LOS CLÁSICOS DIVERTIDOS: Letrillas venenosas, por Ancrugon.

Según dictan las normas, una letrilla es una composición poética, generalmente breve y normalmente en versos de arte menor, cuyas estrofas mantienen una estructura simétrica, cerradas ellas por el mismo estribillo que repite el pensamiento central y más importante de forma reiterada y machacona.

Aunque pueden tratar de diversos temas, las más conocidas son las satíricas y burlescas, puesto que en éstas se encierran reflexiones bastante agudas y directas sobre los problemas políticos y sociales de la época en que fueron realizadas, planteados en forma divertida y jocosa para el deleite de los lectores avezados. Pero a pesar de la distancia temporal no por ello dejan de tener una candente actualidad, y es que el ser humano no cambia nunca ni aprende jamás repitiendo los mismos errores una y otra vez.

Muchos fueron los autores que emplearon las letrillas para lanzar sus mordaces ataques contra todo lo criticable, sin embargo hoy nos detendremos en uno de ellos quien, gracias a su sagacidad de pensamiento y su montaraz, aunque refinada y sutil, palabrería, se ganó merecida fama entra amigos y enemigos a la par, me refiero a Don Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos, más conocido como Francisco de Quevedo.

Escritor español del Siglo de Oro es considerado como uno de los autores más grandes en lengua hispana abarcando prácticamente todo el abanico existente en su momento en las artes literarias, pero destacando sobre todo en la poesía. Hombre, así mismo, bastante cercano a las esferas del poder, conocía de primera mano los entresijos de la política y todo lo que se cocía en la Corte, siendo además un perspicaz observador que sabía reconocer los problemas sociales establecidos eternamente en nuestro suelo patrio.

Y para comprobar cómo algunos de sus pensamientos disfrutarían de plena actualidad en nuestros días, nada mejor que comenzar con el poema titulado Poderoso caballero es Don Dinero,  donde  reflexiona sobre el poder de la riqueza:

 

Madre, yo al oro me humillo,
él es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado
de continuo anda amarillo.
Que pues doblón o sencillo
hace todo cuanto quiero,
poderoso Caballero
es don Dinero.

Nace en las Indias honrado,
donde el Mundo le acompaña;
viene a morir en España,
y es en Génova enterrado.
Y pues quien le trae al lado
es hermoso, aunque sea fiero,
poderoso Caballero
es don Dinero.

Es galán, y es como un oro,
tiene quebrado el color,
persona de gran valor,
tan Cristiano como Moro.
Pues que da y quita el decoro
y quebranta cualquier fuero,
poderoso Caballero
es don Dinero.

Son sus padres principales,
y es de nobles descendiente,
porque en las venas de Oriente
todas las sangres son Reales.
Y pues es quien hace iguales
al duque y al ganadero,
poderoso Caballero
es don Dinero.

Mas ¿a quién no maravilla
ver en su gloria, sin tasa,
que es lo menos de su casa
doña Blanca de Castilla?
Pero pues da al bajo silla
y al cobarde hace guerrero,
poderoso Caballero
es don Dinero.

Sus escudos de Armas nobles
son siempre tan principales,
que sin sus Escudos Reales
no hay Escudos de armas dobles.
Y pues a los mismos robles
da codicia su minero,
poderoso Caballero
es don Dinero.

Por importar en los tratos
y dar tan buenos consejos,
en las Casas de los viejos
gatos le guardan de gatos.
Y pues él rompe recatos
y ablanda al juez más severo,
poderoso Caballero
es don Dinero.

Y es tanta su majestad
(aunque son sus duelos hartos),
que con haberle hecho cuartos,
no pierde su autoridad.
Pero pues da calidad
al noble y al pordiosero,
poderoso Caballero
es don Dinero.

Nunca vi Damas ingratas
a su gusto y afición,
que a las caras de un doblón
hacen sus caras baratas.
Y pues las hace bravatas
desde una bolsa de cuero,
poderoso Caballero
es don Dinero.

Más valen en cualquier tierra,
(mirad si es harto sagaz)
sus escudos en la paz
que rodelas en la guerra.
Y pues al pobre le entierra
y hace proprio al forastero,
poderoso Caballero
es don Dinero.

