morboso ni violento, aunque, en esto de las religiones, no todo el mundo las practica de la misma forma ni para conseguir idéntica finalidad.

La religión vudú es originaria de África Occidental donde era practicada por diversas etnias de amplias zonas ahora pertenecientes a Togo o Benín, sin embargo se extendió por todo el Caribe con la llegada de los esclavos, donde se produjo un sincretismo al entrar estos en contacto con la religión cristiana de los amos blancos y los restos de las creencias nativas americanas, transformándose en una variante teísta, al afirmar la existencia de un ser creador de todo cuanto nos rodea, y concretándose en un sistema animista, donde cualquier elemento posee un alma, lo que le llevó a tener un componente mágico mucho más elevado que la original.

El vudú, a diferencia de otras muchas religiones, carece de escrituras y de una autoridad mundial, centrándose en la comunidad y apoyándose en la experiencia individual y en la responsabilidad de cada persona, por lo que pueden darse casos de un mal uso de sus prácticas por alguien sin escrúpulos. Así mismo, su ritual varía de una comunidad a otra, resultando de ello diversas manifestaciones (en Cuba y República Dominicana, la Santería; en Brasil, el Condomblé, la Macumba, la Ubanda, el Tambor de Mina o la Quimbanda; etcétera), precisamente, en la novela a la que hemos hecho referencia, el vudú practicado es la variante de Haiti y Nueva Orleans.

Quienes practican vudú creen que hay un mundo visible y otro invisible, estando ambos entrelazados y siendo la muerte la transición del mundo visible al invisible, por lo que nuestros antepasados no han desaparecido, sino que siguen con nosotros en espíritu, vigilándonos e inspirándonos. Además de nuestros ancestros y el resto de seres que conocimos en nuestra vida, están los Loas (o Lwa), que pueden entenderse como arquetipos de personalidades humanas, como Ogun (el guerrero) o Damballa, la Maman Brigitte o el Baron Samedi (del que hablaremos más adelante), pero también pueden encarnar algunas preocupaciones o personalidades locales importantes, como es el caso de Marie Laveau, de Nueva Orleans, quien en vida llegó a ser una importante líder de la comunidad vudú de su ciudad. Los creyentes del vudú intentan conectar con los Loas para buscar sus consejos o para pedirles ayuda con sus preocupaciones del mundo visible, lo cual es bastante similar al culto de los santos en la Iglesia Católica, las deidades hindúes o al seguimiento del trabajo o la inspiración de distintas personalidades históricas, digamos, por ejemplo, Mahatma Gandhi o Martin Luther King. Así, un seguidor del vudú puede intentar comprender a un Loa para desarrollar los principios que este representa. Y es que estas figuras son accesibles y familiares, pues el “Bondye” (Buen Dios), que está por encima de todos y es bondadoso, sin embargo, resulta distante e indiferente a las preocupaciones humanas individuales.

En su origen, el vudú carecía de clérigos, pero a partir de su conciliación con el cristianismo se comenzó a ordenar a los hougan (sacerdotes) y a las manbo (sacerdotisas), quienes son el vínculo terrenal con el camino espiritual y ofrecen orientación cuando es necesaria, aunque sin perder la creencia de que cada persona es responsable de sus propias acciones y capaz, por sí misma, de autorrealizarse, valorando los creyentes, sin embargo, a la comunidad como una gran fuerza de apoyo y enriquecimiento interior.

Ya hemos comentado que, como en casi todas las religiones, el vudú también tiene una gran variedad de creencias y prácticas que se reflejan en sus actuaciones sociales, sobre todo en aquellos lugares donde es importante actuar a favor de la supervivencia de las personas, sea por ser una población desfavorecida o a causa de alguna catástrofe medioambiental, como podemos comprobar en la novela La cara norte del corazón, donde los creyentes se ponen al servicio de la comunidad tras el desastre del Katrina, y donde muchos de ellos y ellas se expresan mediante el arte (música, pintura, danza, teatro…) dándole a la ciudad sureña de los Estados Unidos su aire cultural tan característico.