Nada que objetar, ¿verdad?, es como si lo hubiese escrito hoy mismo. Todo sigue igual… El dinero todo lo compra y ante él todo se vende. El dinero todo lo consigue y la pobreza todo lo permite. El dinero crea la pobreza porque el rico necesita que hayan pobres para poderlo ser… parece que me estoy perdiendo… Bueno, concretando, esta dicotomía entre la pobreza y el dinero aparece también en la siguiente letrilla:

 

Pues amarga la verdad,
quiero echarla de la boca;
y si al alma su hiel toca,
esconderla es necedad.
Sépase, pues libertad
ha engendrado en mí pereza
la pobreza.

¿Quién hace al ciego galán
y prudente al sin consejo?
¿Quién al avariento viejo
le sirve de río Jordán?
¿Quién hace de piedras pan,
sin ser el Dios verdadero?
El dinero.

¿Quién con su fiereza espanta,
el cetro y corona al rey?
¿Quién careciendo de ley
merece nombre de santa?
¿Quién con la humildad levanta
a los cielos la cabeza?
La pobreza.

¿Quién los jueces con pasión,
sin ser ungüento, hace humanos,
pues untándolos las manos
los ablanda el corazón?
¿Quién gasta su opilación
con oro, y no con acero.
El dinero.

¿Quién procura que se aleje
del suelo la gloria vana?
¿Quién siendo tan cristiana,
tiene la cara de hereje?
¿Quién hace que al hombre aqueje
el desprecio y la tristeza?
La pobreza.

¿Quién la montaña derriba
al valle, la hermosa al feo?
¿Quién podrá cuanto el deseo,
aunque imposible, conciba?
¿Y quién lo de abajo arriba
vuelve en el mundo ligero?
El dinero.

En ella, como habréis comprobado si os habéis molestado en leerla, Quevedo nos quiere demostrar que alrededor del dinero todo parece bueno y la belleza se le acerca, mientras que en la pobreza ocurre lo contrario y todo lo hermoso se aleja de ella. Así pues, el dinero es capaz lograr las cosas más increíbles, incluso el amor… como vemos en la conversación entre el Galán y su Dama:

 

Galán y Dama

G.    Si queréis alma, Leonor,
daros el alma confío.
D.    ¡Jesús, qué gran desvarío!
dinero será mejor.
G.    Ya no es nada mi dolor.
D.    ¿Pues, qué es eso, señor mío?
G.    Dióme calentura y frío,
y quitóseme el amor.
D.    De que el alma queréis darme,
será más razón que os dé.
G.    ¿No basta el alma y la fe,
en trueco de acariciarme?
D.    ¿Podré de ella sustentarme?
G.    El alma, bien puede ser.
D.    ¿Y querrá algún mercader
por tela su alma trocarme?
G.    ¿Y es poco daros, Leonor,
si toda la alma os confío?
D.    ¡Jesús, qué gran desvarío!
Dinero fuera mejor.
G.    Daréos su pena también.
D.    Mejor será una cadena
que vuestra alma, y más en pena.
G.    Con pena pago el desdén.
D.    Para una necesidad,
no hay alma como el dinero.
G.    Queredme vos como os quiero,
por sola mi  voluntad.
D.    No haremos buena amistad.
G.    ¿Por qué vuestro humor la estraga?
D.    Porque cuando un hombre paga,
entonces trata verdad.
G.    ¿Qué más paga de un favor
que el alma y el albedrío?
D.    ¡Jesús, qué gran desvarío!
Dinero fuera mejor.

Y es que para Quevedo dinero y amor iban de la mano y ello da una clara imagen de su concepción sobre la mujer a la que no parece tener demasiado aprecio, incluso cuando reconoce estar enamorado da la sensación de estar realizando una transacción económica:

 

Vuela, pensamiento, y diles
a los ojos que más quiero
que hay dinero.

Del dinero que pidió
a la que adorando estás,
las nuevas le llevarás,
pero los talegos no.
Di, que doy en no dar yo,
pues para hallar el placer,
el ahorrar y el tener
han mudado los carriles.
Vuela, pensamiento, y diles
a los ojos que más quiero
que hay dinero.

A los ojos, que en mirarlos
la libertad perderás,
que hay dineros les dirás,
pero no gana de darlos;
yo sólo pienso cerrarlos,
que no son la ley de Dios,
que se han de encerrar en dos,
si no en talegos cerriles.
Vuela, pensamiento, y diles
a los ojos que más quiero
que hay dinero.

               Si con agrado te oyere
     esa esponja de la villa,
     que hay dinero has de decirla,
     y que ¡ay! de quien le diere.
     Si ajusticiar te quisiere,
     está firme como Martos,
     no te dejes hacer cuartos
     de sus dedos alguaciles.
     Vuela, pensamiento, y diles
     a los ojos que más quiero
     que hay dinero.

 

No parecía disfrutar Quevedo del favor femenino al contrario de otros vates de su época, pero ¿qué le vamos a hacer?... así es la vida. El caso es que tampoco parecía gustar de gastar demasiado en ellas, como parece querer decir en el siguiente poema, también bastante negativo para las féminas, donde se le ve más bien despechado, desengañado y con algo de rencor:

 

Solamente un dar me agrada,
que es el dar en no dar nada.
Si la prosa que gasté
contigo, niña, lloré,
y aun hasta ahora la lloro,
¿qué haré la plata y el oro?
Ya no he de dar, si no fuere
al diablo, a quien me pidiere;
que tras la burla pasada,
solamente un dar me agrada,

que es el dar en no dar nada.

Yo sé que si de esta tierra
llevara el rey a la guerra
la niña que yo nombrara,
que a toda Holanda tomara,
por saber tomar mejor
que el ejército mayor
de gente más doctrinada
solamente un dar me agrada,

que es el dar en no dar nada.

Sólo apacibles respuestas,
y nuevas de algunas fiestas
le daré a la más altiva;
que do diez reales arriba
ya en todo mi juicio pienso
que se pueden dar a censo,
mejor que a paje o criada.

Solamente un dar me agrada,

que es el dar en no dar nada.

Sola me dio una mujer,
y ésa me dio en que entender;
yo entendí que convenía
no dar en la platería,
y aunque en ella a muchas vi,
sólo palabra las di,
de no dar plata labrada.
Solamente un dar me agrada,

que es el dar en no dar nada.

Pero su misoginia llega al máximo en la siguiente letrilla, os aviso, donde compara a las mujeres con las gallinas y emplea giros, frases y términos algo más arcaicos y tradicionales, y bastante peyorativos, que dificultan un poco su comprensión, pero el sentido de la misma se comprende fácilmente:

 

Sabed, vecinas,
que mujeres y gallinas
todas ponemos,
unas cuernos y otras huevos.

Vienensé a diferenciar
la gallina y la mujer,
en que ellas saben poner,
nosotras sólo quitar;
y en lo que es cacarear,
el mismo tono tenemos.
Todas ponemos,
unas cuernos y otras huevos.

Doscientas gallinas hallo
yo con un gallo contentas;
mas si nuestros gallos cuentas,
mil que den son nuestro gallo;
y cuando llegan al fallo,
en cuclillos los volvemos.
Todas ponemos,
unas cuernos y otras huevos.

               En gallinas regaladas
     tener pepita es gran daño,
     y en las mujeres de ogaño
     lo es el ser despepitadas;
     las viejas son emplumadas,
     por darnos con que volemos.
     Todas ponemos,
     unas cuernos y otras huevos.

Leyendo estas letrillas, la verdad es que da la sensación de que nuestro querido poeta no era demasiado amigo del sexo femenino al que trata de deshonesto, mentiroso, avaricioso, adúltero y para el cual la decencia simplemente es un afeite más con que adornarse: “Hermosa pintada de demonio”, dijo una vez. Del matrimonio no quería ni oír hablar: “Antes para mi entierro venga el cura / que para desposarme.” Y considera al hecho de tomar esposa como un suicidio: “A los hombres que están desesperados / cásolos en lugar de darles sogas: / morirán poco menos que ahorcados.” Pero las que se llevan la palma de sus puyas son sobre todo las mujeres viejas:

Fantasmas acecinadas,

siglos que andáis por las calles,

muchachas de los finados,

y calaveras fiambres.

Aunque sobre todo, le encantan aquellas que pretenden pasar por jóvenes a quienes les dedica sus burlas más crueles:

¿Para qué nos persuades que eres niña?