Aunque, por otra parte, en esta novela se remarcan los clichés negativos que han señalado a esta religión, como el miedo a la figura del Barón Samedi, al que se le achacan el rapto de muchachas para convertirlas en muertos vivientes o zombis, el poder de la magia negra, etcétera. Todo esto viene de una visión desfigurada del vudú, ya que este culto está enraizado en la esclavitud y estrechamente conectado con la evolución política y social del continente americano, pues el vudú llegó a América y al Caribe con los esclavos procedentes de África, cuya cultura, por desconocida, era temida y, a la vez, como siempre ocurre cuando algo se desconoce, ridiculizada por los blancos, quienes no consideraban plenamente humanos a los negros y, por consiguiente, su religión fue calificada  como simple superstición, sus sacerdotes como simples brujos y sus dioses y espíritus considerados malvados, y todo porque los señores, acomodados en su ignorancia, tenían verdadero terror a cualquier cambio que estas personas pudieran ocasionar a su tradicional y caduca forma de vida. Y de ahí surgió el racismo, que no es otra cosa que miedo, frustración y un enorme complejo de inferioridad.

Pero a finales del siglo XVIII, en Haití, una revolución de esclavos derrocó a los gobernantes europeos y tomaron el poder del país. La mayoría de ellos eran de religión vudú obligados a bautizarse en el cristianismo, y algunos de sus líderes militares eran sacerdotes que adoctrinaron y organizaron sus comunidades para luchar por su libertad. La revolución haitiana llenó de temor a las otras colonias europeas y norteamericanas las cuales dependían de sus esclavos como mano de obra en las plantaciones. A partir de ese momento, las imágenes y los vocablos del vudú, y de otras religiones afrocaribeñas, se convirtieron en una amenaza y fueron juzgadas aberrantes y dañinas, asociándolas con la violencia, el derramamiento de sangre y la muerte, por lo que muchos colectivos del vudú fueron brutalmente reprimidos y todo lo relacionado con el vudú fue considerado tabú.

A partir de ese momento, estas misteriosas y clandestinas tradiciones se convirtieron en materia sensacionalista para ser reflejada en libros o, más tarde, en películas, creándose una mitología ficticia que ha calado en el pueblo como el folklore de lo malvado: sacrificios, muñecos con que dañar a otras personas, zombis que obedecen a sus dueños. Tampoco ayudó el ascenso al poder en Haití de Françoise Duvalier, en 1957, un doctor en medicina quien se había hecho famoso entre los menos favorecidos por sus labores médicas contra el tifus, el paludismo y otras infecciones similares, quien al poco de ganar las elecciones declara religión oficial del Estado el vudú, autonombrándose hougán e imitando las formas del Barón Samedi con sus eternas gafas de sol y su habla nasal, pero que, al poco tiempo, como ocurrió con tantos dictadores latinoamericanos, se descubrió como un tirano más que oprimió a su pueblo masacrándolo salvajemente, para ello se sirvió de la religión y de un cuerpo paramilitar inspirado en las camisas negras del fascismo italiano, los tristemente conocidos como Tontons-Macoutes, y oficialmente como los Voluntarios de la Seguridad Nacional (VSN), quienes actuaban sin ninguna remuneración estatal, pero con la libertad total para hacer lo que quisieran y cobrarse por su cuenta a costa del pueblo. Esto costó más de treinta mil vidas, muchos miles de exiliados y la ruina total de un país ya de por sí pobre.

El vudú sigue vigente en Haití y en otras muchas zonas del Caribe y de Sudamérica, así como en amplios territorios de los Estados Unidos, pero en muchos lugares se ha convertido en una práctica clandestina, oculta, por miedo a la incomprensión, lo que refuerza la sospecha de que si lo practican en secreto es para ocultar algo malo, pero es que no hay cosa que de más miedo que el miedo.

Pero a estas alturas os estaréis preguntando: ¿quién es ese Barón Samedi que ya se ha nombrado varias veces? Pues veréis: el Barón Samedi es un loa bastante sabio porque tiene conocimientos del mundo visible y del mundo invisible. El primer hombre enterrado en un cementerio se convierte en el Barón Samedi y es el guardián de aquel lugar, y la primera mujer enterrada allí se manifestará en su mujer, la Maman Brigitte. Aunque en ocasiones se presenta como un mendigo andrajoso, generalmente usa un atuendo bastante formal que incluye sobrero de copa, gafas oscuras que tapan las cuencas vacías de los ojos, abrigo y un bastón negro largo con una calavera como empuñadura y la cara pintada de blanco con tapones en los orificios de la nariz. Es tramposo y pasa gran parte de su tiempo ocupado en entretenimientos lascivos y licenciosos, como buen dios del mundo sexual, o ridiculizando a todo el mundo, sobre todo a quienes se toman a sí mismos demasiado en serio, pues su mera presencia es para recordar que todo ser humano debe sucumbir ante su poder, pues él es señor de la muerte y de la resurrección, y es capaz de traer a los muertos hasta la vida en forma de zombis para servirle. Es un fumador empedernido, un gran bebedor de bebidas fuertes, como el kleren, ron hecho con pimientos picantes, pero también le sirven el vodka o la ginebra, y come con mucha fruición, especialmente cabras negras y gallos negros. Sus símbolos son un esqueleto, un ataúd, una cruz negra y herramientas agrícolas.