¿Importa que te mueras de viruelas?

Pues la falta de dientes y de muelas

boca de taita en la vejez te aliña.

Sin embargo no debemos olvidarnos de que las sátiras contra la mujer es algo tradicional, sobre todo en Siglo de Oro, y todo esto simplemente sería una postura ante una moda, pues Quevedo, como hombre que era, también se enamoró e idealizó a su amada dejando poemas de amor tan bellos como este soneto:

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, de esotra parte en la ribera,
dejará la memoria en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejará, no su cuidado,
serán ceniza, más tendrá sentido,
polvo serán, mas polvo enamorado.

 Pero tornemos a las letrillas y así enlacemos con otro de los temas preferidos de Quevedo: la hipocresía, virtud donde las haya particularmente humana y común tanto a varones como a hembras, y a la que nuestro autor ataca con toda la fiereza que le dan su lengua y su inteligencia:

 

Que no tenga por molesto
en doña Luisa don Juan,
ver que a puro solimán,
traiga medio turco el gesto,
porque piensa que con esto
ha de agradar a la gente:
Malhaya quien lo consiente.

Que adore a Belisa un bruto,
y que ella olvide sus leyes,
si no es cual la de los reyes
adoración con tributo:
que a todos les venda el fruto
cuya flor llevó el ausente:
Malhaya quien lo consiente.

Que el mercader dé en robar
con avaricia crecida;
que hurte con la medida
sin tenerla en el hurtar;
que pudiendo maullar,
prender al ladrón intente:
Malhaya quien lo consiente.

Que su limpieza exagere
porque anda el mundo al revés,
quien de puro limpio que es,
comer el puerco no quiere,
y que aventajarse espere
al Conde de Benavente:
Malhaya quien lo consiente.

Que el letrado venga a ser
rico por su mujer bella,
más por su parecer de ella,
que por su bien parecer,
y que no pueda creer
que esto su casa alimente:
Malhaya quien lo consiente.

Que de rico tenga fama
el médico desdichado,
y piense que no le ha dado
más su mujer en la cama,
curando de amor la llama,
que no en la cama el doliente:
Malhaya quien lo consiente.

Y que la viuda enlutada
les jure a todos por cierto,
que de miedo de su muerto,
siempre duerme acompañada:
que de noche esté abrazada
por esto de algún valiente:
Malhaya quien lo consiente.

Que pida una y otra vez,
fingiendo virgen el alma,
la tierna doncella palma,
si es dátil su doncellez;
y que dejándola en Fez,
la haga siempre presente:
Malhaya quien lo consiente.

Que el escribano en las salas
quiera encubrirnos su tiña,
siendo ave de rapiña
con las plumas de sus alas;
que echen sus cañones balas
a la bolsa del potente:
Malhaya quien lo consiente.

               Que el que escribe sus razones
     algo de razón se aleje,
     y que escribiendo se deje
     la verdad entre renglones:
     que por un par de doblones
     canonice al delincuente:
     Malhaya quien lo consiente.

Claro que de eso Don Francisco, nacido en una familia de hidalgos y viviendo entre las gentes de bien que componían la Corte de los Austrias, quienes reinaban en el inmenso Imperio de las Españas donde nunca se ponía el Sol, sabría mucho de las virtudes y vicios del dinero, o de las ternuras y enconos de las damas, incluso de las bondades y corrupciones de la hipocresía, pero lo que nunca conseguían, a pesar de que aquí diga lo contrario, era hacerle callar:

 

Las cuerdas de mi instrumento
ya son en mí soledades,
locas en decir verdades,
con voces de mi tormento:
su lazo a mi cuello siento,
que me aflige y me importuna
con los trastes de fortuna;
mas pues su puente, si canto,
la hago puente de llanto,
que vierte mi pasión loca,
punto en boca.

De las damas has de hallar,
si bien en ello reparas,
ser de solimán las caras,
las almas de rejalgar:
piénsanse ya remozar
y volver al color nuevo
haciendo Jordán un huevo
que les desmienta los años;
mas la fe de los antaños,
mal el aceite revoca.
Punto en boca.

Dase al diablo, por no dar,
el avaro al alto o bajo,
y hasta los días de trabajo
los hace días de guardar.
Cautivo por ahorrar,
pobre para sí en dinero,
rico para su heredero,
si antes no para el ladrón
que dio jaque a su bolsón,
y ya perdido le invoca.
Punto en boca.

               Coche de grandeza brava
     trae con suma bizarría,
     el hombre, que aún no lo oía
     sino cuando regoldaba.
     Y el que sólo estornudaba,
     ya a mil negros estornuda;
     el tiempo todo lo muda.
     Mujer casta es por mil modos
     la que la hace con todos.
     Mas pues a muchos les toca,
     punto en boca.

Hay que reconocer que detrás de tanta ironía y jocosidad se esconde un hombre profundamente pesimista y decepcionado a causa de la decadencia, eterna por cierto, tanto de la sociedad como de la política española y a veces le sale la vena del desprecio hacia la pedantería, la afectación, la ostentación y la necedad de las gentes que le rodeaban:

 

Que el viejo que con destreza
se ilumina, tiñe y pinta,
eche borrones de tinta
al papel de su cabeza;
que enmiende a naturaleza
en sus locuras protervo;
que amanezca negro cuervo,
durmiendo blanca paloma,
con su pan se lo coma.

Que la vieja de traída
quiera ahora distraerse,
y que quiera moza verse
sin servir en esta vida;
que se case persuadida
que concebirá cada año,
no concibiendo el engaño
del que por mujer la toma,
con su pan se lo coma.

Que mucha conversación,
que es causa de menosprecio,
en la mujer del que es necio
sea de más precio ocasión;
que case con bendición
la blanca con el cornado,
sin que venga dispensado
el parentesco de Roma,
con su pan se lo coma.

Que en la mujer deslenguada
(que a tantos hartó la gula)
hurte la cara a la Bula
el renombre de Cruzada;
que ande siempre persignada
de puro buena mujer;
que en los vicios quiera ser
y en los castigos Sodoma,
con su pan se lo coma.

Que el sastre que nos desuella
haga, con gran sentimiento,
en la uña el testamento
de lo que agarró con ella;
que deba tanto a su estrella,
que las faltas en sus obras
sean para su casa sobras
cuando ya la muerte asoma,
con su pan se lo coma.

Y como colofón dejaremos que él mismo hable un poco sobre sí y nos diga, en forma de disculpa: “Yo he hecho lo que he podido;” sin embargo, como sabe que no ha sido suficiente porque no ha logrado las metas que se proponía, se justifica añadiendo: “Fortuna, lo que ha querido.”

 

Yo he hecho lo que he podido;
Fortuna, lo que ha querido.

Los casos dificultosos,
tan justamente envidiados,
empréndenlos los honrados,
y acábanlos los dichosos;
y aunque no están envidiosos
en lo que me ha sucedido,
Yo he hecho lo que he podido;
Fortuna, lo que ha querido.

Yo no condeno quejosos,
no quiero ensalzar sufridos,
de bienes no merecidos
no sé cómo hay envidiosos;
si no soy de los dichosos
por haberlo merecido,
Yo he hecho lo que he podido;
Fortuna, lo que ha querido.

Lísida, siempre acontece,
y es firme ley sin mudanza,
que el bien es del que le alcanza,
y no del que le merece;
y en vano me desvanece
ver, que en cuanto se ha ofrecido,
Yo he hecho lo que he podido;
Fortuna, lo que ha querido.

Más honra al que es desdichado
que no se sepa razón,
que puede dar presunción
gran lugar mal empleado;
no me culpa mi cuidado,
porque en cuanto yo he vivido,
Yo he hecho lo que he podido;
Fortuna, lo que ha querido.

Méritos son desperdicios
que ofenden todas orejas:
para realzar las quejas
son buenos ya los servicios;
y aunque el sembrar beneficios
produzca agravios y olvido,
Yo he hecho lo que he podido;
Fortuna, lo que ha querido.

               De mi desdicha me fío,
     de fortuna nada espero,
     si no es algún mal postrero,
     que será el primer bien mío:
     no corra más tras desvío,
     y por no quedar corrido,
     Yo he hecho lo que he podido;
     Fortuna, lo que ha querido.

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