Otro de los elementos terroríficos adjudicado al culto vudú es el zombi o muerto viviente, seguramente a causa de una equivocada interpretación de sus creencias animistas. Pero mejor será desarrollar un poco este concepto.

La palabra zombi se ha aplicado a diferentes criaturas, las cuales, por lo general, comparten algunas características definitorias, siendo, quizá, la más importante la falta de libre albedrío, pues estos seres suelen estar totalmente subordinados a una potencia externa, sea esta un brujo o bruja, o a un deseo que les domina, como la sed de venganza, la violencia o la necesidad de comer carne humana. El zombi suele definirse como un cadáver, generalmente humano animado, representado por un cuerpo tambaleante y en avanzado estado de putrefacción, aunque en algunos casos el cuerpo puede estar bien conservado gracias a la magia y, en otras ocasiones, posee una fuerza y velocidad sobrehumanas. Las primeras referencias sobre los zombis surgen del vudú haitiano y se referían a la capacidad de ciertos brujos maléficos para resucitar muertos y dominarlos a voluntad. Para conseguir esto deben cumplirse dos pasos en su proceso de conversión: primero, crear un zombi astral eliminando parte del alma de una persona mientras está todavía viva, la cual se puede usar por medio de la magia para revivificar su cadáver. Sin embargo, en el cine estamos acostumbrados a ver como se contagian los unos a los otros infectándose mediante las mordeduras… Pero, en general, es aceptado que el impulso que mueve a estos seres radica en el cerebro, lo cual nos lleva hacia supuestos más científicos y menos fantásticos como el Síndrome de Cotard, lo cual también aparece en la novela La cara norte del corazón.

El Síndrome de Cotard es una enfermedad rara que hace creer a quien la padece que está muerto, parcialmente muerto, pudriéndose o que no existe. Denominado también como “síndrome del cadáver andante”, suele ocurrir cuando se sufre una depresión bastante severa o algunos trastornos psicóticos, pudiendo ir asociada a otras enfermedades mentales (desorden bipolar, depresión post-parto, catatonia, despersonalización, disociación, depresión psicótica o esquizofrenia) y afecciones neurológicas (infecciones cerebrales, tumores cerebrales, demencia, epilepsia, migrañas, esclerosis múltiple, Parkinson o lesiones cerebrales). Uno de sus principales síntomas es el nihilismo, es decir, la creencia de que nada tiene ningún valor o significado, o que nada existe realmente. Mientras algunas personas sienten que ello le afecta a todo su cuerpo en general, otras solo lo perciben en relación con algún órgano o miembro específico o respecto a su alma. El Síndrome de Cotard aparece con mayor frecuencia en aquellas personas que piensan que la causa de su comportamiento nace de sus características personales y no de el mundo que les rodea, como ocurriría si padecieran el Síndrome de Capgras, pues entonces pensarían que sus familiares y amigos han sido reemplazados por impostores. Al no estar reconocido por muchas organizaciones como una verdadera enfermedad, el Síndrome de Cotard es todavía difícil de diagnosticar y solo se hace después de haber descartado otras posibles afecciones, por lo que suele llegarse tarde. Sentir que ya has muerto puede provocar varias complicaciones: algunas personas que lo sufren dejan de bañarse o cuidarse, lo que hace que el resto de la gente se distancien provocándoles sentimientos depresivos y aislamiento, además de ocasionar problemas en la piel y los dientes; o dejen de comer y beber porque piensan que su cuerpo no lo necesita, pudiendo conducirles a la desnutrición y al hambre; que intenten suicidarse porque piensan que, ya que están muertos, no pueden volver a morir o, al contrario, que se sientan atrapados en un cuerpo que no les pertenece y deseen morir de nuevo para liberarse de él. El Síndrome de Cotard puede desarrollarse a cualquier edad, aunque tiene mayor proporción de casos entre las mujeres y, sobre todo, a la mitad del ciclo de sus vidas. No es una enfermedad contagiosa, pero puede ser inducida mediante alucinógenos o el uso desproporcionado de antidepresivos.

¿Quién, entonces, no pude pensar que muchos de estos zombis no fueran un producto de personas vivas manipuladas?... Al igual que en el transcurso de la historia se manipula la realidad…

Gracias por leernos...

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